Establecidos estos supuestos, vamos con el top nine de personajes a los que he amado y que en realidad no existen (excepto en la mencionada realidad paralela). Es un top nine porque no me acordaba de más, aunque estoy segura de que habrá otros, puesto que mi mente es amplia y ridícula.
9. Gigi, el vagabundo de Momo
A mí Momo es un libro que me inquieta. Creo que me lo leí demasiado mayor. Cuando eres pequeño puedes leerte los cuentos sin hacerte preguntas. No se trata de que te los creas: asumes que no son ciertos, pero aceptas las reglas de esa realidad paralela. Con Momo, sin embargo, yo no paraba de hacerme preguntas del tipo: ¿Pero quién es Momo? ¿Dónde están sus padres? ¿Por qué no la recogen los Servicios Sociales? ¿Por qué da tanto yuyu? ¿Dónde se ducha?
El personaje de Gigi, sin embargo, me encantaba. Me gustaba cómo cuidaba de ella y cómo se ganaba la vida contando historias sobre el anfiteatro como si fueran reales. Mentiras hermosas que la gente intentaba creerse. Me lo imaginaba como un tipo así larguirucho con un punto sexy bohemio molón.
8. Stach, de El rey de Katoren.
Esta ilustración no le hace justicia
El rey de Katoren es un libro precioso de El Barco de Vapor en el que un chaval tiene que superar siete duras pruebas para convertirse en el rey de su país. Las pruebas transcurren en distintas ciudades del reino que tienen problemas extraños y nombres a juego, como Ecúmene, la ciudad de las iglesias errantes, que caminan por el pueblo y arrasan lo que hay a su paso; Pituita, donde unos mosquitos pican las narices de la gente y se las hinchan de forma grotesca; Humoacre, donde un dragón de tres cabezas tiene aterrorizados a los habitantes; Palenque, que tiene un granado gigante que suelta granadas de verdad que explotan cuando quieren. El nivel de recuerdo de los detalles del libro os dará una idea de cuántas veces me lo he leído.
El caso es que Stach es joven, es guapo (en mi mente), aventurero y decidido. Yo me lo imagino con el pelo rebelde y la nariz un poco respingona, moreno y vacilón, resolviendo todos los problemas de su reino y convirtiéndose después en un rey postadolescente y cool. Lo único malo es que en el transcurso del libro Stach se echa una novia, Kim, a la que yo de momento rebauticé como "ese zorrón". Pero bueno.
7. Lupin.
Un ladrón de guante blanco/ que se burla de la ley/ nadie tiene tanta clase/ como él.
Así empezaba la canción de Lupin... serie de la que, por otra parte, no recuerdo mucho más que a este maromo. Es alto, es razonablemente guapo para ser un dibujo y tiene una mezcla de vacilón y buenazo que me encanta. Yo quería ser una ladrona y trabajar con Lupin, que me admirara por mi ingenio e inteligencia y después casarme con él.
Ahora, con veintiséis años, me he dado cuenta de una cosa.
Lupin tiene pinta de empotrar.
A las pruebas me remito.
6. Casper.
¿¿¿¿¿Pero cómo te puedes enamorar de un personaje que durante la mayoría de la peli es un fantasma de animación?????
No lo sé. Yo es que de pequeña estaba como unas maracas.
El caso es que cuando vi Casper en el cine, allá por el año de la pera, me quedé prendada de la versión humana del fantasma, que para colmo sólo sale al final de la peli durante cinco milésimas de segundo. Pensad en lo bonitísimo de la historia: te enamoras de un fantasma que tenía tu edad cuando murió, que es adorable de principio a fin y que está tremendo... y que sólo puede materializarse durante el tiempo suficiente como para dejar alucinados a tus compañeros de instituto por el pedazo de maromo que te has agenciado.
Te perdono lo del pelito, Casper. Y a ti lo de la frente, Christina
Lo que pasa es que imaginar que Casper nunca nunca más iba a estar vivo y a ser humano, y por tanto no podría casarse con la protagonista o en su defecto conmigo, me perturbaba mucho. Así que me imaginaba finales alternativos donde Casper revivía o la prota moría y podía casarse con él, y por otra parte la prota era yo, claro. Muy loca.
5. Friedrich, el de Sonrisas y Lágrimas
Con Friedrich podríamos aplicar el concepto "antiempotrar", o "expotrar"
Que esto yo ya no sé de dónde salió, la verdad, porque Friedrich es el antimorbo. Ese niño rubito vestido de tirolés que canta muy agudo porque aún no le ha cambiado la voz. Ya podía haberme enamorado de Rolf, el chico sexy de los telegramas que luego se vuelve malo y nazi pero que sigue estando cañón, y que además le da un morreo a Liesl, la hija mayor, después de una preciosa canción a dúo, que la deja como diciendo "oh-dios-mío-ahora-no-sé-si-estoy-embarazada".
Pero no. A mí me gustaba Friedrich, y me imaginaba que viajaba a Austria y me hacía amiga de la familia Von Trapp, y por supuesto la Segunda Guerra Mundial no estallaba y a mí me integraban en la familia y yo podía cantar y amar a Friedrich para siempre. Ahora creo que era una cuestión de pura edad. Por aquel entonces, Rolf era viejuno para mí; a Friedrich lo veía más asequible. Si por asequible entendemos personaje ficticio austriaco ambientado en peli de hace cincuenta años, claro.
Y ahora estoy en esa triste edad en que me tiraría al Capitán Von Trapp, al que en su momento no habría tocado ni con un palo. Snif.
4. Juan Anguera, "Flanagan"
¿Habéis leído los libros de Flanagan? Debéis. Son geniales. Literatura juvenil, sí, pero buena. Flanagan es un personaje de Andreu Martín y Jaume Ribera: un chaval que trabaja como detective en sus ratos libres y que acaba metido en brutales fregados. Además, va por ahí partiendo corazones y también se lo parten a él unas cuantas veces. Se enrolla con amigas y clientas y es adorable por su intensidad. Escucha música que le recuerda a sus amantes perdidas y titula la cinta recopilatoria "Música para masocas".
Juan, sobre todo, es divertido, muy listo y con unas ocurrencias muy chaladas. Es una mezcla entre héroe y antihéroe, le pegan palizas, las mujeres le abandonan y nunca nadie sabe que es él quien resuelve los misterios, porque si lo reconoce se meterá en líos y porque la policía se niega a admitir que le pueda un adolescente. Es amor en estado puro y yo me lo imagino guapo pero cutre, así flaquito y desgarbado, con el pelo castaño, nariz con carácter y manos bonitas.
¡¡Te amo, Flanagan!! Incluso aunque ahora podría ser un delito que me enrollara contigo si existieras.
3. Mark Sloan, el de Anatomía de Grey.
En Grey hay muchos guapos, pero Sloan se los merienda a todos: en belleza y en clase. Es guapo no, guapísimo: mayorcete, sí, pero interesante y con cuerpazo. Muy rico, claro, porque es cirujano en EEUU. Muy inteligente, habilidoso y convencido de que la cirugía plástica puede ser un bien para la humanidad. Creído, zalamero, con una pinta de empotrar que te cagas. Y tan conmovedoramente enamorado de Lexie Grey todo el rato que quieres llorar y decirles: por el amor de dios, CASAOS YA y dejad de marear la perdiz. Una pareja que empezó así como a lo tonto y que se ha convertido en la reina de la Tensión Sexual No Resuelta de la serie.
Me encanta Mark, me encanta y me encanta, y sin embargo el actor así, a secas, no me gusta tanto, porque tengo la intuición de que en la realidad debe ser un cacho carne. A mí me gusta el doctor Sloan, punto.
2. Robin Hood.
Cuando estábamos consiguiendo parecer medio normales, con un tío guapo y contemporáneo que por lo menos es de carne y hueso cuando no interpreta a su personaje, volvemos al universo friki.
De pequeña me pude leer "Las aventuras de Robin Hood", de Howard Pyle, unos seiscientos millones de veces. Porque ME ENCANTABA Robin. Un tipo alegre, juerguista, así con encanto rubito y atlético, que vivía EN EL PUTO BOSQUE, por el amor de Dios. Que era un hacha con el arco, que se lo pasaba pipa con los colegas, que hacía básicamente lo que quería, engañaba al Sheriff, seducía a las doncellas y podía acertar con una flecha a nosecuántos millones de yardas, o millas, o como quiera que funcione el sistema métrico inglés.
¿¿¿Era la flecha una sutil metáfora sexual??? Preguntas inquietantes que planteo en el presente.
Además, Robin tenía buen comer: siempre andaba zampando venado y trasegando cerveza. Pero su metabolismo debía de ser óptimo, porque continuaba delgado y atlético. Sobre todo me gustaba porque parecía un auténtico pedazo de pan: no se enfadaba nunca, ni cuando le arreaban palizones (cosa que le sucedía a menudo, porque era un poco como Mark Zuckerberg: no podía hacer tantos amigos sin crearse algún enemigo). Pero él se reía del que le había arreado el palizón y le invitaba a unirse a la banda.
Yo me imaginaba que me unía a los Alegres Proscritos (¿¿¿no es un nombre genial para una banda???) y que Robin se quedaba sorprendido por mi manejo del arco, y me reclutaba para las misiones donde debía camuflarse una chica rubia con aspecto inofensivo, pero letal con una flecha entre los dedos. Hu ha.
Al final del libro, Robin palma desangrado porque la zorra de su prima malvada le hace una sangría en las arterias. Es decir, que no sólo muere, sino que muere de una forma completamente indigna para un hombre como él. Yo me lo imaginaba mirándose los brazos mientras pensaba que algo no iba bien con tanta sangre y se me partía el corazón. Menos mal que al final Pequeño John le encuentra y lo sostiene en sus brazos mientras llora y Robin muere... y con su último aliento, dispara una flecha en el lugar donde quiere que se cave su tumba, en el bosque de Sherwood. ¿Estáis llorando ya? La peor muerte ficticia ever, más traumatizante que la de Mufasa.
Ilustración original del libro. La de mi libro está arrasada por las lágrimas.
1. Sherlock Holmes.
Él tiene que ser el number one. Amo a Sherlock. Y ni siquiera al Sherlock modernito, al Robert Downey Junior risueño, truhán y con pinta de empotrar. No. A mí me mola el clásico, el misógino, el que quiere olvidar que la tierra es redonda porque le ocupa demasiado sitio en la mente. El que es capaz de escribir un tratado sobre las distintas cenizas de puros, cigarros y pipas. El que tiene como cerebro un poderoso procesador de estímulos.
Y me da igual que sea un drogadicto, un misógino y un flacucho pálido y con un carácter de perros. Yo no necesitaría follarme a Sherlock. Yo le mirará en silencio, le escucharía tocar el violín mientras piensa. Seguiría admirada sus brillantes razonamientos y suspiraría en silencio junto a la puerta del 221B de Baker Street.
Sería un amor-felpudo... o siempre podría convertirme en su Irene Adler y ser una asesina mala y lista que mereciera su respeto. No me importa. Todo sea por Sherlock.
Y con esta sarta de chorradas, me despido hasta mañana.









