- ¿Qué haces, pitufa?
- Aquí estoy, comprándome un libro.
- ¿Y eso?
- No sé, no tenía nada para leer, he visto la papelería abierta y he entrado.
- ¿Qué te has comprado?
- Lo último de Paul Auster.
En efecto; a pesar de decir hace poco que creo que PA está gagá, la señora de la tienda me estaba presionando porque iban a cerrar y he acabado apostando por él. Que quizá pueda defraudarme, pero seguro que no mucho-mucho.
Con los libros, me dice mi padre, pasa como con la droga: cuando la necesitas te llevas lo que te ofrecen. También dice que él no se va a comprar lo último de PA porque desde que se está haciendo viejo le deprime mucho. Le entiendo cuando abro el libro tirada en el sofá de mi casa y leo la primera frase: "Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona en el mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro".
Ahí está: la vejez resumida por Paul Auster en cuatro frases escasas. Imagino que a mi padre le tiene que sonar demasiado. Imagino que a lo mejor para mí, desde mis veintiséis años femeninos y sólo moderadamente destruidos, es más sencillo tolerar que un señor te hable con crudeza de lo que significa hacerse viejo.
"Sin duda eres una persona precaria y dolida, un hombre que lleva una herida en su interior desde el principio mismo (¿por qué, si no, te has pasado toda tu vida adulta vertiendo palabras como sangre en una hoja de papel?)." Precaria y dolida; me parecen dos adjetivos bien escogidos, muy precisos. Sé lo que es sentirse así. He pasado el fin de semana escribiendo, más o menos; tengo que pillar continuidad literaria, aguantarle el pulso a mi libro y ser capaz de pasar más tiempo sentada frente al escritorio sin abrir en Facebook, pero no me quejo. No sé si escribir está correlacionado con ser una persona precaria y dolida. Intento que no lo esté, pero yo misma he dicho varias veces eso de estar roto en un sentido básico de la palabra.
Me he atascado. Estoy cansada y tengo ganas de meterme en la cama. Pienso en lo que me comentó ayer el señor M.: algo como que cuando me lee es como si le estuviera hablando. Me ha gustado tanto la frase que la he apuntado en una de mis recién adquiridas fichas para ideas literarias. No sé por qué: me ha resultado un elogio encubierto. Es bonita la idea de que alguien te hable despacio todas las noches. A veces, no sé si lo sabéis, me siento como Scherezade, la de las Mil y una Noches. Siempre me gustó ese personaje, narrando sin parar un día detrás de otro para salvar la vida. Aunque siempre he creído que salvar la vida era un beneficio secundario; que lo que de verdad quería ella era mantener a su audiencia.
Últimamente siento que estoy perdiendo fuelle. Al mismo tiempo, siento que debo seguir escribiendo a diario. Es la única forma de que de vez en cuando salgan cosas bonitas, en medio de mareas y mareas de autocompasión y vueltas sobre los mismos temas. Lo veo a menudo en los blogs ajenos: una dice "ya está otra vez con lo mismo", y de repente sorprende un trozo de emoción reluciente, de los que te hace pensar: oye, pues la vida mola si uno tiene la oportunidad de sentir esto. Así que sigo escribiendo, a pesar de sentir esa pérdida de fuelle, o de chispa, llámalo X. No sé si vosotros lo notáis, pero bueno; aquí estaré. Aunque a veces relea los post y me produzcan sólo un encogimiento indiferente de hombros. Aunque nadie vaya a cortarme la cabeza a la salida del sol.

