No sé si os conté que me he empleado como coach literaria de Ángel, mi lector de Seattle que ya no está en Seattle. Hemos llegado a un acuerdo business por el cual yo le ayudo a escribir mejor y él me ayuda a organizar mi nueva página web. Hoy hemos tenido nuestra primera reunión de trabajo, Chispas: una intensa conversación por Skype donde hemos acordado los objetivos y plazos de la próxima semana.
Me gusta Ángel. Es disciplinado, entusiasta y curioso. Me pregunta cosas sobre la escritura y las va apuntando sobre la marcha en un archivo de texto. La idea del coaching es constituir una especie de taller literario personalizado, totalmente a su medida. Es complicado, porque hay que afinar mucho más que cuando se dan talleres grupales. Cualquier posible descontento ya no es achacable al ritmo de los demás o a la dinámica del grupo. Si no acierto con los ejercicios y las instrucciones, será culpa mía.
Cuando intento enseñar escritura, me aturrullo. Quiero explicarlo todo a la vez. Me gustaría evitarle al futuro escritor mis veinte años de penuria literaria antes de llegar a este punto de paz relativa con mi vicio. Ángel me pregunta cómo hago para escribir los post. ¿Tengo esquemas previos? ¿Simplemente me siento a ver lo que sale?
Hoy hablaba con Anxo de los rituales y pensaba que quizá debería crear uno para escribir. Hubo una época en que encendía velas y otra en la que me pintaba las uñas, pero en general mi método consiste en sentarme aquí y dejar que mi mente divague un rato. Hay días que tengo muy clara una idea. A veces sé el principio y no el final, o viceversa. Lo importante es arrancar. Después puedo distinguir con facilidad lo aburrido de lo potente, así que recorto sin piedad o directamente lo borro todo y empiezo desde el principio. Casi nunca soy capaz de dejar el día vacío de entradas; suelo obligarme varias veces hasta que saco algo con lo que estoy medio contenta.
Imagino que no hay atajos en esto de escribir, aunque espero que Ángel empiece a sentirse cómodo antes de que pasen veinte años. Ayer le comentaba al Señor M. que no menosprecie la capacidad de un blog para cambiarnos la vida. Creo que persistir en algo puede tener resultados sorprendentes. El compromiso, por sí solo, es capaz de transformarnos.
Estoy cansada. Eso también me gustaría decírselo a Ángel. Estar cansado tampoco tiene tanto que ver con poder o no escribir, igual que estar triste o angustiado. Lo importante es seguir: atravesar todo eso y llegar al otro lado, a un lugar sin tiempo y sin espacio donde uno simplemente escribe lo que la mente le dice.
Ojalá pueda ayudarte, Ángel. Ojalá que llegues a disfrutar de escribir tanto como lo hago yo. Voy a intentar de verdad hilar fino y a pensar en la forma de que esto llegue a buen puerto. Pero tú no te preocupes por nada. Tú escribe.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
martes, 4 de diciembre de 2012
Diez cosas que he aprendido de la #huelgaEIR
Hoy al mediodía hemos suspendido la huelga para negociar. Yo me incorporé el lunes, porque dado el bajito seguimiento de mi hospital, hacíamos menos daño a la administración que a nosotros mismos. Andábamos reorganizándonos como patos luchadores y planeando calendarios eróticos sólo con las batas cuando se ha anunciado que las hostilidades se suspendían momentáneamene para negociar.
He estado catorce días en huelga. Si me lo dicen hace un mes, no me lo creo. Ni idea de cuánto dinero he perdido, pero calculo que el equivalente a un MacBook Air o a diez pares de pies de gato La Sportiva. Aun así, estoy contenta porque, como ya os dije, no podía no luchar. Y porque de la huelga también se aprende, como de todo. No sé si conseguiremos nuestras reivindicaciones, pero en el camino recorrido he aprendido algunas cosas. Estas son las diez más importantes.
1. Si te pones a luchar, lucha a lo grande. Que te concentres una vez a la semana cinco minutos vestido de negro y hagas luto por la administración pública o por la extinción del petirrojo macho, a los de arriba se la pela. Los adjuntos nos dicen que hemos hecho una huelga muy loca, pero a mí me parece bien así. Si quieres que te escuchen, paraliza hospitales, boicotea congresos, grítale a la consejera de Sanidad y crea un grupo de Facebook con trece mil jipis compartiendo ideas y locuras. Así, sí.
2. Cada uno lucha como es. En estos catorce días he visto surgir personalidades que desconocía. Gente a la que parece que se la suda todo y que después lucha con energía inhumana. Gente que sube mucho y se quema rápido. Yo lucho como soy: conciliadora, irregular, creativa, bastante loca. Estoy contenta de cómo he luchado, incluso aunque las primeras frases de mi jefe al reincorporarme al curro hayan sido: "Marina, ¡¡eres famosa!! ¡¡Te he visto en Youtube!!".
3. Lo colectivo es fundamental. Yo soy individualista como un lobo estepario y, aun así, tengo que reconocer que sin los demás no somos nada. Un residente solo es mierda pura. Cuatro mil residentes cabreados son una fuerza brutal. Además, la cooperación siempre es la mejor opción, aunque temamos cooperar en ausencia del otro. Si algo va a sacarnos de la crisis será reconocer al que tenemos al lado y trabajar juntos.
4. El humor te salva. Si algo ha evitado que me suicide en estos catorce días ha sido descojonarme viendo los vídeos motivacionales de 300, enviar fotos en pleno chute de colacao o reírme de la muñeca hinchable de las manifas a la que hemos bautizado como Chusi, en honor a nuestra consejera. Reírse es el bien. Reíros siempre.
5. Hay gente muy cabrona y muy insolidaria y, además, mi compasión está poco desarrollada. Si me hubieran dicho hace un mes que pensaría cosas como "Quiero Matar Esquiroles Ahora", me habría reído. Pero sienta muy, muy mal pasar dos semanas desgañitándote en la puerta de un hospital y mirar luego las caras resabiadas de los que piensan en serio que no hacer huelga merece respeto. Pues mira: no. Te respetaré cuando consigamos algo y tú renuncies a ello porque no te lo has ganado. Hasta entonces, mi respeto queda en suspenso.
6. También hay gente muy linda y buena, y esos son los imprescindibles. Los Patos (residentes resistentes de Cádiz) quizá no sean excepcionales siempre, pero han demostrado que pueden serlo mucho cuando se lo proponen. Bravo por ellos.
7. Tengo una capacidad muy loca para el liderazgo y no me lo estoy inventando. Los Patos me llaman Mamá Pata. Verídico.
8. Las palabras tienen un poder brutal. Esto ya lo sabía, pero me ha asombrado darme cuenta de cómo algo dicho o escrito de la forma adecuada puede cambiar la mentalidad de un grupo entero.
9. Hay futuro para el mundo. En serio. La gente tiene energía y ganas de cambiar las cosas; sólo hay que saber darle una dirección adecuada.
10. Quiero currar para mí. Así nunca más tendré que hacer huelga.
Buenas noches pequeños, y deseadnos suerte en las negociaciones ;)
He estado catorce días en huelga. Si me lo dicen hace un mes, no me lo creo. Ni idea de cuánto dinero he perdido, pero calculo que el equivalente a un MacBook Air o a diez pares de pies de gato La Sportiva. Aun así, estoy contenta porque, como ya os dije, no podía no luchar. Y porque de la huelga también se aprende, como de todo. No sé si conseguiremos nuestras reivindicaciones, pero en el camino recorrido he aprendido algunas cosas. Estas son las diez más importantes.
1. Si te pones a luchar, lucha a lo grande. Que te concentres una vez a la semana cinco minutos vestido de negro y hagas luto por la administración pública o por la extinción del petirrojo macho, a los de arriba se la pela. Los adjuntos nos dicen que hemos hecho una huelga muy loca, pero a mí me parece bien así. Si quieres que te escuchen, paraliza hospitales, boicotea congresos, grítale a la consejera de Sanidad y crea un grupo de Facebook con trece mil jipis compartiendo ideas y locuras. Así, sí.
2. Cada uno lucha como es. En estos catorce días he visto surgir personalidades que desconocía. Gente a la que parece que se la suda todo y que después lucha con energía inhumana. Gente que sube mucho y se quema rápido. Yo lucho como soy: conciliadora, irregular, creativa, bastante loca. Estoy contenta de cómo he luchado, incluso aunque las primeras frases de mi jefe al reincorporarme al curro hayan sido: "Marina, ¡¡eres famosa!! ¡¡Te he visto en Youtube!!".
3. Lo colectivo es fundamental. Yo soy individualista como un lobo estepario y, aun así, tengo que reconocer que sin los demás no somos nada. Un residente solo es mierda pura. Cuatro mil residentes cabreados son una fuerza brutal. Además, la cooperación siempre es la mejor opción, aunque temamos cooperar en ausencia del otro. Si algo va a sacarnos de la crisis será reconocer al que tenemos al lado y trabajar juntos.
4. El humor te salva. Si algo ha evitado que me suicide en estos catorce días ha sido descojonarme viendo los vídeos motivacionales de 300, enviar fotos en pleno chute de colacao o reírme de la muñeca hinchable de las manifas a la que hemos bautizado como Chusi, en honor a nuestra consejera. Reírse es el bien. Reíros siempre.
5. Hay gente muy cabrona y muy insolidaria y, además, mi compasión está poco desarrollada. Si me hubieran dicho hace un mes que pensaría cosas como "Quiero Matar Esquiroles Ahora", me habría reído. Pero sienta muy, muy mal pasar dos semanas desgañitándote en la puerta de un hospital y mirar luego las caras resabiadas de los que piensan en serio que no hacer huelga merece respeto. Pues mira: no. Te respetaré cuando consigamos algo y tú renuncies a ello porque no te lo has ganado. Hasta entonces, mi respeto queda en suspenso.
6. También hay gente muy linda y buena, y esos son los imprescindibles. Los Patos (residentes resistentes de Cádiz) quizá no sean excepcionales siempre, pero han demostrado que pueden serlo mucho cuando se lo proponen. Bravo por ellos.
7. Tengo una capacidad muy loca para el liderazgo y no me lo estoy inventando. Los Patos me llaman Mamá Pata. Verídico.
8. Las palabras tienen un poder brutal. Esto ya lo sabía, pero me ha asombrado darme cuenta de cómo algo dicho o escrito de la forma adecuada puede cambiar la mentalidad de un grupo entero.
9. Hay futuro para el mundo. En serio. La gente tiene energía y ganas de cambiar las cosas; sólo hay que saber darle una dirección adecuada.
10. Quiero currar para mí. Así nunca más tendré que hacer huelga.
Buenas noches pequeños, y deseadnos suerte en las negociaciones ;)
lunes, 3 de diciembre de 2012
Favores
He aquí mi verdad de hoy.
Mi verdad de hoy es que, en general, me encanta vivir sola, y que no tengo problemas con eso. Desde que empecé a seguir las reglas de vida de la nueva Marina y no fuerzo las cosas, ni lo intento con hombres de mi pasado a excepción de J. (que es en sí mismo una categoría aparte) ni mezclo a los hombres con el alcohol, ni utilizo el sexo como una forma de medir mi valía personal, estoy la mar de tranquilita. Amo en silencio o admiro de lejos. Primum non nocere.
Pero hay tardes como la de hoy. Tardes que son buenas, porque en ellas me dedico a escribir, a trabajar, a elucubrar planes para la huelga con mi entregado grupo de Patos. Si hasta he descubierto cómo funciona la calefacción y no me congelo en la humedad cruel de San Fernando. Termino y me echo un rato en el sofá, aunque sean las tantas, porque estos derroches de energía me van a dejar seca. Después bajo a la calle a hacer mandaos: saco dinero, rescato mis llaves de la recepción del hotel donde las dejó la última couchsurfer y entro en correos para recoger un paquete.
En correos hay una cola enorme, y yo reflexiono sobre el intermedio artificial y curioso que crean las colas en nuestra vida. De repente no tienes más remedio que pararte. Trasteo en mi teléfono, pero la media hora que paso sentada escuchando cómo anuncian los turnos desde la ventanilla pertenece a otra dimensión.
Cuando salgo a la calle son casi las nueve y yo he olvidado comprar líquido de lentillas. Se me ha acabado hoy, y si no lo repongo no podré quitármelas y tendré que meterlas en suero, con el consiguiente riesgo de quedarme cegata cuando me las ponga mañana. Reflexiono. La óptica ya ha cerrado. Yo querría irme a mi casa calentita a tomar colacao, pero la única solución que me queda es acercarme al Mercadona y comprar el líquido de lentillas allí. De paso, pienso, podría reponer los productos frescos de la nevera y el papel higiénico.
Y mientras camino hacia el Mercadona, con mi chubasquero verde marca Quechua, moqueando detrás de mi bufanda y tratando de ignorar el frío, pienso que yo no quiero nadie que me diga que soy genial, que duerma conmigo por la noche o asegure mi noción de ser sexualmente atractiva quitándome la ropa cada cierto tiempo. Yo quiero alguien que me haga favores. Alguien a quien poder pedirle que se acerque a por mi líquido de lentillas porque yo llevo todo el día haciendo cosas, tengo frío y estoy hasta los huevos. Eso pienso mientras camino hacia el Mercadona.
Pero bueno. Voy, hago la compra, miro mis productos extendidos en la cinta transportadora gritándole al mundo que soy una cuasitreintañera soltera y sana. Mis cuatro Vitalínea de limón, mi bolsita de rúcula, mi bote de cacao puro en polvo. Me dan ganas de pasarme suavemente la mano por la coronilla: qué lástima. Nadie me va a hacer favores. Lleva siendo así un largo tiempo. Y por una mezcla de dificultades de mercado, mal karma y limitado atractivo físico, la cosa no tiene pinta de cambiar a corto plazo.
(Pero no me compadezcáis, ¿eh? Que hoy precisamente he pensado que mi vida hasta hoy está bastante aprovechada y si me muriera mañana no me arrepentiria de nada)
(Espero no morirme mañana, porque si no este post va a quedar bastante siniestro)
Mi verdad de hoy es que, en general, me encanta vivir sola, y que no tengo problemas con eso. Desde que empecé a seguir las reglas de vida de la nueva Marina y no fuerzo las cosas, ni lo intento con hombres de mi pasado a excepción de J. (que es en sí mismo una categoría aparte) ni mezclo a los hombres con el alcohol, ni utilizo el sexo como una forma de medir mi valía personal, estoy la mar de tranquilita. Amo en silencio o admiro de lejos. Primum non nocere.
Pero hay tardes como la de hoy. Tardes que son buenas, porque en ellas me dedico a escribir, a trabajar, a elucubrar planes para la huelga con mi entregado grupo de Patos. Si hasta he descubierto cómo funciona la calefacción y no me congelo en la humedad cruel de San Fernando. Termino y me echo un rato en el sofá, aunque sean las tantas, porque estos derroches de energía me van a dejar seca. Después bajo a la calle a hacer mandaos: saco dinero, rescato mis llaves de la recepción del hotel donde las dejó la última couchsurfer y entro en correos para recoger un paquete.
En correos hay una cola enorme, y yo reflexiono sobre el intermedio artificial y curioso que crean las colas en nuestra vida. De repente no tienes más remedio que pararte. Trasteo en mi teléfono, pero la media hora que paso sentada escuchando cómo anuncian los turnos desde la ventanilla pertenece a otra dimensión.
Cuando salgo a la calle son casi las nueve y yo he olvidado comprar líquido de lentillas. Se me ha acabado hoy, y si no lo repongo no podré quitármelas y tendré que meterlas en suero, con el consiguiente riesgo de quedarme cegata cuando me las ponga mañana. Reflexiono. La óptica ya ha cerrado. Yo querría irme a mi casa calentita a tomar colacao, pero la única solución que me queda es acercarme al Mercadona y comprar el líquido de lentillas allí. De paso, pienso, podría reponer los productos frescos de la nevera y el papel higiénico.
Y mientras camino hacia el Mercadona, con mi chubasquero verde marca Quechua, moqueando detrás de mi bufanda y tratando de ignorar el frío, pienso que yo no quiero nadie que me diga que soy genial, que duerma conmigo por la noche o asegure mi noción de ser sexualmente atractiva quitándome la ropa cada cierto tiempo. Yo quiero alguien que me haga favores. Alguien a quien poder pedirle que se acerque a por mi líquido de lentillas porque yo llevo todo el día haciendo cosas, tengo frío y estoy hasta los huevos. Eso pienso mientras camino hacia el Mercadona.
Pero bueno. Voy, hago la compra, miro mis productos extendidos en la cinta transportadora gritándole al mundo que soy una cuasitreintañera soltera y sana. Mis cuatro Vitalínea de limón, mi bolsita de rúcula, mi bote de cacao puro en polvo. Me dan ganas de pasarme suavemente la mano por la coronilla: qué lástima. Nadie me va a hacer favores. Lleva siendo así un largo tiempo. Y por una mezcla de dificultades de mercado, mal karma y limitado atractivo físico, la cosa no tiene pinta de cambiar a corto plazo.
(Pero no me compadezcáis, ¿eh? Que hoy precisamente he pensado que mi vida hasta hoy está bastante aprovechada y si me muriera mañana no me arrepentiria de nada)
(Espero no morirme mañana, porque si no este post va a quedar bastante siniestro)
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Amor y sucedáneos,
Bendita Rutina,
Otro lunes
domingo, 2 de diciembre de 2012
Una declaración de amor como otra cualquiera
Porque yo te quiero, le dice ella, de verdad que te quiero. ¿Y sabes por qué lo sé?
Él se encoge de hombros
No tengo ni idea, dice.
Te quiero porque me alegro de verdad de no estar contigo. De que esto sea imposible. Me alegro de no plantearme siquiera la idea de que tú también puedas quererme.
Él se rasca la cabeza, sin entender.
¿Por qué te alegras?
Pues muy fácil, contesta ella.
Porque si alguna vez estuviéramos juntos, si alguna vez pudiera estar contigo, tendría que vivir a diario con la certeza de que un día uno de los dos tendrá que morirse.
Y no creo que pudiera soportarlo.
Él se encoge de hombros
No tengo ni idea, dice.
Te quiero porque me alegro de verdad de no estar contigo. De que esto sea imposible. Me alegro de no plantearme siquiera la idea de que tú también puedas quererme.
Él se rasca la cabeza, sin entender.
¿Por qué te alegras?
Pues muy fácil, contesta ella.
Porque si alguna vez estuviéramos juntos, si alguna vez pudiera estar contigo, tendría que vivir a diario con la certeza de que un día uno de los dos tendrá que morirse.
Y no creo que pudiera soportarlo.
Madrid, subir de grado y las nostalgias futuras
Queridos:
Dentro de un mes y cinco días estaré viviendo en Madrid. La idea me aberra y me atrae a partes iguales. Me gustaría poder hacer las dos cosas a la vez: permanecer en mi Cádiz, con mi gente, mis marismas, mi roco y mis cuatro cosas, y a la vez conocer Madrid, más gente, más rocos, más cosas. Barajo la posibilidad de volverme en mayo, después de la primera rotación, porque la primavera gaditana es excesivamente hermosa. Vaya ánimos llevo, por otra parte, si lo primero en lo que estoy pensando antes de irme es en volver antes de tiempo.
Cuando le digo a mi madre lo bien que estoy en Cádiz, ella insiste en que en Granada también estaba bien, y en que yo estoy bien en todos lados. Creo que es una forma sutil de pedirme por favor que no me vaya a quedar aquí para siempre. Pero qué va: Granada estaba bien porque me gustaba y porque lo pasé muy bien cuando vivía allí, pero hoy por hoy Cádiz es mi hogar. Quiero decir, que yo vivo aquí. No es que mi gente de aquí sea mejor que cualquier otra gente a la que haya querido a lo largo de mi vida. Es que son mi gente de ahora. Los compis del curro, mi admirado R mayor, el MIR, las recientes adquisiciones huelguísticas que ahora se conocen con el nombre de los Patos. La Roquipandi, mi psiquiatra Pilar, mi querido Anxo. Mis pacientitos.
Todo eso sumado a lo mucho que me gustan mi vida, mi piso, mi furgo y mi Isla, a la ilusión absurda con que me levanto cada mañana sin contar estos últimos catorce días de infierno huelguístico. Sumado a mis proyectos presentes y futuros, al roco por las tardes, la bici por las marismas, los miércoles en Vejer, mis obesos de endocrino, los paseos por la playa y la búsqueda no culminada del desayuno callejero definitivo.
Aun así, me voy a Madrid. Porque hay que seguir ensanchándose. Pero no puedo evitar pensar que soy idiota si cada vez que me siento feliz y segura en una situación de mi vida me apaño para cambiarla.
Hoy he encadenado mi tercer 6b (el grado más difícil en escalada que he hecho hasta ahora, pero que no deja de ser bastante asequible, que conste). Venía pensando en que creo que subir de grado es un cambio de mentalidad. Cuando empiezas a escalar no quieres más que agarres buenos. Quieres meter la mano hasta el fondo en el canto que te da seguridad y apoyar los pies en una repisa. Creo que yo seguiré subiendo de grado si acepto que para ello tendré que escalar apoyándome en mierda pura, confiar en que las regletas les servirán a mis dedos y en que los pies de gato se apoyarán en muescas minúsculas.
Como siempre, me empeño en seguir aplicando a la vida las lecciones de la escalada. Escalar no es más que renunciar una y otra vez a la seguridad de quedarse quieto. Alcanzas cierto confort, tu cuerpo grita desesperadamente por permanecer ahí, y tu mente tiene que obligarle a moverse. Ahora quiero vivir más grado. Y creo que sólo lo lograré si supero el miedo y aprendo de una vez que hacerse fuerte consiste en necesitar cada vez menos apoyo para seguir subiendo.
Dentro de un mes y cinco días estaré viviendo en Madrid. La idea me aberra y me atrae a partes iguales. Me gustaría poder hacer las dos cosas a la vez: permanecer en mi Cádiz, con mi gente, mis marismas, mi roco y mis cuatro cosas, y a la vez conocer Madrid, más gente, más rocos, más cosas. Barajo la posibilidad de volverme en mayo, después de la primera rotación, porque la primavera gaditana es excesivamente hermosa. Vaya ánimos llevo, por otra parte, si lo primero en lo que estoy pensando antes de irme es en volver antes de tiempo.
Cuando le digo a mi madre lo bien que estoy en Cádiz, ella insiste en que en Granada también estaba bien, y en que yo estoy bien en todos lados. Creo que es una forma sutil de pedirme por favor que no me vaya a quedar aquí para siempre. Pero qué va: Granada estaba bien porque me gustaba y porque lo pasé muy bien cuando vivía allí, pero hoy por hoy Cádiz es mi hogar. Quiero decir, que yo vivo aquí. No es que mi gente de aquí sea mejor que cualquier otra gente a la que haya querido a lo largo de mi vida. Es que son mi gente de ahora. Los compis del curro, mi admirado R mayor, el MIR, las recientes adquisiciones huelguísticas que ahora se conocen con el nombre de los Patos. La Roquipandi, mi psiquiatra Pilar, mi querido Anxo. Mis pacientitos.
Todo eso sumado a lo mucho que me gustan mi vida, mi piso, mi furgo y mi Isla, a la ilusión absurda con que me levanto cada mañana sin contar estos últimos catorce días de infierno huelguístico. Sumado a mis proyectos presentes y futuros, al roco por las tardes, la bici por las marismas, los miércoles en Vejer, mis obesos de endocrino, los paseos por la playa y la búsqueda no culminada del desayuno callejero definitivo.
Aun así, me voy a Madrid. Porque hay que seguir ensanchándose. Pero no puedo evitar pensar que soy idiota si cada vez que me siento feliz y segura en una situación de mi vida me apaño para cambiarla.
Hoy he encadenado mi tercer 6b (el grado más difícil en escalada que he hecho hasta ahora, pero que no deja de ser bastante asequible, que conste). Venía pensando en que creo que subir de grado es un cambio de mentalidad. Cuando empiezas a escalar no quieres más que agarres buenos. Quieres meter la mano hasta el fondo en el canto que te da seguridad y apoyar los pies en una repisa. Creo que yo seguiré subiendo de grado si acepto que para ello tendré que escalar apoyándome en mierda pura, confiar en que las regletas les servirán a mis dedos y en que los pies de gato se apoyarán en muescas minúsculas.
Como siempre, me empeño en seguir aplicando a la vida las lecciones de la escalada. Escalar no es más que renunciar una y otra vez a la seguridad de quedarse quieto. Alcanzas cierto confort, tu cuerpo grita desesperadamente por permanecer ahí, y tu mente tiene que obligarle a moverse. Ahora quiero vivir más grado. Y creo que sólo lo lograré si supero el miedo y aprendo de una vez que hacerse fuerte consiste en necesitar cada vez menos apoyo para seguir subiendo.
viernes, 30 de noviembre de 2012
Largo lunes de noviazgo
Son las doce de la noche y yo salgo ahora de tomar algo con las niñas cerca del mercado. He venido hoy a Málaga por las circunstancias menos agradables del mundo, y en plena vorágine huelguística no sé si recordar que hay más vida aparte de la huelga me sienta bien o mal.
Camino hacia la plaza de la Merced y, como siempre, recuerdo tu casa. El año que pasaste en ese ático azul y luminoso con el sol entrando a través de la cortina de colores. De tus siestas de gato y tu incapacidad para tener organizadas las bolsas de reciclaje.
Sobre todo, recuerdo nuestras mañanas. El despertador sonando, tú gruñendo y encendiendo la luz para buscar una camisa, yo tapándome la cara con las manos. Te escuchaba ducharte mientras intentaba apurar el sueño. Salías del baño y te abalanzabas sobre mí con el pelo húmedo y la piel fría. Luego me levantaba yo y desayunábamos juntos en las bandejas de madera que tanto te gustaban. Cantabas loas al inventor de los cereales rellenos de Mercadona. Dudabas una eternidad entre dos camisas prácticamente iguales.
Bajábamos juntos en el ascensor. Tú, yo y la bicicleta como el tercero en discordia. Y a mí esos minutos se me hacían tan cortos. Yo iba a estudiar a la biblioteca y tú a trabajar todo el día frente al ordenador, y me agobiaba pensar que no había nada que yo pudiera hacer para mantenerte conmigo. Que tu empresa tenía más derecho que yo sobre tu cuerpo.
De aquella época recuerdo sobre todo esa imagen. Tú alejándote inexorablemente con tu bicicleta. Yo con el corazón encogido, como si te fueras a la guerra, a pesar de tu imagen desenfadada de treintañero chic. Desde entonces pienso que el amor es rebelarse todo el rato frente a los momentos en que la vida nos separa por fuerza. Como el trabajo, o los sueños. O a veces, qué te voy a contar a ti, simplemente las circunstancias. O el timing. O la falta de intenciones claras.
Ahora estás lejos de verdad, y no deja de ser curioso que no me importe ni la mitad que entonces.
Camino hacia la plaza de la Merced y, como siempre, recuerdo tu casa. El año que pasaste en ese ático azul y luminoso con el sol entrando a través de la cortina de colores. De tus siestas de gato y tu incapacidad para tener organizadas las bolsas de reciclaje.
Sobre todo, recuerdo nuestras mañanas. El despertador sonando, tú gruñendo y encendiendo la luz para buscar una camisa, yo tapándome la cara con las manos. Te escuchaba ducharte mientras intentaba apurar el sueño. Salías del baño y te abalanzabas sobre mí con el pelo húmedo y la piel fría. Luego me levantaba yo y desayunábamos juntos en las bandejas de madera que tanto te gustaban. Cantabas loas al inventor de los cereales rellenos de Mercadona. Dudabas una eternidad entre dos camisas prácticamente iguales.
Bajábamos juntos en el ascensor. Tú, yo y la bicicleta como el tercero en discordia. Y a mí esos minutos se me hacían tan cortos. Yo iba a estudiar a la biblioteca y tú a trabajar todo el día frente al ordenador, y me agobiaba pensar que no había nada que yo pudiera hacer para mantenerte conmigo. Que tu empresa tenía más derecho que yo sobre tu cuerpo.
De aquella época recuerdo sobre todo esa imagen. Tú alejándote inexorablemente con tu bicicleta. Yo con el corazón encogido, como si te fueras a la guerra, a pesar de tu imagen desenfadada de treintañero chic. Desde entonces pienso que el amor es rebelarse todo el rato frente a los momentos en que la vida nos separa por fuerza. Como el trabajo, o los sueños. O a veces, qué te voy a contar a ti, simplemente las circunstancias. O el timing. O la falta de intenciones claras.
Ahora estás lejos de verdad, y no deja de ser curioso que no me importe ni la mitad que entonces.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
La pluma
Cuando saqué el PIR, mi padre me regaló una pluma azul y plateada muy bonita. Fue un regalo de mierda, no os equivoquéis, porque yo no escribo a mano casi nunca y no escribo con pluma Jamás. Él me lo vendió como que "una escritora debe tener una pluma", y también me dijo que así podría firmar con ella mi primer contrato.
Recuerdo cuando me la entregó. Habíamos ido a comer a un japonés fusión muy bueno que hay en el centro de Málaga y atacábamos un surtido de maki sushi. Cuando me dio la pluma pensé esto mismo que os estoy contando: que si lo primero que me dices cuando me das el regalo es "yo sé que tú no escribes con pluma, pero aun así te la voy a regalar", me estás demostrando que lo que yo necesite o quiera te importa un carajo. A lo mejor estoy siendo un poco dura, pero el tema de los regalos me toca especialmente las narices. No es tan difícil ser capaz de mirar al otro el tiempo suficiente como para encontrar lo que le hace ilusión.
Todo esto viene a que llevo peleada con mi padre desde el jueves pasado por su apoyo más bien justito a mi huelga indefinida. Entre otras cosas. Esto es un poco como lo de la pluma: una incapacidad para mirar más allá de su ombligo. A ver, papá, que eres mi padre. Que deberías ser algo así como mi fan number one. Si a mí me pinchan, tú sangras, y si yo me voy a la huelga, tú conmigo a muerte hasta que el cuerpo aguante. Así que me he declarado en huelga indefinida de hijismo hasta que me relaje un poco y sea capaz de renegociar nuestra relación en términos justos.
Hoy he encontrado la pluma en mi bolso. Hace un par de semanas decidí tratar de utilizarla más a menudo y me la coloqué en el bolsillo de la bata, pero resultó que se le había acabado la tinta y me la traje para cambiarle el cartucho. Al desenroscar la parte superior ha caído un papelito enrollado. En él pone lo siguiente:
¡Hola!
Si estás leyendo esto, significa que he perdido mi pluma. Me la regaló mi padre y es muy importante para mí. Te agradecería mucho que me la devolvieras. Ofrezco gratificación. Después añado mi teléfono y mi firma.
Una nota de socorro en un regalo de mierda. Ese es el retrato de mi relación con mi padre.
Y lo peor es que en esta huelga está bastante claro quién dará el primer paso hacia la negociación.
Recuerdo cuando me la entregó. Habíamos ido a comer a un japonés fusión muy bueno que hay en el centro de Málaga y atacábamos un surtido de maki sushi. Cuando me dio la pluma pensé esto mismo que os estoy contando: que si lo primero que me dices cuando me das el regalo es "yo sé que tú no escribes con pluma, pero aun así te la voy a regalar", me estás demostrando que lo que yo necesite o quiera te importa un carajo. A lo mejor estoy siendo un poco dura, pero el tema de los regalos me toca especialmente las narices. No es tan difícil ser capaz de mirar al otro el tiempo suficiente como para encontrar lo que le hace ilusión.
Todo esto viene a que llevo peleada con mi padre desde el jueves pasado por su apoyo más bien justito a mi huelga indefinida. Entre otras cosas. Esto es un poco como lo de la pluma: una incapacidad para mirar más allá de su ombligo. A ver, papá, que eres mi padre. Que deberías ser algo así como mi fan number one. Si a mí me pinchan, tú sangras, y si yo me voy a la huelga, tú conmigo a muerte hasta que el cuerpo aguante. Así que me he declarado en huelga indefinida de hijismo hasta que me relaje un poco y sea capaz de renegociar nuestra relación en términos justos.
Hoy he encontrado la pluma en mi bolso. Hace un par de semanas decidí tratar de utilizarla más a menudo y me la coloqué en el bolsillo de la bata, pero resultó que se le había acabado la tinta y me la traje para cambiarle el cartucho. Al desenroscar la parte superior ha caído un papelito enrollado. En él pone lo siguiente:
¡Hola!
Si estás leyendo esto, significa que he perdido mi pluma. Me la regaló mi padre y es muy importante para mí. Te agradecería mucho que me la devolvieras. Ofrezco gratificación. Después añado mi teléfono y mi firma.
Una nota de socorro en un regalo de mierda. Ese es el retrato de mi relación con mi padre.
Y lo peor es que en esta huelga está bastante claro quién dará el primer paso hacia la negociación.
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