massobreloslunes

martes, 13 de septiembre de 2011

45. El mal vial

Como ya sabéis, queridos lectores, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Así que después de escribir este post sobre mis problemas con la mecánica y demostrar de forma empírica que se solucionan con facilidad haciendo algo tan simple como llamar a la grúa, he vuelto a caer.

El martes pasado mi moto se paró. Simplemente dejó de andar, como un viejecito esquimal en la nieve. La aparqué en la avenida, y como soy zen y había quedado para escalar, ahí que se quedó. El miércoles fui al rocódromo y allí, viéndome rodeada de rudos machos escaladores, pensé que era el momento ideal para hacer una pregunta sencilla:
- ¿Alguno conoce un buen taller en Cádiz? Es que se me ha quedado la moto tirada y no sé dónde llevarla.

Entonces uno de los rudos machos escaladores se giró, me miró y preguntó sagazmente:
- ¿Tiene gasolina?
- Sí - contesté. Si no, te habría preguntado por una gasolinera.
- Pues yo tengo un colega que te la arregla en la calle.

¡Danger! ¡Peligro! Cualquier frase que empieza por "yo tengo un colega que" es garantía de fracaso, a no ser que estemos hablando de trapichear con droga. Pero qué queréis que os diga: el bodorrio me ha dejado a dos velas. Ir guapa, además de ser complicado, sale caro. Total, que llamé a su colega y quedamos en que se pasaba el jueves por donde estaba aparcada la moto para echarle un ojo.

Cádiz, jueves, dos de la tarde. Levante del Averno. Yo esperando en la calle a la solana a que apareciera el colega misterioso. Llega una moto con un chaval que se quita el casco y me saluda. Por azares de la vida, resulta que le conozco de haber hecho barranquismo juntos este verano, y eso al menos me tranquiliza en cuanto a que el tío quiera... bueno, en realidad no se me ocurre nada, porque no me va a secuestrar en scooter, y si pretende sacarle algún rendimiento económico a mi pobre moto va listo.

Anyway, el chaval aparca su moto tal cual, transversal en mitad de un carril de la avenida, y ejecuta los siguientes procedimientos.
1. Pregunta si tiene gasolina. Soy mujer, no retrasada.
2. Le da a la patilla con energía. Soy mujer, no coja.
3. Sopla en el depósito de combustible. Insisto: Sopla.En.El.Depósito.De.Combustible.
4. Pregunta:" ¿A tu moto hace falta acelerarle para arrancar?". Parece una pregunta diagnóstica importante. A lo mejor el tipo es un House de las motos y yo no me estoy dando cuenta.
5. Contesto que no.
6. Dice "ajá".
7. Por fin, sentencia:
- Le falta compresión. Pero mucha mucha, vamos. No tiene nada nada de compresión.

(Apuesto a que todos pensabais que iba a decir que la bujía le hace perlilla)

Otros dos o tres minutos dándole a la patilla, a ver si es capaz de generar compresión de la nada, y después me mira y me dice:
- Yo es que con las motos me pierdo un poco. Con un coche te hago lo que quieras, pero de motos no entiendo mucho...

What the fuck! Entonces ¿qué hacemos? ¿transformamos mi moto en un coche y a ver si así puedes arreglarla?
- Vamos, yo de hecho mi moto ni la toco.

Tranquilo, que si le soplas en el carburador tampoco creo que le pase nada.
- De todas formas, yo tengo un colega que...

¡Alto! ¡Stop! Una y no más, Santo Tomás. Le pregunto el nombre de un taller y le digo que voy a llamar a la grúa, que para eso está y pago mi seguro. Inspirada por la generosidad y la corrección social le pregunto si le debo algo. "No, mujer", contesta, "si eso otro día me invitas a una caña". Menos mal; me llega a cobrar y le estampo una llave de bujía en la cabeza.

Total, que llamo hoy al gruísta, que no, no está bueno. Se ve que el mítico Gruísta Buenorro va a pasar a la categoría de "experiencias que en realidad no sé si me inventé", como la leyenda de Jorjazos. Me pregunta qué le ha pasado a la moto y si tiene fuerza cuando la arranco. A ver, ¿cómo va a tener fuerza? ¿No te estoy diciendo que no arranca?

Obvio decir que lo primero que me pregunta es si tiene gasolina, porque seguro que ya os lo habíais imaginado todos.
- Eso va a ser la batería.

Claro, joder, así también juego yo a entender de mecánica. Pregunto obviedades, compruebo la gasolina y luego digo que eso es la compresión/batería/perlilla de la bujía y después no hago absolutamente nada útil.

Total, que el señor me ha llevado la grúa al taller, no sin antes insinuarme de una manera retorcida y extraña que le tenía que invitar a un cubata (genial, le debo alcohol a medio Cádiz). Los del taller son apañadísimos y han tardado tres horas justas en arreglarme la moto, que ya está durmiendo en mi portal tranquila y orgullosa en su decrepitud.

Conclusión de la existencia: me voy a hacer un cartel plastificado para llevarlo en la guantera en el que ponga:

"Cualquier paso intermedio entre que se te pare la moto y llevarla al taller es inútil".

Menos escalar, claro. Escalar es fundamental.

44. Viajando en el blogotiempo, o blogoviajando en el tiempo, como más os guste

Mi queridísima amiga Elsa propuso hace algún tiempo que hiciera una encuesta para ver cuál es el post favorito de mis lectores. Hoy es tarde y he pensado que sería una buena solución para no tener que comerme la cabeza escribiendo algo. Una estupidez, claro, porque el blog tiene ya casi ochocientas entradas, llevo media hora leyendo post antiguos y habría tardado menos en escribir cualquier chorrada.

Anyway, lectores, haciendo un repaso rápido de los archivos he encontrado algunos post que me gustan especialmente. Os dejo la selección por si queréis echarle un vistazo. Me encantaría que me dijerais si alguno os ha gustado especialmente u os ha llamado la atención, tanto de los que os enlazo ahora como del blog en general. No lo he revisado entero, así que seguramente falten algunos que también me molan.

Por qué la otra tarde fue una tarde cojonuda, septiembre de 2005. Me recuerda un momento muy bonito. Lo leí al año siguiente en las jornadas del Balneario, cuando di mi primer taller de escritura con J.

25 ideas para escritores confusos, septiembre de 2005. Me parecen muy buenas ideas... de hecho, de algunas ni me acordaba y creo que me podrían venir bien incluso ahora. Me encanta la de Hemingway, había olvidado esa frase y es buenísima.

Nociceptores, noviembre de 2005. No vale mucho literariamente hablando, pero el concepto es genial. Debería imprimirlo y colgarlo en un corcho, para que no se me olvide.

Te voy a recordar así siempre, noviembre de 2005. Aún se me pone la carne de gallina al recordar ese momento. De estos momentos en que encuentras realmente las palabras precisas.

Siesta, mayo de 2006. Me hace gracia y me recuerda a alguien a quien quise mucho, mucho.

Siete, junio de 2006. Me encanta este post. Me gusta el ritmo que tiene, la forma en que describe el momento que viví, el final... me parece muy bueno. Me llama la atención la frase de "mientras menos te veo, más ganas me entran de escribir".

Lisboa, marzo de 2007. Me trae muy buenos recuerdos, aunque al final las cosas no salieran como pensaba. Aunque creo que en lo más profundo de mí nunca nos vi volviendo al Lisboa con 50 años, qué queréis que os diga.

Muero de amor, marzo de 2007. Este post me hace gracia, es así como de estar hasta las trancas de amor y lujuria, y es bonito recordar cuando me sentía así.

Excursión, mayo de 2007. Me gusta el momento que atrapa el post y también me recuerda a la época linda en que estuve dibujando el Albayzín en primavera con mi amigo A. Además, sale un dibujo mío, aunque no sea muy bueno.

Sin título, junio de 2007. Este post me parece muy bueno, y cada vez que lo leo me inquieta de verdad.

Otro sin título, marzo de 2008. Así como texto me parece de lo mejorcito que he escrito. Bien construido, original y con un final redondo.

Tiburoncitos, junio de 2008. Por este post se me tachó de cruel, pero qué queréis que os diga, a mí me gusta mucho. Me mola el diálogo, la historia de los tiburoncitos y recordar la carilla de Isaías mientras hablábamos.

Marco, julio de 2008. No tengo claro si me gusta el post o acordarme del italiano. Mi amiga Ana me dijo que como texto era una mierda, pero no sé, fue un momento intenso y eso me mola. Me pasé MESES acordándome de Marco y él ni siquiera contestó a la carta que le escribí. Muy triste.

El amante del círculo polar, agosto de 2008. Es un post muy, muy triste, seguramente de lo más triste que he escrito, pero muy tierno, y me hace toda la gracia acordarme de J. con sus renos y sus cosas. Si yo hubiera sabido que después de escribir ese post volveríamos al menos tres veces más, a lo mejor no me habría puesto tan emotiva.

La suerte de N., marzo de 2009. Otra vez no sé si me gusta el texto o lo que representa, porque me encantó leer ese libro y todavía me acuerdo con cariño del personaje.

Jorjazos: la leyenda, junio de 2009. Me meo con este post y con la historia de Jorjazos.

El día del bacterio, agosto de 2009. También me meo con este post. Junto con el anterior, me recuerda mucho a la época en que vivía con la PK y el Húngaro y eso me pone contenta, porque lo pasé muy bien con ellos.

Voy a parar aquí, porque curiosamente me resulta más difícil juzgar los recientes que los antiguos, y además es más probable que los hayáis leído gracias al LinkWithin. Y ahora me voy a dormir a las mil como la monguer que soy, después de haber pasado más tiempo de la cuenta rememorando pero, qué queréis que os diga, bastante orgullosa de mi blog y feliz de tener dedos y área de Broca para poder escribir como una salvaje toda la vida


domingo, 11 de septiembre de 2011

43. La boda

La boda fue muy bonita y yo estoy triste.

Mi primo iba guapo como un modelo de El Corte Inglés. Cafremente guapo. La novia no llegaba al punto modelo, pero estaba preciosa y feliz. Yo iba normal. El peinado me hacía la cara un poco gorda, en mi opinión.

No lloré, aunque cuando sonó una versión a violín de Loosin my religion y entró mi primo del brazo de mi tía, y vi su cara sonriente y todas las cosas hermosas que hay en él, y vi a mi tía aguantando el tirón a pesar del dolor de piernas, se me saltaron un poco las lágrimas debajo de mi rimmel waterproof. Mi discurso fue un hit. Hice llorar a todos mis primos varones. La otra que leía (la prima de la novia) llevaba un vestido más bonito que el mío, una maravilla roja de espalda descubierta, pero mis zapatos ganaban, aunque casi me caigo de camino a la mesa.

Me puse de gintonics hasta arriba. Hasta me fumé un puro y todo. No es que me guste especialmente beber, pero era como participar de una especie de ritual familiar en el que todos íbamos borrachísimos y contentísimos y dábamos botes sobre la pista de baile. Mis primos son guapos todos y bailan bien todos, y yo me sentía orgullosa sólo de mirarles. Mi hermano parecía Beckam y es el que mejor baila de todos. Nos hicimos millones de fotos vergonzosas y mi padre me hizo jurar que no iba a coger un coche, mientras mi tía me señalaba y me decía "vas más pedo que Alfredo" y yo balbuceaba "es la boda de mi primo y bebo si quiero".

Bailé con Sergio y coincidió que cantaba Muchachito, "Ojalá no te hubiera conocido nunca", y pensé que vaya canción para bailar con él, con lo que yo lo quiero y lo que me alegro de haberle conocido, del amor incondicional que me destina. Y me dijo, todo borracho y feliz también, "ojalá te hubiera conocido siempre". Y luego "eres de lo mejor que me ha pasado, sorda", porque me lo tuvo que repetir siete veces hasta que me enteré, y luego dimos vueltas y nos abrazamos y me agradeció mil veces que le hubiera escrito el texto.

Luego todo se acabó, sin más.

Hoy estoy resacosa y de vuelta en casa. No sé por qué estoy tan triste. No es que quiera tener pareja. Quiero algo sólido, algo estable, quiero cierta seguridad en algo y un rincón primitivo de mi mente cree que tener pareja te lo da, que los anillos o las firmas o el libro de familia te lo dan. Me siento como si pasara la vida caminando sobre agua. No entiendo por qué todo tiene que ser tan complicado. Hace algún tiempo leí una frase acerca de que los hombres y las mujeres se han encontrado a lo largo de todas las épocas, y no teníamos por qué hacer such a big deal de esto. Yo quiero casarme. No sé si a lo grande, porque los bodorrios son una cosa un poco grotesca si uno lo piensa fríamente, pero quiero que alguien apueste por mí. Y no sé si va a pasar. No es pesimismo ni optimismo; realmente no lo sé. Y eso me pone triste porque sé que aunque supiera que va a suceder tampoco estaría segura, que la seguridad no existe, que incluso cuando las cosas me han ido bien con un tío estaba ahí subterráneo el miedo a perderle y la soledad, que no se va nunca. Que tendré que construir la única seguridad que puedo conocer a partir de la nada en mi pobre y cansado corazoncito y que pensarlo me agota.

De todas formas no me hagáis caso. Estoy resacosa y no tengo costumbre. El alcohol es el maligno, por cierto. Pero mañana es lunes y está a punto de empezar el otoño, que en Cádiz es una época acogedora de tiempo suavemente fresco y luces encendidas en las noches azules. Me acostaré y dormiré y despertaré, iré a trabajar, limpiaré mi casa, seguiré escribiendo, nadaré y escalaré, forzaré el corazón como el músculo que es y al que le tienes que exigir cosas grandes para que se haga más fuerte. Me casaré algún día, seguro. Aprenderé a vivir en la impermanencia. Me irá bien, espero.

Y lo dejo aquí, queridos. Sé que esperábais una crónica más alegre, extensa o simplemente coherente, pero es lo que hay.

sábado, 10 de septiembre de 2011

43. En el tren

Tiene más o menos mi edad, es delgada, desgarbada y moderadamente guapa. Lleva el pelo rubio y rizado, shorts verde oscuro, una camiseta negra y sandalias romanas. Se ha subido al tren en la parada de Jerez, ha dejado su bolso en el asiento de al lado y se ha ido a la plataforma del vagón a hablar por teléfono. Ha pasado así un buen rato, mientras yo me concentraba en escribir el texto de la boda y en pensar absurdeces.

Al cabo de unos minutos la chica se ha sentado a mi lado. Yo había terminado con el texto, y escribir a ordenador delante de extraños me pone nerviosa, así que he pasado la siguiente hora vagando por Internet y después he ido a la cafetería a por un bocadillo. Lomo con pimientos, aunque el factor pimientos era un poco como jugar a encontrar a Wally con los dientes.

Una cosa graciosa de los trenes es cuando te levantas y caminas entre los vagones. En un espacio de tiempo muy corto tu cerebro registra las caras de ¿cuántos? ¿cuarenta, sesenta, ochenta pasajeros? De repente tienes una visión muy clara de la variedad de vidas humanas que pueblan el planeta. Ves las expresiones de los rostros, la gente que duerme, que ve películas en el ordenador, que lee o hace sudokus. Cada uno en su historia, cada uno convencidísimo de su propia importancia. Te das cuenta de que están ocupándose al máximo en hacer que ese tiempo pase lo más rápido posible.

La chica rubia simplemente espera. Vuelvo con mi bocadillo caliente entre las manos, me siento a su lado con el mp3 en las orejas y pienso que en un rato intentará dormir o sacará un libro, pero se limita a manosear el móvil y a mirar a su alrededor como un conejo asustado. Espera algo y ese algo está al otro lado de su iPhone. Entonces a mí me entra un cabreo subterráneo e inexplicable, porque creo que esa chica debería estar haciendo lo que todos y tratar de distraer su tiempo. En lugar de poder sentirme a salvo porque ella está en su burbuja de entretenimiento, la percibo muy cerca de mí, atenta a mis movimientos, carente de vida interior. Está esperando, punto, y eso me pone nerviosa.

Entonces tengo un momento rarísimo de pánico, una especie de ataque disociativo en que no sé muy bien quién soy ni qué me pasa, pero siento un miedo helado deslizándose por mi garganta y paralizándome el cuerpo. No sé si estoy preocupada por el texto de la boda o por ver de nuevo a la mujer de mi padre, la única persona en el mundo que es manifiestamente hostil conmigo. No sé si me da miedo la intensidad familiar o si me duele la quemadura de la cuerda que me hice escalando el martes. El caso es que de repente creo que pienso y siento demasiado, que esto es demasiada intensidad para un cuerpo tan pequeño y que algo dentro de mi cabeza va a explotar.

Respiro, respiro, respiro. Cierro los ojos. Intento volver a integrarme, encontrar en mí un espacio de calma. Me quedo medio dormida mientras escucho mi respiración, amplificada por los tapones de los oídos. Entonces la chica de los rizos se levanta y yo tengo que moverme para dejarla pasar, y la veo hablar por el móvil en la plataforma con voz rápida y nerviosa. A lo mejor es por la chica rubia, pienso, este pánico súbito. Por esa chica que no sabe entretener su tiempo y sólo espera una llamada de teléfono durante las cuatro horas de tren Cádiz-Madrid.

La miro cuando vuelve y se sienta de nuevo. Los minutos pasan despacio hasta que llegamos a Madrid. A diez minutos de la hora prevista de llegada, la chica rubia saca el cargador del iPhone y lo enchufa al asiento. Me sorprende que no se le haya ocurrido antes. A los cinco minutos lo quita y me mira pidiéndome disculpas por molestar, y después recoge sus cosas y se marcha.

La veo caminando entre maletas, subiendo deprisa las escaleras mecánicas. Manosea el móvil y casi me parece oírla respirar de alivio cuando suena y se lo puede llevar a la oreja. Pienso en la inutilidad de la espera. Mi pánico parece haber disminuido un poco y me concentro en encontrar el camino a la salida. Y mientras ando por las rampas mecánicas veo a la chica rubia, y me limito a intentar transmitirle un mensaje de forma muda. No es tan importante, seguro. No esperes todo el rato.

jueves, 8 de septiembre de 2011

42. Onicoterapia

Pues hoy estoy cansada y es jueves, así que voy a escribir una entrada mortalmente pueril. Que no todo va a ser abrirse el corazón en canal día sí y día también, hombreyá.

Es de todos sabido que me gusta pintarme las uñas. Hoy llevaba un precioso tono nude que estoy probando para el bodorrio, a juego con los super zapatos peep toe, y me he pasado todo el día sulibeyada por la elegancia de mis manitas. Que tuviera heridas en ellas después de escalar el martes no me preocupa. Tengo que encontrar un nuevo vocablo que mezcle divina, lista y aventurera: ¿divisturera? ¿diviturista? ¿avendivista? Oh, un mundo de posibilidades neologísticas se abre ante mí.

Durante el café, José Luis me ha preguntado que cuántos esmaltes tengo. "No tantos", he dicho, "diez o doce". Luego me he puesto a contar y he tenido que parar en veinticinco porque me daba vergüenza, sobre todo porque la enumeración es del tipo "el morado normal, el morado guinda, el morado fúcsia, el morado con textura de vinilo, el rojo oscuro, el rojo claro, el rojo casi coral", etcétera.



El sector rosa-morado de mis esmaltes. En la imagen no se aprecia, pero son MUY distintos unos de otros.
De fondo, mi cocina-armario


Si os pasa como a mí y estáis fascinadas por la increíble variedad de tonos y texturas que hay en el mundo del esmalte de uñas, puede que os cueste escoger. Pero tranquilas, queridas, que aquí estoy yo para guiaros en el mundo fascinante de la onicoterapia. A mí me sirve, verídico.

Los rojos son para sentirse sexy. Eso está bastante claro. He tenido épocas de pintarme las uñas de los pies de rojo en invierno, con calcetines y sin novio ni posibilidad de amante, sólo porque me sentía guapa y atractiva cuando me quitaba los zapatos por las noches y me miraba los pies. Pero hay que tener cuidado; un rojo inadecuado puede hacer que tus manos recuerden a Drácula y den grimita. Yo prefiero el rojo oscuro. También mola muchísimo para beber vino tinto en elegantes copas; sabe mejor con las uñas rojas, en serio. Lo que pasa es que yo apenas bebo y no le saco rendimiento a ese aspecto de la onicoterapie.

Si quieres sentirte una buena profesional, prueba el negro o el marrón oscuro. El año pasado, cuando temblaba de pánico en la mesa de la consulta, tener las uñas pintadas de oscuro me hacía sentir competente y poderosa. Por supuesto, estamos hablando todo el rato de uñas bien pintadas y cuidadas; las uñas negras deterioradas harán pensar que eres una gótica chunga con mochila en forma de cadáver y quizá te despidan.

Los morados son colores imaginativos, espirituales, artísticos. Escribo mejor con las uñas moradas. Además, tengo tanta ropa morada que es fácil que me haga juego con ella y vaya combinadita y mona. Por cierto, si llevas las uñas pintadas, por dios, combina con ellas la ropa que te pones o mandarás la onicoterapia a tomar viento porque aberrará la combinación de tus uñas rosa con tu camiseta roja.

Verdes y azules. Alegres, complicados, no a todo el mundo le gustan. Pensarán que eres una modernilla trasnochada o un espíritu libre. Pero los verdes y los azules son increíblemente terapéuticos, sobre todo si te los pones poco. Cambian la manera en que estás acostumbrada a verte las manos y, por extensión, tu perspectiva de la vida. Combina uñas verdes y ropa rosa; si todavía estás triste, tienes derecho a que te invite a una caña.

Si quieres sentirte elegante y fashion, lo suyo es el nude o el gris. Si das con el tono adecuado para tu piel, fliparás. Además, pegan con toda la ropa y te harán sentir una persona glamourosa y fina que lo tiene todo controlado. El esmalte que me he comprado para la boda es ma-ra-vi-lloso, una mezcla indescriptible entre color carne y café que va per-fec-to con el vestido, los zapatos, mi piel y la alineación de las estrellas.

Por último, el rosa. El rosa es genial y ya lo sabéis todos. A mí me da ganas de jugar, de no tomarme demasiado en serio, de comer piruletas y comprarme gafas de sol en forma de corazón y ligar con tíos mayores. Por otra parte, a lo mejor estoy talludita ya para esas cosas. El caso es que el rosa, y por extensión el coral y si me apuras ciertos tipos de naranja, están hechos para esos días en los que te das cuenta de que estamos aquí por casualidad para vivir puteados y al final morirnos, pero por alguna razón eso hoy no te importa y todo te hace muchísima gracia.

Píntate las uñas de las manos con tiempo y calma. Dedícate sólo a eso y deja que se sequen bien. No te apresures: las uñas rayadas son el mal. Compra algún acelerador de secado y te desesperarás menos. Las de los pies son más agradecidas. Prueba a pintarlas en invierno y verás cómo te sorprendes cuando te quites los calcetines por la noche y veas tus dedos alineados como alegres soldaditos.

Por último: marcas. Elige a poder ser Mercadona, KIKO y Bourjois. Digan lo que digan, Essence no está tan mal y es baratérrimo. Pero, sobre todo, cúbrelo todo con toneladas de brillo secante Deliplús y olvídate del mundo.

Y recuerda: en este mundo chungo y desalmado las uñas pintadas son uno de los últimos resquicios de imaginación y alegría en los que te podrás refugiar siempre. Es barato, es inofensivo, es verídicamente terapéutico. Así que a disfrutarlo.

41. Supervivencia emocional, I

Me estoy leyendo el libro de la supervivencia del que os hablé el otro día ("Quién vive, quién muere y por qué", de Lawrence Gonzales) y me está gustando un montón. Es un rollo muy psicológico, que diría mi profe de escalada. Explica cómo funciona la mente de la gente en situaciones límites y la forma en que ciertos errores cognitivos, que en la vida cotidiana no tienen grandes consecuencias, en la naturaleza pueden ser fatales. Apasionante de principio a fin.

Yo siempre he pensado que en una situación límite sería de las que mueren, igual que siempre he pensado que en una dictadura sería de las cobardes que se quedan calladitas en su casa por miedo a que las torturen. No me veo como superviviente. Igual es porque pienso que soy débil y torpe, y que si en mi propia casa voy dándome con los quicios de las puertas, seguro que en la montaña la lío con algún despiste y muero de la forma más absurda.

Sin embargo, he estado pensando en lo que me comentó Anónimo76 sobre la supervivencia emocional y el libro que podría escribir yo, titulado (su propuesta) "Quién mueve montañas, quién se estrella contra ellas y por qué". En realidad, hay mucho en común entre la supervivencia física y la emocional, entendiendo sobrevivir emocionalmente como no sufrir por amor. Que te duela es normal, pero el sufrimiento lo pones tú.

Una de las cosas que más me está gustando del libro es que te da cierta sensación de control. A pesar de que los accidentes se llaman así porque en teoría son accidentales, si los analizas en profundidad te das cuenta de que sí que hay variables que dependen de ti y que puedes manejar hasta cierto punto. A mí con el amor me pasa un poco igual. Cuando algo no sale bien, o no todo lo bien que podría, me siento a merced de los elementos. Mi pobre corazón indefenso, ahí a la intemperie; me lo imagino clavado en la punta de una lanza mientras la lluvia y la nieve lo zarandean. Entro en bucles de autocompasión. Pobrecita yo, pobrecita yo, por qué me pasa esto a mí si soy genial.

Pero sí que se pueden hacer cosas. Para que no te partan el corazón, para no sufrir; para que las heridas sean limpias y sanen rápido. Para tener la sensación, no muy útil pero sí reconfortante, de que estás haciéndolo todo bien, y que si la historia no tiene un final feliz al menos por ti no ha quedado.

En uno de los primeros capítulos del libro, el autor explica un accidente de tres escaladores que intentaron una vía de largos en Yosemite. Empezaron más tarde de la cuenta, les pilló una tormenta y le cayó un rayo a uno de ellos. Según el autor, el problema se resume en que estaban tan obcecados en el plan que habían trazado, en la imagen mental que se habían hecho de la situación, que no fueron capaces de darse cuenta de los impedimentos reales (retrasos, cambios en el parte meteorológico, cansancio) que se interponían entre esa imagen y ellos.

En el amor nuestra capacidad para sustituir la realidad momento a momento por esquemas que nos hacemos de las cosas es alucinante. Cuando pienso en el tema del plan aplicado al ámbito emocional me viene a la mente mi relación con J. En términos de supervivencia creo que con él lo hice (casi) todo mal. Sobreviví porque soy fuerte y tengo recursos, pero tal y como afronté la situación podía haber acabado chiflada.

Yo tenía muchos planes respecto a nosotros: pensaba que nos casaríamos y que tendríamos niños con déficit de atención que me sacarían de quicio. Me imaginaba perfectamente a J. jugando al escalextric con nuestro hijo mientras yo me ponía de los nervios y les gritaba que quitaran la pista del salón, que íbamos a comer. Gran parte de mis juicios hacia la relación estaban basados en ese plan/paja mental que yo me había hecho sobre pasar toda mi vida con J., y cada palabra o discusión que teníamos la multiplicaba hasta llenar esos años hipotéticos que íbamos a pasar juntos.

Porque yo tenía un plan. Quería estar segura. La perspectiva de estar siempre con J. y levantarme todos los días olfateando su nuca cálida no es que me hiciera mortalmente feliz, pero me parecía algo a lo que podía aferrarme. Y es absurdo mirado desde aquí, porque ahora J. está en Bonn y yo en Cádiz, y no pienso en él más que de vez en cuando y con cierto cariño inofensivo. Pero no se trata sólo de que hayamos cortado; él podría haber muerto, yo me podría haber enamorado de otro. No teníamos que pasar toda la vida juntos y, sin embargo, ese plan obcecaba mi perepción de lo que él era y de nuestra relación momento a momento.

En el post anterior, Isabel comentaba que le extraña el miedo al compromiso. El compromiso es el intento de hacer que las condiciones del entorno sean razonablemente estables, conocidas y seguras. Es el equivalente de pensar que si empezamos a escalar a las ocho, a las tres podemos estar de vuelta y la tormenta no nos pillará. Cuando las condiciones cambian, el tiempo se pone malo, estamos más cansados de la cuenta o nos perdemos, todo eso no sirve. Cuando una relación se deteriora y nos empeñamos en el plan mental que teníamos hasta entonces, en que tenemos una hipoteca común, o nos hemos casado, o sencillamente todos dicen que somos perfectos el uno para el otro... nos aferramos al plan y no vemos la realidad.

El autor del libro aconseja estar dispuesto a abandonar todos los planes y vivir en el presente. Dejarse acoger por la flexibilidad de saber que nada es seguro. No podemos controlarlo todo y, sin duda, no podemos controlar al otro. No es que sea bueno o malo; es que es imposible. Así que en los profundos bosques del amor, vamos a centrarnos en lo que tenemos ahora, en lo que llevamos verdaderamente en la mochila, en la realidad que transcurre frente a nuestros ojos, a veces dolorosa, a veces mágica. No todo es cuestión de suerte. No es una partida de billar. Se puede (y se debe) sobrevivir.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

40. (Des)encuentros esperados

El chico de los ojos verdes camina hacia la parada del autobús. Va con el tiempo justo, como casi todas las mañanas, y si llevara reloj se lo miraría todo el rato. Piensa que ya le vale, que nunca es capaz de levantarse la primera vez que suena el despertador y lo deja una hora sonando cada cinco minutos. A lo mejor ayudaría si el otro lado de la cama no estuviera tan frío, pero prefiere no pensar en eso.

Camina deprisa, con pasos cortos y los hombros un poco echados hacia atrás, y sabe que si le viera alguien que no le conoce pensaría que está enfadado. Quizá sí esté un poco enfadado. No es la mejor versión de sí mismo por las mañanas, y se pregunta si tiene sueño o si le está pudiendo esta rutina dura de oficina y zapatos, de querer que llegue el viernes y odiar que llegue el lunes y querer que llegue el viernes y vuelta a empezar.

A veces le gustaría que alguien se lo explicara. Le parece que hay algo de todo que se está perdiendo, como cuando te enseñan un juego de cartas y juegas la primera partida sin enterarte de nada, y los demás te dicen "ya lo irás pillando", pero tú eres un poco torpe y ni siquiera te lo estás pasando bien. Él no entiende por qué se siente solo, o por qué las personas que ayer estaban en su vida hoy han desaparecido y, sobre todo, no entiende cómo se apañan los demás para que no les importe.

Entonces ve a la chica del pelo castaño sentada bajo la marquesina y se le escapa una media sonrisa, que se convertirá en sonrisa entera cuando sus ojos se crucen. Ella está allí agarrada a su carpeta de la universidad como una náufraga, con los ojos grandes y oscuros suspendidos sobre el tráfico de la mañana, y le encanta observar cómo esos ojos se animan y los labios se curvan cuando le ve llegar.

Un día, hace ya algunos meses, él le pagó el viaje de autobús porque ella no llevaba bono. Intercambiaron un par de frases y desde entonces se saludan, pero no hablan; él piensa que si iniciaran la costumbre de charlar todas las mañanas crearían una obligación que terminaría por volverse incómoda. Así que después del saludo silencioso, él suele sacar un libro y ella se concentra especialmente en la música que sale de su mp3.

Le gusta mirarla. Porque aunque le saca quince años, seguro, y son dos mundos separados que se miran desde detrás de sus respectivas carteras, le parece que ella está tan perdida como él. Por cómo sonríe casi con alivio cuando le ve llegar desde el otro lado de la calle. Por la forma en que asoma sus ojitos asustados por la ventana del autobús cuando sube, mientras se agarra tan fuerte a la barra que los nudillos se le ponen blancos. A veces piensa que la chica del pelo castaño es una isla de calor en medio de la mañana, como si les estuvieran filmando con una de esas cámaras termosensibles y pudiera identificarla a ella, caliente entre un montón de cuerpos fríos. Ni siquiera la ve guapa. Sólo la siente viva.


La chica del pelo castaño llega demasiado temprano a la parada. Porque le da pánico ir tarde a la facultad; ya le cuesta bastante entrar como para tener que hacerlo en mitad de una clase, mientras todas las cabezas recién peinadas y perfumadas de las nueve de la mañana se vuelven hacia ella. También por él, claro; no quiere coger otro autobús porque en el de menos cuarto va él y a ella le gusta mirarle.

Tendrá unos veintimuchos, se imagina, y es guapo cuando está serio y guapísimo cuando sonríe. Le gustan los días que se pone su camiseta verde, porque hace juego con sus ojos. Tiene las manos bonitas, y ya se había fijado desde antes del día en que le dirigió la palabra para ofrecerse a pagar su billete de autobús. Ese día pudo mirarle fijamente los dedos morenos y largos mientras él sacaba la cartera, la abría para buscar su bono y lo pasaba por el lector.

Todas las mañanas teme que no venga. A veces, de hecho, no viene, y ella intuye que pierde el autobús, porque incluso cuando lo coge siempre va apurado. Ella está ahí sentada, y mientras escucha música en el mp3 y piensa vagamente en las clases que tendrá hoy, en realidad busca su figura apareciendo tras la esquina y cruzando el semáforo. No es exactamente que le guste, porque es demasiado mayor, aunque a veces fantasea con que le invita a tomar un café y le confiesa que lleva meses enamorado en secreto de ella. Es que le da la sensación de que él la quiere un poquito, de que le inspira cierta ternura anónima y absurda de chica sola en una parada de autobús, y a las nueve menos cuarto de las mañanas de lunes ella necesita que la quieran.

El chico de los ojos verdes termina de cruzar el semáforo y llega a la parada. Algún día superará su resistencia a crear un hábito y le preguntará a la chica del pelo castaño qué tal le van las clases. Hoy vuelve a sonreír, y después se apoya en la marquesina y se pone a leer su novela.

La chica del pelo castaño mira al chico de los ojos verdes, inclinado sobre la marquesina como si él, y no la boba de Natalie Portman, fuera el verdadero anuncio, concentradísimo en su novela policiaca sueca. Algún día superará su timidez patológica y le preguntará a qué trabajo va todos los días con esa cara tan larga.

De momento, simplemente, los dos esperan el autobús, me atrevería a decir que de forma heroica.