Ayer por la noche, justo antes de meterme en la cama y después de darle muchas vueltas, tomé una decisión. La decisión la habían dictado dos grandes quistes dolorosos en la base de mi cuello. Lo de tener Acné del Averno en la cara lo voy asumiendo, pero el cuello lo llevo peor. No sé por qué. Supongo que porque hasta este último brote, el cuello nunca había sido un problema. Lo tenía bonito: blanco, delgado y con mi estupendo cerebro sostenido encima. Ayer me palpaba la piel dolorida y pensé que se acabó. Que no puedo más. Así que la decisión se llama que esta niña de aquí se roacutanizará otra vez a partir del miércoles que viene. Viva y bravo.
El Roacután, para quien no lo sepa, es el nombre comercial del medicamento más poderoso que existe contra el Acné del Averno. Es un medicamento que ya he tomado varias veces, así que sé lo que va a pasar. En tres meses tendré la piel normal. En seis, pareceré una princesa. Después aguantaré un periodo variable más o menos bien y después estaré otra vez como al principio. Por el camino quizá me salgan eczemas, se me secarán los labios y me dolerán las articulaciones; todo para tener, como mucho, un año de paz.
Pero será Un Año de Paz y, francamente, necesito un respiro. Necesito ese año para poder pensar en otra cosa. Ya lo dije hace unos días: yo lo tengo todo menos alguien que se ocupe de hacerme favores. Y no está mal, porque yo me puedo ocupar bastante bien de mí. De forma precaria a veces, lo admito: cada vez pongo programas más cortos en la lavadora, y desde que el Zulo Autolimpiable se limpia solo, ni recuerdo la forma que tenía el estropajo del baño. Pero sé cuidarme. Aun así, a veces necesito de verdad que alguien se haga cargo y me diga: tú a lo tuyo, pequeña, que de esto me ocupo yo.
El Roacután va a hacer eso por mi cara durante un tiempo, y yo se lo agradezco.
Estoy luchando mucho en esto, y vosotros lo sabéis, pero he llegado a un punto muerto. Necesito sentirme normal un tiempecito, unos meses. No tener que hacer el esfuerzo de aceptar, o ignorar, o llámalo X, el extraño fenómeno que ataca mi cara, ni pensar posibles causas, ni cambiar de dieta cada mes. Es muy doloroso, es muy cansado y me merezco un respiro. Después veré cuál será la siguiente fase del plan. Quizá reúna valor para experimentar otra vez con la comida. Quizá me resigne a tomar anticonceptivos toda la vida; si, total, no creo que engañe a nadie para que se reproduzca conmigo. Mientras tanto, quiero pasarme un añito con mi cara como aliada en vez de como enemiga.
Estoy mucho más aliviada que avergonzada por esta decisión, de verdad. Estoy francamente contenta. Lo mío es un caso verdadero de antianorexia, porque yo me siento guapa por dentro, y cuando la piel se me rebela, me entran ganas de arrancármela con las uñas. Así que voy a dejar que alguien se encargue de que la piel de fuera enseñe la belleza que yo siento por dentro. Voy a disfrutar del proceso. Después ya se verá.
PD: Abro de nuevo los comentarios y retorno a mi política de contestarlos todos. Disculpad que me haya dejado ir un poco esta última semana.
viernes, 14 de diciembre de 2012
No dormir
Ya hace tiempo que no me gusta dormir, en el sentido de que me parece una pérdida de tiempo. Dormimos, entre otras cosas, para darnos un respiro de realidad. Porque demasiada vida sobre nuestros hombros puede resultar agotadora. Hoy me gustaría poder recargar energía en un rato y seguir aquí. Hoy querría escribir insomne toda la noche. Quizá debería hacerlo. Quizá la misma energía que puede mantenerme despierta para estar de fiesta podría aguantarme también hoy, y entonces me quedaría aquí tecleando hasta que amaneciera el día detrás de la ventana. Escribiría sobre mi primer beso. El primer beso verdadero; nada de aquellos contactos seguros y torpes jugando a la botella y a las tres monedas. El beso que nos dimos al final de la ruta del Cares el chico al que conocí en un campamento con catorce años y yo. Nos sentamos en el lecho de un arroyo, él me pasó el brazo por los hombros y nos besamos como dos trenes que se chocan. ¿Quién te enseñó a besar?, dijo él luego; no sé si lo pensaba de verdad o si era peloteo. Una vez alguien me dijo que todo el mundo piensa que besa bien. Pues claro. Yo beso bien. Me gustan los besos decididos y sin babas. No me gustan los besos breves ni los labios blandos. Me gustan el mordisqueo y los agarres de pelo. No me gustan los dientes que chocan. Me gustan las lenguas por el borde de los labios y los ojos abiertos.
Querría escribir sobre muchas cosas hoy. Sobre mente y ficción, sobre las personas, sobre el señor de mi barrio que tenía una tiendecita pequeña y que la cerró hace unos días porque ya no vendía. Ni siquiera sabía su nombre, pero me saludaba con mucha alegría cada vez que pasaba por su puerta, como si de verdad se sintiera feliz de verme. Siento mucho que haya tenido que cerrar su tienda; por él y por mí, que me voy a perder sus sonrisas resplandecientes cuando volvía a casa cargada con la mochila de escalar. Querría escribir sobre ti, por qué no. Sobre todos tus detalles y todo lo que te hace persona. O quizá querría escribirte sobre todo lo que me gusta a mí y me hace persona. A veces pienso en ti y tengo que decir tu nombre con los labios porque no me cabes entero dentro del pecho. Sé que ni siquiera escribirte me salvaría.
Ahora podría escribir cualquier cosa, hacer cualquier cosa. Cualquier cosa menos dormir; todo menos perderle al día seis o siete horas valiosas entregada a los caprichos de mi subconsciente, que se empeña en soñar con el pasado, con gente que no existe o que no me quiere, y que me recuerda que olvidar no es nada sencillo. Cualquier cosa menos eso.
Pero no me queda más remedio, así que duermo. Cierro el portátil, cierro los ojos y duermo. Recordando que mejor no ponerme dramática, porque las cosas están bastante bien como son. Recordando, eso siempre, que lo mejor de no poder escribir más es querer hacerlo.
Querría escribir sobre muchas cosas hoy. Sobre mente y ficción, sobre las personas, sobre el señor de mi barrio que tenía una tiendecita pequeña y que la cerró hace unos días porque ya no vendía. Ni siquiera sabía su nombre, pero me saludaba con mucha alegría cada vez que pasaba por su puerta, como si de verdad se sintiera feliz de verme. Siento mucho que haya tenido que cerrar su tienda; por él y por mí, que me voy a perder sus sonrisas resplandecientes cuando volvía a casa cargada con la mochila de escalar. Querría escribir sobre ti, por qué no. Sobre todos tus detalles y todo lo que te hace persona. O quizá querría escribirte sobre todo lo que me gusta a mí y me hace persona. A veces pienso en ti y tengo que decir tu nombre con los labios porque no me cabes entero dentro del pecho. Sé que ni siquiera escribirte me salvaría.
Ahora podría escribir cualquier cosa, hacer cualquier cosa. Cualquier cosa menos dormir; todo menos perderle al día seis o siete horas valiosas entregada a los caprichos de mi subconsciente, que se empeña en soñar con el pasado, con gente que no existe o que no me quiere, y que me recuerda que olvidar no es nada sencillo. Cualquier cosa menos eso.
Pero no me queda más remedio, así que duermo. Cierro el portátil, cierro los ojos y duermo. Recordando que mejor no ponerme dramática, porque las cosas están bastante bien como son. Recordando, eso siempre, que lo mejor de no poder escribir más es querer hacerlo.
martes, 11 de diciembre de 2012
Siete chorradas que todo psicólogo ha tenido que escuchar alguna vez
Aclaraciones previas a este post:
1) Me encanta mi trabajo, es genial y no lo cambiaría por nada del mundo.
2) Cada curro tiene su idiosincrasia, y estoy segura de que todos los gremios están hartos de cosas. Seguro que los fisioterapeutas odian que les pidan masajes o los médicos que les hagan consultas chungas de pasillo.
3) En general, la gente que me rodea respeta y valora mi trabajo.
4) Aunque no fuera así, me la pela porque yo lo respeto y lo valoro, me parece el más flipante del mundo y me acuesto todos los días dando gracias al cielo por haberlo elegido.
Dicho esto, hoy vamos a tener un arrebato sobre las diez chorradas que todo psicólogo ha escuchado alguna vez y lo que pensamos de ellas en realidad.
1. ¡No me psicoanalices!
Vale. Lo pillo. Pillo que para ti todos los psicólogos psicoanalizan. Entiendo que no tienes que saber que el psicoanálisis está más pasado de moda que hacerse la permanente, ni que hay como veinte millones de orientaciones psicoterapéuticas más recientes e interesantes. Aun así, no te estoy psicoanalizando. Te miro y/o te escucho, punto, y muy probablemente mientras lo hago mi cerebro está pensando en dibujitos antiguos de Mickey Mouse, como el de Homer.
2. Yo es que no creo en los psicólogos.
Aquí lo que me pone de mala leche no es el concepto en sí, sino lo mal que se expresa la gente. Puedes decirme que no crees que los psicólogos sean útiles. Puedes decir que no piensas que la mayoría de la gente necesite un psicólogo. Pero no creer en los psicólogos es imposible. Estamos aquí y no necesitamos de tu fe para existir. No somos Papá Noel.
La última respuesta que estoy ensayando cuando me dicen eso es ésta:

3. Yo no soy psicólogo, pero... (seguida por cualquier tipo de afirmación acerca de la vida/ las relaciones/ el comportamiento humano/ etc).
No hace falta que aclares que no eres psicólogo. Da tu opinión y ya. Todos intentamos explicar el comportamiento de los demás y el nuestro, y tu explicación es tan válida como la mía. De nuevo: no voy por ahí juzgando a la gente, ni la psicología me da una visión arácnida perspicaz sobre Absolutamente Todo.
4. Yo soy muy psicólogo/ mis amigos me dicen que soy su psicólogo/ yo tenía que haber sido psicólogo.
No. Lo sentimos, pero no. Dar consejos a tu colega no te convierte en psicólogo. Escuchar a tu hermano y luego decirle "pues yo lo que haría sería tal y cual" no te convierte en psicólogo. Puede que tengas paciencia, puede que sepas escuchar, puede que los demás confíen en ti, pero no tienes ni puñetera idea de lo que se hace en la consulta de un psicólogo. Si todo va bien, me voy a pasar diez años formándome para ser clínica, y lo más seguro es que cuando llegue allí no haya hecho más que empezar. El comportamiento humano es complejísimo. Una intervención psicológica bien hecha es algo muy, muy delicado. Nadie dice "yo soy muy médico". Ser psicólogo no es una característica de personalidad: es una profesión.
5. Oye, tú que eres psicóloga, ¿qué hago con (situación compleja de la vida)?
No tengo ningún problema en escuchar e intentar aconsejar a la gente. Me gusta, de hecho. Lo que pasa es que está comprobado que los consejos gratuitos de un psicólogo conocido se van a la basura la mayor parte de las veces. Es una cuestión de encuadre. Lo mismo que te digo yo te lo dice un terapeuta prestigioso a setenta euros la sesión y te lo crees más; eso es así. La disposición para el cambio no es igual cuando uno va a la consulta de un profesional que cuando el profesional está enfrente tomándose un cafelito. Así que si quieres cuéntame lo que sea, pídeme opinión, pero no me la pidas "como psicóloga", porque es imposible que te la dé. No soy tu psicóloga: soy tu colega o tu amiga.
6. Y tú entonces ¿qué haces con tus pacientes? ¿charlar?
Sí, básicamente hago eso. Charlo. De la vida y tal. De Belén Esteban, Iker Casillas y la última temporada de Amar en Tiempos Revueltos. Yo entiendo que lo mío no sea tan espectacular como, qué te digo yo, intubar a un tío en parada cardiorrespiratoria, pero también es una intervención, y es complicada, y tiene consecuencias. Yo dialogo, converso, utilizo las palabras, pero no charlo.
7. Entonces, la diferencia entre un psicólogo y un psiquiatra ¿cuál es? ¿que tú no puedes medicar?
Sí, bueno. Y la carrera que hemos estudiado y tal. Ya sabes: medicina, psicología... no están exactamente superpuestas.
Mi amiga Luna siempre dice que ella no quiere medicar. Yo tampoco. Creo que no poder medicar es un estímulo para ser más creativo con todas las otras herramientas de las que dispones. Te deja desnudo. No puedes recurrir al socorrido "bueno, pues te voy a poner algo para que duermas mejor".
Que conste que me llevo muy bien con los psiquiatras en general y que los MIRes de Cádiz, en particular, son Puro Amor. Que conste también que una medicación bien puesta puede ayudar mucho, mucho.
Hale, fin de mi volunto. Seguro que me faltan frases, porque hay muchas. Pero en realidad, cuando me dicen alguna de las anteriores no me cabreo. Me encojo de hombros y pienso que está bien así. Que no sepan de psicología. En primer lugar, porque eso quiere decir que nunca han necesitado un psicólogo, y eso es genial. En segundo lugar, porque me mola que no se sepa exactamente lo que hacemos. Que podamos convertirnos, como dice Batalecotal, en la mano en la sombra. Anxo hablaba el otro día de la humildad necesaria en esto. Casi nunca se te atribuyen los cambios; casi siempre hay otra forma más lógica de explicarlo. Pero tú estás ahí y sabes lo que hay. Sabes lo que sabes y lo que curras. Y, sobre todo, sabes que en psicoterapia, como en muchos otros campos del conocimiento, una tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.
1) Me encanta mi trabajo, es genial y no lo cambiaría por nada del mundo.
2) Cada curro tiene su idiosincrasia, y estoy segura de que todos los gremios están hartos de cosas. Seguro que los fisioterapeutas odian que les pidan masajes o los médicos que les hagan consultas chungas de pasillo.
3) En general, la gente que me rodea respeta y valora mi trabajo.
4) Aunque no fuera así, me la pela porque yo lo respeto y lo valoro, me parece el más flipante del mundo y me acuesto todos los días dando gracias al cielo por haberlo elegido.
Dicho esto, hoy vamos a tener un arrebato sobre las diez chorradas que todo psicólogo ha escuchado alguna vez y lo que pensamos de ellas en realidad.
1. ¡No me psicoanalices!
Vale. Lo pillo. Pillo que para ti todos los psicólogos psicoanalizan. Entiendo que no tienes que saber que el psicoanálisis está más pasado de moda que hacerse la permanente, ni que hay como veinte millones de orientaciones psicoterapéuticas más recientes e interesantes. Aun así, no te estoy psicoanalizando. Te miro y/o te escucho, punto, y muy probablemente mientras lo hago mi cerebro está pensando en dibujitos antiguos de Mickey Mouse, como el de Homer.
2. Yo es que no creo en los psicólogos.
Aquí lo que me pone de mala leche no es el concepto en sí, sino lo mal que se expresa la gente. Puedes decirme que no crees que los psicólogos sean útiles. Puedes decir que no piensas que la mayoría de la gente necesite un psicólogo. Pero no creer en los psicólogos es imposible. Estamos aquí y no necesitamos de tu fe para existir. No somos Papá Noel.
La última respuesta que estoy ensayando cuando me dicen eso es ésta:

3. Yo no soy psicólogo, pero... (seguida por cualquier tipo de afirmación acerca de la vida/ las relaciones/ el comportamiento humano/ etc).
No hace falta que aclares que no eres psicólogo. Da tu opinión y ya. Todos intentamos explicar el comportamiento de los demás y el nuestro, y tu explicación es tan válida como la mía. De nuevo: no voy por ahí juzgando a la gente, ni la psicología me da una visión arácnida perspicaz sobre Absolutamente Todo.
4. Yo soy muy psicólogo/ mis amigos me dicen que soy su psicólogo/ yo tenía que haber sido psicólogo.
No. Lo sentimos, pero no. Dar consejos a tu colega no te convierte en psicólogo. Escuchar a tu hermano y luego decirle "pues yo lo que haría sería tal y cual" no te convierte en psicólogo. Puede que tengas paciencia, puede que sepas escuchar, puede que los demás confíen en ti, pero no tienes ni puñetera idea de lo que se hace en la consulta de un psicólogo. Si todo va bien, me voy a pasar diez años formándome para ser clínica, y lo más seguro es que cuando llegue allí no haya hecho más que empezar. El comportamiento humano es complejísimo. Una intervención psicológica bien hecha es algo muy, muy delicado. Nadie dice "yo soy muy médico". Ser psicólogo no es una característica de personalidad: es una profesión.
5. Oye, tú que eres psicóloga, ¿qué hago con (situación compleja de la vida)?
No tengo ningún problema en escuchar e intentar aconsejar a la gente. Me gusta, de hecho. Lo que pasa es que está comprobado que los consejos gratuitos de un psicólogo conocido se van a la basura la mayor parte de las veces. Es una cuestión de encuadre. Lo mismo que te digo yo te lo dice un terapeuta prestigioso a setenta euros la sesión y te lo crees más; eso es así. La disposición para el cambio no es igual cuando uno va a la consulta de un profesional que cuando el profesional está enfrente tomándose un cafelito. Así que si quieres cuéntame lo que sea, pídeme opinión, pero no me la pidas "como psicóloga", porque es imposible que te la dé. No soy tu psicóloga: soy tu colega o tu amiga.
6. Y tú entonces ¿qué haces con tus pacientes? ¿charlar?
Sí, básicamente hago eso. Charlo. De la vida y tal. De Belén Esteban, Iker Casillas y la última temporada de Amar en Tiempos Revueltos. Yo entiendo que lo mío no sea tan espectacular como, qué te digo yo, intubar a un tío en parada cardiorrespiratoria, pero también es una intervención, y es complicada, y tiene consecuencias. Yo dialogo, converso, utilizo las palabras, pero no charlo.
7. Entonces, la diferencia entre un psicólogo y un psiquiatra ¿cuál es? ¿que tú no puedes medicar?
Sí, bueno. Y la carrera que hemos estudiado y tal. Ya sabes: medicina, psicología... no están exactamente superpuestas.
Mi amiga Luna siempre dice que ella no quiere medicar. Yo tampoco. Creo que no poder medicar es un estímulo para ser más creativo con todas las otras herramientas de las que dispones. Te deja desnudo. No puedes recurrir al socorrido "bueno, pues te voy a poner algo para que duermas mejor".
Que conste que me llevo muy bien con los psiquiatras en general y que los MIRes de Cádiz, en particular, son Puro Amor. Que conste también que una medicación bien puesta puede ayudar mucho, mucho.
Hale, fin de mi volunto. Seguro que me faltan frases, porque hay muchas. Pero en realidad, cuando me dicen alguna de las anteriores no me cabreo. Me encojo de hombros y pienso que está bien así. Que no sepan de psicología. En primer lugar, porque eso quiere decir que nunca han necesitado un psicólogo, y eso es genial. En segundo lugar, porque me mola que no se sepa exactamente lo que hacemos. Que podamos convertirnos, como dice Batalecotal, en la mano en la sombra. Anxo hablaba el otro día de la humildad necesaria en esto. Casi nunca se te atribuyen los cambios; casi siempre hay otra forma más lógica de explicarlo. Pero tú estás ahí y sabes lo que hay. Sabes lo que sabes y lo que curras. Y, sobre todo, sabes que en psicoterapia, como en muchos otros campos del conocimiento, una tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.
Etiquetas:
Arrebatos y voluntos,
Mi puntito nazi,
Psicología,
Trabajo
lunes, 10 de diciembre de 2012
Magia
Yo le digo a mi paciente que respire. Que visualice su dolor y cree un espacio alrededor. Que deje entrar aire, que imagine una luz azul que llega desde su nariz hacia su estómago y que no es que elimine el dolor, pero sí lo envuelve en algo bonito.
A mi paciente no le sirve un carajo y le duele igual. He de aprender más sobre la hipnosis.
Sin embargo, hoy me acuerdo de ella porque me he despertado con un dolor aquí, y no sé por qué. Es hostil, este puto frío húmedo. Me levanto cada día gruñendo después de resistirme media hora a sacar los brazos de debajo de la manta. Mi habitación se queda tan fría que si me dijeran que es el espíritu del anterior inquilino muerto, me lo creería. Hoy a primera hora me sentía gorda. Después he dado una sesión clínica y me han preguntado nosequé chorrada sobre la eficiencia y la eficacia. Después otra paciente me ha mirado fijamente desde su lado de la mesa y me ha dicho "me estás cambiando la vida", y yo casi lloro. Eso es eficacia.
Al mediodía vuelvo a casa con el ánimo por los suelos. Tengo otra sesión el jueves y, poniendo en marcha mis propios consejos sobre la superprocrastinación, he empezado hoy. El tema es "Medicina basada en la evidencia", y tengo que relatar una búsqueda bibliográfica intensiva. Creo que hablar de la reproducción de las babosas sería más interesante. Así que aterrizo en mi casa, me preparo unos huevos revueltos y me siento frente al ordenador. Entonces leo un mail de Ángel, mi pupilo barrita coach, que me recomienda este blog. Y hago clic. Y lo leo, y de repente me vuelve así de repente el amor por la vida, el recuerdo de las cosas buenas y la compasión por el mundo.
Ese tío, el tal Holden Caulfield, me parece un genio blogueramente hablando. Un mojabragas, por supuesto pero, ¿qué bloguero no intenta serlo? Y puestos a mojar bragas, es mejor si uno lo hace con ese estilo y esa capacidad de observación sincera de los detalles. Me parece un genio porque en cinco minutos escasos de lectura de post ha convertido un día de mierda en un día fabuloso. Es frustrante, no creáis: yo aquí escribiendo desde que era chica, literalmente, y aunque estoy más que orgullosa de lo que hago, todavía no he encontrado la forma de tocar todas las teclas tan a la vez y con tanta armonía como ese chico.
Así que ataco mi sesión con energía, y después de un par de horas de trabajo fructífero, cierro el portátil y me voy al roco. Y adivinad el coche de quién veo en la puerta, y adivinad quién es la idiota que se baja de la furgo casi tambaleándose y con el cerebro cortocircuitado. Sí, la misma. La rubia, que se queda mirando al chico en cuestión con sonrisa de descerebrada y después se pone a escalar como si el mundo fuera a acabarse mañana y ser capaz de colgarse de un agarre romo fuera condición necesaria para salir bien parada en el Apocalipsis.
Al menos la cosa mejora, porque en el roco pasa que hay picos de actividad, y lo mismo coincidimos diez jipis que de repente todo el mundo decide que es la hora de irse y nos quedamos tres. Así que cuando me quiero dar cuenta ese maldito engendro de Satán cuyo nombre ni siquiera voy a mencionar se ha largado, y con él casi todos los demás, y estamos Juanjo, el valenciano loco que me tira literalmente de la risa mientras escalo, un chico italiano peinado por su enemigo y yo. La puerta de la nave se ha quedado abierta y entra el fresquito nocturno. Me gusta mucho entrenar con Juanjo. Me río y aprieto: dos en uno. El italiano se va y nos quedamos marcándonos vías y haciendo bloque, y me doy cuenta de que ha dejado de importarme la hora que es, o la sesión clínica, o el engendro de Satán: estoy disfrutando de este momento de una forma total.
Acabamos a las diez y media porque no podemos más. "Maldita navidad", comenta Juanjo al salir, no sé bien a santo de qué. "¿No te gusta?", le pregunto. Los antinavidistas debemos unirnos entre nosotros. "Bueno", me explica, "la odio por odiar algo, pero en realidad me pongo tierno. Está oscuro, los colores son bonitos, hace fresco y veo a mis amigos". Me sonríe debajo de su capucha verde. Le doy un abrazo de despedida, le planto un beso en la mejilla y me voy a mi coche contenta. Mientras conduzco hacia la Isla tratando de distinguir los faros de los coches con mis gafas mal graduadas, pienso que a mi día de hoy he sido capaz de darle espacio, como mi paciente a su dolor de estómago. Sencillamente respiras y dejas que entre la magia, y aparece en forma de agradecimiento, de textos bonitos o de bloques compartidos con un valenciano adorable. Y eso mola muchísimo. La vida mola muchísimo.
No puedo terminar este post absolutamente inconexo sin mencionar a Toni, que también creó magia esta mañana tan gris cuando me regañaba en los comentarios por haberle dejado sin mi dosis de mí. Aquí va el almíbar, Toni. Algún día mis lectores os daréis cuenta de la enorme importancia que tenéis en mis días, modo peloteo off. Porque como dice Murakami en De qué hablo cuando hablo de correr, siento que mi prioridad en la vida no es entablar una relación con una persona específica, sino con un número indeterminado de lectores. Y en eso ando. Y no tendría sentido sin vosotros. Así que aquí sigo, comprometiéndome con esto cada día, intentando llevar cualquier vida siempre y cuando me permita escribir cada vez un poquito mejor.
Y está bien así.
domingo, 9 de diciembre de 2012
Se me ha hecho tarde...
... así que no escribo hoy. Pero si tenéis mono de mi pluma perspicaz y mi verborrea incontenible, podéis leer sobre cómo salir de Autoayudalandia, ese país feliz donde las casas están hechas de libros de Bucay y todo el mundo se saluda con posturas de tai-chi.
Sed felices. Tened un bonito lunes. Para compensar, mi post de mañana va a ser puro peloteo al lector, lo prometo.
Sed felices. Tened un bonito lunes. Para compensar, mi post de mañana va a ser puro peloteo al lector, lo prometo.
sábado, 8 de diciembre de 2012
Resaca
Hoy es uno de esos días en los que querría escribir algo tan íntimo y tan autocompasivo que al terminar pudiera hacerme una pelotita y llorar. Supongo que será porque tengo resaca. La cuestión es que ayer me fui de fiesta con los Patos y bueno, fue divertido. Tenía el guapo subido. Había ido a la peluqueria y la Nazi Flequillil decidió alinearse con los astros para dejarme el pelo muy bien, así que fue una de esas noches en las que te da igual cómo vaya todo lo demás, porque tu pelo está precioso.
Me puse un vestido negro que truequé este verano a alguien de la roquipandi, botas negras, medias negras y veinte kilos de sombra de ojos. Me sentía quinceañera y absurda arreglándome para salir. Estas últimas semanas me he ido de fiesta unas cuantas noches. Es raro, porque nunca he sido fiestera, y desde que escalo y quiero reservar mis fuerzas para la roca, todavía menos. Pero ayer ya había decidido tomarme el finde de descanso y lo único que quería era darle un ostión químico a mi sensato cerebro.
No sé por qué se bebe o por qué no. En mi caso, a veces me canso de llevar esta vida intachable, mezcla entre escritora prolífica, psicóloga encantadora y filántropa decidida. Ayer una paciente me dijo que era su ángel. Me cogió de las manos, me miró con arrobo y dijo que el Señor me había puesto en su camino. Así que gastarme un dineral indecente en gintonics y terminar preguntando a las ocho de la mañana si en la cafetería del hospital tienen churros era un contrapunto necesario. No soy tan buena. De verdad que no lo soy. Tengo un caudal enorme de malos pensamientos. Soy envidiosa y glotona, he vuelto a perder la costumbre de fregar los platos enseguida y la mitad de las veces no estiro cuando escalo. Eludo a pacientes de la interconsulta porque no me caen bien. Deseo en demasiadas ocasiones a los hombres ajenos.
Hay un chico. Un chico muy alto que me recuerda a MQEN en sus inicios y me ignora más o menos de la misma manera. Y es una pena, porque a estas alturas de la vida, aguantar hasta la última copa para compartir un baile con su hermosa nuca sólida no es lo que estamos buscando. Todo va bien menos eso. No lo del alto, ya me entendéis, sino lo de la soledad, y ya sé, LO SÉ, que no tengo que quejarme, y ya sé también que todo llegará, pero es que es MENTIRA y yo estoy empezando a preocuparme por si estoy tarada. Porque ¿mira que si lo estoy? ¿mira que si las celivibraciones son un concepto real? Emito ultrasonidos de antilujuria y a mi alrededor la gente se da cuenta de que no podrían soportarme en privado mucho más de cinco minutos.
Pero todo esto no son más que arrebatos autocompasivos de sábado resacoso, y lo sé. Lo pasé bien anoche con los patos. Fue divertido bailar Gagnam Style y teletransportarme a las siete al piso de nosequién a fumar marihuana. Estuvo bien darme cuenta de que en el momento apropiado podría matar por unos churros. Es simplemente que no es lo que quiero. Así que no creo que lo repita muchas más veces.
Me puse un vestido negro que truequé este verano a alguien de la roquipandi, botas negras, medias negras y veinte kilos de sombra de ojos. Me sentía quinceañera y absurda arreglándome para salir. Estas últimas semanas me he ido de fiesta unas cuantas noches. Es raro, porque nunca he sido fiestera, y desde que escalo y quiero reservar mis fuerzas para la roca, todavía menos. Pero ayer ya había decidido tomarme el finde de descanso y lo único que quería era darle un ostión químico a mi sensato cerebro.
No sé por qué se bebe o por qué no. En mi caso, a veces me canso de llevar esta vida intachable, mezcla entre escritora prolífica, psicóloga encantadora y filántropa decidida. Ayer una paciente me dijo que era su ángel. Me cogió de las manos, me miró con arrobo y dijo que el Señor me había puesto en su camino. Así que gastarme un dineral indecente en gintonics y terminar preguntando a las ocho de la mañana si en la cafetería del hospital tienen churros era un contrapunto necesario. No soy tan buena. De verdad que no lo soy. Tengo un caudal enorme de malos pensamientos. Soy envidiosa y glotona, he vuelto a perder la costumbre de fregar los platos enseguida y la mitad de las veces no estiro cuando escalo. Eludo a pacientes de la interconsulta porque no me caen bien. Deseo en demasiadas ocasiones a los hombres ajenos.
Hay un chico. Un chico muy alto que me recuerda a MQEN en sus inicios y me ignora más o menos de la misma manera. Y es una pena, porque a estas alturas de la vida, aguantar hasta la última copa para compartir un baile con su hermosa nuca sólida no es lo que estamos buscando. Todo va bien menos eso. No lo del alto, ya me entendéis, sino lo de la soledad, y ya sé, LO SÉ, que no tengo que quejarme, y ya sé también que todo llegará, pero es que es MENTIRA y yo estoy empezando a preocuparme por si estoy tarada. Porque ¿mira que si lo estoy? ¿mira que si las celivibraciones son un concepto real? Emito ultrasonidos de antilujuria y a mi alrededor la gente se da cuenta de que no podrían soportarme en privado mucho más de cinco minutos.
Pero todo esto no son más que arrebatos autocompasivos de sábado resacoso, y lo sé. Lo pasé bien anoche con los patos. Fue divertido bailar Gagnam Style y teletransportarme a las siete al piso de nosequién a fumar marihuana. Estuvo bien darme cuenta de que en el momento apropiado podría matar por unos churros. Es simplemente que no es lo que quiero. Así que no creo que lo repita muchas más veces.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Coach literaria
No sé si os conté que me he empleado como coach literaria de Ángel, mi lector de Seattle que ya no está en Seattle. Hemos llegado a un acuerdo business por el cual yo le ayudo a escribir mejor y él me ayuda a organizar mi nueva página web. Hoy hemos tenido nuestra primera reunión de trabajo, Chispas: una intensa conversación por Skype donde hemos acordado los objetivos y plazos de la próxima semana.
Me gusta Ángel. Es disciplinado, entusiasta y curioso. Me pregunta cosas sobre la escritura y las va apuntando sobre la marcha en un archivo de texto. La idea del coaching es constituir una especie de taller literario personalizado, totalmente a su medida. Es complicado, porque hay que afinar mucho más que cuando se dan talleres grupales. Cualquier posible descontento ya no es achacable al ritmo de los demás o a la dinámica del grupo. Si no acierto con los ejercicios y las instrucciones, será culpa mía.
Cuando intento enseñar escritura, me aturrullo. Quiero explicarlo todo a la vez. Me gustaría evitarle al futuro escritor mis veinte años de penuria literaria antes de llegar a este punto de paz relativa con mi vicio. Ángel me pregunta cómo hago para escribir los post. ¿Tengo esquemas previos? ¿Simplemente me siento a ver lo que sale?
Hoy hablaba con Anxo de los rituales y pensaba que quizá debería crear uno para escribir. Hubo una época en que encendía velas y otra en la que me pintaba las uñas, pero en general mi método consiste en sentarme aquí y dejar que mi mente divague un rato. Hay días que tengo muy clara una idea. A veces sé el principio y no el final, o viceversa. Lo importante es arrancar. Después puedo distinguir con facilidad lo aburrido de lo potente, así que recorto sin piedad o directamente lo borro todo y empiezo desde el principio. Casi nunca soy capaz de dejar el día vacío de entradas; suelo obligarme varias veces hasta que saco algo con lo que estoy medio contenta.
Imagino que no hay atajos en esto de escribir, aunque espero que Ángel empiece a sentirse cómodo antes de que pasen veinte años. Ayer le comentaba al Señor M. que no menosprecie la capacidad de un blog para cambiarnos la vida. Creo que persistir en algo puede tener resultados sorprendentes. El compromiso, por sí solo, es capaz de transformarnos.
Estoy cansada. Eso también me gustaría decírselo a Ángel. Estar cansado tampoco tiene tanto que ver con poder o no escribir, igual que estar triste o angustiado. Lo importante es seguir: atravesar todo eso y llegar al otro lado, a un lugar sin tiempo y sin espacio donde uno simplemente escribe lo que la mente le dice.
Ojalá pueda ayudarte, Ángel. Ojalá que llegues a disfrutar de escribir tanto como lo hago yo. Voy a intentar de verdad hilar fino y a pensar en la forma de que esto llegue a buen puerto. Pero tú no te preocupes por nada. Tú escribe.
Me gusta Ángel. Es disciplinado, entusiasta y curioso. Me pregunta cosas sobre la escritura y las va apuntando sobre la marcha en un archivo de texto. La idea del coaching es constituir una especie de taller literario personalizado, totalmente a su medida. Es complicado, porque hay que afinar mucho más que cuando se dan talleres grupales. Cualquier posible descontento ya no es achacable al ritmo de los demás o a la dinámica del grupo. Si no acierto con los ejercicios y las instrucciones, será culpa mía.
Cuando intento enseñar escritura, me aturrullo. Quiero explicarlo todo a la vez. Me gustaría evitarle al futuro escritor mis veinte años de penuria literaria antes de llegar a este punto de paz relativa con mi vicio. Ángel me pregunta cómo hago para escribir los post. ¿Tengo esquemas previos? ¿Simplemente me siento a ver lo que sale?
Hoy hablaba con Anxo de los rituales y pensaba que quizá debería crear uno para escribir. Hubo una época en que encendía velas y otra en la que me pintaba las uñas, pero en general mi método consiste en sentarme aquí y dejar que mi mente divague un rato. Hay días que tengo muy clara una idea. A veces sé el principio y no el final, o viceversa. Lo importante es arrancar. Después puedo distinguir con facilidad lo aburrido de lo potente, así que recorto sin piedad o directamente lo borro todo y empiezo desde el principio. Casi nunca soy capaz de dejar el día vacío de entradas; suelo obligarme varias veces hasta que saco algo con lo que estoy medio contenta.
Imagino que no hay atajos en esto de escribir, aunque espero que Ángel empiece a sentirse cómodo antes de que pasen veinte años. Ayer le comentaba al Señor M. que no menosprecie la capacidad de un blog para cambiarnos la vida. Creo que persistir en algo puede tener resultados sorprendentes. El compromiso, por sí solo, es capaz de transformarnos.
Estoy cansada. Eso también me gustaría decírselo a Ángel. Estar cansado tampoco tiene tanto que ver con poder o no escribir, igual que estar triste o angustiado. Lo importante es seguir: atravesar todo eso y llegar al otro lado, a un lugar sin tiempo y sin espacio donde uno simplemente escribe lo que la mente le dice.
Ojalá pueda ayudarte, Ángel. Ojalá que llegues a disfrutar de escribir tanto como lo hago yo. Voy a intentar de verdad hilar fino y a pensar en la forma de que esto llegue a buen puerto. Pero tú no te preocupes por nada. Tú escribe.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
