massobreloslunes

domingo, 30 de octubre de 2011

Aprieta, bicho

A ratos me parece mentira que no lleve ni cinco meses escalando. Yo sé que la mayoría de la gente que me conoce y no escala piensa que se me ha pirado la olla, pero me da un poco igual.

He llegado a la conclusión de que igual que hay personas con más propensión a ser adictos al alcohol o a las drogas, hay otras que tienen el gen de la escalada. A la mayoría de la gente le gusta escalar cuando lo prueba, aunque sólo sea por el subidón de adrenalina que te pega cuando superas el miedo y consigues llegar arriba. Después te vas dando cuenta de todo lo que implica: que escalar duele, cuesta dinero, hay que hacer kilómetros e invertir tiempo y esfuerzo si quieres mejorar. Y al mismo tiempo descubres un enorme abanico de experiencias y aprendizaje que te enseña más sobre ti mismo, tu cuerpo, tu mente y la naturaleza. Si lo que aprendes compensa a lo que inviertes, o si el disfrute que obtienes te motiva lo bastante como para obviar todo lo demás... entonces eres escalador, y entonces estás perdido.

Hoy estábamos en el Kiosko, el bar de San Bartolo, y hacía balance de la jornada trepadora con una amiga. Lleva poco tiempo escalando (menos que yo, si cabe) y me preguntaba por qué el primer día que había ido a la roca lo había hecho mejor que hoy. Y es verdad. La vi ese día en Grazalema y era espectacular: subía sin pararse, se giraba, se lanzaba a por los cantos y no dudaba. Los últimos días se pensaba mucho más las vías, empezaba antes con el "no puedo", se quedaba parada un buen rato en los pasos y en general transmitía mucha más inseguridad y miedo. Le he dicho que probablemente tiene que ver con varias cosas: el tipo de vía, sus miedos, las expectativas que genera.

Y después está el concepto de apretar. De darlo todo, de ir a muerte. Llega un punto en la vida en que todo se vuelve medio confortable, sobre todo en el sentido físico de la palabra. Vienes, vas, te subes en el coche, te bajas del autobús. Llevas a cabo tu trabajo con más o menos acierto, llamas de vez en cuando a la gente a la que quieres, echas un polvo con tu pareja los sábados por la noche. Y no aprietas porque no tienes necesidad. No vas a muerte con nada.

Pero cuando estás escalando hay un momento en el que tienes que apretar, y en realidad no se trata sólo de hacer fuerza. La clave no es esa: es la decisión que tomas, el momento en que piensas que no puedes hacer algo pero lo intentas igual. Apagas el interruptor de tu mente que busca seguridad y confort, que te dice que te pares y te cuelgues de la cuerda y descanses tus bracitos, y simplemente te tiras a por ello. Salvas la duda y te lanzas en brazos de lo desconocido.

"Es ese momento lo que te está fallando ahora", le he dicho a mi amiga, desde mi ignorancia, claro, pero es que hoy la veía dudar en las placas de adherencia y sabía perfectamente lo que estaba pensando: "no estoy cómoda, no lo estoy, esto es muy desagradable y no quiero seguir adelante. Voy a esperar hasta estar cómoda y entonces me moveré." Por eso tardaba tanto en subir la vía, y casi podías oír un clic en su cabecita cuando se decidía a dar el siguiente paso.

El clic es lo más valioso que me ha dado la escalada. Ese pequeño salto de fe. La capacidad de adentrarte en algo sin tener nada claro que lo vayas a conseguir y hacerlo dándolo todo, apretando a muerte. Y es un regalo bello y valioso, y me alegro de haber conocido el concepto y poder aplicarlo en mi vida vertical y horizontal.

Decía Speedygirl que "Aprieta, bicho" es un buen lema. Yo lo escribí en la pizarra de mi cocina hace ya casi cinco meses, y pensé que me hartaría enseguida y lo cambiaría por alguna otra frase inspiradora. Pero la verdad es que todavía no he encontrado motivos para borrarlo.

jueves, 27 de octubre de 2011

Verdad y ficcion

Hoy estaba pensando en un libro: "El mundo después del cumpleaños", de Lionel Shriver. Me lo regaló mi madre por navidad hace dos años, cuando estaba estudiando el PIR. Por aquel entonces mi vida era un bucle de estudio y siestas, pero quería desesperadamente ese libro porque el anterior de la autora, "Tenemos que hablar de Kevin", me había gustado mucho. Así que lo engullí en los ratos libres, y como no quería empezar otra novela porque tenía el examen en tres semanas, cuando lo terminé me releía los capítulos sueltos por las noches.

Es un libro buenísimo. Muy, muy bueno. Sinopsis breve y sin spoilers más allá del segundo capítulo: Irina está casada con Lawrence, un hombre bueno y aburrido, y conoce a Ramsey Acton, un jugador profesional de snooker que por lo que describe el libro tiene que estar tremendo. Un día se van a cenar juntos así como por casualidades del destino y, en un momento dado, Irina se ve tentada a darle bambú a Ramsey Acton. A partir de ahí la novela se bifurca en dos posibilidades: lo que pasaría si Irina y Ramsey se lían y lo que pasaría si no lo hacen. Los capítulos se van alternando, los personajes son los mismos y la trama es similar, pero varía en función de la decisión que toma Irina al principio.

La idea es buenísima, pero es que además está ejecutada con maestría. La forma en que los elementos de la trama van variando en función de la versión que leemos en cada momento, cómo se comportan los personajes en una u otra posibilidad, cómo unas decisiones configuran otras, los paralelismos siniestros que se establecen en uno u otro universo... y , sobre todo, esa sensación inquietante de las dos (ir)realidades conviviendo y tú como lector sin saber qué fue lo que sucedió, aunque sepas que de hecho no sucedió nada porque todo es ficción. Leer ese libro es una experiencia, de verdad. Id a comprarlo ahora.

Pensaba en "El mundo después del cumpleaños" porque de tanto releerme los capítulos y de lo muchísimo que me gustó, los personajes se volvieron más reales para mí que muchas personas. Los detalles eran tan vivos que durante un tiempo me enganché a ponerles parmesano y ajo a las palomitas de maíz, como hacían Irina y Lawrence mientras veían la tele por la noche. Puedo recordar frases enteras de ese libro. Es maravilloso, de verdad.

¿Sabéis el tema de la sensibilidad, de ser capaz de ver el mundo con ojos de asombrado entusiasmo y demás? Pues es por los libros. Me estoy acordando de una conversación que tuve con mi madre cuando era bastante pequeña, con diez u once años. Entonces yo era una lectora muy patológica, creo que ya lo he contado. Leía mientras comía, leía en el autobús de camino al colegio y leía debajo del pupitre durante las clases. Aquel día, mi madre me dijo: "Pitu, tienes que vivir la vida, no leerla". Creo que eso venía a que no me apetecía salir a jugar con los vecinos de la urbanización. No es que yo fuera una asocial, que tenía mis amigas y tal, sino que jugar con los vecinos nunca me moló: eso de estar tranquila en mi casa y que me llamaran al porterillo me parecía como superinvasivo.

Y ahora pienso que sí, que la vida hay que vivirla, pero que si he tenido momentos de captar de verdad la esencia de las cosas y las personas, si algo me ha ayudado a entender la complejidad perversa y dulce de los humanos, son las novelas. Ni los ensayos, ni la psicología, ni siquiera escuchar a los pacientes. Los vislumbres breves de lo incognoscible me los ha dado la buena ficción.

Por eso quiero escribir una novela. Hoy, mientras colocaba la compra en la moto para volver a casa, me he dado cuenta de que el sueño de mi vida es ése. Y no se trata de ser mejor o peor escritora por escribir novelas en vez de post, ni de lo que pasa o lo que permanece: en realidad permanecer no permanece nada, puesto que somos minúsculos puntitos de vida en un universo hostil. Quiero escribir una novela porque querría ser capaz de tocar lo incognoscible con mis manos y de crear con mi ficción verdad para otros. Quiero hacer disfrutar a alguien tanto como yo he disfrutado con el trabajo ajeno.

Voy a intentar el Nano, y me imagino que de ahí saldrá un engendro extraño que no valdrá mucho. Pero en algún punto voy a darme el espacio para escribir una novela en condiciones, una novela que pueda trabajar y vivir y sentir como mía. La escribiré aunque sólo sea para que la lea MQEN, que es mi mayor fan, o para que la lean mis 38 adorables seguidores y mis fieles comentaristas. No me importa mucho el éxito. Lo que quiero es contribuir a la hermandad de escritores que han hecho esta vida perra más agradable.

Y con esto y un bizcocho, a calentar los dedos y la mente para el martes que viene.

Feliz puente. Yo veré a Vetusta Morla con DDM, conoceré a Ciudadano, escalaré y empezaré mi Nanovela. La cosa no pinta pero que nada mal.

Y no tiene nada que ver con nada, pero de verdad que tenéis que probar la pasta rellena de calabaza y avellanas de Giovanni Rana. Es como si se celebrara una fiesta en tu boca y todo el mundo estuviera invitado.

Decisiones

- Voy a escribir el Nano Y
- Voy a seguir actualizando el blog Y
- Quizá vaya publicando el Nano en otro blog Y
- Si lo termino es bastante probable que lo ponga a vuestra disposición para que lo leáis, A NO SER que sea una basura como mi novela Física o Química O sea una obra maestra y la pueda presentar a un concurso dotado con miles y miles de euros Y
- Cuando acabe noviembre abriré mi nuevo blog de Psicología para Gente Corriente, o como quiera que le llame al final.

Muchas gracias por vuestros comentarios. Han sido como vosotros: claros, tiernos, acogedores y comprensivos. Me encantan mis lectores y el ambiente que creáis. Me siento orgullosa de gustarle a gente como vosotros.

Y ahora mismo me pongo con el post del día y lo cuelgo. Dadme media horita.

Besos grandes.

¡CIUDADANO!

Te he mandado un mail, pero no sé si sigues utilizando esa dirección. Estaré en Sevilla el sábado. ¿Quieres tomar un café o algo? ¡Escríbeme! Voy a dejar un comentario en tu blog también. Un abrazo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

To nanowrite or not to nanowrite: that is the question

A ver, peña.

Hoy tenía un día de mierda, pero de mierda absoluto y sin razón aparente. O quizá la razón era que me iba a entrevistar con mi tutora, que me estresa, y no me apetecía nada. El cambio de tiempo me sienta fatal, y lo peor es que nunca me acuerdo de un año para otro. Estoy ahí pasando calor y pienso "ay, qué ganas de fresquito, me apetece ponerme las botas altas y taparme con el edredón por la noche". Y luego llega el viento húmedo y me pone melancólica.

Para colmo, va y me dice una psicóloga del CTA que quizá mi interés aparente por todo se puede interpretar como que en el fondo todo me la chufla. Que me deje sentir más. ¿Que me deje sentir, psicóloga? Por el amor de Dios, si soy supersensible: ¡tengo un blog! Quizá deba darle la dirección y que llore con mis post de "la vida me supera". Además, ¿desde cuándo es un problema que todo te guste y te interese? Lo que ella no sabe es que dado que mi rotación por el Equipo terminó siendo el infierno en la tierra, todo lo que ha venido detrás me ha parecido estupendo. ¿Que tengo que ver citologías en Atención Primaria? Estupendo, interesantísimo, maravilloso. ¿Que tengo que vigilar controles de orina en Adicciones? Pues para adelante, genial, experiencia humana inigualable.

Después iba andando por la calle y pensaba en el Nanowrimo. Que empieza en cuatro días y todavía no tengo claro que vaya a participar. No he pensado absolutamente nada en el tema y no tengo más que cuatro ideas sobre mi proyecto de novela. No se me dan bien los esquemas previos ni las planificaciones. El asunto es que en este momento de mi vida me da mucha pereza ponerme con eso. Tengo muchas otras cosas que hacer. Me vería obligada a renunciar a algunas: entre otras, a escribir aquí, al menos durante ese mes. Y me gusta escribir aquí. Me gusta la animación que hay últimamente. No quiero dejar esto tirado un mes entero.

Pero estaba tan triste que pensaba: es un buen momento para escribir una novela. Me salvará de la ola de pena del otoño. Total: escribo post de mil palabras con relativa facilidad. Con escribir el doble al día podría completar las cincuenta mil. Dejo de nadar, dejo de publicar aquí a diario y ya sacaría el tiempo suficiente. No voy a dejar de escalar, que quede claro: antes no duermo.

El tema es que después me he ido precisamente a escalar. A Bolonia. Al Mosaico, que es una pared de arenisca alucinante atravesada por un recuadro de grietas. Llevaba (los he contado) trece días sin escalar y empezaba a tener un problema. Ha sido estar ahí, tocar las rocas con las manos y pasar otra vez todo el miedo y la alegría y la duda y la decisión y se me han quitado todas las penas. Así que ahora no quiero participar en el nanowrimo.

En serio, la escalada va a terminar por ser un problema en mi vida. Me sienta demasiado bien y paso de todo lo demás. Tengo cuatro días para decidir lo del nano y caen en un puente que adivinad cómo voy a pasar.

Nah, ya en serio, no es sólo la escalada. He pasado un montón de noviembres aburridos como el infierno, cantando "November Rain" en mi cabeza y viviendo en la melancolía. Ahora me lo estoy pasando bien, tengo un blog y quiero empezar otro (voy a hacerlo pronto; sólo necesito un nombre con gancho).

¿Qué opináis? ¿Estoy buscando excusas o simplemente no es mi momento? Yo sé que me vais a decir "es una decisión tuya, Marina, blablablá". Decidme simplemente si me vais a echar mucho de menos si dejo de escribir aquí un mes. Decidme que me queréis. Decidme que... bah, estoy demasiado cansada como para escribir con coherencia. Lo dejo aquí y os mando besitos.

lunes, 24 de octubre de 2011

Mi puntito nazi, 1: el clima

Lectores y lectoras:

Yo sé que desde aquí doy la impresión de ser una persona tope de flexible, compasiva y dulce, pero en realidad siempre he tenido un carácter muy regulero. Yo le decía a J. que soy como un chile relleno de caramelo, y él me contestaba que soy más como un chile relleno de tabasco. Lo que pasa es que con el tiempo he conseguido reprimirme autogestionarme, y creo que cada vez va siendo más fácil convivir conmigo. Ser flexible y dulce no sólo es bueno para los demás: también lo es para ti y aumenta tus niveles de felicidad.

Problema: hay ciertos temas que me ponen violenta. Yo lo llamo "mi puntito nazi", porque cuando salen esos temas me vuelvo rígida/agresiva y no hay quien me baje del burro. Ejemplos de mi puntito nazi son los perros (¡¡deportación ya!!), la música (¡¡prohibiría todas las emisiones musicales sin auriculares!!), las obras (¡¡todo está bien como está ya!!), el sueño (¡¡si quiero dormir, quiero dormir y punto!!) y algunos otros temas que ya se me irán ocurriendo para esta magna serie que empieza hoy.

Hoy vamos a hablar de mi puntito nazi con el clima. Para mí el clima ideal es sol TODO EL RATO y que nunca haga demasiado frío. Un poco de fresquito por la tarde-noche, nubes inofensivas que hagan bonitos los atardeceres y un mes o así de frío extremo para no aburrirse. Punto.

Hay que tener en cuenta que soy andaluza, y más concretamente malagueña. Yo vivo con la suposición de que el sol brillará en el cielo por defecto. Hago mis planes sin mirar el tiempo, porque el nublado es raro y la lluvia es como de ciencia ficción. Pierdo los paraguas siempre porque los uso dos veces al año y no recuerdo que me lo tengo que llevar de los sitios. Además, como buena andaluza, cuando llueve me paralizo y no hago nada de lo que tenía planeado. Para qué, si sé que mañana o pasado volverá a hacer bueno.

Fijaos si la lluvia tiene poco que ver conmigo, que cuando vivía en Málaga no tenía zapatos impermeables. Si llovía pues que se mojaran; ya se secarían. Luego llegué a Granada y conocí la hostilidad de su climatología. Allí descubrí que hay zapatos que ¡oh, maravilla!, mantienen tus pies secos cuando llueve: fue un antes y un después. En Granada me compré gorros, guantes y bufanda, descubrí que puede hacer frío aunque haga sol, invertí en un nórdico cuando me dolía el cuerpo de tiritar y gasté más dinero en calefacción que en comida. Y tiene su punto, que conste. A veces echo de menos el frío extremo, sobre todo porque opino que los gorros me favorecen.

Aquí en Cádiz la lluvia es el mal. El Mal Pluvial. Hoy por ejemplo: no he ido a trabajar porque estaba saliente de guardia. Pero es que no tengo ni puta idea de cómo me habría apañado para llegar si hubiera tenido que ir. Esto parecía el Apocalipsis. En Cádiz siempre hay viento, así que cuando llueve pues hay lluvia con viento. Ni el paraguas te va a servir para nada ni existe forma humana de que no te mojes. Hagas lo que hagas, en cuanto pases dos minutos en la calle te convertirás en un desecho humano empapado y lastimoso, y más si como yo tienes gafas y cuando se te mojan te sientes como una disminuida. Luego llegas al curro y está todo el mundo secándose los pantalones en el secador del baño, y el ambiente se llena de un espíritu colectivo de damnificados de catástrofes bastante curioso.

Así que yo paso de que llueva. Un día de lluvia al año, vale, rollo simbólico, para cuando consiga un maromo y me pueda pasar la tarde teniendo sexo romántico tras los cristales empañados. Para lo demás no le veo la gracia. No puedo coger la moto. No se puede pasear, ni escalar. Es incómodo, es molesto, hace humedades y goteras, inunda los campitos ilegales de Chiclana. Y me entristece oír llover; no sé, es como si alguien llorara todo el rato.

Mi experiencia lluviosa más intensa ocurrió hace dos inviernos, cuando el anticiclón de las Azores se desplazó y Andalucía sufrió lo que se conoce como la Galleguización. Ahí pude vivir lo que es pasarte semanas sin ver el sol y no me gustó un pelo. Me acostumbré a llevar el paraguas en el bolso. Junto a mi urbanización nació un riachuelo y podías ver las chumberas creciendo entre praderas de hierba exuberante. Se demostró mi tesis de que el norte no tiene mérito: si llueve, esto se pone igual de verde y de bonito. Tienen mérito esos olivos recios y austeros, consiguiendo no morirse después de seis meses sin que caiga una gota. Eso es una maravilla de la naturaleza.

No os creáis que no me preocupa que no me guste la lluvia. Es como que me gusten los guapos: me limita. No me hallo viviendo en sitios con menos de trescientos días de sol al año, y esos sitios son pocos.

De momento, y como tengo pasaporte gaditano hasta 2014, me limitaré a disfrutar de este clima bendito y de tener que quitarme el abrigo en enero bajo el sol del mediodía. Qué queréis que os diga. La lluvia horizontal es un precio pequeño a pagar por tener esta luz milagrosa haciéndole de prozac natural a mi maltrecho cerebro.

domingo, 23 de octubre de 2011

Las cosas claras y el paleocao espeso

La verdad la verdad, la pura verdad, es que a mí no me gusta el tonteo. El rollito de sí pero no, de te pongo ojitos y me hago la tonta. Igual es porque no se me da bien. Yo soy más de "aquí estoy yo, esto es lo que hay, si te gusta bien y si no tú te lo pierdes". Esta intensidad casi agresiva a la que os tengo acostumbrados, y que no es exactamente un imán para el global de los tíos.

Pero yo qué sé. A mí me gustan las cosas claras. Para empezar, si por mi fuera, todos llevaríamos brazaletes que indicaran nuestra situación sentimental. Algo así como:
Verde: Libre, disponible, me puedes entrar tal cual.
Rojo: Con pareja, asexual o tan emocionalmente destruido que no tienes ninguna esperanza conmigo.
Ámbar: relación complicada y a punto de acabarse, todavía pienso en mi ex, no tolero la intimidad o cualquier otra situación compleja que implique que te puedes acercar a mí, pero con precaución.

Además, nos diríamos nuestros sentimientos y expectativas con sinceridad. Anda que no sería todo mucho más fácil si yo pudiera hablar con DDM y decirle: "mira, DDM, me pareces guapo a reventar, me encanta tu fenotipo y encima eres muy listo y me estimulas el cerebro. De momento no busco al padre de mis hijos, pero querría conocerte más, psíquica y bíblicamente. Si te parece, vamos a ir teniendo sexo salvaje y luego ya veremos lo que hacemos." Entonces él podría contestarme: "Marina, me caes muy bien, pero por alguna extraña razón las rubias listas y divertidas no son mi tipo", o bien "venga, tía, vámonos a la cama con un paquete de condones y una caja de muesli y olvidémonos del mundo".

¿Cómo sería el mundo de las relaciones con una política de sinceridad controlada? Tampoco es plan de ir diciendo las cosas por ahí a lo crudo, que luego duelen. Pero cierta llaneza, cierto evitar perder el tiempo con rodeos inútiles, no estaría mal. También me pasa que yo creo que decido demasiado rápido si un tío me atrae o no, y a lo mejor a los demás no les pasa lo mismo y necesitan ese tiempo de cortejo danzante.

En fin. Escribo todo esto porque he pasado la tarde con DDM en el roco y vengo como superperturbada, y si no desfogo con vosotros, lectores, ya me diréis con quién. Me destruye su sonrisa, en serio, y me gustan su espalda y sus juegos de palabras. Y no quiero sufrir. Ni siquiera mínimamente. Ni siquiera el sufrimiento pequeñito de no gustarle a alguien que te gusta. En lo que a supervivencia emocional se refiere, estoy como cuando acabas de probar una vía y te has pegado un vuelo importante, y entre el miedo que has pasado y lo destruidos que tienes los antebrazos, necesitas recuperarte un poco antes de volver a intentarlo. Por mucha motivación que tengas y por mucho que te guste escalar.

Ojalá pudiera retirarme a un convento con rocódromo. O blindarme el corazón a base de cinismo y Houellebecq. O tapar la sonrisa terrible de DDM con esparadrapo del que me pongo en las heridas de los dedos.

De momento, me voy a ir a dormir, que estoy peligrosamente cerca de empezar a criticar al que inventó la reproducción sexual y cantar las maravillas de las esporas.