A lo mejor a veces os preguntáis cuál es la mejor manera de tratar a una persona con Acné del Averno u otra afección cutánea inocua y molesta. ¿Le digo algo? ¿No se lo digo? ¿Le doy consejos? ¿Asumo que sabe lo que es mejor para él/ella? Hoy, en lecciones de Marina sobre psicodermatología, os lo voy a explicar.
Que mi piel está loca es un hecho. Hace un par de semanas escribí que estaba mejorando espectacularmente. De repente, ha decidido volver a brotar. Y me pica. Firmaría porque siguiera igual de destruida pero NO ME PICARA, porque el acné es molesto, pero el picor es una puta tortura.
Total, que te levantas un día por la mañana, te miras al espejo y dices what the fuck. Si estoy haciendo lo mismo que ayer, antes de ayer y el otro día: por qué este brote repentino. A lo mejor es el maquillaje, que será mineral y su puta madre pero me está obstruyendo los poros. O que he dormido poco esta semana. O la escalada extrema, que me tiene que poner los niveles de cortisol por las nubes.
Como llevas más de la mitad de tu vida pensando en tu acné, y el último año intentando encontrarle una explicación lógica que ubique la solución dentro de tu área de control, pues ya estás un poco hartita, y en lugar de dramatizar y decirte "oh, por qué yo, mi vida carece de sentido y nunca podré casarme" etc etc, te encoges de hombros y piensas literalmente: estás jodidamente loca, piel de los cojones, y no te voy a hacer más caso porque ya no es que me aberres; es que me aburres. Te miras a los ojitos. Eres guapa, tía, lo eres. Si tuvieras una piel estupenda, y quizá un poco más de tetas, serías un pibón. Tienes una nariz muy bonita, las orejas pequeñas y una sonrisa que, como te dijo una vez alguien, te ilumina la cara. Tienes el pelo precioso y ojos de lista, y eso te gusta. El acné es... bueno, pues está ahí, pero de verdad que eres guapa, así que no te preocupes. Ponte falda y píntate las uñas. Sal al mundo.
Y entonces llegas al curro y te pones a charlar con tu supervisora. Que es genial, no te creas: es tan genial que la rotación merece la pena sólo por haber podido entrar a consulta con ella. Porque se vincula y quiere a sus pacientes. Porque habla de sí misma con ellos y tiene en cuenta los sentimientos que le despiertan. Porque sus ojazos azul grisáceo te fascinan todo el rato y porque tiene una colección de zapatos que flipas.
Y en un momento dado, esa supervisora, que ahora tiene arrugas porque ya es mayorcita pero que se ve que en su día debió de ser muy, muy guapa, te mira.
- Marina, lo he pensado algunas veces, pero nunca te he preguntado. ¿A ti qué te pasa en la cara?
Y entonces tú, que te crees que llevas mejor las cosas y que ya no tapas los espejos con pañuelos, la miras anonadada, y dos segundos justos después de su pregunta ya tienes ganas de llorar. Verídico. Las notas detrás de tus ojos y en tu garganta, y de repente el mundo, que por lo demás va bastante bien, a ti se te acaba de caer encima. Porque tu cabeza ahora no puede parar, y piensas "eso es lo que ve todo el mundo, eso es lo que piensan todos cuando me ven, la familia, los amigos, los tíos, DDM, mis compañeros, todos: a ti qué te pasa en la cara". Y la autocompasión llega y te inunda como si alguien la estuviera vertiendo por tu cabeza y llenando todo el espacio disponible que tienes en el cuerpo.
- Es acné - balbuceas, y te encoges de hombros.
Ojalá, piensas, ojalá fuera alguna enfermedad rara, más interesante, más digna. Un compañero tuyo tiene psoriasis, y tú le cambiarías ya tu cara de adolescente por sus placas rojizas en los codos, en las manos, hasta en el cuero cabelludo. La dependienta del supermercado tiene vitíligo, y aunque te encanten tus manos fuertes de escaladora firmarías por las suyas, veteadas de manchas blanquecinas, con tal de que esta puta enfermedad del Averno dejara tranquila tu cara de una puta vez.
- ¿Y has probado a ir al dermatólogo?
Respira, respira, Marina, respira, no dejes que te afecte, sólo es la piel de fuera, respira, cojones. No la mandes a la mierda. No le digas algo como "uy, qué idea, fíjate tú, no se me había ocurrido" y después escupas en su piel bronceada de arrugas interesantes.
- Sí, sí que he ido, pero no me lo han quitado.
- Uy, pero seguro que no has ido a mi dermatólogo, que a mí me está dejando estupenda de la muerte.
Quilla, en serio, vete a la mierda, piensas, y te apañas para mantener una conversación medio educada y explicarle por qué su dermatólogo te inspira la misma esperanza que la pulsera Power Balance, mientras tragas saliva, intentas deshacer tu nudo en la garganta y recuperar esa noción de ti misma como una persona bella, y esa noción del mundo como un conjunto de seres que no van por la vida pensando en cómo tienes tú la piel. Luego te disculpas y vas al baño, bebes agua, te miras despacio y casi de reojo los ojos tristes. Va, tía, va, tú puedes, va, lo vas a conseguir, Marina, algún día lo conseguirás, y si no lo consigues pues no importa, está la vida, está la gente, está tu curro y la meditación y la escritura y la escalada. Sólo es la piel de fuera.
Y durante todo ese día, la cara te pica el triple.
Y durante toda esa semana pedirías disculpas a la gente que tienes cerca por verse obligada a mirarte.
Conclusión: no digáis nada sobre la piel de la gente. Nunca. Sólo cosas bonitas, como "tienes la cara mejor", o incluso olvidad la cara y decid, simplemente, "me encantan tus pendientes". Fijaos en mis pendientes. Los elijo con primor por las mañanas. Fijaos en mi colonia o el mi gel de azahar, que huelen muy, muy bien. Fijaos en cualquiera de los veinticinco tonos de esmalte de uñas que voy alternando según mi estado de ánimo. Mi piel es problema mío. Dejadla tranquila.
