massobreloslunes

domingo, 22 de enero de 2012

La manzana de Eva



Está pintándose las uñas de los pies en el sofá mientras él trabaja con el ordenador. Se ha separado los dedos con bolitas de algodón y desplaza despacio el pincel mojado de rojo: una, dos, y procura no respirar para no salirse, tres, cuatro, cinco, y extiende el pie primoroso y recién arreglado para que se seque al aire. Él ni siquiera levanta los ojos del escritorio. Ojalá fuera un fetichista, piensa ella; ojalá ver sus pies pintados bastara para inspirarle un deseo tan irrefrenable como para tumbarla sobre el sofá y arrancarle la ropa. Pero de momento está trabajando y no parece que vaya a parar en un buen rato.

Se levanta del sofá, caminando con los talones para no estropearse las uñas, y va a la cocina.
- ¿Quieres un café? - pregunta.
- Bueno.
- Te lo pongo caliente - dice ella, y pronuncia un poco más fuerte la palabra "caliente", para ver si así consigue inspirar alguna asociación en su cerebro. Pero es una tontería y sabe que no funcionará, así que lo hace casi a modo de chiste privado.

Se desplaza torpemente por la cocina, llena la cafetera de agua, vierte el café molido formando una montañita y lo pone al fuego.
- Que luego nos podíamos dar una ducha, ¿te apetece? - exclama en dirección a la salita.
- Te la puedes ir dando tú si quieres. Yo me ducharé luego en casa.
- Ya, pero - ella se muerde los labios. Ya se está odiando por decir esto y, de hecho, se plantea no decir nada, pero al final no se puede contener - yo me refería a una ducha los dos, tú y yo juntos. Nunca nos hemos duchado juntos.
- Tu baño es muy pequeño.

Ella se inclina por encima de la barra americana y le toca los hombros, pero él no se vuelve.
- Podemos apretarnos un poco.
- Que no, lo digo en serio... que nos vamos a clavar el grifo en los riñones.

Procura sonreír, se encoge de hombros y aparta del fuego la cafetera, que lleva unos segundos silbando bajito. Ya está, ya está, se arrulla como una niña pequeña. Basta. Stop. Esto no puede seguir así. Que te busque él. Se propone la distancia como un reto. Sirve las dos tazas, zambulle en la suya una pastilla de sacarina y coge el azucarero.

Cualquiera diría que ni siquiera viene a follar, piensa mientras se bebe la taza mirando la parte trasera del portátil. Ni siquiera soy su amante. Soy su secretaria. O ni eso, porque si fuera su secretaria estaría ayudándole, y en cambio lo único que hago es estar aquí. Soy una recepcionista que abre la puerta, vigila la entrada y trae café.
- Está rico - musita él, distraído.

Ella no entiende por qué no puede trabajar en casa y venir cuando lo tenga terminado, para poder pasar directamente a la parte divertida. Cuando él no está y ella tiene todo el tiempo del mundo para pensar en ese momento, le imagina llamando al timbre un par de veces potentes, sostenidas, y a ella abriendo con las uñas ya pintadas y un look de estar por casa estudiado pero informal: pantalón muy corto, camiseta con un tirante un poco bajado, el pelo recogido encima de la nuca. Él la mira con urgencia, empieza a besarla en la puerta, continúa por el pasillo, se dejan caer en la cama enfermos de pasión.

Pero nunca sucede así: él llega, llama a la puerta y ella aún no se ha pintado las uñas porque quiere tener algo con lo que entretenerse mientras él trabaja.

Termina el café, se levanta y se mete en la ducha, sola. Cierra la puerta con pestillo, como si fuera ella quien quiere ducharse sola.

Debajo del grifo, con el agua muy caliente, intenta pensar. Debería decirle que se vaya a casa con La Perfecta Lucía a trabajar. Que seguro que ella hace el café igual de bueno. Es curioso, pero una de las cosas por las que le da rabia todo esto es por su piso: un piso de chica, pequeño, coqueto, con las paredes lila. Tiene las estanterías cubiertas de libros interesantes, portafotos con fotos bonitas y divertidas de ella con sus amigos, con sus sobrinos, posando sola. Ha colgado poesías en la nevera y la cama está cubierta de cojines mullidos: es un piso que él debería apreciar, observando los libros, echándose sobre los cojines y follándosela con desesperación bajo la mirada atenta de las fotos, y en cambio ahí está. Bebiéndose el café en una preciosa tacita de vaca y concentradísimo en su hoja de cálculo.

Sabe que nadie entiende lo suyo con él, y ni siquiera ella misma lo entiende mucho. Se supone que los casados se portan mejor con la amante. Se supone que el amantismo es una isla de placer donde todo se olvida, se apartan los quehaceres cotidianos y la única preocupación es fingir el amor con el mayor acierto posible.

Se pone mascarilla de melocotón en el pelo, se frota bien el cuerpo con su gel de vainilla favorito. Se rasura las piernas un poco porque sí, ya que al vello apenas le ha dado tiempo a crecer desde que se enteró de que él vendría. Sale, se seca el pelo despacio, se enrolla la toalla en torno al cuerpo. Cruza la salita en dirección a su habitación, y en lugar de sentirse seductora y hermosa, es como si con la toalla estuviera justificando su desinterés hacia él. Como si todo su cuerpo encogido dijera: lo entiendo, entiendo que no me desees y lo siento mucho.

Va al cuarto, se viste y se queda mirándole sentado en la cama. Lo peor de todo es que es tan guapo. Observa la mandíbula ancha, la piel morena y el pelo muy oscuro y un poco rizado, los ojos color miel concentrados en la pantalla, la camisa arrugada y remangada en torno a los codos. Y ella está justo enfrente, sentada con su pijama y con la entrepierna humedeciéndose de forma irremediable mientras él teclea.

Se levanta, se acerca a él y ya se está odiando otra vez por lo que va a hacer, pero el deseo es más fuerte que todo, más poderoso. Se acerca por detrás y le da un beso suave en la mejilla.
- Pequeña... - murmura él, pero no en tono cariñoso, sino un poco severo, alargando la segunda e, como un padre que regaña a su hijo cuando está siendo travieso.
- Qué pasa - ella le besa en la sien, la coronilla, la nuca.
- Pequeña...

Sube un poco la intensidad de los besos, le pasa una mano por el cuello y la otra por la cintura. A partir de aquí ya sabe que no tiene el control. Ya no importa la de veces que él la llame Pequeña; tendrá que reducirla a la fuerza si quiere que pare. Empieza a morder suavemente y él deja quietas las manos sobre el teclado.
- Eres mala.
- No soy mala.

No soy mala, se repite. Soy buena. Esto es bueno. ¿Por qué no está entendiendo que esto es bueno? Mete una mano bajo el cuello de la camisa y le acaricia el vello suave del pecho, y con la otra saca el faldón de los pantalones y le araña el vientre. Él deja caer los brazos a los lados. Ella le muerde más fuerte en la nuca, y después baja la mano y toca la línea del pubis, clavando un poco la punta de los dedos.
- Cómo eres, joder, cómo eres - dice él, y parece casi enfadado, pero a ella le da exactamente igual -. Que no soy de piedra.

Por fin, y era lo que ella estaba esperando, se da la vuelta y le busca los labios. Coge su mano y se la lleva a la entrepierna, y a ella, como siempre, notar su erección le parece un milagro. Nunca se puede creer que sean sus caricias las que se la están poniendo tan dura. Él se levanta ("ven para acá, que no te voy a quitar ni el pijama", le dice) y la lleva a la cama casi arrastrando.

Ni siquiera folla bien, piensa a veces, en otros momentos, cuando le recuerda a solas en la cama e intenta averiguar, como una detective de los sentimientos, por qué y para qué está pasando esto. No se recrea en el sexo. No le van los preliminares largos, ni se preocupa excesivamente por ella. Toca lo justo y en los puntos básicos pero, sobre todo, se deja hacer. Le gusta tumbarse boca arriba y que sea ella quien le toque. Besa con brevedad, como con miedo: se acerca y se aleja enseguida, alternativamente, sin querer pasar más de dos segundos con las bocas pegadas.

Pero lo peor de todo es que a ella le da igual. Que no necesita preliminares, porque para cuando él decide metérsela ella está todo lo mojada y caliente que puede estar una persona. Entonces es cuando él sí se coloca encima, la agarra de las caderas y se la folla, tal cual; no hacen el amor, no follan los dos a la vez: él se la folla a ella con la misma determinación disciplinada con que se dedica al Excel. La mira con fuerza. Entonces ella se aplica con tal intensidad a vivir esos momentos, los momentos lúcidos y vibrantes en los que él está ahí partiéndola en dos, que le parece que le van a restar días de vida por el ímpetu que le está poniendo a estos minutos. Ella sólo quiere quedarse para siempre en este instante en que sabe que él está ahí y en ningún otro lugar. Le ve deshacerse en el orgasmo, abrir más los ojos, asombrado, gritar un poco, y le sorprende y enternece esa vulnerabilidad extrema que nos inunda cuando nos corremos. Saber que en ese momento de puro presente él no tiene otro remedio que pensar en ella la excita tanto que no le resulta difícil correrse a ella también.

Después, mientras él va al baño y ella se envuelve en el edredón, aterida de frío, piensa que desde la primera vez que se acostaron su vida nunca volvió a ser igual, y seguramente no vuelva a serlo nunca. Porque se masturba pensando en su cara. No en su polla ni en su culo ni en la imagen de él comiéndole el coño, no; se excita pensando en la expresión de su cara. Porque ahora entiende que no hay un sexo mejor que el que supone la única oportunidad de que esa persona esté verdaderamente contigo. Cuando si se va de tu cama lo has perdido del todo, y cuando incluso mientras estáis allí el hilo que os une es tan frágil, tan perecedero, que tú te conviertes en una muñeca colocada de miedo como de una droga dura.

Mi vida no va a volver a ser la misma, nunca, se dice, y cierra los ojos mientras se pregunta si él dormirá un rato al otro lado de la cama o se irá a casa para no llegar demasiado tarde. No va a ser la misma, pero ya hace tiempo que eso no le importa mucho. De alguna forma sabe que si una se ve tocada por esa totalidad está maldita y, sin embargo, en medio de esa maldición se siente afortunada. Bendecida, aunque expulsada de algún paraíso anodino y extraño al que ni siquiera sabía que pertenecía. A eso debió de referirse Dios con el tema de la manzana. Y mientras la satisfacción física la va adormeciendo suavemente, piensa que le da igual. Que merece la pena, todo. Por haber conocido esto, por este momento, por esto.



La fotografía es de Gerardo M. Chinchilla (www.gmchinchilla.com). Si eres tú y quieres que la retire, por favor, avísame.

sábado, 21 de enero de 2012

Locos, II

Esta semana ha sido estupenda. Me gusta mucho, mucho Agudos. Mucho hasta el punto de tener ganas verdaderas de ir a trabajar por las mañanas, que es algo que no me ha llegado a pasar en otros dispositivos. Pero es que es superguay. Os cuento un poco, y si me pongo pesada con el tema me lo decís e intentaré reprimirme.

La Unidad de Salud Mental es una planta del hospital. Se llega por una puerta a la que tienes que llamar para que te abran o por un ascensor que te deja allí directamente; para bajar sí hace falta llave. Simplemente subir por las mañanas en ese ascensor y pulsar la cuarta me hace sentir un poco peligrosa: ahí voy yo, pienso, caminando decidida hacia la locura. En cuanto sales al vestíbulo ves el cotarro: enfermeros, celadores y los pacientes con sus pijamas azul desteñido, sus zapatillas y a veces sus batas de andar por casa. Unos están sentados, otros hablan y otros simplemente deambulan por allí.

"¿Aquello es como en las películas?", me pregunta la gente. Pues un poco sí. El otro día entré en un grupo clavado a los de "Alguien voló sobre el nido del cuco", con su maníaca agresiva, su catatónico con la mirada perdida al que los demás intentan convencer para que hable y sus paranoides apoyándose entre sí en la idea de que claro que la tele se comunica contigo con mensajes secretos, hombre: a mí también me pasa. A veces hay que amarrar pacientes a la cama y gritan; otros lloran a voces, insultan a sus familiares, se pegan o saltan el mostrador de enfermería amenazando al personal con un cepillo de dientes. La mayoría del tiempo, por otra parte, el ambiente es más o menos tranquilo.

Es un sitio tragicómico. La octava vez que una paciente entra en la consulta diciendo que no se va a poner el inyectable ni muerta y que se quiere ir a su casa PERO YA te tienes que reír, porque no te queda otra. Pero otras veces, la mayoría de las veces, de hecho, intuyes el sufrimiento y la soledad del trastorno mental grave y te estremece. Yo siempre digo que todos estamos rotos en algún punto, pero estas personas están rotas de verdad. Les faltan piezas de la mente que los demás traemos más o menos de serie: el sentido del yo, la percepción adecuada de la realidad, la capacidad de confiar en la gente. Lo que más me afecta es la fuerte sensación de que su cabeza se ha estropeado porque no podían aguantar la presión del entorno. Que se han roto por sufrir. Hay muchos locos con historias de maltratos, abusos y crianza inadecuada. Entonces tú te imaginas el grado de dolor que hace falta para que hayan llegado a donde están y se te ponen los pelos de punta.

A veces voy por el pasillo y veo a algún paciente solo, sentado en la galería, recibiendo el sol a través de los cristales. En un aire que siempre está un poco enrarecido porque no se pueden abrir las ventanas para que no se tire nadie. Otras veces los ves en el taller, dibujando, o coloreando, o haciendo estiramientos, como niños grandes en un colegio raro.

Yo nunca pienso en mis pacientes cuando estoy en mi casa, eso es así; tengo una capacidad casi psicopática para desconectar cuando salgo del curro y, sin embargo, hace un rato me he descubierto imaginándome a los internos de la Unidad en estos momentos, tumbados en sus camas. Solos de verdad. No solos como yo en mi piso de la Viña, con mi ordenador y mi blog y mi Vetusta Morla y mis movidas, no. Solos nivel no entiendo por qué la gente que se supone que me quiere me ha encerrado aquí, o nivel no sé qué cojones he hecho con mi vida para acabar ingresado en Salud Mental.

Y planteado así no sé por qué me gusta tanto. A lo mejor es porque, aunque no tengas claro si puedes ayudar mucho, al menos quieres intentar entender, y sólo entender algunas cosas, vislumbrar un pedazo de verdad a tu alrededor, ya me parece bonito. Porque ponerse en juego y poder sentir cosas también es bonito. Porque atisbas la posibilidad de descubrir qué tienen de sano los locos y qué tienen de loco los sanos. Y porque está guay intentar, o creer al menos, o llámalo X, que en la enorme capa de dolor que cubre el mundo esta niña de aquí intenta ser parte de la solución en vez de parte del problema.

PD: Creo que es la primera entrada que etiqueto a la vez como "Contenta" y como "Penita".

jueves, 19 de enero de 2012

Locos, I

Estoy en consulta con el psicólogo de la Unidad de Agudos. Delante tenemos a un paciente que está convencido de que su madre le ha internado para poder incapacitarlo y quedarse con su piso. Insiste en que él llevaba meses tomándose todos los días el Risperdal en gotas delante de su médico y en que cuando le quisieron cambiar la medicación por un inyectable fue a denunciarlo al juzgado de guardia.

Lo tengo todo en una carpeta, dice, ¿quiere que vaya a buscarla?

El psicólogo se lo piensa unos nanosegundos y después asiente. El paciente vuelve a los cinco minutos con una gruesa carpeta de cuero que abre con una llavecita, y a mí me enternece muchísimo que abra su carpeta con una llave y no sé por qué. Empieza a cubrir la mesa con papeles y a explicarnos qué es cada uno: ésta es la cita con el médico, ésta es la denuncia que hice al juzgado de guardia, ésta es la solicitud que tengo que presentar para la entrevista de trabajo. Para él todos esos papeles demuestran su teoría con una claridad abrumadora. Después de escucharle un rato el psicólogo carraspea, "tenemos cosas que hacer", le dice, y él nos mira con ojos desolados desde detrás de sus papeles porque sabe que no le estamos creyendo.

Entonces me acuerdo de Sandra, una niña de ocho años a la que estuve viendo el año pasado en el Equipo. Tenía el pelo rubio, los ojos azules, un padre en la cárcel y una madre heroinómana. Venía con su abuela, que había asumido la custodia y la vestía de punta en blanco. Cuando yo salía a buscarla y la veía balancear sus calcetines de colegio de monjas en la silla de la sala de espera, se me alegraba la mañana. Era una de esas niñas dulces y listas que saben que lo son.

Sandra siempre llevaba un bolsito, y cuando entraba en mi consulta se empeñaba en sacar todos sus objetos y explicarme qué era cada uno. Ésta es mi mamá, me decía, mostrándome una foto de carnet donde una mujer joven y escuálida miraba seria al frente; y ésta es mi otra abuela, y éste es mi hermano pequeño. Sacaba bolígrafos, cromos, gormitis, una libreta de colores, una pulsera, chocolatinas, y los iba colocando sobre el escritorio como quien monta un top manta.

El paciente de hoy, que extiende sus papeles sobre la mesa, se parece mucho a Sandra con su bolsito. Los dos intentan construirse una historia y apuntalar la verdad con sus objetos. Sandra, con su padre en la cárcel, su madre en una institución y sus juguetes esparcidos por tres casas distintas, necesita llevar ese bolsito porque ahí está ella, y necesita enseñármelo para que yo le dé entidad y reconozca que existe. El paciente de hoy acumula las pruebas porque quiere salir de la soledad terrible que implica que nadie se crea lo que está contando. Imaginad que vuestra verdad es mentira y que la gente lo sabe.

Pensaba que no podría entender a los locos, pero a lo mejor la frontera que nos separa no es tan grande. Mi parte escritora lo entiende. Yo asesinaba a personajes cuando me enfadaba con J. Incluso cuando cuento cosas reales, les doy formato narrativo. A veces no puedes expresar una emoción con palabras abstractas, no puedes expresar el dolor, y entonces acumulas detalles y metáforas. Explicas la manera en que él te preparaba el desayuno o se rascaba la cabeza cuando estaba confuso, o cómo le gustaba dormir la siesta en el cuadrado de sol que entraba por la ventana del cuarto. Mis detalles son los objetos de mi bolsito o las citaciones judiciales de la cartera de cuero: son mi verdad.

Nos extrañamos de que los locos no quieran dejar de delirar, pero cuando uno se ha instalado en su delirio y es la única manera que tiene de expresar sus emociones no puede abandonarlo, porque entonces se queda sin nada. ¿Cómo le vas a quitar su historia a un hombre? Nuestras historias son probablemente nuestro único patrimonio verdadero.

Espero que el paciente de la cartera encuentre la forma de expresar su dolor sin hacer daño a nadie. Que deje de creerse sus metáforas o que las adapte para que a los demás nos quepan en la mente. Espero que Sandra deje de necesitar llevar a todas partes su bolsito para saber quién es. Yo seguiré cubriendo el escritorio de este blog con mis detalles y mis extrañas metáforas, aunque a veces parezca un top manta emocional lamentable. Pero es mucho más que eso. Para mí es muy importante. Es mi forma de hacer las paces con la realidad. Y vosotros sois los que estáis al otro lado de la mesa para aceptar mi verdad, y no sabéis lo mucho que me ayuda eso a mantenerme cuerda.

miércoles, 18 de enero de 2012

Libros, churros y tardes de invierno

Esta tarde he ido a la biblioteca a devolver unos libros. He pasado un rato leyendo "Escribir y Publicar", una revista que edita Silvia Adela Kohan dirigida a aspirantes a escritores. Lo que gusta el rollo metaliterario cuando uno está empezando: que si Hemingway comía mandarinas, que si Auster compró un cargamento de cintas para su máquina de escribir cuando se enteró de que iban a dejar de fabricarlas. He estado leyendo un texto de Steinbeck sobre sus costumbres literarias. No te dirijas a una masa anónima de lectores, dice; eso da miedo. Escribe en segunda persona o para alguien en concreto: alguien que conozcas, alguien que te quiera.

Desde que escribo de manera casi furibunda, la metaliteratura cada vez me da más igual. Cada vez pienso más que el proceso trata básicamente de escribir y que te lean, punto. Escribir no tiene mucho más misterio que ir poniendo una palabra delante de la otra con valor y cierto tiento. Que te lean te la medida de tus palabras y te proporciona un otro que hace que la comunicación sea posible. Aun así, me gusta imaginar a Steinbeck buscando lápices con la consistencia y la oscuridad perfecta, holgazaneando mientras mira por la ventana, lijando el barniz de su escritorio para crear una superficie de escritura novedosa.

Después he salido a la calle. Atardecía en el cielo despejado, surcado sólo por unas cuantas nubes azuladas y lila. Cádiz es brutalmente bonito. Brutal, brutalmente bonito. Ahora que trabajo en Puerto Real cruzo todos los días la bahía en autobús, y todos los días me sorprenden la amplitud del agua, el amanecer asomando detrás del puente y las barquitas solitarias meciéndose en el frío. Y a la vuelta, la luz blanca del sol calentando el autobús a través de los cristales, los destellos hirientes sobre la superficie del mar y un cielo tan ancho que te parece mentira que quepa en el mundo.

Vago por el centro sin hacer nada en concreto. Me pruebo pintaúñas en el KIKO y compro uno de color vino mortal de precioso. Después entro en un bar a tomarme un café, y por no se qué mecanismo misterioso de mi mente, el café se convierte en chocolate y el chocolate en chocolate con churros. Pero bueno. Quién se va a resistir a unos churros cuando te los ofrece un camarero diciéndote algo como "anda, muhé, tómate unoh shurritoh, que son shicoh".

Abro mi nuevo libro. He terminado hoy "Amores en fuga", con la pena que da cuando se acaban las cosas bellas. Ayer compré "Libertad", de Jonathan Franzen, un tío del que no había oído hablar en mi vida, sólo porque es gruesa y parece entretenida. Los churros con chocolate son perfectos para tomarlos leyendo, porque no necesitas cubiertos ni las dos manos. Con la izquierda, que está limpia, sujetas el libro; con el pulgar, índice y corazón de la derecha coges los churros y los mojas en chocolate, y con el meñique limpio de la derecha pasas las páginas.

¿Cómo empezáis vosotros los libros? Yo miro la foto del autor sin leerme su biografía, porque me gusta imaginar la cara a la que pertenecen esas palabras. Después busco el título de la versión original, para ver si lo han traducido literalmente o se lo han inventado, y si es diferente al castellano lo retengo para poder relacionarlo con el contenido. Luego miro la dedicatoria. Me pregunto quiénes serán esos nombres que se merecen que otra persona ofrezca un libro entero. Hace poco volví a dejar una novela en la estantería de la librería cuando leí la dedicatoria: "Para Melody, Summer y Phoenix, mis tesoros". Si les pones esos nombres a tus hijos, qué no harás con tus pobres personajes.

Después leo la cita del principio. La de "Libertad" dice así:

Id juntos, ilustres y felices ganadores, mientras lo sois. Cambiad vuestros regocijos con compañía. Yo, vieja tórtola, iré a suspenderme de alguna rama seca y allí lamentaré hasta el fin de mis días la pérdida de mi compañero, que nunca será hallado.

Lo encuentro críptico y claro, terrible y precioso. Luego leo las cuarenta primeras páginas mientras mojo los churros en el chocolate. A ratos observo el bar. Hay gente, pero está tranquilo y no hay televisor. Una de las paredes esté cubierta con un panel enorme modernista y feo, y en otra cuelga una maceta de geranios rojos de plástico. Estoy calentita y resguardada en una esquina mientras fuera brillan en la noche las farolas y los puestos de flores.

Escribir es escribir y punto, no es pasarse la vida dándole vueltas al tema, afilando lápices, preguntándose cómo lo hacían Steinbeck y Hemingway, planeando a qué concursos va a presentar uno sus relatos. Igual que vivir. Vivir es vivir y punto, no plantearse todo el rato de qué va la vida, porque lo más seguro es que la vida no vaya de nada. Va de estar aquí por cojones, porque no tenemos elección, esperando una muerte segura y un futuro incierto. Y entretanto va de no hacerse tantas preguntas, no buscar tantas respuestas y tomarse unos churritos de vez en cuando. Porque estás vivo y, si tienes el suficiente estómago, a todo este asunto le puedes encontrar hasta la gracia. Y porque es maravilloso poder merendar dulce cuando fuera está oscuro y hace frío.

martes, 17 de enero de 2012

Cuentos

Hoy va a ir la cosa de recomendaciones literarias. No soy muy partidaria de escribir sobre libros, a no ser que alguno en particular me haya impresionado mucho. Pero hace poco, revisando los comentarios sobre la entrada de "El lector", me di cuenta de que escribir sobre libros sirve, básicamente, para que una persona se sienta atraída por un libro, lo compre y disfrute con él igual que yo. Y sólo eso ya me parece hacer buen karma.

Vamos a hablar de cuentos/relatos/llámalo X. El cuento es un género gourmet: poco leído pero muy valorado. Yo no os voy a engañar: donde se ponga una buena novela, que se quite lo demás. El problema de los relatos cortos es que uno tiene que realizar demasiadas veces en poco tiempo el esfuerzo de meterse en una historia, y también que a veces te quedas con ganas de saber más de los personajes. Pero cuando un relato está bien construido, proporciona un momento breve de belleza, una especie de satori del alma, que a veces a las novelas les cuesta alcanzar.

Si no estáis acostumbrados a leer relatos, aquí tengo algunas recomendaciones para comenzar. Leer cuentos da mucho glamour cuando te preguntan qué tipo de literatura te gusta: te rascas la cabeza, te subes las gafas y dices "yo soy un admirador del relato corto como género, ya sabes: herederos de Carver y Chéjov, realismo sucio... todo eso". Y la gente flipará con tu gafapastismo. Ya en serio: está muy bien leer relatos de vez en cuando, abre nuevas posibilidades a la ficción y a tu cabeza.

Se me ha ocurrido esta entrada porque sigo leyendo a Bernhard Schlink; concretamente, los relatos de "Amores en fuga". Qué puedo decir. Hoy le he dado un beso al libro. Un beso. A un libro. Así, por la cara: lo he sacado del bolso para colocarlo en la mesilla y he visto su cubierta amarilla diseño Anagrama, repleta de amor y belleza y vida y todo lo que me gusta de la literatura, y me ha salido del alma. Espero que mi vida no resulte ser al final como el show de Truman, porque entonces estoy haciendo el ridículo pero bien.

Schlink, cojones, eres GRANDE. De verdad. Excepto uno de los relatos, que no me ha hecho mucha gracia porque no me he enterado muy bien de la trama política, el resto son una maravilla. Bien construidos, conmovedores, imaginativos, maravillosamente escritos. Con un gran equilibrio entre reflexión y acción, y con una mirada sobre el mundo que es sensata y trágica, esperanzada, realista, compasiva y triste, si se puede ser todo eso al mismo tiempo. Brillante. Compradlo. Leedlo. Ahora.

Otro libro de cuentos que es bueno para llorar es "Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo", de Irvine Welsh. Welsh, en general, es muy grande: es el autor de Trainspotting y de su segunda parte, Porno, que son tan duras como divertidas. Pero el libro de relatos me impresionó: es muy, muy bueno. Y si sólo tenéis que elegid uno, por favor, leed "Miss Arizona", que es una de estas historias que no vais a poder olvidar nunca. Escribo el título y se me pone la piel de gallina sólo de pensarlo. Welsh, por cierto, me ha recordado a "Fantasmas", de Chuck Palahniuk, que no es un libro de relatos, sino una sucesión de historias unidas por una trama común pelín floja, para mi gusto. Los relatos son durísimos pero brillantes. Ésta es la historia que comienza la novela. Aviso que es un poco escatológica/desagradable. Bastante. Mucho. Pero está tan bien construida que te da igual que al terminar tengas que ir a potar al baño.

Grace Paley fue profesora de A.M. Homes, que no es relatista pero también es muy buena. Su recopilación de relatos casi me hace llorar. Paley es la que decía en el prólogo: "los escribí con toda la verdad y la belleza de la que fui capaz", y vaya si lo hizo. Ahora es cuando me da rabia no tener el libro aquí, porque recuerdo un párrafo sobre el amor, que simplemente hablaba de cómo el marido antes compartía con ella sus cigarrillos y ahora no, que te parte el corazón.

Cortázar. En la lista de cosas que de verdad de verdad me animan en la vida, y no me refiero a salir por ahí con los colegas o irme a nadar, que puede animarme o me puede dejar igual, sino medicinas emocionales con un 100% de fiabilidad, está la escritura, está Extremoduro y está Cortázar. Cortázar, queridos, es otra historia. Sabe algo que los demás no sabemos. Es de estos escritores de los que dices: me follaría a su cerebro, pero no a él como escritor porque es listo, sino que le encontraría erotismo a su materia gris así pura y repugnante, porque está llena de belleza y de ideas hermosas. Hay Que Leer A Cortázar.

Truman Capote también es un buen cuentista. A mí me gustaron más sus relatos que "A Sangre Fría", que es un libro que, por la temática y la forma de tratarlo, y sobre todo por la historia de perversión moral que lleva detrás, a saber: Capote no queriendo interceder por los asesinos de los Clutter para que los ejecutaran y poder publicar su novela... me pone un poco los pelos de punta, en el mal sentido. Pero los relatos son conmovedores y humanos, muy América profunda y esas cosas que me gustan.

Paul Auster no tiene relatos, pero tiene una recopilación espectacular de historias reales y curiosas llamada "Creía que mi padre era Dios", que no es que te guste, sino que te engancha exactamente igual que una buena novela. Son relatos cotidianos llenos de casualidades extrañas, situaciones absurdas, amor, sueños, amigos, familias... Pura vida. Muy recomendable.

Bolaño, que también es grande grandísimo, tiene un libro de cuentos, "Llamadas telefónicas", que me gustó mucho. Aunque si queréis empezar con Bolaño, leed "La pista de hielo": menos amenazador que sus mamotretos tipo "2666" pero hermoso, hermoso, hermoso.

No sé si Nick Hornby tiene libros de relatos suyos; ahora mismo creo recordar que no, pero hizo una recopilación de cuentos de otros escritores, "Hablando con el ángel", cuyos beneficios iban destinados a una asociación de autismo. Y ahí el propio Hornby decidió partir la pana y escribió él mismo el cuento más bonito y conmovedor del libro y, en general, casi de todos los que he leído en mi vida. Un cuento sobre un guardia de museo y un cuadro que te hace pensar: me da igual que el mundo sea una basura y la crisis y el hambre y todo, porque existe esto, existe un humano en el planeta con esta sensibilidad y, como en Sodoma y Gomorra, sólo él basta para salvarnos a todos. Así de bueno es el cuento.

Ishiguro, que oscila peligrosamente entre la magia y el aburrimiento, sacó hace poco unos "Nocturnos", relatos con la música como elemento común, que afortunadamente cayeron del lado de la magia. Quim Monzó también escribe muy buenos cuentos, aunque son más soprendentes que conmovedores, y quizá por eso me inquietan un poco.

Éstos son los que se me han ocurrido. No son los mejores relatistas de todos los tiempos. Podéis leer a Chéjov, obvio, y a Carver, obvio. A Dorothy Parker, a Flannery O'Connor, a Kafka, a Poe, a Aldecoa, a toda esa gente que recomiendan en los talleres. Podéis leer hasta a Clarice Lispector que, ojo, a mí No Me Gusta, lo siento por el gafapastismo. Pero las de antes son recomendaciones con sello de garantía massobreloslunes, es decir: que me atrevo a afirmar que si os gusta este amasijo literosentimental que escupo todas las noches, más os van a gustar los cuentos que he recomendado.

Y ahora os voy a decir algo: podéis saltaros todas las recomendaciones anteriores, pero todos y cada uno de vosotros, sea cual sea vuestra edad, condición, extracción social, sexo u orientación sexual, todos, TODOS...

TENÉIS QUE LEER A ROALD DAHL. Es fundamental. Os alegrará el día, mejorará vuestro humor, os hará personas más risueñas, sorprendidas y fascinadas de lo que sois ahora. Se os olvidará el mal de amor y el dolor de tripa. Dejaréis de escribir si sois escritores, y lloraréis en la cama por no poder crear historias como las suyas. Como decía Aracne, Roald Dahl es una recomendación segura para cualquier amigo, porque si no le gusta puedes dejar de ser su amigo sin sentimiento de culpa. Leed "Relatos de lo inesperado", "Historias extraordinarias" o cualquier otra recopilación de cuentos suyos: todos son buenos. Y, por supuesto, si no lo habéis hecho aún, leed sus libros infantiles, sin importar la edad que tengáis. Roald mejoró este mundo. Fue un ser humano de categoría A, mejor que la mayoría, así os lo digo, al menos en proporción a los niveles de felicidad que ha producido y seguirá produciendo.

Y sin más me voy a dormir para despertar, desayunar, coger el bus y seguir leyendo allí a Bernard Schlink, porque esta semana, sin duda, él ha sido lo mejor de mis mañanas.

Escribe

Hoy pensaba en escribir para los que no escriben y querrían escribir (vaya trabalenguas me ha quedado). Yo animo a todo el mundo a que escriba, igual que animo a todo el mundo a que medite y a que escale y cante y saque fotos y toque instrumentos y, en general, a que viva la vida de todas las formas que pueda y no se dedique sólo a tomar cubatas y a ver Sálvame. Pero escribir me parece particularmente beneficioso y bonito, porque es mi rollo. Es lo que se me da bien, el lugar donde respiro y la zona que habito.

Si quieres escribir, escribe y punto. Es mucho más fácil empezar a escribir que a hacer cualquier otra cosa. Es barato, silencioso y no requiere de habilidades especiales previas. Encontrarás que al principio te cuesta comenzar. Esto es porque tus expectativas son mayores que tus capacidades y te bloquean. A la escritura hay que enfrentarse como un samurai y colocar el ego al lado: escribes tú, pero no eres lo que escribes, y en el mismo momento en que abandona tus dedos deja de pertenecerte a ti y comienza a formar parte del proceso de la vida. Así que ponte metas de cantidad, no de calidad; no te juzgues, deja que todo salga, ya cortarás luego.

Escribe todos los días. Te lo dice alguien que ha pasado los veintiséis años de su existencia luchando consigo misma en la batalla continua del "escribe", "no quiero", "deberías escribir más", "no me apetece", etc etc etc. Ahora mismo sentarme aquí al final del día es el mejor momento de todos. Me apetece desde por la mañana. Hoy, por ejemplo, iba en la moto pensando en este post y la perspectiva de escribirlo me ha animado durante todo el día. Si escribes a diario te encontrarás con que tienes algo sólido a lo que agarrarte, y ésa es la mejor base desde la que partir.

Acaricia tiernamente los divinos detalles. Esta frase no es mía, pero ahora mismo no recuerdo el autor y no soy capaz de encontrarlo en Google. La vida está hecha de detalles. Utilizar los detalles es el consejo más útil y poderoso que te pueden dar para escribir bien, y no quiere decir volverse tediosamente descriptivo. Quiere decir que si quieres describir a una persona observes aquello que la hace única y lo plasmes de forma sencilla, como si estuvieras recorriendo con palabras los rincones de una fotografía. Te fijas en las raíces oscuras del pelo que asoman dos centímetros por debajo del tinte barato. Te fijas en el tatuaje con un nombre de mujer en su antebrazo y asumes que será el suyo o el de su hija. Te fijas en las uñas mal pintadas, en las ojeras y en que, a pesar de todo, le brillan encima unos ojazos azules que reflejan la luz tímida del sol de la mañana. Escribir es un arte visual y nuestros cerebros se agarran como monos a lo concreto.

Utiliza frases cortas y palabras potentes. No desperdicies energía con rodeos, ni en la escritura ni en la vida. La energía es preciosa y debe ser conservada, y tu tiempo y el de tus lectores es valioso como el oro. No uses demasiado palabras ambiguas, como "cosa" o "asunto", y ten cuidado con las expresiones dubitativas, con los "creo", con los "¿no?". Sé preciso y valiente: estás aquí para contar tu verdad y no tienes por qué dudar de ella. Cuidado con las palabras complicadas y con el buscador de sinónimos del Word.

No tengas miedo. Sabes contar historias: lo haces todo el rato. Cuentas lo que te pasó estando de viaje en Praga, cuando te cogiste un cebollón de vodka y acabaste perdido por la ciudad a diez grados bajo cero. Cuentas cómo conociste a tu novio o la pelea que has tenido esta mañana en el trabajo. Todo eso son historias y tú sabes manejarlas, distribuir el tiempo, introducir los diálogos, volverlas interesantes. Sé intuitivo y veraz; todo irá bien.

Relee mucho. Yo releo lo que escribo aquí una media de diez veces antes de publicarlo. Cuando una frase me chirría dos veces seguidas, la cambio. Aquí tienes que ser de nuevo un samurai y cortar lo que no funcione: no dejes que la gente se aburra, ponte en el pellejo del que te lee; empatiza, por el amor de Dios. Escribes para comunicar, que no se te olvide nunca. Una vez, una chica de uno de los talleres que di en Granada declaró muy seria que ella escribía "con letra pequeña, a lápiz y a oscuras", para que nadie lo viera. Es una opción, pero anímate a escribir con letras grandes y a que te lean los demás. Atrévete a que te conozcan, a contactar. Es tan doloroso como bonito.

Sé ferozmente tierno con lo que escribes. Crítico pero acogedor. Ya es un mérito que te estés derramando en palabras a cambio de nada, a no ser que seas Carlos Ruiz Zafón, en cuyo caso te estás derramando en palabras a cambio de un montón de pasta y debes ser ferozmente feroz. En cualquier caso, admira tus virtudes y procura trabajar tus defectos. Lee mucho, mucho, mucho. Lee lo que te guste y no lo que la gente te diga que leas. Hay tantos libros hermosos que para qué malgastar el tiempo con los que no lo son. Escribe lo que te gustaría leer. No te preocupes demasiado por el copyright, por lo menos al principio. No te aferres.

Valora más el proceso que el contenido. Hurga donde duela. Disfruta y sufre al mismo tiempo; aprieta, bicho. Estás en un ejercicio de generosidad y de honradez. Tienes la oportunidad de mirarte en un espejo claro y despiadado, y si consigues permanecer ahí el tiempo suficiente podrás entrar al laberinto y salir victorioso. Eres grande sólo por ser persona y tienes un montón de cosas que decir. Que nadie te arrebate el derecho a contar la verdad de tu experiencia.

Si piensas que no sabes utilizar las palabras, ponte a ello y verás cómo aprendes. Yo reconozco que a estas alturas de la vida me resulta fácil. Me imagino mi cerebro como uno de esos talleres de la gente a la que le encanta el bricolaje, con decenas de herramientas ordenadas y colocadas por colores y tamaños. Siento que he ido adquiriendo un conocimiento intuitivo de lo que funciona o no, y cuando tengo una sensación o un pensamiento, incluso cuando estoy viviendo una escena de la vida real, en seguida las palabras se alinean en mi cabeza para contarlo. Imagino que la mente de alguien que empieza a escribir es un poco como yo cuando intento arreglar algo en mi casa con mi martillo y mi llave inglesa del chino. Pero no te preocupes. Las herramientas se adquieren con la práctica.

Escribir es muchas cosas. Es hermoso. Te ensancha la existencia. Si acaricias los detalles te acostumbras a buscarlos, y entonces empiezas a observar a tu alrededor sin juzgar, simplemente registrando esos rincones particulares y relucientes de tu vida cotidiana. El drama de tu vida se aligera porque lo puedes contar luego. Procesas tu experiencia en historias y cobran un sentido, aunque en realidad sea el sentido que les das tú y no cambie en nada el hecho de que estás triste o sola o te ha dejado tu novio. Compones un bonito álbum de palabras que puedes mirar luego y que te enseña acerca de cómo te sentías en el pasado y cómo las situaciones cambian y las heridas sanan.

Sobre todo, es muy divertido. Y me gusta hacerlo. Y se me da bien. Os animo a todos a que lo probéis. Ya me contaréis cómo va la cosa.

lunes, 16 de enero de 2012

Añadir contacto

Elena para a uno de los empleados del museo para preguntarle el camino al salón de actos y, cuando él se gira para contestarle y le ve la cara, se reconocen en seguida.
- ¡Mario! ¡Cuánto tiempo! ¿Te acuerdas de mí?

Él sonríe.
- Claro, Elena... ¿qué es de tu vida? Madre mía, debe de hacer como cinco o seis años que no nos vemos, ¿no?
- O más... desde la última cena de alumnos.

Se resumen mutuamente en tres frases. Él trabaja en el museo de gestor cultural. Se vino a Madrid a estudiar Historia del Arte y lleva aquí desde entonces. Ella terminó Bellas Artes en Sevilla y está de visita un fin de semana para asistir a un ciclo sobre Kandinsky.
La amiga de Elena, que no conoce a Mario, le tira ligeramente del brazo, así que ella se despide, un poco a regañadientes.
- Tengo que irme, pero me alegro mucho de verte...
- Yo también. Oye, ¿te apetece tomar algo luego? Yo salgo a eso de las tres, si todavía estás por aquí podemos echar una caña juntos.

Ella sonríe, asiente y le asombra ver cómo él apunta su teléfono en su smartphone caro y después le da un toque para que ella tenga el suyo. Se sonríen otra vez, se dan dos besos y Elena sale caminando rápido detrás de la sombra de su amiga, que ya ha averiguado cómo se va al salón de actos.

Apenas puede concentrarse en las conferencias. Repasa el encuentro con la mente. Él está guapo, su amiga coincide: ha sido capaz de anticipar el cambio de metabolismo masculino de los veintimuchos y empezar a cuidarse. No ha perdido pelo, y el traje sin corbata y con camisa violeta oscuro le cae con gracia sobre los hombros anchos. Y le ha pedido su número. Su Número. Se alegra absurdamente de haber elegido el vestido en lugar de los vaqueros. Le disimula las caderas y le marca el escote, que también resalta debajo de la media melenita tipo paje que se cortó hace un par de semanas. Está guapa, distinta, y él se ha dado cuenta y le ha pedido Su Número.

Se acuerda de ella. Y eso que ya hace mucho desde que dejaron el colegio. ¿Cuánto, diez o doce años? Pero imagina que toda una infancia compartiendo clase no se olvida así, con facilidad. Se pregunta si ella podría olvidar a alguno de sus compañeros, incluso a los más anodinos, cuando a veces se sorprende canturreando la lista de los nombres por orden alfabético. Rosa Aguilar, Luis Arellano, Carlos Bustos, María Cerezo: lo escuchaban tantas veces a lo largo del curso que se lo sabían mejor que las lecciones.

Lo de Mario pasó casi al final, en el penúltimo curso de la ESO. Ahí fue cuando Elena se dio cuenta por primera vez de que la gente cambia de color cuando te gusta: todos están ahí, en blanco y negro, iguales unos a otros, y de repente una persona empieza a colorearse y a brillar con más energía, y a veces quieres mirarle con más atención, a veces quieres apartar la vista, pero nunca te es indiferente. Mario Moreno Miras, que aquel año era el número veintidós en la lista de clase; Elena lo sabía porque escuchaba la letanía con atención cuando pasaban lista, o cuando el de inglés decía en público las notas de los exámenes, y al llegar a Mario suspiraba despacio del leve placer que le producía sólo escuchar su nombre. La triple eme de su inicial adquirió poderes casi mágicos, y aquel verano, mientras sólo podía soñar y preguntarse qué estaría haciendo Mario en sus vacaciones, Elena se rayó una M en la pierna con una horquilla de pelo, para que cuando la costra saliera y le diera el sol en la piscina se le formase una cicatriz que poder ver durante el invierno.

No es que fuera muy, muy guapo, pero tenía los ojos verdes y un cuerpo moreno y huesudo que cubría con enormes camisetas de baloncesto. Había conseguido combinar el éxito académico con el deportivo y le querían por igual los profesores y los alumnos. Se rapaba el pelo cada cierto tiempo y a Elena le encantaba mirarle en esos días, cuando los ojos enormes y la nariz adolescente y ganchuda le daban un aire vulnerable de prisionero de guerra.

Era incapaz de hacer nada por llamar su atención. Incapaz. Y no sólo porque supiera que no era muy guapa, con el pelo lacio y castaño, la frente demasiado ancha y las caderas redondas. Es que para ella no existían los pasos intermedios entre su mente y la realidad: le parecía que Mario tenía que darse cuenta sin su intervención, igual que ella se había dado cuenta de que le amaba: que sus sentimientos, tan puros y enérgicos como su determinación al herirse en el muslo con su nombre, tenían que atravesar el aire espeso del aula y llegar a la cabeza de Mario como por ensalmo. Así que suspiraba, y amaba, y escribía emes, y seguía amando y soñando con la veta secreta de virtudes que sabía que había debajo del aspecto tranquilo de Mario, y que sólo ella conseguiría sacar a la luz por completo.

Hizo algunos intentos tímidos. Muy tímidos. Le llamaba a casa con excusas del colegio, y cuando él le contaba algo que no fuera exclusivamente académico ella soñaba toda la noche con la intimidad que pensaba que construían. Era de los pocos que tenía internet en casa, así que le mandaba mails no muy largos y calculadamente ingeniosos, y después no era capaz de dirigirle la palabra en clase. Siempre había demasiada gente a su alrededor, así que ella pensaba en él muy fuerte y no decía nada.

Un día puso toda la carne en el asador y se le declaró por mail. No recuerda segundos más angustiosos que los que pasó un día después, entre la visión del correo en la bandeja de entrada y el tiempo que el maldito módem de 128 ks tardó en abrirlo. "Algo me imaginaba", decía él, y luego se excusaba diciendo que no sentía lo mismo, pero que podían ser amigos. A ella le sorprendió tan poco su respuesta que ni siquiera se esforzó por bajar la cabeza cuando se lo encontró al día siguiente en clase.

Ahora han pasado diez años y Mario tiene su número. Su Número. Se lo ha pedido voluntariamente; nadie le ha puesto una pistola en la cabeza. Pasa la primera mitad de la mañana y Elena sale con su amiga a tomar un café. No mira el móvil; es demasiado temprano, e imagina que le dará el toque justo antes de salir. La segunda parte de las conferencias se le hace un poco más pesada. Pone el móvil en vibración y se lo mete en el bolsillo. Lo mira a cada rato. Piensa que la tela del vestido es demasiado gruesa, así que lo mete entre la cadera y la goma de las bragas, en contacto con su piel.

Se lo imagina así: los dos van a comer juntos en una tasca con encanto que él conoce. Elena debería volver luego a las charlas, pero han pedido una botella de vino a medias y al final decide que se las va a saltar, por muy cara que le costara la matrícula. Mario la lleva a tomar café a alguna terraza soleada, luego pasean por el parque, recuerdan viejos tiempos, se ríen. Compran un litro en algún chino, se lo toman en el Retiro, se tumban muy juntos, vuelven a reírse. Él piensa que ella está muy guapa después de todos estos años y se lo dice. Le pasa la mano por la nuca despejada. Se besan. Ella llama a su amiga y le dice que no irá a dormir. Se despierta feliz y aturdida en un piso de Madrid que es cutre pero tiene encanto, y él le ha dejado preparado el desayuno antes de irse a trabajar.

Almuerza con su amiga cerca del museo, en un bar que pone menús a un precio medio decente.
- A lo mejor me llama para quedar por la tarde.
- A lo mejor no te llama.
- ¿Cómo no me va a llamar? Se le ocurrió a él, de verdad. Tú estabas allí. Yo no dije nada.
- Ya, sí, pero yo qué sé... igual tiene otros planes.
- Entonces, ¿para qué me iba a pedir el teléfono? Sería absurdo.

Van a una última charla, que a Elena le parece insoportablemente larga y tediosa, y después salen a dar una vuelta por las calles del centro. Su amiga vive en Madrid, así que le guía por algunas de las tiendas de moda, la lleva a una cafetería con encanto y le propone planes para la noche. Elena tiene el móvil en modo muy alto, pero se apaña para no mirarlo más de tres o cuatro veces cada hora. Los planes con Mario van cambiando. Todavía tienen tiempo para el café en la terracita. Todavía podrían ir al parque. Todavía podrían tomar cañas en algún bar del centro.
- ¿Vamos al concierto, entonces? - propone su amiga.

Elena duda, pero piensa que, a las malas, puede salir del concierto para coger el móvil, y luego dar alguna excusa y quedar con él en una parada de metro. Con el metro se llega a todas partes. Y tomar cerveza negra en algún irlandés, ¿le gustarán a Mario los irlandeses? Y después al piso cutre, mensajito al móvil de la amiga, igual él no trabaja mañana y pueden desayunar juntos en la mesa de la cocina, o incluso en la cama.

Van al concierto, el cantante es bueno y el móvil no suena. Se despierta en el piso de su amiga y desayunan cereales con chocolate delante de la tele.
****

Mario da unos pasos y vuelve la cabeza, justo a tiempo para ver entrar a Elena en el salón de actos. ¿Por qué he hecho esto? se pregunta. Qué absurdo. Tiene que dejar de ser amable por defecto. Le sale solo; será porque se ha acostumbrado a trabajar de cara al público y no sabe desperdiciar contactos ni ahorrar en amabilidad. Quedar para tomar una caña; vaya idea absurda. De qué van a hablar después de todos estos años. Además, ella está... bueno, está un poco gordita, sin ánimo de ofender. Tampoco es que antes fuera un pibón. Elenita, Elena... ¿cómo era su apellido?

Menea la cabeza, sin ganas siquiera de hacer el esfuerzo de borrar el número, y echa a andar hacia la cafetería. No le ha dado tiempo a desayunar en casa y tiene un montón de hambre.