massobreloslunes

domingo, 11 de marzo de 2012

Material de montaña (como si el post no fuera lo suficientemente friki, a mí no se me ocurre un título más atractivo)

He llegado a casa de finde escalador hace apenas una hora. Si hay algo que no me gusta de mí misma es que soy muy, muy, muy desordenada. Ojalá no lo fuera, de verdad, pero mantener el caos medio controlado me cuesta la misma vida. Así que cuando vuelvo de escalar los domingos, lo que hago normalmente es lo siguiente: lo tiro todo por el suelo de mi dormitorio, me ducho, me pongo a escribir/leer/comer/lo que sea, me acuesto y tardo en deshacer el equipaje toda la semana siguiente. Lo peor.

Así que hoy he decidido que no, que iba a deshacer las mochilas, echar la ropa a lavar, organizar el material y, en fin, convertirme en una persona mejor y más centrada. Por fin he comprado todo el material de escalada, que vaya ruina, por cierto, pero el caso es que ahora me quedo mirando mi cuerda de ochenta metros y mis preciosas cintas exprés Black Diamond con arrobo verdadero. Qué bonitas son, pienso, mientras abro y cierro los mosquetones. Que es un sonido tope de relajante, por cierto, porque te recuerda a cuando pasas la cuerda por el seguro y puedes respirar tranquilo un ratito más.

Desde que no voy a las rebajas y me gasto el dinero en material de montaña, reflexiono sobre el tema. En Madrid estuve en Fisura, una tiende que hay cerca de Bravo Murillo, porque tenía que recogerle unos gatos al Kpot y porque me apetecía olisquear. La atendía un señor calvo con bigote gris que se parecía mucho a Vicente del Bosque. En el tiempo que estuve esperando les vendió a una pareja material para irse a los Himalayas por valor de 500 euros. Luego otro señor se compró unas botas de trekking, y un chaval preguntó por los plumas, aunque al final no se llevó nada.

Es fascinante, ¿no? Hay muchas opciones para cualquier objeto. Hace un tiempo me enteré de que la calidad de un plumas se mide en cuins, que es algo así como el volumen que ocupa la pluma y que tiene que ver con su capacidad de almacenar aire. Y así todo. Miro los mosquetones de mis cintas, que así a priori son mosquetones, punto, pero hay un montón de sutilezas: el peso, el tipo de gatillo, la curvatura o si tienen o no una muesquita la mar de molesta que se engancha en los seguros cuando las quitas.


Cintas exprés, tus mejores amigas en la roca.


Mi mente analítica encuentra cierta belleza en estas diferencias pequeñas e importantes. Me gusta que haya gente que entienda del tema y que sepa aconsejarte. Que sepa cómo te vas a sentir en los Himalayas, qué cantidad de frío puedes tolerar y cuánto puedes sacrificar en otros aspectos (peso, dinero, etc) para estar cómodo. Tienen que conocer bien su trabajo y saber ponerse en el lugar del otro. Miro los piolets y los crampones colgados inocentemente de las repisas de la tienda y pienso en que su destino es clavarse en cascadas de hielo y ayudar a que suban por ellos los extraños y salvajes conquistadores de lo inútil. El desfase entre los estantes de productos con su agradable colorido y la realidad dolorosa de la naturaleza es curioso. Os lo digo desde mis dedos machacados contra la piedra caliza y afilada de las rocas de La Veredilla.

Sé que es un post mortal de friki este que os acabo de soltar. Pobres. Yo aquí actualizando menos que nada y cuando lo hago encima es para hablaros de mosquetones. MOSQUETONES. Cuando yo sé que lo que queréis saber es si ya me he decidido a apuntarme al Badoo para acabar con esta abstinencia sexual que me consume, o si J. de verdad me está roneando otra vez y qué coño pienso hacer al respecto. Pero eso, como dice Michael Ende, es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

jueves, 8 de marzo de 2012

El mal laboral

Yo de política no entiendo un carajal. Debería, lo sé. Debería informarme, leer más periódicos, utilizar twitter, cabrearme y demás. Lo que pasa es que me da rabia. Me da rabia porque yo ya me paso siete u ocho horas al día trabajando e intentando convertir el mundo en un sitio mejor. Escucho a mis loquitos y a mis neuróticos, y hay días que mola y otros días que piensas que al próximo que te diga que se quiere tirar de una ventana se la vas a abrir con tus propias manos. Y se supone que hay gente que se dedica a la política porque le gusta, que deberían hacer bien su trabajo y ocuparse de guiar el país para los mejores intereses de sus ciudadanos. Pero no lo hacen porque son, en general, malos y corruptos, así que nosotros, los ciudadanos normales, los que pagamos impuestos e intentamos aportar a la sociedad nuestro granito de arena, también tenemos que echar un ojo a los que nos gobiernan porque no nos podemos fiar de ellos. Y protestar, y participar, y leer periódicos e implicarnos, y reciclar putas montañas de plástico y papel porque a nadie se le ocurre reducir la cantidad de envases. 

En fin.

La cuestión es que no sé quién tiene la culpa de la crisis, pero sé en qué consiste. Para los de más edad, los que tienen hipotecas, hijos, trabajos en la cuerda floja y coches por pagar, consiste en mirar atrás y preguntarse qué cojones han hecho mal y si de verdad estaban viviendo por encima de sus posibilidades. Consiste en tener miedo y en plantearse preguntas que no deberían pensar a una edad en la que deberían estar más concentrados en disfrutar de lo que han ganado, en lugar de preguntarse qué van a hacer cuando lo pierdan todo.

Para mi generación la crisis es el estancamiento. Es una deformación de la realidad que nos hace pensar a todos que no nos van a dejar trabajar jamás. Es decir: tú estudias, te preparas y te esfuerzas, y luego no tienes ni idea de si alguien va a querer pagarte algo por aquello que tú tienes para ofrecer. Y eso es una mierda. El paro es el equivalente socioeconómico a la soltería: es darte cuenta de que estás mostrando lo mejor de ti y nadie lo quiere. Que podrías ser muy bueno si se te diera una oportunidad, pero es que nadie está dispuesto a concedértela.

Creo que trabajar es muy, muy importante. Trabajar así, en general, en algo. A partir de cierto punto, asúmelo: tienes que dejar de estudiar y empezar a intercambiar recursos con el medio. Tú aportas cosas, la sociedad te lo recompensa con dinero. Es la evolución natural de ti mismo como humano. Veo a mis amigos estudiando eternamente, apuntándose eternamente a másters, obteniendo eternamente títulos de idiomas, pidiendo eternamente becas y ayudas; esperando, esperando y esperando, preparándose para un momento que no termina de llegar, y me pregunto cuándo van a poder entrar en el mundo real. 

Yo me siento muy agradecida por poder trabajar. De verdad. Me gusta que el mundo reciba lo que tengo para darle. Es transitorio y lo sé; de aquí a dos años y pico estaré en la calle y a saber qué será de mí si para entonces si lo del best seller sigue estando sólo en mi imaginación. Pero de momento ahí estoy: con mi contrato, mi horario, mis nóminas. Con la sensación de que se me necesita un poco. La verdad es que si ahora tuviera que volver a la facultad, aunque fuera para hacer un master, creo que me pegaría un tiro. Me gusta lo real. Me gustan mis pacientes, cómo hablan, cómo saludan, las historias que tienen para contarme. Me gusta cuando me dan las gracias o hasta cuando se cabrean conmigo. Me gusta tener compañeros, las reuniones de trabajo, el relato de las incidencias que hace enfermería. Preparar los informes y las carpetitas de alta, con sus recetas y sus visados. Todo eso me parece muy real.

Los jóvenes necesitamos trabajar. Darnos cuenta de que la vida es un poco eso: hacer cosas por cojones que a veces te apetecen regular, pero encontrar la manera de amarlas. Seguir normas y horarios, pero también poder ser creativos e innovadores. Encontrar nuestra manera de mejorar las vidas de la gente. Ganar un sueldo fijo, poder hacer planes, acertar a imaginar un futuro. Necesitamos cierta estabilidad, ciertas garantías: saber por dónde empezar a construir una familia y un proyecto de vida. Este presente extraño de no saber por dónde va a salir la cosa nos tiene aturdidos y tristes.

Sigo hablando con J. por el Skype de vez en cuando. Me hace proposiciones indecentes que yo barajo con relativa frialdad por aquello de que está en Alemania. Me cuenta que se siente un poco "inmigrantillo": una mezcla entre solo y pobre. Lo que veo en sus ojos oscuros es la completa incapacidad para imaginarse qué va a ser de él en los próximos años, y por mucho que uno quiera ser ligero, aventurero y adaptativo, esa perspectiva deprime y sobrecoge a partes iguales.

En fin, que yo quería escribir sobre la mujer trabajadora y al final me ha salido esto. Sobre el joven trabajador, o el trabajador en general. Yo estoy agradecida por ser mujer y poder trabajar, claro que sí. Darme cuenta de que la mayoría de las cosas que tengo ahora: mi independencia, mi sueldo y todas las oportunidades que me ofrece la vida, podrían no estar ahí si hubiera nacido hace unas décadas o en otro país, me da un montón de miedo. Pero tal día como hoy creo que es importante darse cuenta de que la lucha se ha extendido y que prácticamente todos somos hoy en día una clase discriminada. Las mujeres, los jóvenes, los enfermos, los discapacitados, los mayores de cuarenta y cinco, los jubilados, los poco cualificados, los demasiado cualificados. Como en el poema de Bertolt Brecht, casi nadie se salva de la quema. Lo peor es que no sé muy bien cómo se lucha contra eso. Pero bueno, como siempre: nombrar las cosas, escribir sobre ellas, es un primer paso y, seguramente, no el más inútil de todos. 

martes, 6 de marzo de 2012

Batalecotal

Batalecotal está enfermita. ¿Quién es Batalecotal?, os preguntaréis. Pues ella antes, en un pasado lejano y feliz, comentaba en este blog como una persona normal, a saber: Cris la que vive en Santiago. O quizá todo junto: Crislaqueviveensantiago. Terminó el PIR el año en que yo empezaba y coincidimos en las jornadas de ANPIR, en Pamplona. Dormimos en la misma habitación sin conocernos de nada, y recuerdo haber pensado que era una chica un poco extraña. Así como seria. Pensé, con mi típico sesgo andaluz: será porque es gallega.

Una de las mañanas me dijo que durante la noche la había asustado. Resulta que el cabecero de mi cama pegaba contra la pared y se había despertado con los golpes. "Pensé que a lo mejor estabas loca y le ibas a prender fuego a la habitación, o algo -, me dijo muy seria -. En realidad, tampoco te conozco de nada". Por aquel entonces yo todavía no le había pillado el truco al sentido del humor de Batalecotal y seguí pensando que era rara.

Más adelante vino a sustituir en verano a la psicóloga del equipo de Cádiz, donde yo estaba rotando. Mis supervisores habían elegido ese mes para que yo empezara a ver pacientes. Estábamos las dos cada una en una consulta y yo pensaba: la madre que me parió, no tengo ni puñetera idea, a ver cómo entrevisto yo a los pacientes. Me olvidaba sistemáticamente de explorar la intención autolítica y tenía terribles fantasías donde los pacientes se suicidaban, el juez revisaba la historia y me señalaba con el dedo, diciendo ¡¡¡¡no le preguntaste si quería suicidarse!!!! Batalecotal me revisaba las historias, me ayudaba en momentos de crisis y me dio algunos consejos muy útiles, como no contar las cosas que te dicen los niños cuando los padres salen de consulta. "Para ti a lo mejor es una tontería, pero para ellos puede ser importante".

Es difícil describirla. Sigue siendo seria y un poco rara, pero es una de esas personas con las que sabes exactamente lo que hay. No tienes miedo de que te oculte nada o de que esté haciendo las cosas sin querer. Es fácil en el buen sentido y muy divertida. Al año siguiente volvimos a ANPIR, esta vez en Toledo, y compartimos cuarto y hasta cama. Ya no tenía miedo de que le matara, lo cual es bueno. Este verano fui a verla a Santiago y me trató todo lo bien que se puede tratar a un huésped. Me entretuvo sin agobiarme, me dejó echar la siesta, no protestó por tener que ir buscando baños por todo Santiago para mi preocupantemente eficaz sistema excretor. Me llevó a comer pulpo riquísimo y me acompañó por todas las tiendas de regalos del mundo para buscar la taza perfecta que regalar a IA. Allí creamos también la palabra "Batalecotal": dícese de la prenda que llevan las mujeres gallegas rurales y que es una mezcla entre bata, chaleco y delantal.


Sé que esta foto le va a animar el día.


No tengo claro si podría ser una amarilla. Porque está ahí y sé que nuestra amistad no depende del tiempo y la distancia, y porque vive Dios que me ha visto dormir y despertar. Porque sé que está lejos y me gustaría verla más a menudo, pero no lo sufro y, además, siempre nos quedará ANPIR. Lo que pasa es que el contacto físico le da un poco de yuyu.
- ¿Por qué me das dos besos cuando me ves fuera del trabajo y allí no? - me preguntó el primer verano, una de las tardes que quedábamos todos para ver pelis frikis sobre psicología.
- No sé, me sale así... ¿quieres que te dé dos besos en el trabajo o que no te los dé fuera?
- Que no me los des fuera.

Y dejé de darle besos fuera del trabajo. Creo que le inquieta que le toquen, así rollo Asperger. Pero el año pasado, cuando estábamos en Toledo, hubo una tarde en que no fui con los demás porque era una reunión de los socios de ANPIR y yo no lo soy.
- ¿Dónde vas? - me preguntó, parpadeando despacio con sus grandes ojos marrones.
- A dar una vuelta, que tenéis la reunión de socios.
- Jo - soltó, compungida. Y me abrazó, así voluntariamente, ejerciendo cierta presión afectuosa -. No se lo digas a Luna - dijo después.

Así que bueno, si eso cuenta, quizá sí que es una amarilla. En cualquier caso, está malita allí lejos en Santiago y le he prometido un post extra en este día de no-post para que se mejore. Y que conste que he currado un buen rato en mi novela y hasta he actualizado psicosupervivencia. El problema es que el tema del post, sugerido por ella, era "por qué los pies de la gente son tan feos". Pero al final me ha salido esto. Espero que me disculpe.

lunes, 5 de marzo de 2012

Los conquistadores de lo inútil

Creo que lo que me mueve a escribir, más que las ideas abstractas como el amor o la justicia, son las imágenes. Porque si estás lo suficientemente atento hay imágenes que te atrapan y no sabes por qué; de alguna forma, intuyes que cuando las pongas sobre el papel te van a enseñar algo. Sobre ti o sobre la vida: alguna forma perversa de verdad. Al fin y al cabo, mi objetivo como escritora no es más que el egocentrismo de intentar que veáis las cosas como yo las veo. Y me pregunto por qué: si al final esas imágenes, esas intuiciones breves, me las podría quedar para mí. Pero me parecen importantes y auténticas, y pienso que compartiéndolas puedo hacer que perduren: propagar la emoción como un lento y literario efecto mariposa.

El tema es que hoy llevaba todo el día queriendo escribir sobre escalada, así que he empezado a describir el fin de semana. Intentaba reflejar el sol que iluminaba los campos de camino a Benaocaz. La ilusión que tenemos todos: esa ilusión tan tonta, ese grupo de personas tan distintas empeñadas en medirse con un trozo de pared. Estudiantes, parados, un militar, un ingeniero; de veintimuchos, de treinta y pocos, precavidos, temerarios, risueños o tímidos. Cruzando bromas, intercambiando barritas de muesli, hablando de vías y asegurando. Y, sobre todo, trepando: porque hay un momento en que te quedas solo aunque haya veinte millones de personas a pie de vía. Estás tú amarrándote el nudo y poniéndote los gatos, sabiendo que te vas de viaje y te vas tú, punto, con tus manos y tus pies, tus cansados músculos y tu mente cobarde.

Desde que me torcí el tobillo a principios de año voy con más miedo. Es curioso, porque se trata de un miedo circular: miedo a escalar y caerme porque si me lesiono no podré escalar. Si estás lo bastante atento puedes sentir cómo fluctúa tu cerebro entre los breves momentos de seguridad (cuando pasas la cuerda por el seguro, cuando pillas un agarre bueno para la mano, cuando puedes reposar sobre tus dos pies) y los de riesgo: desplazas los dedos y los gatos sin tener claro que te vayas a quedar agarrada, mirando de reojo la distancia que separa tu cuerpo de la chapa anterior. Ayer mi cabeza se resistía a salir de la zona de seguridad y cruzar a la de riesgo, y mi débil voluntad intentaba respirar, acallar el pánico y seguir en movimiento.

No trepé mucho; ya había escalado el sábado y me notaba cansada. Al final de la última vía, donde volé unas cuantas veces y pasé un miedo de flipar, decidí que iba a buscar una roca con una inclinación óptima y a echarme una siesta. Me imaginaba al día siguiente exactamente como estoy hoy: cansada, dolorida, masajeándome los brazos en la reunión matutina del trabajo, frotándome blastoestimulina en las yemas despellejadas antes de ponerme los guantes de la moto.

Así que localicé la piedra y me tumbé, con el plumas bajo los riñones y el polar cubriéndome como si fuera una mantita. Mi cuerpo me agradecía el respiro. Tenía una visión perfecta de la placa, la formación rocosa que se ve en la foto. Miradla primero y después imaginadla conmigo. Cerrad los ojos. La temperatura era perfecta: templada pero sin calor, con una brisita fresca que te echaba un cable cuando estabas arriba apretando. La Veredilla tiene una luz especial, que cruza limpia por entre las rocas grises y los matojos andaluces de monte bajo. Y frente a mí, en la placa, tres notas, tres, trepando de primeros como tres leones. Sergi a la derecha del todo en un 6b de treinta y cinco metros. Pablo en medio en un 6c un pelín más corto. El otro Pablo, un físico tranquilo y serio al que le gusta escalar a vista,  en un complicadísimo 7c de placa en el que no se veían los agarres ni con lupa.

Entonces tuve una visión muy clara de lo absurdo que es escalar digamos a nivel cósmico. Aquellos tres chicos dejándose todo ese esfuerzo para subir y después bajar. Se podía ver la placa irguiéndose tan tranquila en medio del campo y tú podías darte cuenta claramente de que ni a la placa ni a Dios les importa un carajo que escales. Y, sin embargo, el esfuerzo de los tres era muy hermoso, muy puro. Subir por subir y bajarte luego; al final, tampoco es que la vida dé para mucho más.

Y esa era mi imagen para hoy. Era lo que quería transmitir. Ese momento de darte cuenta de lo efímero y absurdo que es todo si lo miras con la suficiente distancia. Como escribir aquí: dejarte las yemas en el teclado y que después el tiempo y las actualizaciones vayan borrando tu esfuerzo. Nada le importa a nadie y, sin embargo, nos importa muchísimo. Y, no sé por qué, pero eso me parece precioso.

sábado, 3 de marzo de 2012

Mandaos

Ayer me eché una siesta de viernes. La siesta de viernes es aquella en la que te tumbas en el sofá con tu mantita y tu bolsa de cereales, coges el móvil para poner el despertador y dices: al carajo. Voy a dormir hasta que me duela. Y abres el ojo a la media hora, y lo vuelves a cerrar, y lo abres a la hora y ves que aún es de día y dices: yo hasta que no se haga de noche no me levanto de aquí. Y te despiertas a las siete de la tarde super relajada y a la vez completamente estúpida, con ganas de, por este orden, comerte una tableta de chocolate y morirte luego.

Después de mi siesta de viernes me puse a dar vueltas por mi casa totalmente desorientada, planteándome qué podía hacer con las horas que le quedaban a mi tarde. Me hice un café (descafeinado) y me lo tomé frente al portátil. Al final decidí salir a por lo básico: comprar una alcachofa de ducha y pasarme por el Carrefour a rellenar la nevera. Y me dije: "voy a hacer unos mandaos", que es una expresión que aquí en Cádiz se usa mucho.

Salí a la Viña encendida y ruidosa. Buscar una alcachofa de ducha. ¿Dónde compra uno una alcachofa de ducha? ¿Hay tiendas para eso? ¿Tendrán en un chino? Paseé sin rumbo por las callejuelas bulliciosas hasta encontrar una tienda de electrodomésticos donde me redirigieron a una fontanería. Entonces me entró el frenesí comprador de maruja de barrio y adquirí, por este orden: la alcachofa de ducha, un taco de fichas para anotar ideas para escribir, un flexo para la cama y una plancha rosa.

[Inciso: fragmento de mi conversación con el vendedor de planchas.
Yo: quería una plancha.
Vendedor: ¿De cocina o de planchar?
Yo: de planchar.
Vendedor: pues tenemos ésta, que sale por veinticinco euros, y esta q...
Yo: ¡quiero la rosa!
Vendedor: es una buena opción, pero también tenemos esta de aq...
Yo: ¡¡¡la rosa!! ¿Qué parte de "la rosa" no ha entendido?

Fin del inciso.]

Yo no soy muy de tiendas de barrio; lo compro todo en el Carrefour y no me conflictúo. Pero cuando venzo la pereza y me animo a ir, me gustan las tiendas especializadas en cosas. Me encanta sumergirme en esos pequeños universos regentados por personas que lo saben todo de, por ejemplo, lámparas, o artículos de baño, o lanas de colores. Dan cierta tranquilidad de que está todo controlado. Siempre me entran ganas de hacerles la misma pregunta: ¿le gusta su trabajo? Una vez se lo pregunté a la dependienta de una papelería especializada en Bellas Artes de Málaga, porque pensé que sería genial currar en un sitio tan lleno de colores y posibilidades. La chica me miró un poco extrañada y luego sonrió como si me estuviera contando un secreto, "la verdad es que sí".

Por último, entré en una tienda de congelados. Observé a la tendera mientras me servía un par de rodajas de salmón y un cuarto de gambas peladas. Pensé que el sitio tenía cierto aire de morgue, con todos aquellos alimentos helados y fríos, y concluí que no era muy posible que a la chica le gustara su trabajo. Creo que trabajar allí tiene que configurar de alguna manera tu cabeza. Seguro que esta chica después llegaba a casa y su novio le decía: "cari, qué antipática estás hoy", y ella le miraba con los ojos compungidos, incapaz de derretir su corazón congelado después de un día de frío.

Y me despido por hoy, que estoy cansada de escalar. Por cierto, esto de postear cada dos días al menos me hará practicar más a menudo con la escritura en pasado. Yuju.


jueves, 1 de marzo de 2012

Dormir y despertar

Que le estoy haciendo un montón de publicidad a Albert Espinosa. Pero bueno, él lo vale: ya os he dicho que el libro no es gran cosa, ni siquiera en su género, pero en un par de momentos hace que se te dé la vuelta el cerebro, y esa sola experiencia ya merece la pena.

El caso es que dice que los amarillos te ven dormir y despertar, y que todo el mundo que te quiere de verdad debería verte despertar al menos una vez. Porque despertar es como volver a nacer. Pasar de las tinieblas del inconsciente a la dura realidad de la mañana.

Se puede saber mucho de una persona por cómo se despierta. Yo me despierto al cien por cien. Quiero decir, que suena el despertador, abro los ojos muy rápido y mi mi cerebro va exactamente al mismo ritmo que por ejemplo ahora. No me quedo boqueando como los peces y luchando contra las sábanas. Nunca vuelvo a dormirme, nunca atraso la alarma: digo en voz alta "buenos días, mundo" y me levanto de la cama. No quiero decir que siempre me despierte de buen humor. Mis primeras palabras un día de la semana pasada fueron algo como "me voy a cagar en Dios con el puto frío". Sí, sí, en Cádiz no hace frío: pues os reto a pasar el invierno en un piso sin calefacción donde todo está practicamente mojado de puro húmedo.

Despertares.

Despertar con mis amigas en los campamentos de los scouts. En un iglú de cuatro podíamos dormir siete niños: seis apiñados como espárragos en una latita y uno a los pies. El que se colocaba a los pies era o el paria social, o el más generoso, o el más pequeño o la más dura (la PK). Nos despertaba el silbato de campamento, y las primeras conversaciones siempre giraban en torno a lo que había pasado durante la noche. Yo me había levantado tres veces a mear. La PK se había deslizado hasta tener su cabeza en mi estómago. Caro daba patadas o Metemary hablaba en sueños.  Empezábamos el día riéndonos de lo que habíamos vivido juntas de noche. A lo mejor mis amigas y yo nos queremos tanto por la cantidad de sueños que hemos compartido.

Despertar con MQEN. Dormía boca abajo, tieso como un palo, con los pies asomando por el colchón porque era muy largo. Yo me despierto a cien, ¿no? Pues MQEN se despierta a cinco. Yo le daba miles de besitos y él giraba la cabeza hacia el otro lado para no verme. Al final me levantaba desesperada y me iba a la cocina a preparar el desayuno y a quitarle las pasas al muesli, resignada a que MQEN alcanzara un punto normal de activación fisiológica más o menos a las dos de la tarde.

Despertar con J. J. se despierta a ciento cincuenta. Escuchaba mis párpados al abrirse, lo juro por Dios. Nunca, nunca, jamás he estado yo despierta mirándole dormir. Siempre se despertaba antes que yo o a la vez, y empezaba a charlar y reírse como un maníaco mientras insistía en lo guapísima que estoy por las mañanas "con los ojos hinchaditos". Se despertaba, se vestía, bajaba a por pan, hacía zumo con el exprimidor manual porque le parecía "más auténtico". Era como levantarse junto a una locomotora.

Despertar con Mariana, mi compañera de habitación de Barcelona. Yo me desvelaba exactamente veinte minutos antes de que sonara el despertador para ir al baño, y ella protestaba porque le fastidiaba el final del sueño. Pero después subíamos la persiana y se escuchaba de lejos el tráfico matutino en la enorme autovía que cruzaba el valle, y veíamos asomarse el sol por detrás del campo. Desayunábamos juntas: yo cocía una avena asquerosa porque ya estaba empezando con la ortorexia; ella mezclaba dos mueslis porque le gustaban los dos juntos y se lo echaba al café. El desayuno de los adultos, lo llamaba.

Despertar con el MIR de la siesta o de la noche de guardia. El MIR también se levanta de buen humor, porque el MIR es amor en estado puro. Le escucho atrasar la alarma de la siesta porque no ha podido dormirse, o dar vueltas por la mañana inquieto después de una noche de sueño amenazado por el busca. Me deja pasar al baño primero y se ríe porque sabe que sin lentillas no veo un carajal. Las guardias compartidas tienen cierto ambiente curioso de campamento adulto.

Despertar con la gatusa cuando aún estaba conmigo...


Jo. Era joven y guapa.


Despertar con mis amigas, pero esta vez más adultas, de resaca, compartiendo colchones tirados en el suelo. Escuchar decir a la PK: "Pues a lo mejor no era tan buena idea echarle tequila al mojito", intentar convencer a Arantxa para que vaya a por churros. Estirar las mañanas perezosas riéndonos en horizontal, que como todo el mundo sabe es el momento en que la risa suena mejor y es más fácil compartirla.

Despertar con Irene en su furgo mientras los perros nos caminan por encima y se escucha al Kpot fuera diciendo que a ver si vamos ya a desayunar, que se aburre. Despertar con el Kpot en su furgo y empezar a decir chorradas a primera hora porque él, en un ejercicio solidario de TMS*, también se levanta al cien por cien. Despertar en una tienda helada de frío junto a Ara, que me echa una jarapa por lo alto y se solidariza cuando me quejo de la mierda de saco que me ha dejado el Shindo.

Despertar junto a Marco, el italiano, que dormía con profundidad de cadáver, y sentirme tan ajena y absurda en la esquina de su cama de noventa que no podía respirar. "La tua casa è troppo grande, ma il tuo letto è troppo piccolo", le diría yo luego, complacida de una manera extraña por el simbolismo del asunto. Despertar junto a IA en su furgo, acariciarle la piel lisa y morena casi con miedo y susurrar "te voy a dejar romo, como a un agarre que se usa muchas veces".

"Sentir la pérdida (el sueño) y el despertar (el renacer)", dice Albert. Entrando y saliendo de nuestros mundos paralelos. Cuántos despertares, cuántas mañanas nuevas junto a gente distinta. Ahora me voy a la cama para levantarme mañana conmigo misma. Y la verdad es que a veces pienso que echo mucho más de menos despertar con alguien que dormir acompañada.

*TMS: Telepatía de las mentes sucias. Más sobre el concepto aquí.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Tercer post: mi primo amarillo

Ya sabéis todos lo mucho que quiero a mi primo. Bueno, no, no lo sabéis. Os hacéis un poco una idea, pero no lo sabéis. El caso es que después de leer el libro de los amarillos he llegado a una conclusión importante:

Mi primo Sergio es el amarillo definitivo.

Os recuerdo la definición de amarillo, by Albert Espinosa: persona que no es amigo ni es amante. Que te hace sentir especial. Que no necesita mantenimiento. Que te toca y deja que le toques. Que te ve dormir y despertar. Insisto en que es una definición rara y quizá un poco cursi, y que cuando uno lo lee piensa: Albert Espinosa, se te ha ido el coco y te estás inventando una nueva categoría de gente. Pero dándole vueltas al asunto llegué a la conclusión de que si existen, mi primo Sergio es mi amarillo definitivo, porque me hace sentir única y estupenda, me da cariño físico sin reservas, está ahí contra el tiempo y la distancia y me ha visto muchas veces dormir y despertar.

El sábado fuimos a tomar cañas seguidas de cafés seguidas de copas. Al principio toda la familia; después los adultos se fueron y nos quedamos los jóvenes que, por otra parte, ya tenemos una edad. Nos fuimos al Zeus, el bar de un colega de mi primo.
- ¿Yo a ti por qué te querré tanto? - me preguntó Sergio en algún lugar entre la quinta y la décima cerveza.

Es un tema recurrente entre nosotros. Por qué nos queremos tanto. Porque es un poco inexplicable: él me quiere desde que nací y yo a él desde que tengo memoria. Pero no es un amor típico de primos, ya sabéis: te quiero porque bueno, tengo que quererte, pero en realidad ni siquiera nos vemos mucho. Es un amor mucho más intenso y más salvaje, casi de enamorados no incestuosos. Cuando estamos él y yo, los demás no nos importan mucho. Le escucho hablar, decir chorradas, hacerme reír y no puedo más que abrazarle y/o mirarle embelesada.

El sábado él decía que es una cuestión de vidas pasadas. En el café habíamos estado hablando de qué queremos que hagan con nosotros cuando muramos. Es curioso, porque a mí se me había ocurrido la misma idea mientras iba en el tren, y pensaba que sí, que incineración, pero que a ver qué hacían luego con mis cenizas. Y ahora creo que si sigo escalando el resto de mi vida igual pido que las entierren al pie de una vía difícil y bonita, para ver cómo la gente le da pegues y más pegues durante su eternidad inmutable de roca.
- Yo no creo que todo se acabe aquí, de verdad - me decía mi primo mientras quitaba con la cuchara la nata de su café irlandés -. Yo creo que hay otras vidas. Dime si no por qué tú y yo tenemos esta conexión. Es algo especial, no se explica porque seamos primos, porque yo te quiero a ti bastante más que a todos los demás.

Me reí. Yo digo mucho también lo de las otras vidas; no sé si porque me lo creo de verdad o porque me resisto a pensar que todo se acabe después de setenta u ochenta raquíticos años y que tenga que dejar aquí a gente a la que quiero tanto.

Estuvimos en el Zeus un montón de rato, pero como habíamos llegado temprano aún eran las diez cuando ya estábamos listos de papeles. Sergio y yo bailábamos los Piratas: éramos los únicos del bar y nos podíamos permitir el lujo de pedirlos en bucle. "Ahora prometo solo pensar en ti", cantaba mi primo señalándome, y yo me partía mientras le daba tragos a mi gintonic, porque Sergio borracho baila decentemente pero canta muy, muy mal.

Entonces me miró muy fijamente.
- Si descubro la forma de hacerme vampiro, ¿quieres que te convierta?
- ¿Qué?
- Vampiro, vampiro inmortal. Porque yo cada vez tengo más claro que querría ser inmortal. Pero igual la eternidad solo es muy aburrida, así que dime, ¿quieres que te convierta?
- Claro que sí - asentí yo, decidida. Él sonrió y siguió bailando.

Hoy ha venido al mediodía a despedirse, justo antes de que yo saliera en dirección a Atocha. Está mortal de guapo con su traje azul marino y su camisa celeste, que le hace juego con los ojos. Entra como un torbellino en la cocina y se abalanza sobre mí, que me estoy pintando las uñas en la mesa.
- Que tengo un montón de prisa, dame un beso, gorda, que te quiero - me agarra, me abraza fuerte, yo le abrazo también e intento no mancharle de esmalte la chaqueta del traje -. Uy, casi se me olvida - añade luego, y saca del bolsillo interior un librito. Muchas vidas, muchos maestros, de Brian Weiss: un libro sobre las regresiones y la reencarnacion.

Desaparece detrás de la puerta de la cocina. Luego vuelve, "dame otro beso", y por fin se va, dejándome con la soledad reversible de quien se queda de pronto sin su amarillo favorito y con el libro sobre las regresiones en la palma de la mano. Voy a omitir lo que pienso de las regresiones y/o de los libros que hablan de ellas. En el debate entre el escepticismo y la fe, creo que agoté toda mi fe queriendo ser santa y sólo me queda el escepticismo. Aun así, es bonito, pienso. Es muy, muy bonito que alguien te regale un libro sobre la regresión sólo porque quiere demostrarte que te conoce de otras vidas y que quiere estar contigo siempre.




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Edito hoy miércoles para contaros que escribir una novela es motherfucking difícil y que llevo una hora sintiéndome como si intentara bañar un gato. Así que podéis regocijaros, que igual pronto me doy por vencida y estoy aquí otra vez en mi confortable casita bloguera.