massobreloslunes

miércoles, 29 de junio de 2011

Sobre el dolor de huesos que da la vida -- TMC18

Hace un par de meses tuve una crisis profesional. Me planteé con seriedad moderada dejar el PIR e irme a vivir a un centro de Vipassana, o a viajar por el mundo, o a Granada a una cueva en el Sacromonte. Tuvo que ver con conocer y amar al Perriflauta Meditador (no sé qué me ha dado últimamente con los hippys, una especie de filia rara) y a otros meditadores alternativos que sirvieron conmigo en el curso de Abril. Entendedme: una está aquí, trabajando como una capulla, pagando impuestos y contando los días de vacaciones como si fueran pepitas de oro, y ahora llega el PF y te dice que ha estado en India comprando pañuelos y que los va a vender en Barcelona mientras vive en una casa okupa y recicla comida del supermercado de la esquina.

En mi momentazo de crisis profesional me preguntaba qué estaba haciendo con mi vida. El PIR me parecía una opción aburrida como el Averno y no quería más que irme por ahí a vivir a lo bohemio. Quería meditar pero, sobre todo, quería escribir. No sé cómo me irá en esta vida con la meditación, porque soy tan inconstante que no tengo claro que vaya a progresar mucho en ese camino, pero quiero escribir, y a veces pienso que no podré hacerlo mientras no deje todo lo demás (pensamiento que, como prueba el Michelian Challenge, es erróneo en su planteamiento, pero no es ésa la cuestión).

Además de todo esto, estaba hasta el potorro de trabajar en el Equipo de Salud Mental. La curva exponencial de pringamiento del PIR no parecía tener asíntota, y me pasaba los días comiéndome marrones en sucesión sin que ningún facultativo estuviera ahí para respaldarme. Paradójicamente, sin embargo, había desarrollado una especie de Síndrome de Estocolmo y no quería irme del Equipo ni con agua caliente. A pesar de los marrones, me gustaba trabajar allí: había encontrado mi sitio, conocía a la gente, sabía a qué atenerme. Me escaqueaba de la consulta para criticar a mi jefe con el MIR de psiquiatría, cotilleaba con las auxiliares y entre marrón y marrón hasta ayudaba a algún paciente. Me daba pánico mortífero cambiar de rotación y enfrentarme otra vez a dar vueltas por un sitio de trabajo hostil sin saber dónde meterme.

Dos meses después, puedo decir que todo es tan impermanente como prometía Buda, porque me encuentro mejor de lo que me he encontrado en meses. Rotar por Primaria me ha permitido relajarme un poco, y entre unas cosas y otras me he vuelto a enamorar de mi profesión.

Cuando estaba ahí ahí, pensando si abandonaba la plaza o no, si me cortaba las venas o me las dejaba largas, mi amiga Elsa me dio un gran consejo. Me dijo "Mopi, ya has empezado esto. Termínalo y a ver dónde te lleva". Qué gran verdad. Uno no puede ir por ahí probando y hartándose a la primera frustración. No sé si el PIR es la mejor opción de vida. No sé si habría crecido más como persona siendo una escritora bohemia en una casa okupa. Lo que sí sé es que si quiero aprender lo que me tiene que enseñar este camino, tengo que seguirlo hasta el final.

El PIR me ha cambiado y me sigue cambiando en muchos sentidos. Porque es trabajo y por el trabajo que es. Porque es tremendamente real. Dejas lo teórico, lo filosófico, las pajas mentales de la facultad, y empiezas a incidir de forma directa en las vidas de la gente. Tienes el privilegio enorme de compartir sus emociones. Quiero mucho a Granada, pero ya conozco más Cádiz, aunque sólo sea porque he hablado con (literalmente) cientos de gaditanos que me están contando todos los días cómo es la vida aquí. Me cuentan cómo es quedarse inválido trabajando en Astilleros, que cierren Delphi y te tengan contratado en cursos de mierda, cómo es crecer pasando hambre y comiéndote lo que mariscabas, pescar caballas en la Caleta cuando entra el verano, tener a toda la familia en paro y apañarse con una ayuda raquítica. Me hablan de bajar a los niños a la plazoleta en invierno y a la playa en verano, de vivir exiliado en San Fernando y extrañar a tu Cádiz, Cádiz, de meterse pastillas debajo de la lengua. Hoy han venido a la consulta de Primaria dos mujeres, madre e hija, con sendas cadenas de oro con la foto impresa de un hombre joven: su hijo/hermano, muerto hace unos años en un accidente de coche. Hoy iba por el Hipercor, un niño ha gritado "Ese Cádiz" y yo he contestado bajito: "oé".

Lo que quiero decir no es que me esté dando un arranque de gaditanismo, que me disperso. Quiero decir que más allá de que me paguen o de que vea a muchos más pacientes que en cualquier máster, trabajar me ha cambiado y me sigue cambiando. Le da a mis actos un peso que, aunque les quita ligereza, les da una trascendencia mínima, casi anecdótica, pero verdadera. Creo que estoy perdiendo algo que tenía en la facultad, aunque no sabría nombrarlo. No es ilusión, ni alegría, ni capacidad de hacer el idiota, que de eso tengo a patadas. Es esa insustancialidad capulla del universitario que te da una libertad enorme pero que hace que tus pasos tengan la misma profundidad que caminar en el agua. Se desgasta despacio pero inexorablemente, como mis cartílagos, y creo que es lo que me está marcando arrugas entre la nariz y los labios.

A cambio, estoy ganando algo que tampoco sé nombrar. Cierta competencia, cierta habilidad difusa en esta profesión que nadie sabe muy bien de qué se trata. Algo de peso en el mundo, flexibilidad en la mente, ensanchamientos dolorosos del corazón y de la capacidad de sentir. Un poco se sensatez. No mucha. Ojalá quisieras tener la oportunidad de verme ahora.

Voy a dejar ya aquí este post indecentemente largo. Me ha gustado escribirlo, aunque no sé si habréis tenido paciencia para llegar hasta el final. Como siempre, no sé si la sensación que experimentaba ha encontrado, como decía Kerouac, la forma que le conviene, pero lo importante de todo este asunto es que si sigo escribiendo mucho rato más no me dará tiempo a publicar para cumplir el Michelian Challenge.

Y, por cierto, ayer mentí. Escribir a gusto, aporrear el teclado con convicción, es mucho mejor que cualquier previo.

martes, 28 de junio de 2011

Preliminares -- TMC17

Desde que vuelvo a tener internet en casa y no ando correteando por Cádiz a la búsqueda de una wifi, el Michellian Challenge se ha convertido en un reto mucho más tranquilo y gratificante. Ahora, simplemente, al final del día vengo aquí, me siento frente al ordenador y abro la página de blogger. Normalmente tengo abiertas otras veinte mil páginas a la vez, y finjo que escribo mientras chateo con MQEN acerca de Buda, busco información sobre la condromalacia patelar o bajo porno.

Normalmente pasaría de todo y me iría a dormir, pero el Michellian Challenge me obliga a hacer acto de presencia en éste mi blog, así que llega un momento en que tengo que cerrar todas las ventanas o, por lo menos, todas las interactivas, e intentar escribir sobre algo. Últimamente no tengo muy claras las ideas de los post, así que me quedo cinco o diez minutos callada frente a la pantalla encendida, con la mirada perdida como si me hubieran desahuciado de mi cuerpo. Por la ventana abierta se cuelan los sonidos de la Viña: las motos que atraviesan mi calle peatonal y las charlas de los vecinos en la calle. Entra el aire fresquito en mi casa recalentada después de una tarde de orientación oeste.

Tomo conciencia de la realidad de mi noche de Junio en Cádiz y paseo la vista por mi casa. Pienso que necesito criadas o esclavos que recojan este desastre. Reflexiono sobre lo que ha pasado durante el día. ¿Qué cuento? Intento escribir algo corto e ingenioso, pero no me sale. Ya que me pongo, prefiero echarle un rato y aburrir a base de parrafadas. Pienso en mi trabajo, mis pacientes, mis amigos, mis hombres, lo que me cruza la mente, lo que me preocupa, mi rodilla, mi Acné del Averno, los pies de gato en el suelo del salón y las ganas de seguir trepando.

Cuando escribo un post de no ficción (es decir, casi siempre), la mayoría de las veces es como bañar a un gato: trabajoso, el gato no quiere, yo no quiero, los dos nos hacemos daño y tampoco es que el resultado valga mucho la pena. Ayer me pasé una hora peleándome con el post, y ni siquiera tengo claro que me guste. Y encima no me habéis comentado, ingratos del Averno. Cuando escribo ficción es distinto. Casi siempre termino contenta, porque me parece que expresa más y mejor lo que siento que la no ficción. Lo que pasa es que mi imaginación es como el petróleo: limitada.

El tema, lectores de mi corazón, es que aunque el resultado sea discutible y aunque, como me dijo una vez mi ex mejor amigo que ahora no me habla, "me guste cómo escribo pero no siempre lo que escribo", en realidad lo mejor es el previo. La anticipación. Los cinco, diez minutos con la mirada perdida y las imágenes cruzándome el cerebro, las palabras luchando por salir, la primera frase, el arranque. El airecito viñero colándose en mi salón desordenado. El resto es puro trámite.

(Lo del porno, por cierto, es el guiño que me pediste. Habría dado algo por ver tus cejas enarcándose incrédulas y encantadas frente a la pantalla)

lunes, 27 de junio de 2011

Contacto -- TMC16

Hoy he tenido uno de estos pacientes que te roban el corazón. Dieciséis años de chaval listo y guapete, de ojos claros y sonrisa traviesa. Por supuesto, tenía problemas de piel: placas de alopecia que no respondían al tratamiento, y que ocultaba con cuidado bajo el pelo castaño y revuelto. Nada más sentarse en la consulta ha empezado a largar sobre lo preocupado que está por la caída del pelo, por sus padres separados, por no tener moto, porque su abuelo ha muerto. Le he preguntado si tenía a alguien a quien contarle todo lo que me estaba contando a mí, si se desahogaba con alguien. "No. Eres la primera persona a quien se lo cuento", ha contestado él, y me he sentido honrada de una forma profunda y misteriosa.

Me he quedado con él durante la pausa para el café. Hemos meditado juntos. He intentado explicarle por qué con la piel se sufre tanto: porque el infierno son los otros, porque nuestro cuerpo se nos rebela y no nos deja ofrecer la imagen que queremos, porque nos lo callamos todo y al final es la piel la que habla. No le he dicho que quizá el dermatólogo no solucione su problema. No le he dicho que quizá tenga que plantearse, como me planteo yo hoy por hoy, que su problema es crónico, y que lo único que puede conseguir es que mejore un poco o que no empeore mucho. Es una verdad muy cruda para los dieciséis. Tendrá que aprenderlo solo. Ojalá no le haga falta.

Me gusta mi trabajo porque, de vez en cuando, entre ansiedades y ataques de pánico y agobios laborales, encuentras una tajada de vida tan real, tan honesta y tan cruda que te hace temblar. Sufrimiento y punto. Lo que me conmueve entonces es el contacto, que es lo mismo que tiene el arte, lo que tienen las fotos y la escritura, lo que tiene la música. Recuerdo que me gustaba escuchar la música de MQEN porque me parecía que escuchaba su cabeza. Hace un rato estaba mirando las fotos de un colega en el Facebook y pensaba que es hermoso poder mirar con sus ojos y ver la belleza que él fue capaz de capturar con su objetivo.

Mi esperanza es poder conseguir lo mismo cuando escucho a mis pacientes. El contacto, la calidez de sentirse comprendido, el privilegio de llegar con ellos a la parte humana, común y dolorosa que compartimos todos. No sé si mi paciente de hoy se ha dado cuenta de cómo su sufrimiento me estaba taladrando el corazón, o de las ganas que tenía de levantarme y estrecharle las manos o darle un abrazo. Me ha hecho falta respirar hondo para sobreponerme y seguir adelante con él. Al final no te puedes dejar arrastrar, porque entonces os vais los dos a pique: te tienes que quedar ahí, aguantar el tirón y acompañarle a través de su propia pena, que no es la tuya.

Entonces es cuando la escuchar se convierte en un arte, porque intenta conseguir el mismo efecto: la misma sensación de contacto, el chispazo de reconocer lo verdadero. A veces, cuando no estoy demasiado cansada o cuando, como hoy, un paciente me conmueve, les veo brillar detrás del escritorio. Les veo tan humanos, tan vulnerables y tan grandes. Sólo quiero que reconozcan su belleza y su grandeza, igual que lo veo yo. Porque en la buena terapia, igual que en las buenas fotos, o en la música, o incluso en el chulazo de mi profe de escalada trepando en horizontal por las rocas imposibles, el denominador común es el amor. Y al final, ya lo he dicho otras veces, es de eso de lo que se trata todo.

domingo, 26 de junio de 2011

The mecherian challenge -- TMC15

Me he encontrado un mechero en la puerta de mi casa. Quizá sea una declaración, me he dicho. Una declaración incendiaria. Un símbolo. Me consumo en la llama de tu amor. Puede que el vecino calorro de enfrente, que tiene un bulldog llamado Choco, en realidad sea un romántico empedernido que me ama en silencio, y por eso me pone Bisbal a tope en el patio de vecinos el domingo por la mañana.

Después de dejarlo ahí un par de días y ver que nadie lo recogía, he concluido que sí, que se me han declarado de forma indirecta. He recogido el mechero y lo he dejado sobre mi nevera, como recuerdo de que existe la poesía en la vida cotidiana y bueno, por si me hace falta encender una vela alguna vez, o algo.

sábado, 25 de junio de 2011

Dora escaladora -- TMC14

Estoy aprendiendo a escalar. Os preguntaréis por qué. Bueno, ¿por qué no? Vi un cartel en mi piscina y me apunté a un curso de iniciación. Siempre he querido ser una chica que escala y, al mismo tiempo, nunca he pensado que podría serlo. Es un poco como ser cirujana menor: no es que no sea capaz, pero nunca creí que me atrevería. Y últimamente estoy en modo "la vida es un juego y yo quiero jugar", así que ¿por qué no?

La gente con la que he ido es un grupo curioso. El curso es en la sierra, y he ido desde Cádiz con un chaval muy personaje, uno de éstos que se va al campo para alquilar una casa rural con los colegas y matarse a cubatas. Se ríe ruidosamente cuando está nervioso y escala resoplando de una forma un poco turbadora, en el mal sentido de la palabra. Además hay una pareja de mediopunkis seriotes, un chico de edad indefinida y los monitores. Él es un chulazo moreno, como bien preveía Funes, que además tiene los ojos verdes y huele a una mezcla genial entre colonia y cocacola. Ella parece algo mayor, aunque quizá sea porque de tanto sol y aire libre tiene la piel muy curtida. Está espectacularmente en forma, sin un gramo de grasa y con los hombros el doble de ancho que las caderas. Verla escalar es una pasada. Parece una de las extraterrestres de Avatar, y se mueve con soltura y elegancia ayudándose de sus manos grandes y aplastadas.

Yo y mi cuerpecito defectuoso subimos como podemos. La rodilla izquierda sigue dando lata, pero aguanta bien ahí la tía. Agarrarse a la roca es curioso, muy primario. Uno está ahí y piensa que mira que somos raros los humanos, que todo lo que vemos lo queremos subir, bajar o cabalgar sólo porque sí. Estás ahí, invirtiendo un montón de esfuerzo para llegar a un sitio y después deshacer el camino. Y en cuando tocas el suelo y vas hasta arriba de adrenalina no quieres más que empezar a subir otra vez. Al fin y al cabo, todo en esta vida son sensaciones que quieres repetir.

Creo que todo psicólogo, filósofo, escritor o gafapasta en general debería escalar alguna vez. Se experimenta un curioso vacío de pensamientos mientras buscas el siguiente agarre. La comunicación es completamente física: dame cuerda, pilla, bájame, sube la pierna, ahí a tu derecha tienes un saliente bueno. Nada de opinar sobre la inmortalidad del cangrejo. Es como cambiar de plano de realidad.

(Por no hablar de cuando llegas a casa, estiras tus articulaciones, te zampas una cena espectacular, te pegas una ducha y te metes en la cama, sabiendo que mañana habrá más y será mejor.)

PD: Últimamente no tengo ganas de meter fotos en los post y no sé por qué.

viernes, 24 de junio de 2011

El revelado sentimental -- TMC13

Ayer fueron a tomar un café "como amigos". Él no entiende ni aprueba eso de ser amigos pero, como siempre, anda cuidando de los sueños de ella, y si el que tiene ahora es que pueden tomar café de forma inofensiva y agradable, como si nadie hubiera sufrido la apertura en canal de su corazón, ahí estará él, sentado fuerte y heroico como una estatua impasible. Alimentando su sueño de normalidad mientras mira embobado cómo ella le quita la mermelada a la galleta con la uña, cómo le sonríe dulcemente al camarero cuando le cambia el sobre de azúcar por uno de sacarina.

Hoy está sentado frente al ordenador, solo, reflexionando sobre algo que ella le dijo cuando hacía un rato que se habían terminado los cafés. Ya habían repasado todos los temas de conversación apropiados (el trabajo, los amigos comunes, la crisis) y evitado los inapropiados (¿te acuestas con otros? ¿te acuerdas de mí?). Entonces ella se quedó mirando un punto por detrás de él con la barbilla apoyada en la mano.
- Tú nunca estuviste enamorado de mí - dijo -. Yo te gustaba, sí, pero enamorado no creo que llegaras a estar.

Ahora él está sentado frente al ordenador, ya lo hemos dicho, repasando esa frase tan tajante y tan gratuita. No hay nadie tan inconscientemente dañino como una mujer que ya no te quiere. Él sabe lo que busca en el disco duro. Mis documentos, doble clic, mis imágenes, doble clic, excursión febrero, doble clic, y empieza a pasar rápido por las fotos: él conduciendo, autofoto de ella en el asiento del copiloto, ella atándose los cordones de las botas, los dos cogidos del brazo en un mirador mientras algún turista amable pulsa el botón.

Y encuentra la foto que buscaba. Es ella recogiéndose el pelo y mirando de reojo al objetivo. Tiene una media sonrisa en los labios, la típica media sonrisa desprevenida y encantada de cuando te hacen una foto por sorpresa. La luz que atraviesa los árboles que tiene detrás hace brillar con suavidad el vello de sus antebrazos desnudos. Destaca la silueta de las muñecas, muy finas y diestras y ensimismadas en la tarea de atarse el pelo, y se fija en que se le marcan con suavidad arruguitas pequeñas en torno a los ojos y alrededor de la boca. Él puede ver todos sus detalles resplandeciendo intensos y persistentes, y le gustaría que alguien le dijera si es así de verdad, si a cualquier observador le llama la atención cómo relucen sus dientes y los mechones de pelo que le enmarcan la cara, si es la luz oblicua de la mañana de febrero o si es él quien tiene un problema.

Adjunta la imagen a un correo electrónico y teclea de memoria la dirección de ella. Escribe en el asunto "Sí que lo estuve" y firma con su nombre en el cuerpo del mensaje. Y cuando está a punto de darle a enviar, aprieta los dientes, piensa "al carajo" y cierra de un golpe la pantalla del ordenador.

jueves, 23 de junio de 2011

San Juan -- TMC12

Así que me siento frente al ordenador y me pregunto por qué me aburre tanto escribir últimamente. Por qué, si me siento feliz, si me tumbo a leer en la playa por las tardes, me baño en el mar y me chorreo por las olas como si tuviera siete años, y pienso que habrá poca gente en el planeta tan tranquila y tan feliz como yo en ese momento. Tengo el cerebro a tope de endorfinas de la luz y el sol que se derrama por Cádiz, que es azul y blanco todo el año. Pero me preocupan mis rodillas, que me duelen desde que estuve escalando el domingo, y quiero volver a escalar, así que necesito a mis rodillas en plena forma. Quiero hacer todo tipo de cosas que no haya hecho nunca, quiero escalar y hacer submarinismo y nadar en el mar abierto y aprender a tocar otro instrumento y aprender alemán e italiano y liarme con hombres y mujeres guapos. Mi casa está hecha un desastre. En mi salón se mezclan la bici con la guitarra, los libros con los altavoces que me dejó MQEN y que sólo escupen Quique González y Extremoduro, a partes iguales. Hay crema solar en el suelo, sal y pimienta en la mesa junto al ordenador y la funda de las gafas. Llevo días sin ganas de cocinar y me alimento de yogures de limón y tortillas francesas. Esta noche es San Juan, y pienso en cuando tenía catorce o quince años y estaba loca, y la noche de San Juan me parecía siempre el preludio mágico del verano que prometía la Super Pop. Un verano en el que yo estaría morena y delgada, con el pelo muy rubio y por fin unas tetas esplendorosas, y algún maromo guapo me besaría en el espigón mientras la luna iluminaba el mar sobre los sardineros. Pero atención, noticias frescas: Dios tiene otras cosas que hacer antes que buscarme maromos, y al final la adolescencia se me agotó en la frustración de copiar frases de Alejandro Sanz en libretas de tapas duras. Ahora tengo veintiséis años, soy la vieja de los jóvenes y la joven de los viejos, y en realidad me he dado cuenta de que el pasado no va a volver nunca, ni la adolescencia ni la universidad, y que voy quemando etapas despacio. Me doy cuenta de que cuando empecé a trabajar no me importaba, porque hacía tan poco que había dejado de estudiar que todavía podía tocar aquella época con la punta de los dedos y fingir que no estaba tan lejana. Ahora ha pasado un año más, dos desde que terminé la carrera, tres desde que empecé a vivir con la PK, cuatro desde que fui becaria ECTS, cinco desde que preparé las jornadas del Balneario con J., seis desde que empecé a comentar en su blog y a enamorarme de él despacio, siete desde que volví de Barcelona, ocho desde que empecé a salir con MQEN. Y paro de contar, que me deprimo. Hablo por teléfono con la PK, que se está preparando para irse a celebrar San Juan en el Balneario, y me doy cuenta de que yo trabajo mañana y no voy a celebrar nada. Aunque podría hacerlo, claro, y dormir un poco menos, si total, es viernes, y mañana tengo un curso en el que puedo vegetar tranquila mientras el ponente lee power points, pero no sé qué sentido tendría, porque no es el principio de las vacaciones, sino un punto intermedio en mitad de un montón de semanas iguales, a más de dos meses de empezar a disfrutar mis vacaciones de verdad, los veintitantos raquíticos días de vacaciones que me quedan. Y es curioso, porque puede que esto que estoy escribiendo dé la impresión de que estoy deprimida, o de que echo de menos el pasado o me aterra el transcurrir del tiempo, pero en realidad ya lo he dicho, me encuentro bastante feliz, casi todo en mí es mejor que antes excepto quizá mis rodillas, y al final lo único que me preocupa es que aunque mi vida no va mal, mi escritura parece empobrecerse igual que mis cartílagos, y al final me pregunto que si no me divierto escribiendo a lo mejor es porque escribo mejor cuando estoy triste o enamorada, y ahora mismo no estoy de ninguna de las dos maneras.