massobreloslunes

martes, 10 de abril de 2012

Diario de primavera


Creo que ya os conté que al final decidí omitir que Paul Auster está gagá y comprarme su último libro. Que ha venido a confirmarme que Paul Auster está gagá. O bueno, más que gagá: está triste. Tiene sesenta y cuatro años y se da cuenta de que a su vida cada vez le queda menos. Reflexiona sobre su cuerpo de forma a veces un poco extenuante. Reflexiona sobre el amor. Es curioso que haya escrito todo el libro en segunda persona. Aunque al principio resulta raro, después uno se acostumbra. El efecto introduce cierta distancia: da mucho menos miedo escribir en segunda persona que escribir en primera. Confirma mi idea de que PA está bastante triste y eso me da pena a mí también.

A mí me gusta mucho PA, pero quizá no tanto como pensaba. Quiero decir, que sus libros son muy buenos, que el tío escribe muy bien, con esa fluidez que hace que parezca que bebe agua. Pero son libros fríos. No recuerdo a sus personajes con calidez. Sus historias son brillantes, imaginativas, redondas, pero creo que ninguna me ha calado con profundidad. Lo que me da pena de que esté tan triste es que bueno, él es un triunfador. Ha conseguido un éxito de crítica y público. Ha encontrado el Amor, con mayúsculas; en el libro está tan enamorado de su maravillosa mujer Siri Hudsvedt que dan ganas de escupirles. Una esperaría que al final de una vida así el autor sea capaz de exhalar cierta plenitud, cierta satisfacción o, por lo menos, un poco más de alegría. Que toda una vida llena de amor y escritura no conduzca a una vejez moderadamente feliz hace pensar.

Supongo que el tema es que cuando uno sabe que la película acaba bien es porque la película está terminando. Después de escribir ayer sobre el miedo, resulta que me he pasado todo el día nadando en el pánico por un posible desastre económico al que ya le escribiré una poesía si al final se confirma. No es miedo a perder el dinero, que al fin y al cabo lo tengo y no es lo más importante del mundo. Es miedo a la inseguridad, la inestabilidad, la dificultad para hacer planes de futuro. Miedo a no saber por dónde tirar cuando acabe el PIR ni cómo acabarán las cosas. El mismo miedo a que algo dentro de mí esté profundamente mal y por eso no sea capaz de conseguir el amor, o por lo menos la atención, de la gente a la que a mí me gustaría dedicar mi amor y mi atención. El tema es que el miedo está ahí porque la película todavía tiene mucho que decir. Se está configurando la trama, se perfilar los personajes, avanza la acción. Pero a veces me gustaría encontrar un botón de fast forward, tirar hacia adelante y saber que todo va a salir bien. Incluso aunque sepa a ciencia cierta que salir bien no quiere decir absolutamente nada.

Y por otra parte... ya os digo: la vida de Paul Auster y cómo él percibe que se acaba, y lo triste que debe de ser eso cuando te has pasado tantos años dedicado a contar historias, a escuchar historias, porque si te gustan las historias es porque el mundo te gusta mucho mucho. A mí la vida me gusta mucho. En la muerte pienso a veces cuando me despierto de la siesta, no sé por qué. Pienso en ella y lo que me viene a la mente es que no quiero morirme, de verdad, que no quiero morirme. Porque pensadlo: esa sensación de que realmente te queda poco más en este bonito planeta, que eso de creer que ibas a durar siempre era una mentira que te contaba tu coco y, sobre todo, que las cosas interesantes y bellas van a seguir sin ti. Mi padre me dijo hace algún tiempo que cuando muera quiere que ponga sus cenizas en el salón de casa. "A mí no me tiréis al mar ni ninguna tontería de esas. Yo quiero estar en el meollo, enterarme de las cosas que pasan".

Así que al final hoy ha sido un día de tener un poco de miedo. Al colapso económico, a la inseguridad, a la terrible certeza de que en vez de escribir y escalar como si no hubiera un mañana debería estar preparando la tesis, apuntándome a masters y haciendo cosas de provecho. Pero luego pienso en PA y en que él ya sabe que las cosas salen bien en la historia de su vida, pero al mismo tiempo está viviendo el equivalente existencial de mirar preocupado cómo se le acaban las páginas a una novela que te gusta mucho. En lo que a mí respecta, nada de masters, por ahora. Hace algún tiempo leí algo como "cree en lo que amas, sigue haciéndolo y te llevará a donde quieras ir". Yo amo esto. Escribir, quiero decir. Amo la vida que llevo ahora. Pienso en el fast forward y bueno, la verdad es que le quitaría bastante emoción al asunto. E intento encontrar la alegría en esa emoción. En la intriga de no saber cómo va a terminar esto. En la creencia moderadamente optimista de que a este libro que es mi vida le quedan todavía muchas, muchas páginas.

lunes, 9 de abril de 2012

Marruecos (I)

Yo frente a la pared del Caiat, en pleno momento de desesperación escaladora después de tres días de lluvia


Mi padre se montó en una montaña rusa por primera vez cuando yo tenía diez u once años y él unos cuarenta. Hasta entonces, todo lo que le habían dicho en su vida era que el mundo es peligroso. Que las cosas dan miedo. La montaña rusa era el Space Mountain, en Eurodisney. Desde entonces le cogió el gusto al asunto y nos montamos juntos en el Dragón Khan de Port Aventura, en el Superman y Batman de la Warner y en el Jaguar de Isla Mágica. Ya hemos dejado de visitar parques temáticos juntos y a lo mejor su hipertensión le impediría subirse otra vez, pero creo que disfrutó mucho en el periodo en que pudo ejercitar su valentía bajo las firmes abrazaderas de la montaña rusa.

De pequeña las historias de miedo me daban mucho miedo. Mi imaginación siempre ha sido peor que la realidad, y veía con tanta claridad las imágenes que me contaban que me pasaba las noches de campamento sin poder dormir. Imaginaba a la Dama Blanca saliendo de las aguas del Sella cuando acampamos en Asturias, y a la Monja Petra arrastrando su cojera por un antiguo convento de la sierra de Málaga. Con diez años decidí que se me iba a quitar el miedo y me dedicaba a leer libros de terror y a pensar en las escenas por la noche hasta que perdían su poder.

Lo que quiero decir con todo esto es que yo no soy valiente. Soy cabezona. Y últimamente se me ha metido en el coco la idea de intentar vivir sin miedo. De pensar que todo va a ir más o menos bien y confiar en el proceso. En ese sentido, los viajes son una prueba, porque me aterra la falta de control que supone. Tú en un país extraño, en una cultura que puedes o no puedes entender, y el mundo entero esperando para lanzarte sus garras.

Supongo que uno va haciendo cosas en su vida a medida que se le van planteando. Por eso yo a los veintiuno me sentaba diez días en silencio a meditar e intentar mirarme la mente por dentro y ahora, con veintiséis, tengo ganas de salir a mirar el mundo. Este viaje he tenido la sensación de entender por fin el tema. Lo que significa estar en otro lugar y dejarse empapar por él. Miraba por la ventana de la furgo las calles de Tánger, las chicas saliendo del instituto con el pelo escondido bajo el hiyab, los niños jugando al fútbol en las plazas. Las mujeres de Chaouen caminando por la carretera, dobladas bajo los fardos de hierba; las furgonetas llenas de chicos que asomaban por las ventabas, se colgaban del techo y te gritaban cuando te veían escalar. La sensación tan extraña de pensar: aquí está esta gente, con su vida, sus sueños, sus problemas, existiendo lo mejor que pueden, y aquí estoy yo, tan pequeña y tan poco importante.

Escalar allí también ha sido una experiencia. Hemos trepado poco por la maldita-maldita lluvia, pero los dos días que nos ha prestado Alá han sido impresionantes. No sólo por las preciosas paredes, el paisaje, la calma, la experiencia de estar un día haciendo turismo en la ciudad y al siguiente escuchando el silencio desde la terraza del refugio. También por lo que supone ponerse el arnés, colgarse las cintas, agarrar tu cuerda y decir: "píllame ahí que voy a montar esa vía". Lo que quiere decir que te vas a enfrentar a una vía extraña en un país extraño en un continente extraño. Una vía que no has probado nunca ni tus amigos tampoco. Le vas a poner tus seguros, te vas a caer si es necesario y vas a apañártelas para terminarla, porque luego tienes que descolgarte, recoger tu material e irte a casa.


Montando "Rastafari", 6a+


La escalada como camino para sobreponerte al miedo. El primer día estaba trepando de primera en un 6a, que es más o menos el grado que puedo hacer con comodidad. El último seguro estaba justo después de un desplome con una repisa debajo que daba bastante miedo. El agarre era muy bueno, pero si se te iba había que considerar las posibilidades de darte un carajazo contra la repisa. En esos momentos... bueno, en esos momentos tienes que saber gestionar el riesgo. Ahí el miedo es un aviso. Oye, que esto no es cualquier cosa. Que te puedes hacer daño. Entonces tú evalúas tus fuerzas y las posibilidades que tienes de salir victorioso, tomas una decisión y tiras adelante.

Hice el paso, apreté, se me fue un pie. Me quedé colgando de un brazo; el izquierdo, concretamente. Aguanté, junté manos, apoyé el pie, chapé la reunión, terminé la vía. No tiene más importancia. Es un paso, y tampoco era tan difícil. Pero soy yo: veintiséis años de niña dando vueltas por la tierra, descendiendo de generaciones y generaciones de gente con miedo. Soy yo tapándome los oídos con nueve años para no escuchar las historias de miedo, soy yo imaginándome cómo se sentiría uno al estar boca abajo antes de subirme al Dragón Khan. Soy yo intentando desesperadamente confiar en que la vida va a ir como tiene que ir y en que mis brazos, concretamente el izquierdo, van a ser capaces de sostenerme. Que para eso entreno en el roco como una chalada. Sólo es un paso, pero es muy importante.


El paso en sí


Colocada para chapar con los ovarios de corbata


Así que me vengo contenta, contenta, contenta de Marruecos. Creo que he crecido. He podido ver un pedazo de planeta que desconocía. He podido confiar, conocer, atreverme, ensayar vías y ensayar vida. Pensaba en lo inusitadamente guay que es viajar para escalar y escalar en general. Ayer me desperté a las siete de la mañana en una tienda, justo delante de la pared del Caiat. El sol se asomaba por uno de los extremos del valle y había un silencio brutal. Miraba la furgo, la tienda, las figuras dormidas de mis amigos, mis manos arañadas y pensaba la de roca que hay en el mundo y bueno, la de mundo que hay en el mundo. Y me sentía, de verdad, me sentía como si me hubiera tocado la puta lotería. Así.

En fin. Lo voy a dejar aquí, porque vaya espesor para escribir el post, que llevo dos horas, la madre que me parió. Quizá mañana escriba más sobre el viaje; quizá no. Esto era lo que me pedía hoy el cuerpo.

Calavera no chilla

Acabo de llegar a mi casa. Estoy tan cansada que no tengo claro si sigo viva. Tengo un post de mil millones de páginas escrito en mi cabeza, pero tendrá que esperar a mañana. Resumiendo: muy muy muy muy muy muy bien. Los viajes de escalada son el futuro. Lloro por dentro por haber tenido que volver ya en lugar de poder quedarme allí otra semana trepando, bebiendo té con hierbabuena y comiendo cuscús.

Aun así, quería escribir unas palabras para desearos una feliz y poco traumática vuelta a la rutina. Pensad en mí durmiendo cinco horas antes de irme a escuchar locos a una Unidad que estará ovebooking después de las vacaciones. En este viaje he aprendido una expresión: calavera no chilla. Algo como que si te vas de fiesta una noche no te quejes a la mañana siguiente por tener sueño. Que te quiten lo bailado. Así que me voy a dormir entre el agotamiento y la risa, aprovechando para deciros desde aquí, calaveras de lunes, que no chilléis ante la pavorosa rutina si, como yo, habéis pasado los últimos días sonriendo desde la blancura de vuestros dientes de hueso.

martes, 3 de abril de 2012

Las pasiones son pasiones por algo

La gente es curiosa.

Todas las mañanas bajo a desayunar con los compañeros de la Unidad. Es como una coreografía bien aprendida: un adjunto paga (se van turnando) y un residente pide (también nos turnamos). Como el bar es medio self-service, hay que coger las cucharillas, platos, azúcar/miel/sacarina y relleno para las tostadas. Alguien va a por vasos de agua para todos. Nos sentamos siempre en la misma mesa. En ese contexto, yo he tenido el atrevimiento de ¡oh! variar cada cierto tiempo lo que pido para beber. Qué queréis que os diga. A veces me apetece una cosa y a veces otra. Allí todo el mundo tiene SU bebida, que es como su huella dactilar, y cuando decido atrevidamente cambiar mi menta poleo por un descafeinado de máquina, me miran con reprobación.

Otra cosa que pasa con los humanos es que frente a una oferta variada de estímulos más o menos reforzantes, tendemos a consumir una cantidad proporcional según el placer que nos producen, incluso aunque nos gusten más bien poco. Ejemplo: mesa de restaurante con raciones de jamón de pata negra, lomo ibérico, salchichón de Málaga y queso. Ordenados así en función de cuánto me gustan a mí, Marina. En lugar de cebarnos a jamón y pasar del queso, tenderemos a comer proporcionalmente de cada cosa, incluso si el queso nos la refanfinfla, como es mi caso desde que me pasé dos años de vegetariana comiendo queso en todos los restaurantes del mundo.

¿A qué viene esto? Pues a que estaba yo esta mañana sentada en la mesa bebiendo mi café subversivo y hablando del viaje de mañana. Y oye, es curioso, porque a la gente le parece bien que escales, pero le raya que sólo escales. El MIR (que es amor) y mi psicólogo adjunto, que también es muy majo, estaban empeñados en que yo, además de escalar, debería hacer algo más. Como senderismo. Y bueno, yo qué sé, qué queréis que os diga. El senderismo me gustaba bastante cuando no había probado la vertical. Ahora mismo se me hace un poco como el queso de los deportes de naturaleza.

Yo entiendo que sea difícil empatizar con mi entusiasmo escalador. Pero es que escalar es jamón de pata negra. No es nada aburrido. Es el antiaburrimiento. "Es que hay que hacer de todo", me dice el MIR. Y yo me pregunto ¿por qué? ¿quién ha dicho eso? Si algo te gusta, haz eso. Si te gusta y no haces daño a nadie, ¿por qué no aprovechar? ¿Por qué no profundizar y apasionarte con algo? Quién sabe; igual un día te escoñas y ya no puedes escalar, y entonces tendrás todo el tiempo del mundo para ir al cine, tomar cañitas e incluso hacer senderismo, líbreme el Señor. Es como si diera miedo la idea de que una persona pueda estar verdaderamente absorta o implicada en algo; como si al no compartir esa pasión, temiéramos quedarnos fuera.

Todo esto os lo cuento porque estoy ridículamente emocionada ante la perspectiva de irme de viaje escalador mañana. Claro que hay muchos tipos de viaje, igual que hay muchos tipos de vida, pero llega un momento en que uno tiene que elegir. Porque el tiempo en la tierra es limitado y tenemos suerte si encontramos algo que amamos de verdad. Y porque bueno, la operación bikini está en marcha, las lorzas amenazan y, la verdad, es tontería desperdiciar calorías con el aburrido queso teniendo al lado un buen plato de jamón de pata negra.

Si alguien me necesita en estos días, estaré aquí.

lunes, 2 de abril de 2012

Besos que fueron y no fueron (II)

A veces, cuando estoy como ahora enfrente del portátil pensando sobre qué escribir, me pongo a observar los objetos que me rodean. Lo que es una estrategia absurda, porque siempre son más o menos los mismos y no me dan muchas ideas. Los mismos libros sobre la estantería, los mismos pintaúñas tirados sobre la mesa, objetos variados que no están donde deberían (la sal de cocina, un martillo, la cámara de fotos); todos ellos sin mucho potencial para la evocación.

Llevo unos cuantos días, sin embargo, en que me fijo en el libro ilustrado que me compré hace unos meses, "Besos que fueron y no fueron". Me da por pensar en cierto tipo de besos que tienen cara y cruz, como las monedas. Los besos que primero no fueron y después fueron, o viceversa.

El beso que no fue: estamos sentados en un bar irlandés de la Malagueta, bebiendo Guinness. Charlamos mucho, como siempre; nos reímos, nos ponemos serios, nos metemos el uno con el otro. En un momento dado, él me pide un beso y yo me niego, no recuerdo exactamente por qué. Creo que llega a acercarse a mí, temeroso, y que yo le hago un principio de cobra mientras intento suavizarlo con una sonrisa.
El beso que fue: horas más tarde estamos en su casa, en la cocina, a oscuras. Sus padres ven la televisión en el salón y yo he entrado a beber agua antes de marcharme. Entonces le veo de pie frente a mí en la penumbra, clavándome los ojos oscuros y redondos, mortalmente serio, y le digo que nunca me ha parecido bien negar un beso, y nos besamos de una forma total, absolutamente absorta en el presente. Nunca fue un gran besador, pero esa vez es perfecta y redonda como una moneda brillante.

El beso que no fue: llevamos lo que parecen horas tumbados en este colchón. Deberíamos estar durmiendo hace rato, pero tenemos los ojos abiertos como platos en la oscuridad. Él me acaricia la oreja y la nuca con la punta de los dedos mientras me cuenta historias que se está inventando acerca de unos monstruos salvajes que viven en un jardín lejano. Entonces me doy la vuelta, le miro y sé que estoy poniendo cara de pena cuando se inclina hacia mí y yo suelto un "no puedo, no puedo", mortal de doloroso, casi heroico.
El beso que fue: meses más tarde, me ha acompañado a hacer la mudanza a mi casa nueva, y esta vez sí que puedo y además sí quiero. Pero se hace el remolón, como el niño que cuando ha conseguido un juguete ya no tiene interés por él, así que soy yo quien tiene que acercarse desde detrás literalmente de rodillas mientras él descansa tumbado en el sofá del salón. Miro fijamente a su cara del revés y recuerdo cuando de niña jugaba con mi hermano a tapar el resto de la cara, dejar sólo la boca e imaginar que la barbilla era la nariz, y la gracia que nos hacía aquel rostro invertido y siniestro. Se resiste un rato, hasta que al final se da la vuelta y me besa, y besa tan bien tan bien que lo único que tengo claro es que seguramente lo ha hecho demasiadas veces.

El beso que no fue: llevamos un siglo buscando por las callejuelas del centro un bar que él recuerda de su primera época universitaria. Si no está en esta calle nos vamos, en serio, me promete; al final está en esa calle, así que no nos vamos. Tomamos cerveza y hablamos sin parar; cuando estamos juntos nunca nos hace falta nadie. Entonces yo miro dentro de sus pestañas espesas y oscuras, a esos ojos que siempre le dije que eran del color del toblerone, y nos reímos, y seguro que tenemos las pupilas dilatadas. El caso es que le rodeo el cuello con las manos y tiro con energía, y él se resiste todavía con más energía, nos puede ver alguien, y yo persisto en el intento y al final me enfado un poco.
El beso que fue: delante de mi portal, me pide perdón. Me dice que debo entenderlo. Yo me meto las manos en los bolsillos, hundo la mirada, giro hacia dentro la punta de mis botas. Te queda muy bien esa falda, dice. Y me besa, no sin antes mirar a los dos lados de la calle como un cazador furtivo, y yo debería negarme, pero qué queréis que os diga; cuando se trata de los besos que me deben no sé guardar rencor.

Pienso en el karma de los besos. Parece como si te devolvieran un beso por cada uno que te niegan, o como si por cada uno que niegas tú hubiera luego alguien que te quita la boca. Me pregunto si habrá un espacio donde se quedan los no besos: ¿dónde están los besos que me debes? se pregunta el Rober en "A fuego". En una cajita, responde luego, y ahí me los imagino yo. Todos los besos que no fueron, porque éramos cobardes o estúpidos, porque pensábamos que tendríamos todo el tiempo del mundo para besarnos, porque nos dio miedo quedarnos demasiado rato enchufados al puerto USB de la boca del otro, no fuera a ser que absorbiera nuestros datos y nos dejara secos, fundidos. El problema del contacto verdadero es que uno tiene que abandonarse, y como en los relatos donde se sale del cuerpo, lo que da un miedo verdadero es la posibilidad de no ser capaz de entrar luego otra vez.

¿Dónde están los besos que me debes? Ojalá pudiera reclamártelos. Mandarte detrás al cobrador del frac y exigirlos; decirte que son míos, que me pertenecen. Pero sería mentira. En realidad esos besos son tuyos y se los regalarás a quien tú quieras. Y mientras yo estaré aquí, enrarecida, pensando en esa cajita hipotética donde el karma guarda todos los besos no dados que me pertenecen. Custodiándolos como los objetos robados en la comisaría. Negándomelos por una razón que no alcanzo a entender muy bien.

domingo, 1 de abril de 2012

El Scherezadismo sentimental

Me llama mi padre mientras estoy comprándome un libro en Plastilina, una papelería-librería de la Avenida que por casualidad está abierta hoy domingo a las casi dos y media de la tarde.
- ¿Qué haces, pitufa?
- Aquí estoy, comprándome un libro.
- ¿Y eso?
- No sé, no tenía nada para leer, he visto la papelería abierta y he entrado.
- ¿Qué te has comprado?
- Lo último de Paul Auster.

En efecto; a pesar de decir hace poco que creo que PA está gagá, la señora de la tienda me estaba presionando porque iban a cerrar y he acabado apostando por él. Que quizá pueda defraudarme, pero seguro que no mucho-mucho.

Con los libros, me dice mi padre, pasa como con la droga: cuando la necesitas te llevas lo que te ofrecen. También dice que él no se va a comprar lo último de PA porque desde que se está haciendo viejo le deprime mucho. Le entiendo cuando abro el libro tirada en el sofá de mi casa y leo la primera frase: "Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona en el mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro".

Ahí está: la vejez resumida por Paul Auster en cuatro frases escasas. Imagino que a mi padre le tiene que sonar demasiado. Imagino que a lo mejor para mí, desde mis veintiséis años femeninos y sólo moderadamente destruidos, es más sencillo tolerar que un señor te hable con crudeza de lo que significa hacerse viejo.

"Sin duda eres una persona precaria y dolida, un hombre que lleva una herida en su interior desde el principio mismo (¿por qué, si no, te has pasado toda tu vida adulta vertiendo palabras como sangre en una hoja de papel?)." Precaria y dolida; me parecen dos adjetivos bien escogidos, muy precisos. Sé lo que es sentirse así. He pasado el fin de semana escribiendo, más o menos; tengo que pillar continuidad literaria, aguantarle el pulso a mi libro y ser capaz de pasar más tiempo sentada frente al escritorio sin abrir en Facebook, pero no me quejo. No sé si escribir está correlacionado con ser una persona precaria y dolida. Intento que no lo esté, pero yo misma he dicho varias veces eso de estar roto en un sentido básico de la palabra.

Me he atascado. Estoy cansada y tengo ganas de meterme en la cama. Pienso en lo que me comentó ayer el señor M.: algo como que cuando me lee es como si le estuviera hablando. Me ha gustado tanto la frase que la he apuntado en una de mis recién adquiridas fichas para ideas literarias. No sé por qué: me ha resultado un elogio encubierto. Es bonita la idea de que alguien te hable despacio todas las noches. A veces, no sé si lo sabéis, me siento como Scherezade, la de las Mil y una Noches. Siempre me gustó ese personaje, narrando sin parar un día detrás de otro para salvar la vida. Aunque siempre he creído que salvar la vida era un beneficio secundario; que lo que de verdad quería ella era mantener a su audiencia.

Últimamente siento que estoy perdiendo fuelle. Al mismo tiempo, siento que debo seguir escribiendo a diario. Es la única forma de que de vez en cuando salgan cosas bonitas, en medio de mareas y mareas de autocompasión y vueltas sobre los mismos temas. Lo veo a menudo en los blogs ajenos: una dice "ya está otra vez con lo mismo", y de repente sorprende un trozo de emoción reluciente, de los que te hace pensar: oye, pues la vida mola si uno tiene la oportunidad de sentir esto. Así que sigo escribiendo, a pesar de sentir esa pérdida de fuelle, o de chispa, llámalo X. No sé si vosotros lo notáis, pero bueno; aquí estaré. Aunque a veces relea los post y me produzcan sólo un encogimiento indiferente de hombros. Aunque nadie vaya a cortarme la cabeza a la salida del sol.

sábado, 31 de marzo de 2012

Torres y recuerdos

Me estoy acordando de Granada.

Hace algunos días leí un fragmento de un cuento de Borges en el que hablaba de un palacio con cien torres de colores. La gradación era tan sutil que al llegar a una torre te parecía igual que la anterior, pero luego te dabas cuenta de que la primera era amarilla y la última rojo intenso. La vida es un poco así. Mientras la estás viviendo te parece que los días y las rutinas son más o menos iguales. De repente vuelves la vista atrás y piensas: cómo ha cambiado todo. Qué lejos queda ahora lo que antes me parecía tan cercano.

De Granada me acuerdo ya como de un sueño. Parece que he construido la pared que separa esa etapa de mi vida de ésta. Me siento muy, muy distinta. No sólo porque detrás del AA haya aparecido una cara de adulta que me resulta ajena, ni por los bíceps. Siento como si algo de mí hubiera cambiado de una forma muy profunda. Es raro. Ayer volvía en el coche del MIR desde el curro porque estaba lloviendo. ¿He dicho ya que el MIR es amor? Íbamos contándonos nuestras cosas. Nuestras hipocondrías, preocupaciones; qué nos parece la residencia, cómo nos estamos adaptando a la Unidad. Yo pensaba: hay que ver, sin darme cuenta, el pequeño mundo que me he construido en Cádiz.
Pienso en Granada, ya os digo, y hoy concretamente me he acordado de cuando mi amigo A., el que ya no me habla, y yo íbamos a la heladería La Rosa a por leche merengada después de estudiar para los exámenes de junio. Yo pedía el vaso pequeño y él el grande, y a veces repetía porque siempre ha sido un ansias. Los dos hablábamos de lo rica que estaba, e invariablemente la dependienta nos decía que era porque estaba hecha con leche fresca. Después nos la tomábamos en un banco frente a Camino de Ronda, viendo pasar los faros de los coches en la noche de verano. Aquella fue la época en que empezamos a quedar casi por casualidad. Una tarde nos encontramos en el messenger, decidimos bajar a tomar una cerveza al Dnieper y bueno, nos fuimos casi se podría decir que enamorando amistosamente hasta que se acabó el curso.

Ahora es como si todo eso hubiera pasado hace años luz. En algún punto he perdido la continuidad de los recuerdos. Y bueno, no está mal. Hoy andaba rebuscando en una págica web nombres de chica porque he decidido cambiarle el nombre a la protagonista de mi novela libro, y entre un montón de nombres horrorosos me he fijado en Olvido. No le voy a llamar Olvido a la protagonista, tranquilidad, aunque sólo sea por no ponerle como Alaska, pero me ha dado por pensar que es un nombre bonito. No sólo porque termina en O, que es algo así como antagónico e interesante para un nombre de mujer, sino porque el olvido es realmente una cosa piadosa en la mayoría de las ocasiones. La tregua que nos da la vida para ser capaces de seguir aguantando el tirón.

No sé a qué viene todo esto. Me duelen las caderas de escribir sentada casi todo el día. Por la tarde he estado mirando ropa y cada vez me hacen más gracia los músculos de mi brazos en los probadores de las tiendas. Otra cosa que va cambiando despacio, como las torres de Borges. Cambio yo escalando. "Has aprendido algo sobre la escalada que antes no sabías", me dice el Kpot en el roco el pasado martes, sorprendido por mi progreso. "¿Qué he aprendido, profe?". "No te lo sabría decir... algo". Yo pienso en la inteligencia del cuerpo. Dentro de mi frikismo progresivo y ascendente por la roca me he estado leyendo la autobiografía de Lynn Hill, una famosa escaladora americana. Precioso libro, de verdad: motivación en estado puro. Ella habla de la inteligencia del cuerpo: si te dejas fluir te darás cuenta de que él sabe lo que tiene que hacer para no caerse. Ahora creo que escalo de forma más inteligente, más intuitiva; por lo menos en el roco, que en la roca últimamente me puede el miedo.

Y bueno, también va de eso la vida, ¿no? La inteligencia del cuerpo. Moverse de forma intuitiva y ligera hacia los lugares a donde queremos ir. Estoy muy tranquilita esta semana. Me encuentro muy bien. Superando la primavera y esperando espeluznada la llegada de mi tercer verano en Cádiz; me han dado ganas de playa hoy, no sé por qué.

Termino mi diaria sarta de incoherencias con uno de estos vídeos que podría justificar diciendo que tiene que ver con el post y con la inteligencia del cuerpo y demás... pero, de hecho, sólo quiero que veáis lo fuerte que me estoy poniendo :)