massobreloslunes

sábado, 18 de febrero de 2012

Top nine de personajes de ficción a los que amé

Esta entrada es muy, muy friki. Una de esas entradas que habrá quien entienda y habrá quien no. ¿Se puede uno enamorar de personas que no existen? Ayer le contaba al señor M. que yo a veces pienso que la entidad que le damos a los seres depende un poco de nosotros, es decir: ¿por qué para mí tiene que ser más real, por ejemplo, Rania de Jordania que Sherlock Holmes? Nunca conoceré en la realidad a ninguno de ellos. Puedo elegir pensar, en la parte chalada de mi mente, que Sherlock Holmes existe en una realidad paralela y que a Rania se la han inventado con photoshop.

Establecidos estos supuestos, vamos con el top nine de personajes a los que he amado y que en realidad no existen (excepto en la mencionada realidad paralela). Es un top nine porque no me acordaba de más, aunque estoy segura de que habrá otros, puesto que mi mente es amplia y ridícula.


9. Gigi, el vagabundo de Momo

A mí Momo es un libro que me inquieta. Creo que me lo leí demasiado mayor. Cuando eres pequeño puedes leerte los cuentos sin hacerte preguntas. No se trata de que te los creas: asumes que no son ciertos, pero aceptas las reglas de esa realidad paralela. Con Momo, sin embargo, yo no paraba de hacerme preguntas del tipo: ¿Pero quién es Momo? ¿Dónde están sus padres? ¿Por qué no la recogen los Servicios Sociales? ¿Por qué da tanto yuyu? ¿Dónde se ducha?

El personaje de Gigi, sin embargo, me encantaba. Me gustaba cómo cuidaba de ella y cómo se ganaba la vida contando historias sobre el anfiteatro como si fueran reales. Mentiras hermosas que la gente intentaba creerse. Me lo imaginaba como un tipo así larguirucho con un punto sexy bohemio molón.


8. Stach, de El rey de Katoren.



Esta ilustración no le hace justicia


El rey de Katoren es un libro precioso de El Barco de Vapor en el que un chaval tiene que superar siete duras pruebas para convertirse en el rey de su país. Las pruebas transcurren en distintas ciudades del reino que tienen problemas extraños y nombres a juego, como Ecúmene, la ciudad de las iglesias errantes, que caminan por el pueblo y arrasan lo que hay a su paso; Pituita, donde unos mosquitos pican las narices de la gente y se las hinchan de forma grotesca; Humoacre, donde un dragón de tres cabezas tiene aterrorizados a los habitantes; Palenque, que tiene un granado gigante que suelta granadas de verdad que explotan cuando quieren. El nivel de recuerdo de los detalles del libro os dará una idea de cuántas veces me lo he leído.

El caso es que Stach es joven, es guapo (en mi mente), aventurero y decidido. Yo me lo imagino con el pelo rebelde y la nariz un poco respingona, moreno y vacilón, resolviendo todos los problemas de su reino y convirtiéndose después en un rey postadolescente y cool. Lo único malo es que en el transcurso del libro Stach se echa una novia, Kim, a la que yo de momento rebauticé como "ese zorrón". Pero bueno.


7. Lupin.

Un ladrón de guante blanco/ que se burla de la ley/ nadie tiene tanta clase/ como él.

Así empezaba la canción de Lupin... serie de la que, por otra parte, no recuerdo mucho más que a este maromo. Es alto, es razonablemente guapo para ser un dibujo y tiene una mezcla de vacilón y buenazo que me encanta. Yo quería ser una ladrona y trabajar con Lupin, que me admirara por mi ingenio e inteligencia y después casarme con él.

Ahora, con veintiséis años, me he dado cuenta de una cosa.

Lupin tiene pinta de empotrar.



A las pruebas me remito.


6. Casper.

¿¿¿¿¿Pero cómo te puedes enamorar de un personaje que durante la mayoría de la peli es un fantasma de animación?????

No lo sé. Yo es que de pequeña estaba como unas maracas.

El caso es que cuando vi Casper en el cine, allá por el año de la pera, me quedé prendada de la versión humana del fantasma, que para colmo sólo sale al final de la peli durante cinco milésimas de segundo. Pensad en lo bonitísimo de la historia: te enamoras de un fantasma que tenía tu edad cuando murió, que es adorable de principio a fin y que está tremendo... y que sólo puede materializarse durante el tiempo suficiente como para dejar alucinados a tus compañeros de instituto por el pedazo de maromo que te has agenciado.

Te perdono lo del pelito, Casper. Y a ti lo de la frente, Christina


Lo que pasa es que imaginar que Casper nunca nunca más iba a estar vivo y a ser humano, y por tanto no podría casarse con la protagonista o en su defecto conmigo, me perturbaba mucho. Así que me imaginaba finales alternativos donde Casper revivía o la prota moría y podía casarse con él, y por otra parte la prota era yo, claro. Muy loca.



5. Friedrich, el de Sonrisas y Lágrimas



Con Friedrich podríamos aplicar el concepto "antiempotrar", o "expotrar"


Que esto yo ya no sé de dónde salió, la verdad, porque Friedrich es el antimorbo. Ese niño rubito vestido de tirolés que canta muy agudo porque aún no le ha cambiado la voz. Ya podía haberme enamorado de Rolf, el chico sexy de los telegramas que luego se vuelve malo y nazi pero que sigue estando cañón, y que además le da un morreo a Liesl, la hija mayor, después de una preciosa canción a dúo, que la deja como diciendo "oh-dios-mío-ahora-no-sé-si-estoy-embarazada".

Pero no. A mí me gustaba Friedrich, y me imaginaba que viajaba a Austria y me hacía amiga de la familia Von Trapp, y por supuesto la Segunda Guerra Mundial no estallaba y a mí me integraban en la familia y yo podía cantar y amar a Friedrich para siempre. Ahora creo que era una cuestión de pura edad. Por aquel entonces, Rolf era viejuno para mí; a Friedrich lo veía más asequible. Si por asequible entendemos personaje ficticio austriaco ambientado en peli de hace cincuenta años, claro.

Y ahora estoy en esa triste edad en que me tiraría al Capitán Von Trapp, al que en su momento no habría tocado ni con un palo. Snif.



4. Juan Anguera, "Flanagan"

¿Habéis leído los libros de Flanagan? Debéis. Son geniales. Literatura juvenil, sí, pero buena. Flanagan es un personaje de Andreu Martín y Jaume Ribera: un chaval que trabaja como detective en sus ratos libres y que acaba metido en brutales fregados. Además, va por ahí partiendo corazones y también se lo parten a él unas cuantas veces. Se enrolla con amigas y clientas y es adorable por su intensidad. Escucha música que le recuerda a sus amantes perdidas y titula la cinta recopilatoria "Música para masocas".

Juan, sobre todo, es divertido, muy listo y con unas ocurrencias muy chaladas. Es una mezcla entre héroe y antihéroe, le pegan palizas, las mujeres le abandonan y nunca nadie sabe que es él quien resuelve los misterios, porque si lo reconoce se meterá en líos y porque la policía se niega a admitir que le pueda un adolescente. Es amor en estado puro y yo me lo imagino guapo pero cutre, así flaquito y desgarbado, con el pelo castaño, nariz con carácter y manos bonitas.

¡¡Te amo, Flanagan!! Incluso aunque ahora podría ser un delito que me enrollara contigo si existieras.



3. Mark Sloan, el de Anatomía de Grey.




En Grey hay muchos guapos, pero Sloan se los merienda a todos: en belleza y en clase. Es guapo no, guapísimo: mayorcete, sí, pero interesante y con cuerpazo. Muy rico, claro, porque es cirujano en EEUU. Muy inteligente, habilidoso y convencido de que la cirugía plástica puede ser un bien para la humanidad. Creído, zalamero, con una pinta de empotrar que te cagas. Y tan conmovedoramente enamorado de Lexie Grey todo el rato que quieres llorar y decirles: por el amor de dios, CASAOS YA y dejad de marear la perdiz. Una pareja que empezó así como a lo tonto y que se ha convertido en la reina de la Tensión Sexual No Resuelta de la serie.

Me encanta Mark, me encanta y me encanta, y sin embargo el actor así, a secas, no me gusta tanto, porque tengo la intuición de que en la realidad debe ser un cacho carne. A mí me gusta el doctor Sloan, punto.


2. Robin Hood.

Cuando estábamos consiguiendo parecer medio normales, con un tío guapo y contemporáneo que por lo menos es de carne y hueso cuando no interpreta a su personaje, volvemos al universo friki.

De pequeña me pude leer "Las aventuras de Robin Hood", de Howard Pyle, unos seiscientos millones de veces. Porque ME ENCANTABA Robin. Un tipo alegre, juerguista, así con encanto rubito y atlético, que vivía EN EL PUTO BOSQUE, por el amor de Dios. Que era un hacha con el arco, que se lo pasaba pipa con los colegas, que hacía básicamente lo que quería, engañaba al Sheriff, seducía a las doncellas y podía acertar con una flecha a nosecuántos millones de yardas, o millas, o como quiera que funcione el sistema métrico inglés.

¿¿¿Era la flecha una sutil metáfora sexual??? Preguntas inquietantes que planteo en el presente.

Además, Robin tenía buen comer: siempre andaba zampando venado y trasegando cerveza. Pero su metabolismo debía de ser óptimo, porque continuaba delgado y atlético. Sobre todo me gustaba porque parecía un auténtico pedazo de pan: no se enfadaba nunca, ni cuando le arreaban palizones (cosa que le sucedía a menudo, porque era un poco como Mark Zuckerberg: no podía hacer tantos amigos sin crearse algún enemigo). Pero él se reía del que le había arreado el palizón y le invitaba a unirse a la banda.

Yo me imaginaba que me unía a los Alegres Proscritos (¿¿¿no es un nombre genial para una banda???) y que Robin se quedaba sorprendido por mi manejo del arco, y me reclutaba para las misiones donde debía camuflarse una chica rubia con aspecto inofensivo, pero letal con una flecha entre los dedos. Hu ha.

Al final del libro, Robin palma desangrado porque la zorra de su prima malvada le hace una sangría en las arterias. Es decir, que no sólo muere, sino que muere de una forma completamente indigna para un hombre como él. Yo me lo imaginaba mirándose los brazos mientras pensaba que algo no iba bien con tanta sangre y se me partía el corazón. Menos mal que al final Pequeño John le encuentra y lo sostiene en sus brazos mientras llora y Robin muere... y con su último aliento, dispara una flecha en el lugar donde quiere que se cave su tumba, en el bosque de Sherwood. ¿Estáis llorando ya? La peor muerte ficticia ever, más traumatizante que la de Mufasa.


Ilustración original del libro. La de mi libro está arrasada por las lágrimas.




1. Sherlock Holmes.



Él tiene que ser el number one. Amo a Sherlock. Y ni siquiera al Sherlock modernito, al Robert Downey Junior risueño, truhán y con pinta de empotrar. No. A mí me mola el clásico, el misógino, el que quiere olvidar que la tierra es redonda porque le ocupa demasiado sitio en la mente. El que es capaz de escribir un tratado sobre las distintas cenizas de puros, cigarros y pipas. El que tiene como cerebro un poderoso procesador de estímulos.

Y me da igual que sea un drogadicto, un misógino y un flacucho pálido y con un carácter de perros. Yo no necesitaría follarme a Sherlock. Yo le mirará en silencio, le escucharía tocar el violín mientras piensa. Seguiría admirada sus brillantes razonamientos y suspiraría en silencio junto a la puerta del 221B de Baker Street.

Sería un amor-felpudo... o siempre podría convertirme en su Irene Adler y ser una asesina mala y lista que mereciera su respeto. No me importa. Todo sea por Sherlock.


Y con esta sarta de chorradas, me despido hasta mañana.

jueves, 16 de febrero de 2012

Explicaciones

Queriditos:

Disculpad lo de la privatización momentánea. Ha sido un berrinche. He tenido un momento de crisis y de "qué cojones estoy haciendo contando mi vida en Internet". Privatizar el blog era el equivalente literario a taparme la cara para que nadie me viera llorar. Pero ya se me ha pasado.

No sé muy bien si voy a cambiar el enfoque del blog en adelante. Creo que voy a borrar todo lo relativo al trabajo y los pacientes, por si acaso. Es una pena, porque son experiencias muy bonitas que me gustaría compartir. Pero el mundo es muy pequeño y no quiero liarla. Sobre la gente que me rodea y/o mi propia intimidad, pues seguiré intentando decidir a cada momento qué escribo, por qué, a quién puede dañar y si me compensa. Quizá me vuelva a equivocar en algún punto, pero bueno; todos tenemos que correr riesgos.

Os agradezco mucho a todos haber mostrado interés y cariño por mí y por el blog a lo largo del día de hoy, porque lo necesitaba. También quiero agradecerle a Silvia Plah su regalito, que me ha llegado hoy (sí, ¡mis lectores me mandan regalos!).

Muchos besos y a partir de mañana retomamos la programación habitual.

lunes, 13 de febrero de 2012

San Valentín (al final, querido M., opté por el lloriqueo)



Voy a escribir hoy el post de San Valentín; no por nada, sino porque la mayoría lo leeréis mañana, así que pega más.

El amor. Llevo un rato en el blog de J., leyendo sus entradas. La teoría del camping dicta que este San Valentín me he de acordar de él, aunque ya haga casi dos años desde que lo dejamos. Leo los posts que hablaban de mí; son pocos y están escondidos, redactados en una clave que no sé si alguien que no seamos él y yo entendería. Pero yo los conozco y los recorro aprovechando el nuevo diseño de su blog, y me doy cuenta de que a su manera él también hizo un álbum, que también en sus palabras yo he dejado mi huella. Hace un tiempo releía nuestros mails y me asombraba: no recordaba que nos quisiéramos tanto. No recordaba que él me quisiera tanto a mí. Es el tema de la soltería: pasa el tiempo y se te empieza a olvidar el milagro de enamorar a alguien.

No sabía muy bien qué escribir hoy, así que me estoy dejando llevar. San Valentín no me disgusta ni siquiera soltera. Deprimirse por un día al año me parece absurdo. Uno podría deprimirse mejor por todos los demás días: por todas las mañanas solitarias o todas las noches abrazado a la almohada. Pero un día es un día y pasa deprisa, y nadie se cree del todo la historia de los corazones rojos y los angelotes gordos cargados de flechas. Nunca quise estar en el lado de la mujer amargada y sola que mira con envidia a las parejas y come chocolate mientras ve comedias románticas. Me parece triste, pero no por estar sola, que es digno, sino por estar sola suspirando por esa felicidad supuesta y súbita de un día al año.

A mí me tocan cínicos casi siempre, así que nunca he tenido un novio que realmente realmente se tomara en serio lo de San Valentín. Lo mejor que me han regalado fue la foto de arriba: un collage que me hizo J. el primer año que pasamos juntos. Somos dos coches bajo un paraguas. A J. le encantan los coches: siempre que íbamos por la calle me preguntaba "¿te gusta éste?", y yo le decía que no, que los coches me la pelaban (yo y mi dulzura), y él me decía que me iba a comprar un Aixam y se reía imaginándome toda chiquita con mi coche sin carnet. Lo del paraguas es por una canción de George Brassens que hablaba de una chica que iba con un paraguas y un hombre que se acercaba y lo compartía con ella.

Y el estribillo decía

Un p'tit coin d'parapluie
Contre un coin d'paradis
Elle avait quelque chos' d'un ange
Un p'tit coin d'paradis
Contre un coin d'parapluie
Je n'perdais pas au chang', pardi



Algo de la esquina de un paraguas como una esquina del paraíso. La canción es dulcemente romántica. Más adelante dice: habría querido que lloviera cuarenta días y cuarenta noches, como en el diluvio, para guardarte bajo mi paraguas. A mí me recordaba a J., igual que Una estona de cel (un rato de cielo), de Els Pets, porque para mí él siempre fue algo así. No un amor grande, absoluto a inhumano, como el que me poseía cuando estaba con MQEN, sino más bien una cosa pequeña, tierna, casi cutre. Algo muy muy imperfecto, pero nuestro: una esquina de paraguas donde cabían nuestras dos cabezas juntas, aunque los pies se nos estuvieran mojando y en realidad quisiéramos llegar a casa y tomar algo caliente.

No sé si es triste o normal andar acordándome de J. en San Valentín, dos añazos después de haberlo dejado con él. Pero bueno: es. Lo curioso es que no deja de ser una mejora respecto al año pasado. Entonces escribí esto, y lo que quería decir era que debajo de muchos rituales se esconde un pánico tremendo a perder lo que tenemos. Este año ya no encuentro en mí esa amargura y se me ha ido un poco del dolor del amor: soy capaz de pensar en J. y en los días de San Valentín bonitos, no en los feos.

Al final no se trata de estar con alguien en SV. Se trata de mirarte el corazón y saber que no está dormido. No sé. Ha habido algo de amor en mi vida este año. Quizá más bien sucedáneo de amor, pero oye; las huevas de lumpo no son caviar y están bien ricas. Estoy agradecida por eso. Por haber tenido la oportunidad de querer y conocer a gente nueva en sus detalles tiernos. El último día que pasé en casa de IA él tenía que irse a trabajar temprano y mi tren salía al mediodía. Pasé la mañana en su casa recogiendo mis cosas, duchándome y escribiendo algo en su ordenador para que pudiera leerlo cuando me fuera. Y miraba sus cosas. Tan solas sin él, tan quietas y, sin embargo, tan llenas de su vida. Sus zapatillas Salomon y sus chanclas en el suelo del baño. Los libros gruesos que había colocado bajo la pantalla del televisor para ponerla más alta. Un sobrecito con fotos de carnet encima de la estantería. Toda esa vida que seguiría sin mí cuando me fuera. Y creo que él sabe que me esforcé en conocerle, en intuirle lo suficiente como para llegar a quererle un poco.

Y ahora... bueno, ahora no me gusta nadie más que los ojos sonrientes de DDM cuando se encuentran con los míos y me parece que le conozco de otra vida. Pero ése es un amor casi platónico de puro perezoso. Por lo demás, nada. Y casi mejor disfrutar de esta calma y esta libertad, que cuando menos te lo esperas la vida te sacude en el sentido en que sacude un boxeador a otro hasta dejarle KO. Al fin y al cabo, también los abrazos son efímeros, y si hay algo peor que dormir sola es dormir con alguien que te hace sentir, como decían Fito y Sabina, dos veces solo.

Moraleja: San Valentín no es nada más que lo que haces con él. Yo he tenido muchos. Alegres en pareja, tristes en pareja; alegres en solitario, tristes en solitario. Y la verdad es que si rebusco en mi memoria. el mejor día de San Valentín a lo mejor es aquel en que metí la mano en mi pupitre y me encontré una hoja de papel doblada muchas veces en el que ponía, textual: "tía buena, maciza, con tu culo me ignotizo" (ortografía original). Porque lo mejor de SV es la esperanza de que pasen cosas; de que te puedas encontrar una tarjeta hortera en tu bandeja de entrada y por lo menos sonrías un poco. Y ojo, yo puedo no ser muchas cosas, pero soy brutal, espectacular, absurdamente optimista.


Feliz SV a todos. Tengáis o no tengáis pareja; seáis o no felices: sed parte de ello. Tenéis todo el derecho. Os quiero y os mando besos sonoros: shmuak, shmuak.

domingo, 12 de febrero de 2012

Cómo vivir/ Olivetti rosa modelo pluma

Si es que soy mis huevos. Tengo escrita una entrada gigante en la que llevo trabajando una hora y no me gusta. Los párrafos están alineados uno detrás de otro como un montón de soldados aburridos y yo no quiero eso. Quiero algo orgánico y potente que me haga tener faltas de mecanografía porque estoy escribiendo muy rápido de puro entusiasmo y no puedo pararme. Así que a borrar y a empezar de nuevo. Y después a quejarme los lunes de falta de sueño.

Me he comprado una máquina de escribir rosa. Verídico. Esta mañana he ido con Luna y Batalecotal al Charco de la Pava, un mercadillo completamente inverosímil en las afueras de Sevilla donde puedes comprar desde tornillos hasta coches. Lo que hay, en su mayoría, no son ni puestos, sino puras mantas extendidas en el suelo y cubiertas de lo que en general puede definirse sutilmente como basura. Pero como en todas partes, algunos objetos son hermosos y brillan por sí solos con una luz extraña. A veces es complicado distinguirlos, porque están sucios o escondidos, pero están ahí, como la máquina de escribir rosa, que es tan inútil como bonita.

Por la noche he llegado a casa aturdida después del viaje en tren. Qué poco me gusta transportarme en el espacio. Viajar mola, pero eso de mover el cuerpo tantos kilómetros en tan poco tiempo no puede ser sano, en el sentido cuántico de la palabra. Además, ha sido un fin de semana raro. Divertido, sí, pero he echado tanto de menos Cádiz y escalar que al final me pregunto si me estaré volviendo una persona extraña y campestre que ya no encaja bien en las tiendas y en los restaurantes modernitos.

No sabía muy bien qué hacer al llegar a casa. He sacado la máquina de su funda, la he desempolvado, la he colocado sobre la mesa para poder mirarla. Nunca he escrito a máquina; no escribo bien a casi nada que no sea a ordenador, ni siquiera a mano. Pero son objetos curiosos de por sí: fetiches absurdos de aspirantes a escritores. Luego me he dedicado a fregar platos y a empaquetar el macropollo para meterlo en el congelador, mientras reflexionaba sobre qué escribir. Pensaba que mi cerebro es como el Charco de la Pava, todo lleno de basura polvorienta, de situaciones y recuerdos gastados que, en principio, no tendrían por qué interesarle a nadie, y que yo rebusco metiendo los brazos hasta el codo y con suerte daré con un objeto que brille por sí solo, como mi máquina de escribir, y que me sirva para no irme a casa de vacío.

Hoy pensaba en el profesor que me daba teatro contemporáneo cuando tenía dieciséis años. Me apunté a clases con un amigo porque le amaba perdidamente, y si por algo no se me han caído a mí nunca los anillos es por hacer cosas para conquistar a tíos. Y allí que me tenéis, en una clase llena de bohemios trasnochados de mediana edad, pasando una vergüenza mortal en los ejercicios de improvisación. Mirando fijamente un sombrero y una pelota y pensando en cómo podían atravesarme para ejecutar una actuación única y verdadera, que al parecer era lo que quería el profesor.

Me he acordado de él porque cuando mi amigo/amado le contó que al año siguiente se iba a Madrid a estudiar, mi profesor asintió con la cabeza y se quedó reflexionando un rato. Y luego le dijo algo como: "Ahora te toca averiguar cómo quieres vivir. Qué quieres hacer con tu tiempo y tu dinero. Si quieres o no beberte esa copa, si quieres o no follarte a esa chica. Nadie va a decirte cómo hacerlo".

Diez años después, yo sigo intentando averiguar cómo vivir. Porque no tengo ni idea. Me gusta mi vida y, al mismo tiempo, quiero que sea diferente. Quiero plantearme bien mis decisiones. No quiero comprarme un coche sólo porque todo el mundo tiene un coche, o estudiar un master solo porque todo el mundo estudia un master. No quiero ir a las rebajas porque lo diga el calendario ni pensar que es obligatorio saber la diferencia entre una chaqueta y un blazer. No quiero tener todo el rato la sensación de que estar sola es peor que estar mal acompañada. No quiero que escribir un libro suene como un objetivo vital absurdo. Quiero ser capaz de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda detrás, mi trayectoria, todo lo que se supone que soy y que me define. Y con esa libertad quiero elegir y vivir una vida con la que sentirme, si no plenamente feliz, por lo menos razonablemente de acuerdo.

Y termino el post aquí porque elijo y quiero irme a dormir medio temprano para no pasar la semana hecha una zombi. Incluyo una foto de mi máquina de escribir nueva-vieja; no es la mía, pero es el mismo modelo, así que como si lo fuera. La pondré en mi escritorio cuando tenga una casa lo bastante grande como para tener un escritorio, y dentro de unos años, cuando sea mortalmente famosa y los semanales me entrevisten, posaré frente a mi máquina de escribir rosa y diré que la compré de joven en el Charco de la Pava. Y que escribir se parece mucho a buscar objetos singulares que brillen con luz propia en la basura de la mente. O alguna chorrada parecida.




PD: La moderación de comentarios, para el que no se haya enterado, consiste en que a partir de ahora yo leeré todos los comentarios y decidiré cuáles se publican y cuáles no. Será una medida temporal y espero que breve. La razón es que ni de coña voy a tolerar que la gente venga a este sitio, que no deja de ser mi casa, a insultarme de forma gratuita. Nunca. Por lo demás, publicaré cualquier cosa que no sea ofensiva para mí y/o otros lectores del blog.

jueves, 9 de febrero de 2012

Puntos gatillo

A veces le pregunto a la gente si le gusta su trabajo. No por juzgar si han acertado o no, sino porque quiero saber qué se siente siendo pescadero, o taxista, o ingeniero eléctrico a sueldo del ayuntamiento. Si están contentos con la forma en que están empleando sus horas. A mí me gusta tanto el mío que me da penita cuando veo a la gente vender su tiempo a cambio de dinero sin obtener nada a cambio. Como le comentaba hoy a M., es como cuando una mujer te dice que nunca ha tenido un orgasmo; la miras pensando que no sabe lo que se pierde.

Hoy, mientras la fisio me masajea el tobillo izquierdo, reflexiono sobre cómo será pasar los días tocando a desconocidos e intentando acabar con su dolor. Cierro los ojos, ladeo la cabeza y me dejo mecer por la musiquita relajante con piar de pájaros que sale desde unos altavoces escondidos. Me pregunta en qué trabajo, y cuando le digo que soy psicóloga me cuenta que ella cree que su profesión también tiene mucho de psicológico. Que empieza a tocar espaldas y cuellos doloridos y al final salen emociones enterradas. No me extraña, en realidad: da a una persona atención en una habitación cerrada y llorará de alivio solo por tener a alguien que le escuche.

Te voy a tocar los puntos gatillo ahora, me dice, y empieza a clavarme el pulgar en los tendones. Me quejo suavemente, pero un poco por avisar, que yo aguanto bien el dolor. Ahora empezará a disminuir, aclara ella, y es cierto: después de un rato de presión, el dolor se disuelve. Le pido que me explique lo de los puntos gatillo. "Los músculos acumulan tensión en ciertas áreas y allí se forma una isquemia, un lugar donde la sangre no llega bien. Lo pulsamos con los dedos y la sangre acude. Eso causa el dolor, pero también hace que la zona se irrigue y que sea más fácil sanarla."

Cambiemos de escenario. Estamos en consulta un paciente, el psicólogo de la Unidad y yo, y hablamos de su episodio psicótico y de su infancia. El psicólogo ha dibujado una línea con boli sobre la parte trasera de un papel en sucio, y al principio ha marcado los momentos dolorosos con rayitas verticales y el episodio actual con un círculo negro.

Entonces el paciente comienza a quejarse de las voces que se escuchan en la habitación de al lado. Está muy enfadado y quiere levantarse para pedirles que dejen de hablar de él, que no le falten al respeto. Y cuando el psicólogo le pide que se centre y le trae de vuelta a la hoja de papel, a las dolorosas rayitas verticales, agarra el bolígrafo casi con violencia. Prolonga la línea hasta el final del folio. Aquí estoy yo, dice señalando el final de su adolescencia dibujada. Y hacia aquí seguiré. Marca una flecha. Y mañana estaré aquí, y aquí habrá otro episodio psicótico. Dibuja un garabato violento. Y pasado mañana estaré aquí - otra flecha -, y habrá otro brote psicótico - otro garabato -, y entretanto está mi corazón, que a veces va despacio y a veces va deprisa, pero que me duele tanto, tanto...

Se lleva la mano al pecho y levanta los ojos hacia nosotros, desolado.

Hoy estoy muy cansada. No estoy escribiendo a gusto. No tiene que ver con nada: ha sido una mañana larga, hemos tenido comida de trabajo y luego he estado tomando un café en Puerto Real con el Kpot. Me ha acompañado a la parada del autobús para Cádiz, y nos hemos reído muchísimo mientras tramábamos planes conjuntos para conquistar a DDM sentados sobre un banquito de piedra helada. Después la fisio, yo pensando que estoy dispuesta a pagar todas las sesiones que haga falta solo por tener esta sensación tan agradable de que alguien va a hacerse cargo de mi dolor. Y los puntos gatillo. Los lugares donde pulsar para que acuda la sangre.

Pienso en mi paciente. El día que llegó a la Unidad nos explicaba que la olanzapina, que es un neuroléptico, se la habían recetado para sus problemas cardíacos. Creíamos que estaba negando la realidad, pero hoy entiendo que en el fondo es cierto. Que le damos fármacos porque le duele el corazón. Todos tenemos puntos gatillo y una manera distinta de contraer el alma para protegerlos. Y en días como hoy, mientras calibro moviendo el tobillo si está mejor o peor que antes de que me lo manipularan, me pregunto si siempre son capaces de sanar o si a veces la isquemia es tan grave que no hay pulsación bienintencionada que pueda arreglar el daño.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Escribir/ escribir bien/ escribir mucho

Dice M. que no le está gustando El Gozo de Escribir, y entonces es cuando pienso que nuestro ciberidilio está condenado al fracaso, porque durante años EGDE ha sido como mi biblia. De hecho, tengo los otros dos libros que la autora ha publicado en español y me los releo con cierta frecuencia. Para quien no lo conozca, EGDE es un libro que habla de la escritura como práctica: de eliminar al censor interno, buscar la voz de uno, etc, etc, etc.


Yo empecé a escribir de forma medio intuitiva, porque leía mucho y me parecía un paso lógico. De pequeña era buena, pero me fallaba la imaginación, igual que ahora: no tenía talento ni paciencia para buscarles un final digno a los cuentos que me inventaba. Les daba vueltas y vueltas y no llegaba a ninguna parte. Una parte de mí pensaba que entre querer ser escritora y ser adulta había un abismo insalvable: mis sueños se quedarían al otro lado de la barrera, como les había pasado a todos los adultos que conocía, y yo tendría que vivir para siempre con su cadáver.



Así que cuando Aran me recomendó El Gozo de Escribir, digamos que salvó mi carrera literaria. En un mes había escrito cien hojas a word que no sé si eran buenas o malas, pero eran. Y creo de verdad que si estoy aquí casi doce años después, a post por día y con la forma de las teclas del ordenador marcada en la punta de los dedos, es por ese libro. No sé. A lo mejor habría llegado a la misma conclusión por otras vías. A lo mejor con el nacimiento de los blogs y esta creencia colectiva actual de pensar que nuestra vida es interesante pase lo que pase, habría sido capaz de ignorar mis limitaciones y escribir. No lo sé. Sé que en ese momento seguí escribiendo gracias a ese libro.



Hay momentos para todo, digo yo. Y la receta para escribir bien, de hecho, se parece bastante a la que apunta M. en su entrada. Leer mucho. Escribir mucho. Escribir para otros. Intentar hacer algo diferente o que, por lo menos, para ti sea diferente. No hace falta leer autoayuda para escritores, eso es obvio,



Sí opino que hay una parte que no es que sea innata, pero sí que se forja muy temprano. Yo creo que redacto bien porque he leído mucho, mucho, mucho, y sobre todo porque leía mucho cuando era pequeña. Tengo la música de las frases grabada en el cerebro. También creo que lo más importante es la sensibilidad, y que uno no puede escribir lo que no es capaz de percibir. Si no estás atento a los detalles, si no dejas que la vida te traspase, no podrás hablar de ellos y no serás un buen escritor. Y que la vida te traspase a veces duele, así que hay que pagar ese precio.



Leer es fundamental, aunque como a mí te cueste pagar el peaje de los clásicos. Quizá escribiría más sesudo si leyera cosas más sesudas. Procuro leer lo que me gusta porque mi objetivo es escribir el tipo de libro que querría leer. Hay una pregunta que circula entre los escritores del mundo: si tuvieras que renunciar a escribir o a leer, ¿qué elegirías? Y aunque yo creo que si no escribo a lo mejor reviento, creo que lo preferiría a dejar de leer. Aunque solo sea porque uno puede leer sin escribir y volverse loco, pero creo que sólo escribir, escuchar todo el rato el sonido de tu propia voz, es una locura mucho peor.



La cosa es que para escribir bien yo no sé muy bien qué hace falta. Yo creo que escribo bien. Otra cosa es si podría hacerlo mejor o dedicarme a sacar adelante algo con más entidad que estos post, pero en general estoy contenta con lo que hago. Lo sé porque a veces me paso un montón de rato leyendo mi propio blog y oye, me gusta, aunque solo sea porque es como mirar mi album de fotos personal. Y bueno, igual pasa como con las fotos, que no son tan interesantes para los que no han estado allí. Pero yo estoy contenta con las mías.



Supongo que escribir bien es como todo. Mucha autocrítica, mucha más de lo que pueden hacer pensar estas parrafadas autocomplacientes. Mucho pulir, mucho borrar, mucho escribir párrafos enteros a las doce de la noche y concluir que son una puta mierda y empezar de cero. Y tener algo de talento, claro; y, como dice M., si no lo tienes pues te jodes, qué le vamos a hacer.



Creo que en algún punto tendré que utilizar este hábito que estoy adquiriendo ahora para trabajar en algo con más seriedad. A ratos me parece que este ritmo me aturde y que no me da tiempo a publicar cosas de verdadera calidad. Pero estoy un poco enganchada, supongo: me gusta publicar todos los días y que me leáis, me gusta ser parte de vuestra rutina y leer vuestros comentarios en la Blackberry en cuanto me despierto por las mañanas. Y el tiempo no me da para mucho más. Quiero seguir con Psicosupervivencia y también quiero trabajar, dormir y demás.



Podría hacerlo mejor, claro. Pero a veces pienso que para eso necesitaría sumergirme en la escritura totalmente. No trabajar y disponer de mucho más tiempo, de más espacio: poder experimentar, recortar, corregir y elucubrar mucho más de lo que lo hago. Pero bueno. En la escalada se dice que lo que no te llevas para la saca te lo llevas para los bíceps, es decir: que si no encadenas una vía al menos te estás poniendo fuerte. Mi blog es mi roco. Las vías están ahí, listas para ser escaladas. Y yo estoy aquí, lista para acometerlas en cuanto tenga fuerza, me vea con ganas y el tiempo acompañe.



PD: Estoy particularmente orgullosa de mi último post en Psicosupervivencia. Por si le queréis echar un ojo.

martes, 7 de febrero de 2012

De libros malos y pollos mutantes

Con los libros pasa como con los tíos: encontrarte uno malo de vez en cuando es más o menos normal, pero cuando se te junta una rachita de dos o tres te empiezas a mosquear y a preguntarte, con las manos en las mejillas como el niño de Solo en casa, "¿por qué, Dios? ¿Por qué yo?".

Hace un par de días decidí que iba a dejar de arrastrar de un lado a otro La casa de los encuentros, de Martin Amis. Lo llevaba ahí en el bolso un poco por penita, pero en lugar de leer me dedicaba a tuitear. Y cuando prefiero tuitear a leer ya es como para preocuparse, sobre todo porque lo sentimos, pero sigue sin gustarme twitter, y mira que lo intento.

La cosa es que ayer me fui a la librería y desplegué mi sofisticada estrategia de selección de libros, a saber: me voy a Anagrama, veo si han sacado algo nuevo, compruebo que no, muevo la cabeza con desencanto. Busco libros con cubiertas bonitas. Leo las sinopsis a la velocidad del rayo. Descarto todo lo español, histórico o demasiado exótico. Descarto lo vergonzoso y romanticoide. Me voy a Anagrama Compactos. Compruebo que me los he leído casi todos. Miro los clásicos de bolsillo, pienso que debería leer a los clásicos, pienso que al carajo los clásicos. Y entonces, cuando justo he perdido la esperanza y pienso que soy un ser extraño o que en realidad leer no me gusta, encuentro algo que me llama la atención, echo un ojo al primer capítulo, compruebo la textura de las hojas y, si todo eso está más o menos bien, me lo compro.

Ayer iba todo muy mal hasta que vi dos opciones interesantes: Diario de invierno, lo último de Paul Auster, y una novela de un español desconocido llamada Vive como puedas. ¿Por qué me gustó el libro del español desconocido? Pues a ver. Me gustó el título como filosofía de vida. Vida resignada. Haz lo que puedas y ya se verá lo que pasa. Me gustó que lo publicaba Tusquets en Andanzas, y que en general suelen tener buen criterio. Y bueno, me gustó que Almudena Grandes hacía un comentario halagüeño en la vitola, algo como "¡¡Por el amor de Dios, tienen que leer esta novela, prométanmelo, es genial!!". Soy carne de marketing chungo, lo reconozco, porque pensé: joder, la Grandes. Que te puede gustar o no, pero tiene oficio y sabe lo que se hace.

¿Por qué preferir el libro de un español (argh) desconocido al de mi querido Paul? Por dos razones. La primera, porque creo que Paul está gagá. Creo que está entrando en una especie de espiral depresiva político postmoderna y que va a terminar como Neruda: muriéndose de pena en su casa de Brooklyn cuando el mundo colapse. Su último libro me puso tan triste. Pero no una tristeza literaria y verdadera, sino una tristeza de "por qué, Auster, por qué has escrito un libro en el que aparece la palabra culinchi". La segunda razón es que Diario de invierno, que también tiene un título alegre por los cojones, está escrito en segunda persona. Un ratito en segunda persona sí, Paul Auster, como en Invisibles, que la verdad no me pareció mala. Pero ¿un libro entero? Uf, qué va. Y mira que me gustas a la par que me pones. Que parece mentira que tengas sesenta y cuatro años y aun así estés tan poderosamente frinkable.

Así que allá que fui y me compré el libro del español desconocido, que a partir de ahora pasará a ser conocido como El Lamentable Tipo Sin Talento Del Que Tengo La Desgracia de Estar Leyendo Una Novela. Uf, es demasiado largo hasta para las siglas, así que vamos a llamarle Lament. De Lamentable.

Bueno, pues cuando me meto en la cama así en plan vale, no tengo novio pero tengo un nórdico genial y una almohada cara y un libro nuevecito entre mis manos, y empiezo a leer a Lament expectante y confiada, descubro que bueno, que el libro es malo con alevosía. Pero muy, muy malo. Y me pregunto cómo se me ha podido escapar. Que me leí el primer capítulo entero en la librería y no me pareció tan terrible. Que lo recomienda Almudena Grandes.

¿Por qué es malo? Pues yo qué sé. Está mal escrito. Es una mezcla entre repipi y burdo que me aberra. Los diálogos son muy, muy poco creíbles. Los personajes están muertos por dentro; el argumento digamos que a la altura de la página 133, que es por donde voy ahora, no tiene ni pies, ni cabeza, ni perspectivas de mejorar. Me he reído dos veces, eso sí; una de ellas porque el protagonista droga sin querer a su anciana madre. Pero por lo demás, muy malo.

Entonces una piensa ¿qué le pasa a la gente? Lo de Almudena lo vamos a dejar. Que estaría en un sarao literario planteándose si su siguiente libro alcanzaría las veinte ediciones o más bien las veinticinco y le dijeron "va, Almudena, di algo bonito de este muchacho, que hemos invertido mucho en editar su segunda novela y no queremos arruinarnos". Y Almudena elevó graciosamente su martini y dijo "Jijiji pues yo qué sé... algo como... ¡¡qué novela más buena!! ¡¡leedla!!". Y tal cual, a la vitola.

Pero lo de este notas tiene más delito. Rosa Montero escribió hace tiempo un artículo sobre el drama de los escritores sin talento. Decía que les anima el mismo fuego que a los otros, pero sin esperanza de conseguir producir nunca algo bello, y a veces (las peores veces) de darse siquiera cuenta de que no son capaces. Y este chico... pues no sé, que eres filólogo, que se supone que tienes un bagaje. Mi profesor del taller decía que no se puede inventar la bicicleta. Que para escribir peor que los demás o para escribir mediocre, no escribas. Y no sé, pero a mí lo que me preocupa es que creo que escribir bien es sobre todo una cuestión de sensibilidad: tienes más registros, la realidad pulsa en ti más teclas y tú tienes el acierto de saber reflejarla. Tampoco hace falta añadir tanto. La vida por sí sola tiene la suficiente riqueza de detalles y de humor como para bastarle a la literatura. Por eso los escritores malos me dan tanta pena: porque me los imagino un poco ciegos, con cierta agnosia mental para la belleza.

Aquí es donde me planteo si me estoy poniendo nazi, si sobre gustos no hay nada escrito, si a lo mejor no tengo ni puta idea de hacia dónde va el panorama literario español. Si yo debería ser también filóloga para que me gustara la novela de Lament. Pero quiero creer que no. Quiero creer que escribo bien y que sé, más o menos, dónde está lo bueno. Siempre he respetado el esfuerzo que supone escribir una novela, y a lo mejor, de hecho, el problema no está en el autor, sino en la cadena mongoloide de agentes y editores y Almudena Grandes que ha llevado ese libro a las tiendas del mundo.

En fin, que no me está gustando. Que no sé si ir a devolverlo, aunque igual es un poco chungo. Que para colmo me tienen baneada de la biblioteca hasta San Valentín, y encima soy pobre como las ratas después de que hoy en la tienda ecológica me hayan colado un pollo de corral de tres kilos que me ha costado un ojo de la cara. Pero que en realidad igual la culpa es mía y solo mía. Como con los tíos. Por no fijarme bien en el interior. Por dejarme llevar por los impulsos. Por hacerle caso a la flamante vitola roja con cosas bonitas escritas en ella que todos nos esforzamos por llevar alrededor del cuello.

Y bueno, esto no tiene nada que ver pero, por el amor de Dios: tenéis que ver mi ecopollo.



Por favor. Un pollo de tres kilos. Que podría ser yo qué sé, un hijo. O un tiranosaurio. Que no sé si lo de ecológico quiere decir que lo mataron cuando él quiso porque la vida ya le aburría. O cuando dejó de respirar por una apnea del sueño. Que no me cabe en el congelador. Que me ha destrozado el presupuesto del mes. Maldita sea mi bondad, que diría Susanita.

Hasta mañana, pequeños.

PD: Espero no haber herido la sensibilidad de ningún vegetariano/vegano con la foto del ecopollo. Pero es que sabéis que me puede demasiado hacer las cosas en aras del humor.