massobreloslunes

lunes, 10 de octubre de 2011

Supervivencia emocional III: Sobre seguridad y protección

Al final sí que está adquiriendo esto toda la pinta de convertirse en una magna obra de la autoayuda al límite... Anónimo76: tienes derecho a parte de los beneficios.

La mayoría ya sabéis, o intuís, que he tenido una especie de desengaño pseudoamoroso en las últimas semanas. Después de años repitiendo el bucle de mi vida con y sin J., esto ha sido como recordar de golpe lo maravilloso y lo terrible que puede llegar a ser involucrarse emocionalmente con alguien. Ya estoy mejor, porque yo soy una chica resiliente, pero la semana pasada se me juntó toda esta historia con el síndrome premenstrual y tuve momentos de estar verdaderamente cabreada, desilusionada y triste.

Lo que más me preocupaba del tema no era lo que había pasado, porque al final no tiene remedio y ha sido como ha sido, y porque creo que por una vez en mi vida miserable de ameba del amor he actuado bien casi todo el rato. Me preocupaba no saber cómo iba a protegerme de algo parecido en el futuro. Repasaba todos mis movimientos, mis acciones, lo que había dicho, mis niveles de atención/cariño/pasión. Me preguntaba si había sido demasiado clara, intensa, directa, arriesgada, llámalo X. Por más vueltas que le daba, siempre concluía que lo haría todo otra vez más o menos igual, y eso me angustiaba a morir porque quería encontrar la forma de evitar sentir de nuevo ese dolor.

Esta mañana he ido a Sevilla con José Luis a un curso de sistémica sobre terapia de pareja. Mi profesión es TAN bonita. El ponente de hoy era un poco monótono, pero me encanta tener un trabajo donde la gente se reúne durante horas a debatir cómo puede hacer que otra gente se sienta mejor. Es como que te chorrea el buen karma por las sienes.

El ponente ha dicho que una de las labores del terapeuta es construir significados nuevos. Darle una narrativa distinta a los mismos hechos, de forma que lo que ha pasado sea menos doloroso porque se puede entender. A veces es tan sencillo como eso. Una parte importante es quitarle al otro la intencionalidad negativa. El otro no nos hace daño porque nos odie ni porque sea una mala persona. Lo hace porque lleva su propio equipaje y porque sufre; la mayoría de las veces apenas tiene que ver con nosotros.

Me ha gustado esa visión tan compasiva de la terapia. Ayudar a construir una comprensión del sufrimiento del otro: generar empatía, disolver el rencor y la rabia, ayudar al perdón. Son cosas que le molan a la yo pseudobudista, que quiere ser toda amor aunque luego le pegue un par de gritos a los viejos que conducen vespas con cascos de mediohuevo.

A mitad de la conferencia he salido a tomarme un café de máquina porque me estaba quedando sopa después del madrugón. He sacado un capuchino de esos liofilizados y asquerosos y me he salido a la parte delantera del aulario del Virgen del Rocío. El sol ya empezaba a calentar y las estudiantes de medicina paseaban sus melenas larguísimas por las aceras del campus. He pensado que todo eso de la compasión es cojonudo, y que yo siento empatía por los teleoperadores, los perros y los bancos del parque, pero que sigo teniendo la misma duda. Cómo cojones me protejo yo. La semana pasada me vacunaron contra la gripe, ¿no hay vacuna contra el desamor? Que me la pongo aunque sea cara.

Entonces, justo ahí, sosteniendo mi vaso de café mientras contemplaba a la gente, he tenido una revelación. Tú ya te has protegido, Marina. Lo has hecho bien. Has vivido la situación, has calibrado los riesgos, has decidido dar y has dado mucho. Te ha costado un poco, pero cuando la cosa se ha puesto chunga has sido capaz de analizar la realidad, hacerle caso a tu corazón y bajarte del tren cuando no te molaba la estación a la que se dirigía. Has sabido protegerte. Lo que pasa es que no es lo mismo protegerse que blindarse. No es lo mismo no sufrir que no sentir.

Es como en la escalada. Ya te puedes poner arneses, cuerdas y cascos, que escalar duele. Lo sentimos, pero es así: te duelen los dedos, se te pelan las yemas, se te cansan los músculos, tienes agujetas, te golpeas las rodillas si como yo eres medio monguer y apoyas mal los pies. Escalar duele y vivir duele. No hay más cojones. Vives y te estás muriendo, ¿qué quieres que te diga? ¿Que hay una manera de pasar por la existencia sin mal de amor? ¿Sin que te duela perder a alguien que te gusta? ¿Sin experimentar decepciones, vacíos, inseguridades y miedo? Pues no creo que exista, Marina, francamente.

El otro día me miraba la quemadura que me hice en la pierna con la cuerda de escalada hace ya casi un mes y que está ya prácticamente curada, aunque me ha costado penar tela con el Furacin y sus muertos. Me encantan las costras y observar cómo se cierran las heridas: me enseña que la naturaleza del cuerpo es sanar, si se hacen las cosas bien y se espera lo suficiente.

El corazón también sana, y lo hace mejor si las heridas son limpias.

Sé protegerme. Por eso arriesgo.

domingo, 9 de octubre de 2011

Clasficaciones inventadas, I: Los niveles del gustar

Este fin de semana, entre trepajes y furgoneteos varios, andaba yo pensando en los matices del gustar. Cómo la atracción es tan variada y sutil como personas hay en el planeta tierra. Ahora que navego más a gusto por los mares de la soltería, sobre todo desde que me dio por escalar y estoy comprobando que hay un porcentaje preocupante de escaladores buenorros, me he dado cuenta de que te pueden gustar tíos/as de muchas maneras. A continuación os cuento los niveles del gustar que he experimentado yo, aunque no sé si están todos los que son o son todos los que están. Es un primer borrador.

No te gusta pero querrías que te gustara. Esto quiere decir que a cierto nivel sí te gusta. Te parece guapo, conveniente, buena persona, apropiado, cómodo. Pero falta algo. Quizá lo que podríamos definir como chispa. Ni siquiera se trata de atractivo físico, porque a mí me ha pasado esto con chicos que me parecían realmente guapos y es muy triste. A veces he llegado a pensar que se trataba sólo del olor, o de las feromonas. El caso es que cuando pasa, no tiene remedio. Y para los que no saben si la chispa es importante, repetiré lo que le comenté una vez a Primaveritis: intenta arrancar una moto sin chispa. Intenta encender un mechero sin chispa. Nada que hacer.

Una variante es cuando no te gusta pero querrías que te gustara porque tú a él sí le gustas. Esto es una putada. Piensas: con lo a gusto que me daría yo el lote con este chico, que está tan bien dispuesto y que me mira con ojos de cordero degollado, si tan sólo me atravesara una pasión devastadora por él, aunque fuera un ratito. Pero nada, que de donde no hay no se puede sacar. Como leí una vez en algún sitio: en el mundo sí hay amor, pero está mal colocado.

Te hace gracia... pero en verdad no. Conoces a un chico, te fijas un poco y no tienes claro si te gusta o no. Se decidirá en sutiles matices: lo que diga, lo que haga, su voz, su acento, su sonrisa... Aquí cada uno tiene miles de millones de manías; un poner: no creo que pudiera enrollarme con un tío que cecea. La cortada de rollo se puede producir en un segundo. Cuando yo tenía diecisiete años me pasé un montón de días muriendo de amor por el monitor de un campamento, que encima también me hacía ojitos... hasta que me confesó que no quería cumplir veinte años siendo virgen. Cortada de rollo mortal. A mí se me puede cortar el rollo en milésimas de segundo por detalles diminutos; no sé si le pasa a todo el mundo, pero me jode porque me estropea hermosas posibilidades amatorias.

Te hace gracia... y al final sí. Esto mola. Esos momentos en los que estás decidiendo si un maromo te entra o no por los ojos y por el corazoncito... Saludas, das dos besos, te presentas... luego charlas un rato, te vas, le miras de reojo, charlas, te vuelves a ir y cuando te quieres dar cuenta resulta que sí, que te mola. A partir de ahí, según se desarrolle la cosa y dependiendo de si triunfas o no, será más bien bonito o más bien frustrante. Pero en general me gusta cuando alguien me gusta, valga la redundancia.

Te da igual una cosa que la otra. Éste es un nivel agradable del gustar, más que nada porque te permite maniobrar con comodidad. Si alguien te gusta de verdad de verdad, te vuelves gilipollas, estás acojonado, todo te importa un montón y no sabes muy bien cómo actuar. Pareces estúpida, te muestras ansiosa y esto puede deteriorar tus habilidades de ligue, e incluso ahuyentar al chaval. Si te la pela un poco, en plan "oye, pues yo te daría bambú, pero tampoco creo que vayas a ser el padre de mis hijos", es mucho más fácil ser natural, interesante e incluso hacerte la difícil... porque no es que te hagas la difícil, es que como te da un poco igual puedes llegar a pasar del tema y a provocar el instinto cazador del maromo en cuestión. Los tíos son así. Lo que pasa con este nivel del gustar es que como arriesgas poco, también ganas poco, y es probable que lo que suceda no quede para la historia de "ligues que nunca olvidaré y contaré a mis nietos en plan Los Puentes de Madison".

Te duele mirarle. Aquí ya estamos hablando de palabras mayores. Es esa persona que parece que se construyó en un molde de feromonas a imagen y semejanza de las tuyas. Que combina un atractivo natural con parecerse a tu actor favorito, u oler super bien, o tener gestos adorables, o una voz increíble, o unas manos de ensueño, o todo a la vez, y viste bien, y su altura es perfecta, y calibra bien el tonteo, y no la caga ni te corta brutalmente el rollo... cuando el porcentaje de seguridad de los niveles a los que querrías tener sexo con esa persona es de un 100%. Cuando se acerca a ti caminando por la calle y tú te sientes la persona más afortunada de la tierra. Cuando te duele mirarle.

Normalmente el Dolor De Mirar (DDM) no aparece así de forma súbita y gratuita, porque para que sea verdadero tiene que combinarse con cierta atracción intelectual/emocional y cierta interacción persona-persona. Esto quiere decir que un tío puede evolucionar desde el nivel "te hace gracia y al final sí" o incluso desde el de "te da igual una cosa que la otra" al nivel DDM.

El dolor de mirar no correspondido es mortal. Es como "Señor, por qué pones frente a mí a este ejemplar si me está vetado. Por qué no seré como Scarlett Johansson y me los podré llevar a todos al huerto con un pestañeo. Por qué, oh, por qué tengo órganos sexuales si no los puedo utilizar con este maromo." Muy, muy frustrante. Es regresar a la adolescencia, cuando me gustaban chavales guapérrimos tres años mayores que yo que ni me miraban ni lo harían jamás. Prefiero estar muerta por dentro, gracias.

El dolor de mirar correspondido es mortal también. Mortal de precioso cuando sucede, cuando realmente ESTÁ PASANDO AHORA EN ESTE INSTANTE y tú querrías tener más piel y más ojos sólo para poder sentir con más intensidad. Pero el dolor de mirar es finito, por una cosa o por otra; es más, la propia finitud del fenómeno puede incrementar los niveles de dolor. No es lo mismo saber que vas a ver a ese chaval todos los días de tu vida que cuando, por ejemplo, es un italiano hippy buenorro del que te despedirás en veinticuatro horas para siempre jamás. Entonces la cosa se vuelve agotadora. Te quieres morir y matar al mismo tiempo. Sabes que se terminará, incluso si no es italiano, porque al final a todo se acostumbra uno, y a mí J. me daba dolor de mirar al principio y luego había días que me daba dolor, pero de cabeza.

Además, el dolor de mirar es una droga dura. Es puro crack adictivo para tus neuronas del amor. Y cuando se acaba, por una cosa o por otra, quieres más y más, y estás dispuesto a hacer lo que sea por conseguirlo. Ahí se gestan los amores fatales y los dramas de la vida: en ese apego tremendo a lo que sientes cuando esa persona te permite tocarle, y mirarle, y olerle y darle bambú, y luego de repente no. La mayor putada de la vida ever. Si te pasa (y te pasará) céntrate en que aunque piensas que no, muchas otras personas te pueden dar DDM, de verdad; es pura cuestión de números y hay más tíos que peces.

La cuestión de este asunto, ahora que lo pienso, es que en mis relaciones serias siempre ha habido dolor de mirar. Cuando no lo ha habido, cuando la cosa ha sido dudosa y no he tenido al menos al principio momentos de "me quiero morir de lo mucho que me gustas", el tema no ha tirado para adelante. Así que me pregunto si será una condición necesaria para encontrar el amor verdadero o si un tío en alguno de los niveles anteriores puede evolucionar hasta ser el padre de mis hijos. La cosa me preocupa (relativamente, teniendo en cuenta que el nivel de problemática de mi vida actual tiende a cero). ¿Opiniones, gustos, colores?

Nota para cotillas: sí, ha aparecido recientemente uno de nivel DDM. Ha llegado a ese nivel en dos horas. Y ahora yo padezco una curiosa mezcla de emoción y miedito.

jueves, 6 de octubre de 2011

Fa che sia Vita

Hoy ha sido un día extraño, de estos de todo cambia cambia todo y no puedes estar puteada mucho tiempo porque el mundo no te deja. De esos que cuando te pones a repasarlo sentada frente al escritorio se descomponen en momentos brillantes como los cristales de un caleidoscopio. Momentos de vida en tecnicolor.

Me he levantado encontrándome fatal, pero fatal de la vida. Lo he achacado a que ayer me pusieron la vacuna de la gripe y me habrá hecho una mini reacción, porque me dolían todos los huesos como si se me estuvieran deshaciendo. A media mañana he hecho relajación con la hija de una paciente alcohólica. Sé que trabaja y estudia, y que hace encaje de bolillos para dedicarse este rato, así que pongo todo mi esfuerzo para que mi voz rasposa suene lo más calmada posible. Se tumba en la camilla sin quitarse las gafas, y cuando al terminar me dice que cree que se ha dormido le digo que no importa. "Será que tu cuerpo lo necesitaba". Después de que se marche me tumbo yo en la camilla un rato, cierro los ojos y me mando metta a mí misma: "que este corazón herido sane, que este cuerpo dolido se libere".

Cuando vuelvo al despacho me llama el trabajador social. "¿Quieres ver algo bonito?", pregunta, y me lleva a la ventana de su consulta. Desde allí podemos ver el patio de la guardería cercana, donde diez o doce niños de menos de dos años están sentados muy serios en sus sillitas. Por conjunción de los astros ninguno llora, y les ves ahí, tan peinaditos y frescos en el aire de la mañana que casi puedes oler el nenuco en sus coronillas.

Al mediodía me sigo encontrando fatal. Tengo un hambre del Averno y no puedo subir al comedor hasta que no llegue José Luis. Me compro una tableta de chocolate negro en el Supersol y me la voy comiendo mientras camino por la Avenida pensando: soy un espíritu hambriento, algo dentro de mí no se calmará nunca y el chocolate no es la solución. En el comedor una médico desconocida me cede el último caqui. En realidad está verde y me pica toda la boca como si estuviera comiendo pelusa, así que tengo que escupirlo y enterrarlo bajo servilletas para que la médico amable no vea cómo lo tiro.

Al salir del curro me acerco a la playa de Cortadura, donde Irene, Pablo y Eva están tirados al sol después de pegarse una mariscada en casa de Pablo. Qué mal vivimos, dicen, cuánto sufrimos. Se les ve plenos, morenos y bellos en este sol de octubre tan tranquilo y raro. No van a estar plenos, los cabrones, si han ido al mercado esta mañana y luego se han puesto ciegos de buen marisco gaditano a siete euros por cabeza. Mañana nos vamos al Chorro. Planeamos la logística del Mercadona y el porcentaje de personas que habrá por cada perro y de botellas de vino que habrá por cada persona.

Luego Pablo y yo nos vamos al roco a entrenar un rato. Me siento capaz y fuerte hoy, con ganas de apretar. Voy con tanto ímpetu que me caigo desde las presas de arriba y vuelo un par de metros antes de aterrizar de espaldas sobre los colchones. Cualquier día me quedo gilipollas con esto de la escalada y la vigorexia, pienso, y justo entonces entra un chico mayor, con el pelo largo y una camiseta de los Ramones, que le explica a mi profe que tuvo un accidente hace años en las calas de Roches y que le gustaría escalar. Lleva bastón y no tiene claro cómo acceder desde su coche a los sectores. Dios, cómo amo a mis brazos y a mis piernas, pienso.

Trepamos un rato Pablo, una chica nueva, un chico también nuevo preocupantemente guapo y yo. El chico preocupantemente guapo marca fatal, pero me sujeta suavemente por los riñones cuando hay un paso largo y a mí me da lo mismo cómo marque. Me perturban los guapos y sus sonrisas, y me perturban todavía más los guapos que parecen simpáticos, y éste sonríe y parece simpático y es amable y me perturba.

Y luego cañas, tapitas, el aire templado de este otoño que se resiste a serlo. Yo no sé a vosotros, pero a mí últimamente me resulta fácil encontrar la bondad y la belleza a mi alrededor. No sé si será porque las busco o porque tengo un montón de suerte. Pero en realidad, a pesar de lo que publique aquí en mis grandes momentos de éxtasis pseudoliterario, vivo rodeada de un montón de miserias. Quiero decir, que hoy he tenido que escuchar a un chaval explicarme que le habían llevado a prisión por "cuatro puñalaíllas", así, textual, cuatro puñalaíllas que según él eran en defensa propia. Luego ha contado que hace cinco años encontró a su hermano colgado en la lámpara de su habitación. Y al mediodía, mientras esperaba frente a la UCI pediátrica a que llegara José Luis, ha pasado una camilla con un niño; son curiosos los niños camino de quirófano, porque suelen ir sentados en la cama, mirándolo todo con atención mientras su padre o su madre se clavan una sonrisa con chinchetas.

Lo que quiero decir, y me he liado hoy mucho muchísimo, más de lo que suelo a pesar de tener siempre la tecla fácil, es que si tienes brazos, y piernas, y la cabeza sana, y amigos, y dinero para llegar a fin de mes, y un techo sobre tu cabeza, y aire, y sol, y Cádiz o no Cádiz pero lo que sea... si estás medio bien, qué quieres que te diga: ser feliz, encontrar la verdad y la bondad y la belleza a tu alrededor todos los días, esforzarte por ver lo bueno de la gente... no es un privilegio ni una estupidez de neohippie: es una obligación moral. Tienes la Obligación Moral de buscar tu felicidad y después repartirla. Si estás descontento con algo, cámbialo. Búscalo, esfuérzate, sonríe. Vive y ama, joder, que esto son dos días.

Y después de daros, una vez más, esta chapa inmensa a la que deberíais estar acostumbrados, me voy a dormir en mi casa tranquila, en mi barrio lindo, en mi vida en tecnicolor.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Pacientes, uñas, mi blog es un bucle y los títulos cada vez se me dan peor

Pues todo apunta a que me voy a convertir en una de esas personas irritantes que no pueden estar sin hacer deporte ni sin escribir. Yo que pensaba que mi cuerpo y mi mente tendían de manera automática a la vagancia, y resulta que esto de cansar los músculos físicos y/o los psicológicos tiene su puntito adictivo.

Todo esto lo digo porque hoy, después de darme mi machaque piscinero de miércoles, cenar una ensalada rica, cantar un rato con la guitarra y meditar, he mirado el móvil y he pensado "mira tú, las diez y media, una hora estupenda para meterme en la cama y recuperar el sueño que llevo atrasado desde junio". Me he tumbado boca arriba haciendo la equis y me he dicho "encima ya has escrito un post esta mañana, Marina, en un alarde de previsión y premura, así que te puedes dormir con la tranquilidad del deber cumplido". Pero me debo de haber sugestionado, porque he pasado una hora con los ojos como platos y al final me encuentro aquí, con un paleocao calentito entre las manos y la ventana de blogger otra vez abierta.

Esta tarde he ido al equipo a ver a un par de pacientes que tenía pendientes de antes de verano. Una es P., mi paciente favorita, que está mucho mejor. Le he dado el alta y me he permitido el gusto de quitarle del ordenador el diagnóstico de trastorno de personalidad que le puso el psiquiatra, que en Salud Mental se reparte como reparten folletos los compradores de oro: a cascoporro. P. no tiene un trastorno de personalidad. P. tiene problemas, como todos, y busca soluciones, como todos, solo que a veces las encuentra y a veces no. La he visto increíblemente relajada, contenta y dulce. No sé qué ha marcado la diferencia entre que su ansiedad la paralizara y que ahora pueda convivir con ella. Tal vez haya sido yo, tal vez el trankimazin retard. Quién sabe.

Ha sido bonito ver pacientes de nuevo, aunque el equipo de Cádiz me deprima como pocos edificios del mundo. Siempre he dicho que el problema está en el color de las paredes. No sé a qué arquitecto iluminado se le ocurrió la idea de pintar un centro de salud mental de gris asfalto. Aun así, es genial entrar en la consulta y repetir los gestos familiares: encender el ordenador, introducir mi clave, abrir las historias. Sacar mi archivador atestado de papeles y buscar mis apuntes a mano sobre los pacientes, escritos con una letra tan fea que hasta a mí me cuesta entenderla. Repasar los genogramas para acordarme de los nombres de los padres, las parejas, los hijos. Cada historia clínica es eso, una historia, y cuando la escribo en el ordenador o la repaso en mis papeles sucios siento que estoy honrando la individualidad de esa persona, el relato de su sufrimiento, su propia huella sobre la tierra. Todos somos prescindibles e importantes al mismo tiempo.

La otra paciente, S., tiene un problema alimentario y está fatal. Me da pena, porque es una buena chiquilla, muy dulce y con capacidad de darse cuenta de las cosas, pero está atrapada en sus impulsos y en su mente. Ayer hablaba con Elsa de lo difícil que es contemplar el sufrimiento de los demás cuando no puedes hacer mucho por remediarlo. Supongo que podría trabajar más con S., pero como no voy a ir por las tardes tengo que derivarla. Pero no es sólo que no vaya a verla más, o que no me sienta con la capacidad o los recursos para tratar un trastorno alimentario, sino que ahora mismo la percibo aferrada a su sufrimiento y no sé si yo o mi intento de ayuda tienen cabida. A veces se puede y a veces no. Así que me siento frente a ella y la contemplo en sus detalles tiernos. Me gusta mirar cómo se arreglan los pacientes: sus pendientes, el tinte del pelo, la ropa que eligen... me parece como un gesto de compasión hacia sí mismos que está presente en todos y no sé por qué, pero me conmueve.

Hablo con S. y la escucho, sobre todo. Me dice que me ha echado de menos en verano. Pienso que mis pacientes podrían formar un grupo en Facebook: yo también quiero que Marina siga pasando consulta en Cádiz, y la idea es egocéntrica y graciosa y me hace sonreír. Mis pacientes me aprecian, y yo en general les aprecio a ellos. Aunque no sé si tiene mucho mérito que me digan que me echarán de menos. Tiene que ser muy agradable ir al psicólogo. Cuando hablas con una persona cualquiera, normalmente la conversación no es más que una alternancia de "pues yo" y "pues a mí". Un psicólogo te presta toda su atención, a ti y a tus pequeñas desdichas, y eso por sí solo tiene que ser muy terapéutico.

Al final acabo diciéndole a S. lo que digo siempre cuando alguien está desesperanzado y cuando yo no tengo ni puta idea de qué decirle: "poquito a poco". Como intervención terapéutica es una mierda, pero no deja de ser cierto. Poquito a poco, S., si perseveras, encontrarás una solución porque, como dice siempre mi padre, en esta vida todo tiene solución menos la muerte. Pero eso ya no se lo digo, que mezclar la psicología con mi padre y sus dichos populares me parece pasarse de campechana.

Termino mi consulta superbreve, salgo al pasillo, intercambio un par de frases con el guardia de seguridad. Tengo que mandar un fax para cambiar la guardia de este mes con mi R pequeña, así que enciendo el ordenador de administración y tecleo rápido. Me gusta saber dónde están las cosas y poder manejarme. Entro al despacho de Pilar, mi psiquiatra amiga, y charlamos un rato sobre la guardia que me he cambiado para que me toque con ella. Le acaban de regalar una polvera de Chanel muy bonita y me pregunta cómo se abre. Yo le enseño mi esmalte de uñas nuevo, el naranja fosforito, porque a Pilar siempre le han gustado mis uñas de colores. "Es que te las pintas muy bien", me dice siempre, "a mí me quedan como rugosas". "Es la calidad del esmalte, Pilar", sentencio yo, y pienso que en ese anhelo de pintarse las uñas hay unas ganas ocultas de llevar color en las manos.

Y es lo guay de escribir, que te permite cristalizar los momentos en un álbum físico-psíquico-emocional y darte cuenta de las cosas. Como me pasó ayer, que me di cuenta de que tenía que ser compasiva hacia mí misma. O como ahora mismo, que se me acaba de ocurrir que no estaría mal llevarme un par de esmaltes a la guardia y enseñarle a Pilar que cuando la materia prima es buena, el acabado también tiene que serlo. Que la perfección se alcanza con la práctica. Y que nunca es demasiado tarde para llevar las uñas de un color encantadoramente hortera.

Vendo barato subconsciente obvio

Hoy he soñado que vivía en una librería enorme. Las paredes estaban llenas de novelas infantiles y cuentos, y en el centro de las estanterías había una gran mesa de madera color miel. Entonces llegaba una mujer que yo sabía que era una escritora famosa, aunque no conocía el nombre. Tendría unos cincuenta años, estaba muy delgada y la melena corta y rubia se le rizaba a la altura de los hombros, como una aureola reluciente.

La escritora parecía una persona compasiva y amable. Yo estaba sentada a la mesa y ojeaba "Charcos en el camino", un libro infantil sobre la segunda guerra mundial que robé de la biblioteca cuando era pequeña. Entonces me daba cuenta de que la escritora estaba amasando y horneando tartas de limón pequeñitas de color amarillo vivo, volovanes de hojaldre rellenos parecidos al que comí en Santiago este verano.

A mí me apetecía un montón comerme las tartas, así que me ponía de pie junto al horno a esperar que terminaran de cocinarse. La escritora manejaba la masa y los hojaldres con precisión y destreza, sonreía y me miraba. Entonces me decía:
- Llevo años cocinándome estas tartas de limón y tú también deberías hacerlo. No se trata sólo de que estén buenas. Es una cuestión de actitud. Quiere decir que puedes cuidar de ti misma.

Y comíamos las tartas juntas, rodeadas de libros, y me he despertado con un antojo tremendo de dulce y la sensación de que mi subconsciente es muy, muy raro.

martes, 4 de octubre de 2011

Esta semana está siendo especialmente puteante. Me sigue costando la misma vida pensar en qué escribir. El curro está aburridísimo y mataría por tener pacientes míos. Todas las mañanas, cuando aparco la moto y camino hacia la puerta del CTA, me tengo que convencer para subir por las escaleras en vez de por el ascensor, recordándome a mí misma que por el amor de Dios, no estoy tan depresiva como para no ser capaz de llegar al primero por mis propias fuerzas.

En realidad pues ya lo sabéis, soy feliz, así en general, si lo miramos globalmente. Eso no quiere decir que no sufra. El otro día leía en mi libro de la Vipassana que parte de nuestro problema como personas humanas es que nos creemos que si hacemos las cosas bien dejaremos de sufrir, y que no es así. Que el dolor y el sufrimiento son inherentes a la existencia. Que la vida es una sucesión de momentos buenos, malos y neutros para mí, para Brad Pitt, para Condoleezza Rice y para el Dalai Lama. Y yo lo sé, pero me jode. Yo querría que mi vida fuera una sucesión permanente de paz interior y amor, pero ni lo es ni tiene pinta de que yo sea capaz de llegar a ese estado concretamente en esta vida.

Hoy estoy cabreada. No me hagáis mucho caso, que es el síndrome premenstrual. Lo he notado esta mañana, cuando mi conducción, que normalmente es tranquila y benevolente, se ha convertido en un "me cago en Dios qué cojones te crees haciendo eses con tu moto de mierda delante de la mía". Me pone nerviosa la gente con cascos de medio huevo; no los veo serios.

Así que estoy cabreada, me siento decepcionada y estafada por la vida y el amor, estoy desilusionada y tengo un hueco en mitad del pecho que va a tardar un tiempo en rellenarse. Me había costado un montón rehabilitarme. Me había costado un montón llegar al punto de sentirme tan fuerte y tan contenta como para tener ganas de involucrarme de nuevo con otro ser humano. Ahora es como si te partes una pierna, te pasas meses en rehabilitación y cuando por fin estás lista para salir al mundo te la vuelves a partir tontamente. Y eso me putea. Me putea porque yo no soy así. Yo no tengo miedo al compromiso, ni a la sinceridad, ni a expresar mis sentimientos, ni a llamar por teléfono, y ahora resulta que sí que lo tengo y eso me jode hasta límites insospechados. Y estoy segura de que se pasará y me convertiré otra vez en la ilusa idealista y romántica que cree en el amor y las personas lindas; es cuestión de tiempo. Pero estoy en fase de "¿quién se ha llevado mi queso?", me estoy rebelando contra estos sentimientos y al final no hago más que pelearme con la realidad y no sacar nada en claro.

En teoría la rabia es mejor que la tristeza. Es más productiva, más móvil. La tristeza te convierte en una víctima y la rabia en un agresor, que al final no asusta a nadie más que a sí mismo pero que por lo menos se otorga un poder impreciso y potente. Y yo ahora quiero convertir mi rabia en compasión. Hacia mí misma y hacia ti, claro, eso siempre. Me resulta más sencillo sentir compasión hacia ti. Contigo no estoy cabreada; tú eres lindo. Estoy más enfadada conmigo y con mis instintos kamikazes, con la yo que se sube al skimmy creyendo que su deficiente sentido del equilibrio le servirá de algo y luego se cae, se fisura la muñeca y llora. Estoy cabreada con mi apego y mi debilidad, con mis ilusiones desproporcionadas, estoy cabreada con la naturaleza insatisfactoria de la vida y con el recuento calórico del chocolate. Al final tendré que acabar por sentir compasión hacia todo eso (quizá me pueda ahorrar la parte del chocolate), y es justo escribiendo esto cuando me he dado cuenta de que ése es mi verdadero reto. Yo pensaba que lo había hecho todo bien y que no había nada que perdonarme, y ahora veo que uno siempre encuentra motivos absurdos y pequeños para refugiarse en la culpa.

Tú no tienes la culpa de nada. Yo no tengo la culpa de nada. La vida es así. El tiempo pasará y yo seré capaz de rellenar el hueco. La pierna volverá a soldarse.

Ojalá no tuvieras que leer esto. Pero yo ya no voy a borrar más entradas.