Así que tú eres la reina de la casa. Tienes el cuerpo pequeño, la cabeza grande, el pelo rubio natural y un cerebro poderoso. Con un año cantas canciones enteras de Ana Belén, con dos has aprendido sola la mayoría de las letras del abecedario, con tres lees. Eres buena, cariñosa, despierta, tranquila; tu único problema, al parecer, es que te gusta tanto el mundo que por las noches no quieres dormir. Yo no me quiero costar, repites a quien quiera oírte. Así que tu madre inventa cuentos larguísimos donde nunca pasa nada malo, para que no te den miedo, y los graba en una cinta que te pone en bucle antes de dormir.
Pero resulta que tus padres deciden que contigo no les basta y se ponen otra vez a procrear. Y como tu madre es fértil como un huerto abonado y tu padre donde pone el ojo pone la bala, cuando te quieres dar cuenta han traído a casa a una pelotilla rubia que, por lo menos, tiene todavía más cabeza que tú y hace que parezcas menos desproporcionada.
No es exactamente malo, pero te resulta... no sé, molesto. Lloriquea. Se pone penoso. Reclama atención. Tú eres tan, tan buena y él es menos bueno que tú y, aun así, le quieren. Miente sobre los deberes, trapichea con los juguetes, se hace amigo de los niños mayores del colegio para que le den pizza al mediodía. No come bien. Hace bola. Te llama a menudo a gritos desde la otra punta de la casa y tú, que te lo pasas mejor con los libros que con la mayoría de las personas, no encuentras la forma de compartir el tiempo con ese bicho inquieto y quejicoso. Te quejas a tus padres, que te dicen que no son el rey Salomón. Te tienes que buscar la vida en la relación personal obligatoria más complicada que vas a encontrarte.
Crecéis. Las cosas no mejoran. Cuando tú tienes uso de razón él no, cuando él la va adquiriendo tú te estás convirtiendo en una preadolescente absurda. Él quiere jugar y tú leer la Superpop. Cada vez que llega a una etapa tú ya has saltado a la siguiente, así que es complicado que os entendáis. Además sois tan, tan distintos. Tú con tu hiperresponsabilidad, tu obsesión con lo justo, tu asertividad, tus ganas de ser siempre la mejor en todo. Él con su todo me la pela existencial, su ley del mínimo esfuerzo, su capacidad para argumentar desde la nada y tener siempre razón.
Pero es muy gracioso, las cosas como son; hasta le eligen para un programa de la tele de esos de niños graciosos. En el colegio todo el mundo le conoce. Tú eres la mayor y, aun así, eres "la hermana de". Y es listo, el cabrón, porque mira que es vago, y mira que en su vida se habrá leído tres libros y, aun así, escribe bien: redacta claro y con contundencia. Sabe de memoria canciones al piano sin tener ni puta idea de solfeo, aprende solo a tocar la guitarra, tarda menos en conducir un coche a la perfección que tú en distinguir el embrague del acelerador. Vuestro sentido del humor se superpone con exactitud, y en vuestros mejores momentos os podéis pasar horas descojonados delante del Youtube. Tiene sus propias ideas, no deja que nadie le pisotee y cuando quiere algo moverá cielo y tierra para conseguirlo.
Te ha puteado muchas veces. Vas a coger tu bici y te encuentras con que ha utilizado las ruedas para un montaje de la facultad. Quieres tu guitarra y él se la ha prestado a nosequién que a su vez se la ha prestado a otro. Pone música cuando tú estudias, se come el jamón bueno con sus amigotes, se lleva el coche aunque le hubieras dicho que te hacía falta a ti.
Pero no deja de ser la persona de la tierra que más código genético comparte contigo; mínimo un 50%, si no te acuerdas mal de la genética que aprendiste en el cole. El único que entiende de verdad, para bien y para mal, lo que es ser hijo de tus padres, sobrino de tus tíos, nieto de tus abuelos. El que en las reuniones familiares mira el panorama, te mira a ti y se descojona, y luego toca la guitarra mientras tú cantas o canta mientras tú tocas. El que te lleva y te trae en coche aunque tú le prohibieras usar tu moto cuando te cabreabas con él. Es tan distinto a ti y a la vez tan parecido, como el perfil de tu sombra, y la manera en que encuentra la felicidad en las cosas simples te fascina.
Tú te has marchado porque quieres, y tienes tus razones, pero lo cierto es que ahora le entiendes más desde la distancia, y ojalá pudieras ser para él mejor de lo que eres, no sabes muy bien cómo explicarlo. Más útil, más cariñosa, algo más parecido a lo que debería ser una hermana. Así que le das dinero en navidad, buscas regalos bonitos para su cumpleaños, le prestas tu casa y le prometes que le dejarás tu furgo. Intentas construir cimientos nuevos para épocas nuevas.
Ya habéis crecido. Os habéis hecho mayores. Hoy cumple veintitrés años y tú estás convencida de que vino a la tierra para enseñarte cosas. Sobre ti, tu impaciencia, tu furia, tu capacidad para pasar dos horas meditando y pensando en el amor y cinco minutos después mandarle a la mierda a gritos por el hueco de la escalera. Y también tu parte luminosa y tu esfuerzo valiente por seguir adelante. Sobre él, y el hecho cierto de que su forma de ver la vida es tan válida como la tuya y tiene mucho más que enseñarte de lo que te atreves a reconocer. Lo mejor de los dos es que perdonáis deprisa; qué bien que sí os parezcáis en eso.
Una cosa está clara: se hace querer, y tú descubres sorprendida, después de todos estos años, de mosqueos frecuentes, de distancia generalizada, de cercanía ocasional, de estar condenados a entenderos... pues que sí, que le quieres. Seguramente de la forma más rara en que has querido a nadie en tu vida; pero le quieres mucho. Y escribes sobre él porque nunca lo habías hecho y porque te apetece, no sin antes advertirle a tu madre con mucha seriedad que si le enseña esto privatizarás el blog para siempre y nunca jamás podrá leer nada tuyo y no le dedicarás ni un best seller.
Felicidades, bro.
jueves, 26 de abril de 2012
miércoles, 25 de abril de 2012
Eres tan pequeñita. Últimamente vas cada día con un pijama distinto, que no sé de dónde los sacas, pero se te ve desde lejos con el estampado de corazones, o de ositos, o de arcoiris. Caminando despacio con el flequillo rubio enmarcándote las cejas. Acompañada a veces de otros pacientes que a tu lado se ven enormes: porque eres tan pequeñita que ellos te protegen, te transportan, a veces hasta te manipulan, en esa red social curiosa que se establece dentro de la planta. Y yo te miro pasear por las mañanas, y clavas en mí tus ojos grises cuando nos cruzamos en el pasillo.
Te veo hoy en las mesas de la entrada, rodeada de gente como un idolillo raro. Son tíos lejanos y monjas de una institución donde viviste. Asientes extrañada mientras ellos te hablan, te preguntan y te prometen cosas. Los mismos que te han dejado toda la vida sola. Sonríes y se te ven los aparatos de los dientes. Intentas hablar, pero en realidad, pequeñita, no tienen ningún interés en escucharte. Porque les da mucha pena que estés aquí, pero eso no significa nada, porque la pena nace de la preocupante sensación que tienen ahora de que quizá, pero sólo quizá, podrían haber hecho algo para evitarlo. Ahora te preguntan y tú contestas, y yo pienso en que al llegar aquí te pasaste dos días enteros sin hablar. Mirando con los ojos muy abiertos frente a ti, como si se estuviera proyectando una película de terror detrás de tu cerebro.
Cuídate mucho, pequeñita; estás sola, todos lo estamos. Ojalá que tengas suerte, tú y tus pijamas de colores. Ojalá todos estos superhéroes que te han salido no resulten ser de cartón piedra.
Te veo hoy en las mesas de la entrada, rodeada de gente como un idolillo raro. Son tíos lejanos y monjas de una institución donde viviste. Asientes extrañada mientras ellos te hablan, te preguntan y te prometen cosas. Los mismos que te han dejado toda la vida sola. Sonríes y se te ven los aparatos de los dientes. Intentas hablar, pero en realidad, pequeñita, no tienen ningún interés en escucharte. Porque les da mucha pena que estés aquí, pero eso no significa nada, porque la pena nace de la preocupante sensación que tienen ahora de que quizá, pero sólo quizá, podrían haber hecho algo para evitarlo. Ahora te preguntan y tú contestas, y yo pienso en que al llegar aquí te pasaste dos días enteros sin hablar. Mirando con los ojos muy abiertos frente a ti, como si se estuviera proyectando una película de terror detrás de tu cerebro.
Cuídate mucho, pequeñita; estás sola, todos lo estamos. Ojalá que tengas suerte, tú y tus pijamas de colores. Ojalá todos estos superhéroes que te han salido no resulten ser de cartón piedra.
viernes, 20 de abril de 2012
Insomnio (II) (Creo recordar que tengo por ahí un relato que se llama así)
Estoy teniendo problemas de sueño últimamente, que es algo que no me había pasado nunca. Me despierto a las dos o tres horas de haberme acostado con los ojos como platos, y me da rabia, porque suelo irme a la cama cansada y me duermo deprisa. Abrir los ojos a las dos horas hace que me sienta traicionada. Encontrarme de repente escupida hacia la realidad, cuando me acababa de introducir en el abandono del sueño, me saca de quicio.
Hay distintos tipos de insomnio y te los aprendes cuando tienes que hacer las historias clínicas. El de conciliación: quien no puede dormirse. Suelen ser personas tensas, agobiadas. Incapaces de abandonarse en los brazos de alguien, hasta de Morfeo. Siempre pensé que no podían dormirse los que no tenían la conciencia tranquila, y me sentía ridículamente orgullosa de caer frita en cuando apagaba la luz. Pero hasta a mí me pasó una época, después del PIR: todas las noches me entraba un miedo estúpido a apagar la luz y quedarme en silencio conmigo y tenía que distraerme con comics de Asterix hasta que se me caían los ojos.
Luego está el despertar precoz de los maniacos. Querer levantarse YA para hacer cosas y sentirse lleno de energía a las seis de la mañana. En el otro lado está la hipersomnia de los depresivos. El sueño no reparador. Una tristeza tan grande que no te abandona ni al otro lado de la frontera de la cama.
El sueño fragmentado, que es lo que me pasa a mí. La mente activa todo el rato, llena de ganas de comerse el mundo. Las ganas de no perderse nada de lo que pasa por ahí fuera. Cuando se te fragmenta el sueño no descansas bien, y a veces no creo que tenga tanto que ver con las fases del sueño como con que la realidad no te da una tregua lo suficientemente larga. Porque a ver quién es el valiente que aguantaría la vida de continuo, sin tener las noches para olvidarse un poco.
Las parasomnias. Hablar dormido, el sonambulismo. Una vez me dijo una chica que compartió habitación conmigo que yo me reía dormida. Pero que a ella le daba buen rollo, que era como escuchar los teletubbies. Cuando vivía en Barcelona hablaba catalán en sueños, y parece ser que al principio lo hacía mejor que en la realidad. Mi madre pasó toda mi infancia empeñada en que crujía la mandíbula durmiendo, pero nunca me lo dijo nadie más. Una vez conocí a un chico que algunas noches se levantaba llorando. "Pero no es nada, me pasa a menudo", me dijo. Cómo no va a ser nada, corazón, pensé yo; estás llorando dormido lo que no lloras despierto.
Es curioso el dormir. Tener que tumbarnos todos los días un montón de horas, entrar en un estado de trance indescriptible y recargar baterías. Soñar. A veces, justo antes de cerrar los ojos, me entra miedo al pensar en qué clase de sorpresa me estará preparando el subconsciente para la velada. Como si te metes en una sala de cine sin tener ni idea de qué película echan.
No sé qué hacer con mi sueño fragmentado. Ensayo distintos remedios: hacer más deporte, hacer menos deporte, no comer antes de dormir, comer justo antes de dormir. Tomar leche con miel, suplementos de magnesio, una ducha calentita; estar más o menos cansada. Pero me sigo despertando más o menos a la misma hora, cada día más enfadada con mi propia cabeza. A lo mejor estoy preocupada y no quiero admitirlo. O puede que me haya convertido en una de esas temibles personas que no tienen la conciencia tranquila. Quién sabe.
jueves, 19 de abril de 2012
Antes de morirme
Hoy me he terminado "Antes de morirme", un libro que saqué ayer de la biblioteca cuando ya pensaba que no encontraría nada que me llamara la atención. Me gustan los libros y las pelis sobre moribundos. Creo que están bien para hacerte apreciar la vida y tal. Es verdad que tenemos que encontrar un equilibrio entre vivir como si fuéramos a morirnos mañana y, al mismo tiempo, saber que a priori no va a pasar, porque a ver quién iría a trabajar si no. Los libros que te hablan de esas cosas te dan alguna pista.
La novela es buena. Se lee rápido, la prosa es escueta, incisiva, llena de imágenes. Es conmovedora sin volverse lacrimosa, el ritmo es trepidante, el estilo es fresco y original. Una de estas novelas que te hacen pensar por qué aquí en España lo que pega fuerte son los crímenes literarios tipo Lament.
El tema es que cuando termino algo así pienso que pues claro, que la gente debería tener eso presente todos los días, el aprecio por las pequeñas cosas, a los amigos, la familia, el amor. Deshacerse del miedo, abrazarse salvajemente a lo que la vida le ofrece. Claro, que a veces la gente no puede apreciar las pequeñas cosas porque las grandes cosas no le dejan, y esto no hay que olvidarlo cuando tienes la oportunidad de ver sufrir tan a menudo como yo.
Tessa, la protagonista, hace una lista de las cosas que echará de menos. No la hace con la intención ecuánime de iluminar las vidas ajenas. La hace porque le da rabia. Está muy, muy enfadada de que la vida siga sin ella. El otro día pensaba yo en eso mientras iba en el autobús, dando vueltas por la bahía bajo el cielo claro de Cádiz. Pensaba en la muerte, y en que no es ya que me vaya a joder morirme, sino que me fastidiará pensar en toda la gente que se queda aquí disfrutando de las cosas que yo ya no podré tener.
Algunas de las cosas que echaré de menos.
Reírme mucho, reírme a carcajadas. Como viendo Friends, o leyendo el Para ti que eres joven, o escuchando al Kpot monologar sobre el tatami del roco, o diciendo chorradas con la PK.
La mezcla del olor a café dentro de mi casa y el olor a frío en la calle por la mañana temprano.
Desnudar a alguien. Acariciar a alguien. Acariciarle en partes del cuerpo que no son necesariamente eróticas, como los tobillos, las pantorrillas, los antebrazos. Los besos y los prebesos: ese momento en que sabes que alguien va a besarte y tú te vas a dejar. Sentir la erección de un tío. Que te empotren.
El Dolor De Mirar y estar de repente super contenta cuando has conocido a un chico que te gusta. Ilusionarte y planear futuros y pensar en cómo quedarán vuestros apellidos juntos.
Moverme con agilidad en el roco. Sentirme súbitamente muy fuerte y muy ágil. Los miércoles enfermizos, la penúltima serie, los bichobichobichobicho. Tocar la roca, ascender por la roca, ese momento clave en que superas el miedo y sigues. Los días largos de escalada en los que se para el tiempo.
Las caras de la gente por la calle. Las historias de la gente. Los instantes en que puedes comprender exactamente y desde tus huesos cómo se siente una persona.
Ir andando a un sitio que esté muy lejos, por el puro placer de llegar con mis piernas. El sol de invierno. Bañarme en las largas playas de Cádiz, en sus olas profundas. El momento en que el agua fría deja de ser desagradable y empieza a ser agradable.
Los abrazos. El peso de tu brazo sobre mi hombro o acercarme a oler tu cuello sin que te des cuenta. Las cosquillitas. Los masajes.
Los geles que huelen bien. Los zapatos moderadamente caros que te abrazan los pies con lujuria. El brillo de labios con sabor a chocolate. El chocolate.
Los buenos libros. Cantar alto y afinado mientras oigo música. Anatomía de Grey. Cortar verduras y sofreírlas despacio. Tener la tripa llena después de comer algo rico. Beber agua cuando tienes mucha sed. Encontrar un baño cuando te estás meando un montón.
Releer el blog y pensar que escribo mejor de lo que creo. Recordar cosas bonitas del pasado. Los primeros días de verano, cuando todo es nuevo y festivo, y el olor a arena y a crema bronceadora te pone contenta. Mirar fotos antiguas. Esos días raros en que te sientes guapa.
Los gatos. Los pintaúñas. Meterte en la cama calentita después de un día cansado. Meterte en la cama calentita después de un día cansado con alguien a quien quieres. Los besos de buenas noches. Los besos de buenos días.
La familia. La sensación de sentirte querida incluso cuando no te lo mereces. Los amigos. Que alguien te conozca y te lo demuestre. Los regalos hechos a mano. Los regalos comprados.
Tirarse a una piscina, embadurnarse de barro, comer nieve, mirar hacia arriba cuando llueve y sentir el agua en los párpados y en la punta de la lengua. El colacao caliente cuando hace frío. La limonada fresquita cuando hace calor.
Despertarte por la mañana y saber que has soñado algo agradable, aunque no lo recuerdes bien. Despertarte de una pesadilla con alguien a quien quieres al lado. Despertarte sabiendo que puedes dormir unas horas más.
Escribir. Escribir sin mesura, sin medida, sin acritud. Con los ojos anchos, las manos sueltas, la mente a mil kilómetros de aquí. Sentirte salvaje aunque tu cuerpo esté sentado frente a un ordenador, con la bata y las gafas y quizá una pinta un poco aburrida. Encontrar la forma que necesita la sensación que experimentas.
Soñar.
Soñar grande.
Agradecer.
Respirar.
Amar.
(Qué bien pensar que podría seguir así toda la noche)
lunes, 16 de abril de 2012
Feliz lunes
Perdón por la flojera de fin de semana. Dejadme que os cuente unas cuantas cosas para compensar. He pasado el día más horrible de escalada ever en Bolonia, siendo azotaba por un viento congelado del Averno y luchando por no morir de aturdimiento y frío. Me he caído dos metros por un trepadero a pie de vía (sin cuerda, obvio, no estaba escalando) y todavía no sé cómo no me he partido la pierna y/o la cabeza. Me apunté al couchsurfing y ahora hay un chico de Tánger durmiendo en mi sofá. Me duelen las caderas como a una abuela y no sé por qué. Mañana probablemente cierre el trato para mi nueva furgo (¡ya os contaré!). La novela va fatal, pero por falta de tiempo, que no de inspiración. El Señor sigue empeñado en no mandarme maromos. El tiempo está raro. El curro va bien. Es muy probable que en algún momento a lo largo de este año me alcance la ruina económica. Creo sinceramente que me estoy destrozando las rodillas a medio plazo a base de golpes contra la roca. ¡Quiero escalar! Más, quiero decir. Y escribir, también más. Creo que mi curro en realidad no le sienta bien a mi salud. Me estoy poniendo preocupantemente fuerte, y más que me pienso poner. Me mudo a Puerto Real, ¿lo he dicho ya? La semana que viene empiezo a buscar piso. Llevo dos semanas sin pintarme las uñas. ¡Quiero viajar más! Pienso de verdad que nunca jamás volveré a tener sexo, pero estoy desarrollando un desapego zen hacia el mundo físico para sobrellevar la idea. ¡Me encanta escribir! Me encanta, me encanta. Debería ir a la biblioteca, porque no tengo dinero para comprar novelas. Estoy intentando desarrollar un plan de vacaciones de verano-otoño que incluya escribir y escalar y gastar poco dinero, pero no tengo claro cómo hacerlo. Quiero... quiero muchas cosas, y hoy es uno de esos días en los que me podría alimentar sólo de chocolate. Pero me resisto. Me duele un codo. Debería comer más ensalada. Llevo cuatro meses sin ir a Málaga y me siento un poco culpable. ¡Ojalá no tuviera que trabajar para ganar dinero!
¡Feliz lunes! La vida es interesante. Quizá no traiga grandes ballenas a menudo, pero un montón de pececillos traviesos se mueven bajo su superficie aparentemente quieta.
Conducir
Hoy he ido a probar mi muy muy probable nueva furgo. El modelo y la camperización son concretamente éstos, solo que la ¿mía? (jijiji) es azul. Creo que tener una furgo va a ser genial a niveles estratosféricos. Evolucionaré de tiesa sin coche que duerme en el suelo muy mal porque ya está mayor para esas cosas, a tiesa con furgo que duerme dentro de su furgo y bueno, a lo mejor no es el Palacio de Invierno pero así para empezar en el mundo camper está la mar de bien. Viva y bravo.
El caso es que era para verme a mí probando la furgo. Marina, 26 años. Casi ocho de carnet ya. Nunca llevó la L porque nunca condujo el primer año después de sacar el carnet. En total, habré conducido en mi vida ¿cuánto? ¿dos mil kilómetros? Y tiro por lo alto. Así que ahí veis al Kpot en el asiento del copiloto, todo lealtad, dándome instrucciones del tipo de "A ver, Marina, si tienes que elegir entre darle a un coche o meter la rueda en un surco, mete la rueda en un surco. Pero si tienes que elegir entre darle a un coche o atropellar a una persona, dale a un coche".
Desde el primer momento en que cogí un coche en mi vida, supe que aquello no iría bien. De hecho, lo supe desde el primer momento en que cogí un vehículo a motor, a saber, mi moto, y atropellé la mesa de un bar al intentar aparcar. El caso es que tuve que dar un número indecente de clases de conducir (¿¿40??) y examinarme tres veces, tres, hasta que pude coordinarme y mantener mi atención fija el tiempo suficiente como para que el examinador me aprobara. Creo recordar que iba medicada (verídico).
Después, lógicamente, no conduje nada. Estaba tiesa, vivía en Granada, me planteaba cosas como si comer proteína realmente era tan, TAN necesario para el cuerpo humano. A las noches de invierno en que encendía el radiador les llamaba "noches de lujo". Comprarme un coche estaba tan lejos de mis posibilidades como el sol. Iba yo tan feliz de mi casa a la parada del bus universitario y viceversa, o caminando hasta que me dolían las plantas de los pies, o dejando que mi culo adoptara la forma del Portillo Málaga-Granada.
Esto ocurrió hasta que conocí a J. Él, que es un niño bien, tenía un coche estupendo, a saber: el Micrilla. El pobre se pasó una buena temporada pensando que yo no sabía conducir, por culpa de mi desapego hacia las cuestiones de ruedas. Hasta que un día, cuando llevábamos juntos unos meses, consiguió dejar de hablar de sí mismo un rato y me preguntó:
- Oye, ¿tú sabes conducir?
- Sí.
- Te estás quedando conmigo.
- Que no, que sé conducir, en serio.
- A ver, enséñame el carnet.
Le enseñé mi carnet, en el que salgo con cara de auténtico pánico porque cuando me la hice estaba pensando algo como "a ver qué cojones hago yo si suspendo el examen por tercera vez".
- Pues a partir de ahora conduces tú para que yo pueda beber cuando salgamos.

Después de una barbacoa. A los hechos me remito.
Así era él. Todo generosidad y virtud. Va, rencores del pasado aparte, tampoco es que J. fuera un borrachuzo y, además, me enseñó todo lo (poco) que sé sobre conducir. Tenía mucha, mucha paciencia, y nunca me regañaba ni me agobiaba. Me obligaba a compartir el volante en los viajes, y en lugar de dormirse cuando yo conducía, como hacía yo de copiloto, vigilaba los espejos para no morir porque me quería mucho.
Yo conduciendo soy una mezcla entre torpeza y problemas atencionales. Soy la típica que de repente entra en una zona que no conoce y empieza a gritar "'¡uy, uy, uy, dónde estoy, qué hago, qué susto!". Cosas así. La típica que sigue cientos de kilómetros porque le da miedo maniobrar para dar la vuelta. La típica que aparca en el quinto coño sólo porque se agobia aparcando en mitad de la calle con un notas esperándole detrás. Ésa soy yo. Lo que pasa es que tengo la teoría de que mi problema es que me falta práctica, y que cuando coja el coche con la suficiente frecuencia seré una conductora estupenda más o menos fiable.
Cuando J. y yo lo dejamos, entré en la brevísima época de mi existencia en la que conduje el coche de mi madre. Época muy, muy breve porque a) tenía la moto, odio aparcar y siempre acababa prefiriéndola y b) mi hermano enseguida se sacó el carnet, después de haber dicho muchas veces "aprovecha ahora, que cuando yo tenga el carnet el coche ni lo vas a ver". De mi hermano no hablo mucho por cosas como ésta. Pero le quiero, ¿eh? Y es guay. El caso es que se sacó el carnet y yo decidí no meterme en riñas familiares y seguí utilizando la moto.
A día de hoy sigo sin coche, con más años que un gnomo, porque bueno, hay quien tiene padres que le regalan coches, o quien es más capaz de ahorrar que yo, o quien prefiere gastarse el sueldo en una letra en vez de en alquilarse un piso, o quien... bueno, quien prioriza lo de tener coche. Yo despliego diversas estrategias, como ir en moto hasta la parada del bus o hasta los coches de la gente cuando vamos a escalar, abonarme otra vez al maldito Portillo o, en su defecto, no ir a Málaga. Es para verme los domingos por la noche volviendo a casa en moto cubierta de magnesio, con el mochilón a la espalda y la cuerda en los pies.
Y ahora, mira tú por dónde, me voy a comprar una furgo. Suena una mezcla entre superadulto y superaventurero. Voy a ser muy, muy mayor cuando tenga mi propio coche. En mi mente voy a entrar en un mundo de fantasía donde viajaré a sitios sólo porque puedo o daré vueltas por las escuelas de escalada del mundo sobornando a la gente con galletas para que me aseguren (aunque eso es una mala estrategia, porque los escaladores no comen, y menos galletas). Y pondré la música que quiera y pararé a mear todas las veces que quiera, y por las noches también podré salir a mear cuando me apetezca sin que nadie me gruña (me estoy dando cuenta de que la mayor beneficiada del tema motor va a ser mi vejiga).
Bueno, chavales, ya os confirmaré cuando complete la transacción. Por cierto, el tour "me acoplé con mis lectores" del verano 2012 se plantea como una opción viable para las vacaciones. Yo sólo lo dejo caer.
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domingo, 15 de abril de 2012
Más Cádiz
Que no es la mejor ciudad del mundo. Claro que no. Por mucho que digan los gaditas. Porque, para empezar, está en la puñetera esquina del mapa, mal comunicada con absolutamente todo, con peajes en todas las direcciones. Te abruma la agorafobia cuando no ves más que agua y marismas y marismas y agua, cuando tus ojos no tienen ni una mísera montaña donde fijar la vista. Hay sólo un Mercadona, a la gente la ahoga el paro, el puente de Carranza se atasca día sí y día no. Uno se desorienta dando vueltas por la bahía, cuando no hay levantazo hay ponientazo y muchas noches el viento entre los edificios no te deja dormir.
Me acuerdo de la primera noche que pasé en la ciudad cuando vine a buscar piso a casa de Erika. Escuchaba el levante aullar y me preguntaba qué coño pintaba yo aquí. Pensaba que me aterraría el viento y esa sensación de impermanencia que le da a todo. Y ahora es curioso lo mucho que todo esto tiene que ver conmigo. Porque Cádiz no es buena ciudad para prosperar económicamente, ni para la investigación, o la alta montaña, o la arquitectura puntera... o el periodismo, la moda, las comunicaciones y en general para casi nada que no sea el carnaval y los deportes de agua. Pero sí es una ciudad donde uno se puede reinventar un poco. A lo mejor soy yo y es la época que me ha tocado vivir aquí, pero siento a Cádiz como en otro plano de realidad: suspendida entre las marismas, permitiéndome ensayar la vida sin hacerme demasiado daño.
Hoy caminaba con el Kpot hacia un bar donde habíamos quedado para tomar un café con la gente del roco y el viento nos empujaba hasta que nos parecíamos a este señor. En los días de viento fuerte no puedes pensar bien: te limitas a sobrevivir, desorientado, y a intentar que no se te despeine demasiado el pelo. Enloquece el mar, se tambalean los coches, se levanta arena, y todo adquiere un tacto tan distinto a cualquier otro lugar donde haya vivido que es fácil creerse que las cosas no repercuten del todo.
Estoy contenta hoy. Mi reciente ruina económica está teniendo el efecto paradójico de hacerme más ligera. Creo que me había apegado demasiado a mis ahorros y a la supuesta seguridad que me daban. Ahora he decidido que bueno, que al final el dinero no es más que un instrumento y que lo importante cuando cambian las circunstancias es ser capaz de cambiar con ellas. Así que muy probablemente me compre una furgo en breve. Es pequeñita, pero yo también. Os la enseñaré cuando haya confirmado el trato. Y muy probablemente me mude a otra casa más barata o quizá a compartir piso.
Así que Cádiz, más que una ciudad, es un poco una experiencia. A ver cómo vivía yo hasta ahora sin saludar con un illooo prolongado o sin que el teclado predictivo de la Blackberry aprendiera la palabra cohone. A ver cómo vivía yo antes sin escalar. De verdad, todo es muy loco últimamente, pero es muy guay. Como si una especie de levante existencial me agitara de vez en cuando y me permitiera creer que muchas cosas son posibles.
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