Es jueves por la tarde y estoy sentada en una cafetería de Valladolid, donde llegué ayer para asistir a las jornadas de ANPIR. Hace un rato que han terminado las ponencias del día, así que me he escapado para escribir un rato. No sé muy bien cómo he llegado hasta aquí; de repente mis piernas han empezado a correr por las calles que empiezan a sonarme, y cuando me he querido dar cuenta estaba en este café, el Nueva Orleans, frente a un trozo de tarta de queso, un descafeinado y un puñado de folios.
La ciudad me está sorprendiendo. Me la imaginaba rancia, estática, pero es grande y animada, con zonas verdes y gente amable. Me gusta cuando hablas con alguien en el norte y en seguida te preguntan de dónde eres ("tú no eres de aquí, ¿verdad?"), y empiezan a contarte que ellos estuvieron en Cádiz hace X años y que les encanta, o que su sobrina estudió en Sevilla y que no veas qué calor.
Por la mañana me dedico a dar vueltas réflex en mano mientras espero a que mis compañeros amanezcan de resaca en el hostal, y pienso que últimamente paso mucho tiempo esperando a que la gente se despierte. Me atrapa la luz del cielo despejado de junio. No es como la de Cádiz, blanca y excesiva; ésta es rotunda, y llena de contrastes los objetos de las calles. La busco reflejada en las fuentes y rompiendo la superficie del suelo, e intento que aparezca en la cámara con la misma vibración con la que la estoy viendo yo.
Después reflexiono sobre la luz, sobre lo que es y por qué hoy me está enamorando tanto. El cerebro sólo puede procesar parte de los estímulos que recibe, así que si sólo te fijas en la luz durante un rato verás cómo el mundo cambia. Se te afila el ojo como si estuvieras dibujando a carboncillo y te das cuenta de la sutileza de los matices. Pienso que la luz hace que los objetos aparezcan reflejándose en ellos: sin ella estarían ahí, pero no podríamos verlos.
Trasladémonos a esta mañana de domingo, de vuelta en Cádiz. Sé que es un gran salto. De repente estoy en mitad de Castilla y, cuando me quiero dar cuenta, con siete horas de coche y unos cuantos cientos de mosquitos muertos en el frontal de la Dobloneta, he vuelto a Cádiz. A este universo líquido de aire salado y luz blanca. Por la mañana no sé muy bien qué hacer. Estoy cansada. Así que me acerco a nadar un rato a la piscina municipal, y después me voy a la playa a tomar el sol. Antes me compro un libro, "Bajo la misma estrella", que me llama la atención porque parece fácil y bonito y habla de gente con cáncer. Creo que ya hablé en algún punto de mi filia por los libros sobre cáncer y por lo urgente y preciosa que hacen parecer la vida. Éste me está gustando, aunque quizá no tanto como "Antes de morirme", que me pareció muy bueno.
La cosa es que me llama la atención este párrafo:
- Recuerdo una clase de mates en la facultad, una clase de mates buenísima que daba una mujer mayor muy bajita. Hablaba de la transformada rápida de Fourier cuando de repente se detuvo en mitad de una frase y dijo: "A veces parece que el universo quiere que lo observen. Eso es lo que creo. Creo que, aunque no lo parezca, el universo se posiciona a favor de la conciencia, que recompensa la inteligencia en parte porque disfruta de su elegancia cuando lo observa. ¿Y quién soy yo, que vivo en mitad de la historia, para decirle al universo que algo - o mi observación de algo - es temporal?.
Los libros, los buenos libros, y quizá escribir bien o, por lo menos, escribir a gusto, es en realidad lo único que me salva de la pena. No la distrae temporalmente, ni la transforma en la euforia vacía y falsa de "pero mira la de cosas positivas que tengo". La buena literatura le inyecta otra vez sentido a mi vida. La reanima. La colorea. Y en este domingo post viaje me hace falta algo así. Leo el párrafo de antes y lo conecto conmigo buscando la luz en Castilla. Pienso en el universo colocándose para ser mirado debajo de las vibraciones raras del sol que nos ha tocado, y en mí misma como voyeur infinita, como la persona que infinitamente mira a ese universo como si realmente él quisiera que lo hiciera. Como si esta inteligencia que intento desplegar sirviera para algo.
Y ahora vamos, Marina, busca una conclusión. Llevas un montón de días sin escribir. Tus lectores te odian. Así que piensa rápido en algo que pueda animarles este lunes. Tres conclusiones sobre la luz, rápido:
La primera es que hay que intentar ser luz sobre las cosas. Reflejarse en ellas. Hacerlas aparecer para que los demás las miren. A lo mejor no es muy útil, pero no es una mala forma de entretener el tiempo.
La segunda es que la luz, de hecho, siempre está. No hay que crearla, sino apartarse para dejar que aparezca.












