massobreloslunes

lunes, 5 de marzo de 2012

Los conquistadores de lo inútil

Creo que lo que me mueve a escribir, más que las ideas abstractas como el amor o la justicia, son las imágenes. Porque si estás lo suficientemente atento hay imágenes que te atrapan y no sabes por qué; de alguna forma, intuyes que cuando las pongas sobre el papel te van a enseñar algo. Sobre ti o sobre la vida: alguna forma perversa de verdad. Al fin y al cabo, mi objetivo como escritora no es más que el egocentrismo de intentar que veáis las cosas como yo las veo. Y me pregunto por qué: si al final esas imágenes, esas intuiciones breves, me las podría quedar para mí. Pero me parecen importantes y auténticas, y pienso que compartiéndolas puedo hacer que perduren: propagar la emoción como un lento y literario efecto mariposa.

El tema es que hoy llevaba todo el día queriendo escribir sobre escalada, así que he empezado a describir el fin de semana. Intentaba reflejar el sol que iluminaba los campos de camino a Benaocaz. La ilusión que tenemos todos: esa ilusión tan tonta, ese grupo de personas tan distintas empeñadas en medirse con un trozo de pared. Estudiantes, parados, un militar, un ingeniero; de veintimuchos, de treinta y pocos, precavidos, temerarios, risueños o tímidos. Cruzando bromas, intercambiando barritas de muesli, hablando de vías y asegurando. Y, sobre todo, trepando: porque hay un momento en que te quedas solo aunque haya veinte millones de personas a pie de vía. Estás tú amarrándote el nudo y poniéndote los gatos, sabiendo que te vas de viaje y te vas tú, punto, con tus manos y tus pies, tus cansados músculos y tu mente cobarde.

Desde que me torcí el tobillo a principios de año voy con más miedo. Es curioso, porque se trata de un miedo circular: miedo a escalar y caerme porque si me lesiono no podré escalar. Si estás lo bastante atento puedes sentir cómo fluctúa tu cerebro entre los breves momentos de seguridad (cuando pasas la cuerda por el seguro, cuando pillas un agarre bueno para la mano, cuando puedes reposar sobre tus dos pies) y los de riesgo: desplazas los dedos y los gatos sin tener claro que te vayas a quedar agarrada, mirando de reojo la distancia que separa tu cuerpo de la chapa anterior. Ayer mi cabeza se resistía a salir de la zona de seguridad y cruzar a la de riesgo, y mi débil voluntad intentaba respirar, acallar el pánico y seguir en movimiento.

No trepé mucho; ya había escalado el sábado y me notaba cansada. Al final de la última vía, donde volé unas cuantas veces y pasé un miedo de flipar, decidí que iba a buscar una roca con una inclinación óptima y a echarme una siesta. Me imaginaba al día siguiente exactamente como estoy hoy: cansada, dolorida, masajeándome los brazos en la reunión matutina del trabajo, frotándome blastoestimulina en las yemas despellejadas antes de ponerme los guantes de la moto.

Así que localicé la piedra y me tumbé, con el plumas bajo los riñones y el polar cubriéndome como si fuera una mantita. Mi cuerpo me agradecía el respiro. Tenía una visión perfecta de la placa, la formación rocosa que se ve en la foto. Miradla primero y después imaginadla conmigo. Cerrad los ojos. La temperatura era perfecta: templada pero sin calor, con una brisita fresca que te echaba un cable cuando estabas arriba apretando. La Veredilla tiene una luz especial, que cruza limpia por entre las rocas grises y los matojos andaluces de monte bajo. Y frente a mí, en la placa, tres notas, tres, trepando de primeros como tres leones. Sergi a la derecha del todo en un 6b de treinta y cinco metros. Pablo en medio en un 6c un pelín más corto. El otro Pablo, un físico tranquilo y serio al que le gusta escalar a vista,  en un complicadísimo 7c de placa en el que no se veían los agarres ni con lupa.

Entonces tuve una visión muy clara de lo absurdo que es escalar digamos a nivel cósmico. Aquellos tres chicos dejándose todo ese esfuerzo para subir y después bajar. Se podía ver la placa irguiéndose tan tranquila en medio del campo y tú podías darte cuenta claramente de que ni a la placa ni a Dios les importa un carajo que escales. Y, sin embargo, el esfuerzo de los tres era muy hermoso, muy puro. Subir por subir y bajarte luego; al final, tampoco es que la vida dé para mucho más.

Y esa era mi imagen para hoy. Era lo que quería transmitir. Ese momento de darte cuenta de lo efímero y absurdo que es todo si lo miras con la suficiente distancia. Como escribir aquí: dejarte las yemas en el teclado y que después el tiempo y las actualizaciones vayan borrando tu esfuerzo. Nada le importa a nadie y, sin embargo, nos importa muchísimo. Y, no sé por qué, pero eso me parece precioso.

sábado, 3 de marzo de 2012

Mandaos

Ayer me eché una siesta de viernes. La siesta de viernes es aquella en la que te tumbas en el sofá con tu mantita y tu bolsa de cereales, coges el móvil para poner el despertador y dices: al carajo. Voy a dormir hasta que me duela. Y abres el ojo a la media hora, y lo vuelves a cerrar, y lo abres a la hora y ves que aún es de día y dices: yo hasta que no se haga de noche no me levanto de aquí. Y te despiertas a las siete de la tarde super relajada y a la vez completamente estúpida, con ganas de, por este orden, comerte una tableta de chocolate y morirte luego.

Después de mi siesta de viernes me puse a dar vueltas por mi casa totalmente desorientada, planteándome qué podía hacer con las horas que le quedaban a mi tarde. Me hice un café (descafeinado) y me lo tomé frente al portátil. Al final decidí salir a por lo básico: comprar una alcachofa de ducha y pasarme por el Carrefour a rellenar la nevera. Y me dije: "voy a hacer unos mandaos", que es una expresión que aquí en Cádiz se usa mucho.

Salí a la Viña encendida y ruidosa. Buscar una alcachofa de ducha. ¿Dónde compra uno una alcachofa de ducha? ¿Hay tiendas para eso? ¿Tendrán en un chino? Paseé sin rumbo por las callejuelas bulliciosas hasta encontrar una tienda de electrodomésticos donde me redirigieron a una fontanería. Entonces me entró el frenesí comprador de maruja de barrio y adquirí, por este orden: la alcachofa de ducha, un taco de fichas para anotar ideas para escribir, un flexo para la cama y una plancha rosa.

[Inciso: fragmento de mi conversación con el vendedor de planchas.
Yo: quería una plancha.
Vendedor: ¿De cocina o de planchar?
Yo: de planchar.
Vendedor: pues tenemos ésta, que sale por veinticinco euros, y esta q...
Yo: ¡quiero la rosa!
Vendedor: es una buena opción, pero también tenemos esta de aq...
Yo: ¡¡¡la rosa!! ¿Qué parte de "la rosa" no ha entendido?

Fin del inciso.]

Yo no soy muy de tiendas de barrio; lo compro todo en el Carrefour y no me conflictúo. Pero cuando venzo la pereza y me animo a ir, me gustan las tiendas especializadas en cosas. Me encanta sumergirme en esos pequeños universos regentados por personas que lo saben todo de, por ejemplo, lámparas, o artículos de baño, o lanas de colores. Dan cierta tranquilidad de que está todo controlado. Siempre me entran ganas de hacerles la misma pregunta: ¿le gusta su trabajo? Una vez se lo pregunté a la dependienta de una papelería especializada en Bellas Artes de Málaga, porque pensé que sería genial currar en un sitio tan lleno de colores y posibilidades. La chica me miró un poco extrañada y luego sonrió como si me estuviera contando un secreto, "la verdad es que sí".

Por último, entré en una tienda de congelados. Observé a la tendera mientras me servía un par de rodajas de salmón y un cuarto de gambas peladas. Pensé que el sitio tenía cierto aire de morgue, con todos aquellos alimentos helados y fríos, y concluí que no era muy posible que a la chica le gustara su trabajo. Creo que trabajar allí tiene que configurar de alguna manera tu cabeza. Seguro que esta chica después llegaba a casa y su novio le decía: "cari, qué antipática estás hoy", y ella le miraba con los ojos compungidos, incapaz de derretir su corazón congelado después de un día de frío.

Y me despido por hoy, que estoy cansada de escalar. Por cierto, esto de postear cada dos días al menos me hará practicar más a menudo con la escritura en pasado. Yuju.


jueves, 1 de marzo de 2012

Dormir y despertar

Que le estoy haciendo un montón de publicidad a Albert Espinosa. Pero bueno, él lo vale: ya os he dicho que el libro no es gran cosa, ni siquiera en su género, pero en un par de momentos hace que se te dé la vuelta el cerebro, y esa sola experiencia ya merece la pena.

El caso es que dice que los amarillos te ven dormir y despertar, y que todo el mundo que te quiere de verdad debería verte despertar al menos una vez. Porque despertar es como volver a nacer. Pasar de las tinieblas del inconsciente a la dura realidad de la mañana.

Se puede saber mucho de una persona por cómo se despierta. Yo me despierto al cien por cien. Quiero decir, que suena el despertador, abro los ojos muy rápido y mi mi cerebro va exactamente al mismo ritmo que por ejemplo ahora. No me quedo boqueando como los peces y luchando contra las sábanas. Nunca vuelvo a dormirme, nunca atraso la alarma: digo en voz alta "buenos días, mundo" y me levanto de la cama. No quiero decir que siempre me despierte de buen humor. Mis primeras palabras un día de la semana pasada fueron algo como "me voy a cagar en Dios con el puto frío". Sí, sí, en Cádiz no hace frío: pues os reto a pasar el invierno en un piso sin calefacción donde todo está practicamente mojado de puro húmedo.

Despertares.

Despertar con mis amigas en los campamentos de los scouts. En un iglú de cuatro podíamos dormir siete niños: seis apiñados como espárragos en una latita y uno a los pies. El que se colocaba a los pies era o el paria social, o el más generoso, o el más pequeño o la más dura (la PK). Nos despertaba el silbato de campamento, y las primeras conversaciones siempre giraban en torno a lo que había pasado durante la noche. Yo me había levantado tres veces a mear. La PK se había deslizado hasta tener su cabeza en mi estómago. Caro daba patadas o Metemary hablaba en sueños.  Empezábamos el día riéndonos de lo que habíamos vivido juntas de noche. A lo mejor mis amigas y yo nos queremos tanto por la cantidad de sueños que hemos compartido.

Despertar con MQEN. Dormía boca abajo, tieso como un palo, con los pies asomando por el colchón porque era muy largo. Yo me despierto a cien, ¿no? Pues MQEN se despierta a cinco. Yo le daba miles de besitos y él giraba la cabeza hacia el otro lado para no verme. Al final me levantaba desesperada y me iba a la cocina a preparar el desayuno y a quitarle las pasas al muesli, resignada a que MQEN alcanzara un punto normal de activación fisiológica más o menos a las dos de la tarde.

Despertar con J. J. se despierta a ciento cincuenta. Escuchaba mis párpados al abrirse, lo juro por Dios. Nunca, nunca, jamás he estado yo despierta mirándole dormir. Siempre se despertaba antes que yo o a la vez, y empezaba a charlar y reírse como un maníaco mientras insistía en lo guapísima que estoy por las mañanas "con los ojos hinchaditos". Se despertaba, se vestía, bajaba a por pan, hacía zumo con el exprimidor manual porque le parecía "más auténtico". Era como levantarse junto a una locomotora.

Despertar con Mariana, mi compañera de habitación de Barcelona. Yo me desvelaba exactamente veinte minutos antes de que sonara el despertador para ir al baño, y ella protestaba porque le fastidiaba el final del sueño. Pero después subíamos la persiana y se escuchaba de lejos el tráfico matutino en la enorme autovía que cruzaba el valle, y veíamos asomarse el sol por detrás del campo. Desayunábamos juntas: yo cocía una avena asquerosa porque ya estaba empezando con la ortorexia; ella mezclaba dos mueslis porque le gustaban los dos juntos y se lo echaba al café. El desayuno de los adultos, lo llamaba.

Despertar con el MIR de la siesta o de la noche de guardia. El MIR también se levanta de buen humor, porque el MIR es amor en estado puro. Le escucho atrasar la alarma de la siesta porque no ha podido dormirse, o dar vueltas por la mañana inquieto después de una noche de sueño amenazado por el busca. Me deja pasar al baño primero y se ríe porque sabe que sin lentillas no veo un carajal. Las guardias compartidas tienen cierto ambiente curioso de campamento adulto.

Despertar con la gatusa cuando aún estaba conmigo...


Jo. Era joven y guapa.


Despertar con mis amigas, pero esta vez más adultas, de resaca, compartiendo colchones tirados en el suelo. Escuchar decir a la PK: "Pues a lo mejor no era tan buena idea echarle tequila al mojito", intentar convencer a Arantxa para que vaya a por churros. Estirar las mañanas perezosas riéndonos en horizontal, que como todo el mundo sabe es el momento en que la risa suena mejor y es más fácil compartirla.

Despertar con Irene en su furgo mientras los perros nos caminan por encima y se escucha al Kpot fuera diciendo que a ver si vamos ya a desayunar, que se aburre. Despertar con el Kpot en su furgo y empezar a decir chorradas a primera hora porque él, en un ejercicio solidario de TMS*, también se levanta al cien por cien. Despertar en una tienda helada de frío junto a Ara, que me echa una jarapa por lo alto y se solidariza cuando me quejo de la mierda de saco que me ha dejado el Shindo.

Despertar junto a Marco, el italiano, que dormía con profundidad de cadáver, y sentirme tan ajena y absurda en la esquina de su cama de noventa que no podía respirar. "La tua casa è troppo grande, ma il tuo letto è troppo piccolo", le diría yo luego, complacida de una manera extraña por el simbolismo del asunto. Despertar junto a IA en su furgo, acariciarle la piel lisa y morena casi con miedo y susurrar "te voy a dejar romo, como a un agarre que se usa muchas veces".

"Sentir la pérdida (el sueño) y el despertar (el renacer)", dice Albert. Entrando y saliendo de nuestros mundos paralelos. Cuántos despertares, cuántas mañanas nuevas junto a gente distinta. Ahora me voy a la cama para levantarme mañana conmigo misma. Y la verdad es que a veces pienso que echo mucho más de menos despertar con alguien que dormir acompañada.

*TMS: Telepatía de las mentes sucias. Más sobre el concepto aquí.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Tercer post: mi primo amarillo

Ya sabéis todos lo mucho que quiero a mi primo. Bueno, no, no lo sabéis. Os hacéis un poco una idea, pero no lo sabéis. El caso es que después de leer el libro de los amarillos he llegado a una conclusión importante:

Mi primo Sergio es el amarillo definitivo.

Os recuerdo la definición de amarillo, by Albert Espinosa: persona que no es amigo ni es amante. Que te hace sentir especial. Que no necesita mantenimiento. Que te toca y deja que le toques. Que te ve dormir y despertar. Insisto en que es una definición rara y quizá un poco cursi, y que cuando uno lo lee piensa: Albert Espinosa, se te ha ido el coco y te estás inventando una nueva categoría de gente. Pero dándole vueltas al asunto llegué a la conclusión de que si existen, mi primo Sergio es mi amarillo definitivo, porque me hace sentir única y estupenda, me da cariño físico sin reservas, está ahí contra el tiempo y la distancia y me ha visto muchas veces dormir y despertar.

El sábado fuimos a tomar cañas seguidas de cafés seguidas de copas. Al principio toda la familia; después los adultos se fueron y nos quedamos los jóvenes que, por otra parte, ya tenemos una edad. Nos fuimos al Zeus, el bar de un colega de mi primo.
- ¿Yo a ti por qué te querré tanto? - me preguntó Sergio en algún lugar entre la quinta y la décima cerveza.

Es un tema recurrente entre nosotros. Por qué nos queremos tanto. Porque es un poco inexplicable: él me quiere desde que nací y yo a él desde que tengo memoria. Pero no es un amor típico de primos, ya sabéis: te quiero porque bueno, tengo que quererte, pero en realidad ni siquiera nos vemos mucho. Es un amor mucho más intenso y más salvaje, casi de enamorados no incestuosos. Cuando estamos él y yo, los demás no nos importan mucho. Le escucho hablar, decir chorradas, hacerme reír y no puedo más que abrazarle y/o mirarle embelesada.

El sábado él decía que es una cuestión de vidas pasadas. En el café habíamos estado hablando de qué queremos que hagan con nosotros cuando muramos. Es curioso, porque a mí se me había ocurrido la misma idea mientras iba en el tren, y pensaba que sí, que incineración, pero que a ver qué hacían luego con mis cenizas. Y ahora creo que si sigo escalando el resto de mi vida igual pido que las entierren al pie de una vía difícil y bonita, para ver cómo la gente le da pegues y más pegues durante su eternidad inmutable de roca.
- Yo no creo que todo se acabe aquí, de verdad - me decía mi primo mientras quitaba con la cuchara la nata de su café irlandés -. Yo creo que hay otras vidas. Dime si no por qué tú y yo tenemos esta conexión. Es algo especial, no se explica porque seamos primos, porque yo te quiero a ti bastante más que a todos los demás.

Me reí. Yo digo mucho también lo de las otras vidas; no sé si porque me lo creo de verdad o porque me resisto a pensar que todo se acabe después de setenta u ochenta raquíticos años y que tenga que dejar aquí a gente a la que quiero tanto.

Estuvimos en el Zeus un montón de rato, pero como habíamos llegado temprano aún eran las diez cuando ya estábamos listos de papeles. Sergio y yo bailábamos los Piratas: éramos los únicos del bar y nos podíamos permitir el lujo de pedirlos en bucle. "Ahora prometo solo pensar en ti", cantaba mi primo señalándome, y yo me partía mientras le daba tragos a mi gintonic, porque Sergio borracho baila decentemente pero canta muy, muy mal.

Entonces me miró muy fijamente.
- Si descubro la forma de hacerme vampiro, ¿quieres que te convierta?
- ¿Qué?
- Vampiro, vampiro inmortal. Porque yo cada vez tengo más claro que querría ser inmortal. Pero igual la eternidad solo es muy aburrida, así que dime, ¿quieres que te convierta?
- Claro que sí - asentí yo, decidida. Él sonrió y siguió bailando.

Hoy ha venido al mediodía a despedirse, justo antes de que yo saliera en dirección a Atocha. Está mortal de guapo con su traje azul marino y su camisa celeste, que le hace juego con los ojos. Entra como un torbellino en la cocina y se abalanza sobre mí, que me estoy pintando las uñas en la mesa.
- Que tengo un montón de prisa, dame un beso, gorda, que te quiero - me agarra, me abraza fuerte, yo le abrazo también e intento no mancharle de esmalte la chaqueta del traje -. Uy, casi se me olvida - añade luego, y saca del bolsillo interior un librito. Muchas vidas, muchos maestros, de Brian Weiss: un libro sobre las regresiones y la reencarnacion.

Desaparece detrás de la puerta de la cocina. Luego vuelve, "dame otro beso", y por fin se va, dejándome con la soledad reversible de quien se queda de pronto sin su amarillo favorito y con el libro sobre las regresiones en la palma de la mano. Voy a omitir lo que pienso de las regresiones y/o de los libros que hablan de ellas. En el debate entre el escepticismo y la fe, creo que agoté toda mi fe queriendo ser santa y sólo me queda el escepticismo. Aun así, es bonito, pienso. Es muy, muy bonito que alguien te regale un libro sobre la regresión sólo porque quiere demostrarte que te conoce de otras vidas y que quiere estar contigo siempre.




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Edito hoy miércoles para contaros que escribir una novela es motherfucking difícil y que llevo una hora sintiéndome como si intentara bañar un gato. Así que podéis regocijaros, que igual pronto me doy por vencida y estoy aquí otra vez en mi confortable casita bloguera.

martes, 28 de febrero de 2012

Segundo post: Madrid en amarillo

Quedo con Erika en la Puerta del Sol. Que te llamen por teléfono, te pregunten dónde andas y tú digas "En Sol", así como si nada, me suena madrileño de la muerte. Estoy en el Corte Inglés, en el stand de MAC, a la búsqueda del rojo de labios perfecto. Lo cual es absurdo, porque me voy a pintar los labios de rojo dos veces en los próximos cien años, pero esas dos veces quiero estar estupenda. Al final, por una extraña confusión de mi cerebro que no voy a explicar porque es larga y absurda, acabo con dos rojos, dos: uno mate y potente, otro brillante y un poco más suave. Me pinto los labios en el baño del Corte Inglés y salgo a la plaza.

En Madrid uno se siente no exactamente pequeño, sino anónimo. Aquí en Cádiz, por ejemplo, es como que la vida tiene peso. La gente es parte de cosas. Lo notas en cuanto sales a la calle: vas caminando por la Viña y de repente tienes que pararte, y es porque se ha formado uno de sus típico atascos de gente, que consisten en que dos o más personas se han encontrado por casualidad y ahora están tranquilamente charlando y bloqueando el paso. La gente se conoce, canta en público, le grita a sus hijos en las plazas. Las vidas tienen una especie de entidad. En Madrid una se siente todo el rato como el cliché de alguien más que como alguien en sí. El cliché de chica solitaria que se duerme la siesta en el Retiro. El cliché de pareja guapa que toma café junto a la ventana del Starbucks.

Lo que no es necesariamente malo, ojo. El momento siesta en el Retiro ha sido sencillamente perfecto. Andaba yo con una hipoglucemia del Averno tras haber tenido la ocurrencia de tomarme un café bombón por ahí, así que me compré una bolsita de anacardos que tragué sin transición: para cuando me di cuenta de que estaba medio indigestada, ya era demasiado tarde, así que me tumbé al suave sol primaveral con el bolso bajo la cabeza y me quedé frita. Llevaba toda la mañana leyendo "El mundo amarillo", de Albert Espinosa, que es de esos libros que no me compraría pero que puedo pedir prestado de la biblioteca para ver qué hace que todo el mundo lo compre. Y a ver, el tal Albert está como unas maracas. Es como el estereotipo de "el cáncer me enseñó tanto, y ahora soy como Papá Noel harto de Prozac echando un polvo en Disneylandia". Y cuenta cosas que como que no te las crees mucho, porque cuando estaba en el hospital todo el mundo a su alrededor era sabio y compasivo, y la enfermera bailó con él una canción de Machín el día antes de que le cortaran la pierna y blablablá. Pero a pesar de todo esto y a pesar del cinismo que también a mí me sale a veces, el tipo consigue que te metas en tu juego, que sonrías con sus ocurrencias y que te sientas contento sin saber bien por qué. Lo que no es moco de pavo.

El caso es que paso el resto del día tomando cafés en sitios sucesivos, pensando en la novela que voy a escribir, sintiéndome feliz por estar viva, comprando libros y dándole vueltas al concepto de "amarillos". Todo así revuelto. Lo de los amarillos lo dice Albert en el libro: personas que no son exactamente amigos ni tampoco amantes. Que aparecen en tu vida y te hacen sentir especial. Personas que te tocan y a las que tocas, que te han visto dormir y despertar. Que no necesitan mantenimiento, como llamadas o mensajes, porque vuestra conexión no depende de eso. Es un concepto muy raro; mejor leer el libro para entenderlo. Pero es bonito. Creo que los amarillos existen y creo que he tenido algunos, y mientras doy vueltas por Madrid esperando a que Erika salga de currar pienso que sin duda ella es una amarilla.

Aparece por la calle Montera que, por cierto, ¡¡qué fuerte!! Está llena de putas. Pero qué clase de ciudad rara es esta, con la gente tomando cañas a las ocho de la tarde y un montón de prostitutas así tan campantes esperando de pie con medio culo al aire. La cosa es que llega Erika y me dice que estoy  guapísima, y yo también se lo digo a ella, y me alegro un montón de que nos encontremos en la Gran Ciudad. Erika es hawaiana (verídico), pero lleva tanto tiempo aquí que habla español con acento andaluz. Coincidimos en Cádiz los primeros meses del PIR, pero luego tuvo que irse porque terminaba la carrera. Es indescriptiblemente guay. Todo lo que dice o hace es como si lo escucharas por primera vez. Tiene el superpoder de crear tiempo nuevo, de poner las cosas sobre la mesa como recién lavadas y hacer que tú las veas igual.

"Que eres mi amarilla," le explico en cuanto nos sentamos en un Rodilla a tragar un par de sandwiches. Se ríe mucho con el concepto." Eres mi amarilla - le explico -, porque me haces sentir especial. Porque no necesitas mantenimiento, y como eres fisio me has tocado un montón, me has dado masajes y me has utilizado como cobaya para las prácticas de movilización de articulaciones. Y nos hemos visto dormir y despertar, como aquella vez que eché la siesta en tu casa y al despertar te miré muy fijamente y te dije que ojalá estuvieras hecha de chocolate para poder darte un bocado."

"Qué guay ser tu amarilla", contesta, y luego le cuento la idea de mi novela y le parece genial, y nos pasamos el resto de la noche buscando un nombre para el protagonista. "Llámale Domingo, o Bienvenido", me dice, porque son nombres que le gustan. Mira el significado desde su espíritu libre de no hispanoparlante y le encanta que alguien pueda llamarse como un día feliz de la semana, o que a alguien se le diga siempre que es bien recibido en algún sitio. Yo me niego a llamar así al protagonista de mi novela, pero me río igual.

Nos pintamos los labios de rojo. Ella se pone el clarito brillante, yo el fuerte mate, y nada más ponérselo le queda tan bien. Destaca reluciente en medio de sus rasgos japoneses y de su pelo liso y negro, así que le regalo el pintalabios y nos vamos a buscar algún lugar donde poder tomar un vino. "Te cambia el aura", me dice al cabo de un rato. "¿El qué? ¿El vino? ¿La amistad? ¿Los amarillos?". "No, no, el pintalabios rojo".

Vuelvo tarde a casa, mirando mi reflejo de labios rojos en las ventanas oscuras del metro. Me pesa un horror el bolso porque me he gastado un dineral en libros. Que la culpa no es mía, la culpa es de ese paraíso en la tierra llamado La Casa del Libro, que te tienes que subir con escalera a la sección de psicología para bucear entre los estantes de terapia familiar, muy fuerte. Me bajo en Coslada Central por bajarme en algún lado, que no os creáis que tengo muy claro hacia dónde queda la casa de mi tía. En la calle no hay ni Dios y yo me oriento como puedo. Me entra un poco de miedo: yo, tan pequeña, con mis labios rojos y mis bolsas de libros, ahí sola a medianoche en la periferia de la Gran Ciudad. Luego pienso que el miedo no me va a servir de nada: que ahora mismo mi misión es orientarme bien y estar alerta. Me alejo de las paredes, abro mucho los ojos y me esfuerzo en recordar que hay que gritar "fuego" si te atacan, porque es más probable que la gente acuda.

Llego sana y salva a casa de mi tía. Estoy contenta. Lo he pasado muy bien. No sólo mirando libros y material de montaña, o tomando un caramel macchiato enorme porque el Starbucks será Satán, pero hacen un café bien rico. Sobre todo, me lo he pasado bien con Erikita. Mi amarilla. Y las ciudades serán lo que sean. Me da miedo Madrid y perderme entre un montón de gente que parece estar haciendo lo mismo que yo. Me da miedo no ser capaz de encontrar el silencio. Pero en realidad lo importante, lo digo siempre, es la gente. Erika convirtiendo Madrid en una extensión de Cádiz, o de Málaga, o de cualquier lugar en que te hayas sentido feliz, acompañada y muerta de risa.

Y aquí queda el segundo post de hoy. Voy a cenar y a ver si me atrevo con el tercero. Mi estado de ánimo mejora de manera exponencial. La lavadora ya está centrifugando. Todo va bien.

jueves, 23 de febrero de 2012

Fuertectual: fuerte e intelectual

El comentario de Khal Yeleytr en el post anterior me ha hecho reflexionar. Dice algo como que le cuesta conciliar mi faceta de escaladora con la de intelectual con blog, post diario, trabajo sedentario etc etc. Eso me ha hecho pensar un poco en mí y en mi relación con el deporte. La verdad es que ayer, mientras saltaba a la comba en plan Rocky entre serie y serie de movimientos de escalada, le decía a otra chica que hace poco que entrena: "Yo antes no era así. En serio". "¿Así cómo?". "Yo qué sé, así de... ¿activa?".

A lo largo de toda mi vida, mi relación con el deporte ha sido terrible. Para mí era un castigo; algo como si Dios, cuando lo de la manzana, hubiera dicho: "ganarás el pan con el sudor de tu frente y además tendrás que hacer deporte".

Cuando era pequeña, mis padres parecían conscientes de que tenía que hacer deporte para salvarme de la obesidad infantil. Durante muchos años probé, de forma más o menos intensa, el ballet, la natación, la orientación, la vela, la equitación, el esquí, el tenis, el baloncesto, el atletismo y el yoga. Sólo se me dio medio bien la orientación, porque había que pensar y pensar es mucho mi rollo: fui a campeonatos y gané hasta medallas. Yo en un podium con dos medallas de oro al cuello: una vez en un siglo, como los eclipses.

El resto se me daba normal o directamente fatal. En baloncesto, por ejemplo, tardé MESES en meter una canasta EN LOS ENTRENAMIENTOS. No era un lastre para el equipo porque jamás me eligieron para los partidos. En tenis el profesor repartía dos tipos de puntos reforzantes: unos amarillos por jugar bien, otros verdes por portarse bien. Adivinad cuáles me daba a mí. A yoga me apuntaron porque con once años ya estaba tan estresada por la vida como para que me lo recomendara la psicóloga del colegio, y con mi elasticidad nula gemía de dolor en la postura del loto mientras me preguntaba por qué me odiaban mis padres.

Luego llegó la adolescencia y el deporte pasó a convertirse en "eso que debería hacer para estar buena". Claro, que en mi caso estar buena era algo bastante improbable si tenemos en cuenta que iba a las mercerías a buscar sujetadores y los dependientes me decían que tan pequeños no los fabricaban. Pero todos los meses la Super Pop sacaba alguna tabla de ejercicios donde chicas preciosas posaban sonrientes, y te permitías creer que si sacabas tiempo para hacer tres series de abdominales al día durante un mes tú también te parecerías a esas chicas perfectas. Así que hacía abdominales durante más o menos cuatro días y luego volvía a comer donetes y a medirme las tetas para ver si me habían crecido.

En la facultad pasé al pragmatismo. Ni me iban a crecer las tetas ya más, ni iba a estar buena, ni nada. Más me valía pasarme a los hombres gafapasta, que apreciarían mi encanto intelectual y mi genio creativo. Y el deporte pues bueno: una vez al año me proponía salir a correr, y durante el mes y pico que aguantaba me sentía fuerte y sana. Y pensaba: ya está, me he convertido en deportista. ¿Cómo he podido vivir antes sin esto? Soy adicta al deporte, lo necesito, soy sana y activa. Mentira cochina, que a la mínima excusa volvía a dejarlo estar y a pasarme las tardes sentada en el ordenador y/o en el taburete de un bar.

Para no convertirme en un desecho obeso, caminaba mucho por Granada y montaba en bicicleta. También me apunté a danza del vientre o, como decía J., a danza de la panza. Allí conocí a Silvia, por cierto. Fue divertido y aguanté un año y pico, e incluso participé en un super espectáculo que montó mi profesora. Estuvo bien porque tampoco soy de las que bailan. Hasta entonces, mi cara de bailar era algo como "no sé bailar y me da vergüenza y soy un fraude y todo el mundo se está dando cuenta". A partir de la D de la P adquirí un poco de confianza en mi coordinación, y ahora directamente me da todo igual y bailo como una retrasada así, sin complejos.

Y llegamos a la etapa actual. La Etapa Adulta. A partir de mi diagnóstico de rodillas de anciana y de darme cuenta de que no podría correr más, ni siquiera un mes al año, decidí que tenía que hacer deporte. No para estar buena ni para evitar la obesidad, sino para estar sana. Física y mentalmente. Así que empecé a nadar. Y no me iba mal; nadar me gusta. Me relaja, me desconecta el cambio de gaseoso a líquido y cuida mi espalda. Y así habría seguido, nadando despacito y mal hasta ser una anciana que toma leche de soja enriquecida con calcio, de no haber sido por ese evento que cambió mi vida para bien hace ocho meses, a saber:

EMPECÉ A ESCALAR (¡¡sorpresa!!)

Y bueno, para mí escalar no es deporte. No lo es en el sentido que para mí ha tenido el deporte siempre, a saber: esa actividad sufridora que quieres que se acabe cuando la estás empezando. Cuando miras a los que salen del gimnasio cuando tú entras y piensas: qué envidia, cojones. Yo quiero estar en mi casa comiendo ensalada con la sensación del deber cumplido, y no aquí sudando mientras me grita el monitor de spinning.

No sé qué tiene la escalada que la hace tan distinta a todo lo demás. No sé si es la parte mental: es analítica, exige cierta creatividad y mucho autocontrol. No sé si es el chute intermitente de neurotransmisores felices que te produce conseguir un paso difícil o encadenar una vía. El caso es que a mí no me hace falta fuerza de voluntad para escalar ni para entrenar. Me apetece siempre.

Y sobre si siento que no encaja con el resto de mí... me está costando aceptarlo. Sí que me siento un poco una farsante. Como si no perteneciera a ese mundo tan físico. Además, me neurotizo con las lesiones, y me preocupa estar, como dice Murakami en su libro sobre correr, "echando sin parar agua en una olla que tiene un agujero". Peeeero... me gusta vivir la vida como si de verdad contuviera todas o la mayoría de las posibilidades. Que ahora, después de 26 años de sedentarismo intermitente,  ponerme fuerte sea una meta en mi vida, me parece divertido. Me ilusiona como pocas cosas. En mi mundo gafapasta de alternar escribir con dibujar con tocar el piano con leer con pensar muy fuerte, desarrollar mi parte física ha enriquecido mi vida de una forma que no me esperaba.

J. siempre decía que la canción que le recordaba a mí era "Physical", de Nine Inch Nails. "You're just too physical to meeeee", me cantaba aporreando su guitarra eléctrica. Yo. Que me he pensado siempre como un cerebro con patas. Y ahora me siento física. Miro mis manos, capaces de agarrarse (más o menos) de finas regletas, y mis brazos, capaces de levantar mi cuerpo de una barra de dominadas, y me siento orgullosa. Diferente. Más persona. Y me ayuda a escribir mejor y a trabajar mejor, sin duda. Me relaja, me construye, me integra.

Y no creo que pase con todos los deportes ni a todas las personas. Creo que tienes que encontrar el tuyo, y que igual ni aun así. Pero cuando pasa pues mola mucho. Así que espero seguir mucho tiempo.

Y ahora os copio un trocito del libro de Murakami:


Aunque este tipo de vida, vista desde fuera, pueda parecer efímera, inútil y sin mucho sentido, o sumamente ineficaz, me digo que hay que resignarse a lo que hay. Y aunque realmente no se trate sino de un acto vano, como verter agua en una vieja olla agujereada, al menos siempre quedará el hecho de haber realizado el esfuerzo. Tendrá su utilidad o no, será o no atractiva a los ojos de los demás pero, en definitiva, lo más importante para nosotros es, en la mayoría de los casos, algo que no puede verse con los ojos (aunque sí sentirse con el corazón). Y, a menudo, las cosas realmente valiosas son aquellas que sólo se consiguen mediante tareas y actividades de escasa utilidad.

miércoles, 22 de febrero de 2012

La soledad y la escalada: llevando el frikismo un poco más allá

No sé exactamente qué hora es, pero digamos que algún momento entre las cinco y las siete de la tarde. Estoy en una tienda de alimentación del centro de Puerto Real. En estos momentos mi aspecto es el siguiente: trenza despeluchada, pantalones de deporte grises hasta la rodilla, camiseta de tirantes, una rebeca larga de lana morada y un pañuelo al cuello. Los pies de gatos puestos, aplastándome los dedos en la puntera. La cara y las manos llenas de magnesio, con las uñas pintadas de rojo destacando en medio del polvo blanco.

La razón de que lleve esta pinta de loca y no me haya quitado ni los gatos para ir a comprar agua es que ahora mismo me quedan siete minutos, medidos por el cronómetro del Kpot, para la siguiente serie de veinte movimientos en el desplome del roco. Cuando terminen los siete minutos sonará la alarma que hemos elegido, algo como una sirena de submarino en estado de emergencia, y me tocará colgarme de nuevo para que me marque otra vía.

El tema es que el amigo Kpot y yo no estamos leyendo un libro sobre entrenamiento para la escalada. Que no se puede ser más frikis. Que él vale, porque hace 8a y está muy fuerte y tal, pero ¿yo? Metro y medio de ex rubia sedentaria que cualquier día se lesiona y se tiene que poner a hacer ganchillo. Pero yo qué sé, vi el libro y me llamó la atención, lo compré, luego se lo presté al Kpot y este mediodía me ha recogido del hospital con un planning en Excel de lo que iba a ser a partir de ahora mi entrenamiento de escalada. Algo como: lunes y jueves nadar a muerte, sábado y domingo escalar a muerte, martes y miércoles en el roco a muerte. Ha diseñado series de movimientos con dificultad ascendente, descansos entre vías y entrenamiento de los músculos antagonistas. "Serás mi cobaya", me ha dicho. Y hemos echado la tarde con el cronómetro zumbando cada X tiempo, él marcándome vías y yo tirada de risa, apretando a muerte y sintiéndome como Patxi Usobiaga.

Me comenta Silvia en el post anterior que es complicado construir los vínculos necesarios para acabar con la soledad. Hoy he terminado el libro, y la verdad es que la conclusión es poco esperanzadora. Las herramientas no están claras, y aunque a veces parece que el fin de una soledad grave llega como resultado del esfuerzo de la persona, otras veces sucede de manera casi fortuita. Te cambias de trabajo, conoces a tu pareja en un bar o te apuntas a un curso de escalada de fin de semana, y bueno, los vínculos aparecen y la soledad se va. Más o menos.

La escalada ayuda porque es un deporte que necesita de la gente. No se puede ser un escalador independiente; como mínimo, necesitas a un compañero que te asegure desde abajo. Y asegurar o que te aseguren, de por sí, es una experiencia. Pones tanta confianza en la persona que dejas tu vida en sus manos. Confías en que responderá cuando lo necesites, en que te prestará toda su atención y sabrá amortiguar el dolor cuando te caigas. Aunque no sea más que una metáfora, creo que de alguna forma ayuda a que tu subconsciente construya esos vínculos y esa imagen de los demás como personas que están ahí para respaldarnos.

El tema del post de hoy es que bueno, yo parecía una loca en la tienda de comestibles. El dependiente me miraba contar monedas con las manos temblorosas y llenas de magnesio y no creo que se imaginara que soy la psicóloga de la Unidad de Agudos, y que por las mañanas hago cosas serias como valorar si un paciente tiene o no la intención de suicidarse. Y que es muy divertido y muy motivante ir al roco con un plan hecho, marcarse objetivos, querer mejorar y ser capaz de entrenar tres horas porque realmente no hay ningún otro sitio en el mundo en el que te apetecería estar.

Pero lo que de verdad me ha conmovido del día de hoy es el hecho de que el Kpot se haya parado a pensar un plan para mí. Porque yo me paso la vida en constante autocoaching. Que si escribe todos los días, que si estudia una tarde por semana, que si intenta meditar algo aunque sea antes de dormir. Que si ahora voy a planear mis menús para esta semana o a buscar en Google cómo cojones se cambia la bombilla del techo del baño. Vivo en la autosuficiencia. Y cuando alguien hace algo así por mí sin que yo se lo pida pues oye, me llega. Lo demás, teacher, no tiene tanta importancia: los minutos entre series,  el peso de las mancuernas, la cantidad de movimientos. Lo esencial ya lo tenemos.

Así que bueno, Silvia, no sé cómo se construyen vínculos. Es triste, pero creo que la suerte tiene mucho más que ver de lo que pensamos. Pero a veces sucede. A veces sientes esa conexión. Con una actividad, con una pasión, con una o varias personas. Y cuando sucede es tan estupendo que lo único que puedes hacer es agradecerlo así casi con disimulo y cuidarlo con todo el esmero del que seas capaz, porque es algo raro y valioso. Porque sabes que no es fácil. Porque merece la pena.