massobreloslunes

domingo, 25 de marzo de 2012

Estoy de guardia y me resulta difícil inspirarme aquí, así que os dejo con el precioso post que me ha dedicado Silvia. Mil gracias, guapina. Yo prometo escribir largo y tendido mañana. Os quiero, deseadme buena noche.

jueves, 22 de marzo de 2012

Copa menstrual: lo que nadie te ha contado

O quizá sí te lo han contado, pero ¡queda tan interesante titular así un artículo! Pensadlo. Queda bien con casi cualquier cosa:
"Sexo oral: lo que nadie te ha contado".
"Tortillas francesas: lo que nadie te ha contado".
"Leer a Proust: lo que nadie te ha contado".

¡Qué sugerente todo!

Una vez hecha esta introducción absurda, advertencia: este post va a ser asqueroso. Asqueroso nivel hablar de sangre menstrual con cierto detalle. Así que los que no tengáis interés por saber más de los misterios femeninos que nosotras intentamos llevar con cierto pudor una vez al mes, podéis absteneros. El que avisa no es traidor. Las mujeres que no tengan interés en recrearse en el evento maligno menstrual, también pueden pasar.

Vale, ahora los que quedamos. ¿Por qué hablar de la copa menstrual? Yo no sé vosotras, pero a mí me da la impresión de que me paso toda la puñetera vida con la regla. Es como "no me puedo creer que ya me toque otra vez, por el amor de Dios pero si terminé hace dos días". Esto se debe a que la regla es mala, porque no me pasa con las cosas buenas. No digo "no me puedo creer que ya me toque otra vez que me paguen, si parece que fue ayer"; es más bien algo del tipo de "o cobro ya o a mi cuenta naranja voy a tener que empezar a llamarle mi cuenta roja". Así que bueno, si hay algo que podría mejorar mínimamente nuestra calidad de vida en esos días del mes, creo que es mi obligación divulgativa y humana compartirlo.

La regla la inventó Satanás Dios cabreado, que para el caso es lo mismo. Es más: si Dios ha creado el mundo, probablemente tiene mucha más mala leche que Satanás o, por lo menos, una mala leche más creativa. Cuando tienes la regla te encuentras mal, tienes penita, angustia, dolor, hinchazón, gases, estreñimiento o todo junto. Aumentas un kilo o dos de peso y odias a tu báscula. Se apaña para coincidir con excursiones sexuales esporádicas. Tú querrías ponerte un cartel en la frente para que la gente te respetara, pero además es un tema no exactamente tabú, pero tampoco como para contarlo a los cuatro vientos. Si dices algo, normalmente la reacción varía en función del sexo:

- Mujeres: ponen cara de dolor empático. Saben por lo que estás pasando. Te tocan el hombro, te dan palmadas de apoyo, te ofrecen espidifén y/o chocolate. Comparten contigo su drama particular (ejemplo: "pues yo el primer día me tengo que poner un tampón cada media hora porque sangro a chorros" o "pues a mí me dura una semana y no quiero más que morirme").

- Hombres: asienten intentando ser comprensivos, pero lo que ves en sus caras es pánico. Algo como "cambia de tema YA", o como "¿¿¿¿Y ahora qué deberá decir????". Suelen solucionarlo con un "ah... vaya" o un "lo siento" casi de pésame. Yo lo entiendo. Si ellos sangraran por sus partes una vez al mes, yo también me preocuparía.

En fin. La cuestión es que la regla no es optativa, aunque a mí me encantaría confirmar de una vez que no me voy a reproducir y extirparme todo el aparato reproductor, en plan "to palante". Pero conservo la esperanza y me resigno. Entonces llegan los problemas de logística. ¿Qué utilizar?
- Compresas: las mujeres que utilizan compresas así como única opción me parecen adorablemente arcaicas. Porque las compresas son incómodas y sucias, aunque los de la tele inventen anuncios con colorines e instrumentos de viento. ¿A qué huelen las cosas que no huelen? ¡A sangre! Y no nos engañemos: la sangre huele.

- Tampones: importantísima mejora, sí, pero no la panacea. Digan lo que digan: los notas. Si los quieres usar de noche en los días de más flujo, te tienes que cambiar o poner compresa adicional. Si te los tienes que cambiar en sitios recónditos, como el campo o sórdidos baños callejeros, puede ser un problema qué hacer con el que ya has usado. Si no calculas bien el tiempo, puedes mancharte. Si te los pones en el agua se producen interesantes efectos en los que los conceptos "mi útero" y "agua salada o con cloro" están preocupantemente cerca.

Y aquí llega, chanchanchan... La Copa Menstrual. El invento del que tu madre nunca te habló porque... bueno, porque no existía. ¿En qué consiste? Es una especie de embudo lógicamente cerrado por abajo y hecho de silicona. Se pliega, se introduce en tu potorro y allí se expande y recoge la sangre. Cuando está lleno se saca, se vacía en el baño, se limpia muy bien con agüita y jabón y se mete de nuevo.

Los básicos sobre la copa los podéis leer muy bien explicados en este post de Pétalo. Para qué vamos a repetir lo que ya se ha dicho. Si escribo este post es para aclarar que ¡ojo! La copa menstrual NO es la panacea sagrada que cambiará tu vida y te convertirá en la chica feliz de los anuncios. Si partimos del concepto sangrar como un cochino durante tres días seguidos, podemos prever que nada lo hará.

Así que, después de seis meses utilizando el artilugio en cuestión (concretamente la talla pequeña de la marca Diva Cup), he aquí una lista de ventajas y desventajas.

Ventajas:

1) Es ecológico. Si me imagino una bolsa llena con todos los tampones y compresas que habría usado en estos últimos seis meses, salen un montón. Si calculamos unos 15 tampones + 5 compresas por regla, nos salen un total de 120 cacharros de celulosa que le he evitado al Amazonas. Viva y bravo. No soy particularmente ecologista, pero creo que sólo con este gesto podemos aportar un granito de arena a la salud del planeta.

2) No te manchas jamás. Esto es fabuloso. Incluso si la cosa se pone chunga y tardas más tiempo del que pensabas en poder cambiarte, la cosa nunca rebosa y empieza a mancharte. Sólo pasa si está mal colocada, lo que es muy muy raro.

3) Es bastante más fácil de usar de lo que parece. No requiere mucho más entrenamiento que los tampones.

4) Hay que cambiarla con mucha menos frecuencia, lo que la vuelve muy cómoda, especialmente en situaciones donde no te puedes cambiar todas las veces que querrías. Excepto el primer día, que normalmente manchas más, los demás días a mí me basta con vaciarla por la mañana y por la noche. Esto es una graaaaan ventaja, sobre todo si pasas el día fuera de casa: en la playa, de viaje, escalando... en lugar de convertirte en un radar humano buscador de baños públicos, puedes vivir tu vida.

5) Es razonablemente cómoda. Insisto: razonablemente. De esto hablaremos más en el capítulo de las desventajas.

6) Si te vas de viaje, no tienes que ir cargando con veinte millones de tampones y compresas por si te baja la regla, o gastarte un dineral en comprarlos en sitios precarios donde te los venden a precio de cocaína. Te llevas tu copa y punto.

7) Te la puedes poner en plan "por si acaso". Por ejemplo, el día que prevés que te va a bajar la regla, si eres muy puntual, o los últimos días, cuando apenas manchas. No es como el tampón, que en teoría es malo malísimo si ya manchas poquito y que por supuesto no puedes ponerte antes de tiempo. Esto también es muy cómodo. Si no te baja la regla o si ya has terminado del todo, la copa no te va a hacer ningún daño.

Y ahora vamos con las DESVENTAJAS

1) La comodidad es relativa. A ver: no deja de ser un cuerpo extraño más o menos grande metido en tu vagina. Yo la noto. Y no sólo la noto: me presiona la vejiga y me da ganas de mear. Los que me conozcáis en persona ya sabréis que tengo un problema con eso, así que ahora imaginadme con un cacharro ahí apretando. El baño y yo somos uno.

2) Los días de más flujo la lías parda cuando te cambias. A ver: es que entre que la pliegas, la sacas y la vacías, si hay mucha sangre pues se esparce a medias entre tus partes pudendas, tu mano y el váter, y aquello puede llegar a parecer la matanza de Texas. Luego tienes que limpiarte muy bien, para lo que recomiendo llevar toallitas y tal, y por supuesto tener un lavabo cerca: no ya por la copa sino por tu propia persona.

3) El tema del lavabo. A mí personalmente me parece un poco asqueroso lavar mi sangre menstrual en un lavabo ajeno. Yo sé que es sangre y ya está, pero si yo supiera que otra lo está haciendo en mi lavabo no me convencería mucho. Intento solventarlo cambiándome en mi casa siempre que es posible y lavándolo todo bien en los baños ajenos, aunque sea con jabón de manos. Aun así, ya os digo: me da un poco de repelús.

4) El tema de qué narices hago si no hay un lavabo cerca. Porque lo que dicen de lavarla con una botellita que puedas llevar en el bolso o, en casos límites, no lavarla, pues yo qué sé... tengo mis reservas. Sobre todo por lo que os decía: porque te manchas al quitarla y ponerla, y esto es una verdad como un templo o yo soy muy torpe.

Y esto es todo. El tema de la incomodidad igual se solucionaría con una más flexible o más blandita. La propia Pétalo probó una de estas características (patrocinada, por cierto... ejem ejem, fabricantes de copas: me ofrezco también a que me patrocinéis), y quizá me iría mejor, porque la Diva Cup es bastante rígida. En general, la verdad es que las ventajas son más numerosas e importantes que las desventajas, pero asumamos que la regla es lo peor de la vida y que ni todo el espidifén del mundo combinado con maravillosas copas menstruales de colores pastel te sacarán de ese embrollo. Al final siempre te encuentras observando cómo la sangre brillante y roja mana de tu cuerpo y preguntándote qué le pasa al útero con el gasto indiscriminado de recursos: ¿no sabe que hay crisis?

En fin. Y después de esta entrada tan pedagógica, me despido hopefully hasta mañana, que es viernes y que intentaré compensar con algo bonito, creativo y profundo.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Vacío

Hoy es uno de esos días en los que la vida me supera. Llevo aquí un buen rato intentando escribir algo y la pura verdad es que me duele. Me siento vacía. Hacía mucho, pero mucho que no me pasaba esto. Quiero decir, que en los últimos meses siempre que me he sentado aquí he sido capaz de sacar algo. Bueno o malo, pero algo. Y hoy, sin embargo, es como si hubiera demasiado dolor que se niega a ser expresado. No es grave, no os preocupéis. Tiene que ver con que hoy he pasado con creces la cuota de sufrimiento humano que soy capaz de presenciar. He visto a un hombre con síndrome de cautiverio: ha tenido un infarto cerebral en el troncoencéfalo y ahora está completamente paralizado, pero con la sensibilidad y la conciencia intactas. Cuando digo completamente quiero decir que no puede mover nada. Apenas los ojos, y sólo en dirección vertical. Ese hombre no puede hacer nada ahora mismo: nada. Todo lo que la vida significaba para él se ha venido abajo. Todo. No estoy hablando de correr, caminar, escalar, conducir.... estoy hablando de comer, rascarse, lavarse los dientes, besar, cantar, hablar, bostezar. Todo. Y bueno, una no es de piedra, y a veces cuesta mucho, pero mucho, intentar averiguar qué hacemos en un mundo en el que cabe un sufrimiento tan gigantesco. ¿De qué va esto, en serio? ¿De qué va?

Pero supongo que no sólo se trata de eso. Hoy me duele el corazón como si estuviera lleno de cosas que no pueden ni deben ser expresadas. Hoy me siento extraña y muda como hacía tiempo que no me sentía. Como media Marina. Normalmente, cuando sufro soy capaz de encontrar las razones, de ponerle palabras. Hoy no, y esto que estoy haciendo aquí es apenas un intento para no dejar sin nada el hueco del día. No quería darme por vencida.

Imagino que es un cúmulo de cosas. La regla, el cansancio post-roco, el recuerdo de los ojos del paciente, los demás pacientes de la Unidad que dan vueltas por los pasillos sumidos en su particular locura. La gente que no está en la Unidad y que también vive dentro de locuras particulares que me resultan incomprensibles. En serio, ¿de qué va esto?

Lo voy a dejar aquí. Ya se me pasará. Volverán los días de pensar que todo es taaaaan maravilloso y brilla con tanta luz. Pero hoy no la veo. La luz. Supongo que en el alma, como en el cielo, a veces las nubes lo cubren todo y cuesta recordar que hay un sol brillando por arriba, ahí en algún lugar, en la estratosfera.

lunes, 19 de marzo de 2012

Copenhague


Creo que era en Quédate a dormir donde hablaban, hace mucho tiempo, de esos días en que todo va mal menos tu pelo. Tu mundo físico y emocional se desmorona, pero tu pelo está estupendo. Cuando llego hoy a la parada de autobús, mi reflejo en el escaparate me dice que es uno de esos días: me ha bajado la regla a medianoche, me duele todo el cuerpo y decir que he dormido mal es un eufemismo. Pero mi pelo está precioso.

Es fiesta en Cádiz, que no en Puerto Real y por eso yo sí que curro, así que las calles están desiertas e iluminadas por el sol brillante y claro de la mañana. Un puñado de estudiantes tan resignados como yo esperan el autobús a mi lado. Me debato entre buscar o no el mp3 en el bolso. La parte mala es que para eso tendría que sacar las manos de los bolsillos, y tengo frío; la buena, que una vez que me haya puesto los auriculares tendré las orejas calentitas. Así que me decido y saco el ipod. Pongo Copenhague, de Vetusta Morla; no por nada, sino porque así en esta mañana ventosa y solitaria, con las gaviotas paseando de fondo y mi pelo perfecto agitándose sobre mi abrigo oscuro, pienso que es una canción que pega.

Todo adquiere entonces una cualidad un poco de videoclip, de chica que espera el autobús con banda sonora incluida. Estoy triste hoy. Me da por pensar en los sentimientos inútiles. Esos que son inadecuados, raros. Como el arbolito que crece en una maceta porque alguien tiró un día un hueso. No sirven para nada porque nadie parece querer ese arbolito. Son sentimientos destinados a estar ahí, en el corazón perdido de alguien, debatiéndose entre el escondite y la pereza. Querer a quien no te quiere, odiar a quien te quiere. Querer a quien te quiere pero no puede ser porque es imposible, ser amigo de quien quiere ser más (o menos) que tu amigo.

Llega el bus y Copenhague todavía dura en mis oídos. Esta canción me estruja todas las veces. ¿Qué se hace con esos sentimientos, entonces? Recuerdo una expresión de un libro antiguo que leí hace mucho: "coge ese aire de tragedia, querida, y guárdalo en lavanda". Me imagino empaquetando el amor en papel de seda y rodeándolo de bolitas de naftalina para que no se lo coman las polillas. Cerrando bien algún arcón oculto y despiadado que lo mantenga en un sitio donde no pueda hacerme daño.

Dejarse llevar suena demasiado bien, dice el cabrón demagogo del cantante de Vetusta. Y un carajo, digo yo, que desde que incorporé esa palabra a mi vocabulario la uso mucho, porque te llena la boca. Y un carajo: dejarse llevar es una locura; suena bien, en efecto, y nunca sabes dónde puedes terminar. O empezar. Pero te tiras al muelle de digamos Copenhague, te dejas llevar y te vas a ir a tomar viento. Te arrastrará la marea y te vas a ahogar por gilipollas. Así que hoy no me importa lo bonito que esté mi pelo ni lo mucho que brille la bahía a ambos lados del puente de Carranza. Esta niña de aquí se piensa agarrar al embarcadero con toda la fuerza que le dan sus brazos de guerrera de la roca. Y quizá no sea la decisión más interesante. Ni la más provechosa. Pero ahora mismo parece la única posible.

sábado, 17 de marzo de 2012

Intención

De todos los días que me siento a escribir aquí, los de después de la escalada son los que más me cuestan. No sólo porque están llenos de un cansancio real y casi doloroso, sino porque lo único que me cruza la cabeza es escalar y no me parece que tenga mucho sentido hablar de otras cosas, y después pienso que os aburro y me siento culpable, y al final lo mando todo al carajo y termino por hablar de escalada. Cáracter enfermizo, que diría el Kpot.

Hoy ha sido un día estupendo, con la Veredilla entera para dos cordadas. Hacía sol, pero el airecito fresco permitía trepar a gusto. Qué bien el cambio de tiempo, por cierto: dentro de una semana cambian la hora y vuelven los días largos. Ya puedo ir en moto sin el plumas y al mediodía me sobran los guantes. Cómo me gusta el sol, Señor, si es que me encanta. Cómo me gusta levantarme por las mañanas contando con el buen tiempo por defecto. El día 21 empezará la primavera y yo llevaré a cabo mi ritual de escuchar "La primavera trompetera" en bucle un montón de veces.

El otro día, no sé por qué, hablábamos de que escalar te lleva a un estado mental completamente primitivo. Lo que tú eres sale ahí arriba. El miedo que pasas es real e inmediato: lo único que quieres en este momento es agarrar un canto salvador y chapar la siguiente cinta, y todo lo demás: lo que piensas, lo que temes, lo que te importa... la crisis, la novela, tu ex... todo eso pasa a un segundo plano. De verdad, hay algo de viaje misterioso en el acto de amarrarse el nudo, ponerse los gatos y tirar hacia arriba. Estás solo. Tienes que tomar tus propias decisiones. Desde abajo te pueden echar un cable, pero son tus antebrazos los que tiran de tu cuerpo.

Yo últimamente intento trabajar mi intención y hacerla firme. Si uno observa cuidadosamente el estado que atraviesa la mente mientras escala, se da cuenta de que básicamente están la zona de confort y la de riesgo. Uno tiene que entrar en la de riesgo muchas veces a lo largo de una vía, por lo menos si hablamos de una que nos ofrezca un poco de desafío. No se trata sólo de riesgo amplio, entendido como estar lejos del seguro anterior y tener miedo de pegarse un vuelo. Se trata de que cada vez que apoyas un pie, tocas un agarre con la mano y traccionas hasta el siguiente, vives unos segundos de angustia breve que te pueden dejar bloqueado. Ya os dije que desde que me escoñé el tobillo voy con más miedo, y el miedo es justamente eso: que cuando estás en la zona de confort, en un buen reposo o justo después de chapar, cuesta reunir la energía para exponerse de nuevo.

Así que planteo una intención. Intento visualizar la secuencia. Calibro la posible caída. Después me digo: ahora tira y no te pares hasta que llegues o te caigas. Y de verdad, si no habéis escalado nunca no os podéis hacer una idea de lo difícil que es ser capaz de escalar hasta caerse, al menos al principio. Porque no te quieres caer: no quieres bajo ningún concepto, así que forzar tus límites hasta que tu cuerpo dice "hasta aquí hemos llegado", en lugar de pillarte cómodamente o destrepar hasta una repisa, es una decisión sólo apta para corazones samurais.

Os cuento todo esto porque si uno lo mira así no es tan rara esta enganchada que me ha dado con escalar. Como casi todas las cosas de la vida, si estamos muy muy atentos e intentamos permanecer conscientes nos enseña muchísimo de nosotros mismos. De nuestro miedo, nuestra debilidad; pero también nuestro valor, nuestra decisión. En días como hoy, con el suficiente silencio como para concentrarse y el aire fresco recorriendo los pasillos de roca, escalar no sólo es un deporte: es una manera intensa y reveladora de estar con uno mismo.
Y con esto considero que he cumplido y me dispongo a publicar y dormir, por ese orden.

jueves, 15 de marzo de 2012

La nieve

Le daba pena la cría. Por las mañanas, sobre todo. Porque él... bueno, él ya tenía una edad, debía trabajar para ganarse la vida, pero ¿la cría? Apenas cinco añitos de mocosa rubia y había que sacarla de la cama antes de que amaneciera para llevarla al colegio. Se recordó a sí mismo con su edad. El pelo corto y moreno, las rodillas moradas y cubiertas de costras y una incapacidad patológica para quedarse quieto. El colegio era una especie de cárcel obligatoria que no entendía. Podía enterarse bastante rápido de las cosas cuando le interesaban, pero le parecía que a aquel tormento sentado le sobraban horas.

K. y él se despertaban con la alarma del móvil. Él se levantaba despejado, casi hiperactivo; a veces, de hecho, para cuando sonaba la alarma ya llevaba un rato con los ojos abiertos. K. permanecía quieta y gruñía un poco, así que normalmente era él quien se acercaba al cuarto de Sandra para  despertarla.

A veces se quedaba un rato apoyado en la puerta mirando a la niña. Sandra se movía mucho durante la noche y siempre amanecía con las sábanas en el suelo o el edredón enredado entre las piernas. Apoyaba la cabeza en la almohada con un abandono que él envidiaba: jamás se despertaba antes de tiempo. Se daba cuenta de que ya hacía tiempo desde que había dejado de ser un bebé: al principio los cambios habían sido pequeños, como quitar el pañal de día o dejar definitivamente los biberones, pero ahora podía distinguir perfectamente su cuerpecito espigado de niña debajo de las sábanas. No es mía, pero como si lo fuera, se decía a veces; y, sin embargo, sabía que no era cierto. Sabía que entre K. y Sandra fluía una corriente mucho más poderosa que la que él podría nunca establecer con ninguna de ellas. Casi podía sentirlo ahora: como si incluso desde sus respectivos sueños profundos, cada una en una cama, K. y Sandra se miraran con los ojos cerrados sin ser capaces de torcer la cabeza en otra dirección.

Entonces suspiraba y pensaba en el quicio de la puerta, y se preguntaba a qué habitación pertenece: a la de dentro o a la de fuera. Se decía que es un sitio sin sitio, y que él en realidad estaba bien allí debajo. Después se acercaba y despertaba a Sandra con toda la suavidad de la que era capaz: vamos, pequeña, te espera el mundo. Lo siento, ojalá fuera de otra manera, pero es así como son las cosas.
***

Por la tarde iba a recoger a la cría a casa de su abuela. K. trabajaba hasta tarde, y aunque él también tenía que comer fuera de casa, podía salir antes y hacerse cargo de la niña hasta por la noche. Él también se daba un poco de pena cuando comía fuera de casa, en la escasa hora que le permitían para tragar el tupper que K. le preparaba por las noches. Le había propuesto un par de veces que quedaran para comer: ella tenía más tiempo al mediodía y no tardaba mucho en llegar a la obra en la que él estaba currando. Sabía que K. prefería almorzar con la niña en casa de sus padres porque era más cómodo, pero todos los días le entraba una ilusión estúpida por imaginarse comiendo con ella en un banco cualquiera, en tuppers gemelos con tortilla de patatas o filetes empanados. La escena era mucho más bonita en su mente que en la realidad: K. y él sentados en el respaldo, mirándose a los ojos, charlando, sonriendo. Ajenos a todo, en una especie de burbuja donde no sólo no cabía nadie más, sino que no les hacía la más mínima falta. Pero él sabía perfectamente que en la realidad K. y él siempre acababan estropeándolo todo.

Sandra estaba jugando con el ordenador en la mesa del salón. Estaba entusiasmada, y a él le hizo gracia darse cuenta de la soltura con que movía el cursor del ratón por la pantalla. "Es otra generación", se dijo, y se preguntó si para ellos mover un ratón sería tan intuitivo y básico como para él escribir con un lápiz.
- Vámonos, peque - se acercó por detrás a la niña y la agarró de las axilas, levantándola en volandas. Sandra protestó y comenzó a hacer pucheros.
- ¡No quiero irme!
- Pues nos tenemos que ir.
- ¿Está mamá en casa?
- No, Sandra, mamá no está. Estoy yo.

Se enfadó un poco. Sabía que el llanto no tenía que ver con el ordenador. Sabía que él era la frontera entre la bondad de los abuelos y la bondad de mamá: otra vez el quicio de la puerta. Sabía que Sandra le quería, y también que prefería estar con los demás a estar con él. Intentaba ponerle ciertos límites. Intentaba educar. Pero de alguna forma sabía que no estaba en la posición más adecuada, así que hacía lo que podía. Agarró a la niña prácticamente a la fuerza, se despidió de los padres de K. y se metió en el coche.

De camino a casa, a Sandra se le pasó la llantina. Él le preguntó por el colegio y por sus amigos. La casa estaba lejos, ¿cuánto puede uno estirar una conversación con una niña de cinco años? Echaba mucho de menos a K., aunque supiera que a lo mejor verse poco tiempo al día era el ingrediente principal de la receta que les estaba permitiendo vivir juntos. La niña se quedó callada, y cuando él volvió de sus pensamientos se dio cuenta de que se estaba quedando dormida. Mierda, se dijo. Si había algo peor que Sandra enfadada era Sandra medio dormida: se la podía imaginar llorosa en sus brazos de camino al piso y pataleando luego sin dejar que le pusiera el pijama.
- Sandra.
- Mmm...
- Sandra, no te duermas.
- Tengo sueño...
- ¡Sandra!
- Queeeee...
- Venga, va, no te duermas... ¡Mira, gorda, mira la nieve! - y señaló al exterior con un dedo.
- ¿Dónde, dónde?

Por el retrovisor central podía ver los ojos soñolientos de la cría abriéndose esforzados en dirección al mar.
- ¡No la veo!
- Búscala bien, de verdad, verás como la encuentras.

Sandra estiraba el cuello y oteaba en todas direcciones, mientras él procuraba acelerar un poquito, lo justo, y acortar un poco el tiempo que quedaba para terminar el recorrido. Mientras la miraba buscar pensó que igual lo de educar no se le daba tan mal. Y así a lo mejor llegamos a casa, pensó. Buscando cosas que no existen para mantenernos despiertos.

martes, 13 de marzo de 2012

¿Escribir una novela? Semana I

Queridos todos:

De momento, el Hecho En Sí (escribir una novela) va a ir entre interrogantes, porque quién sabe si al final será una novela, un conjunto de despropósitos o una bella manera de perder el tiempo. Dice mi amigo el Kpot que no lo llame novela: que lo llame libro, que suena mejor. He venido aquí a hablar de mi libro. El otro día estuvimos tomando café con baileys en el Mentidero. Las tardes ya alargan y no pesa tanto quedarse fuera para que él pueda fumar. Me preguntó por la novela el libro. Yo no quería contarle el argumento, porque contado me suena como MUY CUTRE, pero al final lo hice, porque cuando el Kpot quiere embaucarte, te embauca.
- Qué guay, ¿no? Lo de ser escritora. Te imagino así en tu casa, en bata, con una taza de café y un cigarro... deberías fumar para ser escritora, que lo sepas.

Yo a ratos también lo pienso, pero me desanima el cáncer y la disminución de mi ya justita capacidad pulmonar. Aun así, he aquí los cambios fundamentales que he hecho en mi vida desde que estoy escribiendo un libro.

En primer lugar, he aceptado que mi mesa del salón puede convertirse en escritorio sin que sufra su función como mesa del salón, dado que como yo sola un 99% de las veces. Así que he abierto sus alerones laterales, y ahora en vez de un bonito cuadrado es un rectángulo enorme que a J., con su pasión por la madera y los espacios despejados, le fascinaría. En ella he colocado la máquina de escribir rosa, unos cuantos libros sobre escritura creativa (lo siento, M.) una caja con fichas rayadas para ir anotando cosas interesantes y varios bolis. Y el portátil, claro, pero en realidad él ha estado allí siempre y es el epicentro sobre el que gravita mi vida hogareña.

Y ahora viene el núcleo del asunto. Por dónde coño empieza uno un proyecto así. Dice Anne Lamott que la trama surge de los personajes. Estupendo: creemos personajes. Es curioso, porque algunos se me aparecen super claros en mi cerebro: no porque se parezcan a alguien real, sino porque de alguna forma me llega claramente su esencia, el papel que podrían representar en el argumento. Otros me da la sensación de que los estoy construyendo como a Frankenstein: con trocitos absurdos de imaginación oxidada que van a parecer artificiales y fríos cuando les diga que se levanten y anden.

Voy a la biblioteca y releo mis libros favoritos. Intento entender cómo los autores han construido las historias, los recursos que utilizan y, sobre todo, cuál es la fuerza natural que impulsa a una persona a querer seguir leyendo un libro. Eso es lo que me parece más importante. Que sea o no una novela profunda, original, innovadora o de culto me da un poco más igual. Yo aspiro a que quien la empiece no la pueda soltar hasta que acabe. Que mire con pena las páginas que quedan, pensando que cada vez son menos. Que rechace fiestas y salidas para quedarse en casa leyendo el libro. O, por lo menos, que no se desespere en la página treinta y escriba una crítica demoledora en su blog.

Los momentos de ponerme a escribir son como de risa. Porque yo ya tenía controlado el género blog, ¿vale? Es sencillo. Tienes una idea, buscas las imágenes en tu cerebro y buceas a través de ellas hasta que encuentras alguna que te llame. La desarrollas, escribes sin parar, reordenas párrafos, recortas, borras. Buscas un final redondo, le das a "publicar" y te sientas a esperar los comentarios benevolentes.

Ahora lo que hago es más o menos esto. Me digo que me voy a poner a escribir. Me preparo un colacao. Abro el ordenador. Releo lo del día anterior. Pienso que me gusta. Abro el Facebook. Miro mis fotos y pienso que tengo una sonrisa bonita y que no entiendo por qué no me persiguen hordas de hombres guapos; algo como la antianorexia de la que habla Barbijaputa. Cierro el Safari. Ojeo algún libro sobre escritura a ver si me inspira. Escojo una escena aleatoria de mi novela libro. Escribo sobre eso durante un rato esforzado y doloroso con la sensación de que estoy limpiando un váter con un cepillo de dientes. Con suerte, al cabo de un rato encuentro la imagen que me atrapa o saco un par de frases que a mí misma me conmueven y hacen que las palabras "best" y "seller" aleteen delante de mis ojos ensimismados. Lo releo todo. Pienso que esto no es una novela: es una farsa, y cuando la termine, dentro de aproximadamente cinco millones de años, todo el mundo se dará cuenta. Me levanto, friego los platos, me siento. Apunto ideas para mi no-trama. Escribo otra escena. Releo, me frustro, respiro, hago estiramientos y pienso en escalada.

Y así, sin muchos cambios.

El Kpot, sin embargo, está entusiasmado con la idea de mi futura novela. "¿Qué has hecho hoy?", me preguntó ayer por la noche. "Escribir mi libro". "Así me gusta: si no entrenas, escribe". El día del café con Baileys le  propuse pasarle borradores de capítulos a medida que los fuera terminando. "Qué va, qué va, yo quiero esperar a que esté terminada. Y ese día me encenderé un cigarrito, me iré a un sitio tranquilo y disfrutaré de la lectura".

En realidad, si lo pienso bien, es por eso por lo que escribo. Porque algunas personas conocidas y con buen criterio dicen que les hace ilusión leer una novela mía. Y por el karma literario, creo que ya lo dije alguna vez: intentar devolver todo el placer que los libros me han dado. Así que aunque todavía no le he cogido el truco a lo de apuntar cosas en fichas, y aunque escribir una novela se parezca demasiado a estar perdido en la selva con una caja de cerillas y un trozo de chicle, continúo con ello. Pienso en los personajes durante las reuniones de equipo. Sigo sentádome al escritorio a batallar con la incertidumbre. Y bueno, creedme que si sale algo de aquí seréis los primeros en saberlo.