lunes, 7 de abril de 2008
- Perdona - me ha dicho, cuando me he sacado los auriculares de los oídos -. ¿Quieres que te diga el nombre de una pomada para tu problema?
La he mirado desde mi cara acnéica, despellejada, dolorida y harta.
- No - he dicho.
- ¿No? - parecía sorprendida. Joven con acné recalcitrante, ¿te traigo la solución a tus problemas y la rechazas? -. Es que va muy bien, le ha funcionado a mucha gente.
Y he pensado en los kilos de pomadas amontonadas en el armario de mi baño, en el dinero gastado, en las infusiones, en las limpiezas de cutis, en todo el dolor, el picor, los medicamentos, los efectos secundarios, las miradas al espejo, los "oye, tienes la cara peor, ¿no?". Mientras caminaba hacia la parte trasera del autobús intentando alejarme al máximo de ella, se me han ocurrido muchas respuestas. "Claro, señora, lo que los dermatólogos no han solucionado en 10 años lo va a arreglar usted en 5 minutos". O bien "hoy voy a suicidarme, adivine quién tiene la culpa". Pero en el momento, al mirar la cara regordeta e interrogante de la señora y los rostros ligeramente vueltos de los pasajeros de alrededor, sólo he notado un intenso pinchazo de humillación.
Llevo meses sintiéndome como si andara por la vida con un mapache encaramado a la cara, y sólo agradezco profundamente que la mayor parte de la gente haga como si no se diera cuenta. Así que cuidado con los consejos bienintencionados.
Próximamente, El ultimátum de Euricienta, tercero y último capítulo de la exitosa saga.
viernes, 4 de abril de 2008
Euricienta strikes again (Todavía una historia real)
Esta historia empieza aquí.
Una mañana, Euricienta se levantó más desmoralizada de lo habitual. “No tenía que haber venido nunca a Psicolia”, se decía. “Debí irme directamente a Precaria a buscarme la vida. Seguro que hasta las minas de sal son mejores que esto: no hay que pensar tanto y te pones morena”. Estaba sumida en sus lúgubres pensamientos cuando se dio cuenta de que la habitual montaña de papeles de su escritorio había desaparecido. En su lugar, había una notita.
Soy el Duendecillo del ECTS y he hecho todas tus tareas. Para llamarme, di tres veces “Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo”.
Euricienta pensó de inmediato que se estaban quedando con ella. Repetiría las absurdas palabras y algún bufón malvado estaría escuchándola detrás de la ventana para imitarla luego en las funciones teatrales de Tutubo. Decidió que hablaría con los monjes de la Abadía de la Copistera para que le hicieran una nueva copia de los apuntes y así poder entregarle sus tributos a Ágora. Estaba a punto de salir de casa cuando reparó en un objeto tirado a sus pies: un sombrerito hongo del tamaño de un dedal. La niña que había en ella y que escuchaba de pequeña los cuentos de los juglares sentada al pie del viejo sauce se preguntó si no habría algo de verdad en la notita de la mesa. Cerró los postigos de las ventanas y, muy bajito, susurró:
- Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo.
Sonó un pequeño “pluf”, como un petardo de feria, y apareció un hombrecillo regordete, pequeño como un ratón.
- Hola, Euricienta – dijo -. Soy un Duendecillo Estándar que contemplaba tu sufrimiento európico desde la ventana. Le pedí al Rey De Los Duendes Que Todo Lo Puede que me invistiera Duendecillo ECTS para poder echarte una mano. ¡Y aquí estoy!
A partir de entonces, los antaño dolorosos y difíciles días de Euricienta volvieron a tornarse luminosos y tranquilos. El Duendecillo hacía sus tareas por las noches y, por la mañana, ella se las entregaba a Ágora y se iba a vagabundear por las bibliotecas y a tomar cervezas. Meditó y meditó hasta estar cerca de la superconsciencia, e incluso pudo viajar un par de veces a Ingenia a conocer mozuelos. Sin embargo, cuando estaba al borde de la iluminación y el compromiso, se dio cuenta de que algo no iba bien. Las tabernas donde se sentaba a leer estaban siempre vacías. Sus amigos no querían quedar con ella para tomar algo. Las bibliotecas estaban llenas, sí, pero de tristes y ojerosos habitantes de Psicolia que trabajaban para pagar sus tributos. Así que Euricienta fue a casa y repitió en voz baja:
- Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo.
Y cuando oyó el “pluf”, empezó a hablar atropelladamente:
- Duendecillo, tienes que ayudarme. Tienes que hacer las tareas de mis amigos, o convencer a otros Duendecillos para que se conviertan en Duendecillos del ECTS, o…
Pero cuál no sería su sorpresa al ver, cuando se deshizo la nube de humo, a un Duendecillo ECTS cansado, enflaquecido, con los ojos rojos de sueño. Parecía un prisionero condenado a muerte.
- ¿Quién te ha hecho eso, Duendecillo ECTS? – preguntó Euricienta, - ¿quién?
Antes de poder articular palabra, el Duendecillo ECTS se desmayó. Euricienta comprendió entonces que no podía pedirle al Duendecillo que siguiera haciendo sus tareas ECTS, ni mucho menos que convenciera a sus amigos para aceptar aquel destino suicida. Era necesaria una solución más radical. Sin pensarlo dos veces, Euricienta se colocó su cota de malla, agarró su flamante espada y salió a la Plaza Mayor. Allí se subió a un banco (Euricienta no era muy alta) y puso las manos en forma de bocina.
- ¡Ciudadanos de Psicolia! – gritó, sin preocuparse por decir también “ciudadanas”. Eran momentos demasiado decisivos para preocuparse por la corrección política - ¡¡Salid aquí, ahora!! ¡¡Salid, os digo!!
Poco a poco, los hombres y mujeres de Psicolia salieron de sus casas, entrecerrando los ojos por la fuerte luz del sol, y se congregaron alrededor de Euricienta.
- ¡Ciudadanos! – exclamó la joven -. ¡Mirad en qué os habéis convertido! ¡Parecéis topos emergiendo de sus madrigueras, esqueletos saliendo de vuestras eurotumbas! ¡La alegría que flotaba por Psicolia se ha esfumado y sólo ha dejado hastío, cansancio y frustración!
Se oyeron algunos débiles asentimientos.
- ¡Bolonio nos tiene esclavizados! ¿Y todo para qué? ¿Habéis estado en Europía? ¿Habéis visto sus cielos grises y el alto precio de sus cervezas? ¿Realmente, ciudadanos de Psicolia, queréis convertiros en Európicos?
La pequeña multitud empezaba a animarse. “¡No!”, exclamaban.”¡Abajo Europía! ¡Arriba Psicolia y la cerveza barata!”.
Y al grito de “Menos Europía y más cerveza fría”, todos los Psicolios se armaron hasta los dientes y echaron a correr hacia el castillo de Decanus. Degollaron sin piedad a los dos soldados que montaban guardia en la puerta (Euricienta no, obviamente, porque era contraria a matar a la gente y utilizaba su espada con funciones meramente intimidatorias) y entraron en la gran sala de audiencias, donde Decanus y Bolonio bebían vino y elaboraban la larga lista de tareas de la semana siguiente. Euricienta, a la cabeza de la muchedumbre, se acercó a ellos y colocó la espada en la garganta del flaco y cruel Bolonio.
- ¡Aquí se acaba tu conquista, malvado ser! – exclamó -. ¡Márchate de esta ciudad y déjanos tranquilos, o separaré tu cabeza de tu cuello y la colgaré de un asta en la Plaza Mayor!
Todos los Psicolios, sedientos de sangre (y cerveza), gritaban “¡menos cháchara, Euricienta! ¡Acaba con él ahora!”. No sabían que Euricienta sólo fingía puesto que, como hemos dicho antes, no sería capaz de matar a una mosca. Bolonio, lejos de alterarse, gritó, con una voz profunda que parecía salir de un lugar ajeno a su delgado cuerpo:
- ¡A mí mis caballeros! – y, en aquel momento, entraron en la sala los veinticinco Caballeros Negros del Crédito Europeo.
La pobre Euricienta miró a su alrededor, desolada. Aquello iba a ser una escabechina y la culpa la tendría ella y sólo ella. Intuyó que se iba a reencarnar en ser unicelular y se puso a pensar a toda velocidad para ver cómo podía remediar aquel desastre…
(Continuará)
(Es que me está quedando más largo de lo que creía).
miércoles, 2 de abril de 2008
Euricienta (una historia real).
Después de vivir unos años en Psicolia, los jóvenes tenían que mudarse a Precaria, capital del reino de Adultia, un lugar mucho más lúgubre y duro dominado por los miembros del poderoso clan de los Usures (formado por tribus como los Santanderos o los Bebeuvianos). Sin embargo, mientras trabajaban en las minas de sal para pagar a los Usures, los ciudadanos de Precaria se consolaban pensando en lo luminosos y fantásticos que habían sido sus años en Psicolia.
Euricienta era feliz en Psicolia. Además de formarse intelectualmente, tenía dos metas en su vida: la iluminación y encontrar un marido, no necesariamente por ese orden. Era difícil encontrar marido en Psicolia, donde había pocos hombres en edad casadera, pero siempre podía acercarse a Cientifia o a Ingenia a buscar mozos de buena planta y con un buen futuro en Precaria. Para iluminarse, procuraba meditar mucho y ser buena persona. Le gustaba frecuentar las tabernas, las bibliotecas, los cines y todos los rincones hermosos de Psicolia. A veces, cuando se sentaba al sol una mañana de primavera, comiendo una tostada de tomate y leyendo realismo sucio, Euricienta pensaba que no necesitaba nada más en la vida (ni siquiera un marido).
Sín embargo, tiempos duros esperaban a los habitantes de Psicolia. Una hermosa mañana de verano, un ejército silencioso y solemne irrumpió en la ciudad. Se trataba de Bolonio y sus terribles secuaces, los Caballeros Negros del Crédito Europeo. Los ciudadanos de Psicolia se encerraron en sus casas, asustados. Habían oído hablar del malvado Bolonio, que estaba conquistando y sometiendo a las principales ciudades del reino de Universia, pero siempre habían creído que a ellos no les tocaría: que podrían escapar al puño de hierro del invasor y mantener su feliz y pacífica existencia.
Tras el pánico inicial, los hombres y las mujeres (porque Psicolia era un reino igualitario y porque, como ya he dicho, había pocos chicos), bruñeron sus armaduras, afilaron sus espadas y salieron dispuestos a vender cara su vida. Sin embargo, ni un arma se desenvainó en aquella batalla. Bolonio, un tipo alto, enjuto y de fríos ojos grises, entró en la sala de audiencias del alcalde, y se postró ante él. Luego comenzó a hablar. Habló de progreso, de innovación, de Europía, el lejano reino de la abundancia del que los habitantes de Universia oían hablar a menudo. Convenció a Decanus de que su hermosa ciudad podía ser aún más hermosa, de que sus habitantes aún podían ser más felices y, lo que es más importante, de la posibilidad de asegurarles un buen futuro en Precaria. Bolonio hablaba lenta y cadenciosamente, hipnotizando con sus tranquilos ojos claros al pobre e ingenuo Decanus, que asentía y sonreía mientras repetía, como encantado: "Progreso... innovación... Europía...".
Como decía, no hizo falta derramar una gota de sangre. Aquella misma tarde, Decanus salió al balcón de palacio y anunció a sus súbditos, que aún estaban ataviados para la batalla y esperaban confusos frente a las murallas, que desde aquel mismo momento Bolonio tenía el control de la ciudad y todos los habitantes deberían someterse a sus decretos, "por el bien de Psicolia y para que Universia pueda ser una tierra tan hermosa y fértil como Europía". Euricienta, que había empuñado su espada decidida a acabar con el invasor, se rascó la cabeza y pensó "Bueno, qué le vamos a hacer. Quizá sea verdad todo eso de la innovación y del progreso".
A partir de aquel día, todo cambió en Psicolia. Bolonio hacía pagar constantemente tributos a los habitantes: no sólo examinadores, sino también lo que él denominaba "autoformatorios". Los tributosautoformatorios debían entregarse casi cada día, y agotaban el tiempo y las fuerzas de los habitantes de la ciudad. Bolonio había traído además a su mascota, Ágora, un animal que hasta entonces sólo había existido en la mitología y que tenía cuerpo de felino, cola de serpiente y dos cabezas de lagarto. Si quería entregar los tributos, uno debía dirigirse a la hermosa jaula dorada donde moraba Ágora y arrojárselos para alimentar su voraz apetito.
Como tenían que estar todo el día trabajando para pagar sus tributos autoformatorios, los habitantes de Psicolia ya no podían buscar empleo en las tabernas o en las tiendas para sacar algún dinero extra. Algunos de ellos no podían permitirse vivir en Psicolia si no trabajaban, así que Decanus, asesorado por Bolonio, les aconsejó que acudieran a los Usures de Precaria. "Hemos hecho un trato con los Santanderos", dijo, "y os prestarán el dinero necesario para vivir aquí si os comprometéis a trabajar después en sus minas de sal". Euricienta se preguntaba cómo mejorarían sus condiciones de vida en Precaria si, además de estar preocupados por ganarse la vida cuando llegaran allí, tenían que trabajar en las minas de sal de los Usures para devolver el dinero que habían gastado en Psicolia. Pero para esa pregunta, como para otras tantas, Decanus no tenía respuesta. "Querido Decanus", le decía Bolonio al alcalde cuando éste le preguntaba, "así se hace en Europía. ¿Te parece lógico que las raquíticas arcas de nuestro reino se empleen en pagar a estos muchachos, cuando ellos mismos pueden trabajar en las minas de sal cuando lleguen a Precaria? Así nuestro dinero podrá gastarse en asuntos más importantes".
Euricienta se sentía desbordada. No tenía tiempo para meditar ni para alternar socialmente, así que no iba a consguir ninguno de sus dos objetivos principales en la vida. Andaba todo el día preocupada por alimentar a Ágora y no perder ninguna oportunidad para entregar sus tributos. Además, vio sorprendida que entregar tributos autoformatorios no la eximía de pagar los tributos examinadores de febrero y junio. Al principio los habitantes protestaron, manifestándose a las puertas del palacio. Decanus se excusaba: "Queridos súbditos, no podemos hacer nada, ya hemos cedido el control a Bolonio. Además.." y hablaba otra vez de progreso y de Europía. Euricienta, por su parte, ensaba que si Europía era aquello, ella no tenía ningún interés en que Psicolia se les pareciera.
Así le iba a la pobre Euricienta, cada vez más cerca de morir soltera y sola y de reencarnarse en escarabajo. Azules ojeras se marcaban en su pálido rostro. Su rubia melena se caía a mechones por las noches, mientras daba vueltas en la cama pensando en cómo haría para pagar los tributos de aquella semana. No tenía ilusión por aprender o por prepararse para su profesión: lo único que le obsesionaba era cumplir con los plazos de entrega de los tributos porque, para colmo de males, si llegabas demasiado tarde, Ágora negaba altanera con una de sus dos cabezas y no se dejaba alimentar.
Sin embargo, un día ocurrió algo maravilloso...
(Continuará).
domingo, 30 de marzo de 2008
Domingo
Cuando me siento a meditar últimamente es como si llorara en silencio. Mi cuerpo está quieto y parezco tranquila, respirando despacio con las manos juntas en el regazo. Pero por dentro no paro de llorar: lloro por todo lo que he tenido y he perdido, por las personas a las que he amado y que se han ido, por los buenos momentos que he vivido y que no van a volver. Estoy allí sentada y las lágrimas ruedan por mi garganta, y noto el dolor en los ojos, la tensión en las mandíbulas, el hilillo de aire asfixiado que consigo hacer llegar hasta mis pulmones. También paso miedo. Miedo a no ser feliz, a no merecer el amor que me dan, a no estar a la altura, a volverme loca. El miedo es rígido, como una costra que paraliza mis músculos, que me debilita y hace que no desee otra cosa que levantarme, comer algo, sentarme a ver una peli. Pero permanezco sentada y lo recorro, lo observo, confío en que desaparecerá si soy capaz de mirarle a los ojos el tiempo suficiente. Lloro callada y paso miedo porque prefiero que el dolor salga ahí, donde yo puedo verlo, a que se enquiste en mi mente y me confunda hasta hacerme dañar a las personas que quiero.
Hablo con mi madre. Me dice que ni siquiera por ser feliz tiene que agobiarse uno. "Lo importante", añade, "es estar mal y permanecer ecuánime". Es graciosa mi madre budista. Dicen que la deuda kármica con los padres es la deuda más grande que alguien puede contraer, porque nos han dado la vida y nos han mantenido vivos cuando no podíamos hacerlo por nosotros mismos. La única manera que tenemos de saldar en parte esa deuda es dar a conocer a nuestros padres el dhamma (el camino hacia la liberación, la ley de la naturaleza). Mi madre me ha dado la vida y el dhamma, así que debo de tener una deuda kármica con ella de varios millones de vidas. Pienso que tiene razón. Que esta obsesión por la felicidad que tenemos actualmente las personas no es mejor que la obsesión por el dinero (al fin y al cabo, quien se obsesiona por el dinero lo hace porque cree sinceramente que va a darle la felicidad). Que lo normal es no ser feliz todo el rato, y lo importante es permanecer calmado, sabiendo que también eso pasa.
El otro día me preguntó Adri qué es lo que espero yo de la vida, cuál es el sentido de mi vida. Le dije que yo sólo quiero la suficiente paz interior como para disfrutar de las cosas que tengo. Seguir aprendiendo, seguir creando, conocer a gente buena a la que poder amar. Viajar de vez en cuando, sin estridencias. Leer mucho. Tener tiempo para dormir la siesta. Poco más.
Y ya me voy a dormir, que no quiero que el cambio de hora me descoloque los biorritmos.
miércoles, 26 de marzo de 2008
Candela
Me enteré de que a Candela, una de mis alumnas de la escuela de verano, le gustaba un niño de la clase de los mayores cuando, a mediados de julio, se subió al autobús una mañana y me dijo:
- Quiero sentarme al lado de Sergio. Y quiero ir siempre al lado de Sergio y estar siempre con él.
Seis años y una voluntad de amar tan firme. Sergio, el niño terrible de la clase de los mayores, dejó que se sentara junto a él, halagado a pesar de la pose de fastidio. Candela era alta y esbelta para su edad; a veces, de hecho, me sorprendía hablándole en clase como si fuera más mayor de lo que era, y ella me miraba, con los ojos un poco bizcos, y me preguntaba “¿qué dices, seño?”. Entonces yo volvía a poner la voz aguda y a hablar entusiasmada de compartir, de Blancanieves y de la tortuga Manuelita.
Al día siguiente de su declaración, Candela vino a clase con un bonito vestido rosa. El blanco sucio de los zapatos de lona estropeaba un poco el efecto, pero su madre, una rubia con un rostro inesperadamente hermoso, la llevaba de la mano como a una flor. Sergio la observó subir al autobús y yo sorprendí un destello de asombro en su mirada ceñuda. Oh, Dios. A aquel niño enorme de doce años le gustaba aquella niña pequeña de seis, y yo iba a tener que hacer algo para solucionarlo.
Hablé con Ana, la monitora de Sergio.
- Él no es tonto, ella es guapa y a él le gusta que le preste atención.
- Venga ya. Sólo son niños.
Sí, niños, refunfuñé yo, mientras sacaba a rastras a Candela de la clase de los mayores para llevarla de vuelta a la nuestra. Sergio había amenizado el verano con ideas encantadoras, como empapar de vinagre las manualidades de sus compañeros o estrellar en el suelo, uno por uno, un montón de ladrillos que los obreros que arreglaban el patio habían dejado en mitad de un pasillo. Candela se negaba a subirse en los columpios porque no quería que Sergio le viera las bragas. Sergio venía a buscarla en el recreo y le daba a escondidas chucherías pegajosas que sacaba directamente de sus bolsillo. Y yo no sabía explicar exactamente qué me ponía los pelos de punta de todo aquello, pero no podía quitarles el ojo de encima.
Un par de semanas después, a última hora de la mañana, estaba en el patio casi tumbada en mi silla, mirando de vez en cuando el reloj y observando cómo los niños se jugaban la vida en el tobogán. Ya debía de quedar poco para que terminara el día, y disfrutaba del silencio del aire después de la marcha de los obreros. Entonces sentí el cambio sutil de atención hacia un conflicto que había aprendido a detectar desde que trabajaba allí. Los niños pequeños se acercaban a la puerta metálica del patio, los mayores gritaban en el pasillo y las monitoras me llamaban a voces.
Lo que más me preocupó no fueron los rostros desencajados de Ana y de Jimena. Se nos desencajaba la cara muy a menudo en aquel trabajo. Me preocupó de verdad que los niños estuvieran también aterrados, mirando fijamente al extremo del patio, donde Sergio parecía estar arrodillado con Saíd entre los brazos. Cuando me acerqué, vi que Sergio había metido las manos de Saíd en el cemento fresco hasta la altura de la muñeca, y las sujetaba firmemente allí mientras el niño lloraba en silencio.
- Si os acercáis, os mato – decía, mirando alternativamente a Ana y a Jimena que, a unos metros de distancia, repetían bajito algo como “tranquilo-Sergio-tranquilo-por-Dios-sácale-de-ahí”.
Aquel niño de doce años pesaba sin duda más que cualquiera de nosotras, y las tres lo sabíamos desde el primer día, y ninguna se había atrevido a enfrentarse de verdad con aquel hecho. Y ahora la realidad se nos había puesto delante como un monstruo enorme sentado a la mesa del desayuno. Me acerqué e hice mi contribución a la escena.
- ¿Pero qué haces, Sergio? ¿Te has vuelto loco?
Las dos preguntas eran tan retóricas que ninguna recibió respuesta.
- ¡Se va a enterar de una vez el moro de mierda este de quién manda aquí! – gritaba Sergio, como un desquiciado, apretando las muñecas de Saíd. Yo sólo podía pensar en dos cosas: una, que debí haber buscado trabajo para el verano en un bar, como todo el mundo, y dos, que no sabía cuánto tardaba en secarse el cemento o si podía disolverse con algo una vez seco.
El pasillo entero estaba suspendido en uno de esos momentos en los que parece que las cosas ya no volverán a ser normales nunca. Detrás de mí, los niños pequeños se habían escurrido por la puerta abierta del patio como por un desagüe, y luchaban entre la atracción que ejercía sobre ellos la escena y el impulso de pegarse a mí.
Entonces Candela me tiró del brazo y me miró con los ojos azules redondos de asombro.
- ¿Qué hace Sergio, seño?
La miré mientras hiperventilaba. No me sentía capaz de explicarle a Candela que los niños pueden estar locos, y ser malos, y ser crueles, y que las personas de las que te enamoras también pueden ser malas, y crueles, y estar locas, y que a veces las dos circunstancias coinciden y resulta que tienes seis años y te has enamorado de un niño desquiciado y sádico.
Al no recibir respuesta, Candela se volvió hacia Sergio.
- ¿Qué haces? – le preguntó.
Sergio dejó de gritarle a Ana, o a quien le estuviera gritando en aquel momento, y giró la cabeza para mirar a Candela.
La niña tenía miedo. Se le notaba, porque temblaba un poco mientras se acercaba, pasito a pasito, a Sergio y a Saíd. Sin embargo, había algo no sé si muy inconsciente o muy decidido en sus ojos azules y en sus zapatos que alguna vez habían sido blancos. Se metió la mano en el bolsillo y me recordó al negociador de una película de acción, porque intentaba que sus gestos fueran lentos, tranquilizadores.
- Mira – dijo, mientras sacaba un pequeño pingüino de plástico de sus pantalones pirata -. Me ha tocado en el huevo kinder.
Sergio le sostenía la mirada con el entrecejo fruncido, como intentando averiguar qué pasaba exactamente. Todos conteníamos el aliento: Ana, Jimena, los treintaitantos niños y yo.
- Te lo regalo – Candela acercó la mano abierta con el pingüino de plástico a los ojos de Sergio.
No sé si fue la comprensión de su propio absurdo o un momento de curiosidad, pero estoy segura de que Sergio apenas aflojó la presión un segundo. Saíd aprovechó para librarse bruscamente y salir corriendo hacia las faldas de Jimena. Sergio le miró, sorprendido, y miró a Candela, que seguía ahí parada, y al final agarró el pingüino de la mano de la niña justo antes de que Ana la cogiese en brazos y la apartara de allí.
A Sergio le expulsaron, finalmente, y los sobresaltos disminuyeron sin desaparecer durante lo que quedaba de verano. Candela jugaba y coloreaba como los demás niños, pero a veces se le perdía un poco la mirada y parecía otra vez que tenía más años de la cuenta. Cuando yo la veía así, me acercaba a ella, ponía la voz aguda y le hablaba otra vez de Blancanieves, de compartir y de la tortuga Manuelita.
Ahora, años después, cuando seguro que los dos son mayores y que no se acuerdan el uno del otro, pienso en Candela y no creo que echara de menos a Sergio. Creo que, simplemente, no llegó a entender nunca por qué regalando su pingüino de plástico no había conseguido arreglarlo todo.
lunes, 24 de marzo de 2008
Recuerdos divertidos para superar la depresión posvacacional
Hoy, por ejemplo, he estado recordando los vídeos que grabábamos mis locas amigas y yo cuando estaba en el colegio. No es que se nos ocurriera a nosotras por la cara: nuestros profesores eran muy progres y hacíamos muchas actividades rollo LOGSE, como museos de los inventos, simulaciones de conferencias de paz e invención de teatros y canciones. Grabamos varios vídeos para varias asignaturas, y hoy estaba acordándome de los dos más antológicos.
- El vídeo de Ally McBeal. Éste lo hicimos para inglés, y se trataba de representar un capítulo de una serie de televisión. Yo acababa de cortarme el pelo en plan melenita, y eso, unido a mi
- El vídeo de la seguridad infantil. Hicimos un trabajo para Tecnología (yo tampoco sé de qué iba la asignatura, ¿vale?) que podemos archivar en la categoría "trabajos en los que saqué muy buena nota haciendo más bien poco", junto con "aquella vez que copié para Plástica cuadrado rojo sobre fondo blanco" y "cuando me inventé los resultados del tratamiento de una fobia en cuarto de carrera".
Este trabajo en concreto trataba sobre la seguridad en las guarderías. Con las escasas habilidades de búsqueda bibliográfica que teníamos, y que consistían básicamente en ir a la diminuta biblioteca del colegio y buscar entre tomos roídos de enciclopedias temáticas, y sin el apoyo inestimable de Google (oh, dios mío, ¿cómo se vivía entonces?), nos inventamos prácticamente todo el trabajo. Para suplir las carencias evidentes de la teoría, decidimos hacer un vídeo ilustrativo. En tan apasionante documento aparecemos la PK, Sandra (que ya no es mi amiga) y yo vestidas con una camiseta y una sábana enorme enrollada entre las piernas y peinadas con dos coletas. Sería gracioso si tuviéramos 10 años, pero teníamos 14, lo que lo convierte en grotesco. El resto de las participantes, que tenían más sentido del ridículo, hacían de profesoras de la guardería.
Fragmento de guión:
Voz en off: en una guardería, es muy importante no dejar enchufes al descubierto.
Primer plano de un enchufe.
Travelling de la PK entrando en la habitación, chupándose un dedo y gateando.
(Insisto, ¡¡14 años!!).
La PK mete el dedo en el enchufe y hace como que se electrocuta.
Aparece Caro con una bata blanca, sostiene en sus brazos el cadáver de la PK y menea la cabeza con desaprobación.
Caro: esto es algo que nunca debéis hacer.
Cambio de
Voz en off: También es importante no dejar líquidos peligrosos al alcance de los niños.
Primer plano de una botella de lejía.
Travelling de mí gateando hacia la botella y bebiendo.
Convulsiono y escupo baba blanca.
Bea Pacheco entra en escena con bata blanca, me coge en brazos y sale corriendo, presumiblemente al hospital.
Voz en off: si un niño bebe accidentalmente un líquido tóxico, hay que llevarle enseguida al hospital.
(No sé si tenía más valor cinematográfico que didáctico o viceversa)
El vídeo culminaba con imágenes de nosotras experimentando con los efectos de la cámara (grabar en espejo, en sepia, etc etc). Al final salimos la PK y yo, aún vestidas de bebés gigantes, tarareando "Carros de Fuego" y bailando a cámara lenta.
Dios mío: gracias, gracias por atrasar las cámaras digitales y el youtube hasta unos años después de que acabara la secundaria. Gracias. Gracias.
PD: Otro día que me aburra os contaré "Aquella vez que hicimos de Spice Girls para la super pop" o "Cuando compusimos un musical para Educación Física".