massobreloslunes

lunes, 16 de enero de 2012

Añadir contacto

Elena para a uno de los empleados del museo para preguntarle el camino al salón de actos y, cuando él se gira para contestarle y le ve la cara, se reconocen en seguida.
- ¡Mario! ¡Cuánto tiempo! ¿Te acuerdas de mí?

Él sonríe.
- Claro, Elena... ¿qué es de tu vida? Madre mía, debe de hacer como cinco o seis años que no nos vemos, ¿no?
- O más... desde la última cena de alumnos.

Se resumen mutuamente en tres frases. Él trabaja en el museo de gestor cultural. Se vino a Madrid a estudiar Historia del Arte y lleva aquí desde entonces. Ella terminó Bellas Artes en Sevilla y está de visita un fin de semana para asistir a un ciclo sobre Kandinsky.
La amiga de Elena, que no conoce a Mario, le tira ligeramente del brazo, así que ella se despide, un poco a regañadientes.
- Tengo que irme, pero me alegro mucho de verte...
- Yo también. Oye, ¿te apetece tomar algo luego? Yo salgo a eso de las tres, si todavía estás por aquí podemos echar una caña juntos.

Ella sonríe, asiente y le asombra ver cómo él apunta su teléfono en su smartphone caro y después le da un toque para que ella tenga el suyo. Se sonríen otra vez, se dan dos besos y Elena sale caminando rápido detrás de la sombra de su amiga, que ya ha averiguado cómo se va al salón de actos.

Apenas puede concentrarse en las conferencias. Repasa el encuentro con la mente. Él está guapo, su amiga coincide: ha sido capaz de anticipar el cambio de metabolismo masculino de los veintimuchos y empezar a cuidarse. No ha perdido pelo, y el traje sin corbata y con camisa violeta oscuro le cae con gracia sobre los hombros anchos. Y le ha pedido su número. Su Número. Se alegra absurdamente de haber elegido el vestido en lugar de los vaqueros. Le disimula las caderas y le marca el escote, que también resalta debajo de la media melenita tipo paje que se cortó hace un par de semanas. Está guapa, distinta, y él se ha dado cuenta y le ha pedido Su Número.

Se acuerda de ella. Y eso que ya hace mucho desde que dejaron el colegio. ¿Cuánto, diez o doce años? Pero imagina que toda una infancia compartiendo clase no se olvida así, con facilidad. Se pregunta si ella podría olvidar a alguno de sus compañeros, incluso a los más anodinos, cuando a veces se sorprende canturreando la lista de los nombres por orden alfabético. Rosa Aguilar, Luis Arellano, Carlos Bustos, María Cerezo: lo escuchaban tantas veces a lo largo del curso que se lo sabían mejor que las lecciones.

Lo de Mario pasó casi al final, en el penúltimo curso de la ESO. Ahí fue cuando Elena se dio cuenta por primera vez de que la gente cambia de color cuando te gusta: todos están ahí, en blanco y negro, iguales unos a otros, y de repente una persona empieza a colorearse y a brillar con más energía, y a veces quieres mirarle con más atención, a veces quieres apartar la vista, pero nunca te es indiferente. Mario Moreno Miras, que aquel año era el número veintidós en la lista de clase; Elena lo sabía porque escuchaba la letanía con atención cuando pasaban lista, o cuando el de inglés decía en público las notas de los exámenes, y al llegar a Mario suspiraba despacio del leve placer que le producía sólo escuchar su nombre. La triple eme de su inicial adquirió poderes casi mágicos, y aquel verano, mientras sólo podía soñar y preguntarse qué estaría haciendo Mario en sus vacaciones, Elena se rayó una M en la pierna con una horquilla de pelo, para que cuando la costra saliera y le diera el sol en la piscina se le formase una cicatriz que poder ver durante el invierno.

No es que fuera muy, muy guapo, pero tenía los ojos verdes y un cuerpo moreno y huesudo que cubría con enormes camisetas de baloncesto. Había conseguido combinar el éxito académico con el deportivo y le querían por igual los profesores y los alumnos. Se rapaba el pelo cada cierto tiempo y a Elena le encantaba mirarle en esos días, cuando los ojos enormes y la nariz adolescente y ganchuda le daban un aire vulnerable de prisionero de guerra.

Era incapaz de hacer nada por llamar su atención. Incapaz. Y no sólo porque supiera que no era muy guapa, con el pelo lacio y castaño, la frente demasiado ancha y las caderas redondas. Es que para ella no existían los pasos intermedios entre su mente y la realidad: le parecía que Mario tenía que darse cuenta sin su intervención, igual que ella se había dado cuenta de que le amaba: que sus sentimientos, tan puros y enérgicos como su determinación al herirse en el muslo con su nombre, tenían que atravesar el aire espeso del aula y llegar a la cabeza de Mario como por ensalmo. Así que suspiraba, y amaba, y escribía emes, y seguía amando y soñando con la veta secreta de virtudes que sabía que había debajo del aspecto tranquilo de Mario, y que sólo ella conseguiría sacar a la luz por completo.

Hizo algunos intentos tímidos. Muy tímidos. Le llamaba a casa con excusas del colegio, y cuando él le contaba algo que no fuera exclusivamente académico ella soñaba toda la noche con la intimidad que pensaba que construían. Era de los pocos que tenía internet en casa, así que le mandaba mails no muy largos y calculadamente ingeniosos, y después no era capaz de dirigirle la palabra en clase. Siempre había demasiada gente a su alrededor, así que ella pensaba en él muy fuerte y no decía nada.

Un día puso toda la carne en el asador y se le declaró por mail. No recuerda segundos más angustiosos que los que pasó un día después, entre la visión del correo en la bandeja de entrada y el tiempo que el maldito módem de 128 ks tardó en abrirlo. "Algo me imaginaba", decía él, y luego se excusaba diciendo que no sentía lo mismo, pero que podían ser amigos. A ella le sorprendió tan poco su respuesta que ni siquiera se esforzó por bajar la cabeza cuando se lo encontró al día siguiente en clase.

Ahora han pasado diez años y Mario tiene su número. Su Número. Se lo ha pedido voluntariamente; nadie le ha puesto una pistola en la cabeza. Pasa la primera mitad de la mañana y Elena sale con su amiga a tomar un café. No mira el móvil; es demasiado temprano, e imagina que le dará el toque justo antes de salir. La segunda parte de las conferencias se le hace un poco más pesada. Pone el móvil en vibración y se lo mete en el bolsillo. Lo mira a cada rato. Piensa que la tela del vestido es demasiado gruesa, así que lo mete entre la cadera y la goma de las bragas, en contacto con su piel.

Se lo imagina así: los dos van a comer juntos en una tasca con encanto que él conoce. Elena debería volver luego a las charlas, pero han pedido una botella de vino a medias y al final decide que se las va a saltar, por muy cara que le costara la matrícula. Mario la lleva a tomar café a alguna terraza soleada, luego pasean por el parque, recuerdan viejos tiempos, se ríen. Compran un litro en algún chino, se lo toman en el Retiro, se tumban muy juntos, vuelven a reírse. Él piensa que ella está muy guapa después de todos estos años y se lo dice. Le pasa la mano por la nuca despejada. Se besan. Ella llama a su amiga y le dice que no irá a dormir. Se despierta feliz y aturdida en un piso de Madrid que es cutre pero tiene encanto, y él le ha dejado preparado el desayuno antes de irse a trabajar.

Almuerza con su amiga cerca del museo, en un bar que pone menús a un precio medio decente.
- A lo mejor me llama para quedar por la tarde.
- A lo mejor no te llama.
- ¿Cómo no me va a llamar? Se le ocurrió a él, de verdad. Tú estabas allí. Yo no dije nada.
- Ya, sí, pero yo qué sé... igual tiene otros planes.
- Entonces, ¿para qué me iba a pedir el teléfono? Sería absurdo.

Van a una última charla, que a Elena le parece insoportablemente larga y tediosa, y después salen a dar una vuelta por las calles del centro. Su amiga vive en Madrid, así que le guía por algunas de las tiendas de moda, la lleva a una cafetería con encanto y le propone planes para la noche. Elena tiene el móvil en modo muy alto, pero se apaña para no mirarlo más de tres o cuatro veces cada hora. Los planes con Mario van cambiando. Todavía tienen tiempo para el café en la terracita. Todavía podrían ir al parque. Todavía podrían tomar cañas en algún bar del centro.
- ¿Vamos al concierto, entonces? - propone su amiga.

Elena duda, pero piensa que, a las malas, puede salir del concierto para coger el móvil, y luego dar alguna excusa y quedar con él en una parada de metro. Con el metro se llega a todas partes. Y tomar cerveza negra en algún irlandés, ¿le gustarán a Mario los irlandeses? Y después al piso cutre, mensajito al móvil de la amiga, igual él no trabaja mañana y pueden desayunar juntos en la mesa de la cocina, o incluso en la cama.

Van al concierto, el cantante es bueno y el móvil no suena. Se despierta en el piso de su amiga y desayunan cereales con chocolate delante de la tele.
****

Mario da unos pasos y vuelve la cabeza, justo a tiempo para ver entrar a Elena en el salón de actos. ¿Por qué he hecho esto? se pregunta. Qué absurdo. Tiene que dejar de ser amable por defecto. Le sale solo; será porque se ha acostumbrado a trabajar de cara al público y no sabe desperdiciar contactos ni ahorrar en amabilidad. Quedar para tomar una caña; vaya idea absurda. De qué van a hablar después de todos estos años. Además, ella está... bueno, está un poco gordita, sin ánimo de ofender. Tampoco es que antes fuera un pibón. Elenita, Elena... ¿cómo era su apellido?

Menea la cabeza, sin ganas siquiera de hacer el esfuerzo de borrar el número, y echa a andar hacia la cafetería. No le ha dado tiempo a desayunar en casa y tiene un montón de hambre.

domingo, 15 de enero de 2012

Exs (en realidad no sé si el plural se forma así)

Estamos en un banco cualquiera, en un barrio que desconozco y en una ciudad ajena, grande y fea. Yo me voy mañana y él lo sabe. Llevamos un rato paseando sin cogernos de la mano y charlando de cosas intrascendentes. Me explica el paisaje: por este parque salgo yo a correr a veces, en ese bar ceno cuando no me apetece cocinar, ese otro tiene wi-fi y me voy algunas noches con el portátil. Fuma distraído mientras camina. Fuma demasiado, de hecho, pero no seré yo quien se lo diga.

Entonces nos sentamos en un banco y él se me empieza a poner triste. Y no es por mí; yo no sé bien qué ha desencadenado esta tristeza, pero no soy yo. Me habla de que el tiempo pasa muy deprisa y de cómo se está yendo la gente de su lado. Me habla de su ex. Yo no me lo puedo creer: a ver, notas, me entran ganas de decirle. Que me voy mañana, que igual no te vuelvo a ver nunca (¿tú sabes la de tiempo que cabe en la palabra nunca?) y me estás hablando de tu ex. Vamos, no me jodas. Pero, de hecho, lo entiendo.

Los exs son una cosa inmensa y desoladora. Toda esa intimidad que se va, todos esos años que quieres creer que no están perdidos, pero que de alguna manera sí que lo están. El notas del banco también me enseñó fotos de esta ex de la que os hablo, de un viaje que habían hecho juntos unas navidades. Se les veía contentos. Recuerdo en concreto una autofoto de los dos en mitad de la calle y cómo eran sus sonrisas. No eran sonrisas de posado: eran como los restos de haberse estado riendo mucho, muchísimo, justo un segundo antes, reírse de verdad, de algo que les había hecho mucha mucha gracia, y por eso abrían los dientes más de la cuenta y les brillaban tanto los ojos. En esa foto, sólo en esa foto, cabía toda la desolación del banco. Porque ése es el tamaño de la pérdida: el tamaño de las sonrisas enormes que producen los chistes que sólo entendéis vosotros.

Los exs, además, se quedan solitos, a merced de la vida. O eso nos parece a veces. Les vemos sufrir de lejos, nos conmovemos y, al mismo tiempo, sabemos que no podemos hacer nada. No nos corresponde a nosotros. Pensamos en todo el amor que hemos puesto en ellos y que ahora no está en ninguna parte. No es que lo hayan tirado por el suelo, porque si son buenos exs van a honrarlo de alguna forma. Pero no se sabe qué hacer con él: se coloca en una esquina, o en un altillo, como las cosas que no utilizas pero no te atreves a tirar.

Es curioso cómo cambian los significados de las canciones en función de quién las escuche. La PK dice que la canción de "Tenía tanto que darte", la de Nena Daconte, le pone de buen humor, porque escuchó cómo en un bar una madre se la cantaba a su hija. Yo recuerdo la primera vez que la escuché. Era fin de año, cenaba en casa de mi tía la de Madrid y, como siempre, las navidades estaban llevando al límite a mi ya precario sistema nervioso. Nos tomamos las uvas y luego empezó el desfile de cantantes de moda por el programa de la tele, y apareció Mai Meneses con su vestidito popero y el guitarrista, que está cañón, en una esquina del escenario. Y esa canción, cojones, esa canción tan simple y tan ñoña y tan jodidamente desgarradora. Tenía tanto que darte. Tantas cosas que contarte. Tenía tanto amor guardado para ti. Y yo, que llevaba toda la noche resistiendo los embates del drama familiar, casi lloro escuchando aquello, porque era mi primera navidad sin J. y, joder, tenía tanto que darle. Le había guardado tanto amor, siempre.

Por eso, notas del banco, no es bonito que me hables de tu ex, no es elegante, pero te entiendo. Entiendo que la eches de menos y que mires con cariño las fotos donde ella observaba el mar, profunda y distraída. Que sufras porque ella sufre. Yo sufro también cuando J. me dice desde el otro lado del Skype que no se encuentra bien, y extiendo la mano hacia la pantalla y acaricio su imagen pixelada: verídico, muevo los dedos de abajo arriba mientras hago con la lengua un ruidito que él me hacía a veces por las noches para que me durmiera. Un tch tch consolador.

Hoy le comentaba a Rorschach su último post y él me hablaba de cuando un ex es Tu Ex, no necesariamente tu última pareja, pero sí esa persona que siempre te va a poner un poco la carne de gallina cuando la veas por casualidad al otro lado de la calle. MQEN es mi ex y es mi amigo. J., de momento, es Mi Ex. No sé si dentro de unos cuantos maromos seguirá siendo mi Ex, con mayúsculas, ese ex que siempre te toca un punto débil del corazón y de la memoria. No sé si el del banco seguirá teniendo clavada para siempre entre los ojos a la chica de la sonrisa gigante. Es tremendo que vayan a seguir ahí, vetados y confusos, reteniendo entre sus dedos nuestro cariño y nuestros recuerdos. Siempre nos va a faltar más de lo que tenemos.

Y, sin embargo, ahí seguimos. Intentándolo otras veces, como si compensara. Olvidando de manera conveniente y selectiva, arriesgándonos como gilipollas. Sin asumir que, como decía Neruda, es tan corto el amor y es tan largo el olvido. O que, como decía mi amiga Eire, los novios son pasajeros, pero los exs son para siempre.

sábado, 14 de enero de 2012

Sueños

En días como estos, cuando mi vida se pone en pause y está muy alejada de lo que quiero que sea, intento soñar. Para que no se me paralice la imaginación y seguir sintiendo que me muevo. No soy muy soñadora: procuro centrarme en la realidad que tengo aquí y ahora. Pero a veces ejercito la capacidad para que no se me oxide, temiendo que a lo mejor, si no imagino suficiente, no podré seguir creando el espacio para que sucedan cosas buenas.

Sueño con escalar. Con escalar Muy Bien. No por ego ni por nada, sino porque convertirme en una persona que escala ya era para mí bastante increíble, pero convertirme en una persona que escala bien, que puede agarrarse de regletas estrechísimas y trepar por desplomes desafiando a la gravedad, me parece brutal y fascinante, y me encantaría ser esa persona. También sueño con la naturaleza salvaje. No sólo quiero escalar. Querría hacer rutas largas, dormir al raso, subir a cumbres, ver paisajes que poca gente haya llegado a ver, trepar grandes paredes. Son sueños lejanos, sobre todo desde esta islita de luz donde vivo ahora y que tiene la montaña más cercana a hora y media, pero supongo que no del todo imposibles. Me preocupan mis rodillas, eso sí, y mi reciente tendencia al descalabro. Pero lo sueño.

Sueño con vivir de escribir. No de escribir bien, sino de escribir simplemente. Si a mí me pagaran, digamos, a doce euros la hora, sin importar qué clase de material basuril saliera de allí, firmaría hoy. Una especie de oficinismo de la escritura. La idea de tener éxito con una novela no me atrae tanto; me parece que debe de dar muchos quebraderos de cabeza. En "La velocidad de la luz", Javier Cercas dice de su protagonista algo como "no quería escribir una novela, sino haber escrito una novela". A mí me pasa al revés. Me gusta el proceso, pero me da un miedo tremendo qué pasará cuando acabe. Igual no es más que miedo al fracaso.

Sueño con una vida totalmente distinta a la que llevo. Con ser una de esas personas que lo dejan todo y se van, por ejemplo, a un cortijo en La Alpujarra, como el de "Entre limones". Me gustaría muchísimo vivir en el campo algún tiempo. En el campo campo, así profundo y verdadero, aunque fuera incómodo y pasara frío. Me gustaría, como dijo una vez una señora cántabra que nos encontramos J. y yo yendo de ruta, "entrar en casa, encender la chimenea y que nieve todo lo que quiera".

Sueño con vivir en Estados Unidos, y a veces pienso que es porque, de tanto ver pelis sobre aquello y leer libros sobre aquello, tengo la idea de que si viajo allí entraré en una realidad paralela donde cambiará la consistencia del aire y mi vida será distinta. Pero quiero pisar la tierra de Auster, Capote, Faulkner, Irving, Dorothy Parker, Steinbeck, Carver, Flannery O'Connor, Hemingway, A.M. Homes y tantos otros. Quiero visitar Nueva York, San Francisco, Nuevo Mexico, Seattle... y también los grandes bosques, el Middle West, el Gran Cañón, Yosemite.

(Por cierto, tengo controlados a mis dos lectores americanos más asiduos: Ángel, desde Seattle, y Neikos, desde Chicago, pero hay alguien en California que me lee más que ellos dos juntos y tengo mucha curiosidad. Lector/a californiano/a: cuando te apetezca, me encantaría saber de ti)

Sueño con tener una familia mía. Me imagino con al menos tres niños, para que tengan opciones cuando se mosqueen unos con otros. Ningún perro: no me gustan los perros, pero sí un par de gatos caseros y mimosos. Y con ese chico inexistente que, sin embargo, sé que existe en algún lugar, pero que me preocupa que esté demasiado lejos o un poco distraído. Al principio será perfecto y después irá mostrando sus defectos, como todos, pero me conformaría con que después de X años de convivir conmigo, con los tres niños y los dos gatos, todavía tengamos de qué hablar siempre y siga haciéndome reír. Y con que si le veo acercarse después de haberse ido, por ejemplo al volver del baño en un bar, o cuando venga de trabajar al mediodía, yo siga asombrándome un poco de que esté conmigo.

Y éstos son un poco mis sueños, tal día como hoy. Algunos son potencialmente alcanzables: con las paredes, por ejemplo, todo es ponerse. Otros ya dependen un poco del destino. Pero ya sabéis: yo, el optimismo, la fe absurda. Somos todo uno.

jueves, 12 de enero de 2012

Accidente

¿Qué piensa tu cerebro cuando te caes de la moto? Hay un momento en que te das cuenta de que te vas a caer. No ha sucedido aún, pero ya has perdido el equilibrio, las ruedas han resbalado y tú lo sabes. Y encima sabes que te caes porque ibas rápido. Con prisas. Así que en el segundo que dura la caída a ti te da tiempo a pensar que eres gilipollas y que ya te vale coger así la curva. Te invade un sentimiento de inevitabilidad, de "lo sabía, Marina, lo sabía, si es que vas como las locas". La sensación es rara: la moto, que era una cosa estable entre tus piernas, de repente se escurre y cae pesadamente detrás de ti, como un animal abatido. Y tú te chocas contra el suelo. Y duele.

Entonces, rápidamente, tu cerebro se ajusta. Ya no hay trabajo al que llegar ni autobuses que coger, nada: ahora tu prioridad es curarte las heridas. Empiezas a procesar las señales de dolor, y en realidad no crees que te hayas hecho mucho daño, porque es difícil pensar que tu cuerpo, que hace unos segundos estaba estupendamente, ahora pueda haber cambiado: que lo que estaba entero pueda haberse roto. Te miras y ves sangre y los pantalones rotos, y piensas "mierda, mis vaqueros nuevos", y la sangre es rara, ahí tan súbita y roja, tan gratuita.

Esta mañana me he puesto a llorar nada más caerme y no he parado hasta que, una hora después, el traumatólogo de guardia me ha dicho que no tenía nada roto. Lloraba en el Campo del Sur, esperando al taxi; lloraba en el taxi, mientras el conductor me consolaba contándome que él también se había caído y que "todos los moteros nos caemos, antes o después". Lloraba en urgencias mientras le mandaba whatsapp autocompasivos al Kpot, que estaba en El Chorro. Debía de dar mucha pena yo ahí solita, con los vaqueros rotos y llenos de sangre, con el abrigo en la mano y la bufanda arrastrando de camino al triaje.

Si lo pienso ahora, no sé exactamente por qué lloraba. Me dolía, sí, pero no era eso. Yo aguanto bien el dolor. Cuando estuve haciéndome las limpiezas faciales del Averno en Granada, la tía me tenía hora y media torturándome encima de una camilla y yo no movía un músculo. Puedo sentarme a meditar y no moverme en una hora aunque la espalda me esté haciendo polvo. Creo que lloraba porque estaba asustada y sola y desconcertada, y sobre todo lloraba porque pensaba que si me había partido algo, no iba a poder escalar en un montón de tiempo. Llamadme idiota.

Per no era sólo eso, no sé. Eran más cosas. Como si todo lo que me da pena de la vida y de mí misma se hubiera condensado al mismo tiempo en mis rótulas. Se pone uno blandito cuando se hace daño. Esta percepción repentina de la propia fragilidad, y darte cuenta de pronto de que necesitas que alguien te cuide.

Ha venido a rescatarme el MIR, que estaba saliente de guardia en Puerto Real. Me ha recogido en el coche y me ha dado abracitos: "ya está, PIR, ya está, no llores", me ha llevado a casa y ha traído mi moto a la puerta. He tenido todo el día una sensación rara de irrealidad y penita, como si me hubieran dado una paliza, toda autocompasiva y blanda. La gente me llamaba y me escribía y yo sólo podía decir algo como "qué ratito más malo he pasado, joder".

En el libro de "Quién vive, quién muere y por qué" el autor decía algo como que los accidentes tienen que ocurrir y ocurrirán siempre con una probabilidad constante, porque son una propiedad del sistema al que pertenecen. Lo importante es que no te ocurran a ti. Así que acepto que lo de hoy haya pasado, pero no olvido que es una manera como cualquier otra que tiene la vida para darme un toque. Que se resume en: céntrate, Marina. Presta atención. Cuida de ti misma, que necesitas tu cuerpo para trabajar, amar, meditar y escalar, no necesariamente por ese orden. Y hazme el favor de salir con tiempo, que vas siempre con la hora pegada al culo.

miércoles, 11 de enero de 2012

Los días raros

Estos tres días de reposo casero post esguince han sido raros. No exactamente aburridos, porque yo nunca me aburro, pero un poco angustiosos. Como poner la vida en pausa. Mañana empiezo a rotar por agudos y no me apetece. Me da miedito. No me gusta tener que cambiar de rotación cada cuatro meses: cuando por fin parece que empiezas a defenderte en un sitio, te mandan a otro. Y los locos me dan miedo. No porque me vayan a hacer daño ni nada; me da miedo no poder empatizar con ellos, no entender, sentirme inútil. O lo contrario: empatizar demasiado.

En la última guardia que hice tuvimos que ingresar involuntario a uno que decía que una vecina estaba en su contra y le había robado sus poemas. Era el primer ingreso involuntario que veía, y cuando los de seguridad subieron al hombre él consintió en tumbarse en la cama para que le pincharan el neuroléptico, y luego todos nos fuimos y le dejamos ahí... yo qué sé, pensaba en la inmensa soledad de estar en la cama de una unidad de agudos y creer que tú no estás loco, que los otros conspiran para tenerte ahí y que no puedes hacer nada para remediarlo.

No quiero ir a agudos. No quiero, no quiero y no quiero. Me gustan mis neuróticos, las técnicas de relajación, los autorregistros y la gente con la que me puedo identificar. Gente que no quiere matarse ni matar a otra gente. Sobre todo, no quiero pasar este miedo. En realidad, ya lo he dicho: me ocurre siempre. Cuando empiezo un trabajo nuevo me angustio; por lo menos, ya he conseguido no llorar la primera noche. Todavía me recuerdo el día que empecé a currar de seño, cómo lloraba en el hombro de J. repitiendo "pueden conmigo, pueden conmigo". O el primer día de la beca, esta vez en el hombro de MQEN, recitando "no puedo, no puedo". Y el día que hice de guía por los subterráneos de Granada... buah, ese día lloré sola, creo recordar, pero vaya si lloré.

Así que progresamos. Creo.

Como os decía: días raros. Me da miedo que haya cambiado el viento. Ya os conté que no quería terminar el año, y ahora me invade una emoción supersticiosa. Mira que si ya no voy a ser feliz. Mira que si estoy vieja para escalar, y cuando no sean los codos será el tobillo, y mira que si soñar con las paredes con veintiséis años es una gilipollez. Mira que si lo de los tíos como maracas no es la excepción, sino la regla, y voy a acabar por mentalizarme y cambiarme de acera. Mira que... mira que si resulta que al final yo a la vida no la controlo y ella hace lo que le da la gana.

¿Cosas buenas? Ayer medité media hora, hu ha. Hoy una hora entera. Notaba mi cuerpo como si fuera de corcho: hinchado y entumecido. Respiraba, respiraba, y he recordado una vez más lo reconfortante que es descubrir que si le echas el valor suficiente puedes sentirlo todo. Esta tarde he ido al roco a no entrenar. Por ver a la gente y salir de mi casa un rato. He hecho dominadas, abdominales y flexiones, y no me he subido a trepar con una pierna porque me daba miedo torcerme otra vez el tobillo al caer.

No sé si ha cambiado el viento. Pero incluso aunque así fuera, imagino que siempre puedo mover las velas.

lunes, 9 de enero de 2012

Sacarse partido. O algo.

Me preguntan esto por formspring:

Marina, please, ¿por qué no hablas de la inseguridad y de cómo sacarse partido a una misma? Cómo gustarse más y cambiar. Necesito un cambio; puedo empezar un día, pero al siguiente soy yo otra vez (la yo fea). Thank u. Kisses

Es una pregunta que, así a priori, me deja un poco desconcertada. ¿Cómo sacarse partido a una misma? Pues no lo tengo claro. Yo lucho desde hace años contra una enfermedad cutánea desfigurante que está fuera de mi control. Esto quiere decir que la mayoría de los días me siento... no fea, no es la palabra, pero sí diferente. Como si compitiera en otra liga. He pasado mucho tiempo sin hacer ciertas cosas porque creía que con la cara así no merecía la pena. No me quería teñir de pelirroja ni hacerme un piercing en la nariz. Al final he hecho las dos cosas: en parte porque me apetecía, en parte porque estoy mejor del AA, en parte porque no puedes aplazar la vida siempre.

Lo que sí he aprendido es que sentirse o no guapa depende de muchas cosas. Con acné y todo, ha habido días en los que me he sentido mortal de atractiva y otros en los que entraba en el ascensor de espaldas para no verme en el espejo.

Una vez mi amiga Erika, que es una persona muy, muy especial, me dijo que ella ve a todo el mundo bello. No guapo, pero sí bello: como una belleza humana subyacente. Yo no entendía el concepto hasta que empecé a hacer fotos. Como soy gentéfila me interesaron desde el principio los retratos. Un chico que me molaba y que luego resultó ser un perturbado* me dijo que hacer retratos tenía que ver con darse cuenta de cómo era la persona y cómo quería ser, y después sacar lo mejor de ella. Si miro los retratos que me gustan, me doy cuenta de que lo que hace a la gente hermosa no son sólo los rasgos. Es lo que transmiten. Son las sonrisas: la mayoría de la gente está guapa cuando ríe. La luz en los ojos, la expresión.

De la misma forma, en la vida real la gente se nos vuelve bella por su capacidad de reírse a carcajadas, de comunicar, de conmover. Por cómo te hablan y lo que te dicen. Porque los quieres y porque sabes, o intuyes, que son fuertes y verdaderos. Al revés también pasa: en mi roco, por ejemplo, hay tíos que son como dioses griegos (la escalada es una maravilla para el físico masculino) y a los que, sin embargo, no tocaría ni con un palo.

Una vez leí que no tenemos nuestra cara o nuestro físico porque sí, sino porque con él proyectamos cierto tipo de energía. Puede parecer una chorrada, pero de alguna forma lo entiendo. Creo que el cuerpo y la mente están vinculados y que se influyen mutuamente. Que si yo fuera devastadoramente preciosa y tuviera piel de princesa actuaría de otra forma, incluso aunque el mismo cerebro estuviera dentro. También creo que el hecho de que a menudo los guapos se neuroticen tiene mucho que ver con eso: con que son guapos y no saben manejarlo.

Lo que quiero decir, que me hago un lío, es que busques tu belleza. Que unas de alguna forma lo de dentro con lo de fuera, porque es inseparable. No sientas a tu cuerpo como un enemigo o como algo ajeno: es parte de ti, y mostrará tu belleza interior porque no le queda otro remedio. Quien pase mucho tiempo contigo, lo verá. Y si tú eres capaz de sentir esa belleza tuya, de sentirla realmente, como la que te corresponde por ser humana, y estar viva, y ser linda y buscar desesperadamente ser buena y feliz... los demás lo notarán.

Me ha quedado la historia un poco confusa. A lo mejor te habría servido más un consejo del tipo de "saca partido a tus puntos fuertes y viste a rayas verticales", pero esto es lo mejor que puedo escribir al respecto.

Un abrazo.


*Descripción, por otra parte, aplicable a un porcentaje preocupante de los tíos que me han gustado últimamente.

viernes, 6 de enero de 2012

Maromas

Ya estoy de vuelta en casa. Las maletas reposan sin deshacer en mi dormitorio y bebo paleocao en mi nueva taza que se mantiene caliente por USB. Teniendo en cuenta mi estado de ánimo actual, tengo dos opciones: o escribir una entrada tremendamente profunda y melancólica acerca de la vida y el devenir de las cosas, o escribir una chorrada como un piano. Voy a optar por la opción B y a componer mi propia versión del "Me haría bollo por ti" de Pétalo, o "Mi rollo bollo" de Barbijaputa. Sorry, pero en estos momentos de mi existencia no me encuentro con energía como para buscar y enlazar los post concretos de las mencionadas, así que buscadlos por sus blogs, que además no tienen desperdicio.

Para que a mí una tía me guste tiene que cumplir unos requisitos bastante complicados. No me vale con que sea guapa. Tiene que ser de una Belleza No Amenazante. Eso no quiere decir ser fea. Quiere decir que me pueda imaginar contigo en la cama, sí, pero pasándomelo bien y no intentando taparme la cabeza con la sábana. Por ejemplo: ¿podría montármelo con Natalie Portman? Pues no, porque ella me miraría con esa cara radiante de perfección, esa belleza trágica y brutal que tiene siempre, y yo lloraría por dentro y después me quemaría la cara con ácido. ¿Podría enrollarme con Sara Carbonero? Pues ni de broma, porque sería como "Por el amor de Dios, Sara, parece que te ha dibujado un adolescente salido, y además temo que cuando terminemos de tener sexo me arranques la cabeza como una mantis".

Así que ya os digo: no es lo mismo "me pareces guapa" que "me haría bollo por ti". Es un tema complicado y no sé bien qué delimita la frontera entre "guapa y te odio por ello" y "guapa y me molas". Pero en fin, sin más preámbulos, aquí va mi lista.




1. Beatriz Montañez. Me encanta esta chica. Creo que es por su belleza exótica y chinosa, sus brazos redonditos y, sobre todo sobre todo, por su risa. Me flipaba verla reír en el Intermedio junto a Wyoming cuando él decía chorradas. Con ella te puedes imaginar así: tú diciendo chorradas todo el rato nada más que para verla reír a carcajadas. Eso me encanta.




2. Úrsula Corberó. A mí esta muchacha ni me iba ni me venía, que conste. Yo Física o Química siempre la he visto por los maromos, con O, y porque me recordaba nostálgicamente a la adolescencia que nunca tuve. Pero mientras más madura la chavala, más guapa está y más salada se la ve. Y me requeteconquistó en uno de los recopilatorios de momentos televisivos en fin de año, cuando la vi en este vídeo. Tiene pinta de ser una cachonda, en el buen sentido: la típica tía con la que te puedes ir a tomar chupitos y luego decir tonterías, bailar por la calle y cantar muy alto... y que seguro que como pareja es genial, te hace reír, te pide que la peines y luego te compra en las rebajas ropa que piensa que te gustaría.




3. Franka Potente. Esta chica me parece mortalísimo de guapa. Y es una belleza buenrollante, una belleza que no te hace sentir inferior, sino que simplemente emana dulzura e inteligencia y te invita a que la compartas. Además es de estas personas que resplandece cuando sonríe. Con ella te puedes imaginar no sé, casándote de blanco y teniendo una vida, cogiéndole la mano desde el otro lado de la mesa y hablando de literatura y filosofía, y después adoptando a niñitos africanos o inseminándote artificialmente con sus óvulos. Eso sí, nuestros hijos llevarían mis apellidos, al menos en España.



4. Donna, la de Aquellos Maravillosos Setenta: Con ésta tendríamos un problema, porque es mega alta y creo que eso me haría sentir un poco rara. Quiero decir, que bastante tengo con ser bajita en las relaciones heterosexuales; si me echara novia, al menos querría que no fuéramos muy distintas en altura y poder compartir ropa. Pero bueno, independientemente de eso esta chica me parece que tiene una cara lindísima y una sonrisa preciosa. Creo que para mi vena bollo el tema de la sonrisa es muy importante: me gustan las chicas que posan así sonriendo, con pinta de divertidas, no las que ponen expresión lánguida y giran el cuellito para mirar a la cámara.




5. Hillary Swank, especialmente en el papel de Maggie en Million Dollar Baby. Para nada en Boys Don't Cry, que parece que la ha peinado el enemigo. Me gustaría salir con una Hillary así to musculosa to loca, como la de la peli, y con ese carácter tan fanático, ilusionado e ingenuo. Seguro que le gustaría escalar y nos iríamos las dos por ahí en plan bolleras furgoneteras. Hillary-Maggie me inspira una relación del tipo lo mismo te aseguro mientras escalas y luego aprieto yo como una bestia, que por las noches te hago mimitos y te abrazo mientras duermes. Es amor.




6. Penny la de Big Bang Theory. Me gusta porque más que guapa guapa es resultona, así rubia y tetona y tal, pero aun así consigue ser muy dulce y fina, nada basta. Y eso que tiene unos brazos que flipas. Me gusta porque se la ve muy atlética y fuerte, y al mismo tiempo capaz de obsesionarse por unos zapatos bonitos. Penny como novia sería algo así como una tía super leal, que está contigo a muerte y que se pegaría por ti en una discoteca, tirándole a la otra de los pelos y arañándola con una manicura perfecta. Y eso me mola de una manera absurda.


Y después de este post tan profundo y enriquecedor, me voy a dormir, que mañana hay que escalar temprano y a este paso voy a tener que ir de empalmada.