Pensaba el otro día en mis méritos como escritora porque tengo algunos proyectos relacionados con ese tema. Voy a empezar a hacer coaching literario con un lector, que es algo que básicamente me he inventado y que consiste en un taller individualizado vía Internet. Además, quiero organizar unos talleres de escritura terapéutica o psicoescritura con César, el amigo con el que di las clases cuando vivía en Granada.
Cuando doy vueltas a todos esos proyectos y a lo que se me ocurren por el camino, me entra la inseguridad. Escribir no es una carrera. Nadie me va a dar un título. Si los veinte años que llevo escribiendo los hubiera empleado en aprender a tocar un instrumento, podría ser concertista. En cambio, aquí estoy: intentando dominar una destreza cuyo secreto último muchas veces se me escapa.
Para huir de la paranoia, visualizo mi currículum de escritora, que está hecho ni más ni menos que de todas las imágenes de mí enfrente de un cuaderno o de una pantalla.
Siete años. Escribo sobre gemelas que quieren irse a Hawaii de viaje con un estilo copiado de Enid Blython. Creo que hasta tenían nombres ingleses. Cuando era pequeña estaba obsesionada con tener una hermana gemela: creo que es por mi ego gigantesco, que quería otra como yo.
Ocho años. Intercambio cartas con mi primera mejor amiga, Marta Arcas, que se quedó en Córdoba cuando yo tuve que mudarme a Málaga con mis padres. Escribo frases como: "he decidido ser santa; qué pena que tú no estés aquí para que podamos serlo juntas". Vale, admito que seguramente con esa edad todavía no utilizaba el punto y coma.
Nueve años. Llevo dos diarios: uno normal y otro llamado "Impresiones". Creo que "Impresiones" fue mi primer blog. Cuando mi padre lo vio, me dijo que él iba a empezar otro sobre problemas financieros llamado "Presiones".
Diez años. Me carteo con mi amiga Elsa, que está pasando un año en Irlanda. Planeo estrategias secretas para que deje de ser amiga de mi archienemiga María. Se enteran y se enfadan un poco; lógico. En la escritura y en la bondad aún me queda mucho camino por recorrer.
Once años. Sigo con los diarios (y eso que todavía no conozco a Ana Frank). Escribo sobre la boda de la Infanta Elena y todavía estoy empeñada en ser santa. Seguramente sea la única niña del mundo que se tomó en serio su comunión.
Doce años. Quedo tercera en mi primer concurso literario con un cuento sobre una historia de unas niñas que fundaban un club secreto y abrían un túnel que les llevaba a la India colonial. Verídico. Mi archienemiga María queda primera.
Trece años. Quedo también tercera en el Concurso de Redacción de Coca-Cola. Señor K., ahí va un estado de Facebook para ud.: el tercerismo sentimental.
Catorce años. Sigo escribiendo cuentos que nunca termino. Uno se llama "La vieja tienda de las curiosidades". No quería plagiar a Dickens; es que hay una tienda en Málaga que se llama así. Hablando de plagios: escribo un cuento titulado "La buscadora de conchas" y mi padre me dice que tenga cuidado para que no me denuncie Rosamunde Pilcher. Qué adorable.
Quince años. Intercambio salvaje de cartas con la PK y otras amigas de clase. Son cartas escritas con bolis de colores y un montón de dibujos absurdos que todavía hoy me hacen reír. La PK escribió una en tinta amarillo fluorescente en la que el primer párrafo estaba destinado a burlarse de mí porque iba a quedarme ciega. Entro en parálisis creativa en lo que a ficción se refiere. Me escribo mi primera carta a mí misma para cuando tenga veinticinco.
Dieciséis años. Descubro "El gozo de escribir". Se termina mi parálisis creativa y escribo decenas de hojas de ordenador sobre un montón de temas. Gano un concurso del colegio con un cuento muy cursi llamado "Ojos de lluvia".
Diecisiete años. Me apunto a mi primer taller literario. Soy con diferencia la más joven, pero creo sin ánimo de presumir que, proporcionalmente a mi edad, soy la que mejor escribe. Escribo un cuento llamado "Invisibles" sobre el divorcio de mis padres y por qué estoy emocionalmente tarada y empiezo a aprender sobre los peligros de la ficción y la realidad. Gano otra vez el concurso del colegio con un relato minimalista llamado "Qué tal ayer" parcialmente basado en MQEN, cuando yo le amaba y él pasaba de mí. Empiezo mi vergonzosa novela Física o Química.
Dieciocho años. Me mudo a Barcelona. Lleno varios cuadernos en mis tardes solitarias en la biblioteca de la facultad. Escribo temas en papelitos y voy llenando una caja que guardo en mi habitación. Pruebo lo de escribir en bares, pero nunca dejo de sentirme rara. Le presto "El gozo de escribir" a mi amiga Ana la Loca 1*, y cuando lo termina nos juntamos a escribir los jueves por la noche mientras la gente de la facultad se va de fiesta.
Diecinueve años. Escribo en Zulito con la luz encendida por la falta de iluminación natural. Redacto párrafos muy largos y muy deprimentes sobre lo sola que me siento y lo poco que entiendo que todo el mundo encaje en la facultad menos yo. Al menos, MQEN ya me ama, así que le escribo a él.
Veinte años: Me escribo mi segunda carta para el futuro, la "carta para los treinta". Describo detalladamente la primera noche que paso con J. y él la lee en mi casa con los ojos llorosos, justo antes de decirme que no vamos a volver a vernos más. Escribo post sugerentes para que él los lea. Escribo escenas de nuestro supuesto futuro juntos en las noches que paso sola en mi piso de Camino de Ronda. Vamos juntos al taller de César y nos besamos como idiotas en el ascensor que sube.
Veintiún años: sigo en el taller de César y le corrijo las comas de los apuntes. Él me odia y ama por ello al mismo tiempo. Intento inspirar a J. con alegorías ingenuas. Hago mi primera lectura en público en el Anaïs, con un cuento minimalista llamado "Fantasmas", pero la vida literaria, en realidad, me importa un carajo. Participo en varios concursos y no gano ninguno.
Veintidós años: publico mi primer minilibrito en el Anaïs, "Mi fea preciosa", y cuando termino de leerlo Cesar me pregunta si he traído algo más. Yo me encojo de hombros y digo que no. La autopromoción nunca ha sido lo mío. Intercambio mails con J. Sigo con el blog.
Veintitrés años: escribo en casa de Marco cuando todavía no había aprendido a identificar el desinterés poscoital de ciertos hombres y pensaba que unas palabras mías bastarían para sanarles. Leo en voz alta en castellano, aunque él no lo hable, y me abraza en silencio cuando termino; ahora pienso que probablemente quería que me largara ya de su casa, pero le daba cosa decírmelo.
Veinticuatro años: empiezo a impartir talleres. Mis alumnos me idolatran, y ni siquiera les importa que no haya publicado nada jamás y que sea, como dice el Señor K., un fracaso temprano. Me lo paso estupendamente organizando maratones de escritura y rondas de historias a la luz de las velas. Retomo mi vergonzosa novela Física o Química. Escribo a mano sobre J. en cuadernos de rayas.
Veinticinco años: dejo de escribir en el blog porque tengo que estudiar para el PIR. Abro otro blog sobre el PIR con artículos muy frikis donde el nombre en clave de J. es Mazinger. Me hago un pequeño grupo de fans en el Foropir. Retomo cautelosamente el blog cuando me doy cuenta de que lo necesito cual oxígeno virtual. Abro la carta que me escribí cuando tenía quince años.
Veintiséis años: sigo con el blog. Empiezo y completo el Michelian Challenge. Escribo posts sugerentes para que IA los lea. Escribo en una libreta negra pensando en IA, y después lo paso todo a ordenador y se lo envío. Cuando lo releo, meses después, me doy cuenta de que no sé calibrar la intensidad y, por otra parte, de que escribo dramáticamente bien. Me engancho a bloguear todos los días de una forma salvaje y desesperada. Empiezo una novela con cierto entusiasmo, pero la dejo a los tres capítulos porque la vigorexia apenas me deja tiempo para más.
Veintisiete años: aquí estoy. Escribo casi todos los días. Me marcho de viaje en verano con el Summer Steinbeck-Hill Project y escribo en el portátil sobre gijoneses guapos. Hoy me he pasado escribiendo al menos tres horas. Ahora lo escribo todo. Proclamas revolucionarias sobre la huelga de residentes, largas cartas para Anxo donde comento los pacientes que me preocupan, mails para mis lectores, posts y más posts y más posts sobre mí, la vida, la psicología, la autoayuda, el futuro, el miedo, la vergüenza, la navidad, las peluqueras, los hombres y la copa menstrual. Enlazaría todas las palabras anteriores, pero quiero dormir.
Ahora, veinte años después de comenzar, puedo decir que la escritura y yo estamos en paz: somos un solo ser, y nada me va a faltar mientras la tenga a ella y os tenga a vosotros. Siempre va a estar de mi lado. No importa lo que pase en adelante. No importa si escribo un libro o dos, una novela o cinco, si se vende o no. Mi sueño siempre ha sido escribir y que me lean. Ser escritora.
Y, ¿sabéis qué? Lo soy.
domingo, 18 de noviembre de 2012
viernes, 16 de noviembre de 2012
Matar a la Navidad
Queridos míos:
Tengo una duda preocupante.
Quiero matar a la navidad y no sé cómo hacerlo.
Yo sé que es pronto para hablar del tema, pero teniendo en cuenta que adelantan tanto la movida que cualquier año regalan polvorones con los libros del colegio, creo que no está fuera de lugar.
Ya dije hace unos cuantos posts que me estoy esforzando un montón en intentar pensar por mí misma y no aceptar cosas porque sí. Una de esas cosas es la navidad. Me aberra. Yo soy una chica muy maja, de verdad; no es una pose para el blog. Voy por mi hospital como la Bella en su pueblo, dando los buenos días a todo el mundo y deseando feliz lunes. Me gusta comer bien. Me gusta ver a mi familia. Me gusta hacer regalos.
Pero no aguanto la navidad.
Están las razones emocionales, que ya mencioné. Las navidades son tiempo de carencia. De pensar en lo que te falta y los que no están. Las mejores navidades te ocurrieron cuando eras pequeño y ya han pasado: a partir de ahí, sólo pierdes cosas.
Sobre todo, está el asunto de no aceptarlas desde el punto de vista lógico. Me parecen JODIDAMENTE ABSURDAS. No creo en Dios nada. Creer que existiera gente como Napoleón ya me cuesta, ¿cómo voy a creer en Dios? Un señor mayor que nos creó por la cara y luego nos juzga y maneja a su antojo.
(Por otro lado, la última frase resume un poco lo que pienso de la paternidad, así que igual no es tan raro).
El caso es que aunque creyera en Dios, no acepto que Él quiera que celebremos su venida al mundo cebándonos a turrón y comprando iPads. En serio. Es tan absurdo que mi mente llora por dentro. Y es absurdo una vez al año, de forma inequívoca e inexorable. No importa lo que hagas los otros once meses: cada puñetero diciembre la misma historia.
Además, el problema es que te jode lo que podrían ser unas vacaciones estupendas. Yo querría pasar las dos semanitas libres que me quedan descansando, escribiendo, viajando o viendo a mis amigos. Y puedo hacerlo, sí, pero con las calles atestadas y una agenda sobrecargada y absurda de compras, comilonas y compromisos de por medio.
Mi ideal sería que las navidades se abolieran. Escribí un cuento sobre eso una vez: mi versión personal y reducida de "La Isla".
La pura realidad es que eso es imposible.
Así que intento encontrar una manera de reconciliarme con el asunto sin perturbar mis convicciones ni las de los demás.
La opción A es ignorar la navidad. Decir a todo el mundo que ni voy a regalar ni quiero que me regalen, trabajar en Cádiz en esos días, hacer un acto de presencia somero el 24 y 25 y procurar abstraerme del mundo. Pero la maquinaria capitalista es poderosa y yo soy débil. Si me paso la navidad sola en mi piso, acabaré navegando en autocompasión y yéndome a dormir con mi llavero de Matilda para que me consuele.
Por no hablar de que si todo el mundo tiene regalos el 24 y yo no, lloraré. Que voy de dura, pero soy muy ñoña.
La opción B es decir que no me pienso gastar un duro en navidad y hacer regalos artesanales para todo el mundo. En lenguaje de Marina, eso quiere decir componer textos y odas a toda la gente que conozco, imprimirlos bonito y regalarlos con cara de perdonavidas. El problema es que para eso me hace falta tiempo. Y si hay algo de lo que voy corta en esta vida, además del dinero, es de tiempo.
La tercera opción es un compromiso. Voy a Málaga una semana antes o así. Veo a mi gente. Reservo un par de días para el navimal. Compro regalos baratos a pequeños comercios o artistas incipientes. Fabrico mis propios polvorones con fructosa y aceite de oliva. Me tapo los oídos cuando suenen villancicos en los comercios. De momento, es la opción que más puntos tiene. Compleja y activista, sí, pero elegante.
En serio. No Es Justo. Ni siquiera mi corazón hippy puede escapar de esto. Cuando sea rica y haya dominado el mundo de la psicología, pasaré las navidades escalando en algún país no cristiano. Lo juro por Dios.
Ah, no, por Dios no.
Tengo una duda preocupante.
Quiero matar a la navidad y no sé cómo hacerlo.
En realidad no soy rubia. Soy así.
Ya dije hace unos cuantos posts que me estoy esforzando un montón en intentar pensar por mí misma y no aceptar cosas porque sí. Una de esas cosas es la navidad. Me aberra. Yo soy una chica muy maja, de verdad; no es una pose para el blog. Voy por mi hospital como la Bella en su pueblo, dando los buenos días a todo el mundo y deseando feliz lunes. Me gusta comer bien. Me gusta ver a mi familia. Me gusta hacer regalos.
Pero no aguanto la navidad.
Están las razones emocionales, que ya mencioné. Las navidades son tiempo de carencia. De pensar en lo que te falta y los que no están. Las mejores navidades te ocurrieron cuando eras pequeño y ya han pasado: a partir de ahí, sólo pierdes cosas.
Sobre todo, está el asunto de no aceptarlas desde el punto de vista lógico. Me parecen JODIDAMENTE ABSURDAS. No creo en Dios nada. Creer que existiera gente como Napoleón ya me cuesta, ¿cómo voy a creer en Dios? Un señor mayor que nos creó por la cara y luego nos juzga y maneja a su antojo.
(Por otro lado, la última frase resume un poco lo que pienso de la paternidad, así que igual no es tan raro).
El caso es que aunque creyera en Dios, no acepto que Él quiera que celebremos su venida al mundo cebándonos a turrón y comprando iPads. En serio. Es tan absurdo que mi mente llora por dentro. Y es absurdo una vez al año, de forma inequívoca e inexorable. No importa lo que hagas los otros once meses: cada puñetero diciembre la misma historia.
Además, el problema es que te jode lo que podrían ser unas vacaciones estupendas. Yo querría pasar las dos semanitas libres que me quedan descansando, escribiendo, viajando o viendo a mis amigos. Y puedo hacerlo, sí, pero con las calles atestadas y una agenda sobrecargada y absurda de compras, comilonas y compromisos de por medio.
Mi ideal sería que las navidades se abolieran. Escribí un cuento sobre eso una vez: mi versión personal y reducida de "La Isla".
La pura realidad es que eso es imposible.
Así que intento encontrar una manera de reconciliarme con el asunto sin perturbar mis convicciones ni las de los demás.
La opción A es ignorar la navidad. Decir a todo el mundo que ni voy a regalar ni quiero que me regalen, trabajar en Cádiz en esos días, hacer un acto de presencia somero el 24 y 25 y procurar abstraerme del mundo. Pero la maquinaria capitalista es poderosa y yo soy débil. Si me paso la navidad sola en mi piso, acabaré navegando en autocompasión y yéndome a dormir con mi llavero de Matilda para que me consuele.
Por no hablar de que si todo el mundo tiene regalos el 24 y yo no, lloraré. Que voy de dura, pero soy muy ñoña.
La opción B es decir que no me pienso gastar un duro en navidad y hacer regalos artesanales para todo el mundo. En lenguaje de Marina, eso quiere decir componer textos y odas a toda la gente que conozco, imprimirlos bonito y regalarlos con cara de perdonavidas. El problema es que para eso me hace falta tiempo. Y si hay algo de lo que voy corta en esta vida, además del dinero, es de tiempo.
La tercera opción es un compromiso. Voy a Málaga una semana antes o así. Veo a mi gente. Reservo un par de días para el navimal. Compro regalos baratos a pequeños comercios o artistas incipientes. Fabrico mis propios polvorones con fructosa y aceite de oliva. Me tapo los oídos cuando suenen villancicos en los comercios. De momento, es la opción que más puntos tiene. Compleja y activista, sí, pero elegante.
En serio. No Es Justo. Ni siquiera mi corazón hippy puede escapar de esto. Cuando sea rica y haya dominado el mundo de la psicología, pasaré las navidades escalando en algún país no cristiano. Lo juro por Dios.
Ah, no, por Dios no.
jueves, 15 de noviembre de 2012
Las galletas de Marian Keyes y otros asuntos absurdos
Desde que decidí lanzar en serio Psicosupervivencia, mi vida mental es una locura. Puede que por fuera parezca normal, pero por dentro estoy revolucionando el mundo de la psicología a nivel de usuario. Incluso he comprado un libro: "The 100$ Startup", sobre microbusiness alternativo. Es muy divertido. La idea no es hacerme rica, sino ganarme la vida ayudando a la gente. El libro hace mucho hincapié en la necesidad de "crear auténtico valor". Es decir: crear algo que sea verdaderamente útil. No se trata de vender humo, sino de pensar en cómo puedes hacer de éste un mundo mejor y cobrar por ello una cantidad decente.
Yo estoy cien por cien de acuerdo con eso. De hecho, las sufridas víctimas de mi lista de correo ya saben que voy a inventar un concepto nuevo: la heteroayuda. Creo que ya está bien de mirarnos el ombligo buscando la forma más rápida de acabar con la ansiedad.
[Consejo rápido de psicóloga: la ansiedad es parte de la vida. No se quita del todo NUNCA. Yo tengo ansiedad. Asúmelo.]
Total, que ando a medias entusiasmada con el proyecto y a medias luchando con mis demonios paranoides, que me dicen cosas como "el mundo no necesita otro libro de autoayuda, Marina. En serio".
He pasado la tarde en casa leyendo, navegando por Internet y reflexionando intensamente con el cerebro a toda máquina. Al final he puesto una lavadora, y como tengo un problema con el sonido del centrifugado (me perturba la mente), he salido a la calle a dar una vuelta.
Después de comprar en el chino aguja, hilo y una funda dorada para el móvil, me he metido en una librería. Mi idea era echarle un ojo a los libros de psicología divulgativa y autoayuda generalizada (AKA: La Competencia) para asegurarme de que yo tengo algo que ofrecer que no está ahí.
El problema es que yo en las librerías me lío, y cuando me he querido dar cuenta estaba leyendo entusiasmada un libro de recetas de Marian Keyes. Aquí es donde todos me miráis raro y me preguntáis: ¿En serio, Marina? ¿Marian Keyes? Y yo os digo que sí, sí, y mil veces sí, y que si algo tengo claro en esta vida es que pienso comprarme todos los libros que esa señora saque en el futuro.
La enésima vez que dejé a J. me recorrí Málaga llorando dentro de mi coche tres veces antes de que un libro de Marian Keyes me distrajera lo bastante como para evitar cortarme las venas. Cuando volví el año pasado del rudo norte, donde IA me había dejado el corazón hecho fosfatina, agradecí a Dios que en Atocha vendieran en edición de bolsillo una novela suya que todavía no había leído.
En el apartado "galletas" de su libro, Marian dice que las galletas son fabulosas, entre otras cosas, porque puedes hacerles formas. Entonces suelta la frase más épica que he leído en los últimos meses: "si me quedara una hora de vida, la pasaría haciendo galletas en forma de zapato". Me puesto a reírme en una esquina de la tienda como una retrasada. Va, Marian: eres grande. Te mereces ser millonaria.
No sé si tengo algo que ofrecer que no se les haya ocurrido ya a Punset, a Enrique Rojas o a Jorge Bucay. Seguramente, no. No hay nada nuevo bajo el sol, y ya en la antigüedad los chamanes decían que el demonio se había metido en ti; hoy los psicólogos modernitos lo llamamos "exteriorización del síntoma" y nos creemos que estamos inventando la rueda. Lo que sí sé es que querría que al menos un lector mío se descojonara solo en una librería o, en su defecto, delante del ordenador.
Así que voy comprarme el libro de Marian Keyes. Aunque quizá tenga que ahorrar un poco antes, porque estoy tiesa nivel llevo dos meses con las lentillas de quince días. Pero estoy contenta. Qué más se puede pedir.
Yo estoy cien por cien de acuerdo con eso. De hecho, las sufridas víctimas de mi lista de correo ya saben que voy a inventar un concepto nuevo: la heteroayuda. Creo que ya está bien de mirarnos el ombligo buscando la forma más rápida de acabar con la ansiedad.
[Consejo rápido de psicóloga: la ansiedad es parte de la vida. No se quita del todo NUNCA. Yo tengo ansiedad. Asúmelo.]
Total, que ando a medias entusiasmada con el proyecto y a medias luchando con mis demonios paranoides, que me dicen cosas como "el mundo no necesita otro libro de autoayuda, Marina. En serio".
He pasado la tarde en casa leyendo, navegando por Internet y reflexionando intensamente con el cerebro a toda máquina. Al final he puesto una lavadora, y como tengo un problema con el sonido del centrifugado (me perturba la mente), he salido a la calle a dar una vuelta.
Después de comprar en el chino aguja, hilo y una funda dorada para el móvil, me he metido en una librería. Mi idea era echarle un ojo a los libros de psicología divulgativa y autoayuda generalizada (AKA: La Competencia) para asegurarme de que yo tengo algo que ofrecer que no está ahí.
El problema es que yo en las librerías me lío, y cuando me he querido dar cuenta estaba leyendo entusiasmada un libro de recetas de Marian Keyes. Aquí es donde todos me miráis raro y me preguntáis: ¿En serio, Marina? ¿Marian Keyes? Y yo os digo que sí, sí, y mil veces sí, y que si algo tengo claro en esta vida es que pienso comprarme todos los libros que esa señora saque en el futuro.
La enésima vez que dejé a J. me recorrí Málaga llorando dentro de mi coche tres veces antes de que un libro de Marian Keyes me distrajera lo bastante como para evitar cortarme las venas. Cuando volví el año pasado del rudo norte, donde IA me había dejado el corazón hecho fosfatina, agradecí a Dios que en Atocha vendieran en edición de bolsillo una novela suya que todavía no había leído.
En el apartado "galletas" de su libro, Marian dice que las galletas son fabulosas, entre otras cosas, porque puedes hacerles formas. Entonces suelta la frase más épica que he leído en los últimos meses: "si me quedara una hora de vida, la pasaría haciendo galletas en forma de zapato". Me puesto a reírme en una esquina de la tienda como una retrasada. Va, Marian: eres grande. Te mereces ser millonaria.
No sé si tengo algo que ofrecer que no se les haya ocurrido ya a Punset, a Enrique Rojas o a Jorge Bucay. Seguramente, no. No hay nada nuevo bajo el sol, y ya en la antigüedad los chamanes decían que el demonio se había metido en ti; hoy los psicólogos modernitos lo llamamos "exteriorización del síntoma" y nos creemos que estamos inventando la rueda. Lo que sí sé es que querría que al menos un lector mío se descojonara solo en una librería o, en su defecto, delante del ordenador.
Así que voy comprarme el libro de Marian Keyes. Aunque quizá tenga que ahorrar un poco antes, porque estoy tiesa nivel llevo dos meses con las lentillas de quince días. Pero estoy contenta. Qué más se puede pedir.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Te olvidaré. Seguro.
El día en el que dejes de importarme
caerá en una mañana de domingo:
brillara un sol de invierno sobre el parque,
volarán pajaritos de sus nidos.
Caminaré ligera como el viento
y cuando pase aplaudirá la gente,
me harán la ola y corearán mi nombre,
y yo agradeceré mi buena suerte.
¿Qué podré hacer después con tu recuerdo?
¿Con los restos de ti que me han sobrado?
Tus sonrisas, tus fotos, tus cuadernos,
no me caben encima del armario.
Pero no importará: te habré olvidado
Toda nueva, valiente, generosa;
me desperezaré de este letargo
y mi antigua tristeza será hermosa
y mi antigua tristeza será hermosa
Sonreirán las yemas de mis dedos
libres de los grilletes de tu olvido
y ese pez abisal que es tu silencio
ya no tendrá nada que ver conmigo
será un martes de invierno por la tarde
y encenderé las luces de mi cuarto
para que no se llene de penumbra el aire
Escribiré poemas mal rimados
me iré a la cama demasiado tarde
y sólo al despertar sin tu recuerdo
sabré que ya has dejado de importarme
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Amor y sucedáneos,
Penita,
Poesía de la experiencia
martes, 13 de noviembre de 2012
Persianas y luz
Esta tarde he llegado de trabajar tarde y cansada y he parado en la tienda de mi calle a comprar leche para hacerme un colacao. Sí, he vuelto al colacao. La paleodieta está bien, pero quizá una vida donde lo más parecido al colacao es leche de coco con cacao en polvo y stevia no merece la pena ser vivida. Quizá sea mejor morir joven y deteriorada y poder disfrutar de un colacao con grumitos en mi lecho de muerte.
Iba caminando para mi casa con la leche en la mano pensando que a) el ser humano puede cambiar si ya el tendero de mi barrio ha dejado de dar bolsas por defecto y b) la leche semidesnatada es el mal. Me arrepiento de haberla comprado. Es un quiero y no puedo de la leche. Porque a ver: si quieres leche rica, cómprala entera; si quieres adelgazar, cómprala desnatada. Por Dios, Marina: ELIGE. Sé valiente.
Al llegar a mi casa me he quedado observando los visillos que cubren las ventanas del salón. Cuando empecé a vivir aquí atravesaba el Gran Ataque de Alergia del verano y le dije a la casera que no pusiera cortinas para no acumular polvo. Ahora tengo visillos, que también son un quiero y no puedo de la visibilidad. Si quieres oscuridad, echa las persianas; si quieres luz, ábrelas del todo. Los visillos son la leche desnatada del menaje de hogar.
Luego he recordado las ventanas de la sala de reuniones de endocrino. Endocrino es El Bien como rotación, aunque es verdad que yo no tengo criterio y me gusta todo. Pero me encanta tratar obesos. Es tan fácil ser la buena de la película con ellos. Están tan habituados a que la gente les juzgue que agradecen que se les mire como si supieran lo que están haciendo. El caso es que todas las mañanas nos reunimos los endocrinos y yo en la sala de reuniones y hablan de cosas raras, asquerosas o ambas cosas, como la hipófisis o las fístulas. Pero a mí me gusta aprender y, por otra parte, tengo una capacidad preocupante para abstraerme y pensar en mis cosas.
Después veo a mis pacientes en la sala vacía, porque no hay despachos libres, y llevaba un tiempo preguntándome por qué me agobiaba la habitación. La persiana estaba siempre bajada, y yo ni siquiera me había molestado en averiguar si podía subirse o estaba rota o con la ventana cegada, como otras en el hospital. Y ayer, simplemente, levanté la persiana y dejé que entrara el sol. El cristal estaba muy muy sucio. Quizá no la suben por eso. Quizá no la suben por costumbre.
Hoy seguía la persiana levantada. Voy a experimentar con esto de aquí a que me vaya: a ver si la bajan o no. A ver cuánto tardan. A ver si alguien hace algún comentario. De momento, nada.
Hay un libro precioso que se llama "Cuando me acosté ya estaba ardiendo", de Robert Fulghum. Es una colección de textos vitalistas sin ser ñoños de estos que te hacen sentir que la vida es una cosa bonita con colores brillantes. En uno de los textos, el autor cuenta que cada vez que va a una conferencia, sea del tipo que sea, cuando el conferenciante pregunta si hay alguna pregunta, él levanta la mano y salta: "¿Cuál es el sentido de la vida?". Explica que casi todos los conferenciantes se callan, se ríen y después pasan al siguiente, como diciendo "Muy gracioso".
Después cuenta que un profesor griego, un tal Papadopoulos, le contestó una vez a la pregunta. Que sacó un trozo de espejo del bolsillo y lo movió hasta que reflejó la luz que entraba por la ventana, y explicó que él pensaba que su misión era reflejar la luz.
Pero esta mañana, mientras observaba el sucísimo cristal de la sala de reuniones y el sol brillante de Cádiz entrando por la ventana, no he pensado en el simbolismo de la historia, ni en que ojalá mi misión en la vida sea ir abriendo persianas que llevan mucho tiempo cerradas sin que nadie sepa por qué. Lo único que he pensado es que espero que se hayan dado cuenta. Y que ojalá a alguien le importe.
Iba caminando para mi casa con la leche en la mano pensando que a) el ser humano puede cambiar si ya el tendero de mi barrio ha dejado de dar bolsas por defecto y b) la leche semidesnatada es el mal. Me arrepiento de haberla comprado. Es un quiero y no puedo de la leche. Porque a ver: si quieres leche rica, cómprala entera; si quieres adelgazar, cómprala desnatada. Por Dios, Marina: ELIGE. Sé valiente.
Al llegar a mi casa me he quedado observando los visillos que cubren las ventanas del salón. Cuando empecé a vivir aquí atravesaba el Gran Ataque de Alergia del verano y le dije a la casera que no pusiera cortinas para no acumular polvo. Ahora tengo visillos, que también son un quiero y no puedo de la visibilidad. Si quieres oscuridad, echa las persianas; si quieres luz, ábrelas del todo. Los visillos son la leche desnatada del menaje de hogar.
Luego he recordado las ventanas de la sala de reuniones de endocrino. Endocrino es El Bien como rotación, aunque es verdad que yo no tengo criterio y me gusta todo. Pero me encanta tratar obesos. Es tan fácil ser la buena de la película con ellos. Están tan habituados a que la gente les juzgue que agradecen que se les mire como si supieran lo que están haciendo. El caso es que todas las mañanas nos reunimos los endocrinos y yo en la sala de reuniones y hablan de cosas raras, asquerosas o ambas cosas, como la hipófisis o las fístulas. Pero a mí me gusta aprender y, por otra parte, tengo una capacidad preocupante para abstraerme y pensar en mis cosas.
Después veo a mis pacientes en la sala vacía, porque no hay despachos libres, y llevaba un tiempo preguntándome por qué me agobiaba la habitación. La persiana estaba siempre bajada, y yo ni siquiera me había molestado en averiguar si podía subirse o estaba rota o con la ventana cegada, como otras en el hospital. Y ayer, simplemente, levanté la persiana y dejé que entrara el sol. El cristal estaba muy muy sucio. Quizá no la suben por eso. Quizá no la suben por costumbre.
Hoy seguía la persiana levantada. Voy a experimentar con esto de aquí a que me vaya: a ver si la bajan o no. A ver cuánto tardan. A ver si alguien hace algún comentario. De momento, nada.
Hay un libro precioso que se llama "Cuando me acosté ya estaba ardiendo", de Robert Fulghum. Es una colección de textos vitalistas sin ser ñoños de estos que te hacen sentir que la vida es una cosa bonita con colores brillantes. En uno de los textos, el autor cuenta que cada vez que va a una conferencia, sea del tipo que sea, cuando el conferenciante pregunta si hay alguna pregunta, él levanta la mano y salta: "¿Cuál es el sentido de la vida?". Explica que casi todos los conferenciantes se callan, se ríen y después pasan al siguiente, como diciendo "Muy gracioso".
Después cuenta que un profesor griego, un tal Papadopoulos, le contestó una vez a la pregunta. Que sacó un trozo de espejo del bolsillo y lo movió hasta que reflejó la luz que entraba por la ventana, y explicó que él pensaba que su misión era reflejar la luz.
Pero esta mañana, mientras observaba el sucísimo cristal de la sala de reuniones y el sol brillante de Cádiz entrando por la ventana, no he pensado en el simbolismo de la historia, ni en que ojalá mi misión en la vida sea ir abriendo persianas que llevan mucho tiempo cerradas sin que nadie sepa por qué. Lo único que he pensado es que espero que se hayan dado cuenta. Y que ojalá a alguien le importe.
lunes, 12 de noviembre de 2012
¡¡Dios!! Os he echado de menos
¿Sabéis esas escenas de las pelis de amor, cuando los protagonistas se encuentran después de un montón de vicisitudes, y ya todo está claro, y se aman, y se abrazan, y uno de ellos le dice al otro "por favor, no vuelvas a dejarme nunca", y el otro niega con la cabeza, y hay un antizoom y música bonita y zumbido en blanco?
Vale, pues esa soy yo ahora con mi blog.
Yo: ¡Lo siento, blog! ¡Siento haberte dejado solo todos estos días!
Blog: ¡¡No lo hagas más!!
Yo: ¡¡No lo haré!! Fui estúpida, pensé que quería algo más... pero no puedo dejarte. Como dicen Los Ronaldos, "no puedo vivir sin ti. No hay manera".
Hace un par de días me preguntaba Ángel si de la escritura uno se termina enamorando con el tiempo, aunque al principio te cueste ponerte. Sí, sí, y mil veces sí, contestaría yo. Escribir bien, entendiendo bien como con honestidad, con energía, con franqueza y con asiduidad, te cambia la vida. No se trata sólo de lo que pasa cuando escribes; se trata de lo que pasa cuando no escribes. De cómo eres capaz de mirar con más atención, de encontrar la compasión en los detalles y de masticar tu vida lo bastante como para regurgitarla aquí de forma decente.
¿Qué ha pasado en estas dos semanas?
Me he vuelto emprendedora. Se me ha abierto una ventana al futuro y soy yo trabajando como escritora y psicóloga freelance.
He escrito como si no hubiera un mañana.
He pensado en miles de historias para contaros aquí, y después las he olvidado todas.
He leído al menos un libro genial: La Lección de August. He concluido que la ficción es lo único que de verdad, de verdad no puede faltarme.
Me he sentido angustiosamente poseída por el espíritu de Bucay.
He luchado contra el despertar precoz y otras formas de insomnio.
He estrenado nuestro nuevo y precioso roco nuevo.
He escalado. Poco, pero he escalado. He encadenado el segundo 6b de mi vida, después del que hice en Asturies durante el SSHP.
He recibido el que quizá sea el mejor regalo que me han hecho:
Es muy estúpido aferrarse a un blog, pero es cierto que dejar de escribir aquí me hace perder consistencia. Me deshago como un personaje de cuento trasladado a la vida real. Me queman en los dedos mis historias con la extraña especie masculina, los mantecados de chocolate, el gruísta más mafioso de San Fernando y los bolígrafos de tinta verde. Me gusta escribir sobre psicología, dar consejos e intentar arreglar vidas, pero hay una parte de mí que necesita ser amoral y absurda, describir los detalles sólo por describirlos y sin necesidad de ilustrar nada con un ejemplo.
Así que ¡¡volvemos!! A pesar de todo, creo que he batido récords de desenganche del blog, así que vamos a darme un mini-aplauso o una 30 seconds party dance como las de Anatomía de Grey. Además, a estas alturas de mi vida, enterarme otra vez de que no puedo vivir sin escribir es, sin duda, una buena noticia.
Vale, pues esa soy yo ahora con mi blog.
Yo: ¡Lo siento, blog! ¡Siento haberte dejado solo todos estos días!
Blog: ¡¡No lo hagas más!!
Yo: ¡¡No lo haré!! Fui estúpida, pensé que quería algo más... pero no puedo dejarte. Como dicen Los Ronaldos, "no puedo vivir sin ti. No hay manera".
Hace un par de días me preguntaba Ángel si de la escritura uno se termina enamorando con el tiempo, aunque al principio te cueste ponerte. Sí, sí, y mil veces sí, contestaría yo. Escribir bien, entendiendo bien como con honestidad, con energía, con franqueza y con asiduidad, te cambia la vida. No se trata sólo de lo que pasa cuando escribes; se trata de lo que pasa cuando no escribes. De cómo eres capaz de mirar con más atención, de encontrar la compasión en los detalles y de masticar tu vida lo bastante como para regurgitarla aquí de forma decente.
¿Qué ha pasado en estas dos semanas?
Me he vuelto emprendedora. Se me ha abierto una ventana al futuro y soy yo trabajando como escritora y psicóloga freelance.
He escrito como si no hubiera un mañana.
He pensado en miles de historias para contaros aquí, y después las he olvidado todas.
He leído al menos un libro genial: La Lección de August. He concluido que la ficción es lo único que de verdad, de verdad no puede faltarme.
Me he sentido angustiosamente poseída por el espíritu de Bucay.
He luchado contra el despertar precoz y otras formas de insomnio.
He estrenado nuestro nuevo y precioso roco nuevo.
He recibido el que quizá sea el mejor regalo que me han hecho:
Es muy estúpido aferrarse a un blog, pero es cierto que dejar de escribir aquí me hace perder consistencia. Me deshago como un personaje de cuento trasladado a la vida real. Me queman en los dedos mis historias con la extraña especie masculina, los mantecados de chocolate, el gruísta más mafioso de San Fernando y los bolígrafos de tinta verde. Me gusta escribir sobre psicología, dar consejos e intentar arreglar vidas, pero hay una parte de mí que necesita ser amoral y absurda, describir los detalles sólo por describirlos y sin necesidad de ilustrar nada con un ejemplo.
Así que ¡¡volvemos!! A pesar de todo, creo que he batido récords de desenganche del blog, así que vamos a darme un mini-aplauso o una 30 seconds party dance como las de Anatomía de Grey. Además, a estas alturas de mi vida, enterarme otra vez de que no puedo vivir sin escribir es, sin duda, una buena noticia.
miércoles, 31 de octubre de 2012
El Proyecto Noviembre
Queridos lectores:
Lo primero que quiero es pediros disculpas por pasarme vuestra opinión por el forro. ¿Por qué? Porque no voy a escribir una novela. Ya sé que es el segundo NaNoWriMo en el que me rajo, pero a la tercera irá la vencida. Vamos, digo yo.
Aun así, vamos a convertir noviembre en un mes especial.
Primero las malas noticias: massobreloslunes se paraliza temporalmente. No puedo sacar adelante otros proyectos si sigo empeñada en escribir aquí todos los días. Peeeero no os voy a dejar sin lectura durante todo el mes. Al contrario. A todo el que se preste voluntario le voy a ABRUMAR con mis palabras.
Yuju.
¿La temática? Vamos a sacar adelante Psicosupervivencia. Voy a escribir un libro sobre el tema. ¡¡Viva y bravo!!
¿Y por qué psicología y no ficción?
Pues no sé. Porque lo siento así ahora mismo. Es lo que me apetece. Estoy en una etapa profesional bastante intensa y bonita: me divierto con mis pacientes, aprendo un montón de ellos y me encuentro en un modo psicóloga-total. Escribir ficción ahora mismo me queda grande. No tengo el tiempo ni, sobre todo, el espacio mental necesario para hacerlo de forma que me quede más o menos contenta con el resultado. Así que voy a escribir sobre psicología. La novela llegará, en serio, pero no en esta etapa de mi vida.
No obstante, no quiero escribir el libro sola. Soy adicta a vuestro feedback. Necesito contar mis chorradas y que alguien me conteste al final del día. Es triste, pero cierto, y no tengo ni idea de cómo lo hacía antes la gente, encerrados en habitaciones, escribiendo en solitario con plumas de oca y sin conexión ADSL.
Pensé en ir publicando lo que tuviera listo en un blog privado, pero la última experiencia privatizando y añadiendo gente a la lista de lectores casi me vuelve loca, así que he pensado en un sistema más operativo: una newsletter.
(¡¡Me estoy modernizando!!)
Esto consiste en que quien quiera participar, se suscribe a la lista y recibirá todos los días del mes de noviembre un fragmento-borrador del futuro libro. La idea es poder leer vuestros comentarios y opiniones a medida que voy escribiendo. Desde un simple "me gusta/no me gusta" hasta sugerencias, aclaraciones, ideas o dudas. Me podéis contar historias que se relacionen con lo que escribo o consultar situaciones más o menos personales. Por supuesto, no utilizaré ningún material de nadie sin previo consentimiento.
En relación con eso, y aquí va una primicia primiciosa, me voy a asesorar legalmente y a redactar un documento de consentimiento informado para utilizar datos clinicos, lo que quiere decir que si mis pacientes están de acuerdo, os podré contar casos reales con bastante detalle. Esto es algo que me apetece un montón hacer y que creo que puede ser muy útil para todos.
¡Estoy muy emocionada! ¡¡Voy a escribir un libro!! Voy por ahí diciéndoselo a todo el mundo, como si estuviera embarazada.
La meta, como en el NaNoWriMo, serán 50000 palabras. Todos los días actualizaré cuántas llevo. Al final del mes veré lo que he conseguido y seguiré trabajándolo y dándole forma hasta que pueda editarlo de manera más o menos decente.
Por último, anuncio que si al principio la lío un poco con los aspectos técnicos de la cosa, me disculpéis. A mí me gustaría dedicarme a escribir y punto, en vez de andar peleándome con todas las herramientas de la web 2.0 a la vez, pero me temo que no podré hasta que no sea rica y contrate a un cibersecretario.
Os agradezco mucho cada comentario y cada mail a lo largo de la andadura de este blog. Imagino que todo el que va a escribir un libro se pregunta si lo va a leer alguien. Yo sé que lo va a leer alguien, y aunque lo leyerais solo los que estáis ahora mismo visitando el blog, mi puñadito de fans verdaderos, ya estaría contenta.
Y paro ya, que me pongo tonta.
Para apuntaros a la lista, haced click aquí.
Ojalá que la idea os haga tanta ilusión como a mí. Nos vemos en vuestra bandeja de entrada.
Lo primero que quiero es pediros disculpas por pasarme vuestra opinión por el forro. ¿Por qué? Porque no voy a escribir una novela. Ya sé que es el segundo NaNoWriMo en el que me rajo, pero a la tercera irá la vencida. Vamos, digo yo.
Aun así, vamos a convertir noviembre en un mes especial.
Primero las malas noticias: massobreloslunes se paraliza temporalmente. No puedo sacar adelante otros proyectos si sigo empeñada en escribir aquí todos los días. Peeeero no os voy a dejar sin lectura durante todo el mes. Al contrario. A todo el que se preste voluntario le voy a ABRUMAR con mis palabras.
Yuju.
¿La temática? Vamos a sacar adelante Psicosupervivencia. Voy a escribir un libro sobre el tema. ¡¡Viva y bravo!!
¿Y por qué psicología y no ficción?
Pues no sé. Porque lo siento así ahora mismo. Es lo que me apetece. Estoy en una etapa profesional bastante intensa y bonita: me divierto con mis pacientes, aprendo un montón de ellos y me encuentro en un modo psicóloga-total. Escribir ficción ahora mismo me queda grande. No tengo el tiempo ni, sobre todo, el espacio mental necesario para hacerlo de forma que me quede más o menos contenta con el resultado. Así que voy a escribir sobre psicología. La novela llegará, en serio, pero no en esta etapa de mi vida.
No obstante, no quiero escribir el libro sola. Soy adicta a vuestro feedback. Necesito contar mis chorradas y que alguien me conteste al final del día. Es triste, pero cierto, y no tengo ni idea de cómo lo hacía antes la gente, encerrados en habitaciones, escribiendo en solitario con plumas de oca y sin conexión ADSL.
Pensé en ir publicando lo que tuviera listo en un blog privado, pero la última experiencia privatizando y añadiendo gente a la lista de lectores casi me vuelve loca, así que he pensado en un sistema más operativo: una newsletter.
(¡¡Me estoy modernizando!!)
Esto consiste en que quien quiera participar, se suscribe a la lista y recibirá todos los días del mes de noviembre un fragmento-borrador del futuro libro. La idea es poder leer vuestros comentarios y opiniones a medida que voy escribiendo. Desde un simple "me gusta/no me gusta" hasta sugerencias, aclaraciones, ideas o dudas. Me podéis contar historias que se relacionen con lo que escribo o consultar situaciones más o menos personales. Por supuesto, no utilizaré ningún material de nadie sin previo consentimiento.
En relación con eso, y aquí va una primicia primiciosa, me voy a asesorar legalmente y a redactar un documento de consentimiento informado para utilizar datos clinicos, lo que quiere decir que si mis pacientes están de acuerdo, os podré contar casos reales con bastante detalle. Esto es algo que me apetece un montón hacer y que creo que puede ser muy útil para todos.
¡Estoy muy emocionada! ¡¡Voy a escribir un libro!! Voy por ahí diciéndoselo a todo el mundo, como si estuviera embarazada.
La meta, como en el NaNoWriMo, serán 50000 palabras. Todos los días actualizaré cuántas llevo. Al final del mes veré lo que he conseguido y seguiré trabajándolo y dándole forma hasta que pueda editarlo de manera más o menos decente.
Por último, anuncio que si al principio la lío un poco con los aspectos técnicos de la cosa, me disculpéis. A mí me gustaría dedicarme a escribir y punto, en vez de andar peleándome con todas las herramientas de la web 2.0 a la vez, pero me temo que no podré hasta que no sea rica y contrate a un cibersecretario.
Os agradezco mucho cada comentario y cada mail a lo largo de la andadura de este blog. Imagino que todo el que va a escribir un libro se pregunta si lo va a leer alguien. Yo sé que lo va a leer alguien, y aunque lo leyerais solo los que estáis ahora mismo visitando el blog, mi puñadito de fans verdaderos, ya estaría contenta.
Y paro ya, que me pongo tonta.
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Ojalá que la idea os haga tanta ilusión como a mí. Nos vemos en vuestra bandeja de entrada.
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