Los jueves siempre quiero escribir mejor que nunca, y a lo mejor es por eso que llevo media hora parada delante del ordenador sin decidirme por nada. Los minutos gotean en el reloj de la pantalla y me dicen que es el tiempo que le estoy quitando al sueño. Debería dormir más. Intento escribir sobre varios temas y veo que voy con prisas y sin ganas. Pienso que a lo mejor hoy la honestidad es no escribir nada, y luego me digo lo que le dije al Kpot hace un par de semanas: si todos los días que creo que no tengo nada que decir no escribiera, no escribiría nunca.
Hoy, por cierto, el Kpot y yo hablamos durante la cena de qué haríamos si nos quedara poco tiempo de vida. Yo le digo que escribiría mucho, seguro. Que me abriría un blog sobre mi propia muerte, algo como memuero.blogspot.com, y que seguro que sería un éxito, porque la gente es muy morbosa. Él piensa que no. Cree que si me quedara poco tiempo por delante, no escribiría; que me dedicaría a hacer cosas. Yo le aseguro que sí, porque para mí escribir es hacer o, por lo menos, asentar lo hecho y darle un sentido. Y porque me encantaría tener un blog que fuera realmente un éxito, y estoy segura de que mi blog moribundo o moriblog lo sería.
Es como una condena, le digo mientras cierro el portátil y me lo coloco bajo el brazo para subir a mi cuarto. Sobre todo cuando atraviesas periodos como éste, así un poco estériles o quiza sólo distraídos o hartos de mi propia voz. No sé qué me pasa últimamente. A lo mejor debería plantearme otro reto, tipo el Michelian Challenge, no sé. Necesito algo que me sacuda.
Los jueves siempre quiero escribir mejor que nunca porque luego me voy el viernes y el sábado y me sabe mal dejar esto aquí solito con un post de mierda. Quiero escribir mejor que nunca porque, aunque penséis que no, yo os tengo presentes. Sé que estáis al otro lado, y os imagino, y de verdad que quiero que esto os haga pasar un buen rato. Es curiosa la conexión entre el autor y el público. Hoy una paciente se ha encerrado en una de las salas de la comunidad a escuchar música. Pensábamos que estaba bailando, pero al abrir para buscar sillas la hemos visto sentada frente al radiocasette mientras sonaba Amaia Montero. La canción era romántica y cursilona, y la paciente estaba muy seria, con la cabeza apoyada en las manos. No he pensado nada concreto; simplemente me ha llegado la intuición del desfase tremendo entre Amaia, tan mona, tan rubia, con su voz tan esplendorosa, y nuestra paciente feúcha y solitaria sentada en una comunidad terapéutica de salud mental. Creo que en su mirada fija hacia los altavoces estaba la conciencia de ese abismo.
Así que bueno, éste es mi esfuerzo de jueves. Mañana por la tarde cargo la Dobloneta y me marcho a la playa y a la roca, no necesariamente por ese orden. Voy a intentar de corazón rellenarme de algo la mente y el cuerpo y contar algo interesante el domingo por la noche. Los domingos también me esfuerzo para compensar las ausencias. Hasta entonces, sed felices. El lunes pasado estuve en el Café con Libros, en Málaga, y había una exposición de este chico. En una de las viñetas se veía a un grupo de gente preocupada y triste detrás de un muro gris. En lo alto del muro, un monigote rubio miraba al sol y al prado que se veían al otro lado y sonreía. Yo me siento así ahora, le dije a Elsa: en la parte bonita de la vida. El muñequito sabía trepar lo suficiente como para intentar ver qué había encima del muro, y resultó que era hermoso. Esos son mis deseos para vosotros hoy: que este viernes en particular y en esta vida en general seáis capaces de subir lo suficiente como para ver la belleza al otro lado.
Besitos y buenas noches.
viernes, 8 de junio de 2012
miércoles, 6 de junio de 2012
Carta a un MIR de psiquiatría
Hey, MIR:
Hoy te quiero escribir concretamente a ti para contarte una cosa bonita. Hemos estado tomando algo al mediodía y me ha encantado verte, como siempre. Llevo regular este cambio de rotación. Cada vez que te adaptas a un sitio y después tienes que irte es un poco como ser expulsado... no exactamente del paraíso, pero sí de un lugar al que ya te habías acostumbrado. Como minidespidos sucesivos: el PIR es una ETT constante. Así que me consuela verte y que me cuentes cómo van las cosas en la Unidad.
No es fácil esto, ¿eh, MIR? Por eso me gusta charlar contigo desde que te conocí: porque eres objetivo sin perder el optimismo, y porque desde el principio te tomaste este camino como lo que es. Nada perfecto pero sí bastante interesante. Por eso te quiero contar que esta tarde, después de comer y echar una mini siesta, he cogido la furgo y me he ido al centro de salud donde estuve rotando el año pasado. Allí me empeñé en ver pacientes aunque en principio no estuviera previsto, porque me parecía que podía ser útil. Presenté el proyecto, a la directora le pareció bien y me abrieron una agenda los lunes por la tarde.
Ahora imagíname, MIR, todos los lunes de julio y agosto, desde las tres hasta las siete, viendo pacientes nuevos como si no hubiera un mañana. Uno cada media hora. Yo en la consulta, el centro casi en penumbra, la playa a trescientos metros, mis camisetas de tirantes gritando debajo de la bata. De aquellas consultas recuerdo un batiburillo de penas y a mí intentando hacerlo lo mejor que podía. La idea era ver a los pacientes una o como mucho dos veces y luego mandarlos otra vez a su médico de cabecera.
Hoy estaba un poco triste, MIR, porque a veces siento que no llego. Me siento una farsa profesional, verídico: con todo mi desastre a cuestas, creyendo que podría hacer mucho más, que a veces me limito a apagar fuegos. He vuelto a primaria para revisar las consultas que hice el año pasado, porque voy a publicar un poster con los resultados y quería echar cuentas. Cuántos pacientes vi, a cuántos derivé, cuántos mejoraron. El objetivo era evitar que pequeños problemas se conviertan en grandes trastornos. Transmitir un poco eso que tú y yo sabemos: que la vida no es perfecta, que a veces uno está triste, o angustiado, o se siente solo, pero que eso no quiere decir que necesite ir a un centro de salud mental.
He empezado a repasar historias. De la mayoría aún me acordaba: del chico de la alopecia, de la chavala que estaba deprimida porque, después de mucho tiempo pidiéndoselo, su novio francés se había venido a vivir a Cádiz y no sabía qué hacer con él. De la mujer que adelgazaba sin parar y estaba convencida de que nadie podía verla. Del señor con infarto de miocardio que se había quedado asustado para siempre.
En total, veintisiete pacientes, MIR. Que no está mal para menos de dos meses. De esos veintisiete, sólo uno tuvo que ir después a salud mental. Uno. Los demás siguieron con sus vidas, y si miras el resto de la historia la mayoría vuelve a su médico a contar catarros y esguinces de tobillo. Alguno se queja otra vez de ansiedad o de tristeza, pero son los menos.
Y entonces me entra una cosa por dentro que igual se puede llamar orgullo. Porque cuando me fui del centro de salud intenté seguir con las consultas, pero no fue posible. No ahondemos en las razones, que los blogs los carga el diablo. El caso es que a pesar de eso, ahí están esos veintisiete pacientes, ¿sabes? Que son veintisiete personas con veintisiete vidas, y no es que yo se las arreglase, pero se les dio una respuesta, se intentó aliviar su sufrimiento, hubo un cambio.
Por eso estamos aquí, MIR. Igual yo soy un poco farsa como psicóloga a veces, y seguro que podría hacerlo mejor. El sistema también podría ser mejor. Tú y yo podríamos estar más contentos, en general, o por lo menos sentir que estos cuatro años nos están llevando hacia algún puerto medio seguro. No siempre es así. A veces nos balanceamos en lo precario de este extraño presente. Aun así, resistimos. Tenemos que resistir. Por todo: por esos momentos en consulta en los que sientes que estás conectando con alguien y que sólo por eso merece la pena. Por las cocacolas compartidas y el tabaco de liar al sol. Porque nos reímos casi siempre. Y por los pacientes, MIR, sobre todo por eso; porque a veces pasa, a veces hay un cambio, a veces significas algo. Y en ese momento, tú y yo lo sabemos, todo lo demás merece la pena más que de sobra.
Hoy te quiero escribir concretamente a ti para contarte una cosa bonita. Hemos estado tomando algo al mediodía y me ha encantado verte, como siempre. Llevo regular este cambio de rotación. Cada vez que te adaptas a un sitio y después tienes que irte es un poco como ser expulsado... no exactamente del paraíso, pero sí de un lugar al que ya te habías acostumbrado. Como minidespidos sucesivos: el PIR es una ETT constante. Así que me consuela verte y que me cuentes cómo van las cosas en la Unidad.
No es fácil esto, ¿eh, MIR? Por eso me gusta charlar contigo desde que te conocí: porque eres objetivo sin perder el optimismo, y porque desde el principio te tomaste este camino como lo que es. Nada perfecto pero sí bastante interesante. Por eso te quiero contar que esta tarde, después de comer y echar una mini siesta, he cogido la furgo y me he ido al centro de salud donde estuve rotando el año pasado. Allí me empeñé en ver pacientes aunque en principio no estuviera previsto, porque me parecía que podía ser útil. Presenté el proyecto, a la directora le pareció bien y me abrieron una agenda los lunes por la tarde.
Ahora imagíname, MIR, todos los lunes de julio y agosto, desde las tres hasta las siete, viendo pacientes nuevos como si no hubiera un mañana. Uno cada media hora. Yo en la consulta, el centro casi en penumbra, la playa a trescientos metros, mis camisetas de tirantes gritando debajo de la bata. De aquellas consultas recuerdo un batiburillo de penas y a mí intentando hacerlo lo mejor que podía. La idea era ver a los pacientes una o como mucho dos veces y luego mandarlos otra vez a su médico de cabecera.
Hoy estaba un poco triste, MIR, porque a veces siento que no llego. Me siento una farsa profesional, verídico: con todo mi desastre a cuestas, creyendo que podría hacer mucho más, que a veces me limito a apagar fuegos. He vuelto a primaria para revisar las consultas que hice el año pasado, porque voy a publicar un poster con los resultados y quería echar cuentas. Cuántos pacientes vi, a cuántos derivé, cuántos mejoraron. El objetivo era evitar que pequeños problemas se conviertan en grandes trastornos. Transmitir un poco eso que tú y yo sabemos: que la vida no es perfecta, que a veces uno está triste, o angustiado, o se siente solo, pero que eso no quiere decir que necesite ir a un centro de salud mental.
He empezado a repasar historias. De la mayoría aún me acordaba: del chico de la alopecia, de la chavala que estaba deprimida porque, después de mucho tiempo pidiéndoselo, su novio francés se había venido a vivir a Cádiz y no sabía qué hacer con él. De la mujer que adelgazaba sin parar y estaba convencida de que nadie podía verla. Del señor con infarto de miocardio que se había quedado asustado para siempre.
En total, veintisiete pacientes, MIR. Que no está mal para menos de dos meses. De esos veintisiete, sólo uno tuvo que ir después a salud mental. Uno. Los demás siguieron con sus vidas, y si miras el resto de la historia la mayoría vuelve a su médico a contar catarros y esguinces de tobillo. Alguno se queja otra vez de ansiedad o de tristeza, pero son los menos.
Y entonces me entra una cosa por dentro que igual se puede llamar orgullo. Porque cuando me fui del centro de salud intenté seguir con las consultas, pero no fue posible. No ahondemos en las razones, que los blogs los carga el diablo. El caso es que a pesar de eso, ahí están esos veintisiete pacientes, ¿sabes? Que son veintisiete personas con veintisiete vidas, y no es que yo se las arreglase, pero se les dio una respuesta, se intentó aliviar su sufrimiento, hubo un cambio.
Por eso estamos aquí, MIR. Igual yo soy un poco farsa como psicóloga a veces, y seguro que podría hacerlo mejor. El sistema también podría ser mejor. Tú y yo podríamos estar más contentos, en general, o por lo menos sentir que estos cuatro años nos están llevando hacia algún puerto medio seguro. No siempre es así. A veces nos balanceamos en lo precario de este extraño presente. Aun así, resistimos. Tenemos que resistir. Por todo: por esos momentos en consulta en los que sientes que estás conectando con alguien y que sólo por eso merece la pena. Por las cocacolas compartidas y el tabaco de liar al sol. Porque nos reímos casi siempre. Y por los pacientes, MIR, sobre todo por eso; porque a veces pasa, a veces hay un cambio, a veces significas algo. Y en ese momento, tú y yo lo sabemos, todo lo demás merece la pena más que de sobra.
martes, 5 de junio de 2012
El amor es tú
Siguiendo con el análisis de comentarios, me pregunta un anónimo cuál es la manera de entender bien el amor. Entonces yo le doy vueltas a su pregunta para ver si la puedo contestar de una forma no ya buena o mala, sino útil. Pienso en la aceptación, la comprensión, en quererse sin agobiarse, en ser cómplices, amigos, amantes, etc. etc. Compongo en mi cabeza algo que podría haber escrito Jorge Bucay.
Después recuerdo este texto de "Juliet, desnuda" y pienso que tiene razón. Que el amor es tú. No se puede abstraer el amor porque amor es un tú, es precisamente cuando no hay nada más que ese tú, y si eso no existe no hay amor. Y el amor bien entendido, digo yo, es precisamente dejar que ese tú te inunde. Salir del cascarón del ego. Ahí está su belleza: en que permite nuestro abandono.
El amor es tú, y cuando tú no estás, el amor se ha ido. No hay nada abstracto en ello. La abstracción está en el otro lado y no pueden convivir las dos cosas, como la luz y la oscuridad: si una está es porque la otra ya no. Así que si llegan la razón y las teorías es porque tú se ha ido o porque no estuvo nunca. Cuando existe amor es porque existe en concreto y tiene un nombre, un cuerpo y una cara, unas ideas y nuestra capacidad, que nunca deja de sorprenderme, de honrar a ese ser singular, ese cuerpo, esa cara, esas ideas, sabiendo que hay otros muchos seres mejores y peores, o al menos diferentes, siendo capaz de quedarnos con éste.
(Ayer por la mañana, por cierto, iba yo con Elsa y Tahira por las calles de la Malagueta. La niña se había hartado de la mochila, así que yo llevaba en brazos sus diez kilos de maravilla de la naturaleza para hacer honor a mis preocupantes músculos. Le daba besitos en la pelusilla rubia de la cabeza mientras Elsa y yo hablábamos del mundo moderno y de que es feo, de mudarnos a una ecoaldea, de vivir más cerca de lo verdadero. Pero no te preocupes, Tahi, le decía yo a la enana, porque el mundo en realidad es bonito, es flipante, está lleno de cosas hermosas. El mar y el sol y las palomitas y las bicicletas, enumeraba mientras le agarraba las manitas con las mías. Escalar y escribir y correr descalzo y meditar y las ecoaldeas y los mangos. Y la amistad y tu mamá y las sonrisas y el amor. Y cuando dije amor Tahi empezó a dar chillidos entusiastas y a moverse como una epiléptica, ¿te gusta el amor, Tahi? le preguntábamos, y ella no hacía más que dar palmas y emitir ruiditos. Así que igual venimos de serie con un conocimiento del amor mucho más profundo del que pensamos, con un increíble arsenal de amor de bebé alegre e incondicional. Todo es cuestión de desenterrarlo de donde quiera que lo tengamos guardado).
Después recuerdo este texto de "Juliet, desnuda" y pienso que tiene razón. Que el amor es tú. No se puede abstraer el amor porque amor es un tú, es precisamente cuando no hay nada más que ese tú, y si eso no existe no hay amor. Y el amor bien entendido, digo yo, es precisamente dejar que ese tú te inunde. Salir del cascarón del ego. Ahí está su belleza: en que permite nuestro abandono.
El amor es tú, y cuando tú no estás, el amor se ha ido. No hay nada abstracto en ello. La abstracción está en el otro lado y no pueden convivir las dos cosas, como la luz y la oscuridad: si una está es porque la otra ya no. Así que si llegan la razón y las teorías es porque tú se ha ido o porque no estuvo nunca. Cuando existe amor es porque existe en concreto y tiene un nombre, un cuerpo y una cara, unas ideas y nuestra capacidad, que nunca deja de sorprenderme, de honrar a ese ser singular, ese cuerpo, esa cara, esas ideas, sabiendo que hay otros muchos seres mejores y peores, o al menos diferentes, siendo capaz de quedarnos con éste.
(Ayer por la mañana, por cierto, iba yo con Elsa y Tahira por las calles de la Malagueta. La niña se había hartado de la mochila, así que yo llevaba en brazos sus diez kilos de maravilla de la naturaleza para hacer honor a mis preocupantes músculos. Le daba besitos en la pelusilla rubia de la cabeza mientras Elsa y yo hablábamos del mundo moderno y de que es feo, de mudarnos a una ecoaldea, de vivir más cerca de lo verdadero. Pero no te preocupes, Tahi, le decía yo a la enana, porque el mundo en realidad es bonito, es flipante, está lleno de cosas hermosas. El mar y el sol y las palomitas y las bicicletas, enumeraba mientras le agarraba las manitas con las mías. Escalar y escribir y correr descalzo y meditar y las ecoaldeas y los mangos. Y la amistad y tu mamá y las sonrisas y el amor. Y cuando dije amor Tahi empezó a dar chillidos entusiastas y a moverse como una epiléptica, ¿te gusta el amor, Tahi? le preguntábamos, y ella no hacía más que dar palmas y emitir ruiditos. Así que igual venimos de serie con un conocimiento del amor mucho más profundo del que pensamos, con un increíble arsenal de amor de bebé alegre e incondicional. Todo es cuestión de desenterrarlo de donde quiera que lo tengamos guardado).
lunes, 4 de junio de 2012
Fuerte (II)
Qué vida ésta... tú ahí relajada, en la naturaleza...
se te está yendo un poco la mano con las dominadas.
A Dios pongo por testigo que es un efecto de luz y que no tengo esos brazos ni de broma... pero me ha hecho mucha gracia verme así.
PD: Estupendo estreno de la Dobloneta como lugar de pernoctación y como vehículo precario con el que atravesar las sierras andaluzas. Por cierto, conduzco bien, entendiendo bien como que sobrevivo :)
Mañana más.
jueves, 31 de mayo de 2012
Ya echaba de menos los post sobre el Mercadona
Cola del mercadona. He entrado antes de entrenar para comprar yuca, que se me ha antojado: la cortas en rodajitas, la pones en la bandeja del horno diez minutos y queda estupenda. Mientras espero la cola con mi yuca en una mano y un extraño potingue de fresa y plátano en la otra para tomarlo antes de entrenar, miro a la gente que me rodea. Es feria en Puerto Real, así que han adornado el supermercado con farolillos y banderitas de Andalucía. Sonrío recordando a una paciente en la Unidad loquita por irse de alta, que todos los días me insiste en que tengo que dejarle salir porque ella no se puede perder la feria.
Imagino. Imagino que soy una cajera y que me dedico a inventarme las vidas de los clientes a medida que paso sus productos por la caja. Imagino que me llamo Vane, como la chica que atiende en la fila de al lado, y me entran ganas de preguntarle si en serio se llama Vane o si les obligan a cambiarse el nombre antes de entrar a trabajar. "Verá usted, no puede llamarse Sofía, es un nombre demasiado profundo; señorita Sofía, acuda a la línea de caja no va con nuestra imagen de marca. Desde ahora responderá únicamente al nombre de Vane y deberá quedarse embarazada como mínimo una vez cada dos años".
Pienso en un jercicio para un taller de escritura. Todos los participantes escriben nombres de productos de supermercado en un papelito. Se mezclan bien y se colocan en el centro de la mesa. Cada uno elige cuatro o cinco objetos al azar y tiene que construir un personaje con ellos.
Caso uno: el señor detrás de mí. Dos cervezas, un tarro grande de yogur cremoso, una pizza precocinada, un tubo de crema depilatoria, una bolsa de mandarinas. Mediana edad, vive solo, no cree en los productos desnatados y opina que quien quiera adelgazar lo que debe hacer es comer menos. Se depila las piernas para salir en bici los fines de semana, no porque le vaya esa historia de la metrosexualidad. Tiene pensado ver el fútbol solo en casa y dos cervezas para él solo le parecen una ración justa. Siempre intenta dejarse algo del tarro de yogur para después, pero termina por comérselo entero.
Caso dos: la señora mayor de la caja de al lado. Un paquete de manzanilla, un cartón de huevos, dos envases de queso fresco y una caja de krispis. Quizá su marido aún vive y está delicado del estómago. Seguramente su despensa esté bien surtida y sólo haya bajado porque ha caído en la cuenta de que, justo esta noche, su hija le deja al niño y ella no tiene ni huevos para la cena ni los cereales del desayuno que le gustan tanto. De paso, decide que el calcio no le viene mal a su edad, y de milagro se acuerda de la manzanilla, que siempre se le olvida cuando hace la compra grande.
Caso tres: el señor de delante de mí. Sin duda, el más interesante. Dos paquetes de comida para pájaros, un envase de helado de tarta de whisky, dos pastillas de ambientador de colonia y una botella de JB. A él me resulta fácil imaginarle. Llega a su casa y les llena el comedero a los pájaros, que pían tímidos y casi desfallecidos. Después pone el ambientador y se dice que a ver si contrata a alguien para que limpie, que aquello huele a rayos. Por último se sirve una copa sin hielo, abre el helado y come y bebe whisky hasta caerse redondo al suelo.
Bonita poesía urbano-alimentaria, pienso yo, y justo entonces me toca pasar y ya se me olvida mi particular juego, porque tengo que emplear toda mi energía en explicarle a Vane, la cajera embarazada, por qué llevo la etiqueta de la yuca pegada en un dedo y no en la bolsa que le correspondería.
Imagino. Imagino que soy una cajera y que me dedico a inventarme las vidas de los clientes a medida que paso sus productos por la caja. Imagino que me llamo Vane, como la chica que atiende en la fila de al lado, y me entran ganas de preguntarle si en serio se llama Vane o si les obligan a cambiarse el nombre antes de entrar a trabajar. "Verá usted, no puede llamarse Sofía, es un nombre demasiado profundo; señorita Sofía, acuda a la línea de caja no va con nuestra imagen de marca. Desde ahora responderá únicamente al nombre de Vane y deberá quedarse embarazada como mínimo una vez cada dos años".
Pienso en un jercicio para un taller de escritura. Todos los participantes escriben nombres de productos de supermercado en un papelito. Se mezclan bien y se colocan en el centro de la mesa. Cada uno elige cuatro o cinco objetos al azar y tiene que construir un personaje con ellos.
Caso uno: el señor detrás de mí. Dos cervezas, un tarro grande de yogur cremoso, una pizza precocinada, un tubo de crema depilatoria, una bolsa de mandarinas. Mediana edad, vive solo, no cree en los productos desnatados y opina que quien quiera adelgazar lo que debe hacer es comer menos. Se depila las piernas para salir en bici los fines de semana, no porque le vaya esa historia de la metrosexualidad. Tiene pensado ver el fútbol solo en casa y dos cervezas para él solo le parecen una ración justa. Siempre intenta dejarse algo del tarro de yogur para después, pero termina por comérselo entero.
Caso dos: la señora mayor de la caja de al lado. Un paquete de manzanilla, un cartón de huevos, dos envases de queso fresco y una caja de krispis. Quizá su marido aún vive y está delicado del estómago. Seguramente su despensa esté bien surtida y sólo haya bajado porque ha caído en la cuenta de que, justo esta noche, su hija le deja al niño y ella no tiene ni huevos para la cena ni los cereales del desayuno que le gustan tanto. De paso, decide que el calcio no le viene mal a su edad, y de milagro se acuerda de la manzanilla, que siempre se le olvida cuando hace la compra grande.
Caso tres: el señor de delante de mí. Sin duda, el más interesante. Dos paquetes de comida para pájaros, un envase de helado de tarta de whisky, dos pastillas de ambientador de colonia y una botella de JB. A él me resulta fácil imaginarle. Llega a su casa y les llena el comedero a los pájaros, que pían tímidos y casi desfallecidos. Después pone el ambientador y se dice que a ver si contrata a alguien para que limpie, que aquello huele a rayos. Por último se sirve una copa sin hielo, abre el helado y come y bebe whisky hasta caerse redondo al suelo.
Bonita poesía urbano-alimentaria, pienso yo, y justo entonces me toca pasar y ya se me olvida mi particular juego, porque tengo que emplear toda mi energía en explicarle a Vane, la cajera embarazada, por qué llevo la etiqueta de la yuca pegada en un dedo y no en la bolsa que le correspondería.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Morir de Apocalipsis
Hace algún tiempo, colgué una encuesta en el blog en la que preguntaba a los lectores cómo preferirían morir: por una explosión nuclear o por el Apocalipsis. La gran mayoría preferían el Apocalipsis; supongo que, porque como dice mi padre, ya que se va a morir uno mejor morirse con todo el mundo y en medio de un buen espectáculo: los cuatro jinetes, las lenguas de fuego, el Dios justificiero apuntándote con su dedo vengador. Todo el pack.
Esta mañana, después de la reunión con enfermería, nos hemos quedado psiquiatras y psicólogos comentando los recortes. Parece que a los residentes no nos tocan nada; lógico, porque si nos recortan un sueldo que de por sí ya es justito, nos vamos a tener que ir a vivir debajo de un puente o, en mi caso, a la Dobloneta. Que mola comprarte una furgo, pero no para vivir en ella así todo el rato. El caso es que recortan dinero, privilegios y días libres. A currar en nochebuena y en fin de año se ha dicho. Y el caso también es que yo últimamente andaba preocupada por el tema de la crisis, haciendo números por aquello de que le debo dinero al Estado y no sé cuándo me lo va a reclamar. Pero desde hace unos días veo a todo el mundo tan igual, tan sobrecogido por el miedo, y veo como si todo se precipitara tan deprisa en dirección al carajo, que he llegado a la conclusión de que el día que yo no tenga qué comer será realmente porque, como dice mi padre, el sistema ha caído conmigo. Y entonces será todo un divertido sálvese quien pueda y mi deuda estatal no podrá importar menos.
Al mediodía enfilo hacia Cádiz a lomos de la Dobloneta para echar la tarde en la UCIP. Voy por la carretera casi desierta de Puerto Real mirándome en el retrovisor y pensando que vaya buen rollo tan poco tráfico a esta hora. Entonces veo el cartel: Puente de Carranza cortado, a Cádiz por San Fernando. Sus muertos, pienso. Doy como seiscientas vueltas para encontrar el camino a San Fernando y rotondeo como si no hubiera un mañana. Y entonces, de repente, me veo metida en el mayor atasco ever. Al principio me hace casi gracia: pero qué adulto todo, mi primera caravana desesperante, Chispas. Después empiezo a tener calor, hambre y, lo que es peor, ganas de mear. Avanzamos diez kilómetros en hora y cuarto, verídico. Miro a mi alrededor: todos esos coches, esas toneladas de acero quemadoras de petróleo, ocupadas por una o como mucho dos personas. Yo también me declaro culpable, que voy sola en la Dobloneta y con el aire acondicionado puesto para no morir. Y pienso: hay algo que va muy, muy mal aquí. Esto no puede ser real. No es lógico. Estas personas no tendrían que estar aquí; no tendríamos que encontrarnos en esta carretera, avanzando despacio con estas caras de resignación. De repente sólo quiero salir hacia donde sea: me da igual darme la vuelta que pararme en San Fernando, pero sólo le pido a Dios que me deje estar en otro lugar que no sea esta caravana y, sobre todo, que me encuentre un cuarto de baño. Alucino con retretes gigantes como el abuelo de los Simpson en el capítulo en que le revientan los riñones. Giro el cuello y miro los asientos de la furgo, a ver si hay algún material con el que fabricar un orinal casero.
Al final llego de milagro a la salida hacia Chiclana, viva y bravo, y aunque quede en dirección opuesta a Cádiz, para allá que voy con tal de salir de este infierno con ruedas. Llego a una zona de naves industriales y me paro en un McDonalds para entrar en el baño, y de camino decido comerme una ensalada de pollo, porque son las cinco de la tarde. Ya hace unos años que el McDonalds cambió el plástico brillante por ambientes oscurecidos y medias luces de bar de jazz. Las bandejas están cubiertas por información nutricional sobre los alimentos. Pago una cantidad de dinero indecente por una ensalada de pollo y una botella de agua, y sé que no debería estar haciendo esto: almorzar carísimo en el McDonalds un martes por la tarde, pero es que es muy tarde y aún no he comido, y mi cerebro falto de glucosa y aturdido por la caravana no puede pensar. Miro al exterior desde nuestro interior aislado y de colores sobrios. La ensalada está preocupantemente buena. I'm lovin' it.
Después aprovecho que no llego a currar por la tarde ni de coña y me meto en un gigantesco bazar chino a comprar una tabla de la plancha. De paso, busco algo parecido a un mueble que me sirva para guardar los trastos en mi habitación nueva. Hay mueblecitos de cajones de plástico brillante y estanterías desmontables con varillas de aluminio. En realidad no quiero comprar nada de esto. Sé cómo acaban estos muebles. Sé lo que duran y la facilidad con la que se desmontan. Pero hasta IKEA me viene caro últimamente, y aunque llevo unos días buscando muebles de segunda mano, ni es tan fácil ni son tan baratos. Y bueno, no es que me importe comprar o tener cosas cutres. Es que creo que no es una solución a largo plazo, como todo. Un estante de plástico de seis euros donde colocar los zapatos, de hecho, no arregla nada.
Así que ésta es la sensación que tengo últimamente. Que algo está muy mal, pero mal de verdad, pero mal a unos niveles que a lo mejor sí que haría falta que todo se fuera al carajo, y quemar coches oficiales, y que rueden cabezas de altos cargos, y volver a la peseta o a arar la tierra. No lo sé. Sólo sé que caminamos un poco como en la caravana de hoy, mirando sólo hacia delante y esperando con los dedos cruzados a que las cosas mejoren. Pensando que, en realidad, no podemos hacer nada. Y mientras llego a mi casa con mi tabla de planchar, mi estantería made in china y una especie de pato gigante y amarillo para guardar la ropa sucia pienso que, de hecho, esta crisis empieza a ser lo más parecido a morir de Apocalipsis que he conocido.
Esta mañana, después de la reunión con enfermería, nos hemos quedado psiquiatras y psicólogos comentando los recortes. Parece que a los residentes no nos tocan nada; lógico, porque si nos recortan un sueldo que de por sí ya es justito, nos vamos a tener que ir a vivir debajo de un puente o, en mi caso, a la Dobloneta. Que mola comprarte una furgo, pero no para vivir en ella así todo el rato. El caso es que recortan dinero, privilegios y días libres. A currar en nochebuena y en fin de año se ha dicho. Y el caso también es que yo últimamente andaba preocupada por el tema de la crisis, haciendo números por aquello de que le debo dinero al Estado y no sé cuándo me lo va a reclamar. Pero desde hace unos días veo a todo el mundo tan igual, tan sobrecogido por el miedo, y veo como si todo se precipitara tan deprisa en dirección al carajo, que he llegado a la conclusión de que el día que yo no tenga qué comer será realmente porque, como dice mi padre, el sistema ha caído conmigo. Y entonces será todo un divertido sálvese quien pueda y mi deuda estatal no podrá importar menos.
Al mediodía enfilo hacia Cádiz a lomos de la Dobloneta para echar la tarde en la UCIP. Voy por la carretera casi desierta de Puerto Real mirándome en el retrovisor y pensando que vaya buen rollo tan poco tráfico a esta hora. Entonces veo el cartel: Puente de Carranza cortado, a Cádiz por San Fernando. Sus muertos, pienso. Doy como seiscientas vueltas para encontrar el camino a San Fernando y rotondeo como si no hubiera un mañana. Y entonces, de repente, me veo metida en el mayor atasco ever. Al principio me hace casi gracia: pero qué adulto todo, mi primera caravana desesperante, Chispas. Después empiezo a tener calor, hambre y, lo que es peor, ganas de mear. Avanzamos diez kilómetros en hora y cuarto, verídico. Miro a mi alrededor: todos esos coches, esas toneladas de acero quemadoras de petróleo, ocupadas por una o como mucho dos personas. Yo también me declaro culpable, que voy sola en la Dobloneta y con el aire acondicionado puesto para no morir. Y pienso: hay algo que va muy, muy mal aquí. Esto no puede ser real. No es lógico. Estas personas no tendrían que estar aquí; no tendríamos que encontrarnos en esta carretera, avanzando despacio con estas caras de resignación. De repente sólo quiero salir hacia donde sea: me da igual darme la vuelta que pararme en San Fernando, pero sólo le pido a Dios que me deje estar en otro lugar que no sea esta caravana y, sobre todo, que me encuentre un cuarto de baño. Alucino con retretes gigantes como el abuelo de los Simpson en el capítulo en que le revientan los riñones. Giro el cuello y miro los asientos de la furgo, a ver si hay algún material con el que fabricar un orinal casero.
Al final llego de milagro a la salida hacia Chiclana, viva y bravo, y aunque quede en dirección opuesta a Cádiz, para allá que voy con tal de salir de este infierno con ruedas. Llego a una zona de naves industriales y me paro en un McDonalds para entrar en el baño, y de camino decido comerme una ensalada de pollo, porque son las cinco de la tarde. Ya hace unos años que el McDonalds cambió el plástico brillante por ambientes oscurecidos y medias luces de bar de jazz. Las bandejas están cubiertas por información nutricional sobre los alimentos. Pago una cantidad de dinero indecente por una ensalada de pollo y una botella de agua, y sé que no debería estar haciendo esto: almorzar carísimo en el McDonalds un martes por la tarde, pero es que es muy tarde y aún no he comido, y mi cerebro falto de glucosa y aturdido por la caravana no puede pensar. Miro al exterior desde nuestro interior aislado y de colores sobrios. La ensalada está preocupantemente buena. I'm lovin' it.
Después aprovecho que no llego a currar por la tarde ni de coña y me meto en un gigantesco bazar chino a comprar una tabla de la plancha. De paso, busco algo parecido a un mueble que me sirva para guardar los trastos en mi habitación nueva. Hay mueblecitos de cajones de plástico brillante y estanterías desmontables con varillas de aluminio. En realidad no quiero comprar nada de esto. Sé cómo acaban estos muebles. Sé lo que duran y la facilidad con la que se desmontan. Pero hasta IKEA me viene caro últimamente, y aunque llevo unos días buscando muebles de segunda mano, ni es tan fácil ni son tan baratos. Y bueno, no es que me importe comprar o tener cosas cutres. Es que creo que no es una solución a largo plazo, como todo. Un estante de plástico de seis euros donde colocar los zapatos, de hecho, no arregla nada.
Así que ésta es la sensación que tengo últimamente. Que algo está muy mal, pero mal de verdad, pero mal a unos niveles que a lo mejor sí que haría falta que todo se fuera al carajo, y quemar coches oficiales, y que rueden cabezas de altos cargos, y volver a la peseta o a arar la tierra. No lo sé. Sólo sé que caminamos un poco como en la caravana de hoy, mirando sólo hacia delante y esperando con los dedos cruzados a que las cosas mejoren. Pensando que, en realidad, no podemos hacer nada. Y mientras llego a mi casa con mi tabla de planchar, mi estantería made in china y una especie de pato gigante y amarillo para guardar la ropa sucia pienso que, de hecho, esta crisis empieza a ser lo más parecido a morir de Apocalipsis que he conocido.
viernes, 25 de mayo de 2012
La piel sin miedo
Como la Dobloneta tiene los cristales de atrás tapados, el retrovisor de arriba no me sirve para nada, así que lo he colocado apuntando hacia mí para poder mirar de vez en cuando lo mona que voy mientras conduzco. Me observo de reojillo: las gafas de sol, el flequillo rubio rojizo, los labios pintados y pienso: qué pibón. Y al mismo tiempo reflexiono sobre la yo que conduce y que me parece como otra Marina distinta, que me suplanta todas las mañanas en la carretera de camino al hospital.
En mis malos momentos de Acné del Averno, es decir: a lo largo del último año y pico, tenía clasificados en mi mente todos los espejos y sus correspondientes iluminaciones en función de lo benevolentes que eran con mi piel. A saber: el de mi baño era bueno (luz suave indirecta). El del dormitorio dependía de la luz, porque cuando daba el sol por la izquierda había brillar las marcas de mi mejilla como cráteres volcánicos. El del roco me hacía guapa. El de la Unidad, con un sol brillante y crudo entrando por la ventana, era el Maligno. Los retrovisores de los coches igual: la luz natural no me sentaba nada bien.
Ayer leía el post de Silvia sobre sus manos doloridas. Qué puta mierda los problemas de piel. Y eso que yo habría firmado por sufrir en las manos todo lo que he sufrido en la cara y, aun así, entiendo que debe de ser horrible. Si es verdad que existe cierto simbolismo psicosomático en el lugar que elige la enfermedad para manifestarse, las manos tienen que ver con lo que haces y con la manera en que afectas a los demás. Con tus manos tocas, acaricias, arañas, fabricas, cuidas, dañas. La cara es la forma en la que te ven los demás. Es pasiva, no depende de ti y, al mismo tiempo, es el escaparate por el que los otros te juzgan.
Yo no tengo claro que el AA se haya ido para siempre. Quiero creer que sí, pero si de repente me empezaran a dar brotes mortíferos, no me sorprendería. Ahora mismo vivo en la precariedad. Y, aun así, estoy contenta. No porque me vea superguapa, es más: ahora me paso el día descubriéndome arrugas, manchas y pecas, y pienso en cosas como que mi piel está apagada, o en el tamaño de mis poros, o en que debería dormir más para que no se me descolgaran las mejillas. Y, al mismo tiempo, me mola. Me gusta esta nueva cara mía aunque sea un poco de superadulta y aunque no sea capaz de disimular las arrugas Nosferatu de debajo de los ojos, por mucho contorno de ojos marca Mercadona que me eche.
Una vez escribí sobre el AA algo como: quiero que mi piel deje de tener miedo, y alguien, no sé si Ciudadano, me comentó que era lo más verdadero que me habia escuchado decir sobre el tema. No sé si era psicosomático y si he superado alguna barrera mental para curarme. Lo que sí sé es que el AA se parece al miedo en que cuando está presente no te deja ver nada más. Por eso yo iba apartando la cara de los espejos del mundo, avergonzada; por eso en cuanto entraba al baño de la Unidad cerraba los postigos de la ventana para que no entrara la claridad, como una especie de Drácula. Porque no era capaz de ver otra cosa. A veces me obligaba: me miraba a los ojos y me sonreía, porque me daba pena no poder ver yo misma mi mirada y mi sonrisa detrás de la Enfermedad del Mal. Ahora se ha ido el miedo y puedo ver los matices. Descubro la expresividad de una cara que ya no tiene vergüenza de ser como es, y eso me gusta mucho.
¿Sabéis qué regalo de cumpleaños me he hecho este año? un espejo de forja de cuerpo entero. En mi cuarto nuevo no había espejo y estaba harta de usar la webcam para ver cómo me quedaba la ropa. Encontré uno muy bonito en un chino de la Viña y allá que me fui en el primer día de calor del verano, acarreando las dos partes de hierro por la calle después de decirle al dependiente algo como "no se preocupe usted por el peso, si yo estoy to fuerte". Es mucha tela autorregalarse un espejo después de haber vivido meses dándome la vuelta al entrar en el ascensor para no verme reflejada bajo las luces halógenas. Es casi como desafiar al futuro.
El resumen de todo esto es que el miedo es el Mal, y que aunque no tenga muy claro que el AA se haya ido para siempre, disfruto de la momentánea ausencia de miedo de mi piel. De todos los matices que hay debajo. Sigo con mi oración particular, aunque sea atea: Señor, que pueda vivir sin miedo, que mis actos no se guíen por el miedo; que me equivoque, sí, pero que no sea por tenerle miedo a nada. Tengo las mejillas llenas de cicatrices que me enseñan que el miedo no conduce a nada útil. Porque otra cosa que me ha enseñado el AA es que uno puede enfrentarse a todo, puede vivirlo todo: a lo mejor necesita dosificarse o aguantar las oleadas intermitentes del dolor, pero ese miedo no le mata.
Buenas noches, lectores. Me voy a exfoliarme la carita, a ponerme crema hidratante y a intentar dormir al menos siete horas, para verme radiante y preciosa mañana viernes por la mañana en el espejo retrovisor de mi furgo nueva.
En mis malos momentos de Acné del Averno, es decir: a lo largo del último año y pico, tenía clasificados en mi mente todos los espejos y sus correspondientes iluminaciones en función de lo benevolentes que eran con mi piel. A saber: el de mi baño era bueno (luz suave indirecta). El del dormitorio dependía de la luz, porque cuando daba el sol por la izquierda había brillar las marcas de mi mejilla como cráteres volcánicos. El del roco me hacía guapa. El de la Unidad, con un sol brillante y crudo entrando por la ventana, era el Maligno. Los retrovisores de los coches igual: la luz natural no me sentaba nada bien.
Ayer leía el post de Silvia sobre sus manos doloridas. Qué puta mierda los problemas de piel. Y eso que yo habría firmado por sufrir en las manos todo lo que he sufrido en la cara y, aun así, entiendo que debe de ser horrible. Si es verdad que existe cierto simbolismo psicosomático en el lugar que elige la enfermedad para manifestarse, las manos tienen que ver con lo que haces y con la manera en que afectas a los demás. Con tus manos tocas, acaricias, arañas, fabricas, cuidas, dañas. La cara es la forma en la que te ven los demás. Es pasiva, no depende de ti y, al mismo tiempo, es el escaparate por el que los otros te juzgan.
Yo no tengo claro que el AA se haya ido para siempre. Quiero creer que sí, pero si de repente me empezaran a dar brotes mortíferos, no me sorprendería. Ahora mismo vivo en la precariedad. Y, aun así, estoy contenta. No porque me vea superguapa, es más: ahora me paso el día descubriéndome arrugas, manchas y pecas, y pienso en cosas como que mi piel está apagada, o en el tamaño de mis poros, o en que debería dormir más para que no se me descolgaran las mejillas. Y, al mismo tiempo, me mola. Me gusta esta nueva cara mía aunque sea un poco de superadulta y aunque no sea capaz de disimular las arrugas Nosferatu de debajo de los ojos, por mucho contorno de ojos marca Mercadona que me eche.
Una vez escribí sobre el AA algo como: quiero que mi piel deje de tener miedo, y alguien, no sé si Ciudadano, me comentó que era lo más verdadero que me habia escuchado decir sobre el tema. No sé si era psicosomático y si he superado alguna barrera mental para curarme. Lo que sí sé es que el AA se parece al miedo en que cuando está presente no te deja ver nada más. Por eso yo iba apartando la cara de los espejos del mundo, avergonzada; por eso en cuanto entraba al baño de la Unidad cerraba los postigos de la ventana para que no entrara la claridad, como una especie de Drácula. Porque no era capaz de ver otra cosa. A veces me obligaba: me miraba a los ojos y me sonreía, porque me daba pena no poder ver yo misma mi mirada y mi sonrisa detrás de la Enfermedad del Mal. Ahora se ha ido el miedo y puedo ver los matices. Descubro la expresividad de una cara que ya no tiene vergüenza de ser como es, y eso me gusta mucho.
¿Sabéis qué regalo de cumpleaños me he hecho este año? un espejo de forja de cuerpo entero. En mi cuarto nuevo no había espejo y estaba harta de usar la webcam para ver cómo me quedaba la ropa. Encontré uno muy bonito en un chino de la Viña y allá que me fui en el primer día de calor del verano, acarreando las dos partes de hierro por la calle después de decirle al dependiente algo como "no se preocupe usted por el peso, si yo estoy to fuerte". Es mucha tela autorregalarse un espejo después de haber vivido meses dándome la vuelta al entrar en el ascensor para no verme reflejada bajo las luces halógenas. Es casi como desafiar al futuro.
El resumen de todo esto es que el miedo es el Mal, y que aunque no tenga muy claro que el AA se haya ido para siempre, disfruto de la momentánea ausencia de miedo de mi piel. De todos los matices que hay debajo. Sigo con mi oración particular, aunque sea atea: Señor, que pueda vivir sin miedo, que mis actos no se guíen por el miedo; que me equivoque, sí, pero que no sea por tenerle miedo a nada. Tengo las mejillas llenas de cicatrices que me enseñan que el miedo no conduce a nada útil. Porque otra cosa que me ha enseñado el AA es que uno puede enfrentarse a todo, puede vivirlo todo: a lo mejor necesita dosificarse o aguantar las oleadas intermitentes del dolor, pero ese miedo no le mata.
Buenas noches, lectores. Me voy a exfoliarme la carita, a ponerme crema hidratante y a intentar dormir al menos siete horas, para verme radiante y preciosa mañana viernes por la mañana en el espejo retrovisor de mi furgo nueva.
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