massobreloslunes

martes, 11 de diciembre de 2012

Siete chorradas que todo psicólogo ha tenido que escuchar alguna vez

Aclaraciones previas a este post:

1) Me encanta mi trabajo, es genial y no lo cambiaría por nada del mundo.
2) Cada curro tiene su idiosincrasia, y estoy segura de que todos los gremios están hartos de cosas. Seguro que los fisioterapeutas odian que les pidan masajes o los médicos que les hagan consultas chungas de pasillo.
3) En general, la gente que me rodea respeta y valora mi trabajo.
4) Aunque no fuera así, me la pela porque yo lo respeto y lo valoro, me parece el más flipante del mundo y me acuesto todos los días dando gracias al cielo por haberlo elegido.

Dicho esto, hoy vamos a tener un arrebato sobre las diez chorradas que todo psicólogo ha escuchado alguna vez y lo que pensamos de ellas en realidad.

1. ¡No me psicoanalices! 

Vale. Lo pillo. Pillo que para ti todos los psicólogos psicoanalizan. Entiendo que no tienes que saber que el psicoanálisis está más pasado de moda que hacerse la permanente, ni que hay como veinte millones de orientaciones psicoterapéuticas más recientes e interesantes. Aun así, no te estoy psicoanalizando. Te miro y/o te escucho, punto, y muy probablemente mientras lo hago mi cerebro está pensando en dibujitos antiguos de Mickey Mouse, como el de Homer.

2. Yo es que no creo en los psicólogos.

Aquí lo que me pone de mala leche no es el concepto en sí, sino lo mal que se expresa la gente. Puedes decirme que no crees que los psicólogos sean útiles. Puedes decir que no piensas que la mayoría de la gente necesite un psicólogo. Pero no creer en los psicólogos es imposible. Estamos aquí y no necesitamos de tu fe para existir. No somos Papá Noel.

La última respuesta que estoy ensayando cuando me dicen eso es ésta:







3. Yo no soy psicólogo, pero... (seguida por cualquier tipo de afirmación acerca de la vida/ las relaciones/ el comportamiento humano/ etc).

No hace falta que aclares que no eres psicólogo. Da tu opinión y ya. Todos intentamos explicar el comportamiento de los demás y el nuestro, y tu explicación es tan válida como la mía. De nuevo: no voy por ahí juzgando a la gente, ni la psicología me da una visión arácnida perspicaz sobre Absolutamente Todo.

4. Yo soy muy psicólogo/ mis amigos me dicen que soy su psicólogo/ yo tenía que haber sido psicólogo.

No. Lo sentimos, pero no. Dar consejos a tu colega no te convierte en psicólogo. Escuchar a tu hermano y luego decirle "pues yo lo que haría sería tal y cual" no te convierte en psicólogo. Puede que tengas paciencia, puede que sepas escuchar, puede que los demás confíen en ti, pero no tienes ni puñetera idea de lo que se hace en la consulta de un psicólogo. Si todo va bien, me voy a pasar diez años formándome para ser clínica, y lo más seguro es que cuando llegue allí no haya hecho más que empezar. El comportamiento humano es complejísimo. Una intervención psicológica bien hecha es algo muy, muy delicado. Nadie dice "yo soy muy médico". Ser psicólogo no es una característica de personalidad: es una profesión.

5. Oye, tú que eres psicóloga, ¿qué hago con (situación compleja de la vida)?

No tengo ningún problema en escuchar e intentar aconsejar a la gente. Me gusta, de hecho. Lo que pasa es que está comprobado que los consejos gratuitos de un psicólogo conocido se van a la basura la mayor parte de las veces. Es una cuestión de encuadre. Lo mismo que te digo yo te lo dice un terapeuta prestigioso a setenta euros la sesión y te lo crees más; eso es así. La disposición para el cambio no es igual cuando uno va a la consulta de un profesional que cuando el profesional está enfrente tomándose un cafelito. Así que si quieres cuéntame lo que sea, pídeme opinión, pero no me la pidas "como psicóloga", porque es imposible que te la dé. No soy tu psicóloga: soy tu colega o tu amiga.

6. Y tú entonces ¿qué haces con tus pacientes? ¿charlar?

Sí, básicamente hago eso. Charlo. De la vida y tal. De Belén Esteban, Iker Casillas y la última temporada de Amar en Tiempos Revueltos. Yo entiendo que lo mío no sea tan espectacular como, qué te digo yo, intubar a un tío en parada cardiorrespiratoria, pero también es una intervención, y es complicada, y tiene consecuencias. Yo dialogo, converso, utilizo las palabras, pero no charlo.

7. Entonces, la diferencia entre un psicólogo y un psiquiatra ¿cuál es? ¿que tú no puedes medicar?

Sí, bueno. Y la carrera que hemos estudiado y tal. Ya sabes: medicina, psicología... no están exactamente superpuestas.

Mi amiga Luna siempre dice que ella no quiere medicar. Yo tampoco. Creo que no poder medicar es un estímulo para ser más creativo con todas las otras herramientas de las que dispones. Te deja desnudo. No puedes recurrir al socorrido "bueno, pues te voy a poner algo para que duermas mejor".

Que conste que me llevo muy bien con los psiquiatras en general y que los MIRes de Cádiz, en particular, son Puro Amor. Que conste también que una medicación bien puesta puede ayudar mucho, mucho.


Hale, fin de mi volunto. Seguro que me faltan frases, porque hay muchas. Pero en realidad, cuando me dicen alguna de las anteriores no me cabreo. Me encojo de hombros y pienso que está bien así. Que no sepan de psicología. En primer lugar, porque eso quiere decir que nunca han necesitado un psicólogo, y eso es genial. En segundo lugar, porque me mola que no se sepa exactamente lo que hacemos. Que podamos convertirnos, como dice Batalecotal, en la mano en la sombra. Anxo hablaba el otro día de la humildad necesaria en esto. Casi nunca se te atribuyen los cambios; casi siempre hay otra forma más lógica de explicarlo. Pero tú estás ahí y sabes lo que hay. Sabes lo que sabes y lo que curras. Y, sobre todo, sabes que en psicoterapia, como en muchos otros campos del conocimiento, una tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Magia



Estoy tratando a una paciente de digestivo que tiene un dolor. Un dolor aquí, como diría Obélix, señalándose el estómago. Con ella intento practicar hipnosis en condiciones precarias: primero, porque de hipnosis no sé más que lo poco que me explica Anxo con enorme entusiasmo; segundo, porque para hacer algo así en el hospital tienes que echar fuera a la familia de tu paciente, a la de al lado, decirle a la compañera de cuarto que baje la tele, encontrar la forma de que el aparato de la sonda deje de pitar, avisar a las auxiliares para que no entren justo ahora a sacar sangre y, en medio de toda esa locura, abrir un hueco para el relax y la paz interior.

Yo le digo a mi paciente que respire. Que visualice su dolor y cree un espacio alrededor. Que deje entrar aire, que imagine una luz azul que llega desde su nariz hacia su estómago y que no es que elimine el dolor, pero sí lo envuelve en algo bonito.

A mi paciente no le sirve un carajo y le duele igual. He de aprender más sobre la hipnosis.

Sin embargo, hoy me acuerdo de ella porque me he despertado con un dolor aquí, y no sé por qué. Es hostil, este puto frío húmedo. Me levanto cada día gruñendo después de resistirme media hora a sacar los brazos de debajo de la manta. Mi habitación se queda tan fría que si me dijeran que es el espíritu del anterior inquilino muerto, me lo creería. Hoy a primera hora me sentía gorda. Después he dado una sesión clínica y me han preguntado nosequé chorrada sobre la eficiencia y la eficacia. Después otra paciente me ha mirado fijamente desde su lado de la mesa y me ha dicho "me estás cambiando la vida", y yo casi lloro. Eso es eficacia.

Al mediodía vuelvo a casa con el ánimo por los suelos. Tengo otra sesión el jueves y, poniendo en marcha mis propios consejos sobre la superprocrastinación, he empezado hoy. El tema es "Medicina basada en la evidencia", y tengo que relatar una búsqueda bibliográfica intensiva. Creo que hablar de la reproducción de las babosas sería más interesante. Así que aterrizo en mi casa, me preparo unos huevos revueltos y me siento frente al ordenador. Entonces leo un mail de Ángel, mi pupilo barrita coach, que me recomienda este blog. Y hago clic. Y lo leo, y de repente me vuelve así de repente el amor por la vida, el recuerdo de las cosas buenas y la compasión por el mundo.

Ese tío, el tal Holden Caulfield, me parece un genio blogueramente hablando. Un mojabragas, por supuesto pero, ¿qué bloguero no intenta serlo? Y puestos a mojar bragas, es mejor si uno lo hace con ese estilo y esa capacidad de observación sincera de los detalles. Me parece un genio porque en cinco minutos escasos de lectura de post ha convertido un día de mierda en un día fabuloso. Es frustrante, no creáis: yo aquí escribiendo desde que era chica, literalmente, y aunque estoy más que orgullosa de lo que hago, todavía no he encontrado la forma de tocar todas las teclas tan a la vez y con tanta armonía como ese chico.

Así que ataco mi sesión con energía, y después de un par de horas de trabajo fructífero, cierro el portátil y me voy al roco. Y adivinad el coche de quién veo en la puerta, y adivinad quién es la idiota que se baja de la furgo casi tambaleándose y con el cerebro cortocircuitado. Sí, la misma. La rubia, que se queda mirando al chico en cuestión con sonrisa de descerebrada y después se pone a escalar como si el mundo fuera a acabarse mañana y ser capaz de colgarse de un agarre romo fuera condición necesaria para salir bien parada en el Apocalipsis.

Al menos la cosa mejora, porque en el roco pasa que hay picos de actividad, y lo mismo coincidimos diez jipis que de repente todo el mundo decide que es la hora de irse y nos quedamos tres. Así que cuando me quiero dar cuenta ese maldito engendro de Satán cuyo nombre ni siquiera voy a mencionar se ha largado, y con él casi todos los demás, y estamos Juanjo, el valenciano loco que me tira literalmente de la risa mientras escalo, un chico italiano peinado por su enemigo y yo. La puerta de la nave se ha quedado abierta y entra el fresquito nocturno. Me gusta mucho entrenar con Juanjo. Me río y aprieto: dos en uno. El italiano se va y nos quedamos marcándonos vías y haciendo bloque, y me doy cuenta de que ha dejado de importarme la hora que es, o la sesión clínica, o el engendro de Satán: estoy disfrutando de este momento de una forma total.

Acabamos a las diez y media porque no podemos más. "Maldita navidad", comenta Juanjo al salir, no sé bien a santo de qué. "¿No te gusta?", le pregunto. Los antinavidistas debemos unirnos entre nosotros. "Bueno", me explica, "la odio por odiar algo, pero en realidad me pongo tierno. Está oscuro, los colores son bonitos, hace fresco y veo a mis amigos". Me sonríe debajo de su capucha verde. Le doy un abrazo de despedida, le planto un beso en la mejilla y me voy a mi coche contenta. Mientras conduzco hacia la Isla tratando de distinguir los faros de los coches con mis gafas mal graduadas, pienso que a mi día de hoy he sido capaz de darle espacio, como mi paciente a su dolor de estómago. Sencillamente respiras y dejas que entre la magia, y aparece en forma de agradecimiento, de textos bonitos o de bloques compartidos con un valenciano adorable. Y eso mola muchísimo. La vida mola muchísimo.

No puedo terminar este post absolutamente inconexo sin mencionar a Toni, que también creó magia esta mañana tan gris cuando me regañaba en los comentarios por haberle dejado sin mi dosis de mí. Aquí va el almíbar, Toni. Algún día mis lectores os daréis cuenta de la enorme importancia que tenéis en mis días, modo peloteo off. Porque como dice Murakami en De qué hablo cuando hablo de correr, siento que mi prioridad en la vida no es entablar una relación con una persona específica, sino con un número indeterminado de lectores. Y en eso ando. Y no tendría sentido sin vosotros. Así que aquí sigo, comprometiéndome con esto cada día, intentando llevar cualquier vida siempre y cuando me permita escribir cada vez un poquito mejor.

Y está bien así.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Se me ha hecho tarde...

... así que no escribo hoy. Pero si tenéis mono de mi pluma perspicaz y mi verborrea incontenible, podéis leer sobre cómo salir de Autoayudalandia, ese país feliz donde las casas están hechas de libros de Bucay y todo el mundo se saluda con posturas de tai-chi.

Sed felices. Tened un bonito lunes. Para compensar, mi post de mañana va a ser puro peloteo al lector, lo prometo.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Resaca

Hoy es uno de esos días en los que querría escribir algo tan íntimo y tan autocompasivo que al terminar pudiera hacerme una pelotita y llorar. Supongo que será porque tengo resaca. La cuestión es que ayer me fui de fiesta con los Patos y bueno, fue divertido. Tenía el guapo subido. Había ido a la peluqueria y la Nazi Flequillil decidió alinearse con los astros para dejarme el pelo muy bien, así que fue una de esas noches en las que te da igual cómo vaya todo lo demás, porque tu pelo está precioso.

Me puse un vestido negro que truequé este verano a alguien de la roquipandi, botas negras, medias negras y veinte kilos de sombra de ojos. Me sentía quinceañera y absurda arreglándome para salir. Estas últimas semanas me he ido de fiesta unas cuantas noches. Es raro, porque nunca he sido fiestera, y desde que escalo y quiero reservar mis fuerzas para la roca, todavía menos. Pero ayer ya había decidido tomarme el finde de descanso y lo único que quería era darle un ostión químico a mi sensato cerebro.

No sé por qué se bebe o por qué no. En mi caso, a veces me canso de llevar esta vida intachable, mezcla entre escritora prolífica, psicóloga encantadora y filántropa decidida. Ayer una paciente me dijo que era su ángel. Me cogió de las manos, me miró con arrobo y dijo que el Señor me había puesto en su camino. Así que gastarme un dineral indecente en gintonics y terminar preguntando a las ocho de la mañana si en la cafetería del hospital tienen churros era un contrapunto necesario. No soy tan buena. De verdad que no lo soy. Tengo un caudal enorme de malos pensamientos. Soy envidiosa y glotona, he vuelto a perder la costumbre de fregar los platos enseguida y la mitad de las veces no estiro cuando escalo. Eludo a pacientes de la interconsulta porque no me caen bien. Deseo en demasiadas ocasiones a  los hombres ajenos.

Hay un chico. Un chico muy alto que me recuerda a MQEN en sus inicios y me ignora más o menos de la misma manera. Y es una pena, porque a estas alturas de la vida, aguantar hasta la última copa para compartir un baile con su hermosa nuca sólida no es lo que estamos buscando. Todo va bien menos eso. No lo del alto, ya me entendéis, sino lo de la soledad, y ya sé, LO SÉ, que no tengo que quejarme, y ya sé también que todo llegará, pero es que es MENTIRA y yo estoy empezando a preocuparme por si estoy tarada. Porque ¿mira que si lo estoy? ¿mira que si las celivibraciones son un concepto real? Emito ultrasonidos de antilujuria y a mi alrededor la gente se da cuenta de que no podrían soportarme en privado mucho más de cinco minutos.

Pero todo esto no son más que arrebatos autocompasivos de sábado resacoso, y lo sé. Lo pasé bien anoche con los patos. Fue divertido bailar Gagnam Style y teletransportarme a las siete al piso de nosequién a fumar marihuana. Estuvo bien darme cuenta de que en el momento apropiado podría matar por unos churros. Es simplemente que no es lo que quiero. Así que no creo que lo repita muchas más veces.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Coach literaria

No sé si os conté que me he empleado como coach literaria de Ángel, mi lector de Seattle que ya no está en Seattle. Hemos llegado a un acuerdo business por el cual yo le ayudo a escribir mejor y él me ayuda a organizar mi nueva página web. Hoy hemos tenido nuestra primera reunión de trabajo, Chispas: una intensa conversación por Skype donde hemos acordado los objetivos y plazos de la próxima semana.

Me gusta Ángel. Es disciplinado, entusiasta y curioso. Me pregunta cosas sobre la escritura y las va apuntando sobre la marcha en un archivo de texto. La idea del coaching es constituir una especie de taller literario personalizado, totalmente a su medida. Es complicado, porque hay que afinar mucho más que cuando se dan talleres grupales. Cualquier posible descontento ya no es achacable al ritmo de los demás o a la dinámica del grupo. Si no acierto con los ejercicios y las instrucciones, será culpa mía.

Cuando intento enseñar escritura, me aturrullo. Quiero explicarlo todo a la vez. Me gustaría evitarle al futuro escritor mis veinte años de penuria literaria antes de llegar a este punto de paz relativa con mi vicio. Ángel me pregunta cómo hago para escribir los post. ¿Tengo esquemas previos? ¿Simplemente me siento a ver lo que sale?

Hoy hablaba con Anxo de los rituales y pensaba que quizá debería crear uno para escribir. Hubo una época en que encendía velas y otra en la que me pintaba las uñas, pero en general mi método consiste en sentarme aquí y dejar que mi mente divague un rato. Hay días que tengo muy clara una idea. A veces sé el principio y no el final, o viceversa. Lo importante es arrancar. Después puedo distinguir con facilidad lo aburrido de lo potente, así que recorto sin piedad o directamente lo borro todo y empiezo desde el principio. Casi nunca soy capaz de dejar el día vacío de entradas; suelo obligarme varias veces hasta que saco algo con lo que estoy medio contenta.

Imagino que no hay atajos en esto de escribir, aunque espero que Ángel empiece a sentirse cómodo antes de que pasen veinte años. Ayer le comentaba al Señor M. que no menosprecie la capacidad de un blog para cambiarnos la vida. Creo que persistir en algo puede tener resultados sorprendentes. El compromiso, por sí solo, es capaz de transformarnos.

Estoy cansada. Eso también me gustaría decírselo a Ángel. Estar cansado tampoco tiene tanto que ver con poder o no escribir, igual que estar triste o angustiado. Lo importante es seguir: atravesar todo eso y llegar al otro lado, a un lugar sin tiempo y sin espacio donde uno simplemente escribe lo que la mente le dice.

Ojalá pueda ayudarte, Ángel. Ojalá que llegues a disfrutar de escribir tanto como lo hago yo. Voy a intentar de verdad hilar fino y a pensar en la forma de que esto llegue a buen puerto. Pero tú no te preocupes por nada. Tú escribe.

martes, 4 de diciembre de 2012

Diez cosas que he aprendido de la #huelgaEIR

Hoy al mediodía hemos suspendido la huelga para negociar. Yo me incorporé el lunes, porque dado el bajito seguimiento de mi hospital, hacíamos menos daño a la administración que a nosotros mismos. Andábamos reorganizándonos como patos luchadores y planeando calendarios eróticos sólo con las batas cuando se ha anunciado que las hostilidades se suspendían momentáneamene para negociar.

He estado catorce días en huelga. Si me lo dicen hace un mes, no me lo creo. Ni idea de cuánto dinero he perdido, pero calculo que el equivalente a un MacBook Air o a diez pares de pies de gato La Sportiva. Aun así, estoy contenta porque, como ya os dije, no podía no luchar. Y porque de la huelga también se aprende, como de todo. No sé si conseguiremos nuestras reivindicaciones, pero en el camino recorrido he aprendido algunas cosas. Estas son las diez más importantes.

1. Si te pones a luchar, lucha a lo grande. Que te concentres una vez a la semana cinco minutos vestido de negro y hagas luto por la administración pública o por la extinción del petirrojo macho, a los de arriba se la pela. Los adjuntos nos dicen que hemos hecho una huelga muy loca, pero a mí me parece bien así. Si quieres que te escuchen, paraliza hospitales, boicotea congresos, grítale a la consejera de Sanidad y crea un grupo de Facebook con trece mil jipis compartiendo ideas y locuras. Así, sí.

2. Cada uno lucha como es. En estos catorce días he visto surgir personalidades que desconocía. Gente a la que parece que se la suda todo y que después lucha con energía inhumana. Gente que sube mucho y se quema rápido. Yo lucho como soy: conciliadora, irregular, creativa, bastante loca. Estoy contenta de cómo he luchado, incluso aunque las primeras frases de mi jefe al reincorporarme al curro hayan sido: "Marina, ¡¡eres famosa!! ¡¡Te he visto en Youtube!!".

3. Lo colectivo es fundamental. Yo soy individualista como un lobo estepario y, aun así, tengo que reconocer que sin los demás no somos nada. Un residente solo es mierda pura. Cuatro mil residentes cabreados son una fuerza brutal. Además, la cooperación siempre es la mejor opción, aunque temamos cooperar en ausencia del otro. Si algo va a sacarnos de la crisis será reconocer al que tenemos al lado y trabajar juntos.

4. El humor te salva. Si algo ha evitado que me suicide en estos catorce días ha sido descojonarme viendo los vídeos motivacionales de 300, enviar fotos en pleno chute de colacao o reírme de la muñeca hinchable de las manifas a la que hemos bautizado como Chusi, en honor a nuestra consejera. Reírse es el bien. Reíros siempre.

5. Hay gente muy cabrona y muy insolidaria y, además, mi compasión está poco desarrollada. Si me hubieran dicho hace un mes que pensaría cosas como "Quiero Matar Esquiroles Ahora", me habría reído. Pero sienta muy, muy mal pasar dos semanas desgañitándote en la puerta de un hospital y mirar luego las caras resabiadas de los que piensan en serio que no hacer huelga merece respeto. Pues mira: no. Te respetaré cuando consigamos algo y tú renuncies a ello porque no te lo has ganado. Hasta entonces, mi respeto queda en suspenso.

6. También hay gente muy linda y buena, y esos son los imprescindibles. Los Patos (residentes resistentes de Cádiz) quizá no sean excepcionales siempre, pero han demostrado que pueden serlo mucho cuando se lo proponen. Bravo por ellos.

7. Tengo una capacidad muy loca para el liderazgo y no me lo estoy inventando. Los Patos me llaman Mamá Pata. Verídico.

8. Las palabras tienen un poder brutal. Esto ya lo sabía, pero me ha asombrado darme cuenta de cómo algo dicho o escrito de la forma adecuada puede cambiar la mentalidad de un grupo entero.

9. Hay futuro para el mundo. En serio. La gente tiene energía y ganas de cambiar las cosas; sólo hay que saber darle una dirección adecuada.

10. Quiero currar para mí. Así nunca más tendré que hacer huelga.

Buenas noches pequeños, y deseadnos suerte en las negociaciones ;)

lunes, 3 de diciembre de 2012

Favores

He aquí mi verdad de hoy.

Mi verdad de hoy es que, en general, me encanta vivir sola, y que no tengo problemas con eso. Desde que empecé a seguir las reglas de vida de la nueva Marina y no fuerzo las cosas, ni lo intento con hombres de mi pasado a excepción de J. (que es en sí mismo una categoría aparte) ni mezclo a los hombres con el alcohol, ni utilizo el sexo como una forma de medir mi valía personal, estoy la mar de tranquilita. Amo en silencio o admiro de lejos. Primum non nocere.

Pero hay tardes como la de hoy. Tardes que son buenas, porque en ellas me dedico a escribir, a trabajar, a elucubrar planes para la huelga con mi entregado grupo de Patos. Si hasta he descubierto cómo funciona la calefacción y no me congelo en la humedad cruel de San Fernando. Termino y me echo un rato en el sofá, aunque sean las tantas, porque estos derroches de energía me van a dejar seca. Después bajo a la calle a hacer mandaos: saco dinero, rescato mis llaves de la recepción del hotel donde las dejó la última couchsurfer y entro en correos para recoger un paquete.

En correos hay una cola enorme, y yo reflexiono sobre el intermedio artificial y curioso que crean las colas en nuestra vida. De repente no tienes más remedio que pararte. Trasteo en mi teléfono, pero la media hora que paso sentada escuchando cómo anuncian los turnos desde la ventanilla pertenece a otra dimensión.

Cuando salgo a la calle son casi las nueve y yo he olvidado comprar líquido de lentillas. Se me ha acabado hoy, y si no lo repongo no podré quitármelas y tendré que meterlas en suero, con el consiguiente riesgo de quedarme cegata cuando me las ponga mañana. Reflexiono. La óptica ya ha cerrado. Yo querría irme a mi casa calentita a tomar colacao, pero la única solución que me queda es acercarme al Mercadona y comprar el líquido de lentillas allí. De paso, pienso, podría reponer los productos frescos de la nevera y el papel higiénico.

Y mientras camino hacia el Mercadona, con mi chubasquero verde marca Quechua, moqueando detrás de mi bufanda y tratando de ignorar el frío, pienso que yo no quiero nadie que me diga que soy genial, que duerma conmigo por la noche o asegure mi noción de ser sexualmente atractiva quitándome la ropa cada cierto tiempo. Yo quiero alguien que me haga favores. Alguien a quien poder pedirle que se acerque a por mi líquido de lentillas porque yo llevo todo el día haciendo cosas, tengo frío y estoy hasta los huevos. Eso pienso mientras camino hacia el Mercadona.

Pero bueno. Voy, hago la compra, miro mis productos extendidos en la cinta transportadora gritándole al mundo que soy una cuasitreintañera soltera y sana. Mis cuatro Vitalínea de limón, mi bolsita de rúcula, mi bote de cacao puro en polvo. Me dan ganas de pasarme suavemente la mano por la coronilla: qué lástima. Nadie me va a hacer favores. Lleva siendo así un largo tiempo. Y por una mezcla de dificultades de mercado, mal karma y limitado atractivo físico, la cosa no tiene pinta de cambiar a corto plazo.

(Pero no me compadezcáis, ¿eh? Que hoy precisamente he pensado que mi vida hasta hoy está bastante aprovechada y si me muriera mañana no me arrepentiria de nada)

(Espero no morirme mañana, porque si no este post va a quedar bastante siniestro)