massobreloslunes

domingo, 28 de noviembre de 2010

Ayer fue un día muy útil. Aprendí:
1) A partir cocos.
2) A hacer enfoques selectivos con mi nueva cámara.

He aquí la prueba.



lunes, 22 de noviembre de 2010

La vida me supera (otra vez)


Ya he comentado alguna vez que mi ánimo se divide entre los días en que pienso que me puedo comer la vida y otros en que la vida se me come a mí. Hoy ha sido un día del tipo B, así que estoy cansada y desmoralizada, preguntándome qué sentido tiene todo esto, hacia dónde voy y de dónde vengo. MQEN dice que la vida sirve porque aprendes cosas. ¿Cosas para qué? Para vivir mejor. ¿Y para qué quiero vivir? Para aprender cosas. Y así, sucesivamente.

Por las mañanas cojo el autobús en el paseo marítimo. Cruzo la calle, me acerco al malecón y observo el mar, la ciudad y el amanecer tras los edificios. Es tan bonito que no se puede describir y, al mismo tiempo, cada mañana pienso que es una mierda que no pueda absorberme por completo en el cielo y el agua, porque estoy demasiado preocupada por lo que pasará cuando llegue al trabajo.

Entonces llega el autobús, me subo y miro por la ventanilla. A esa hora suelo encontrarme entre animosa y tensa. Mi trabajo es impredecible. Puedes saber qué pacientes tendrás, pero no qué te va a traer cada uno de ellos o qué clase de marrones confusos te pueden endosar tus compañeros o superiores, así que es difícil un entusiasmo sin fisuras.

Observo la playa mientras escucho en el ipod alguna canción que me haga sentir que hay vida detrás de las paredes grises del Centro de Salud Mental. Miro a las gaviotas en la orilla y a los gatos tumbados en el murete que separa el paseo de la arena y me da envidia su tranquilidad plácida. Me acuerdo de ese pasaje de la Biblia en el que Jesús decía algo así como “si Dios cuida de los pájaros del campo, ¿no va a cuidar de vosotros, que sois más importantes?”. Como razonamiento es una puta mierda, sobre todo viendo cómo se desarrollaron los hechos desde entonces para los humanos, pero reconforta en el sentido poético. Después miro a la gente que pasea o corre por la orilla. Los desocupados, o los que entran a trabajar tarde, quién sabe, y también me dan envidia por poseer un trozo de tiempo que ahora no es mío.

Odio los días como hoy, en los que la vida me parece sobre todo insatisfactoria. Aunque sepa que normalmente llegan otros en los que me parecerá bella, rica y significativa. Porque luego llegan más días en los que me vuelve a parecer insatisfactoria. Es el cuento de nunca acabar.

Hoy me lloraba una niña en consulta porque no quería separarse de su madre para pasar un test de inteligencia. Al final hemos hecho un trato. Yo ponía la alarma cinco minutos después. Su madre salía. Si cinco minutos después ella seguía llorando, llamaríamos a la madre. A los cinco minutos la alarma nos ha sorprendido a las dos pendientes de algo totalmente distinto. Por supuesto, la niña no lloraba.

Todo será cuestión de aplicarme el cuento.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Seis meses


Llegué aquí el 15 de mayo, así que hoy ya ha pasado una octava parte de mi residencia. Es una barbaridad, si tenemos en cuenta lo corto que se me ha hecho. Ya llevo seis meses trabajando, seis meses viviendo sola, seis meses en Cádiz... No sé. Es raro. Tres meses más y será un curso escolar y, sin embargo, a mí me parece que acabo de llegar.

Cádiz es... no sé, es bonita. Y alegre. Granada es como más dramática. Las callejuelas del centro, las vistas imponentes desde el Albayzín, la digna contención de la malafollá. Boabdil llorando al echarle la última mirada. La Alhambra, los ríos, la sierra, los pasadizos, el peso de la historia.

Aquí, sin embargo, no hay más que luz. Una luz blanca, casi dañina, cayendo a plomo desde el cielo sobre los tejados blancos y reflejándose en el océano. Granada exhibe su belleza, la sabe y se siente orgullosa, pero a Cádiz es como si se le escapara a chorros, como si le sobrara. Quiero decir, que en el mirador de San Nicolás la gente está sentada mirando la vista, y aquí sencillamente caminan por el paseo marítimo cada mañana, bajo unos amaneceres tan brutales que parecen retocados con Photoshop.

No sé si he escogido bien. Me gusta estar aquí, me da la sensación de que encajo, pero igual es puro sesgo postdecisional. También me gusta la gente a la que hace seis meses no conocía y que ahora forma parte de mi vida. Y me gusta mi vida, porque es la que quiero llevar. Mi trabajo, mi piso, mi Dhamma, mi paleodieta, mis lunes.

En general, creo que no está nada mal para seis meses.

sábado, 13 de noviembre de 2010

El teatro y el riesgo


Ayer salí un rato con la gente del teatro. Después de arrastrarme penosamente al aulario de la Bomba para empezar el cuarto taller, resultó que la clase me gustó un montón. La chica que da el taller es fabulosa. Últimamente me pasa una cosa curiosa: que es como si además de ver el físico de la gente pudiera percibir algo más de ellos. Las vibraciones, o algo así. De forma que ahora es como si ciertas personas brillaran más de lo normal, como si se les viera una luz interior que las hace parecer hermosas.

Erika fue la que me dijo hace algún tiempo que a ella todo el mundo le parece guapo, que cada persona es guapa a su manera. No estoy segura de haber llegado aún a ese punto, pero sí es verdad que cuando se trata de la gente a la que quiero o que me parece interesante es como si su belleza interior saliera verdaderamente a la superficie y la hiciera brillar. Todo esto para contaros que la chica que da las clases de teatro no es muy guapa, pero brilla un montón, y en ese sentido es bella.

Total, que uno de los ejercicios era hacer un guión sobre un chiste. Primero pasamos un rato contando chistes y después cada uno tenía que escoger uno para proponer una forma de escenificarlo. A mí los chistes me encantan. Me río prácticamente de todos. Uno de mis mejores recuerdos con J. eran las noches en que empezábamos a contar chistes y a reírnos como idiotas. Nos daba igual que ya nos los hubiéramos contado previamente; pasábamos horas así, muertos de risa y desvelados en la cama como niños pequeños.

Para escribir guiones tampoco tengo ningún problema, porque en general tengo la mano suelta y porque creo que los diálogos no se me dan mal. Así que tendríais que haberme visto: mientras los demás mordisqueaban los bolis y pensaban cómo hacer el ejercicio, yo ya había cogido de la pared un cuadro con las instrucciones para incendios y escribía a toda velocidad apoyada sobre él.

Más tarde, mientras caminaba con una compañera en dirección a la Viña, intentaba explicarle que es que escribir es lo mío. Que no me cuesta ningún trabajo. Por eso me he apuntado a teatro, al fin y al cabo, a pesar de que reniegue en ocasiones. Porque el teatro todavía me resulta peligroso. Escribir... bueno, es un poco peligroso, pero no tanto. Escribo aquí, también escribo en mis cuadernos o en archivos que vagan por mi ordenador, y tengo tanta costumbre de ponerme frente a mí misma que ya casi nada me da miedo. El teatro sí: todavía paso vergüenza, me bloqueo y me pongo nerviosa, y eso es emocionante.

(Al final mi guión quedó guay. Monté el chiste de los presos y la silla eléctrica rota. Ya os lo contaré en alguna ocasión).

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El mal emocional

Cuando estaba en segundo de primaria me angustiaban los deberes (colorear) y no tener el archivador ordenado.

Más adelante los deberes, dejarme los libros en clase, olvidarme de la bolsa de aseo, de la flauta, de comprar el papel milimetrado.

En secundaria, olvidarme el compás, perder los rotuladores calibrados, manchar las láminas de tecnología, dejar para el final los deberes sistemáticamente.

En bachillerato, los exámenes, el musical, los chicos que me gustaban, el acné, que me creciera el pelo que me había cortado muy corto el verano anterior.

En la facultad, los trabajos, los plazos de entrega, la asistencia, las prácticas, más acné, escribir, la maldita-maldita-beca.

Ahora, los pacientes, los informes, las sesiones clínicas, mi jefe.

Sigo dejándolo todo sistemáticamente para el final.

Estoy segura de que, en realidad, todo tiene la misma importancia absurda que mi archivador de segundo o la bolsa de aseo de sexto.

Y aun así, soy incapaz de dejar de angustiarme.

lunes, 8 de noviembre de 2010

El mal interpersonal


Mi vecina es fan de Bisbal. No de la música cutre en general, no: de Bisbal. Se pone los discos enteritos en bucle, la tía. Y eso me lleva a reflexionar sobre esta vida insatisfactoria, en general, y sobre la gente, en particular.

Esta tarde estaba como desanimadísima, porque por la mañana ha venido una paciente con su madre y se han puesto a regañarme por una historia que no viene al caso. Basta que escriba aquí que ver pacientes me relaja para que se pongan de acuerdo y me amarguen el lunes.

Total, que muy desanimada. Toda la hora de meditación pensando que la vida me sobrepasa y que tenía que llamar a Funes para darle la brasa sobre el tema y sobre que a mí esto del Dhamma no me funciona. Entre nosotros ese tipo de diálogos se desarrolla más o menos así:

Yo: Pepito, a mí esto del Dhamma no me sirve. Todo es impermanente menos mi sufrimiento.

Él: no, Peq... ya verás como tu sufrimiento es impermanente. Obsérvalo, que es tu verdad.

Yo: Vaya consuelo de mierda. Odio a Buda.

Él: ¡No te metas con Buda!

Y así.

Al final, sin embargo, entre el meditar (que en verdad ayuda), poner Fito mientras friego los platos y que estoy escribiendo una novela para adolescentes y me lo paso muy bien, ya no estoy tan desanimada. La vida me sigue sobrepasando pero, ¿a quién no?

Lo de la novela es curioso. Resulta que la empecé cuando tenía como diecisiete años, un verano que me aburría. Escribí como unas cuarenta páginas de estupideces, y la he retomado hace poco para trabajar algo de ficción a pesar del mortal bloqueo que tengo desde hace meses. Es como el hacer punto de la literatura: no me cuesta mucho hacerla avanzar, construir los diálogos e inventarme tontadas tipo Física o Química, y me mantiene entretenida y practicando.

Digo que es curioso porque cuando uno lee a escritores consagrados hablar de escritura, que es un tema que nos gusta mucho a los del gremio, siempre dicen cosas del tipo de “los personajes cobran vida propia y hacen lo que quieren”. Yo hasta ahora siempre había pensado que eso eran gilipolleces. ¿Cómo van a hacer lo que quieran? No son reales, salen de tu cabeza. Si no puedes controlar ni a tus personajes, apaga y vámonos.

Desde que estoy escribiendo mi novela adolescente, sin embargo, me he dado cuenta de que es cierto. Mi protagonista, que es tan divina de la muerte como quería serlo yo cuando tenía diecisiete, hace lo que le sale del mismo. Yo le había buscado un novio estupendo y se acaba de liar con su colega buenorro, la muy zorrón. No es que yo no quisiera, pero tampoco estaba en mis planes, y ahora no sé cómo arreglarlo.

En fin, que yo lo que quería decir hoy, en realidad, es que la gente es un coñazo. Convivir con ella, escucharla en consulta y hasta escribir sobre ella. Todo el mundo hace lo que le da la gana, hasta los seres inexistentes, y yo no me sé manejar ni a mí. ¿Qué hago cobrando por ser psicóloga? ¿A quién quiero engañar?

Posdata: si algún día consigo acabar mi novela adolescente (algo que dudo, porque soy una floja) seguramente la meta en un cajón por siempre jamás porque me avergonzaré de ella. Además, nadie querría publicármela si sigo transmitiendo valores terribles a nuestra juventud. Lo que quiero decir es que no me pidáis que la enseñe, que paso.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Domingo




Ha sido un fin de semana estupendo. Pilas muy recargadas hoy. Mucha soledad y tiempo para mí, algo de interacción humana, varios capítulos de la temporada nueva de Mujeres Desesperadas. He cambiado los muebles de mi cuarto de sitio y guardado la ropa de verano. Me ha dado pena doblar las camisetas y los vestidos para meterlos en una caja, porque cada vez que guardaba algo me acordaba de cuando lo he llevado durante estos meses y me daba nostalgia, por ejemplo, pensar en Luna diciéndome que le gusta mi vestido verde de cuadritos.

En cuanto a los muebles, estoy encantadísima con el resultado. He pegado la cama a la esquina, y ya no parece un cuarto de matrimonio, sino que recuerda más a cualquiera de mis habitaciones de estudiante. Más concretamente, al único año que he tenido cama grande, en el piso del Realejo de tercero de carrera. Me encantaban aquel piso y aquella cama, con sus sábanas azules con burbujas blancas. Cambiaba de lado para dormir según mi estado de ánimo. Solía pegarme a la pared si me sentía triste y quería apartarme del mundo, o colocarme en el lado de fuera para relacionarme con la realidad. Desde que llegué a Cádiz, sin embargo, duermo justo en medio de la cama, como sin dejar sitio para nadie más.

Ahora no sé si tengo sueño o estoy espabilada, si me encuentro tranquila o tengo miedo del lunes. Si a algo aspiro en esta vida, más realista que el Nirvana, es a vivir sin miedo. A sentirme segura. En general soy una persona ansiosa, y la ansiedad no es más que el nombre políticamente correcto del miedo. Me doy cuenta de que me inquieta la estructura inestable e impredecible de la vida. Percibo mi sistema nervioso en modo lucha-huida la mayor parte del tiempo, y eso me saca de quicio, porque sé que no hay nada a lo que temer.

Pero hoy, ahora mismo, sentada en la cama con el portátil sobre las rodillas, no sé cómo me siento ni cómo me encuentro. Sopla el viento de levante sobre mi cabeza, tras la ventana, y siempre que lo escucho desde la cama me lo imagino entrando en los patios y dando vueltas en círculo, tocando las casas como si fueran flautas enormes.

Si tuviera que decidir un estado de ánimo, diría que me siento agradecida. Porque en realidad hay dos actividades que me hacen dejar de tener miedo. La primera es escuchar a mis pacientes. Escucho lo que me dicen con toda mi atención, en serio, toda mi energía mental está puesta en sus palabras y en intentar averiguar la manera de ayudarles. La segunda actividad es escribir.
Así que me siento afortunada de poder practicar a menudo las actividades que me quitan el miedo. Y de que me paguen y todo por ello (bueno, por parte, que por escribir esto no creo que vea un duro nunca).

Y con esto y un bizcocho, empieza otra semana, que espero que sea mejor que la anterior y peor que la siguiente.

Buen lunes.