Lo que sí creo es que allí me enamoraré o aberraré en silencio, una de dos.
Mi última experiencia con una gran ciudad fue Barcelona, y fue mala. Claro, que por aquel entonces yo tenía dieciocho años y no sabía nada de la vida. Qué gracia, porque el sábado en la guardia estuve hablando con el MIR acerca de si uno va sabiendo más de la vida con los años o en realidad es todo el rato igual de estúpido. Supongo que uno sabe más y, al mismo tiempo, se va haciendo más consciente de la de cosas que le quedan por saber. Y sigue cometiendo errores parecidos. Por otra parte, si lo miro ahora pienso que hay algo de tierno en seguir cometiendo grandes errores: algo de inocencia ilusionada que, a pesar de todo, no quiero perder.
Me acuerdo perfectamente del primer día que llegué a Barcelona. Me bajé del tren en Plaza Catalunya y miré aquellos edificios sobredimensionados. Tuve que entrar al BBVA para que me solucionaran nosequé papeleo, y caminaba sobre los suelos de mármol como los niños de Mary Poppins en el banco de su padre. Barcelona a los dieciocho años me daba mucho, mucho miedo. Me dio tanto miedo que desde entonces me propuse vivir de Despeñaperros para abajo, y aquí me tenéis: casi todo lo al sur que se puede estar.
Iba pensando estos días en escribir un post sobre Andalucía. El otro día hablábamos en el roco de este vídeo, que para los que no queráis verlo es de un notas escalando un bloque que se tira al suelo y cae a lo loco encima de otro notas. El bloque consiste en escalar rocas pequeñas y difíciles sin cuerda, con colchones debajo y gente que se coloca para cubrirte y ayudarte a caer. El caso es que el vídeo es muy, muy gracioso, y lo que no se entiende muy bien es lo serios que se quedan los tíos después de la caída. Que eso pasa aquí, en Cádiz, y el cámara se empieza a descojonar en el momento en que el tío no sabe bien cómo bajarse del bloque, y para cuando se ha caído encima del otro ya está echando las tripas por el suelo. Lo que quiero decir es que me gusta mucho, mucho, mucho Andalucía, y más concretamente Cádiz y el carácter de aquí. Hay que pagar un precio por vivir aquí, eso está claro, y somos todos muy informales, y muy impuntuales, y no es que seamos vagos: es que estamos cansaos. Y hace mucho calor en verano, y se llena de guiris, y la gente tira los papeles al suelo y bueno, pueden parecer tópicos, pero hay diferencias con el norte y se nota. Sin embargo, a mí me compensa.
Y a pesar de esto quiero irme. Ya lo dije el otro día: nunca pensé que le iba a coger el truco a lo de mudarme. Hay una parte de mí que quiere arraigar y, de hecho, el año pasado había veces que cuando volvía de Málaga entraba en Cádiz acurrucada en posición fetal en los asientos del autobús y pensando en mayúsculas PERO SE PUEDE SABER QUÉ COJONES ESTÁS HACIENDO AQUÍ. Y justo ahora que estoy arraigando, que tengo amigos de verdad y no solo conocidos, que la del Covirán me conoce y no me roban la moto de la puerta de mi casa aunque me vaya un mes... resulta que la perspectiva de irme unos meses me encanta.
Supongo que tiene que ver con las posibilidades que esconde lo nuevo y lo rápido que se ensucia la limpieza mental de las calles. Me acuerdo de cuando Granada era nueva para mí y de lo rápido que se llenó de recuerdos. No llevaba allí ni un mes cuando ya miraba con nostalgia los bares donde había conocido a Nacho, el amigo de Josy que me robó el corazón un verano. Me hace gracia recordar también las primeras semanas en Cádiz, cuando iba de un lado a otro aturdidísima, buscando copisterías y ferreterías. Y ahora es raro que salga y no me encuentre a un paciente o a un conocido.
El tema de la vida es que tiene tantas posiblidades, tantas. Es muy rica. Y a veces se nos olvida. No es solo por las ciudades. Es rica en las personas a las que nos presenta y las experiencias que nos ofrece. Es tan rara y tan loca, tan brutalmente injusta y al mismo tiempo tan luminosa. Contiene muchas opciones y solo tenemos un cerebro y un corazón para atravesarla. Lo peor, o lo más gracioso, según se mire, es que al final todo eso, todo nuestro corazón tan dolorosamente ensanchado, nuestro cerebro tan lleno de aprendizaje y experiencia, morirá y se desintegrará. Y eso lo vuelve todo tan absurdo y, al mismo tiempo, tan importante. El borrador sin cuadro del que hablaba Kundera. La búsqueda de un sentido que se nos escapa todo el rato.
No sé. Hoy ha molado como día. Me he levantado tan contenta que me podría haber preocupado. Ha habido crepes, libros, música y una visita breve al Carrefour, que me relaja. He bailado en mi salón y he eludido otra vez las tareas de la casa. Porque en realidad, ya sabéis que yo siempre digo eso de que todo va a salir bien. Pero, si me apuráis, todo está saliendo bien, ya, ahora.
PD: Señor M., ha llegado el momento de abrirle una etiqueta a Madrid. Hu ha.

