massobreloslunes

lunes, 14 de noviembre de 2011

De la manera desproporcionada y absurda en que el Acné del Averno sigue afectando a mi vida

Piel piel piel piel piel. Cuatro letras, un mundo.

A lo mejor a veces os preguntáis cuál es la mejor manera de tratar a una persona con Acné del Averno u otra afección cutánea inocua y molesta. ¿Le digo algo? ¿No se lo digo? ¿Le doy consejos? ¿Asumo que sabe lo que es mejor para él/ella? Hoy, en lecciones de Marina sobre psicodermatología, os lo voy a explicar.

Que mi piel está loca es un hecho. Hace un par de semanas escribí que estaba mejorando espectacularmente. De repente, ha decidido volver a brotar. Y me pica. Firmaría porque siguiera igual de destruida pero NO ME PICARA, porque el acné es molesto, pero el picor es una puta tortura.

Total, que te levantas un día por la mañana, te miras al espejo y dices what the fuck. Si estoy haciendo lo mismo que ayer, antes de ayer y el otro día: por qué este brote repentino. A lo mejor es el maquillaje, que será mineral y su puta madre pero me está obstruyendo los poros. O que he dormido poco esta semana. O la escalada extrema, que me tiene que poner los niveles de cortisol por las nubes.

Como llevas más de la mitad de tu vida pensando en tu acné, y el último año intentando encontrarle una explicación lógica que ubique la solución dentro de tu área de control, pues ya estás un poco hartita, y en lugar de dramatizar y decirte "oh, por qué yo, mi vida carece de sentido y nunca podré casarme" etc etc, te encoges de hombros y piensas literalmente: estás jodidamente loca, piel de los cojones, y no te voy a hacer más caso porque ya no es que me aberres; es que me aburres. Te miras a los ojitos. Eres guapa, tía, lo eres. Si tuvieras una piel estupenda, y quizá un poco más de tetas, serías un pibón. Tienes una nariz muy bonita, las orejas pequeñas y una sonrisa que, como te dijo una vez alguien, te ilumina la cara. Tienes el pelo precioso y ojos de lista, y eso te gusta. El acné es... bueno, pues está ahí, pero de verdad que eres guapa, así que no te preocupes. Ponte falda y píntate las uñas. Sal al mundo.

Y entonces llegas al curro y te pones a charlar con tu supervisora. Que es genial, no te creas: es tan genial que la rotación merece la pena sólo por haber podido entrar a consulta con ella. Porque se vincula y quiere a sus pacientes. Porque habla de sí misma con ellos y tiene en cuenta los sentimientos que le despiertan. Porque sus ojazos azul grisáceo te fascinan todo el rato y porque tiene una colección de zapatos que flipas.

Y en un momento dado, esa supervisora, que ahora tiene arrugas porque ya es mayorcita pero que se ve que en su día debió de ser muy, muy guapa, te mira.
- Marina, lo he pensado algunas veces, pero nunca te he preguntado. ¿A ti qué te pasa en la cara?

Y entonces tú, que te crees que llevas mejor las cosas y que ya no tapas los espejos con pañuelos, la miras anonadada, y dos segundos justos después de su pregunta ya tienes ganas de llorar. Verídico. Las notas detrás de tus ojos y en tu garganta, y de repente el mundo, que por lo demás va bastante bien, a ti se te acaba de caer encima. Porque tu cabeza ahora no puede parar, y piensas "eso es lo que ve todo el mundo, eso es lo que piensan todos cuando me ven, la familia, los amigos, los tíos, DDM, mis compañeros, todos: a ti qué te pasa en la cara". Y la autocompasión llega y te inunda como si alguien la estuviera vertiendo por tu cabeza y llenando todo el espacio disponible que tienes en el cuerpo.
- Es acné - balbuceas, y te encoges de hombros.

Ojalá, piensas, ojalá fuera alguna enfermedad rara, más interesante, más digna. Un compañero tuyo tiene psoriasis, y tú le cambiarías ya tu cara de adolescente por sus placas rojizas en los codos, en las manos, hasta en el cuero cabelludo. La dependienta del supermercado tiene vitíligo, y aunque te encanten tus manos fuertes de escaladora firmarías por las suyas, veteadas de manchas blanquecinas, con tal de que esta puta enfermedad del Averno dejara tranquila tu cara de una puta vez.
- ¿Y has probado a ir al dermatólogo?

Respira, respira, Marina, respira, no dejes que te afecte, sólo es la piel de fuera, respira, cojones. No la mandes a la mierda. No le digas algo como "uy, qué idea, fíjate tú, no se me había ocurrido" y después escupas en su piel bronceada de arrugas interesantes.
- Sí, sí que he ido, pero no me lo han quitado.
- Uy, pero seguro que no has ido a mi dermatólogo, que a mí me está dejando estupenda de la muerte.

Quilla, en serio, vete a la mierda, piensas, y te apañas para mantener una conversación medio educada y explicarle por qué su dermatólogo te inspira la misma esperanza que la pulsera Power Balance, mientras tragas saliva, intentas deshacer tu nudo en la garganta y recuperar esa noción de ti misma como una persona bella, y esa noción del mundo como un conjunto de seres que no van por la vida pensando en cómo tienes tú la piel. Luego te disculpas y vas al baño, bebes agua, te miras despacio y casi de reojo los ojos tristes. Va, tía, va, tú puedes, va, lo vas a conseguir, Marina, algún día lo conseguirás, y si no lo consigues pues no importa, está la vida, está la gente, está tu curro y la meditación y la escritura y la escalada. Sólo es la piel de fuera.

Y durante todo ese día, la cara te pica el triple.

Y durante toda esa semana pedirías disculpas a la gente que tienes cerca por verse obligada a mirarte.

Conclusión: no digáis nada sobre la piel de la gente. Nunca. Sólo cosas bonitas, como "tienes la cara mejor", o incluso olvidad la cara y decid, simplemente, "me encantan tus pendientes". Fijaos en mis pendientes. Los elijo con primor por las mañanas. Fijaos en mi colonia o el mi gel de azahar, que huelen muy, muy bien. Fijaos en cualquiera de los veinticinco tonos de esmalte de uñas que voy alternando según mi estado de ánimo. Mi piel es problema mío. Dejadla tranquila.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Ser escrita

Ayer tuve un día de escalada muy, muy bonito. Me lo pasé peleándome con una vía sin conseguir encadenarla, es decir: terminarla sin caerme. Era la primera vez que me pasaba algo así, quiero decir: he intentado vías, he encadenado algunas, otras no, pero ayer fue diferente. Pasé todo el día como poseída por una relación intensa entre la vía y yo.

La cosa es que llegas al sector, ves la vía, la intentas, no lo consigues. No pasa nada, te bajas, pero en realidad lo has visto cercano, así que descansas un poco y le das otro pegue. La vía es "No es broma, es kanfor", la que intenté el día que grabé los vídeos que colgué aquí. Una vía larga, que requiere continuidad, buenos pulmones, fuerza y saber distribuir la energía para llegar al final sin hacerse polvo. No sé cuánto tiempo duraba cada intento, pero eran muchos minutos al límite de mis fuerzas. Aunque el segundo pegue fue mejor, me caí casi al final; seguía sin pasar nada, pero me había quedado tan cerca.

Al tercer pegue estás ya nerviosa. No son nervios que tengan que ver con encadenar o no la vía, sino con esa situación de estrés máximo a la que vas a someter a tu cuerpo y a tu mente, el reto extraño y gratuito en el que vas a meterte sin que nadie te lo pida. Ayer la gente me hablaba y yo no veía a nadie. No hacía más que dar vueltas en torno a la vía, calentar los brazos, mirar las cintas colgando al sol y darme autoinstrucciones: respira, Marina, respira y descansa, date aire, no aprietes demasiado los cantos, busca buenos pies, tú puedes.

Me caí la tercera vez, de nuevo justo antes de llegar al final, y pedí que me bajaran para descansar antes de intentarlo una cuarta. Se estaba yendo la luz y me dolía hasta el alma. Se podían cascar nueces con mis antebrazos. Aun así, descansé lo que pude, estiré, comí algo de chocolate y lo intenté otra vez. Y volví a caerme a medio metro del final. Me cabreé un poco, pero no mucho, porque sabía que lo había dado todo. Había funcionado al máximo de mi capacidad en ese momento, y conseguiría la vía cuando tuviera más habilidad, más fuerza, menos cansancio o un poco más de suerte.

El caso es que cuando me bajaron al suelo me di cuenta de que estaba llorando. Llorando poquito, no os creáis; lágrimas de estas silenciosas, bonitas, que se te caen rodando por las mejillas aunque tú quieras disimular porque te da vergüenza. Ni siquiera yo sabía por qué lloraba. Encadenar tampoco me importa tanto; es algo que sucederá, tarde o temprano, si lo intentas lo suficiente; si no lo consigues, pues hay más vías que judías. Pero lloraba, era un hecho. Me di la vuelta superavergonzada hasta que me recompuse y conseguí quitarme los gatos, deshacerme el nudo del arnés y empezar a recoger las cosas para irnos a Cádiz.

Aun así, estaba en un estado de felicidad difícil de describir. Había encontrado, una vez más, la belleza del proceso. No sabía qué era exactamente lo que había cambiado en esos cuatro intentos, pero yo era una persona distinta, y quizá fue precisamente no encadenar lo que me hizo distinta. Darme cuenta de hasta qué punto me había hecho feliz sólo intentarlo. Iba en el coche de Pablo oyendo música y sentía que absolutamente todo estaba bien sobre la tierra. Llegué a casa y me dolía quitarme la camiseta, verídico; me di una ducha, me hice la cena y me puse a escribir aquí y en el blog de escalada.

Entonces me llamó Kpot, mi amigo y ex profe de escalada, que había pasado el día penando conmigo y animándome a pie de vía. Que he escrito una cosa en mi blog, quilla, que lo voy a publicar en el Facebook, pero que quiero que lo leas tú primero. ¿Y eso? pregunté yo. Bueno, pues porque en realidad es un poco de ti y tal, no sé, tú léelo. El Kpot se traba un poco cuando se pone nervioso, así que abrí la página y leí el post.

Yo quería hacer una presentación breve y dejaros con su texto, pero ya sabéis que si con algo tengo un problema es con la brevedad. La cosa es que cuando uno se acostumbra a escribir sobre los demás y de repente escriben sobre ti, es mágico. Te das cuenta de lo mucho que puede significar que alguien te atrape con sus palabras, te entienda y, sobre todo, te vea. Él supo quién era yo como escaladora ayer, en esos momentos. Lo sabe porque lleva viéndome trepar desde que empecé y porque compartimos un carácter enfermizo al respecto muy preocupante. Sus palabras fueron el mejor homenaje a mi pequeño gran esfuerzo. Y como vosotros sois mis lectores y os quiero de una manera virtual y rara, quería que lo compartierais, aunque la escalada os importe un carajal y estéis ya un poco hartos de leerme sobre el tema (sobre todo teniendo en cuenta que me hice un blog de escalada para eso, pero qué queréis que os diga; éste tiene más lectores).

El post de Kpot está aquí. Leedlo, de verdad, que es cortito y muy fumable. Que me conmovió tela.

El mío, describiendo el día de ayer de manera exhaustiva y sólo apta para frikis del trepar, está aquí. Ahí ya os adentráis at your own risk.

Y ya me voy a dormir. Mis findes escaladores molan demasiado. En serio, ¿qué hacéis los demás? ¿Qué hacía yo antes? Empieza a preocuparme.

sábado, 12 de noviembre de 2011

La Primavera Trompetera

Voy camino de Bolonia en la furgo del Kpot. Es viernes, ya es de noche y planeamos dormir allí para escalar mañana. Me suena el móvil y es la PK, superemocionada por su post de cumpleaños. Está en Alcañiz visitando a Arantxa, que por detrás se queja de que ella también quiere un post homenaje y no tiene ninguno.
- Que vamos al concierto de Los Delinqüentes - me dice la PK -. Que te vamos a llamar cuando suene La Primavera Trompetera. Tú no oirás nada, nosotras no te oiremos a ti, pero todas sabremos que es La Primavera Trompetera y seremos felices.

Me río, les digo que les quiero y cuelgo, que no me gusta hablar por teléfono cuando estoy con alguien. Kpot y yo charlamos de la escalada, de la vida, del amor y otra vez de la escalada. Llegamos al Bartolo, nos juntamos con Ara y cenamos en el Kiosko deliciosos bocadillos de pollo con mayonesa.

En mitad de la cena suena el móvil. Arantxa, claro, y por detrás un barullo tremendo que infiero que es La Primavera Trompetera en directo. Me levanto de la mesa y echo a andar en dirección al camino de tierra, porque no quiero que la gente piense que soy monguer, colgada del teléfono durante tres minutos sin decir nada.

Escuché por primera vez esta canción cuando fui a Italia y el Giò, el novio italiano de la PK, la tocaba en su guitarra mientras cantaba en español macarrónico. Cuando volvimos a Granada y la PK y yo nos fuimos a vivir juntas, escuchábamos y cantábamos la canción con una frecuencia preocupante, si tenemos en cuenta que era noviembre y que el frío ya había entrado directamente del Mulhacén a nuestra casa sin calefacción.

Para mí cantar La Primavera Trompetera era desafiar al invierno. Era gritar alegre que existía la primavera aunque los calendarios dijeran lo contrario. Era casi ridículo tocarla con la guitarra envuelta en mi poncho de lana y sin querer salir del brasero. El veintiuno de marzo, cuando por fin la primavera llegó oficialmente, pasamos la tarde en la terraza de la hermana de Metemary, cantando con la guitarra. Creo que toqué La Primavera Trompetera en bucle como cinco veces, mientras la gente de la calle nos miraba, se reía y bailaba un poco, con cara de pensar que aquello era una broma de la tele.

Al contrario de lo que dijo la PK, la canción se escucha de puta madre, y mientras yo camino por el carril de tierra pienso que se me van a descoyuntar los labios de tanto sonreír. Canturreo bajito, casi como un mantra que suena extrañísimo en el silencio campestre de la noche. Hay una luna llena y gigante que se refleja en las nubes e ilumina los contornos de los árboles, y yo pienso que estoy viviendo un momento perfecto, así, completamente perfecto, mientras escucho al Caniho en vivo de fondo y mientras la PK y Arantxa gritan el estribillo y cambian "Niña" por "Marina".

Gracias, pequeñas, sois geniales las dos. La PK ya lo sabe. Y Aran, tú tranquila, que aunque sé que tú también lo sabes, tu post está en camino.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Son las once y media de la mañana y estoy en el Palacio de Justicia de Cádiz, esperando a que se celebre un juicio por posesión de drogas. Han convocado a mi tutora como testigo y he venido por aprender y tal.

En la puerta de la sala están mi tutora, la trabajadora social, la abogada y los dos acusados, uno de ellos con su familia y el otro solo. Me quedo de pie junto a las sillas mientras mi tutora aclara con la abogada lo que le va a preguntar dentro. El chico que está solo, que en realidad no es un chico, sino un señor de unos cuarenta, se presenta y me saluda.
- ¿Tú también trabajas en el CTA?
- Más o menos, sí. Estoy allí de prácticas hasta diciembre - lo que no es del todo cierto, porque yo no estoy de prácticas, pero explicar lo que es la residencia me da demasiada pereza.

Hay un ellos y un nosotros. Siempre. Hay una creencia estúpida y prepotente de que ciertas cosas a nosotros no nos van a pasar nunca. Esos hombres ahí parados esperando a que un juez decida qué va a ser de su vida los próximos años me producen un desconsuelo difícil de describir. Es como las ejecuciones. Que llegues a un punto en el que otros pueden decidir si vives o mueres, si quedas libre o entras en prisión, me parece tremendo. Así que supongo que por eso es más fácil que ellos sean ellos, y no nosotros.

Los drogodependientes me transmiten desamparo. Actúan con la lucidez perversa y ambivalente de quien sabe que lo que hace está mal pero ve dificilísimo solucionarlo. La droga es como un dragón enorme. Su putada es que ellos han encontrado una solución parcial a sus problemas y se resisten a dejarla; quizá nosotros no somos drogadictos porque no nos soluciona nada, no porque seamos especialmente fuertes o superiores a nadie.

El chico que está solo ha entablado conversación conmigo y me cuenta que está nervioso, que lleva días sin dormir. Seguimos separando: nosotros, ellos, y cuando vemos por la tele juicios de este tipo, o pensamos en el drogata al que pillan con cincuenta gramos de coca en su casa, son ellos, y no te imaginas que el día antes del juicio que se han ganado a pulso por semejante temeridad pueda estar nervioso.
- Tengo hasta náuseas por las mañanas. Me siento como si estuviera embarazado - me dice, y se ríe.
- Bueno - contesto yo - embarazado no estás, eso seguro.

Me siento un poco violenta. Me gustaría poder hablar con mi tutora, que charla con la trabajadora social, o incluso poder sentarme en una esquinita a leer la segunda parte de los Guerreros de la Roca. Porque estamos nosotros y están ellos.
- Van a intentar decir que era para consumo propio, ¿sabes? - me explica el hombre -. Ese señor de ahí - señala a un tipo mayor con una cartera que habla con la abogada - es otorrino. Ha examinado nuestros tabiques nasales para probar que somos consumidores.
- Ajá.
- Parece ser que en función de la erosión del tabique puedes saber cuánto se droga una persona. Es como los anillos en los troncos de los árboles.

De todas las cosas que he hecho desde que empecé la residencia, los controles de orina son lo peor. He visto citologías, hemorroides, he cortado verrugas, sacado quistes y contemplado cicatrices en las muñecas y agitaciones con cabezazos contra la pared. Pero de momento nada es comparable a tener que observar detrás de un espejo como una persona mea. Hoy, sin embargo, concluyo que estoy viendo un nuevo nivel de indignidad, que consiste en ir a la Audiencia Provincial e intentar probar por medio de radiografías de tu tabique que te drogas tanto, tanto, que esos cincuenta gramos de coca que había en tu casa te los ibas a soplar tú solo.

Al final llegan a un acuerdo y el juicio no se celebra. Vamos todos en procesión a una oficina que hay en la primera planta a pedir los justificantes de asistencia. El otro acusado, al que he visto en consulta un par de veces, espera en la puerta. Yo apoyo la cabeza en el quicio y también espero, porque no voy a pedir justificante ya que en general a la gente se la suda dónde esté mientras me porte razonablemente bien.
- ¿Estás cansada? - me pregunta el paciente.
- Me duele un poco la cabeza.
- A ver si estás abusando de las lentillas - lo dice porque el primer día que me vio yo llevaba gafas, y me parece intensamente dulce que se esté preocupando por mis hábitos oculares.

Sale el otro chico y los dos se quedan frente a frente, esperando a que termine el papeleo. Entonces miro sus zapatos: uno lleva unos botines bicolores extraños con pinta de baratos, el otro unos mocasines de cordones viejos pero muy limpios. Y mientras estoy ahí de pie, con mi leve dolor de cabeza, y miro sus zapatos y pienso en sus tabiques erosionados, de repente me parece que el mundo al final sí que está lleno de cosas feas y tengo que hacer esfuerzos para contener las ganas de llorar.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

PK, hoy es tu cumple... sé muy feliz, PK...


Ésta es una de esas noches en las que estoy muy cansada y un poquito triste, así que necesito, NECESITO hablar de algo que sea bonito y buenrollante para no tirarme de mi segundo piso y en lugar de matarme quedarme gilipollas.

Así que hoy vamos a hablar de la PK. Típico post que a los que no la conocéis os importa un carajal, y encima típico post que no debería ni de escribir porque si a alguien en mi vida le he hecho canciones, odas, homenajes, dibujos, cartas, poesías y rituales de adoración en general es a la PK. Es una agonías. Pero hoy es su cumpleaños y pensar en ella me alegra, así que escribamos.

La PK y yo nos conocemos desde hace ya casi veinte años, que se dice pronto. Nos hemos visto crecer y hemos intercambiado frases del tipo de "tía, no me crecen las tetas", "pues a mi sí". Resumir veinte años de amistad en un post es ambicioso, porque encima ha sido una amistad intensa, full time, nada de vernos un par de veces al año; hemos compartido clase como diez años seguidos, nos hemos ido juntas de campamento mil veces, hemos vivido un año juntas. Así que haré lo que pueda por escribir este post-homenaje y pararé cuando tenga demasiado sueño.

La PK no conoce el miedo. Ni el miedo, ni el frío, ni la incomodidad, ni prácticamente el hambre. La PK es como Chuck Norris, lo que es muy gracioso porque, como su propio nombre indica, es una chica pecosa y supermona, de rizos largos y piel muy blanca. Pero es dura, la cabrona: cuando yo necesito un abrigo tres cuartos, ella va por la vida con una rebeca corta de pelo de llama que ni siquiera tiene botones, diciendo "es que la llama abriga que no veas". Ya, vale, PK, abrigará, pero no es mágica y estamos en febrero.

La PK es muy, muy divertida. En orden ascendente de personas que me hacen reír está la gente, está la gente graciosa, luego está(ba) mi mejor amigo, que ya no me habla, y reinando en la parte de arriba del todo, la PK. Su humor es un poco como el mío: completo, surrealista, absurdo e imperecedero. No hay nada de lo que le avergüence reírse. Es torcida y maligna, como yo a veces, y cuando digo barbaridades a causa de mi impulsividad y mi tendencia a pasar de los sentimientos de la gente en aras del humor, escucho cómo sus carcajadas bajitas y descontroladas celebran que ella entiende exactamente de qué estamos hablando.

La PK es... bueno, no sé, la PK es total. Dice que SÍ por defecto. Nada le avergüenza, ninguna idea le parece demasiado estúpida. Con la PK he celebrado fiestas del papel en el baño del colegio, tirando papel higiénico al techo y soplando después para mantenerlo en el aire. He jugado a "la meada más punky del verano", que consiste en que meas en la calle y todo el mundo te ve, pero a ti no te importa. He bailado, sí, pero no en bares o en fiestas como la gente normal: en mi casa, por la noche, en pijama, las dos solas, poniendo en bucle vídeos italianos en el youtube mientras el Húngaro y quien anduviese por allí de visita nos miraban como diciendo "por favor, repartid lo que sea que os hayáis fumado".

Tiene una piel alucinante, blanca, rosada, pecosa e infernalmente suave, que siempre cuida con cremitas naturales que huelen bien. Sus ojos son verdes preciosos y su nariz es perfecta. Es el tipo de persona que SABE hacer maletas. Yo, por ejemplo, llevo ropa estándar que combine todo con todo y me paso el viaje en vaqueros. La PK hace una maleta que abulta la mitad que la mía y después aparece con una faldita, medias de colores, un fular divino y unos pendientes que tiene desde que era pequeña porque, ojo al dato, la PK NUNCA pierde pendientes. Porque es muy cuidadosa y ordenada, y tiene reglas para la vida del tipo de "todo lo que te eches en el pelo tiene que ser del tamaño de un garbanzo".

Le gusta viajar, le gusta leer, le gusta la gente. Además, le gusta de verdad, no como a mí, que después me vuelvo una nazi y no aguanto a la mitad del mundo. Es peculiar y atrae a los peculiares. Hace amigos en el Polo Sur si hace falta. Llega a un sitio, pone en marcha el imán PK para gente personaje y en dos semanas tiene un grupo de amigos con el que organiza partidos de fútbol y cenas internacionales. Porque es una chica SÍ y porque tiene buena estrella.

Puedo guardar fácilmente mil fotos de la PK, de las cuales al menos quinientas son de la PK y yo. La PK y yo comiendo toblerone, fumando ibuprofeno, haciendo portés de Fama, cogidas de la mano en el Dragón Khan. Disfrazadas de hippies, de cabareteras, de futuristas, de flamencas. La PK y yo en Málaga, en Granada, en Italia, en Salamanca, en Asturias.

La vida muchas veces es una hija de puta y te separa de la gente a la que quieres, o te presenta a gente estupenda y luego los coloca en otra ciudad o en otro país. Pero otras veces te dice: aquí tienes una persona que te va a acompañar siempre, alguien con quien compartirás tantos momentos que al final os unirá una amistad total, tan polimorfa y completa que lo resistirá todo. No concibo pelearme con la PK o dejar de hablarme con ella. Podría decir que es porque nos conocemos demasiado y nunca nos haríamos daño y blablabla, pero creo que sencillamente se trata de que tengo acumulado tanto amor hacia ella que no puedo deshacerlo. Está fosilizado, fundido con mi existencia, enhebrado en tantos momentos de mi vida que sería imposible eliminarlo. No puedo dejar de quererla.

PK: eres genial de principio a fin. Lo sabes, ¿no? Sabes que cuando acaricio tu cabecita y te abrazo, y huelo tu champú y toco tus jerseys bonitos, y te digo que te quiero mucho y te estrujo aunque tú te quejes porque eres un poco rancia... sabes que lo digo en serio, que te quiero. Que eres mi sangre, mi hermana. Que tu cumpleaños es el único que no se me olvida NUNCA, y que digo yo que será por algo.

Cumple muchos más, mi niña. Y que yo lo vea.

PD: Me encuentro mucho mejor. Escribir es mágico y la PK más.

martes, 8 de noviembre de 2011

Sobre ver, mirar y mi preocupante sistema nervioso

Comentaba Pab al leer el post de ayer que se alegra de no ser el único que es testigo de momentos increíbles y extraños. Para mí está bastante claro que percibir o no esos momentos no es un tema de suerte, sino de tener los ojos muy abiertos y de darles la suficiente importancia como para registrarlos en la memoria.

Yo vivo en la activación mental. El otro día lo comentaba con DDM. "Yo tengo una capacidad ilimitada para entretenerme solo", me decía él, "podría quedarme una semana en mi casa y no me aburriría o, más bien, aunque me aburriera no me importaría". A mí también me pasa, pensé, pero no sé si lo dije, porque no quise entrar en el juego del "pues a mí". Le expliqué que hay teorías que dicen que las personas que buscan activación externa lo hacen porque su sistema nervioso está demasiado tranquilito, mientras que los que necesitan (necesitamos) poca estimulación tenemos de por sí el cerebro en modo turbo.

A mí me pasa. Yo voy por la vida a tope de manera casi preocupante. Hoy estaba frente al ordenador, iba a sacar el pen drive y me he quedado un rato con la mano encima, sintiendo cómo se apagaba la vibración minúscula del plástico cuando el ordenador anunciaba que podía desconectarlo. Y he pensado "por el amor de Dios, Marina, la vibración del pen drive... que no es que vayas por la vida abrazando árboles, no; es que acabas de flipar con el zumbido eléctrico de un microchip". Por la tarde he ido a una tienda de ultramarinos que hay cerca de la piscina a cambiar veinte euros para la máquina de tickets. Mientras esperaba a que la tendera me pusiera la media docena de huevos y, de paso, reflexionaba sobre los huevos y sus cajas, he olfateado el aire: olía a pescado, pero en plan agradable si es que eso es posible, y he visto una caja de arenques en salmuera justo a mi lado, y mirando los arenques enormes y amarillentos he pensado: cómo me mola la vida.

Luego está el tema de la gente. Yo sintonizo emocionalmente con un apio, ya lo he dicho, y con la gente me pasa de una manera muy cafre. Eso está muy bien para mi profesión, pero a veces, cuando voy en moto por las mañanas y me voy fijando en las caras de los conductores y los peatones, y puedo percibir de manera casi violenta el hastío, o la alegría, o el enfado, me siento tan abrumada que me pregunto si no seré una especie de idiot savant de la empatía. El momento que describí ayer duró medio segundo. De hecho, hay detalles que he añadido para darle consistencia a algo que a mí me llegó como un relámpago medio inconsciente.

Así que no sé, no sé si observo mucho porque soy así, no sé si tengo el sistema nervioso como las maracas de Machín ni sé si en realidad empatizo o simplemente invento. Lo que sé es que la vida así es bastante más interesante. Que me quedo prendida en los rostros anónimos, en los grafitis de las calles o en el olor tranquilizador del cloro de la piscina, y que igualmente no importa, que son sólo sensaciones e interpretaciones incorpóreas y efímeras... y, sin embargo, de alguna forma hacen más nutritivos mis días, como la levadura de cerveza en las ensaladas, y me ayudan a pasar por este valle raro de tristeza sin morirme demasiado de hambre.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Momentos

Es sábado por la noche, y aunque aún es temprano ellos tres ya van borrachos. O drogados, a saber, que la juventud está fatal. No tendrán más de dieciocho años: una chica no muy guapa, con el pelo largo y castaño y el culo un poco gordo. Dos chicos: uno guapo, alto, con greñas cuidadas alrededor de una mandíbula cubierta de barba suave. Otro más normalito, con el pelo tieso de gomina, un poco de acné y los hombros demasiado estrechos.

Yo camino a unos metros, y aunque intento ir despacio para quedarme sola con mis pensamientos profundos sobre el amor, la vida y la escalada, ellos dan rodeos o se paran, y al final acabo teniéndoles enfrente todo el rato, mientras rodeo el perímetro de la ciudad en dirección a mi casa. Caminan alegres y desordenados. El chico guapo coge a ratos de la mano a la chica no muy guapa mientras el otro revolotea delante y detrás.

Al rato la chica está andando sola delante y los chicos charlan entre sí en voz baja. Ella parece distraída, se acerca a la barandilla, mira al mar y de vez en cuando les apresura a voces sin girar la cabeza. Ellos hablan, se ríen y se suben jugando a los pies de las farolas.

De pronto los dos chicos ralentizan la marcha, siguen riéndose, se miran. El chico no muy guapo agarra de la nuca al otro, que enarca las cejas, alarmado, pero sigue sonriendo. La presión en la nuca se hace más fuerte y el guapo señala con la coronilla a la chica, que camina sola y ajena a todo. El no guapo se encoge de hombros y abre las mandíbulas como en un gruñido del león de la Metro, pero no llega a tocar al guapo; simplemente juntan las frentes casi con violencia durante un momento breve, tan breve que no sé si me lo he inventado, y después el guapo se despega y tuerce un poco la cabeza, como excusándose, y se va hacia la chica, que sigue andando, dando tumbos y bebiendo despacio de la cerveza que tiene en la mano.

Y mientras caminamos los cuatro en dirección a la Viña y el viento norte nos congela las esquinas de la cara, sólo puedo pensar que es curioso cómo algunos momentos contienen dentro de sí toda la extraña complejidad de la vida.