massobreloslunes

sábado, 31 de marzo de 2012

Torres y recuerdos

Me estoy acordando de Granada.

Hace algunos días leí un fragmento de un cuento de Borges en el que hablaba de un palacio con cien torres de colores. La gradación era tan sutil que al llegar a una torre te parecía igual que la anterior, pero luego te dabas cuenta de que la primera era amarilla y la última rojo intenso. La vida es un poco así. Mientras la estás viviendo te parece que los días y las rutinas son más o menos iguales. De repente vuelves la vista atrás y piensas: cómo ha cambiado todo. Qué lejos queda ahora lo que antes me parecía tan cercano.

De Granada me acuerdo ya como de un sueño. Parece que he construido la pared que separa esa etapa de mi vida de ésta. Me siento muy, muy distinta. No sólo porque detrás del AA haya aparecido una cara de adulta que me resulta ajena, ni por los bíceps. Siento como si algo de mí hubiera cambiado de una forma muy profunda. Es raro. Ayer volvía en el coche del MIR desde el curro porque estaba lloviendo. ¿He dicho ya que el MIR es amor? Íbamos contándonos nuestras cosas. Nuestras hipocondrías, preocupaciones; qué nos parece la residencia, cómo nos estamos adaptando a la Unidad. Yo pensaba: hay que ver, sin darme cuenta, el pequeño mundo que me he construido en Cádiz.
Pienso en Granada, ya os digo, y hoy concretamente me he acordado de cuando mi amigo A., el que ya no me habla, y yo íbamos a la heladería La Rosa a por leche merengada después de estudiar para los exámenes de junio. Yo pedía el vaso pequeño y él el grande, y a veces repetía porque siempre ha sido un ansias. Los dos hablábamos de lo rica que estaba, e invariablemente la dependienta nos decía que era porque estaba hecha con leche fresca. Después nos la tomábamos en un banco frente a Camino de Ronda, viendo pasar los faros de los coches en la noche de verano. Aquella fue la época en que empezamos a quedar casi por casualidad. Una tarde nos encontramos en el messenger, decidimos bajar a tomar una cerveza al Dnieper y bueno, nos fuimos casi se podría decir que enamorando amistosamente hasta que se acabó el curso.

Ahora es como si todo eso hubiera pasado hace años luz. En algún punto he perdido la continuidad de los recuerdos. Y bueno, no está mal. Hoy andaba rebuscando en una págica web nombres de chica porque he decidido cambiarle el nombre a la protagonista de mi novela libro, y entre un montón de nombres horrorosos me he fijado en Olvido. No le voy a llamar Olvido a la protagonista, tranquilidad, aunque sólo sea por no ponerle como Alaska, pero me ha dado por pensar que es un nombre bonito. No sólo porque termina en O, que es algo así como antagónico e interesante para un nombre de mujer, sino porque el olvido es realmente una cosa piadosa en la mayoría de las ocasiones. La tregua que nos da la vida para ser capaces de seguir aguantando el tirón.

No sé a qué viene todo esto. Me duelen las caderas de escribir sentada casi todo el día. Por la tarde he estado mirando ropa y cada vez me hacen más gracia los músculos de mi brazos en los probadores de las tiendas. Otra cosa que va cambiando despacio, como las torres de Borges. Cambio yo escalando. "Has aprendido algo sobre la escalada que antes no sabías", me dice el Kpot en el roco el pasado martes, sorprendido por mi progreso. "¿Qué he aprendido, profe?". "No te lo sabría decir... algo". Yo pienso en la inteligencia del cuerpo. Dentro de mi frikismo progresivo y ascendente por la roca me he estado leyendo la autobiografía de Lynn Hill, una famosa escaladora americana. Precioso libro, de verdad: motivación en estado puro. Ella habla de la inteligencia del cuerpo: si te dejas fluir te darás cuenta de que él sabe lo que tiene que hacer para no caerse. Ahora creo que escalo de forma más inteligente, más intuitiva; por lo menos en el roco, que en la roca últimamente me puede el miedo.

Y bueno, también va de eso la vida, ¿no? La inteligencia del cuerpo. Moverse de forma intuitiva y ligera hacia los lugares a donde queremos ir. Estoy muy tranquilita esta semana. Me encuentro muy bien. Superando la primavera y esperando espeluznada la llegada de mi tercer verano en Cádiz; me han dado ganas de playa hoy, no sé por qué.

Termino mi diaria sarta de incoherencias con uno de estos vídeos que podría justificar diciendo que tiene que ver con el post y con la inteligencia del cuerpo y demás... pero, de hecho, sólo quiero que veáis lo fuerte que me estoy poniendo :)

viernes, 30 de marzo de 2012

Contarte historias

Yo quiero contarte historias.

Me sé muchas. Algunas son mías. El día que me puse tibia a tranquilizantes para viajar en autobús hasta Pamplona y después no me acordaba de nada de lo que hice al día siguiente. La noche que dormí en un cementerio con los scouts y no nos dimos cuenta hasta que no nos despertamos por la mañana y vimos las tumbas brillando al sol. Una madrugada de enero que volvía con mis amigas del centro y acabamos bañándonos desnudas en la playa de la Malagueta. La vida son historias. No hay más que coger pedazos de existencia e hilvanarlos: darles un comienzo, un nudo, un desenlace. Inventar sin pudor los detalles que nos falten.

Yo sé muchas cosas. Algunas son estúpidas, lo reconozco. Sé decir "dieciséis" en húngaro y "muy bien" en eslovaco, sé que todas las palabras francesas tienen el acento en la última sílaba. Sé resolver el cubo de Rubik, sé de memoria la tabla periódica (hidrógeno, litio, sodio, potasio... ¿ves?). Sé cómo funciona un antidepresivo, sé por qué la luna parece más grande cuando está cerca de la tierra y escribo a ordenador utilizando todos los dedos. Me sé en orden los pares craneales, puedo contarte por qué el hachís da hambre y qué diferencia a los supervivientes de los vencidos. Sé que a Robert Louis Stevenson le enterraron los nativos de Samoa en la cima del monte Vaea, abriendo camino a través de la selva en agradecimiento a todo lo que había hecho por su pueblo. Sé cómo escribió Roald Dahl su primer cuento.

Ojalá pudiera contarte historias. Sentarme junto a ti a tomar café, mirarte a los ojos, tomar aire y comenzar. Contarte algo, así, tal cual. Ver cómo me miras y sonríes despacito. O quizá ir en coche contigo, tú conduciendo, yo con los pies apoyados en el salpicadero, y simplemente hablarte. Poder decirte algo que tú no sepas. Porque entonces parte de mis recuerdos, parte de todo eso que sé, viajaría hasta tu cabeza y se quedaría habitando allí. Porque así me llevarías en un bolsillo de tu mente, como si viajara, y ninguno de los dos volvería a estar nunca solo.

Podría contarte cuáles son las cuatro notas de guitarra con las que se sacan un 90% de las canciones pop. Qué es la hiperpalatabilidad y por qué engorda la comida basura. Cómo hizo Lynn Hill para escalar en libre la Nose de El Capitán, quién es Joe Simpson y por qué casi se muere al bajar de la cumbre del Siula Grande. Por qué el levante es seco y el poniente es húmedo, por qué el arroz con leche sale mejor si lo remueves todo el rato.

Podría explicarte que cuando llego de la calle a mi casa la saludo en voz alta, "hola, casa", y finjo que me responde, "hola, Marina". Que no hablo sola muy a menudo, pero que a veces me regaño a voces cuando pierdo las llaves o derramo la leche al echarla en la taza. Que otras veces, por las noches, justo antes de dormir, me hace gracia pensar que estás en alguna parte sin saber que existo. Y que tengo ganas de conocerte por muchas razones, pero la más importante es que me pican detrás de la lengua todas las cosas bonitas que quiero contarte.

jueves, 29 de marzo de 2012

Eyes wide open

Dentro de un mes y medio cumplo veintisiete años. Que se dice pronto. Veintisiete. Me parece que fue ayer cuando tenía ganas de cumplir trece para ser adolescente y tener tetas (ilusa de mí), y miradme aquí, con más años que un gnomo. Cumplir años no me molesta. Sólo me importa porque soy un poco demasiado vieja para empezar a escalar, y mi progresivo fortalecimiento va a la par con la sospecha de que me lo estoy lesionando TODO (¿tú sabes lo que me estoy lesionando yo?, diría el Kpot).

El caso es que mientras más años cumplo, más cosas aprendo y de manera más distinta veo la vida. Que de un tiempo a esta parte, ya os he dicho, es como si se desplegara ante mí cada vez con más colores y más matices. Una vez leí que la vida es corta, pero ancha, y cada vez tengo más esta sensación.

Me ha sorprendido la acogida del post anterior. No creo que empiece a escribir sobre nutrición, porque ya era lo que le faltaba a este blog heterogéneo y absurdo, pero sí querría resaltar algo en lo que se refiere al blog, al Acné del Averno y a los problemas en general: que las soluciones existen la mayoría de las veces. Lo que no va a la par es nuestra capacidad para ponerlas en marcha.

Yo he hecho cosas muy raras para librarme del AA. Iba a poner unos cuantos ejemplos, pero creo que ya os hacéis una idea de lo absurda que puedo llegar a ser, así que paso de ponerme en ridículo. Más. La cosa es que a partir de cierto punto abres tu mente y te das cuenta de que bueno, margen de acción siempre tienes. No existe el "lo he probado todo". Siempre hay nuevos caminos para viejos problemas; basta con comprometerse a no cometer dos veces el mismo error.

Hace ya tiempo, cuando trabajaba en el equipo, hice una primera consulta a una inglesa. Me la cascaron a mí porque era la única que podía defenderse en inglés durante una entrevista. Resulta que la mujer tenía un insomnio del Averno y llevaba luchando contra él como veinte años. Me la mandaban porque el médico de cabecera no le quería recetar hipnóticos por no crearle dependencia. Era una de estas guiris mesuradas y dulces que lo explicaba todo con un precioso acento británico. Me contó que llevaba buscando soluciones para el tema del insomnio durante muchísimo tiempo. Que había estado en neurólogos, endocrinos, naturópatas; había hecho relajación, yoga, psicoterapia, gimnasia y mil historias. Y que simplemente era como si el interruptor de su cerebro no funcionara. Que los hipnóticos eran lo único que le ayudaba a conciliar el sueño.

Después me miró a los ojos y dijo: pero si tienes alguna propuesta, estoy dispuesta a escuchar.

Yo le contesté que no. Que no se me ocurría ninguna otra cosa. Que me parecía que ella ya estaba haciendo su camino y buscando soluciones, y que si en ese momento necesitaba los hipnóticos, a mí no me parecía mal que los tomara. He visto recetar psicofármacos por mucho menos. Así que escribí un informe para el médico de cabecera y le di el alta. "Gracias por tu respeto", dijo ella.

El tema es que bueno, por una parte uno siempre tiene que estar dispuesto a escuchar, incluso a una PIR que lleva seis meses ejerciendo, incluso después de veinte años de búsqueda. Por otra parte, uno también tiene que asumir responsabilidades. Y permanecer en el camino. Porque lo que está claro es que es complicado encontrarse con la solución a los problemas así, de repente; uno encuentra información buscándola, abriendo la mente, experimentando.

Creo que esto no sólo se aplica a problemas concretos, sino en general a la vida. Al amor, al trabajo, al propio carácter, a la manera de hacer las cosas. Hay tantas posibilidades. A veces basta con pararse e intentar mirar alrededor. Hay una expresión inglesa que me gusta mucho: eyes wide open. Los ojos muy abiertos, los ojos anchos. Mirar con los ojos anchos a nuestro alreedor y darnos cuenta de que realmente tenemos elección casi todas las veces.

Y ya paro, que esto me está quedando como supermotivacional, ¿no? Que me voy a tener que ganar la vida dando conferencias por Estados Unidos en plan motivada de la tele.

Feliz viernes a todos.

miércoles, 28 de marzo de 2012

El típico post que desde el principio se gana la etiqueta de "Cosas absurdas que sólo me interesan a mí"

NOTA PREVIA: como este post trata sobre nutrición, aprovecho para decir que si alguien tiene interés por las soluciones dietéticas/naturales al Acné del Averno, puede escribirme a massobreloslunes (arroba) gmail.com y le mando un documento que he elaborado al respecto. También os agradecería que difundierais la información si conocéis a alguien que sufra este problema. FIN DE LA NOTA PREVIA.

Quería escribir sobre la huelga, pero tengo tantas lagunas en política y economía que iba a quedar cutre como el infierno. Así que resumo: yo voy a la huelga. Porque no me gusta lo que veo. Y porque si no voy yo, que soy joven, sin cargas, que me puedo permitir un bocado en la nómina, que no voy a ser despedida ni, de hecho, contratada cuando termine el PIR... entonces decidme a mí quién cojones va. Así que eso: que voy.

Por lo demás... mi vida prosigue en su tranquilo cauce. No ha aparecido la ballena, pero sí un pescadito curioso en forma de viaje de escalada a Marruecos la semana que viene. En otro orden de cosas, últimamente paso la mayor parte de mi tiempo libre haciendo cosas inmensamente frikis, como entrenar en el rocódromo con inusitado empeño o leer sobre teorías psicológicas de la obesidad.

Resulta que en los paleoforos la última idea sobre la obesidad tiene que ver con lo que se llama "food reward", o recompensa alimentaria. El tema es, resumiendo, que la comida que comemos en la actualidad está tan procesada, inundada de sabor y texturas y sumamente llena de calorías que actúa sobre nuestro cerebro como una droga, nos motiva a conseguir cada vez más y nos impide saber cuándo estamos realmente llenos.

A mí la nutrición me fascina. Es curioso, porque antes de toda esta historia del Acné del Averno me importaba un carajal, más o menos. Tenía mis ideas sobre lo que era "comer de todo", y una vaga intuición de que lo integral era mejor que lo refinado. Desde que empecé a investigar la nutrición paleo se me ha abierto una ventana al futuro y está llena de comida.

Lo de la comida como recompensa me tiene subyugada. Llevo tres días leyendo sin parar sobre el asunto y contándoselo a quien me quiera oír. Que la comida tenga poder sobre ti creo que es algo que sólo se entiende si la comida tiene poder sobre ti. Y sobre mí lo tiene. No sólo el chocolate. Me gustan los sabores fuertes, las texturas, lo agridulce, lo ácido. Me gusta que la comida me estimule, me entretenga y me consuele. Y bueno, resulta que eso puede ser un problema en un momento dado. Porque cuando la comida no es comida, sino droga en el sentido cerebral de la palabra, no la valoramos como comida, sino como una droga. ¿Cómo funcionan las drogas? Dejándonos siempre con ganas de más.

Es un tema precioso del que tal día como hoy podría hablar hasta el infinito. De hecho, ni siquiera pensaba escribir hoy sobre ello. Me parece la típica frikada que no le importa a nadie nada más que a mí. Pero es una teoría tan sumamente bonita y explicativa que de verdad que creo que puede marcar el futuro de la investigación sobre obesidad. El hecho de alimentarse todo el rato con comida rápida e hiperprocesada trastorna tanto tu cerebro que hace que pierda el norte acerca de qué peso y porcentaje de grasa corporal es ideal para ti; de esta forma, te vuelves incapaz de regular tu ingesta y te pones gordo como un zollo.

(Vale, igual este post está siendo un coñazo. Si habéis llegado hasta aquí y comentáis, decid "gatito".)

Stephan Guyenet, un bioquímico americano que está hecho una máquina de divulgar vía este blog y que se ha convertido en la última semana en mi ídolo-absoluto-al-que-me-tiraría-sólo-por-lo-mucho-que-me-mola-lo-que-investiga, propone soluciones para todo este asunto de la adicción de la comida. Soluciones que pasan por un camino tan trillado como novedoso: SIMPLIFICA. Evita los alimentos procesados. Deja de echarle mayonesa a todo. Usa menos sal. Usa menos aliños. Disminuye la variedad de tus comidas. No salgas tanto a comer fuera. Come tus comidas una por una. Yo añadiría: no hagas de la comida tu principal fuente de placer. Encuentra formas alternativas de divertirte, de relacionarte, de aliviar el estrés.

La gente escucha estas cosas y se echa las manos a la cabeza. ¿Qué? ¿Renunciar a la comida superrica? ¿Renunciar a mis oasis de placer y autosatisfacción en medio de una vida estresante y ocupada? A nadie le gusta escuchar esto. Queremos creer que si quitamos las grasas, o quitamos los carbohidratos, o sólo comemos proteínas puras y salvado de avena, podremos prepararnos cosas igualmente buenas y permanecer delgados.

Y bueno, el tema no es la comida. Aunque la comida es muy importante. El tema es un poco el concepto, ¿sabéis? El concepto de la simplicidad, del sacrificio o de lo que verdaderamente importa en la vida. El hecho de juntarse para consumir cosas (objetos, alimentos, bebidas, drogas) en vez de para hacer cosas. Escalar me gusta por muchas razones, pero una de las más importantes es que no consumes nada, aparte del material y las barritas de muesli. Vas allí a hacer algo. Algo que te importa mientras lo haces, por la simple satisfacción de hacerlo, por superarte a ti mismo, por poner a prueba tus límites. Sobrepasas la incomodidad física, el dolor y el miedo. Vives, joder.

Así que si este asunto de la comida como recompensa y de la dieta simple como solución se populariza, no tengo claro que guste. A nadie le gusta darse cuenta de que parte de la solución a lo mejor es disminuir un poco el nivel de placer que se espera obtener con las cosas. Dejar de enfocar la vida como si fuera un surtidor de sensaciones. En fin, yo qué sé. Este mundo cada vez me gusta menos. Cada vez querría imaginarme más en un entorno tranquilo, menos estimulante, más silencioso. Donde las horas fueran más largas. Donde poder leer en un rincón o compartir historias bonitas. Donde escribir y escalar, claro.

Y lo dejo aquí, que se me ha ido el coco y que en mi camino hacia la simplicidad voy a tener que dejar este blog para ver si consigo irme a dormir antes.

lunes, 26 de marzo de 2012

Actualización: ¿el fin del Acné del Averno?

[NOTA: No sé qué cxxxnes le pasa a Blogger con el formato, pero la entrada sale rara. Mañana lo arreglo, que tengo sueño.]

Pues creo que ha llegado el momento de dejar de tener miedo al gafe y decirlo públicamente. Pero bajito.

Creo que me he curado.

Iba a colgar fotos, pero estoy esperando a que se borren las marcas y el antes-después sea aún más impresionante.

Estoy guapérrima.

¿Cómo lo he hecho? Pues la verdad es que no lo tengo del todo claro. Empecé a mejorar tomando omega 3 concentrado de alta calidad (que cuesta aproximadamente lo mismo que el líquido cefalorraquídeo de un unicornio primogénito). Después seguí mejorando cuando cambié de jabón y crema para la cara. Mejoré todavía más con una dieta hiperrestrictiva que lo quitaba básicamente TODO. No sé cuál de estas cosas surtió efecto; a lo mejor, como dice mi madre, simplemente ha llegado el momento de curarme. A lo mejor tanta dieta paleo, ejercicio, vida sana e intentos razonables por ser feliz han acabado por dar resultado. A lo mejor, siguiendo a los teóricos de la psicosomática, he resuelto algún tipo de conflicto interior y ya no necesito a mi acné.

El caso es que se ha ido.

No sé si va a durar para siempre. No sería la primera vez que vuelven los Brotes del Averno cuando creía que todo había terminado. Pero de momento disfruto de esta extraña libertad. Los que me leéis desde hace tiempo sabéis lo increíblemente duro que ha sido para mí todo este tiempo. Creo que ya lo he dicho. No tener acné no te hace automáticamente feliz, pero a mí personalmente tener acné me hace bastante infeliz casi todo el rato. Ahora que hago cosas como mirarme en todos los espejos sin evaluar previamente el tipo de luz, pintarme los ojitos sin que me perturbe estar tanto rato frente a mi propia imagen, acariciarme la cara a ratos como con sorpresa o hacerme fotos de cerca, me doy cuenta de hasta qué punto me dolía antes. Era una mierda, de verdad.

Lo más gracioso es que no sé si la gente se da cuenta. Algunas chicas me lo dicen. Los chicos me dicen que estoy más guapa, pero no sé si caen en la cuenta de por qué o simplemente no hacen referencia a la piel por educación. Todavía no se me caen los maromos rendidos a mis pies, pero dadme tiempo. Y creo que más importante que los demás es que me doy cuenta yo: estoy segura de que miro distinto y ando distinto.

El tema es que me siento orgullosa. ¿De qué, exactamente? Hace algún tiempo murió Michel Montignac, el autor de la dieta Montignac. Sabiendo lo que sé hoy de nutrición, la Montignac no es lo que se dice una dieta perfecta, pero fue pionera sacando a la luz muchos conceptos que hoy en día son básicos, como el índice glicémico o las grasas buenas. Pero, sobre todo, recuerdo algo que escribió Amanda sobre él cuando murió: que fue un hombre que tenía un problema (era gordo), se puso a investigar e hizo lo necesario para solucionarlo. Y que si toda la gente funcionara así, probablemente el mundo sería un lugar mejor.

Así que cuando me miro al espejo últimamente (y lo hago mucho; estoy desarrollando una especie de Síndrome de Narciso post Acné del Averno preocupante) lo que veo es un poco eso. Una persona capaz de solucionar sus problemas. Es duro decir esto, sobre todo porque yo me gano la vida intentando ayudar a la gente a arreglar los suyos, pero al final mi padre tiene razón, y la mano que nunca te falla está siempre al final de tu brazo. Y me vienen a la memoria las decenas de consultas con dermatólogos, naturistas y esteticienes; los miles de consejos bienintencionados; los cientos de pastillas y cremas y mascarillas y jabones y sus putos muertos. La de veces que he llorado este último año, no ya por verme fea, sino por verme SOLA; por sentir que nadie entendía lo que estaba haciendo, qué era eso de la paleodieta o por qué se alineaban todos esos suplementos encima de mi frigorífico.

Y bueno, aquí estoy. Guapa. Solucionada, por lo menos de momento. Y lo he hecho yo sola. Me preocupa la posibilidad de un nuevo brote. Hasta tengo pesadillas sobre el tema. Pero me preocupa menos que antes. ¿Por qué? Antes mejoraba por razones externas y los brotes llegaban como algo maligno y fuera de mi control. Como una plaga bíblica. Ahora no es que los controle porque, de hecho, ya os digo que no tengo claro qué he hecho para mejorar. Pero lo que tengo claro tal día como hoy es que en casi todos los problemas se pueden intentar soluciones nuevas. Siempre hay nuevas opciones, cambios, maneras de hacer las cosas. A veces el tema no es que no existan soluciones, sino que aún no somos lo suficientemente valientes o comprometidos como para ponerlas en práctica. Pero están ahí.

Silvia me escribió un post precioso donde hablaba de cosas muy bonitas, como mi ingenio, mi sabiduría o mi maravillosa vitalidad (cito textualmente). Habla de "esa persona que podríamos ser después de limpiarnos las costras de la superficie, los días, los abandonos, las adaptaciones cotidianas al miedo y la comodidad". Yo no sé si soy esa persona. Soy consciente de que me quedan muchos miedos, limitaciones y abandonos. Pero lo intento. Intento vivir lo mejor que puedo y hacerme cargo de mis problemas. Y si algo quiero transmitir aquí, además de que la vida es preciosa, y nuestro tiempo en ella es limitado, y debemos tirar adelante lo mejor que podemos... es que luchar siempre se puede. El AA ha sido para mí una gran batalla y aquí estoy: al otro lado. Así que luchad las vuestras, sean las que sean. Yo ya estoy preparándome para la siguiente.

Y va, no me puedo contener. Ésta soy yo tal día como hoy, en este momento en particular. La cam difumina, pero creo que se aprecia el efecto.



Os mando un besito porque me siento sexy.

Jejeje.

domingo, 25 de marzo de 2012

Ganas de ballena



Esta mañana iba yo en autobús camino de Cádiz después de terminar la guardia. Ah, el saliente. Ese momento en que el hospital te deja libre después de tenerte veinticuatro horas bajo sus garras, y todo (el sol, el mar, los desayunos y hasta los perros) te parece más brillante y bonito.

Iba leyendo con los tapones de los oídos puestos, intentando obviar la música maquinera de la radio, pero al final ha sido más fuerte que mi capacidad de concentración y he cerrado el libro. Me he quedado con la mirada así un poco perdida y el cuello descolgado sobre el asiento del autobús, observando las marismas y las calles solitarias de Puerto Real. Ha hecho un fin de semana de mucho viento, algunas nubes e incluso un par de gotas del fenómeno atmosférico anteriormente conocido como lluvia. Un tiempo malo, pero ideal para estar encerrada en el hospital 24 horas viendo a gente muy rara con problemas mentales, porque piensas: vale, yo estoy jodida, pero los de fuera también.

Cuando hace levante en Cádiz, el agua de la bahía se vuelve gris amarronada y se llena de olas cortas y espumosas, y yo me imagino el mar arrastrando la arena del fondo y removiendo los bancos de peces. Hoy reflexionaba sobre eso cruzando el puente de Carranza cuando he visto una roca muy grande que quedaba al descubierto sobre las olas. Entonces he pensado: y si fuera una ballena. Fíjate qué pensamiento más absurdo, que sólo me ha durado dos segundos. Porque no hay ballenas en Cádiz, ni creo que haya posibilidad de que llegue ninguna; desde mi desconocimiento oceanográfico lo digo. Pero entonces he imaginado muy claramente cómo sería que aquella roca fuera una ballena. La he visualizado saltando a cámara lenta y salpicándolo todo de gotitas transparentes, y los pasajeros del autobús asombrados sacando los móviles para hacer fotos y colgarlas en Facebook.

Ayer estuve hablando con mi padre, que me llama los miércoles y los sábados como mínimo y un poco más desde que me tiene como número preferido y le salgo gratis. A mi padre, que es cirujano, le gusta que haga guardias. Creo que se siente orgulloso, como si me estuviera enfrentando a las cosas duras de la vida o como si él hubiera conseguido transmitirme parte de su legado. Me preguntó qué tal me van las cosas. Bueno, no sé, bien, contesté. Últimamente es lo que contesto cuando me preguntan. Bueno, no sé, bien. Hace un par de meses estaba... no sé cómo decirlo... más entusiasmada. Ahora, le explico a mi padre, es como cuando estás leyendo un libro y pasan capítulos y más capítulos, y tú sigues leyendo porque el libro no está mal, pero al mismo tiempo te preguntas: ¿cuándo se supone que va a empezar lo emocionante?

Bueno, hija, me contesta mi padre. Yo creo que la vida no da mucho más de sí.

Así que creo que tengo ganas de ballena. Porque estoy bien, claro que sí, pero a lo mejor no exactamente infeliz, sino un poco aburrida. Preguntándome si al escritor que me escribe no se le dará tan mal hilvanar buenas tramas como a mí. Y esta mañana, mientras miraba por la ventana del autobús, ha sido eso lo que he reconocido detrás del absurdo impulso de imaginar cosas raras un domingo por la mañana. El aburrimiento existencial mezclado con mi optimismo incorregible. Las ganas de que llegue algo bonito que me sorprenda, con la misma cualidad inesperada y asombrosa de una gran ballena gris en la bahía de Cádiz.
Estoy de guardia y me resulta difícil inspirarme aquí, así que os dejo con el precioso post que me ha dedicado Silvia. Mil gracias, guapina. Yo prometo escribir largo y tendido mañana. Os quiero, deseadme buena noche.