massobreloslunes

domingo, 17 de febrero de 2013

Esguince mental

A veces estás escribiendo, y escribiendo, y venga a escribir (esa es mi vida) y de repente das un patinazo. Como cuando caminas. E, igual que me pasó hace diez días con el esguince, todo se tuerce y te caes al suelo partida de dolor. No sé por qué, pero estos dos últimos días ha sido así. Me sentía, como dice Natalie Goldberg en uno de sus libros, "explotada por la musa". Tenía que ver con la GPPEP, creo yo. Es cierto que es un texto sobre psicología y que no es tan íntimo como esto, pero no deja de ser escritura y de haber salido de mis manos y mi cabeza. Sigue siendo personal, significa exponerse y también duele.

A veces los pacientes tienen ansiedad y se quejan porque la medicación los seda. Yo siempre les digo que esto es como la cara y la cruz de una moneda:  no puedes tenerlas a ambas al mismo tiempo. Y no puedes estar tranquilito y no sedado. O te sedas, o vives la vida con su angustia y su dolor. Creo que con esto es igual. Tienes que elegir. O escribes con todas sus consecuencias o no escribes y te callas la boca.

Ayer fue un día malo. Malo nivel que en un momento dado me tuve que resignar a que estaba muy, muy triste y muy, muy amargada de tener el pie mal y muy, muy cansada de intentar aprovechar el tiempo, ser una buena psicóloga en todos los ámbitos de mi vida y buscarle un sentido a los días. Me tiré en el sofá y me dormí con las dos gatas encima. Me desperté preguntándome si quiero seguir haciendo esto. Escribir en general y escribir sobre mí en particular. ¿Qué sentido tiene? Me deja en una posición muy débil. Soy el equivalente existencial al animal que se tira en el suelo descubriendo el cuello.

Entonces pensé que en los libros que me han ayudado a mí la gente se exponía. En la de desconocidos que me han contado sus penas y debilidades de forma más o menos directa. Pensé que esta era mi forma de hacer las cosas y que sí que merece la pena. Y decidí que no me lo iba a plantear más; que iba a hacerlo, punto. Que no es ni bueno ni malo. Que, como dice Harold Brodkey, que escribió con crudeza sobre su SIDA, su homosexualidad y la proximidad de su muerte, "no creo en el sentido de la intimidad o, mejor dicho: no creo en dejar la memoria en manos y bocas ajenas" (cito de memoria, que no he podido encontrar la frase en Google).

En estos días post escayola vuelvo a caminar por la casa. Cuando pude sostenerme de nuevo sobre los dos pies, fue mágico. Está bien recuperar poco a poco lo que antes dabas por sentado. Lo aprecias de nuevo. Camino muy despacio, como si estuviera aprendiendo a andar, procurando estar atenta al contacto de mis pies sobre el suelo. Lo mismo me pasa cada vez que tengo esguinces mentales de escritora. He de recuperar el ritmo, ponerme otra vez de pie, tener cuidado para no volver a abrir las heridas. Lo importante es seguir adelante. No abusar del reposo. Y, sobre todo, tener en cuenta que andas en una dirección. Que andas porque crees en la posibilidad de llegar a alguna parte.

jueves, 14 de febrero de 2013

SV 2013: ¿Superando mis traumas?

Lo que no sabéis mis queridos lectores, o quizá no recordáis, es que si San Valentín me aberra tanto es porque J. y yo lo dejamos poco después hace ya tres años, y por eso mi último recuerdo de SV está teñido de desesperación prerruptura. En sí que sea SV y no tener pareja no me importa tanto: igual de sola te puedes sentir el catorce de febrero que el veinte de octubre. Si estos dos años pasados me he puesto melancólica ha sido porque me acordaba de mí intentando avivar las llamas del amor en medio de la desesperación.

Hoy, sin embargo, ha sido un SV genial. Me lo he pasado entero terminando de escribir y corregir la Guía Práctica Para Evitar al Psicólogo. Ahora que ya está enviada y que la gente la está leyendo en sus casas, me siento rara. Pienso que nadie va a estar de acuerdo con nada de lo que he escrito (es más: pienso que a nadie le va a parecer lo bastante interesante como para terminarla) y que quién coño me creo para decirles a los demás cómo vivir. Pero bueno. Es mi eterna duda. La eterna cuestión de cómo adoptar una postura respecto a lo que debe ser la vida y mantenerla; el compromiso constante de vivir en tu particular versión de lo posible, aun sabiendo que perseguir una conclusión consistente es tan iluso como querer volar.

Y me lo he pasado muy bien, en cualquier caso. Da igual lo que pase con la guía: ¿no es genial Internet? Porque yo aquí en mi casa acabo de fabricar algo que no existiría de no ser por mí, lo he colgado en la red y ya lo han descargado 75 jipis, y nadie más que yo ha tenido que tomar la decisión de escribirlo. Y, como os comentaba hace unos días, simplemente siendo capaz de hacer algo así ya he superado mis expectativas más salvajes como escritora, así que hoy estamos de celebración. Además, después ha venido mi cita de SV, una lectora que es obviamente amor, y que aunque no me ha traído ni rosas ni molletes ha tenido el mérito increíble de colocarse frente a mí al bajar las escaleras con las muletas para amortiguarme si me la pegaba. Y hemos entrado en un bar cercano, y bebido vino, y comido tarta de chocolate, y hablado de psicología y de la vida, y he concluido que, efectivamente, no estoy en posesión de la verdad, pero que explorar las distintas maneras de aliviar el sufrimiento de la gente es lo bastante divertido como para que no me importe.

Así que bueno, ese ha sido mi SV y, sinceramente: ha sido bastante mejor que este. Ya os dije que igual resulta que vosotros, mi conjunto de lectores pacientes, sois la relación más importante que tengo ahora mismo, y que ni me importa. Porque, igual que Murakami, creo que ésta es una relación que no puedo no tener. Que incluso aunque llegue el MD, seguiré necesitando dirigirme a la masa anónima de gente que me lee, y que eso me gusta. Así que mi SV lo he pasado escribiendo para mis lectores, y no se me ocurre una forma mejor.

PD: Si alguien quiere conseguir la guía, no le va a quedar más remedio que esperar a que la corrija, que la primera hornada ya está entregada y pendiente de opinión por los jipis. Pero tranquilos, que avisaré de nuevo por aquí cuando esté lista.

Besitos amorosos.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Profesiones inventadas, 2: El anecdotista

El anecdotista inventa anécdotas para la gente. No se trata de vulgares recuerdos, de esos que todo el mundo tiene, sino de anécdotas originales y divertidas que quedan bien en una primera cita o en una reunión social.

El anecdotista sabe adaptar su material al público que lo recibirá. Puede crear una historia para que un universitario presuma frente a sus colegas. En ese caso, hablará de aquel día, en el instituto, en que se quedó un rato después de clase y la profe de francés, aquella rubia demasiado pintada de tetas gloriosas, le pidió que le grabara con su smartphone mientras se masturbaba en un pupitre. Para la chica a la que el estudiante quiere impresionar, sin embargo, el anecdotista inventará que hace muchos años, cuando era tan pequeño que apenas se acuerda, su abuelo le llevó a un risco cercano al pueblo donde podía verse anidar al alimoche, pero que no hubo suerte y no divisaron ninguno. Y que años después, cuando el abuelo murió de insuficiencia respiratoria sin que nadie lo esperara, el chico caminó hacia el risco con el corazón encogido y justo allí, mientras se permitía llorar todo lo que no había llorado en el funeral, vio como un alimoche dibujaba un círculo elegante en el cielo de la tarde y se perdía en el horizonte.

El anecdotista sabe que la frontera entre lo interesante y lo irreal es delicada, así que procura medirse. Nunca inventará que te acostaste con un cantante famoso, pero quizá sea capaz de mencionar los suficientes datos verosímiles sobre bares, fechas y películas como para que hagas creer que te tomaste una copa con él una noche de marcha en Barcelona. También sabe que la combinación de emoción y sorpresa es la ganadora, así que toca los resortes de la gente para que hagas de ellos lo que tú quieras. La próxima vez que te llegue una historia curiosa por una red social (ya sabes: animales sabios, bebés asombrosos, increíbles historias de amor a primera vista en el metro) y te veas haciendo clics en páginas que te llevan a otras páginas, plantéate que quizá esté detrás la mano del anecdotista.

El anecdotista, por último, es consciente de que lo más importante no es el público, y por eso también te vende anécdotas privadas a un módico precio. Te las cuenta varias veces hasta que acabas por creértelas, y te encanta recordar aquel día que tuviste que ayudar en un parto de emergencia porque el avión estaba en medio del océano y no daba tiempo a llegar a un hospital, o cuando una compañera recibió un ramo de rosas en el trabajo y tú, que nunca en tu vida habías recibido rosas, te encontraste con otro en casa por pura casualidad.

A veces te sientes culpable porque sabes que tu anécdota es mentira. La cuentas frente a la gente o la recuerdas en silencio y te sientes una farsa. En ese caso, el servicio del anecdotista incluye la posibilidad de llamarle entre dudas. "No te preocupes", contestará él. "Ningún recuerdo de nadie existe ya. ¿Qué importa que los tuyos no existieran nunca?".

PD: Otorgo un Premio Especial del Público a quien recuerde cuál era la otra profesión inventada sin usar google.

martes, 12 de febrero de 2013

Vida de una coja

Acaba de terminar el quinto día de mi convalecencia esguincera, y el sentimiento que me inunda de forma más potente es el de un Gran Perezón. Todo es TAN cansado. Todo cuesta el triple. Vestirse, hacer la cama, ducharse, ir al baño, cocinar, desplazarse. Por no hablar de las subidas y bajadas de las Escaleras del Averno.

Evaluemos la situación.

Adecuación a las instrucciones médicas: regulera. Ayer fui por fin capaz de pincharme el Clexane que me habían dado en urgencias, y he de decir que inyectarse a uno mismo da una grima suprema. Me hice un moratón gigante, por torpe, y me dolió un montón. Lo del pie en alto va muy regular. Demasiada deambulación, me temo; como resultado, la base de mis dedos está gris. Pero es que la inmovilidad me aberra. Quizá sea mejor tardar un poco más en curarme el pie y mantener la salud mental.

Adquisición de nuevas habilidades: óptima. Tengo la pierna derecha como un cable de acero a causa del frecuente desplazamiento monópedo. Las muletas van bien, gracias a mi poderoso tren superior de escaladora. El problema es llevar objetos, especialmente líquidos. No puedo dar saltitos con líquidos en la mano, así que me desplazo con mi pierna hábil a lo James Brown mientras sujeto la taza en una mano y las gatas me miran, anonadadas. Lo de subir y bajar los cinco pisos con muletas para que me dé el aire tiene mucho mérito, pero es que si no me empieza a entrar síndrome Ana Frank y me pongo violenta.

Aprovechamiento del reposo: razonable. Tonteo mucho por los mundos virtuales. Aun así, hoy he terminado la increíble y maravillosa Guía Práctica para Evitar al Psicólogo, que podréis obtener por el módico precio de gratis siguiendo las instrucciones que aparecen aquí. Ha sido guay escribir tanto. Me ha hecho sentir merecedora de pertenecer a la especie humana, a pesar de mi invalidez. Cuando escribo soy poderosa. Soy SuperMarina y me dan igual la vida, los esguinces, la proximidad de San Valentín y todo.

Proximidad de San Valentín, por cierto: la tolero. Tengo un plan para el jueves que incluye a una lectora que es amor, la promesa de molletes y quizá una caña en algún bar en diez metros a la redonda. De hecho, hoy he rechazado otro plan propuesto por un Galante Admirador o GA (¿le vale como seudónimo, señor M.?) que se había ofrecido para quedar el jueves y ayudarme a sobrellevar SV sin defenestrarme.

Más sobre los maromos: estoy en trámites de gestionar una ingesta de alcohol programada con ChMM, en línea con el compromiso con la honestidad del que hablaba ayer. Más detalles en tiempo real vía Twitter.

Y poco más. He llamado a un paciente para explicarle lo del esguince y casi le hago una entrevista clínica completa por teléfono, en pleno síndrome de abstinencia laboral. Si alguien queda conmigo estos días y le pregunto si él o alguien de su familia ha sido visto alguna vez en Salud Mental, por favor, que me disculpe: es la costumbre.

De todo se aprende, gente. Hasta de la cojera temporal. Aun así, espero que el traumatólogo me dé buenas noticias el viernes y reincorporarme al mundo deambulante. Por otra parte, si la enfermedad me sirve como excusa para la mencionada ingesta programada de alcohol con ChMM, ni tan mal.

Gracias a todos los lectores amorosos que se han interesado por mí y me han dado cariño y consejitos. Gracias a la gente que intenta convencerme de que inspiro amor en lugar de celivibraciones. Si yo no es por ser negativa: mi celivifrecuencia es una pura cuestión objetiva y observable. Gracias también a los lectores amordio (a saber: LauraBQA y KHaL Yeleytr), porque mi ambivalencia hacia vosotros, vuestros pintaúñas caros y vuestras correcciones prematuras de mis ebooks os hacen aún más adorables. Que sepáis todos, y muy especialmente GA, que no contesto los comentarios últimamente porque el Firefox no me deja (verídico) y cambiar al Safari me da perezón. Pero me esforzaré más. Creo. Y a los mails contesto siempre. O casi.

Os quiero, chicos. El día que muera Internet muero yo con él. Todavía no entiendo bien cómo sobrevivió Ana Frank sin perder la olla.

PD: Estado de la mar: marejadilla.

Escrihonestación

Tengo tres ideas para hoy:

Escritura.

Honestidad.

Aceptación.

Sobre la escritura: reflexiono que nunca pensé que me vería en ésta. En sentirme tan cómoda como escritora. Desayuno con Álex en la Libre, y mientras engullo mi panecillo inglés con crema de queso y mermelada de arándanos, convenientemente denominado Barnes, charlamos sobre escribir y sobre lo que significa para nosotros. Hablamos acerca de la posibilidad de parar de escribir, y le digo una frase de Paul Auster que antes repetía mucho: "No es que escribir me produzca una gran placer, pero es mucho peor si no lo hago". Aunque ahora sea mentira, porque ahora escribir sí que me produce un gran placer, y lo compruebo en estos mismos momentos, en estos instantes de flow silencioso que me regala como cada día este ratito frente al portátil.

Ahora, a mis veintisiete años, me veo en la curiosa posición de no contemplar ni por una milésima de segundo la posibilidad de dejar de escribir. Siempre pensé que me daría por vencida. Que dónde iba yo con el tema de la escritura. Estaba segura de que abandonaría en algún punto, y de que sería una adulta aburrida con un trabajo estándar y diría "es una pena que lo dejara; con lo bien que se me daba".

Cuando era más pequeña escuchaba la canción de Sabina: "no tenía salida el callejón del cuartel/ para el desertor del batallón/ de los nacidos para perder", y pensaba que yo estaba allí: con el traje gris de la multitud, incapaz de escapar de un porvenir chungo, incapaz de salir tan corriendo como lo había hecho él.

A estas alturas de la vida, aunque nunca consiguiera nada más como escritora de lo que he logrado hasta ahora y que no es mucho, puedo decir que he llegado más lejos de lo que habría soñado nunca. Para empezar, porque no me he dado por vencida. Pero es que además es eso: que escucho a Álex y debato con él sobre la posibilidad de no escribir como sobre un concepto abstracto y entretenido, pero no-puedo-no-escribir. Eso es así. Le planteo la duda fundamental del escritor: ¿preferirías dejar de escribir o dejar de leer? Yo dejaría de escribir antes que de leer, seguro, pero si dejara de escribir me moriría de la pena.

Sobre la honestidad: ojalá pudiera comprometerme con eso. A lo mejor no hacen falta semáforos de disponibilidad sexual, ni lloriquear sobre cómo está montada esta sociedad de mierda. A lo mejor sólo hace falta que yo sea honesta, y no me refiero a invitar a ChMM a tomar un café, que tampoco es tan grave, sino a decir las cosas y desentenderme de los resultados. Tengo verdades mucho más graves y más difíciles que un potencial café con ChMM. Más prohibidas, más oscuras, más si tú supieras lo que yo pienso quizá no me podrías mirar a la cara. Hay muchos sentimientos dormidos o anestesiados en este corazón tan pequeño, y ojalá pudiera comprometerme con ellos de forma radical y pelar las capas de mi cebolla emocional hasta quedarme sin nada.

Pero no puedo, punto. Aún no. En algún momento dejaré de tener miedo. Pero aún no.

Sobre aceptar: intento que cada día cuente. Quiero estar sana y tener a mi tobillo de vuelta, y al mismo tiempo sé que tengo la responsabilidad de aceptar bien esto. Por mí, por mis pacientes, porque estas cosas nunca suceden en un buen momento y porque no puedo pretender ayudar a los demás a que se adapten a vivir sin un pulmón o sin su marido muerto cuando yo no puedo convivir con un esguince de tobillo. Así que procuro disfrutar de estos días. Del esforzadísimo paseo con muletas hasta el desayuno de la Libre. De observar cómo se estira la gata al sol sobre la silla del salón. De escuchar reírse a Cris y a sus colegas mientras se tatúan imperdibles en las caderas (verídico) y de escribir como si no hubiera un mañana un mini ebook para Psicosupervivencia (más información pronto).

Hay momentos en la vida que parece que no merecen la pena, como recuperarse de un esguince, o como estar terminal. "Animar a los moribundos es una tarea de Sísifo", me dice J. por el Skype, y le contesto que no es exactamente así; el problema de Sísifo era que la piedra volvía a caerse cada noche; el problema de los moribundos es, precisamente, que la piedra se cae y punto, y que después de eso ya no hay nada. Lo que quiero decir es que todos los momentos están llenos de dignidad, y a mí estos momentos míos me parecen muy raros. Miro a toda la gente con sus tobillos sanos y me resulta extraño pensar que tantas cosas que amo están ahora mismo fuera de mi alcance. Sé que como pensamiento es un dramón injustificado, y que también está injustificado hablar de esto y de los enfermos terminales en el mismo párrafo, pero no sé si me estoy explicando. No puedo andar, no puedo correr, no puedo escalar, y cruzar hoy mi calle de lado a lado me ha costado la misma vida, y hoy por hoy esa es mi realidad, y es rara.

En cualquier caso, estoy más animada que los días anteriores. Más reconciliada. Me encuentro mejor desde que he decidido que todo tiene que contar y que tengo que hacer que merezcan la pena todas mis horas sobre esta tierra. Sigo preguntándome las mismas cosas al final del día: si he ayudado a alguien, si he expresado amor hacia alguien, si he aumentado mi nivel de atención, mi nivel de conciencia; si la respuesta es que sí, está todo bien, pueda o no andar, pueda o no escalar.

Gracias a todos los que me estáis mandando ánimos vía mail, twitter, comentarios y etcétera. Haced el favor, por cierto, de comentar el post anterior, que me quedó bien bonito. Y seguid ahí. Yo estoy comprometida con esto porque vosotros estáis comprometidos con esto. Y a día de hoy, madrugada del doce de febrero de 2013, a menos de cuarenta y ocho horas de constatar, un año más, mi incapacidad absoluta para generar amor romántico, va a resultar que mi relación con este blog y con vosotros es la más importante que tengo en mi vida. No sé si eso es bueno o malo, pero gracias.


domingo, 10 de febrero de 2013

Tú en febrero, todavía

Lo que tú no sabías esa noche es que yo no quería volver. Que esa noche, concretamente esa noche, pensaba mandarte de una vez por todas al olvido y seguir con mi vida, y que nada de la charla intensa y negociadora que habíamos mantenido minutos antes había servido para moverme un milímetro de mi postura. Entonces sacaste aquel relato: una hoja de papel sobre la muerte de tu abuela. Me la alargaste para pedirme opinión. Yo sabía que harías lo que quisieras. Que aguantarías estoicamente mis broncas por escribir frases de seis líneas, que discutiríamos un par de comas y que después tú corregirías el texto como te diera la gana. Anda que no teníamos broncas tú y yo por corregir textos. Eres una bruja, me decías, y yo así no puedo escribir. No respetas lo que hago. Tú siempre más y mejor.

Aun así, me pudo la curiosidad, cogí la hoja y empecé a leer. Y ahí estabas tú. Ahí estaba esa escritura nunca perfecta, pero sí sensible. Así has sido siempre. Capaz de ponerle palabras a las cosas con una precisión preocupante. Y durante mucho tiempo me bastó con eso, y me bastó también aquella noche. Te vi de pie junto a tu abuela muerta de miedo, con ganas de decirle todo lo que te habías callado en años, sabiendo que no podías acompañarla más allá de la última frontera, y me reenamoré de ti como una gilipollas.

Esa noche volví contigo por el relato. Lo corregiste como te dio la gana, claro; aun así, volví contigo porque quería estar con alguien capaz de sentir de esa manera.

Te sigo leyendo. Cada vez menos, porque publicas poco, pero te sigo leyendo. Me sigue sorprendiendo tu capacidad para sentir las cosas. Hoy hablas de por qué nos gusta ser parte de relatos, y explicas esa cualidad de peso existencial que sentirnos narrados aporta a nuestras vidas. Me recuerdas a cuando tenía catorce o quince años y decía mucho eso de que alguien era "un personaje". Y cómo me dio por ponerme mística, Matilda style, y reflexionar sobre que ser un personaje estaba bien porque quería decir que eras interesante. Ni bueno ni malo; interesante, y lo bastante lleno de matices como para que alguien quisiera escribir sobre ti.

Hoy leo lo de los relatos y me encanta que hayas puesto palabras a algo que yo había pensado desde siempre. Que sentirnos narrados es desafiar a la muerte. Yo escribo sobre la gente, ¿sabes? También sobre ti. Lo estoy haciendo ahora. Eres mi personaje. Y me siento mal cuando lo hago, verídico: como si estuviera robando almas o poseyendo realidades ajenas. Me propongo siempre inventar más, aliñar con más ficción los trozos de esta realidad que me fascina. Aun así, acabo relatando a la gente a la que conozco. No sé si les gusta o no. No sé si les da más peso. Ya lo he dicho; trato de entender y, en cualquier caso, ya no sé ser de otra manera.

Decía Hornby en 31 canciones que dejamos de escuchar un tema cuando, de alguna forma, lo resolvemos. Cuando deja de ser un enigma. Mientras siga escribiéndote, seguiré resolviéndote. Mientras tú sigas escribiendo y yo siga teniendo ganas de leerte, seguirás creando enigma, siendo enigma. Compartiré esto con el mundo porque me hace falta, y porque no creo que te importe ser parte de mi relato a estas alturas. Seguiré siempre un poco enamorada de alguien capaz de sentir como tú.

Y como último secreto, te confieso que eres mi lugar seguro. Que en los talleres de relajación del hospital a menudo nos dicen que imaginemos un lugar donde nos sintamos completamente a salvo, totalmente seguros; que yo siempre lo intento con las playas, los campos y el sandwich de plumas en que he convertido mi cama. Aun así, terminas por ser tú. Tú tendido bocarriba sobre tu cama de COU, inmóvil bajo el sol de media tarde, serio y dormido a la hora de la siesta. Yo encajada sobre tu pecho, tranquila como la gata Mia ahora mismo en mi regazo, sin ninguna necesidad de moverme, de acomodarme, de rascarme. Cien por cien conforme con el hueco que estaba ocupando en el espacio y el tiempo.

Que sigas siendo mi lugar seguro a estas alturas; hay que joderse. Confesiones de domingo de una mujer con esguince.

Aun así, gracias. Por escribir, por ser y por venir a calmar a mi mente inquieta en los ejercicios de imaginación guiada. Espero que alguien o algo te quite por fin el protagonismo de mis febreros. Quizá el año que viene. Quizá otro año.

sábado, 9 de febrero de 2013

Lesionada

Cuando te lesionas, siempre tienes la sensación de que podías haberlo evitado con facilidad y te sientes gilipollas. Eso fue lo primero que pensé el jueves, justo después de escurrirme de una presa roma y notar cómo crujía mi tobillo izquierdo sobre el colchón del roco. Es un instante. Un puto instante. Y lo cambia todo. Me quedé tendida boca abajo sobre la lona, hiperventilando y llorando como una chiflada. La gente del roco se portó muy bien. Todos me consolaban: va, tía, es sólo un esguince, cuando te quieras dar cuenta estás aquí otra vez, y total, hace un montón de frío y todavía no es buena época para la roca. Yo sollozaba descontrolada: que no, que todo es una mierda, que yo quiero escalar y todo es una mierda.

Tardé un buen rato en conseguir coordinar las neuronas suficientes como para decidir que me iba al hopital. Mi tobillo tenía un huevo morado de un tamaño curioso. "Es horrible, horrible - repetía yo -. Tiene una pinta horrible". Verídico. Nunca se me había inflamado tanto un tobillo en tan poco tiempo. Me imaginaba roturas, operaciones y recuperaciones larguísimas.

Me acompañó al hospital Álex, el novio de una amiga, que había venido esa tarde a entrenar por primera vez. Tuvo el mérito enorme de convertir un rato angustioso en uno agradable. Estuvimos charlando de escritura, de blogs y de los Aristogatos. A mí después del primer analgésico intramuscular me empezó a entrar la risa absurda, y cuando el técnico de rayos me preguntó si tenía posibilidades de estar embarazada, le expliqué algo sobre la imposibilidad en estos momentos de algo así, mis celivibraciones y lo mala que está la cosa. Después me dio un ataque de risa mientras me pinchaban heparina y casi pateo al residente cuando intentó cortarme mis vaqueros favoritos. "Es que me hacen un culo estupendo", expliqué. Tuve momentos de despersonalización, en los que pensaba que esto no me podía estar pasando a mí. No me podía haber hecho un esguince de una forma tan absurda. Quería despertarme con normalidad y poder seguir con mi vida.

Ayer estaba sumamente triste. Por muchas cosas, no sé. No sólo por el esguince. Por la sensación de injusticia y de desprotección. La vida es injusta e incierta, eso ya lo sabemos todos, pero ayer concretamente me preguntaba qué mensaje me estaba mandando el universo. Ha sido una semana de mierda. Primero perdí mi cámara, luego resulta que el embrague de mi furgo no va bien y arreglarlo me sale por un pico, y ahora me quedo sin tobillo. La salud mal, el dinero mal, del amor ni hablamos, y encima todos los días rondando por Muertelandia y con mi precario equilibrio mental pendiente de un hilo.

No sé. Por primera vez en mucho tiempo, me encuentro desbordada.

Hoy el día ha ido mejor. He conseguido organizarme para escribir, leer y trabajar algo en Psicosupervivencia. He hecho suspensiones de dedos y dominadas en la espaldera que tenemos en el salón. Cuando le mandé ayer a Juanjo, mi colega valenciano, las fotos de la escayola por el whatsapp, me dijo que tenía mucha suerte; que ojalá él tuviera jodido el pie en lugar del tendón del dedo desde navidades. Que se pondría inhumano haciendo campus.

Están locos, estos escaladores.

El caso es que hoy, mientras ponía el lavavajillas apoyada en una muleta, pensaba que a saber lo que te va a tocar en esta vida, y que mira que si en lugar de un esguince me hubieran amputado la pierna y me tuviera que acostumbrar a vivir así. ¿Qué iba a hacer entonces? ¿Autocompadecerme? Tendría que tirar adelante de alguna forma.

A ratos pienso que es verdad que en esta sociedad no se tolera el malestar, pero que igual yo sí que estoy viendo demasiado malestar. Que la gente no se entera de las Verdades Chungas, pero que yo últimamente estoy convirtiendo mi vida en una Verdad Chunga y que las cosas tampoco son tan así. Y que quizá torcerse el tobillo es una buena defensa. No creo que las cosas pasen por una razón. Creo que esto es azar y punto, y que es nuestra esforzada mente narrativa la que se empeña en encontrarle un sentido a los acontecimientos. Aun así, quizá mi tobillo me está protegiendo de observar más desgracias durante unos días. A lo mejor no me viene mal quedarme en casa viendo pelis y durmiendo más de la cuenta, y olvidarme por un ratito de Muertelandia.

El miércoles tuve a una paciente con un duelo complicado. Estaba tan triste que me empezó a dar pena que su ser querido se hubiera muerto, en plan "con lo majo que era". ¿Estamos locos? No me puede dar pena que se muera el ser querido de otra persona. No lo puedo sentir como una pérdida personal, ni tener ganas de haberle conocido por lo majo que parece en palabras de mi paciente. Es excesivo y tengo que encontrar la manera de racionar todo eso, porque si no se me va a ir la olla.

[Concluyo diciendo que hoy ya estoy mejor y que creo que voy en marcha hacia reconciliarme con mi nuevo estatus de lesionada. Estoy planeando paseos con muletas por Lavapiés. Las muletas te ponen los brazos fuertes y no hay que perder esa oportunidad nunca. Aunque sólo sea porque no me puedo permitir bajar el ritmo de cara a mi viaje a Denver. O porque bueno, ahí está el pobre Juanjo haciendo senderismo porque su tendón no le deja escalar, y hay que ser solidarios con los colegas]

PD: Si de verdad, de verdad, queréis animarme, pasaros por Psicosupervivencia y compartid/comentad/suscribiros a la lista de correo. Necesito que alguien me convenza de que puedo ayudar a los demás, porque últimamente no me siento muy capaz *modo autocompasivo off.