massobreloslunes

jueves, 28 de julio de 2011

16. La vida al torro

En escalada hay dos formas de trepar: de primero y al top-rope (en adelante, "torro", porque estamos en Cádiz y aquí se pronuncia así. Hale).

Si tú vas de primero, tienes que ir asegurándote a medida que subes, colocando tus cintas y tu cuerda en las chapas que ya están puestas en la vía. Si vas al torro, la cuerda está colgada de la reunión (la chapa o chapas de arriba del todo) y estás asegurado desde arriba.

Toda esta explicación tiene un sentido, lo juro. Paciencia.

El tema de ir de primero o de ir al torro no tiene que ver con lo que escales o cómo lo hagas. Los pasos son los mismos y la vía es igual. Es un tema puramente de coco y tiene que ver con lo dura que va a ser la caída (o el "vuelo"). Al torro, de hecho, no te caes; te quedas colgado más o menos en el mismo punto donde estabas. De primero te caes/vuelas hasta la última chapa que hayas colocado. Así que cuando vas de primero, la pregunta fundamental no es "¿cómo subo?", sino "¿cuánto daño voy a hacerme si me caigo?". Al torro no tienes ese problema. Vas seguro y tranquilo, te puedes hasta colgar a descansar en un momento dado.

Pienso en las dos formas de escalar y me parece que es un poco como la vida (hale, comparaciones por la cara). Se puede vivir al torro: asegurado, confortable, sin caerse nunca más allá de donde pusiste el último pie. Y se puede vivir de primero, atreviéndote a avanzar un poco a partir del último seguro, arriesgándote a perder pie y a acabar más bajo de lo que empezaste.

En eso pienso cuando me preguntas, risueño, qué podemos perder. Volar un poco, claro. Darnos un susto. Todo depende de dónde hayamos colocado la última cinta. Y yo, la verdad, pienso que escalar de verdad es ir de primero. Vivir de verdad no es vivir al torro. Por eso, desde aquí te digo que paso de que me aseguren desde la reunión, y que aunque no sé muy bien dónde hemos puesto la última cinta, estoy más que dispuesta a pegarme el vuelo.

miércoles, 27 de julio de 2011

15. El mal capilar 2'5: Cortar o no cortar (that is the question)

Hola, queriditos:

Ya os habréis dado cuenta de que llevo sin deleitaros con post sobre mis aventuras en la peluquería desde Enero. Es más o menos el tiempo que hace que no me corto el pelo. Después de un año de "quiero llevar el pelo corto porque yo lo valgo y porque a J. le gustaba mi melena así que ahora que se joda", echo de menos mi pelazo rubio. Echo de menos tardar tres horas en secármelo, tener que echarme sérum en las puntas y dejarlo colgar esplendoroso por mi espalda.

Así que ahora estoy atravesando una época dura: la época de dejarte crecer el pelo.

Mi plan era aguantar con el corte de Enero hasta que tuviera la longitud suficiente para darle forma y que siguiera estando largo. El tema es que no sé si a vosotros os pasa, pero yo tan pronto estoy feliz como una perdiz con mi melena como me da una enorme paranoia y no puedo soportar un día más sin cortarme. Empiezo a sentir cómo mis puntas se abren, mi keratina se degenera, mi melena se abomba y me empiezo a parecer a Melanie Griffith en los ochenta.

Así que ahora tengo una disyuntiva mortal sobre si ir o no a la peluquería. ¿Por qué? Pues porque de todas las frases que no entienden las peluqueras malignas de este mundo, la más universal es, sin duda, la siguiente:

"De largo córtame MUY poco".

No importa cuánto subrayes la palabra "muy". No importa cómo de juntos coloques los deditos para expresar lo corta que debe ser la longitud. Ellas te quitarán un cacho gigante, que en jerga peluqueril se conoce eufemísticamente como "dos dedos". Porque, amigas, las peluqueras del mundo tienen una misión:

SANEAR PUNTAS.

No importa que el pelo, de por sí, sean células muertas que ni sienten ni padecen. Ellas quieren saneártelo. Quieren que te crezca fuerte y brillante para así tener más material con el que hacerte sus cortes del Averno. Creo que igual que a mí me puede torturar que un paciente sufra o no saber cómo ayudarle, las peluqueras dan vueltas por las noches en su cama pensando que le han cortado a alguien demasiado poco y que su pelo no está saneado.

Total, que vivo sin vivir en mí, lectores. ¿Aguantar con esta sensación de continuo cardado hasta que mi melena crezca lo bastante? ¿Ir a la peluquería y que me dejen estupenda de mona pero en el mismo punto de longitud que hace seis meses? Esto no sería tan grave si mi pelo creciera más rápido, pero por la velocidad a la que me crece, debo de estar casi muerta.

Menos mal que el flequillo venganza creció y fue recortado por mis tijeras de manera mucho más aceptable para la sociedad, y menos mal que es verano y todas las mujeres gaditanas andamos con una variante de fregona desteñida por melena. En realidad, no creo que aguante mucho más sin ir a la peluquería, por mucho que me aberren las limitaciones cognitivas de las peluqueras. Acabaré cayendo, sentándome en ese sillón de Satán, acumulando adrenalina mientras finjo leer la Cuore y yéndome con el cuero cabelludo dolorido y sensación de incomprensión.

Supongo que para presumir, hay que sufrir.


Nota: Este post se lo dedico a IA. Porque si no fuera gracias a las peluqueras del Averno, quizá yo no estaría gastando los minutos de mi tarifa plana a esta velocidad. Les voy a tener que estar hasta agradecida.

martes, 26 de julio de 2011

14. Algo

No sé qué escribir hoy. Estoy tan poco inspirada que me he puesto mi vestido nuevo de Desigual para ver si se me ocurre algo, porque me queda estupendo y tiene muchos colorines. MQEN dice que me da aspecto de psicóloga excéntrica. Lo cierto es que la otra noche me lo puse y un paciente me vio por la calle y no me saludó.

Así que aquí estoy, sentada frente a la mesa del salón, con un vestido ajustado de colores, unos pendientes de plata, unas chanclas verdes del chino y las uñas de los pies pintadas de color coral. Sintiéndome el ser más mongolo de la creación, que conste. Si yo no quiero escribir. Si yo quiero dormir o comer chocolate.

Me levanto, me tumbo en el sofá chaiselonguero, me miro los pies y las piernas. Debería depilarme, pienso, pero es que estoy llena de arañazos de escaladora. Mi rodilla derecha lleva cambiando de color un mes. En cuanto sale de un moratón, la meto en otro. Lo bueno es que hace juego con mi vestido de Desigual.

Vuelvo al ordenador como si me estuvieran apuntando con un arma. ¡Quiero dormir! Hoy he tenido una ración extra de sol y poniente en las orejas que me ha dejado lista. Uno de esos días de marea baja y playa kilométrica, de colocar la silla en la arena húmeda y mirar cómo se refleja el sol en los charcos que han quedado en la orilla. De pequeña no me gustaba la playa, pero creo que era porque a mi padre tampoco le gustaba y porque siempre he sido una niña friolera e hipoactiva. Ahora cada vez me gusta más. Me relaja mucho no tener por qué hacer nada.

No puedo sacar mucho más que esto. Estaría bien ser capaz de escribir entradas cortitas e ingeniosas o, en su defecto, poder echarse aloe vera en el cerebro. O llegar aquí con algo más que voluntad: con ideas, pensamientos, la lección estudiada. Dicen que el bloqueo no es sino el vacío, y así me siento yo hoy. O quizá no; quizá estoy llena de cosas y no quiero compartirlas todas. Quién sabe. En cualquier caso, el vestido de Desigual da un montón de calor, se me caen los parpaditos por debajo de las gafas y nadie está siempre a la altura de sus propias expectativas.

Menos mal que mi vestido mola tela ;)



Nota: sí, la pose es un poco "porqueyolovalgo" y sí, tuerzo un poco la cabeza para lucir cuello. Pero qué pasa, es mi blog y salir mona es lo mínimo que se despacha.

lunes, 25 de julio de 2011

13. Breves

Me quedan tres semanas para las vacaciones, ¡tres! Prometen ser relajadas, agradables y gratificantes. Y mis vacaciones también prometen genialidad, aunque aún tengo que perfilar los detalles.

Está haciendo un verano fabuloso en Cádiz. Poco levante y muchas tardes maravillosas de poniente fresquito para ponerse junto al mar en la silla. El agua está espectacular de buena y yo estoy más morena que en toda mi vida (o quizá "menos blanca" sea la expresión que busco).

Me encuentro tan relajada y feliz que me pregunto si no tendré alguna enfermedad cerebral. Si me viera House diría "pero si ésta es una neurótica, ¡la felicidad es un síntoma!".

Conseguí ordenar y limpiar mi casa. Luego la desordené y ensucié otra vez, y ahora estoy en el mismo punto que al principio. ¿Alguien sabe trucos para que te guste limpiar? ¿Cantar como Mary Poppins, a lo mejor?

No voy a decirlo muy alto, pero quizá (sólo quizá) haya encontrado la solución dietética al Acné del Averno. Pero ya os digo que prefiero no contar nada para no gafarlo. Si la cosa sigue bien, seréis los primeros en enteraros. De propina, me he librado de las lorzas que venía acumulando desde que empecé con el rollo "gano dinero, voy a gastármelo en comida". ¡Viva yo!

Siguen pasando cosas bonitas, sigo conociendo a gente linda y a ratos me miro las manos por si todo esto es un sueño lúcido muy conseguido.

¡Ah! Y busco coche de segunda mano. No muy grande, que cueste entre 3000 y 4000 euros, preferentemente diesel y de un color mono.

Hale, a dormir (o a no dormir, según se dé la noche).

domingo, 24 de julio de 2011

12. Post muy largo e incoherente sobre mi fin de semana. Allá vosotros



Supongo que pasará con todo, pero en la escritura hay una diferencia fundamental entre escribir a gusto, con convicción, disfrutando del proceso y oyendo encantada el ruidito de las teclas, o escribir despacio, encajando una frase detrás de la otra con esfuerzo sobrehumano y más bien poco contenta con el resultado. Escribiendo del modo B se pueden sacar textos, sobre todo si tienes práctica y no se te da mal esto, pero cuando noto que lo estoy haciendo así suelo borrar el post entero y empezar de nuevo. Suele ser una cuestión de estructura o de punto de vista, y lo suele resolver arrancando de otra forma totalmente distinta y dándome permiso para escribir chorradas gigantes.

No sé si la gente puede disfrutar algo que yo no he disfrutado escribiendo. Igual sí; sería muy egocéntrico pensar que mi propio disfrute es condición necesaria para el de los demás. Aun así, hay algo en esos post construidos con sudor y sangre que me resulta ajeno y acartonado, y por eso casi todos acaban el la carpeta de borradores. Me ha pasado con la versión anterior de éste, y como no me gusta escribir como el que exprime a una vaca moribunda, he vuelto a empezar.

La cosa es que me mola escalar muchísimo. ¿Lo he dicho ya? Creo que mi entorno está un poco extrañado de esta nueva afición mía. Mi padre, el pobre, cada vez que le digo que he estado escalando me dice "ten cuidado, no te vayas a caer, que tú eres muy torpe... muy lista con la cabeza, pero muy torpe con las manos". Tócate los pies. ¡Yo no soy torpe! Dibujo bien, toco instrumentos mal pero con cierta solvencia y también tengo habilidad en otras cosas manuales que no incluiré aquí porque no está bonito.

Aunque no lo parezca, procuro contenerme al escribir sobre escalar, porque es como cuando conoces a alguien o empiezas a enamorarte: todo te parece fabuloso, pero en realidad no sabes cómo va a acabar la cosa, así que procuras mantener los pies en el suelo hasta que no tienes las ideas un poco más claras (curiosamente, con la escalada mejor no mantener los pies en el suelo, porque entonces vas listo. Jejejej, juego de palabras).

Pero de vez en cuando se lo tienes que decir a alguien. Estoy TAN enamorada. O escalar me gusta TANTO. Empiezas con alguien y todo el tiempo que pasas con esa persona te parece poco. Yo me quito la cuerda y ya estoy loca por ponérmela otra vez. De esa persona te parece adorable hasta la forma que tiene de rascarse la nariz. De escalar me gusta ir al campo, me gusta ir con gente, me gusta que te aseguren y asegurar tú. Asegurar es bonito: mola que pongan en ti toda esa confianza. Me gusta el respeto que hay en general por el que está arriba peleándose con la piedra. Me gustan las palabras de ánimo desde abajo. Me gusta estar arriba y encontrar por fin la manera de subir un poco más, porque eres capaz de percibir cómo está tu cuerpo, la relación entre tus fuerza, el equilibrio y el tamaño del agarre.

He estado estupendamente a gusto este fin de semana en Bolonia. Aunque he escalado menos de lo que querría, claro, pero quién no. Quién no se marcha de la cama de su enamorado como si le estuvieran arrancando por la fuerza. La zona es preciosa: las rocas están rodeadas de árboles y se alzan sobre una extensión de colinas y campos que terminan junto al mar. Desde la roca se ve la forma de las olas: lar cortitas, picadas y peleonas del levante; las largas, remolonas y cuasi-sensuales del poniente.

Cuando estoy en el campo me relajo. Me dan igual la mugre, los bichos, dormir en la tienda con la cadera clavándose contra el suelo y recordándome que ya no estoy en los scouts ni tengo doce años. Atardece despacio. No te pasa eso que ocurre en la ciudad, de estar de repente en una habitación viendo la tele o trabajando, y mirar al exterior y darte cuenta de que ha anochecido. Puedes sentir cómo las sombras se alargan, la luz se vuelve cada vez más mortecina y a ti te entra una nostalgia dulce de pensar que ya no habrá más día hasta mañana.

Por la noche hablo por teléfono con llamémosle interlocutor adorable (IA), un personaje de reciente aparición en mi existencia del que no voy a decir mucho más, salvo que es adorable y punto. Me alejo del grupo y camino a tientas por entre las piedras. La oscuridad no me da ningún miedo; casi me parece peor el cerco de luz tramposo de la linterna, que te deslumbra y te impide adaptarte a la poca claridad que den la luna o las estrellas. Esta visión tan poética ha estado a punto de costarme un tobillo en alguna ocasión, pero me da un poco igual.

Termina la conversación con IA y me quedo sentada en el suelo, y después me tumbo en la hojarasca con las manos hundidas en la tierra. Pienso vagamente que podría haber algún bicho muerto o (más plausible) algún clinex sucio bajo mi espalda, pero me da igual. No me importan ni el frío, ni la piedra que se me está clavando en las costillas ni las hormigas que empiezan a subirme por las piernas. Hay incluso algo de agradable en esa sensación de estar siendo fagocitada por el suelo, como si las hojas y los bichos me estuvieran acogiendo. Estoy tan tranquilita y tan zen. No sé si será por haber escalado, por IA o por mi momento campestre, pero en este instante podría morirme aquí, comida por las hormigas o apuñalada por algún asesino rural y loco, y me daría igual.

Me están saliendo hasta musculitos, que lo sepáis. Yo pensaba que entre el hombro y el codo sólo tenía piel y grasilla, pero resulta que no. Me siento ágil y dueña de mis extremidades. Me fascina todo lo que me queda por conocer de este deporte, y me encanta sentir que es muchísimo y que me puede acompañar un montón de tiempo. Espero que esto no se tuerza, igual que una espera con optimismo que una relación no se joda nada más empezar. Pero en los comienzos hay que tener fe. Realismo, sí, y a cabeza en su sitio para no pegarse un batacazo real o figurado, pero también un soplo de fe. El aliento que necesitan las cosas hermosas para estar vivas. El optimismo necesario para decidir levantar los pies del suelo.

sábado, 23 de julio de 2011

11. Vida.

Tenía preparada una mini entrada muy ocurrente sobre mi epitafio perfecto. Pero qué va, paso. Me da mal rollo. No quiero morirme; no ahora. Así que pensad en mí, que esta noche estaré durmiendo en Bolonia, al abrigo del viento de poniente dentro de mi tienda Quechua. Pensad en mí trepando, bañándome en la playa, tomando el sol y sonriendo todo el rato. Morid de envidia, o no, porque quizá también vosotros estéis haciendo cosas bonitas. Y esperad a mañana, que prometo escribir más.

viernes, 22 de julio de 2011

10. Aquí/así vivo yo

Alguien me pidió hace un tiempo que comprobara cuántos de estos propósitos había cumplido. En lugar de eso, voy a hablaros de mi casa tal y como es, sin compararla con ninguna casa ideal. Porque las casas ideales, como las personas ideales, no existen.

Mi casa es fabulosa de principio a fin. Es pequeña, pero yo también, así que nos entendemos. El salón está pintado en burdeos y verde, que cualquiera diría que vaya horror de combinación de colores. Pues qué va: quedan de puta madre, porque mi casa es cien por cien luminosa y ni los colores más oscuros del mundo consiguen apagarla. Por el balcón se ven tejados blancos gaditanos, sucios de humedad y de viento, y como delante no tiene ningún edificio le da el sol toda la tarde. Por eso en verano es un hornito, pero a mí no me importa, porque enciendo el aire acondicionado y me abstraigo o, mejor aún, agarro la silla de playa y me voy a tirarme al sol a Cortadura.

Lo que más me gusta de mi casa, 1: el sofá. Ya hablé de él en el post de las siestas. Es el sofá perfecto, porque tiene chaise longue para leer, y cuando te echas la siesta en la parte no chaiselonguera puedes extender la almohada por la parte chaise longue y no se cae al suelo. Es blandito y amplio, y como soy pequeña quepo estirada de sobra. Y no hay nada como siestear en el sofá sabiendo que nadie va a interrumpirte.

La cocina es un armario. Verídico. Se abre y se cierra y es diminuta. Tiene dos fuegos, un fregadero de un seno (jijiji ha dicho seno), una mininevera y una mesita auxiliar que parece una tabla de planchar. Lo bueno es que desde que hago paleodieta ya no cocino tanto y mis hábitos están más bien simplificados (fríete algo y aliña algo), así que con mi cocina-armario me basta y sobra. Además, tiene el modo negación: cuando no quiero asimilar que tengo platos sucios desde ayer, cierro el armario y hala: ya no hay cocina. Y yo puedo dormir la siesta en mi sofá chaiselonguero.

Además de la mininevera, que lleno de botellas de agua para que no me falte agua fresquita en verano, también tengo una nevera grande con frigopoesía pegada. El paraíso es no tener que compartir la nevera con nadie, que lo sepáis.

Luego está la despensa, que se organiza por estratos. En los estratos más oscuros tenemos aquello que estaba aquí antes de que yo llegara, y que no tengo claro lo que es. Recipientes extraños, insecticidas contra insectos desconocidos, botes de pintura burdeos y verde. Luego están los estratos de comida no-paleo y comida regalada por el Carrefour cuando le dio por regalar comida y la chica de la caja me obligaba a llevármela. Si alguien quiere un kilo de galletas María, por favor, que se ponga en contacto conmigo. Mi despensa es uno de esos lugares de mi casa que siempre digo que ordenaré y nunca ordeno. Como el altillo de mi armario, por ejemplo.

El baño es pequeñito, lo cual está bien porque se limpia en un plis. Cada dos meses o así me da la neura de que tengo demasiados potingues acumulados y tiro la mitad. Aun así, no me resisto a comprar porquerías nuevas en el Carrefour cada vez que voy, y acabo con los cajones llenos de guarradas que no uso nunca, tipo keratina y exfoliantes para la cara que no puedo ni oler. En la ducha tengo un surtido de geles que voy alternando según el estado de ánimo. Si me siento ni fu ni fa, pues un gel super soso de Sanex y un champú chungo Pantene, ambos transparentes. Son sosos hasta en el color. Que estoy depresiva y/o muy animada, pues un gel de Lush que huele a jazmín como si te hubieras revolcado en una biznaga gigante, un champú que es como lavarse con zumo de naranja y mola mil, o un exfoliante de vainilla que rasca mucho pero huele genial.

El dormitorio está pintado de un celeste un poco intensito, para mi gusto. Hace poco que le compré sábanas de adulta a la cama, muy suaves y con rayas de color pastel. Mi cama es lo segundo que más me gusta de mi casa. Es sencillamente perfecta. Está completamente firme, no le suenan los muelles y es gigante y toda para mí. Me permite hacer la X y cambiar saludablemente de posición toda la noche. Mi cuarto es como el cuarto de los niños de los Simpson después de que Sherry Bobbins limpie: si respiras, todos los trastos que tengo guardados en sitios semiocultos saltarán y devorarán el poco espacio que quede libre.

Me olvidaba de la terraza. En ella está el tendedero, que siempre tiene ropa porque soy una floja y odio recogerla, y mis tres plantas, que después de pasar un glorioso invierno bajo la lluvia ahora se mueren de inanición porque me olvido de regarlas. Son una albahaca, una hierbabuena y un geranio (puedo comerme dos de tres, es un buen porcentaje). Me gustaría ser una persona capaz de cuidar las plantas, pero no lo soy, qué le vamos a hacer. Puedo fantasear con que algún día tendré un huerto, pero teniendo en cuenta que soy la única persona del planeta que fue capaz de matar de sed un cactus, no creo que eso suceda nunca.

Me encanta mi casa. Me encanta y me encanta, y a veces cuando me voy a trabajar le doy besitos y le digo que volveré pronto, que no se preocupe. La cuido poco, en el sentido de que la desordeno mucho y limpio lo justo, pero creo que ella me comprende, a mí y a mi atolondramiento perpetuo. Siempre está dispuesta a poner la cocina en modo negación y acogerme en el sofá, o a que haga un hueco en la mesa del salón, coloque el portátil entre un montón de objetos raros y me ponga a escribir.

Para terminar, he seleccionado algunas fotos que hice en mi casa cuando estaba aprendiendo a manejar la reflex. No son gran cosa como fotos en sí, pero espero que al menos os hagáis una idea.


Mi sofá el día que me puse reyes a mí misma.


Frigopoesía.


A veces compro flores. En verano no, porque se pochan.


Haciendo el monguer en el sofá con las exposiciones largas. Creo que una de las Marinas soy yo y la otra es mi ego monstruoso.


Mañanas de paleodesayuno y Anatomía de Grey en el portátil.


El interior de la cocina armario. La taza de la vaca es mi favorita.


Secando calcetines y leyendo a Harold Brodkey.


Mis plantas, esplendorosas cuando el cielo se encargaba de regarlas por mí.


Una de mis estanterías. Juro que el libro de Shopaholic no es mío.


Sofá, Anagrama y mantita. Nostalgias invernales.


Mi guitarra. Normalmente está en su funda, pero así quedaba más molona.


Cielos de Cádiz desde mi ventana.


Recuerdo cuando soñaba con tener mi casita durante la carrera. Con no tener que aguantar fiestas Erasmus, con no encontrarme la lavadora ocupada cuando reunía el valor para poner una, con que el Húngaro no me robara los huevos cuando yo no miraba. Con escribir en el salón sin que me interrumpiera nadie y dormir la siesta en el sofá ídem. A veces echo de menos vivir con gente, pero en general estoy estupendamente bien aquí. Los sueños se van cumpliendo poco a poco, que lo sepáis.

PD: En realidad, he cumplido bastantes propósitos.
PD2: Este post es largo y con fotos porque el de mañana va a ser muy corto. Avisados estáis.