- Quilla - Kpot para de hacer flexiones y se queda tirado boca abajo -. ¿Por qué la gente llora en los psicólogos?
- Yo qué sé, pues porque sí, porque está triste, ¿no? - yo no me siento para nada en modo psicóloga. Tumbada sobre mi espalda, llevo las piernas hacia atrás tipo postura de yoga y respiro mientras intento estirar la columna y las piernas.
- No, ya, pero a lo mejor estás igual de triste que con los amigos o con la familia. Sin embargo, con el psicólogo lloras.
Al Kpot le encanta saber por qué la gente se comporta de una u otra manera, y siempre me hace preguntas "rollo psicológico" que me descolocan. Intento ponerme en modo semiprofesional, aunque no sé si la sangre me llega bien al cerebro en esta postura. Me incorporo.
- Yo creo que es por la manera en que el psicólogo responde a tu sufrimiento - digo -. Cuando tú le cuentas algo a tu familia o a tus amigos, ellos no te echan mucha cuenta. Como mucho, te dicen que ya se te pasará o te dan consejos. Lo primero que hace el psicólogo es reconocerte. Te dice "lo estás pasando mal", "estás sufriendo", y eso es lo que te hace polvo. Que te ve.
- Aro, aro - contesta él -. A ver, quilla, ¿cómo es eso que estás haciendo con la espalda? ¿Así, echándome para atrás?
- Sí, pero con las piernas más rectas - es gracioso verle intentando hacer asanas de yoga con las zapatillas de deporte puestas y las rodillas dobladas.
- Pues yo creo que es lo que tú dices, lo de que los demás en verdad no te hacen caso.
- Claro... mira, a mí me hizo llorar la psicóloga del centro de conductores cuando fui a hacerme el certificado médico para el carnet, sólo porque me dijo "tú estás muy nerviosa con esto, ¿verdad?".
Kpot se tumba boca abajo con los brazos musculosos de escalador enfermizo estirados frente a sí.
- Yo me di cuenta el otro día de lo que tú dices. De que la gente no sabe escuchar. Estaba un grupo de maris delante de un colegio, esperando a las hijas. Una empezó a decir que tenía mal la espalda. La otra le contestó que ella tenía mal la rodilla, y la otra que a ella le dolía el hombro. Y al final no hablaron ni de la espalda de una, ni de la rodilla de la otra... cada una de lo suyo, punto.
- La lucha por conquistar la oreja ajena, lo llamaba un escritor.
- Eso es, tía.
- El mismo escritor decía que el amor es un preguntar constante. Que el que te ama lo hace porque te pregunta sobre ti en lugar de intentar conquistar tu oreja. Si encuentro luego el texto, te lo paso por el Facebook.
Que mi amigo el Kpot y Milan Kundera hayan llegado a la misma conclusión me resulta curioso. Pienso en el amor y el preguntar, y en el trabajo que hago todos los días intentando dar a la gente su espacio y reconocer que existen. En cómo la mirada del otro nos puede hacer llorar. Y ahora, mientras reflexiono sobre cómo cerrar el post y me pregunto por qué he escrito esta escena, me digo: porque mi blog es mi espacio, y escribo aquí para reconocer que existo yo. Para que mi existencia tenga cierta cualidad resonante de cosa que importa.
Nota: si percibís cierta incoherencia en el post es porque hoy estoy muy, muy cansada y escribo en plan simbólico para que se vea que le pongo empeño al asunto.
