Aun así, quería escribir unas palabras para desearos una feliz y poco traumática vuelta a la rutina. Pensad en mí durmiendo cinco horas antes de irme a escuchar locos a una Unidad que estará ovebooking después de las vacaciones. En este viaje he aprendido una expresión: calavera no chilla. Algo como que si te vas de fiesta una noche no te quejes a la mañana siguiente por tener sueño. Que te quiten lo bailado. Así que me voy a dormir entre el agotamiento y la risa, aprovechando para deciros desde aquí, calaveras de lunes, que no chilléis ante la pavorosa rutina si, como yo, habéis pasado los últimos días sonriendo desde la blancura de vuestros dientes de hueso.
lunes, 9 de abril de 2012
Calavera no chilla
Acabo de llegar a mi casa. Estoy tan cansada que no tengo claro si sigo viva. Tengo un post de mil millones de páginas escrito en mi cabeza, pero tendrá que esperar a mañana. Resumiendo: muy muy muy muy muy muy bien. Los viajes de escalada son el futuro. Lloro por dentro por haber tenido que volver ya en lugar de poder quedarme allí otra semana trepando, bebiendo té con hierbabuena y comiendo cuscús.
martes, 3 de abril de 2012
Las pasiones son pasiones por algo
La gente es curiosa.
Todas las mañanas bajo a desayunar con los compañeros de la Unidad. Es como una coreografía bien aprendida: un adjunto paga (se van turnando) y un residente pide (también nos turnamos). Como el bar es medio self-service, hay que coger las cucharillas, platos, azúcar/miel/sacarina y relleno para las tostadas. Alguien va a por vasos de agua para todos. Nos sentamos siempre en la misma mesa. En ese contexto, yo he tenido el atrevimiento de ¡oh! variar cada cierto tiempo lo que pido para beber. Qué queréis que os diga. A veces me apetece una cosa y a veces otra. Allí todo el mundo tiene SU bebida, que es como su huella dactilar, y cuando decido atrevidamente cambiar mi menta poleo por un descafeinado de máquina, me miran con reprobación.
Otra cosa que pasa con los humanos es que frente a una oferta variada de estímulos más o menos reforzantes, tendemos a consumir una cantidad proporcional según el placer que nos producen, incluso aunque nos gusten más bien poco. Ejemplo: mesa de restaurante con raciones de jamón de pata negra, lomo ibérico, salchichón de Málaga y queso. Ordenados así en función de cuánto me gustan a mí, Marina. En lugar de cebarnos a jamón y pasar del queso, tenderemos a comer proporcionalmente de cada cosa, incluso si el queso nos la refanfinfla, como es mi caso desde que me pasé dos años de vegetariana comiendo queso en todos los restaurantes del mundo.
¿A qué viene esto? Pues a que estaba yo esta mañana sentada en la mesa bebiendo mi café subversivo y hablando del viaje de mañana. Y oye, es curioso, porque a la gente le parece bien que escales, pero le raya que sólo escales. El MIR (que es amor) y mi psicólogo adjunto, que también es muy majo, estaban empeñados en que yo, además de escalar, debería hacer algo más. Como senderismo. Y bueno, yo qué sé, qué queréis que os diga. El senderismo me gustaba bastante cuando no había probado la vertical. Ahora mismo se me hace un poco como el queso de los deportes de naturaleza.
Yo entiendo que sea difícil empatizar con mi entusiasmo escalador. Pero es que escalar es jamón de pata negra. No es nada aburrido. Es el antiaburrimiento. "Es que hay que hacer de todo", me dice el MIR. Y yo me pregunto ¿por qué? ¿quién ha dicho eso? Si algo te gusta, haz eso. Si te gusta y no haces daño a nadie, ¿por qué no aprovechar? ¿Por qué no profundizar y apasionarte con algo? Quién sabe; igual un día te escoñas y ya no puedes escalar, y entonces tendrás todo el tiempo del mundo para ir al cine, tomar cañitas e incluso hacer senderismo, líbreme el Señor. Es como si diera miedo la idea de que una persona pueda estar verdaderamente absorta o implicada en algo; como si al no compartir esa pasión, temiéramos quedarnos fuera.
Todo esto os lo cuento porque estoy ridículamente emocionada ante la perspectiva de irme de viaje escalador mañana. Claro que hay muchos tipos de viaje, igual que hay muchos tipos de vida, pero llega un momento en que uno tiene que elegir. Porque el tiempo en la tierra es limitado y tenemos suerte si encontramos algo que amamos de verdad. Y porque bueno, la operación bikini está en marcha, las lorzas amenazan y, la verdad, es tontería desperdiciar calorías con el aburrido queso teniendo al lado un buen plato de jamón de pata negra.
Si alguien me necesita en estos días, estaré aquí.

lunes, 2 de abril de 2012
Besos que fueron y no fueron (II)
A veces, cuando estoy como ahora enfrente del portátil pensando sobre qué escribir, me pongo a observar los objetos que me rodean. Lo que es una estrategia absurda, porque siempre son más o menos los mismos y no me dan muchas ideas. Los mismos libros sobre la estantería, los mismos pintaúñas tirados sobre la mesa, objetos variados que no están donde deberían (la sal de cocina, un martillo, la cámara de fotos); todos ellos sin mucho potencial para la evocación.
Llevo unos cuantos días, sin embargo, en que me fijo en el libro ilustrado que me compré hace unos meses, "Besos que fueron y no fueron". Me da por pensar en cierto tipo de besos que tienen cara y cruz, como las monedas. Los besos que primero no fueron y después fueron, o viceversa.
El beso que no fue: estamos sentados en un bar irlandés de la Malagueta, bebiendo Guinness. Charlamos mucho, como siempre; nos reímos, nos ponemos serios, nos metemos el uno con el otro. En un momento dado, él me pide un beso y yo me niego, no recuerdo exactamente por qué. Creo que llega a acercarse a mí, temeroso, y que yo le hago un principio de cobra mientras intento suavizarlo con una sonrisa.
El beso que fue: horas más tarde estamos en su casa, en la cocina, a oscuras. Sus padres ven la televisión en el salón y yo he entrado a beber agua antes de marcharme. Entonces le veo de pie frente a mí en la penumbra, clavándome los ojos oscuros y redondos, mortalmente serio, y le digo que nunca me ha parecido bien negar un beso, y nos besamos de una forma total, absolutamente absorta en el presente. Nunca fue un gran besador, pero esa vez es perfecta y redonda como una moneda brillante.
El beso que no fue: llevamos lo que parecen horas tumbados en este colchón. Deberíamos estar durmiendo hace rato, pero tenemos los ojos abiertos como platos en la oscuridad. Él me acaricia la oreja y la nuca con la punta de los dedos mientras me cuenta historias que se está inventando acerca de unos monstruos salvajes que viven en un jardín lejano. Entonces me doy la vuelta, le miro y sé que estoy poniendo cara de pena cuando se inclina hacia mí y yo suelto un "no puedo, no puedo", mortal de doloroso, casi heroico.
El beso que fue: meses más tarde, me ha acompañado a hacer la mudanza a mi casa nueva, y esta vez sí que puedo y además sí quiero. Pero se hace el remolón, como el niño que cuando ha conseguido un juguete ya no tiene interés por él, así que soy yo quien tiene que acercarse desde detrás literalmente de rodillas mientras él descansa tumbado en el sofá del salón. Miro fijamente a su cara del revés y recuerdo cuando de niña jugaba con mi hermano a tapar el resto de la cara, dejar sólo la boca e imaginar que la barbilla era la nariz, y la gracia que nos hacía aquel rostro invertido y siniestro. Se resiste un rato, hasta que al final se da la vuelta y me besa, y besa tan bien tan bien que lo único que tengo claro es que seguramente lo ha hecho demasiadas veces.
El beso que no fue: llevamos un siglo buscando por las callejuelas del centro un bar que él recuerda de su primera época universitaria. Si no está en esta calle nos vamos, en serio, me promete; al final está en esa calle, así que no nos vamos. Tomamos cerveza y hablamos sin parar; cuando estamos juntos nunca nos hace falta nadie. Entonces yo miro dentro de sus pestañas espesas y oscuras, a esos ojos que siempre le dije que eran del color del toblerone, y nos reímos, y seguro que tenemos las pupilas dilatadas. El caso es que le rodeo el cuello con las manos y tiro con energía, y él se resiste todavía con más energía, nos puede ver alguien, y yo persisto en el intento y al final me enfado un poco.
El beso que fue: delante de mi portal, me pide perdón. Me dice que debo entenderlo. Yo me meto las manos en los bolsillos, hundo la mirada, giro hacia dentro la punta de mis botas. Te queda muy bien esa falda, dice. Y me besa, no sin antes mirar a los dos lados de la calle como un cazador furtivo, y yo debería negarme, pero qué queréis que os diga; cuando se trata de los besos que me deben no sé guardar rencor.
Pienso en el karma de los besos. Parece como si te devolvieran un beso por cada uno que te niegan, o como si por cada uno que niegas tú hubiera luego alguien que te quita la boca. Me pregunto si habrá un espacio donde se quedan los no besos: ¿dónde están los besos que me debes? se pregunta el Rober en "A fuego". En una cajita, responde luego, y ahí me los imagino yo. Todos los besos que no fueron, porque éramos cobardes o estúpidos, porque pensábamos que tendríamos todo el tiempo del mundo para besarnos, porque nos dio miedo quedarnos demasiado rato enchufados al puerto USB de la boca del otro, no fuera a ser que absorbiera nuestros datos y nos dejara secos, fundidos. El problema del contacto verdadero es que uno tiene que abandonarse, y como en los relatos donde se sale del cuerpo, lo que da un miedo verdadero es la posibilidad de no ser capaz de entrar luego otra vez.
¿Dónde están los besos que me debes? Ojalá pudiera reclamártelos. Mandarte detrás al cobrador del frac y exigirlos; decirte que son míos, que me pertenecen. Pero sería mentira. En realidad esos besos son tuyos y se los regalarás a quien tú quieras. Y mientras yo estaré aquí, enrarecida, pensando en esa cajita hipotética donde el karma guarda todos los besos no dados que me pertenecen. Custodiándolos como los objetos robados en la comisaría. Negándomelos por una razón que no alcanzo a entender muy bien.
domingo, 1 de abril de 2012
El Scherezadismo sentimental
Me llama mi padre mientras estoy comprándome un libro en Plastilina, una papelería-librería de la Avenida que por casualidad está abierta hoy domingo a las casi dos y media de la tarde.
- ¿Qué haces, pitufa?
- Aquí estoy, comprándome un libro.
- ¿Y eso?
- No sé, no tenía nada para leer, he visto la papelería abierta y he entrado.
- ¿Qué te has comprado?
- Lo último de Paul Auster.
En efecto; a pesar de decir hace poco que creo que PA está gagá, la señora de la tienda me estaba presionando porque iban a cerrar y he acabado apostando por él. Que quizá pueda defraudarme, pero seguro que no mucho-mucho.
Con los libros, me dice mi padre, pasa como con la droga: cuando la necesitas te llevas lo que te ofrecen. También dice que él no se va a comprar lo último de PA porque desde que se está haciendo viejo le deprime mucho. Le entiendo cuando abro el libro tirada en el sofá de mi casa y leo la primera frase: "Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona en el mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro".
Ahí está: la vejez resumida por Paul Auster en cuatro frases escasas. Imagino que a mi padre le tiene que sonar demasiado. Imagino que a lo mejor para mí, desde mis veintiséis años femeninos y sólo moderadamente destruidos, es más sencillo tolerar que un señor te hable con crudeza de lo que significa hacerse viejo.
"Sin duda eres una persona precaria y dolida, un hombre que lleva una herida en su interior desde el principio mismo (¿por qué, si no, te has pasado toda tu vida adulta vertiendo palabras como sangre en una hoja de papel?)." Precaria y dolida; me parecen dos adjetivos bien escogidos, muy precisos. Sé lo que es sentirse así. He pasado el fin de semana escribiendo, más o menos; tengo que pillar continuidad literaria, aguantarle el pulso a mi libro y ser capaz de pasar más tiempo sentada frente al escritorio sin abrir en Facebook, pero no me quejo. No sé si escribir está correlacionado con ser una persona precaria y dolida. Intento que no lo esté, pero yo misma he dicho varias veces eso de estar roto en un sentido básico de la palabra.
Me he atascado. Estoy cansada y tengo ganas de meterme en la cama. Pienso en lo que me comentó ayer el señor M.: algo como que cuando me lee es como si le estuviera hablando. Me ha gustado tanto la frase que la he apuntado en una de mis recién adquiridas fichas para ideas literarias. No sé por qué: me ha resultado un elogio encubierto. Es bonita la idea de que alguien te hable despacio todas las noches. A veces, no sé si lo sabéis, me siento como Scherezade, la de las Mil y una Noches. Siempre me gustó ese personaje, narrando sin parar un día detrás de otro para salvar la vida. Aunque siempre he creído que salvar la vida era un beneficio secundario; que lo que de verdad quería ella era mantener a su audiencia.
Últimamente siento que estoy perdiendo fuelle. Al mismo tiempo, siento que debo seguir escribiendo a diario. Es la única forma de que de vez en cuando salgan cosas bonitas, en medio de mareas y mareas de autocompasión y vueltas sobre los mismos temas. Lo veo a menudo en los blogs ajenos: una dice "ya está otra vez con lo mismo", y de repente sorprende un trozo de emoción reluciente, de los que te hace pensar: oye, pues la vida mola si uno tiene la oportunidad de sentir esto. Así que sigo escribiendo, a pesar de sentir esa pérdida de fuelle, o de chispa, llámalo X. No sé si vosotros lo notáis, pero bueno; aquí estaré. Aunque a veces relea los post y me produzcan sólo un encogimiento indiferente de hombros. Aunque nadie vaya a cortarme la cabeza a la salida del sol.
sábado, 31 de marzo de 2012
Torres y recuerdos
Me estoy acordando de Granada.
Hace algunos días leí un fragmento de un cuento de Borges en el que hablaba de un palacio con cien torres de colores. La gradación era tan sutil que al llegar a una torre te parecía igual que la anterior, pero luego te dabas cuenta de que la primera era amarilla y la última rojo intenso. La vida es un poco así. Mientras la estás viviendo te parece que los días y las rutinas son más o menos iguales. De repente vuelves la vista atrás y piensas: cómo ha cambiado todo. Qué lejos queda ahora lo que antes me parecía tan cercano.
De Granada me acuerdo ya como de un sueño. Parece que he construido la pared que separa esa etapa de mi vida de ésta. Me siento muy, muy distinta. No sólo porque detrás del AA haya aparecido una cara de adulta que me resulta ajena, ni por los bíceps. Siento como si algo de mí hubiera cambiado de una forma muy profunda. Es raro. Ayer volvía en el coche del MIR desde el curro porque estaba lloviendo. ¿He dicho ya que el MIR es amor? Íbamos contándonos nuestras cosas. Nuestras hipocondrías, preocupaciones; qué nos parece la residencia, cómo nos estamos adaptando a la Unidad. Yo pensaba: hay que ver, sin darme cuenta, el pequeño mundo que me he construido en Cádiz.
Pienso en Granada, ya os digo, y hoy concretamente me he acordado de cuando mi amigo A., el que ya no me habla, y yo íbamos a la heladería La Rosa a por leche merengada después de estudiar para los exámenes de junio. Yo pedía el vaso pequeño y él el grande, y a veces repetía porque siempre ha sido un ansias. Los dos hablábamos de lo rica que estaba, e invariablemente la dependienta nos decía que era porque estaba hecha con leche fresca. Después nos la tomábamos en un banco frente a Camino de Ronda, viendo pasar los faros de los coches en la noche de verano. Aquella fue la época en que empezamos a quedar casi por casualidad. Una tarde nos encontramos en el messenger, decidimos bajar a tomar una cerveza al Dnieper y bueno, nos fuimos casi se podría decir que enamorando amistosamente hasta que se acabó el curso.
Ahora es como si todo eso hubiera pasado hace años luz. En algún punto he perdido la continuidad de los recuerdos. Y bueno, no está mal. Hoy andaba rebuscando en una págica web nombres de chica porque he decidido cambiarle el nombre a la protagonista de mi novela libro, y entre un montón de nombres horrorosos me he fijado en Olvido. No le voy a llamar Olvido a la protagonista, tranquilidad, aunque sólo sea por no ponerle como Alaska, pero me ha dado por pensar que es un nombre bonito. No sólo porque termina en O, que es algo así como antagónico e interesante para un nombre de mujer, sino porque el olvido es realmente una cosa piadosa en la mayoría de las ocasiones. La tregua que nos da la vida para ser capaces de seguir aguantando el tirón.
No sé a qué viene todo esto. Me duelen las caderas de escribir sentada casi todo el día. Por la tarde he estado mirando ropa y cada vez me hacen más gracia los músculos de mi brazos en los probadores de las tiendas. Otra cosa que va cambiando despacio, como las torres de Borges. Cambio yo escalando. "Has aprendido algo sobre la escalada que antes no sabías", me dice el Kpot en el roco el pasado martes, sorprendido por mi progreso. "¿Qué he aprendido, profe?". "No te lo sabría decir... algo". Yo pienso en la inteligencia del cuerpo. Dentro de mi frikismo progresivo y ascendente por la roca me he estado leyendo la autobiografía de Lynn Hill, una famosa escaladora americana. Precioso libro, de verdad: motivación en estado puro. Ella habla de la inteligencia del cuerpo: si te dejas fluir te darás cuenta de que él sabe lo que tiene que hacer para no caerse. Ahora creo que escalo de forma más inteligente, más intuitiva; por lo menos en el roco, que en la roca últimamente me puede el miedo.
Y bueno, también va de eso la vida, ¿no? La inteligencia del cuerpo. Moverse de forma intuitiva y ligera hacia los lugares a donde queremos ir. Estoy muy tranquilita esta semana. Me encuentro muy bien. Superando la primavera y esperando espeluznada la llegada de mi tercer verano en Cádiz; me han dado ganas de playa hoy, no sé por qué.
Termino mi diaria sarta de incoherencias con uno de estos vídeos que podría justificar diciendo que tiene que ver con el post y con la inteligencia del cuerpo y demás... pero, de hecho, sólo quiero que veáis lo fuerte que me estoy poniendo :)
viernes, 30 de marzo de 2012
Contarte historias
Yo quiero contarte historias.
Me sé muchas. Algunas son mías. El día que me puse tibia a tranquilizantes para viajar en autobús hasta Pamplona y después no me acordaba de nada de lo que hice al día siguiente. La noche que dormí en un cementerio con los scouts y no nos dimos cuenta hasta que no nos despertamos por la mañana y vimos las tumbas brillando al sol. Una madrugada de enero que volvía con mis amigas del centro y acabamos bañándonos desnudas en la playa de la Malagueta. La vida son historias. No hay más que coger pedazos de existencia e hilvanarlos: darles un comienzo, un nudo, un desenlace. Inventar sin pudor los detalles que nos falten.
Yo sé muchas cosas. Algunas son estúpidas, lo reconozco. Sé decir "dieciséis" en húngaro y "muy bien" en eslovaco, sé que todas las palabras francesas tienen el acento en la última sílaba. Sé resolver el cubo de Rubik, sé de memoria la tabla periódica (hidrógeno, litio, sodio, potasio... ¿ves?). Sé cómo funciona un antidepresivo, sé por qué la luna parece más grande cuando está cerca de la tierra y escribo a ordenador utilizando todos los dedos. Me sé en orden los pares craneales, puedo contarte por qué el hachís da hambre y qué diferencia a los supervivientes de los vencidos. Sé que a Robert Louis Stevenson le enterraron los nativos de Samoa en la cima del monte Vaea, abriendo camino a través de la selva en agradecimiento a todo lo que había hecho por su pueblo. Sé cómo escribió Roald Dahl su primer cuento.
Ojalá pudiera contarte historias. Sentarme junto a ti a tomar café, mirarte a los ojos, tomar aire y comenzar. Contarte algo, así, tal cual. Ver cómo me miras y sonríes despacito. O quizá ir en coche contigo, tú conduciendo, yo con los pies apoyados en el salpicadero, y simplemente hablarte. Poder decirte algo que tú no sepas. Porque entonces parte de mis recuerdos, parte de todo eso que sé, viajaría hasta tu cabeza y se quedaría habitando allí. Porque así me llevarías en un bolsillo de tu mente, como si viajara, y ninguno de los dos volvería a estar nunca solo.
Podría contarte cuáles son las cuatro notas de guitarra con las que se sacan un 90% de las canciones pop. Qué es la hiperpalatabilidad y por qué engorda la comida basura. Cómo hizo Lynn Hill para escalar en libre la Nose de El Capitán, quién es Joe Simpson y por qué casi se muere al bajar de la cumbre del Siula Grande. Por qué el levante es seco y el poniente es húmedo, por qué el arroz con leche sale mejor si lo remueves todo el rato.
Podría explicarte que cuando llego de la calle a mi casa la saludo en voz alta, "hola, casa", y finjo que me responde, "hola, Marina". Que no hablo sola muy a menudo, pero que a veces me regaño a voces cuando pierdo las llaves o derramo la leche al echarla en la taza. Que otras veces, por las noches, justo antes de dormir, me hace gracia pensar que estás en alguna parte sin saber que existo. Y que tengo ganas de conocerte por muchas razones, pero la más importante es que me pican detrás de la lengua todas las cosas bonitas que quiero contarte.
jueves, 29 de marzo de 2012
Eyes wide open
Dentro de un mes y medio cumplo veintisiete años. Que se dice pronto. Veintisiete. Me parece que fue ayer cuando tenía ganas de cumplir trece para ser adolescente y tener tetas (ilusa de mí), y miradme aquí, con más años que un gnomo. Cumplir años no me molesta. Sólo me importa porque soy un poco demasiado vieja para empezar a escalar, y mi progresivo fortalecimiento va a la par con la sospecha de que me lo estoy lesionando TODO (¿tú sabes lo que me estoy lesionando yo?, diría el Kpot).
El caso es que mientras más años cumplo, más cosas aprendo y de manera más distinta veo la vida. Que de un tiempo a esta parte, ya os he dicho, es como si se desplegara ante mí cada vez con más colores y más matices. Una vez leí que la vida es corta, pero ancha, y cada vez tengo más esta sensación.
Me ha sorprendido la acogida del post anterior. No creo que empiece a escribir sobre nutrición, porque ya era lo que le faltaba a este blog heterogéneo y absurdo, pero sí querría resaltar algo en lo que se refiere al blog, al Acné del Averno y a los problemas en general: que las soluciones existen la mayoría de las veces. Lo que no va a la par es nuestra capacidad para ponerlas en marcha.
Yo he hecho cosas muy raras para librarme del AA. Iba a poner unos cuantos ejemplos, pero creo que ya os hacéis una idea de lo absurda que puedo llegar a ser, así que paso de ponerme en ridículo. Más. La cosa es que a partir de cierto punto abres tu mente y te das cuenta de que bueno, margen de acción siempre tienes. No existe el "lo he probado todo". Siempre hay nuevos caminos para viejos problemas; basta con comprometerse a no cometer dos veces el mismo error.
Hace ya tiempo, cuando trabajaba en el equipo, hice una primera consulta a una inglesa. Me la cascaron a mí porque era la única que podía defenderse en inglés durante una entrevista. Resulta que la mujer tenía un insomnio del Averno y llevaba luchando contra él como veinte años. Me la mandaban porque el médico de cabecera no le quería recetar hipnóticos por no crearle dependencia. Era una de estas guiris mesuradas y dulces que lo explicaba todo con un precioso acento británico. Me contó que llevaba buscando soluciones para el tema del insomnio durante muchísimo tiempo. Que había estado en neurólogos, endocrinos, naturópatas; había hecho relajación, yoga, psicoterapia, gimnasia y mil historias. Y que simplemente era como si el interruptor de su cerebro no funcionara. Que los hipnóticos eran lo único que le ayudaba a conciliar el sueño.
Después me miró a los ojos y dijo: pero si tienes alguna propuesta, estoy dispuesta a escuchar.
Yo le contesté que no. Que no se me ocurría ninguna otra cosa. Que me parecía que ella ya estaba haciendo su camino y buscando soluciones, y que si en ese momento necesitaba los hipnóticos, a mí no me parecía mal que los tomara. He visto recetar psicofármacos por mucho menos. Así que escribí un informe para el médico de cabecera y le di el alta. "Gracias por tu respeto", dijo ella.
El tema es que bueno, por una parte uno siempre tiene que estar dispuesto a escuchar, incluso a una PIR que lleva seis meses ejerciendo, incluso después de veinte años de búsqueda. Por otra parte, uno también tiene que asumir responsabilidades. Y permanecer en el camino. Porque lo que está claro es que es complicado encontrarse con la solución a los problemas así, de repente; uno encuentra información buscándola, abriendo la mente, experimentando.
Creo que esto no sólo se aplica a problemas concretos, sino en general a la vida. Al amor, al trabajo, al propio carácter, a la manera de hacer las cosas. Hay tantas posibilidades. A veces basta con pararse e intentar mirar alrededor. Hay una expresión inglesa que me gusta mucho: eyes wide open. Los ojos muy abiertos, los ojos anchos. Mirar con los ojos anchos a nuestro alreedor y darnos cuenta de que realmente tenemos elección casi todas las veces.
Y ya paro, que esto me está quedando como supermotivacional, ¿no? Que me voy a tener que ganar la vida dando conferencias por Estados Unidos en plan motivada de la tele.
Feliz viernes a todos.
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