massobreloslunes

domingo, 9 de octubre de 2011

Clasficaciones inventadas, I: Los niveles del gustar

Este fin de semana, entre trepajes y furgoneteos varios, andaba yo pensando en los matices del gustar. Cómo la atracción es tan variada y sutil como personas hay en el planeta tierra. Ahora que navego más a gusto por los mares de la soltería, sobre todo desde que me dio por escalar y estoy comprobando que hay un porcentaje preocupante de escaladores buenorros, me he dado cuenta de que te pueden gustar tíos/as de muchas maneras. A continuación os cuento los niveles del gustar que he experimentado yo, aunque no sé si están todos los que son o son todos los que están. Es un primer borrador.

No te gusta pero querrías que te gustara. Esto quiere decir que a cierto nivel sí te gusta. Te parece guapo, conveniente, buena persona, apropiado, cómodo. Pero falta algo. Quizá lo que podríamos definir como chispa. Ni siquiera se trata de atractivo físico, porque a mí me ha pasado esto con chicos que me parecían realmente guapos y es muy triste. A veces he llegado a pensar que se trataba sólo del olor, o de las feromonas. El caso es que cuando pasa, no tiene remedio. Y para los que no saben si la chispa es importante, repetiré lo que le comenté una vez a Primaveritis: intenta arrancar una moto sin chispa. Intenta encender un mechero sin chispa. Nada que hacer.

Una variante es cuando no te gusta pero querrías que te gustara porque tú a él sí le gustas. Esto es una putada. Piensas: con lo a gusto que me daría yo el lote con este chico, que está tan bien dispuesto y que me mira con ojos de cordero degollado, si tan sólo me atravesara una pasión devastadora por él, aunque fuera un ratito. Pero nada, que de donde no hay no se puede sacar. Como leí una vez en algún sitio: en el mundo sí hay amor, pero está mal colocado.

Te hace gracia... pero en verdad no. Conoces a un chico, te fijas un poco y no tienes claro si te gusta o no. Se decidirá en sutiles matices: lo que diga, lo que haga, su voz, su acento, su sonrisa... Aquí cada uno tiene miles de millones de manías; un poner: no creo que pudiera enrollarme con un tío que cecea. La cortada de rollo se puede producir en un segundo. Cuando yo tenía diecisiete años me pasé un montón de días muriendo de amor por el monitor de un campamento, que encima también me hacía ojitos... hasta que me confesó que no quería cumplir veinte años siendo virgen. Cortada de rollo mortal. A mí se me puede cortar el rollo en milésimas de segundo por detalles diminutos; no sé si le pasa a todo el mundo, pero me jode porque me estropea hermosas posibilidades amatorias.

Te hace gracia... y al final sí. Esto mola. Esos momentos en los que estás decidiendo si un maromo te entra o no por los ojos y por el corazoncito... Saludas, das dos besos, te presentas... luego charlas un rato, te vas, le miras de reojo, charlas, te vuelves a ir y cuando te quieres dar cuenta resulta que sí, que te mola. A partir de ahí, según se desarrolle la cosa y dependiendo de si triunfas o no, será más bien bonito o más bien frustrante. Pero en general me gusta cuando alguien me gusta, valga la redundancia.

Te da igual una cosa que la otra. Éste es un nivel agradable del gustar, más que nada porque te permite maniobrar con comodidad. Si alguien te gusta de verdad de verdad, te vuelves gilipollas, estás acojonado, todo te importa un montón y no sabes muy bien cómo actuar. Pareces estúpida, te muestras ansiosa y esto puede deteriorar tus habilidades de ligue, e incluso ahuyentar al chaval. Si te la pela un poco, en plan "oye, pues yo te daría bambú, pero tampoco creo que vayas a ser el padre de mis hijos", es mucho más fácil ser natural, interesante e incluso hacerte la difícil... porque no es que te hagas la difícil, es que como te da un poco igual puedes llegar a pasar del tema y a provocar el instinto cazador del maromo en cuestión. Los tíos son así. Lo que pasa con este nivel del gustar es que como arriesgas poco, también ganas poco, y es probable que lo que suceda no quede para la historia de "ligues que nunca olvidaré y contaré a mis nietos en plan Los Puentes de Madison".

Te duele mirarle. Aquí ya estamos hablando de palabras mayores. Es esa persona que parece que se construyó en un molde de feromonas a imagen y semejanza de las tuyas. Que combina un atractivo natural con parecerse a tu actor favorito, u oler super bien, o tener gestos adorables, o una voz increíble, o unas manos de ensueño, o todo a la vez, y viste bien, y su altura es perfecta, y calibra bien el tonteo, y no la caga ni te corta brutalmente el rollo... cuando el porcentaje de seguridad de los niveles a los que querrías tener sexo con esa persona es de un 100%. Cuando se acerca a ti caminando por la calle y tú te sientes la persona más afortunada de la tierra. Cuando te duele mirarle.

Normalmente el Dolor De Mirar (DDM) no aparece así de forma súbita y gratuita, porque para que sea verdadero tiene que combinarse con cierta atracción intelectual/emocional y cierta interacción persona-persona. Esto quiere decir que un tío puede evolucionar desde el nivel "te hace gracia y al final sí" o incluso desde el de "te da igual una cosa que la otra" al nivel DDM.

El dolor de mirar no correspondido es mortal. Es como "Señor, por qué pones frente a mí a este ejemplar si me está vetado. Por qué no seré como Scarlett Johansson y me los podré llevar a todos al huerto con un pestañeo. Por qué, oh, por qué tengo órganos sexuales si no los puedo utilizar con este maromo." Muy, muy frustrante. Es regresar a la adolescencia, cuando me gustaban chavales guapérrimos tres años mayores que yo que ni me miraban ni lo harían jamás. Prefiero estar muerta por dentro, gracias.

El dolor de mirar correspondido es mortal también. Mortal de precioso cuando sucede, cuando realmente ESTÁ PASANDO AHORA EN ESTE INSTANTE y tú querrías tener más piel y más ojos sólo para poder sentir con más intensidad. Pero el dolor de mirar es finito, por una cosa o por otra; es más, la propia finitud del fenómeno puede incrementar los niveles de dolor. No es lo mismo saber que vas a ver a ese chaval todos los días de tu vida que cuando, por ejemplo, es un italiano hippy buenorro del que te despedirás en veinticuatro horas para siempre jamás. Entonces la cosa se vuelve agotadora. Te quieres morir y matar al mismo tiempo. Sabes que se terminará, incluso si no es italiano, porque al final a todo se acostumbra uno, y a mí J. me daba dolor de mirar al principio y luego había días que me daba dolor, pero de cabeza.

Además, el dolor de mirar es una droga dura. Es puro crack adictivo para tus neuronas del amor. Y cuando se acaba, por una cosa o por otra, quieres más y más, y estás dispuesto a hacer lo que sea por conseguirlo. Ahí se gestan los amores fatales y los dramas de la vida: en ese apego tremendo a lo que sientes cuando esa persona te permite tocarle, y mirarle, y olerle y darle bambú, y luego de repente no. La mayor putada de la vida ever. Si te pasa (y te pasará) céntrate en que aunque piensas que no, muchas otras personas te pueden dar DDM, de verdad; es pura cuestión de números y hay más tíos que peces.

La cuestión de este asunto, ahora que lo pienso, es que en mis relaciones serias siempre ha habido dolor de mirar. Cuando no lo ha habido, cuando la cosa ha sido dudosa y no he tenido al menos al principio momentos de "me quiero morir de lo mucho que me gustas", el tema no ha tirado para adelante. Así que me pregunto si será una condición necesaria para encontrar el amor verdadero o si un tío en alguno de los niveles anteriores puede evolucionar hasta ser el padre de mis hijos. La cosa me preocupa (relativamente, teniendo en cuenta que el nivel de problemática de mi vida actual tiende a cero). ¿Opiniones, gustos, colores?

Nota para cotillas: sí, ha aparecido recientemente uno de nivel DDM. Ha llegado a ese nivel en dos horas. Y ahora yo padezco una curiosa mezcla de emoción y miedito.

jueves, 6 de octubre de 2011

Fa che sia Vita

Hoy ha sido un día extraño, de estos de todo cambia cambia todo y no puedes estar puteada mucho tiempo porque el mundo no te deja. De esos que cuando te pones a repasarlo sentada frente al escritorio se descomponen en momentos brillantes como los cristales de un caleidoscopio. Momentos de vida en tecnicolor.

Me he levantado encontrándome fatal, pero fatal de la vida. Lo he achacado a que ayer me pusieron la vacuna de la gripe y me habrá hecho una mini reacción, porque me dolían todos los huesos como si se me estuvieran deshaciendo. A media mañana he hecho relajación con la hija de una paciente alcohólica. Sé que trabaja y estudia, y que hace encaje de bolillos para dedicarse este rato, así que pongo todo mi esfuerzo para que mi voz rasposa suene lo más calmada posible. Se tumba en la camilla sin quitarse las gafas, y cuando al terminar me dice que cree que se ha dormido le digo que no importa. "Será que tu cuerpo lo necesitaba". Después de que se marche me tumbo yo en la camilla un rato, cierro los ojos y me mando metta a mí misma: "que este corazón herido sane, que este cuerpo dolido se libere".

Cuando vuelvo al despacho me llama el trabajador social. "¿Quieres ver algo bonito?", pregunta, y me lleva a la ventana de su consulta. Desde allí podemos ver el patio de la guardería cercana, donde diez o doce niños de menos de dos años están sentados muy serios en sus sillitas. Por conjunción de los astros ninguno llora, y les ves ahí, tan peinaditos y frescos en el aire de la mañana que casi puedes oler el nenuco en sus coronillas.

Al mediodía me sigo encontrando fatal. Tengo un hambre del Averno y no puedo subir al comedor hasta que no llegue José Luis. Me compro una tableta de chocolate negro en el Supersol y me la voy comiendo mientras camino por la Avenida pensando: soy un espíritu hambriento, algo dentro de mí no se calmará nunca y el chocolate no es la solución. En el comedor una médico desconocida me cede el último caqui. En realidad está verde y me pica toda la boca como si estuviera comiendo pelusa, así que tengo que escupirlo y enterrarlo bajo servilletas para que la médico amable no vea cómo lo tiro.

Al salir del curro me acerco a la playa de Cortadura, donde Irene, Pablo y Eva están tirados al sol después de pegarse una mariscada en casa de Pablo. Qué mal vivimos, dicen, cuánto sufrimos. Se les ve plenos, morenos y bellos en este sol de octubre tan tranquilo y raro. No van a estar plenos, los cabrones, si han ido al mercado esta mañana y luego se han puesto ciegos de buen marisco gaditano a siete euros por cabeza. Mañana nos vamos al Chorro. Planeamos la logística del Mercadona y el porcentaje de personas que habrá por cada perro y de botellas de vino que habrá por cada persona.

Luego Pablo y yo nos vamos al roco a entrenar un rato. Me siento capaz y fuerte hoy, con ganas de apretar. Voy con tanto ímpetu que me caigo desde las presas de arriba y vuelo un par de metros antes de aterrizar de espaldas sobre los colchones. Cualquier día me quedo gilipollas con esto de la escalada y la vigorexia, pienso, y justo entonces entra un chico mayor, con el pelo largo y una camiseta de los Ramones, que le explica a mi profe que tuvo un accidente hace años en las calas de Roches y que le gustaría escalar. Lleva bastón y no tiene claro cómo acceder desde su coche a los sectores. Dios, cómo amo a mis brazos y a mis piernas, pienso.

Trepamos un rato Pablo, una chica nueva, un chico también nuevo preocupantemente guapo y yo. El chico preocupantemente guapo marca fatal, pero me sujeta suavemente por los riñones cuando hay un paso largo y a mí me da lo mismo cómo marque. Me perturban los guapos y sus sonrisas, y me perturban todavía más los guapos que parecen simpáticos, y éste sonríe y parece simpático y es amable y me perturba.

Y luego cañas, tapitas, el aire templado de este otoño que se resiste a serlo. Yo no sé a vosotros, pero a mí últimamente me resulta fácil encontrar la bondad y la belleza a mi alrededor. No sé si será porque las busco o porque tengo un montón de suerte. Pero en realidad, a pesar de lo que publique aquí en mis grandes momentos de éxtasis pseudoliterario, vivo rodeada de un montón de miserias. Quiero decir, que hoy he tenido que escuchar a un chaval explicarme que le habían llevado a prisión por "cuatro puñalaíllas", así, textual, cuatro puñalaíllas que según él eran en defensa propia. Luego ha contado que hace cinco años encontró a su hermano colgado en la lámpara de su habitación. Y al mediodía, mientras esperaba frente a la UCI pediátrica a que llegara José Luis, ha pasado una camilla con un niño; son curiosos los niños camino de quirófano, porque suelen ir sentados en la cama, mirándolo todo con atención mientras su padre o su madre se clavan una sonrisa con chinchetas.

Lo que quiero decir, y me he liado hoy mucho muchísimo, más de lo que suelo a pesar de tener siempre la tecla fácil, es que si tienes brazos, y piernas, y la cabeza sana, y amigos, y dinero para llegar a fin de mes, y un techo sobre tu cabeza, y aire, y sol, y Cádiz o no Cádiz pero lo que sea... si estás medio bien, qué quieres que te diga: ser feliz, encontrar la verdad y la bondad y la belleza a tu alrededor todos los días, esforzarte por ver lo bueno de la gente... no es un privilegio ni una estupidez de neohippie: es una obligación moral. Tienes la Obligación Moral de buscar tu felicidad y después repartirla. Si estás descontento con algo, cámbialo. Búscalo, esfuérzate, sonríe. Vive y ama, joder, que esto son dos días.

Y después de daros, una vez más, esta chapa inmensa a la que deberíais estar acostumbrados, me voy a dormir en mi casa tranquila, en mi barrio lindo, en mi vida en tecnicolor.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Pacientes, uñas, mi blog es un bucle y los títulos cada vez se me dan peor

Pues todo apunta a que me voy a convertir en una de esas personas irritantes que no pueden estar sin hacer deporte ni sin escribir. Yo que pensaba que mi cuerpo y mi mente tendían de manera automática a la vagancia, y resulta que esto de cansar los músculos físicos y/o los psicológicos tiene su puntito adictivo.

Todo esto lo digo porque hoy, después de darme mi machaque piscinero de miércoles, cenar una ensalada rica, cantar un rato con la guitarra y meditar, he mirado el móvil y he pensado "mira tú, las diez y media, una hora estupenda para meterme en la cama y recuperar el sueño que llevo atrasado desde junio". Me he tumbado boca arriba haciendo la equis y me he dicho "encima ya has escrito un post esta mañana, Marina, en un alarde de previsión y premura, así que te puedes dormir con la tranquilidad del deber cumplido". Pero me debo de haber sugestionado, porque he pasado una hora con los ojos como platos y al final me encuentro aquí, con un paleocao calentito entre las manos y la ventana de blogger otra vez abierta.

Esta tarde he ido al equipo a ver a un par de pacientes que tenía pendientes de antes de verano. Una es P., mi paciente favorita, que está mucho mejor. Le he dado el alta y me he permitido el gusto de quitarle del ordenador el diagnóstico de trastorno de personalidad que le puso el psiquiatra, que en Salud Mental se reparte como reparten folletos los compradores de oro: a cascoporro. P. no tiene un trastorno de personalidad. P. tiene problemas, como todos, y busca soluciones, como todos, solo que a veces las encuentra y a veces no. La he visto increíblemente relajada, contenta y dulce. No sé qué ha marcado la diferencia entre que su ansiedad la paralizara y que ahora pueda convivir con ella. Tal vez haya sido yo, tal vez el trankimazin retard. Quién sabe.

Ha sido bonito ver pacientes de nuevo, aunque el equipo de Cádiz me deprima como pocos edificios del mundo. Siempre he dicho que el problema está en el color de las paredes. No sé a qué arquitecto iluminado se le ocurrió la idea de pintar un centro de salud mental de gris asfalto. Aun así, es genial entrar en la consulta y repetir los gestos familiares: encender el ordenador, introducir mi clave, abrir las historias. Sacar mi archivador atestado de papeles y buscar mis apuntes a mano sobre los pacientes, escritos con una letra tan fea que hasta a mí me cuesta entenderla. Repasar los genogramas para acordarme de los nombres de los padres, las parejas, los hijos. Cada historia clínica es eso, una historia, y cuando la escribo en el ordenador o la repaso en mis papeles sucios siento que estoy honrando la individualidad de esa persona, el relato de su sufrimiento, su propia huella sobre la tierra. Todos somos prescindibles e importantes al mismo tiempo.

La otra paciente, S., tiene un problema alimentario y está fatal. Me da pena, porque es una buena chiquilla, muy dulce y con capacidad de darse cuenta de las cosas, pero está atrapada en sus impulsos y en su mente. Ayer hablaba con Elsa de lo difícil que es contemplar el sufrimiento de los demás cuando no puedes hacer mucho por remediarlo. Supongo que podría trabajar más con S., pero como no voy a ir por las tardes tengo que derivarla. Pero no es sólo que no vaya a verla más, o que no me sienta con la capacidad o los recursos para tratar un trastorno alimentario, sino que ahora mismo la percibo aferrada a su sufrimiento y no sé si yo o mi intento de ayuda tienen cabida. A veces se puede y a veces no. Así que me siento frente a ella y la contemplo en sus detalles tiernos. Me gusta mirar cómo se arreglan los pacientes: sus pendientes, el tinte del pelo, la ropa que eligen... me parece como un gesto de compasión hacia sí mismos que está presente en todos y no sé por qué, pero me conmueve.

Hablo con S. y la escucho, sobre todo. Me dice que me ha echado de menos en verano. Pienso que mis pacientes podrían formar un grupo en Facebook: yo también quiero que Marina siga pasando consulta en Cádiz, y la idea es egocéntrica y graciosa y me hace sonreír. Mis pacientes me aprecian, y yo en general les aprecio a ellos. Aunque no sé si tiene mucho mérito que me digan que me echarán de menos. Tiene que ser muy agradable ir al psicólogo. Cuando hablas con una persona cualquiera, normalmente la conversación no es más que una alternancia de "pues yo" y "pues a mí". Un psicólogo te presta toda su atención, a ti y a tus pequeñas desdichas, y eso por sí solo tiene que ser muy terapéutico.

Al final acabo diciéndole a S. lo que digo siempre cuando alguien está desesperanzado y cuando yo no tengo ni puta idea de qué decirle: "poquito a poco". Como intervención terapéutica es una mierda, pero no deja de ser cierto. Poquito a poco, S., si perseveras, encontrarás una solución porque, como dice siempre mi padre, en esta vida todo tiene solución menos la muerte. Pero eso ya no se lo digo, que mezclar la psicología con mi padre y sus dichos populares me parece pasarse de campechana.

Termino mi consulta superbreve, salgo al pasillo, intercambio un par de frases con el guardia de seguridad. Tengo que mandar un fax para cambiar la guardia de este mes con mi R pequeña, así que enciendo el ordenador de administración y tecleo rápido. Me gusta saber dónde están las cosas y poder manejarme. Entro al despacho de Pilar, mi psiquiatra amiga, y charlamos un rato sobre la guardia que me he cambiado para que me toque con ella. Le acaban de regalar una polvera de Chanel muy bonita y me pregunta cómo se abre. Yo le enseño mi esmalte de uñas nuevo, el naranja fosforito, porque a Pilar siempre le han gustado mis uñas de colores. "Es que te las pintas muy bien", me dice siempre, "a mí me quedan como rugosas". "Es la calidad del esmalte, Pilar", sentencio yo, y pienso que en ese anhelo de pintarse las uñas hay unas ganas ocultas de llevar color en las manos.

Y es lo guay de escribir, que te permite cristalizar los momentos en un álbum físico-psíquico-emocional y darte cuenta de las cosas. Como me pasó ayer, que me di cuenta de que tenía que ser compasiva hacia mí misma. O como ahora mismo, que se me acaba de ocurrir que no estaría mal llevarme un par de esmaltes a la guardia y enseñarle a Pilar que cuando la materia prima es buena, el acabado también tiene que serlo. Que la perfección se alcanza con la práctica. Y que nunca es demasiado tarde para llevar las uñas de un color encantadoramente hortera.

Vendo barato subconsciente obvio

Hoy he soñado que vivía en una librería enorme. Las paredes estaban llenas de novelas infantiles y cuentos, y en el centro de las estanterías había una gran mesa de madera color miel. Entonces llegaba una mujer que yo sabía que era una escritora famosa, aunque no conocía el nombre. Tendría unos cincuenta años, estaba muy delgada y la melena corta y rubia se le rizaba a la altura de los hombros, como una aureola reluciente.

La escritora parecía una persona compasiva y amable. Yo estaba sentada a la mesa y ojeaba "Charcos en el camino", un libro infantil sobre la segunda guerra mundial que robé de la biblioteca cuando era pequeña. Entonces me daba cuenta de que la escritora estaba amasando y horneando tartas de limón pequeñitas de color amarillo vivo, volovanes de hojaldre rellenos parecidos al que comí en Santiago este verano.

A mí me apetecía un montón comerme las tartas, así que me ponía de pie junto al horno a esperar que terminaran de cocinarse. La escritora manejaba la masa y los hojaldres con precisión y destreza, sonreía y me miraba. Entonces me decía:
- Llevo años cocinándome estas tartas de limón y tú también deberías hacerlo. No se trata sólo de que estén buenas. Es una cuestión de actitud. Quiere decir que puedes cuidar de ti misma.

Y comíamos las tartas juntas, rodeadas de libros, y me he despertado con un antojo tremendo de dulce y la sensación de que mi subconsciente es muy, muy raro.

martes, 4 de octubre de 2011

Esta semana está siendo especialmente puteante. Me sigue costando la misma vida pensar en qué escribir. El curro está aburridísimo y mataría por tener pacientes míos. Todas las mañanas, cuando aparco la moto y camino hacia la puerta del CTA, me tengo que convencer para subir por las escaleras en vez de por el ascensor, recordándome a mí misma que por el amor de Dios, no estoy tan depresiva como para no ser capaz de llegar al primero por mis propias fuerzas.

En realidad pues ya lo sabéis, soy feliz, así en general, si lo miramos globalmente. Eso no quiere decir que no sufra. El otro día leía en mi libro de la Vipassana que parte de nuestro problema como personas humanas es que nos creemos que si hacemos las cosas bien dejaremos de sufrir, y que no es así. Que el dolor y el sufrimiento son inherentes a la existencia. Que la vida es una sucesión de momentos buenos, malos y neutros para mí, para Brad Pitt, para Condoleezza Rice y para el Dalai Lama. Y yo lo sé, pero me jode. Yo querría que mi vida fuera una sucesión permanente de paz interior y amor, pero ni lo es ni tiene pinta de que yo sea capaz de llegar a ese estado concretamente en esta vida.

Hoy estoy cabreada. No me hagáis mucho caso, que es el síndrome premenstrual. Lo he notado esta mañana, cuando mi conducción, que normalmente es tranquila y benevolente, se ha convertido en un "me cago en Dios qué cojones te crees haciendo eses con tu moto de mierda delante de la mía". Me pone nerviosa la gente con cascos de medio huevo; no los veo serios.

Así que estoy cabreada, me siento decepcionada y estafada por la vida y el amor, estoy desilusionada y tengo un hueco en mitad del pecho que va a tardar un tiempo en rellenarse. Me había costado un montón rehabilitarme. Me había costado un montón llegar al punto de sentirme tan fuerte y tan contenta como para tener ganas de involucrarme de nuevo con otro ser humano. Ahora es como si te partes una pierna, te pasas meses en rehabilitación y cuando por fin estás lista para salir al mundo te la vuelves a partir tontamente. Y eso me putea. Me putea porque yo no soy así. Yo no tengo miedo al compromiso, ni a la sinceridad, ni a expresar mis sentimientos, ni a llamar por teléfono, y ahora resulta que sí que lo tengo y eso me jode hasta límites insospechados. Y estoy segura de que se pasará y me convertiré otra vez en la ilusa idealista y romántica que cree en el amor y las personas lindas; es cuestión de tiempo. Pero estoy en fase de "¿quién se ha llevado mi queso?", me estoy rebelando contra estos sentimientos y al final no hago más que pelearme con la realidad y no sacar nada en claro.

En teoría la rabia es mejor que la tristeza. Es más productiva, más móvil. La tristeza te convierte en una víctima y la rabia en un agresor, que al final no asusta a nadie más que a sí mismo pero que por lo menos se otorga un poder impreciso y potente. Y yo ahora quiero convertir mi rabia en compasión. Hacia mí misma y hacia ti, claro, eso siempre. Me resulta más sencillo sentir compasión hacia ti. Contigo no estoy cabreada; tú eres lindo. Estoy más enfadada conmigo y con mis instintos kamikazes, con la yo que se sube al skimmy creyendo que su deficiente sentido del equilibrio le servirá de algo y luego se cae, se fisura la muñeca y llora. Estoy cabreada con mi apego y mi debilidad, con mis ilusiones desproporcionadas, estoy cabreada con la naturaleza insatisfactoria de la vida y con el recuento calórico del chocolate. Al final tendré que acabar por sentir compasión hacia todo eso (quizá me pueda ahorrar la parte del chocolate), y es justo escribiendo esto cuando me he dado cuenta de que ése es mi verdadero reto. Yo pensaba que lo había hecho todo bien y que no había nada que perdonarme, y ahora veo que uno siempre encuentra motivos absurdos y pequeños para refugiarse en la culpa.

Tú no tienes la culpa de nada. Yo no tengo la culpa de nada. La vida es así. El tiempo pasará y yo seré capaz de rellenar el hueco. La pierna volverá a soldarse.

Ojalá no tuvieras que leer esto. Pero yo ya no voy a borrar más entradas.

lunes, 3 de octubre de 2011

La piel que habito (Almodóvar, no me denuncies, porfa)

Hoy he ido a hacer la compra al Mercadona, lo que es una novedad desde que me pasé al Carrefour al llegar a Cádiz. Escuchar la musiquilla del Mercadona (Mercadooona, Mercadona) en vez de la del Carrefour (Pa, pa, pa, papapapá, parapá), no saber muy bien dónde se ubicaban los productos y comparar precios mentalmente me ha hecho sentir un poco desorientada.

He declarado este mes como el Octubre de la Austeridad, que después de vivir todo el verano como si no hubiera un mañana, o más bien como si lo hubiera y en él no tuviera que utilizar el dinero, me he dado cuenta de que ya está bien de autorrobarme. Parte de mi plan austero consiste en hacer cosas como comprar la carne congelada y comparar precios a ver si el Mercadona compensa. Mi conclusión es que no, que no compensa, porque lo que me ahorro en comida, que tampoco es tanto, me lo gasto en esmalte de uñas, que hoy me he comprado un naranja fluorescente horterísima de la vida para subirme la moral y me hago daño en los ojos cuando me miro los dedos.

Mis compras últimamente son la mar de tristes. Después de un año luchando con el Acné del Averno y su potencial relación con la dieta, estoy TAN cansada de pensar en comida que he llegado a un punto donde compro y cocino todas las semanas prácticamente lo mismo. Ahora mismo estoy siguiendo una versión sin lácteos de la perfect health diet, que es una dieta bastante molona porque te permite comer arroz, patatitas, boniatos y otros carbohidratos. Esto se agradece después de que en verano me pasara un mes en cetosis alimentándome básicamente de yemas de huevo. Así que ahora hago las compras sin pensar y procuro no mirar los largos estantes de productos prohibidos, que son casi todos. Al menos estoy contenta con los resultados. Tengo la impresión de que estoy viendo una luz al final del tunel cutáneo, aunque ya sé que he dicho esto un montón de veces y cada vez que abro mi bocaza mis poros me sorprenden con otro brote infernal.

Como ya he dicho, pronto hará justo un año desde que decidí dejar la píldora en particular y los remedios tradicionales en general. Desde aquellos tiempos infernales en que la regla me bajaba cada dos meses y parecía que me había lavado el pelo con tocino, la cosa ha mejorado bastante. Ya os he contado que no se trata tanto de lo que como o de con qué me lavo la cara, sino de que mi relación con mi piel y mi chip mental respecto al tema han cambiado mucho. Me hace gracia pensar cómo cuando empecé con esto de la cura natural me decía "si en un mes no se me ha quitado, vuelvo a la píldora". ¡Ja! Un mes, dice la tía. Por mucho que prometa Loren Cordain, uno de los primeros en proponer una solución dietética al acné, un mes no es nada en comparación con un organismo descolocado por años de yatrogenia.

Si tuviera que dar consejos ahora, echando la vista atrás, a personas que padecen de acné y que quieren intentar la vía natural, serían los siguientes:

Primero: olvídate de los dermatólogos. En cuestión de acné, son el mal. A lo mejor tú perteneces a ese sector de personas afortunadas a las que se le quitaron los granos con el Peroxibén, con el Proderma o con una única tanda de Roacután. Pero, por si acaso, no te arriesgues. ¿En serio quieres que te inunden a antobióticos, que te manden una medicación tan fuerte que tienes que firmar un papel para no quedarte embarazada, que sustituyan las hormonas de tu cuerpo por otras artificiales, que te abrasen la piel con productos que podrías utilizar para limpiar el baño? Yo de ti pasaría. Te lo digo por experiencia.

Sé paciente. Se muy, muy paciente. No te aturrulles y no intentes hacerlo todo a la vez. Me acuerdo de mis tiempos buceando en el foro de acne.org y leyendo experiencias de gente que decía haberse quitado el acné dejando de masturbarse o de beber agua con las comidas. Al final mi vida era una sucesión de pequeños gestos encaminados a mejorar mi cara, seguidos de una obsesión constante con el espejo y una incapacidad brutal para decidir si algo de lo que intentaba estaba o no haciendo efecto. Ahora creo que el acné es una expresión de que algo va mal en todo el cuerpo, y que cuando el cuerpo sana también lo hace la piel. Es un efecto simple para una causa compleja, así que necesita un tiempo para arreglarse como es debido.

El aturrullamiento no es más que miedo. Miedo a experimentar en todo su dolor absoluto la experiencia desagradable de tener acné. La falta de control, las ideas chungas sobre una misma y todo lo que esa piel enrojecida expresa sobre lo que hay debajo. Cuando empecé con esta historia hacía cosas como encargar jabones a Lush por correo urgente porque había leído en un foro que a una chica se le había quitado el acné con él, o comprar suplementos en páginas extranjeras esperando que alguno de ellos me salvase la vida. De nuevo, bendita ingenuidad.

Si te enfocas en el aspecto psicológico saldrás ganando. Si consiguieras que no te importara el acné, te daría igual tener acné, ¿no? Esto es más fácil de decir que de hacer, pero en mi caso mientras menos atención presto a mi cara, mejor se pone. Además, las cosas importantes siguen invariables, quien te quiera lo hará con o sin acné e incluso es posible conocer bíblicamente a tíos cafremente buenos teniendo acné. Lo de la belleza interior no es un mito tan falso.

Cuidado con los suplementos. Que le funcionaran a alguien no quiere decir que te vayan a funcionar a ti. Son caros, y si estás tomando mil millones a la vez serás incapaz de decidir cuál está ayudando y cuál no. He aquí los suplementos que he tomado yo en estos meses (no todos, a la vez, la mayoría de forma intermitente):
- Vitamina C.
- Levadura de cerveza.
- Antioxidantes del mercadona.
- Omega 3.
- Aceite de hígado de bacalao.
- Taurina.
- Saw Palmetto (tiene traducción al castellano, pero no me acuerdo ahora).
- Melatonina.
- Cromo.
- Magnesio.
- Zinc.
- Multivitamínicos.
- Aceite de onagra.
- Agnus Castus.
- Boldo.
- Triptófano.

Y seguro que me dejo alguno. Si alguien quiere hacer el cálculo del dinero que le he echado a esta enfermedad del Mal, que no lo comparta conmigo, por favor. Lo mejor del asunto es que en estos momentos, que es cuando no estoy tomando NINGÚN suplemento por el bien del Octubre Austero, tengo la cara la mar de bien.

Ya os digo: suplementad con cuidado y con lógica, sabiendo para qué estáis tomando cada cosa y cuáles son los efectos que esperáis.

También es importante ser sistemático. Si lo haces todo a la vez, no sabrás qué es lo que funciona y qué no. Esto es muy, muy complicado, y sólo se consigue (y tampoco mucho) cuando ya llevas tanto tiempo peleando que te da igual esperar un poco más o un poco menos. Para mí lo ideal sería ir probando distintas estrategias y modificar variables una a una, pero hay que tener mucha fuerza de voluntad, energía y paciencia para hacer eso.

La dieta sí que es importante, y la gente puede decir misa. También lo es tu estado emocional, pero no todo es emocional, y de hecho la dieta también está relacionada con las emociones. Si te empeñas en que todo es emocional, al final te acabas sintiendo como una chiflada que no es capaz de autogestionarse. Yo creo que no estoy TAN mal por dentro como lo ha estado a veces mi cara, aunque sí que es verdad que una cosa tiene que ver con la otra... pero también es verdad que hay gente que está como unas maracas y tiene una piel fabulosa. Sin duda el cambio de dieta me ha ayudado en muchos sentidos.

Sobre todo, como le dije aquella vez al chico de la alopecia: es TU lucha. No es la lucha del dermatólogo, ni la del homeópata, ni la del vecino de enfrente. Nadie lo va a solucionar por ti, aunque haya quien pueda ayudarte. Se aprende mucho con esto, también, y vienen regalos inesperados y colaterales. Por ejemplo, yo empecé a nadar por el Acné del Averno, entre otras razones, y fue en la piscina donde vi el cartel que anunciaba el curso de escalada, que ha sido de lo mejorcito que me ha pasado este año. Así que fíjate.

Apóyate en la gente que te quiere y déjate querer. Déjate hacer fotos de cerca. Luego se retocan con photoshop y no pasa nada. Déjate acariciar. A mí un chico me dijo "cuando te miro nunca veo tu acné", y luego otro me dijo "eso es sólo la piel de fuera", y esas dos frases tan pequeñas me han sostenido en los malos momentos como no lo ha hecho ningún jabón de farmacia.

Total, que a ver si hay suerte y sí que es cierto que esto va camino de desaparecer. Estoy consiguiendo el dudoso logro de juntar el acné con las arrugas y ya estoy harta. Quiero ser adulta y tener cara de adulta. Quiero que mi piel deje de tener miedo. Quiero pensar en otras cosas y hacer de vez en cuando compras locas con mucho lácteo, mucho gluten y mucho azúcar.

Hasta entonces, seguimos en la lucha y seguiremos todo el tiempo que haga falta.

*************************
NOTA:

Aquí hay algunos recursos que pueden ser útiles si tienes problemas de acné. Están todos en inglés y hay que dosificárselos si no te quieres volver loco, pero a mí me han ayudado.

The Love Vitamin: la chica es un encanto, aunque es un poco demasiado happy flowers, no es muy sistemática y lo que hace es colgar vídeos, que se entienden bastante bien pero a mí me da un poco de pereza ver. Aun así, ya os digo: un encanto de chica.

Clear For Life: yo compré el ciberlibro y todo. Da una visión de conjunto del asunto bastante buena, incluyendo consejos sobre estilo de vida y aproximación psicológica. A partir de ahí, uno tiene que ir experimentando, sobre todo en el tema de la dieta.

Acne research: para mi gusto esta gente se centra demasiado en los suplementos y la exposición solar, pero da información útil y alerta sobre posibles timos.

Skin Deep: Un ciber libro gratuito interesantísimo sobre la relación mente-piel. Yo no lo he terminado, porque es algo espeso y te rayas a tope, pero puede ser útil cuando todo lo demás falla.

Stop picking on me: una página sobre por qué hay que dejar de tocarse los granos, muy clara y que acojona bastante.

Acne.org: la web americana de acné por excelencia, merece la pena bucear en el foro para leer experiencias de gente. También tiene un montón de opiniones sobre distintos productos, tanto tópicos como orales, y sus efectos en la gente. Es una página útil, peor corres el riesgo de volverte un poco loco con toda la información que hay. Importante contrastar lo que se lee allí con otras fuentes.

Mi blogroll sobre paleodieta: aquí tengo enlazados varios blogs que sigo sobre dieta paleo. Lo paleo es el futuro, que lo sepáis, aunque como no hay mucho consenso sobre algunos aspectos críticos uno tiene que ir probando y ajustándose a lo que le va mejor.

PD: Si conocéis a alguien con acné adulto, me encantaría que les dierais la dirección de este blog por si algo de lo que he escrito les puede ser útil. Si alguien quiere consejo o saber algo más sobre mi experiencia, que me escriba sin reparos. Me encantaría poder ayudar a los demás con este tema igual que otros me han ayudado a mí.