massobreloslunes

martes, 10 de mayo de 2011

¡Cumpleaños! ¡¡¡Viva yo!!!

¡Hoy cumplo 26!

Escribiría algo más profundo, pero estoy en Madrid, en casa ajena, y en realidad este post sólo es una excusa para que me lluevan felicitaciones y alabanzas.

Os quiere desde la capital,

M.

martes, 3 de mayo de 2011

I will love again, que decía Tina Turner


De un tiempo a esta parte sólo me interesan hombres inconvenientes. Son muy mayores o muy menores, tienen pareja, son amigos de mis exes o los conozco en un contexto meditador y antisexual. Me pregunto qué me pasa. A mi alrededor a la gente parece resultarle más o menos fácil encontrar pareja. A mí me parece que tienen que darse unas casualidades cósmicas tan raras en el espacio-tiempo para que me eche otro novio que ahora mismo me resulta ciencia ficción.

Mi teoría es que cuando las cosas no van es por algo; que hay algo en mí que está rechazando la posibilidad de tener pareja. Sé que podría pedir algo más light, un rollete, pero hay que tener en cuenta que yo establezco vínculos emocionales con un apio. Soy el tipo de persona que le da besitos a las paredes de su casa porque la quiere mucho. Si meto a un tío en mi cama con cierta frecuencia es más que probable que en tres días empiece a planear la boda en mi cabeza.

Así que si me enredo con alguien será porque piense que hay posibilidades de morir de amor para siempre. Y claro, siempre es mucho tiempo, especialmente cuando te pasa como a mí ahora y tienes el corazón escarmentado.

Por otra parte, yo soy una kamikaze del amor. Si un tío me mola me convierto en el caballo de Atila: por donde piso no crece la hierba. No tengo orgullo ni sentido común, ni pienso en el futuro ni en las consecuencias a corto-medio plazo. Así que opino que si conociera a un chico que me gustara de verdad y que estuviera mínimamente disponible, no habría historias de miedo al compromiso o a que me hagan daño. Me tiraría a la piscina y ya me arrepentiría después.

Así que no sé. Me gustaría tener pareja en algún momento. Creo que soy una buena novia, aunque J. me dejara por borde. Cocino demasiado bien como para quedarme sola. Tengo mucho que dar. Y a pesar de eso, sigo sintiéndome como si hubiera puesto una barrera invisible entre mí y la posiblidad de sentir, y el universo se estuviera dando cuenta de eso y estuviera alejando de mi camino a los hombres convenientes.

(O a lo mejor sólo necesito salir un poquito más).

domingo, 1 de mayo de 2011

Hogar

Estoy en Málaga, en casa. Donde el tiempo se para. Siempre querría no haber salido nunca o no haber vuelto nunca. Tardo cinco minutos en desordenar mi habitación, pero es tan grande que no se nota mucho. Al menos, me digo, he conseguido cumplir el objetivo que me marqué al emanciparme: alquilar un piso más grande que mi cuarto. Aunque no mucho más.

La semana post-curso ha sido ho-rro-ro-sa. No podía ni mirar mi tarjeta de personal del SAS sin que se me saltaran las lágrimas. La meditación me ha sacudido y aún estoy intentando poner en su sitio los trozos, y nunca había sido tan candidata al Plenur como en estos días. Ahora, en la casa materna, estoy un poco más animada pero también más confusa.

¿Dónde se ha ido mi vida? Debería haber estudiado filología. Debería haberme casado con J. Debería haber escrito una novela mientras fingía estudiar el PIR. Debería haberme casado con MQEN. Debería haberme quedado en Málaga y haber ahorrado todos mis sueldos desde que empecé a trabajar.

Estaría igual de triste, pero al menos tendría coche.

Rebusco entre las cadenas y los pendientes de oro que me regalaron en mi comunión y fantaseo con la idea de venderlos. Se me engancha en el dedo mi pulserita de recién nacida, con mi nombre y la fecha de nacimiento grabadas. Pienso que es increíble que mi muñeca cupiera ahí dentro. Pienso en el viaje que he hecho desde entonces y me pregunto para qué ha servido. Venir al mundo, nacer, crecer, reproducirnos. Llorar, reír, llorar, llorar.

Dice Buda que si se juntaran las lágrimas que hemos derramado en todas nuestras vidas por los seres queridos que han muerto, llenarían lagos. Que si se juntaran los huesos de todos esos seres queridos, formarían montañas. Lo dice para motivarnos hacia la iluminación, aunque si me preguntan a mí diré que como coaching me resulta un poco siniestro. No sé si tiene razón y debería sentarme en un cojín hasta que me salgan ampollas en el culo.

Lo que sí sé, y esto lo pienso mientras se me parte el corazón viendo mis objetos del pasado, mientras pienso en todas mis decisiones y me pregunto si fueron las correctas... lo que sé es que a veces pienso que lo único que quiero conseguir en la vida es cierto sentimiento de seguridad y pertenencia, y que al parecer eso es lo más difícil de lograr de todo.

miércoles, 27 de abril de 2011

Transportada

La moto para cantar Extremoduro.
El bus para escuchar a Quique.
La moto para hablar sola.
El bus para pensar.
La moto para llegar antes.
El bus para dejar que te lleven.
La moto para no aparcar.
El bus para no aparcar.
La moto para el calor.
El bus para el frío.
La moto para sentir el aire.
El bus para mirar el mar.

Me gusta ir en moto y bus por la Ciudad del Viento.

martes, 26 de abril de 2011

Minutos



Nota previa: éste es un post un poco raro, que seguramente sólo será comprendido por completo por los freaks de la meditación. Pero me apetecía escribirlo.
Nota previa 2/mini-glosario: un sankhara es una reacción de deseo o aversión, lo que se intenta eliminar cuando meditas. El metta es el amor compasivo que envías a los demás después de meditar. Servir en un curso, aunque suene raro, es ir allí a ayudar de voluntario en la organización, la limpieza, la cocina etc.




No sé qué edad tiene. No sé su apellido. No sé a qué se dedica. Nos hemos pasado diez días sirviendo juntos en un curso de meditación y desconozco la mayoría de los datos básicos sobre él, de lo que "se debe saber" de una persona.

Los dos somos managers del curso, es decir: somos las personas encargadas de solucionar los problemas de los meditadores. Desde querer una manta hasta querer dejar el curso: todo pasa por el manager. Es un trabajo muy bonito pero muy exigente: meditas muchas horas, tienes la cabeza en mil sitios y eres la primera barrera contra la que se estrellan las negatividades de los estudiantes.

Él y yo, por tanto, somos compañeros de fatigas. Entre el poco tiempo libre que tenemos y que las comidas las hacemos separados, la verdad es que apenas cruzamos cinco o diez frases al día. Nada de larguísimos monólogos explicándonos lo que creemos que somos o lo que esperamos de la vida. En las pausas entre meditación y meditación cambiamos una mirada, una sonrisa, una frase. La sentada debe empezar a una hora concreta y él y yo somos los encargados de tocar el gong. Mientras miramos el reloj esperando a que llegue el momento, me dice "aquí me he dado cuenta de lo mucho que dura un minuto". Yo sonrío, y desde entonces miro mis minutos con cariño y silenciosa admiración, como si cada uno de ellos fuera una enorme moneda redonda.

A la hora de la siesta siempre coincidimos en la cocina. Nos levantamos diez minutos antes que los demás para dar el gong y nos tomamos un rooibos y restos de postre lactovegetariano. Ahí intercambiamos algo más de información: sobre mi trabajo, sobre su vida, sobre la importancia de fluir, el miedo al compromiso, el miedo al cambio. Es dulce. No es borde, ni trata de ser ingenioso, ni me desafía: es simplemente dulce, simplemente bueno.

Tiene rastas. No me gustan los chicos con rastas: me parecen antihigiénicas y no veo que favorezcan. Además, es como superhippy. De estos que compran pañuelos en la India (y dicen "India" en vez de "la India") y luego los venden en el mercadillo. Y es mayor. Bueno, no muy mayor, pero tendrá sus treintaytantos fáciles. Pero es moreno. Me gustan los morenos. Tiene los hombros anchos, y la manera en que sus pies descalzos caminan por la sala de meditación es extrañamente sexy.

Sin embargo, no he venido al curso a ligar, así que observo. Observo mis sensaciones y procuro no buscar más de lo necesario sus ojos castaños en las pausas entre horas. Le pillo mirándome a veces mientras comemos. Yo a veces también le miro a él. Pero no tonteo, no digo frases con segundas intenciones, no me pongo guapa. Sólo soy yo misma, pequeña y ajetreada, de la sala de meditación a la cocina, intentando centrarme en la práctica. Aun así, me noto la calidez en el pecho cuando me sonríe, el nudo en el estómago cuando nos acercamos más de lo normal.

Nos contamos historias de Buda en los intervalos. Me explica que han tenido que sacar un nido de hormigas de la sala y que se le partía el corazón al ver cómo se agrupaban en el camino de tierra para darse calor. También me cuenta cómo cierra y abre las ventanas de la sala en los descansos: "con intención, que la gente medite bien cuando las cierro, que el aire limpie los sankharas cuando las abro". Le escucho traducir las preguntas de los estudiantes a la profesora, que no sabe castellano. Cuando ella responde en inglés él traduce intentando imitar su tono para transmitir el metta.

Me da pena irme. No tendría sentido fuera del curso. Por las rastas, por India, porque él tiene miedo al compromiso y yo tengo miedo al miedo. Así que me da pena que se rompa este vínculo tan frágil, esta burbuja de cariño mudo que hemos construido estos diez días. Una burbuja rara de freaks del Dhamma.

El último día estamos coordinando a los estudiantes en equipos para la limpieza del centro. Él se encarga de la cocina, y cuando paso por allí camino a los baños, con el cubo en una mano y la fregona en la otra, me mira sonriente.
- ¿Dónde estás? - me pregunta, refiriéndose a los equipos de limpieza. Me da la sensación de que es un poco por decir algo, por saludarme.

Yo le miro a los ojos.
- Estoy aquí - le digo, y sonrío.

Él se queda desconcertado un segundo y luego también sonríe.
- Aquí y ahora, ¿no?
- Sí, aquí y ahora.

Y ese minuto, de repente, dura un siglo.

martes, 12 de abril de 2011

Pausa

Me voy a Barcelona a meditar. Vuelvo el 24. Lo siento, yo odio cuando los blogs que me gustan hacen pausas. Quería dejar post programados, pero teniendo en cuenta que me quedan diez minutos para salir y aún no he metido la mitad de las cosas en la maleta, no creo que sea factible. Os lo compensaré, palabrita.

Os quiero.

PD: Me han gustado mucho todas las aportaciones al post anterior, ya comentaré cuando vuelva que como siempre lo he dejado todo para última hora y no me da tiempo.

viernes, 8 de abril de 2011

La hipomanía es amor


Tengo la semana optimista. Estoy yendo a nadar, tomando el sol y probando a ver qué se siente al ver la botella medio llena. Así que he aquí algunas cosas que me gustan, o que me hacen sentir agradecida o creer en la existencia de algún tipo de Dios bondadoso:

- Que existan las gafas y me las pueda comprar y no ser una minusválida.
- Ser capaz de hacer rapidísimo la prueba de los cubos del WAIS, para así convencerme de que soy superdotada.
- Los secantes instantáneos de esmalte de uñas.
- El sistema inmunitario.
- Esprintar nadando y llegar al bordillo con la lengua fuera.
- Hacer deporte tres días y sentirme como Lara Croft.
- Las ilustraciones de los cuentos infantiles.
- Los perros con pliegues.
- Elsa embarazada.
- Darte cuenta un día de que has empezado a querer a alguien.
- Mis pacientes cuando mejoran.
- Mis pacientes cuando me dicen que soy genial.
- Lush.
- La paleodieta.
- Los pintalabios.
- Los tíos guapos.
- Los niños listos.
- El coco.
- El Corte Inglés.
- El pasillo de comida internacional del Hipercor.
- Hojear libros de autoayuda y pensar que la vida puede ser fácil.
- Escribir con la mente cuando me aburro.
- Releerme.
- Los cuchillos que cortan mucho (para cocinar, no para matar).
- Los momentos en que parece que el modo aleatorio del Spotify me lee la mente.
- Los libros absurdos y entretenidísimos.
- Las series. Oh, Señor, me encantan las series. Las series son la mitad del sentido de mi vida.
- Los comentarios en el blog.
- El blog.

Anda, sed buenos y contadme alguna cosa que a vosotros, concretamente a vosotros, os haga sentir agradecidos, o que la vida es bonita, o que definitivamente la botella está medio llena
(véase que los dos últimos ítems están escogidos hábilmente para inducir al comentario de manera superliminal).