massobreloslunes

sábado, 27 de abril de 2013

Crazy American Climbing Project: tomorrow

Queridos ciruelos y ciruelas:

Estoy al borde del agotamiento. Seriously. Mi cerebro ha dicho basta. Me he venido a dormir a casa de mi tía, que vive cerca del aeropuerto, para evitar que el malvado duendecillo del equipaje me susurrara que lo dejara todo para el último momento. Ahora no sé si quiero dormirme para que todo llegue antes, o no dormirme para que no llegue tan pronto. No sabría decir cuáles son mis emociones en este momento. Supongo que hay más cansancio que otra cosa, y algo de incertidumbre sobre cómo será trasladarse a la Dimensión Desconocida.

A dios pongo por testigo de que mañana escribiré algo más coherente. Deseadme que no me paren los de inmigración.

jueves, 25 de abril de 2013

Crazy American Climbing Project: quedan tres días

Continúo sin creerme demasiado que vaya a viajar a EEUU, francamente. La sensación, más que de ir a viajar, es la de que me van a teletransportar a la Dimensión Desconocida. Hoy leía el último libro de Natalie Goldberg, donde menciona Nuevo Mexico, Colorado, Wyoming, Nevada... y pensaba: en breve estoy yo ahí, camino de las Rocky Mountains. Es surrealista.

Llevo varios días con un dilema mental sobre el soporte de escritura para el viaje. El tema es que yo quiero viajar Y escribir. Escribir es sumamente importante. Cuando me fui de Summer Steinbeck-Hill Project, escribir fue la mitad de la diversión. De hecho, a veces me acuerdo de ese viaje y no miro las fotos: leo los posts. Ahora también quiero escribir. El problema, vamos a reconocerlo, es que yo a mano no escribo un carajo. No me gusta. Sé que debería entrenarme, y sé que quizá en algún momento haya una explosión nuclear, y sólo sobrevivamos las bacterias, yo y un montón de hojas de papel, y que entonces tendré que volver a los comienzos. Hasta ese momento, por favor: dadme un teclado.

La cosa es que llevarme el mac me da miedito, porque lo pierdo o me lo roban casi seguro. Pero comprarme cualquier otro dispositivo eletrónico para un viaje me parece absurdo. Pero quiero escribir. Pero no quiero un mini-portátil, porque después no lo uso y además salen muy malos. Pero quiero escribir. Pero no quiero un iPad, porque en mi camino hacia la conciencia y la ecuanimidad no necesito OTRO gadget de continua distracción. ¡¡Pero quiero escribir!!

¿Decisión final? Salvar todos mis archivos y llevarme este ordenador con total desapego. Y si lo pierdo o me lo roban, que en realidad no tiene por qué suceder, pues me compraré otro a plazos, qué le vamos a hacer. Pero no puedo tomar decisiones basadas en el miedo, la acumulación y el gasto loco.

Hoy hablaba con MQEN de lo genial que es meditar. Me pasa siempre: paso épocas sin tocar un cojín, luego vuelvo y es como "por qué no hacía yo esto antes, que no me acuerdo". Entonces MQEN y yo charlamos durante horas de la suerte que tenemos y de la importancia de la paz interior. A veces se siente una un poco estúpida. Ayer tomaba una cerveza (sin alcohol) con C., una lectora amorosa, y me di cuenta de que estoy teniendo revelaciones existenciales que en realidad ya tuve hace seis años, y hace cuatro, y hace dos. Hay que joderse. Te preguntas si eres cortita de entendederas, o qué estás haciendo realmente con este milagro precioso llamado vida.

Sin embargo, creo de verdad que no he desperdiciado el tiempo que he pasado sin meditar. Ha sido un tiempo de volver a buscar la solución en el lugar equivocado. De continuar manteniendo la esperanza en que ciertas cosas (una pareja, un estilo de vida, un trabajo, un físico) me iban a dar la felicidad. Hay gente que aprende con suavidad, y otros que necesitamos ostias vitales para tirar adelante. Yo me la he tenido que pegar con la muerte, la soledad, el desamor y la angustia antes de tener la motivación suficiente como para volver a sentarme. Quizá ahora podría tener miedo; temer que en algún momento volveré a perder pie y a desviarme de lo que sé que me hace feliz. Pero quiero mantener la confianza en mí misma. A lo mejor me hacen falta más rodeos que a otras personas, pero hasta ahora siempre he sabido volver a casa.

En cualquier caso hoy, concretamente, me siento muy feliz. Muy afortunada y agradecida en muchos sentidos. Cualquiera que sea el camino que me ha llevado hasta este momento concreto, este presente de escribir frente al teclado en silencio y sentir el corazón ligero, es un buen camino. Así que doy gracias por eso a quien se dé por aludido.

[Y tú, MQEN: no te me mueras nunca, ¿vale? Por favor, por favor]

martes, 23 de abril de 2013

Crazy American Climbing Project o CACP: quedan cinco días

Queridos todos:

Vamos a dejarnos ya de subnormalidades profundas y autocompasivas y a escribir sobre el Evento Más Grande de mi vida adulta. Que no va a ser mi bodorrio, el nacimiento de mi primer hijo ni la publicación de mi libro; las celivibraciones, el egoísmo y la autoedición lo van a poner complicado. El Evento Más Grande de mi vida adulta hasta la fecha es el increíble y fabuloso viaje que voy a emprender por las tierras americanas, y que después de darle unas cuantas vueltas he decidido bautizar como Crazy American Climbing Project o CACP.

Crazy porque es crazy. Vamos a reconocerlo. Yo, metro y medio de rubia miedica y sedentaria, empiezo a escalar, y dos años después lo que parecía una afición se ha convertido en una enfermedad. Así que aquí me hallo, desafiando a los elementos, ignorando las calamidades y buscando compañeros de cordada debajo de las piedras. Una cosa lleva a la otra, conozco a una gente muy maja que se muda a la meca de la escalada, junto unos euros con el aguinaldo de navidad y voilá! A cruzar el charco con los gatos en la mochila.

Ésa es mi vida. Se lo cuento a la Marina del pasado y no se lo cree.

Que no es por el viaje en sí, que peores cosas se han visto, sino por lo de escalar como si no hubiera un mañana. Escalo más bien mal, en serio.Tengo muy poca idea y mucho miedo, e intento compensar mis carencias con un amor bastante absurdo. Escalar con desconocidos en sitios remotos de habla extranjera se sale tanto, TANTO de la zona de confort de casi cualquier humano que a veces temo que se me haya ido la cabeza.

No importa: es una bonita locura.

American porque transcurrirá en gringolandia. ¿Dónde? No lo tengo claro. Me he aprendido la parte oeste del mapa casi de memoria, pero sigo sin comprender que no me puedo teletransportar del Gran Cañón a Yellowstone y después a Nuevo México, y además dejar tiempo y espacio para escalar en Boulder hasta vomitar. No, Marina. Hay que elegir. Patrick, mi reciente compañero boulderita de escalada en Madrid, me ha dicho unas sesenta veces que visite Utah. A mí así a priori no me llamaba la atención, pero parece que hay una naturaleza brutal, escalada en arenisca y mormones polígamos, así que quizá vaya.

La verdad es que me da un poco igual qué ver. Yo me entusiasmo con cualquier cosita. Prefiero sitios menos turísticos, aunque sean menos bonitos. Sobre todo, quiero naturaleza, y silencio, y que no me pegue tiros un maníaco, y escalar (ver punto tres).

Climbing porque bueno, reitero lo del punto uno. Pero es que además, hasta hace dos semanas yo quería escalar un poco, sí, pero también hacer un poco de turismo. Lo que pasa es que después he salido a la roca unas cuantas veces con el fanático de Patrick y bueno, ahora lo que quiero es escalar hasta que me levante un día por la mañana y diga "uf, escalar, qué coñazo".

De hecho, mi plan para los primeros días era: llegar a Denver, dormir allí un par de noches con un couchsurfero meditador majísimo que he localizado, conocer a Peggy Emch de The Primal Parent y tirar para Boulder con la calma. Pero esta tarde me ha escrito Pablo, que también está enfermo de fanatismo, algo como:

"Marina, sé que el domingo te vas a querer morir de jet lag, pero dan bueno y había pensado ir a escalar en granito a 45 minutos de Boulder. ¿Qué te parece?".

Yo: "I'm in".

Así que ni visita, ni Peggy, ni nada. Dormir en Denver, tirar para Boulder y domar a mis ritmos circadianos a base de pasar miedo en el granito. Hu ha.

Project porque mola como palabra final del acrónimo y porque mi vida es un poco así: un proyecto interminable. También porque esto de los USA me viene de antiguo. Es uno de los sueños de mi vida, junto con aprender a tocar el piano (check), participar en un musical (check) y escalar (check).

[Nota: los sueños que me quedan ahora son:
- Dedicar un periodo de mi vida sólo a escribir.
- Escribir una novela.
- Escalar grandes paredes, aunque no sé si soy capaz de eso.
- Iluminarme o, por lo menos, purificar lo bastante mi mente como para ser toda amor, compasión y sabiduría celivibratoria]

Así que ahí estamos. Esta mañana me he dedicado a estudiarme mi guía de los parques naturales del oeste, mientras me esforzaba por planear sobre el ambiente de Muertelandia sin que me tocara. Por la tarde he ido a Decathlon y me he comprado otros pantalones de montaña, un par de sudaderas, calcetines y unos vaqueros casual de escalotrekking que molan tanto que quiero ponérmelos todo el rato.

La ropa de montaña, por otra parte, es el mal. No la comprendo. Las mezclas entre impermeable y transpirable, así como el orden y momento en que hay que ponerse las cosas, escapan a mi entendimiento. Porque a ver: tenemos la camiseta, el polar, el cortavientos, el impermeable y el plumas. ¿En qué orden va eso para estar calentito y no mojarse? Porque no es tan sencillo. Si es impermeable, no transpira, y entonces con el sudor algunas cosas pierden propiedades térmicas. El plumas cala. El cortavientos no abriga. Si el cortavientos va ajustado, no te cabe debajo el polar. Todo carece de sentido, querido lector.

Me voy a dormir, que pensaba escribir cuatro chorradas sobre el viaje y, para variar, se me ha ido la mano con la extensión. Mañana os sigo contando cosas como "la aventura de ingresar mi hucha de monedas" o "obesidad y matanzas: mis dos principales miedos antes del CACP". Nos leemos :)

PD: Gracias a todos por el feedback del post de ayer. Sigo dándole vueltas al tema y considerando las distintas opciones.

domingo, 21 de abril de 2013

¿Cambios?

Me acabo de plantear, hace aproximadamente cinco segundos, que a lo mejor últimamente me cuesta tanto escribir aquí porque no debería escribir aquí. Estoy contemplando la posibilidad de hacer cambios de verdad en lo que escribo y cómo lo escribo.

En marzo escribí esto; lo releo ahora y todavía tiene más sentido. Es curioso, si lo piensas. Sé que parezco una persona sincera y abierta, que cuenta su vida en Internet y no tiene problemas de intimidad. En realidad, lo que escribo no es más que la punta del iceberg. La mayoría de mi vida emocional transcurre bajo la superficie y me la quedo yo sola. No sé si eso es bueno o malo. Últimamente he estado leyendo mucho a Geneen Roth: una autora americana que escribe sobre alimentación emocional. Lo que me sorprende de ella es que es brutal, radicalmente sincera. Lo cuenta todo. Y, precisamente por eso, consigue contactar de una forma muy poderosa. Su sinceridad y la constatación de su sufrimiento consuelan.

Mi estructura literaria online, ahora mismo, es la siguiente. Por una parte, escribo sobre psicología en Psicosupervivencia. Son escritos más o menos didácticos, más o menos sensatos y poco autorrevelados (aunque todavía bastante para lo que se ve por ahí). Después está este blog, que es un poco como el patio de recreo. El sitio al que vengo y donde escribo básicamente lo que se me pasa por el coco, sin preocuparme más de la cuenta por lo que pueda pensar mi audiencia.

La pregunta que me vengo haciendo últimamente es si massobreloslunes y psicosupervivencia podrían darse la mano de alguna forma. Quiero decir: ¿pueden unirse mi parte psicóloga y mi parte escritora? ¿La parte que ayuda y la parte que duda? ¿La terapeuta y la escritora? ¿La persona sensata y la que es un poco absurda? ¿Es eso poco profesional? ¿Es demasiada autorrevelación para el body? ¿Me sumirá en el ostracismo profesional y nadie querrá nunca jamás contratar mis servicios?

Sé que hay posts y temas que no tendrían cabida en un posible Blog Integrado o BI. No podría clasificar a los tíos en los niveles del gustar, ni criticar a las peluqueras, ni nada por el estilo. Quizá podría abrir una sección de artículos chorras, y otra para cuentos de ficción. Quizá hay determinados temas sobre los que ahora mismo no quiero escribir, porque creo que forman parte del conjunto de cosas a las que debo renunciar para crecer de verdad.

Lo que sé es que si no quiero ser dos personas en mi vida cotidiana, no sé hasta qué punto tiene sentido ser dos personas en mi vida online.

Si alguien entiende algo de lo que acabo de escribir, agradecería su opinión. De todas formas, creo que el viaje a Boulder viene en un perfect timing para todo esto. Me va a servir para airearme y reflexionar acerca de cuál quiero que sea mi camino bloguero a partir de ahora. Tengo muy, muy claro que quiero ayudar e inspirar (qué pretenciosa suena esa palabra) a la gente, y sé que este blog ayuda e inspira igual que el otro. O eso creo, o eso me dicen los lectores cuando me escribe. Es una pena desperdiciar eso.

(Tengo que darle muchas vueltas a este asunto, en cualquier caso. Estoy pensando sobre la marcha. Así que tranquilidad, que de momento no cierra el blog, ni cambia, ni nada por el estilo. Aquí seguimos, al pie del cañón; y preparaos, por cierto, que las Crónicas de USA van a ser memorables)

jueves, 18 de abril de 2013

Más sobre el Carrefour

No os he contado cómo terminó ayer mi episodio de pensar en el suicidio mientras hacía la compra. Ya os comenté que iba yo por el Carrefour, repartiendo mi atención entre el grado de madurez de los aguacates y la ausencia de sentido de la vida. Trataba de respirar hondo y de quedarme con mis sensaciones. Sonaba bossa-nova en los altavoces; la típica música de quédate con nosotros, remolonea, consume. Compra, compra, compra. A mí me pesaban los huesos mientras pensaba en toda esa comida, que pasaría a formar parte de cuerpos destinados a morir.

(Qué queréis que os diga; tenía un mal día, ayer)

Terminé de llenar la cesta y me puse en la cola. Mientras la gente avanzaba despacio, yo observaba las chucherías y cosméticos expuestos junto a la caja. Había un gel íntimo llamado "Chilli verde"; qué mal nombre, pensé. Llegó mi turno y empecé a poner la compra en la cinta transportadora. Me inclinaba hacia la cesta, cogía un par de cosas y las colocaba con poco cuidado. Entonces, el chico que estaba detrás cogió mi cesta con las dos manos y la levantó. Yo le miré algo extrañada. No sabía si pretendía dejarla sobre las demás cestas, que reposaban apiladas en una columna precaria. No te preocupes, te la sostengo así, ofreció, y mantuvo la cesta en alto hasta que terminé de colocarlo todo.

- A veces es muy difícil, ¿verdad? - me dijo, mientras yo estiraba el brazo para alcanzar la sacarina.

Alcé la cabeza y le miré a los ojos. Era un chico normal, de cara ancha, no muy guapo. Llevaba bermudas y una camiseta de algodón vieja. Me sonreía con una gran compasión.

Traté de devolverle la sonrisa desde detrás de mis pensamientos pro-suicidas.
- Sí - contesté -. A veces es muy difícil.

Y después observé, un poco desconcertada, cómo pagaba su compra (una única y solitaria bolsa de picos), pasaba por mi lado sin despedirse y se marchaba caminando despacio.

miércoles, 17 de abril de 2013

Reflexiones hiperprofundas sobre la vida y la muerte que deberías plantearte seriamente si quieres leer

Estaba yo hoy haciendo la compra en el Carrefour Express cuando me he puesto a pensar en el suicidio. Pero de buen rollo. Nada de "me suicido porque mi sufrimiento es insoportable"; más bien un "me suicido porque total, tarde o temprano me moriré, y cuando lo haga probablemente sea entre indecibles sufrimientos, y para eso casi mejor hacer acopio de algún tranquilizante buenrollero y agilizar los trámites".

No me voy a suicidar. Tranquilidad en las masas. Simplemente trato con toda la fuerza de la que soy capaz de encontrarle un sentido a esto. Cuando trabajas con enfermos terminales, es inevitable preguntarte cómo te quieres morir tú. La gente no se muere como en las pelis: no hace listas, ni viajes increíbles, ni graba casettes para sus seres queridos. Para empezar, porque uno se muere en medio de bastante sufrimiento físico, y no tiene muchas ganas de ese tipo de florituras. Además, la mayoría de la gente tiene tanto, tanto miedo que distribuye su tiempo entre fingir normalidad, negar la realidad y tratar de curarse.

Yo he llegado a un punto de mi vida en el que me daría igual morirme en lo que a sensaciones se refiere. Me refiero a que creo que, más o menos, he vivido todas las que merece la pena vivir. ¿Amor? Check. Dado y recibido. ¿Dolor? Check. Ídem. Mucha diversión. Muchas risas. Amistad, suficientes viajes, éxtasis variados frente a la contemplación de la belleza. Escribir, escalar, mirar a la gente a los ojos, tocar el piano y recibir masajes. Me falta la maternidad, pero tener hijos no me interesa en absoluto ahora mismo; no encuentro razones contundentes para hacerlo, y el sentimiento de amor maternal no me atrae. Demasiado apego y demasiado riesgo, para mí y para mi posible hijo/a. Bastante tengo ya con lo mío.

El amor lo he aparcado. No os lo vais a creer, porque ya sabéis que el 90% del contenido de este blog se resume en "oh, Dios, ¿por qué no tengo novio?". Pero os voy a contar algo. Hace cosa de un mes, en medio de una resaca brutal, me apunté a una web para conocer gente, y con gente quiero decir tíos, y con conocer quiero decir tener sexo. Me habían hablado de una que está muy bien y pensé: por qué no probar. Colgué fotos, respondí cuestionarios y me preparé para esforzarme de verdad por encontrar a alguien. Nada de lloriquear: iba a coger el toro por los cuernos.

En menos de doce horas, conocí a un chico alucinante. Interesante, guapo, listo, divertido. Bloguero, viajero, que estudia psicología y hasta ha hecho un curso de Vipassana. Alucina pepinillos. Hablamos por teléfono. Hablamos por Skype. Quedamos justo después de semana santa. Y bueno, sin entrar en detalles, me di cuenta de repente de que aquello estaba sacando lo peor de mí. Mi parte más desequilibrada, más llena de ansia y apego, más empeñada en encajar al pobre chaval en las expectativas de mi ego. Estaba tan ansiosa de que alguien me sacara de todo el dolor y la tristeza que estoy viviendo este año que no podía ver más allá. No le estaba viendo a él y no estaba sabiendo ocuparme de mí. Tanto tiempo creyendo que soy independiente y es mentira, porque la promesa del amor, sea lo que sea, siempre ha estado ahí como opción. Como el comodín del público. No sé si me explico.

Desde entonces, intento desapegarme de la idea del amor. Del ansia por que llegue alguien y me cure las heridas. No tiene que ver con ese "cuando menos te lo esperes" del que habla todo el mundo. Tiene que ver con que, objetivamente, ya he estado ahí. Ya he tenido relaciones de pareja: enamoramiento, amor, sexo y llámalo X, y NO me ha hecho feliz. No más feliz que ahora. Abandonar la idea de que la felicidad llegaría con un amor perfecto que probablemente no existe es bastante más difícil que dormir sola. Sin embargo, desde que tuve esa revelación, me encuentro bastante bien. Bromeo diciendo que he abrazado el celibato, pero en realidad es bastante cierto. Y no tiene nada que ver con evitar activamente conocer a tíos o tener sexo con ellos (por otra parte, es innecesario, ya que en general son los tíos los que me evitan activamente a mí). Tiene que ver con abrazar de verdad la idea de estar sola y dejar de buscar fuera lo que sólo puedo darme yo.

Y, aunque no os lo creáis, está siendo muy bueno. Mucho más que ese estado de falsa espera despreocupada que mantenía hasta ahora.

Casi todo es bueno con la suficiente conciencia.

Volviendo al tema del suicidio buenrrollante: tiene que haber algo más. Algo más que acumular experiencias y sensaciones como si nuestra vida fuera el muro del facebook. Porque si no, de verdad, esto no tiene ningún sentido. Nos vamos a morir. En serio. Y antes de eso perderemos un montón de cosas y de personas. Llegarán buenos momentos y se marcharán. Conoceremos a gente encantadora que nos dejará de una u otra manera.

¿Cómo quiero morir yo? Quiero morir consciente. Cuando esté terminal, si llego a estarlo, quiero saberlo. Quiero despedirme de los míos y escribir sobre lo que significa saber que vas a morir pronto. Quiero saber que contribuí de forma positiva al mundo y que supuse una diferencia en la vida de la gente. No tengo ni idea de por qué estamos aquí, pero lo cierto es que estamos. Que el sufrimiento es muy real. Es la primera verdad de Buda, y es incuestionable. Así que, ya que estamos, intentemos aliviar ese sufrimiento. Eso quiero hacer yo. La posibilidad de conseguirlo es mi razón principal para no suicidarme de buen rollo.

Aliviar el sufrimiento era también lo que quería antes, supongo, pero ahora es distinto. Creo que ahora estoy llegando al punto de ser capaz de dejar marchar cosas. Expectativas, ideas de cómo debería ser mi vida y aspiraciones más o menos superficiales. En Semana Santa, le decía a Elsa que el camino espiritual (o llámalo X) es muy difícil porque te sientes distinto a todos los demás. "Pero es que yo no quiero NI DE COÑA ser como los demás, Mopi", me dijo ella. Elsa dice últimamente que va a tener cuidado cuando hable conmigo, porque sus palabras me impactan de una forma desmedida. Pero es que tiene tanta razón. No se trata de despreciar a la gente ni de querer ser diferente porque sí. Se trata, y voy a escribir esto en negrita para que no se me olvide a mí, de abandonar la idea de que tener lo que a la gente parece hacerle feliz te va a hacer feliz a ti. Eso es una putada. Porque esa idea es bonita. Te trae consuelo en los momentos de desdicha. Vale, piensas, no soy feliz, pero quizá lo sea cuando (encuentre pareja, consiga trabajo, deje mi trabajo para viajar, tenga más amigos, mejore este puto-tiempo-de-mierda). Pero ¿y si no? ¿y si el camino que sigue el resto a ti no te va a traer más que problemas?

En ese caso, no te queda más remedio que construir tu propio camino.

Y es ahí cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes.

lunes, 15 de abril de 2013

Filosofía post-escaladora aplicada a las relaciones humanas, I

Son las once y media de la noche del domingo, y estoy en un tren de cercanías Coslada-Madrid frente a un americano pelirrojo que mide dos metros. El americano en cuestión se llama Patrick y, lo creáis o no, es de Boulder, Colorado. Hemos estado todo el día escalando en San Martín con otro chico, Juan, un canario encantador que no paraba de sacar comida de su mochila y repartirla. Quedamos para hoy a través de Couchsurfing y lo hemos pasado absurdamente bien.

Patrick es muy, muy gracioso. Además, como le explico en mi inglés de serie americana, sus bromas me hacen el doble de gracia, porque entender el humor en otro idioma masajea mi ego. Estamos hablando del sentido de la vida, de Nietzsche y del trabajo de nuestros sueños. Ya lo he vivido otras veces. Vas a trepar con gente más o menos conocida, y a la ida habláis básicamente de escalada estándar: qué vía vas a hacer, cómo es la escuela a la que vas, etc. etc. A la vuelta, sin embargo, el colocón de endorfinas, la oscuridad y el cansancio hacen que la conversación degenere hacia:
1) La escalada, sí, pero en el plano Profundo Existencial, en plan comparar todos los fenómenos de la vida con lo que te pasa en la roca, o decir una y otra vez lo maravilloso que es este deporte y lo que se pierden los que no lo entienden.
2) Intimidades de tu vida amorosa. No me preguntéis por qué.
3) Filosofía extrema o reflexiones sobre la naturaleza humana.

Así que Patrick y yo hablamos de Nietzsche mientras el cercanías rueda despacio. Después, no sé por qué, pasamos al desapego y a mantener el contacto con la gente de tu ciudad cuando te mudas. "A mí me gusta estar realmente aquí", me explica él, y yo asiento con la autoridad que me da pisar mi casa una vez cada seis meses. "Es importante cultivar el desapego". 

Es demasiado pronto para explicarle mi teoría del bosom, pero sí comento algo que leí hace tiempo en el blog de Steve Pavlina y que, aunque ni lo entiendo del todo, me parece una bonita idea. Según él, las personas no son más que una manifestación de determinadas cualidades: la amistad, la entrega, el calor o la comprensión. De esta forma, uno no conoce a personas individuales, finitas, sino a las partes de ese todo que es la condición humana, y que muestran esas cualidades en el contacto contigo. Tal y como yo lo entendí, es como si la amistad, o el amor, o llámalo X, fueran la red eléctrica, y las personas los enchufes: uno no se pone triste cuando tiene que abandonar un enchufe, porque habrá otro más allá.

Le explico a Patrick, haciendo malabarismos con mi inglés agotado, que esa teoría por una parte me disgusta, porque me da la impresión de que le quita importancia a la individualidad de la gente; por otra, sin embargo, creo que mi mente necesita gestionar la idea de que el mundo está lleno de personas maravillosas a las que terminarás por perder.

Él asiente, pasándose reflexivo la mano por la barba pelirroja. "Creo que tienes razón - me dice -. Yo tenía una idea parecida. Leí que las personas a las que conoces son la forma en que se manifiestan las circunstancias en cada momento. Pero no estoy del todo de acuerdo. Porque las personas conforman las circunstancias. Son parte de ella".

Sonrío. Pienso en el día de hoy. En estos dos chavales presentándose en Coslada a un domingo a las diez de la mañana para irse a escalar con una desconocida. En las presentaciones, las bromas hispano-americanas, los juegos de palabras. Probar las vías, aprender la jerga en inglés y animar con un entusiasta "c'mon, bro, you gotta it!". El bizcocho que Juan horneó ayer y que ha repartido alegremente justo antes de que Patrick encadenara un bonito 6c con una placa inverosímil. Los tres caminando a las tantas de vuelta hacia la estación de tren, después de aparcar mi furgo; yo: "I'm sorry I had to leave the car here, guys... I know it's annoying". Patrick: "It's part of the adventure".

Después de eso, no sé lo que contesto. Que estoy de acuerdo, por supuesto, y luego aprovecho el inglés para decirle a Patrick algo como: "you are really funny, I like you". "You're also kind of cool", contesta él. Sin duda. Hay que encontrar la manera de gestionar esto. Esta gente a la que conoces, esta gente que sigue llegando cuando pensabas que no había espacio para lo demás. Parte de lo que me fascina de la escalada es que me sigue pasando. Que no se acabó enseguida y que a mi vida le cabe todavía mucha diversión. Con la gente es igual. Sigue pasando. Y espero que nunca deje de sorprenderme.