El comentario de Khal Yeleytr en el post anterior me ha hecho reflexionar. Dice algo como que le cuesta conciliar mi faceta de escaladora con la de intelectual con blog, post diario, trabajo sedentario etc etc. Eso me ha hecho pensar un poco en mí y en mi relación con el deporte. La verdad es que ayer, mientras saltaba a la comba en plan Rocky entre serie y serie de movimientos de escalada, le decía a otra chica que hace poco que entrena: "Yo antes no era así. En serio". "¿Así cómo?". "Yo qué sé, así de... ¿activa?".
A lo largo de toda mi vida, mi relación con el deporte ha sido terrible. Para mí era un castigo; algo como si Dios, cuando lo de la manzana, hubiera dicho: "ganarás el pan con el sudor de tu frente y además tendrás que hacer deporte".
Cuando era pequeña, mis padres parecían conscientes de que tenía que hacer deporte para salvarme de la obesidad infantil. Durante muchos años probé, de forma más o menos intensa, el ballet, la natación, la orientación, la vela, la equitación, el esquí, el tenis, el baloncesto, el atletismo y el yoga. Sólo se me dio medio bien la orientación, porque había que pensar y pensar es mucho mi rollo: fui a campeonatos y gané hasta medallas. Yo en un podium con dos medallas de oro al cuello: una vez en un siglo, como los eclipses.
El resto se me daba normal o directamente fatal. En baloncesto, por ejemplo, tardé MESES en meter una canasta EN LOS ENTRENAMIENTOS. No era un lastre para el equipo porque jamás me eligieron para los partidos. En tenis el profesor repartía dos tipos de puntos reforzantes: unos amarillos por jugar bien, otros verdes por portarse bien. Adivinad cuáles me daba a mí. A yoga me apuntaron porque con once años ya estaba tan estresada por la vida como para que me lo recomendara la psicóloga del colegio, y con mi elasticidad nula gemía de dolor en la postura del loto mientras me preguntaba por qué me odiaban mis padres.
Luego llegó la adolescencia y el deporte pasó a convertirse en "eso que debería hacer para estar buena". Claro, que en mi caso estar buena era algo bastante improbable si tenemos en cuenta que iba a las mercerías a buscar sujetadores y los dependientes me decían que tan pequeños no los fabricaban. Pero todos los meses la Super Pop sacaba alguna tabla de ejercicios donde chicas preciosas posaban sonrientes, y te permitías creer que si sacabas tiempo para hacer tres series de abdominales al día durante un mes tú también te parecerías a esas chicas perfectas. Así que hacía abdominales durante más o menos cuatro días y luego volvía a comer donetes y a medirme las tetas para ver si me habían crecido.
En la facultad pasé al pragmatismo. Ni me iban a crecer las tetas ya más, ni iba a estar buena, ni nada. Más me valía pasarme a los hombres gafapasta, que apreciarían mi encanto intelectual y mi genio creativo. Y el deporte pues bueno: una vez al año me proponía salir a correr, y durante el mes y pico que aguantaba me sentía fuerte y sana. Y pensaba: ya está, me he convertido en deportista. ¿Cómo he podido vivir antes sin esto? Soy adicta al deporte, lo necesito, soy sana y activa. Mentira cochina, que a la mínima excusa volvía a dejarlo estar y a pasarme las tardes sentada en el ordenador y/o en el taburete de un bar.
Para no convertirme en un desecho obeso, caminaba mucho por Granada y montaba en bicicleta. También me apunté a danza del vientre o, como decía J., a danza de la panza. Allí conocí a Silvia, por cierto. Fue divertido y aguanté un año y pico, e incluso participé en un super espectáculo que montó mi profesora. Estuvo bien porque tampoco soy de las que bailan. Hasta entonces, mi cara de bailar era algo como "no sé bailar y me da vergüenza y soy un fraude y todo el mundo se está dando cuenta". A partir de la D de la P adquirí un poco de confianza en mi coordinación, y ahora directamente me da todo igual y bailo como una retrasada así, sin complejos.
Y llegamos a la etapa actual. La Etapa Adulta. A partir de mi diagnóstico de rodillas de anciana y de darme cuenta de que no podría correr más, ni siquiera un mes al año, decidí que tenía que hacer deporte. No para estar buena ni para evitar la obesidad, sino para estar sana. Física y mentalmente. Así que empecé a nadar. Y no me iba mal; nadar me gusta. Me relaja, me desconecta el cambio de gaseoso a líquido y cuida mi espalda. Y así habría seguido, nadando despacito y mal hasta ser una anciana que toma leche de soja enriquecida con calcio, de no haber sido por ese evento que cambió mi vida para bien hace ocho meses, a saber:
EMPECÉ A ESCALAR (¡¡sorpresa!!)
Y bueno, para mí escalar no es deporte. No lo es en el sentido que para mí ha tenido el deporte siempre, a saber: esa actividad sufridora que quieres que se acabe cuando la estás empezando. Cuando miras a los que salen del gimnasio cuando tú entras y piensas: qué envidia, cojones. Yo quiero estar en mi casa comiendo ensalada con la sensación del deber cumplido, y no aquí sudando mientras me grita el monitor de spinning.
No sé qué tiene la escalada que la hace tan distinta a todo lo demás. No sé si es la parte mental: es analítica, exige cierta creatividad y mucho autocontrol. No sé si es el chute intermitente de neurotransmisores felices que te produce conseguir un paso difícil o encadenar una vía. El caso es que a mí no me hace falta fuerza de voluntad para escalar ni para entrenar. Me apetece siempre.
Y sobre si siento que no encaja con el resto de mí... me está costando aceptarlo. Sí que me siento un poco una farsante. Como si no perteneciera a ese mundo tan físico. Además, me neurotizo con las lesiones, y me preocupa estar, como dice Murakami en su libro sobre correr, "echando sin parar agua en una olla que tiene un agujero". Peeeero... me gusta vivir la vida como si de verdad contuviera todas o la mayoría de las posibilidades. Que ahora, después de 26 años de sedentarismo intermitente, ponerme fuerte sea una meta en mi vida, me parece divertido. Me ilusiona como pocas cosas. En mi mundo gafapasta de alternar escribir con dibujar con tocar el piano con leer con pensar muy fuerte, desarrollar mi parte física ha enriquecido mi vida de una forma que no me esperaba.
J. siempre decía que la canción que le recordaba a mí era "Physical", de Nine Inch Nails. "You're just too physical to meeeee", me cantaba aporreando su guitarra eléctrica. Yo. Que me he pensado siempre como un cerebro con patas. Y ahora me siento física. Miro mis manos, capaces de agarrarse (más o menos) de finas regletas, y mis brazos, capaces de levantar mi cuerpo de una barra de dominadas, y me siento orgullosa. Diferente. Más persona. Y me ayuda a escribir mejor y a trabajar mejor, sin duda. Me relaja, me construye, me integra.
Y no creo que pase con todos los deportes ni a todas las personas. Creo que tienes que encontrar el tuyo, y que igual ni aun así. Pero cuando pasa pues mola mucho. Así que espero seguir mucho tiempo.
Y ahora os copio un trocito del libro de Murakami:
Aunque este tipo de vida, vista desde fuera, pueda parecer efímera, inútil y sin mucho sentido, o sumamente ineficaz, me digo que hay que resignarse a lo que hay. Y aunque realmente no se trate sino de un acto vano, como verter agua en una vieja olla agujereada, al menos siempre quedará el hecho de haber realizado el esfuerzo. Tendrá su utilidad o no, será o no atractiva a los ojos de los demás pero, en definitiva, lo más importante para nosotros es, en la mayoría de los casos, algo que no puede verse con los ojos (aunque sí sentirse con el corazón). Y, a menudo, las cosas realmente valiosas son aquellas que sólo se consiguen mediante tareas y actividades de escasa utilidad.