Ahora que me jubilo, me estoy preguntando cuál es mi siguiente meta en la vida.
Los éxitos terrenales no me interesan demasiado. No porque haya aniquilado a mi ego y ya esté iluminada, sino porque una y otra vez he comprobado que no dan la felicidad.
He conseguido algunas cosas en los últimos años. No muchas, pero sí algunas:
- El marido perfecto (para mí).
- Una niña de anuncio que tiene ojos azules y todo.
- Una empresa de éxito.
- Miles de personas leyendo mis chorradas y diciéndome que les sirven.
- Vivir viajando por el mundo.
- Más dinero del que necesito.
Ninguna de ellas me ha hecho feliz, de una vez y para siempre, aunque me hayan dado satisfacción y placer momentáneo.
Así que no es una cuestión de estar muy iluminada, sino de que pensar que lo que de verdad, de verdad me va a dar felicidad duradera es publicar un best-seller y ver mi cara en Times Square, escalar 8A o dar una charla TED con millones de visitas sería estúpido.
Y yo soy muchas cosas en la vida, pero estúpida no.
Así que voy a acortar camino y a irme directamente a por la paz interior y la ecuanimidad.
En realidad, yo esto a los veintitrés ya lo pensaba. Después de hacer mi primer curso de meditación, estaba tan impactada que andaba por ahí diciendo: en la vida están el propósito exterior y el interior, y a mí el que me interesa es el de dentro.
Lo que pasa es que a los veintitrés era joven e inexperta, y es difícil renunciar a lo que no has probado. ¿Estás de verdad tan segura de que el dinero, el estilo de vida, el maromo de ojos azules o la familia ideal no van a ayudar a que te levantes cada mañana como en un anuncio de leche de soja?
¿SEGURA?
El mundo terrenal ofrece tantos objetos brillantes y tan variados que es muy fácil despistarse. Crees que es más honorable perseguir una meta de escalada que una de lujo o poder, pero en realidad es exactamente lo mismo.
Me ha hecho falta lesionarme tres veces en tres meses para darme cuenta de que nada externo te puede dar la felicidad por la sencilla razón de que nada externo es tuyo. Tú haces tus planes, convencida de que puedes tener las cosas bajo control, y no es así.
Total: que ahora ya solo quiero ser sabia.
«Solo».
El primer paso es volver a meditar dos horas al día y ya lo estoy haciendo.
El segundo, básico y fundamental, es recuperar mi cerebro de las procelosas aguas del mundo online.
Es otra meta que tengo desde hace años y años pero que me resultaba difícil cumplir trabajando por Internet. Ahora que estoy jubilada, puedo por fin y sin remordimiento de conciencia apartarme del mundanal ruido e ignorar a todo el mundo.
Así que me estoy leyendo Digital Minimalism, de Cal Newport, y he decidido hacer un detox digital durante noviembre.
¿Por qué noviembre? Porque así lo engancho con el curso de Vipassana al que iré dentro de un par de semanas y maximizo el efecto de los diez días de Noble Silencio y total desconexión.
Voy a usar este blog para planificar el detox, porque no es tan fácil como «nada de tecnología más allá de palomas mensajeras». Analizaré para qué estoy usando ahora mismo Internet, cuáles son las actividades que más me perjudican y qué quiero mantener durante el detox porque o bien no es tan malo, o me hace falta de verdad.
Hale, mañana sigo.
PD: Sobra decir que con detox o sin él, escribiré en este blog. Sería típico y patético volver a Más sobre los lunes y dejarlo un mes después porque te estás desintoxicando de Internet.





