massobreloslunes

viernes, 4 de mayo de 2012

Preocupante pesimismo de viernes

Una unidad de agudos, en realidad, es igual que en las pelis. Los pacientes paseando con la mirada ida, los mutistas, los agresivos, los maniacos. Uno que canturrea solo, otra que se desmaya de histerismo en medio del pasillo, otro que necesita correr en calcetines por las noches porque si no, no puede dormir. Los contenidos, amarrados a sus camas y gritando "¡Dejadme salir! ¡Yo no estoy loco!". Los que bajan por las mañanas a que les den terapia electroconvulsiva. Y, aun así, tú te acostumbras a eso, entras, sales, saludas, sonríes, intentas trabajar y te tomas tus yogures a media mañana. Como en todos lados, hay momentos aburridos, y también días desesperantes en los que te harías una camiseta que pusiera "no te voy a dar el alta hoy por mucho que te empeñes" o "no, aquí no se puede fumar".

Otros días, sin embargo, la realidad te atrapa y te sobrecoge, y tú no puedes más que asistir boquiabierto y asombrado a las muchas maneras de sufrir que tiene la gente. Y yo hoy me he reído y casi he llorado también cuando después de su entrevista la pequeñita se resistía a marcharse del despacho, y nos miraba a los ojos, y nos preguntaba si íbamos a acordarnos después de ella... y antes de cerrar la puerta me ha dicho adiós con la mano, así enfundada en su bata naranja, y el psicólogo me ha mirado y me ha dicho "qué ganas tiene de establecer un vínculo, ¿verdad?". Y yo me he tenido que morder los labios para no llorar.

Porque en una unidad de agudos uno puede ver de verdad que la soledad y el abandono taran a la gente, y que algunas familias, algunos entornos, convierten a ciertos seres sensibles en carne de cañón. Buceas por las historias de pacientes antiguos y ves ingresos y más ingresos y salidas y otros ingresos, listas y listas de fármacos, diagnósticos, entrevistas. Todas las veces que alguien se ha sentado delante de ese paciente y le ha preguntado "a ver, qué te pasa", y tú como profesional lo haces con la mejor intención, claro, pero no puedes obviar la realidad de que después te vas a tu casa y tus pacientes se quedan solos. También la pequeñita. A mí de verdad que a ratos me estruja el corazón pensar que ahora estoy aquí en mi casa y que ellos están tumbados en las habitaciones azules de la planta, con esos pijamas tan horrorosos que les dan, en medio de su angustia o de su pena. Esa angustia psicótica tan solitaria, esa certeza de que el mundo es raro y tú no entiendes las cosas y hay mucha gente que quiere hacerte daño sin que sepas por qué. Que en realidad no se diferencia de la angustia de cualquiera más que en una cuestión de grado.

Abro el google y no sé por qué mierda pero me salta siempre con publicidad de periódicos que no quiero leer y estúpidos artículos de suplemento para mujeres. Ventajas de ser soltera, se titula uno: anímate, la soltería está de moda. Sustitutos para el sexo, se llama otro, verídico, y menciona el chocolate, el deporte y la danza del vientre. Yo me cabreo porque no es esa la solución. Porque todos necesitamos vincularnos hasta el punto de terminar haciéndonos los remolones para salir del despacho del psiquiatra que nos trata. Necesitamos amor de una forma enorme e indescriptible, y no es malo, no es nada malo, es completamente normal, y la solución no es atiborrarse de chocolate mientras se piensa en lo genial que es ser independiente. No sé cuál es la solución, pero estoy harta de solterismo irracional y también de familias taradas. Los humanos venimos mal hecho, faltos de equipamiento, incapaces para el vivir, y al final los que pagan el pato son mis queridos renglones torcidos de Dios, que vagan por los dispositivos de salud mental preguntándose qué les está pasando.

Esta tarde tenía muchas cosas que hacer y al final me he escaqueado de la mitad. Porque ha sido una mañana dura, aunque bonita, aunque dura, y necesitaba descansar de ella. Todavía no sé si quiero seguir toda la vida en esto. Me enseña cosas, está claro, seguramente las cosas más importantes que puede aprender uno, y a veces pienso que tiene la culpa de que se me esté poniendo esta cara de adulta que apenas reconozco. Pero a veces me pregunto si el precio que tengo que pagar por aprenderlas no puede llegar a ser demasiado alto.

lunes, 30 de abril de 2012

Más sobre la crisis

En mi escala del dormir, que últimamente va del medio qué al fatal, anoche dormí muy pero muy fatal. Como un bebé: me despertaba llorando cada dos horas. Lo del llorar es un decir, pero sí que me removía en la cama mientras me quejaba bajito de lo mucho que me dolía el cuerpo. Ascazo de sueño fragmentado.

Esto, unido a que hoy me gusta ser mujer, ha hecho que llegue al trabajo en un estado entre agotado y perplejo. Las dos primeras horas de mi curro te las puedes pasar en modo zombi: primero se da el cambio de guardia, luego se desayuna con calma y después es la reunión con enfermería, algo así como el resumen diario del Gran Hermano, donde te cuentan cosas como "Fulanito amenaza a un auxiliar con un cepillo de dientes" o "Menganito se queja de estreñimiento, por lo que se le proporciona un laxante, que es efectivo".

El tema es que cuando una tiene la mañana poco inspirada parece que los demás se lo huelen. Así que una adjunta se ha pasado todo el desayuno intentando hablar conmigo de la crisis, que es un tema que me aberra hasta la estratosfera. Me agobio, me siento impotente e indefensa y empiezo a pensar que no tengo futuro y que tendré que alimentarme de patatas con tomate frito el resto de mi vida. Y creedme: cuando una ha aprendido tanto sobre el omega 3 como yo en el último año, la perspectiva es bastante chunga.

Me gustaría hablar de la crisis si supiera qué puedo hacer yo para ayudar a solucionarla, más de lo que hago ahora mismo (trabajar, pagar mis impuestos, intentar que mis pacientes mejoren para que a su vez puedan trabajar y pagar sus impuestos). Yo soy de tipo proactivo. Si tengo un problema, busco soluciones  y las pongo en práctica. Más o menos. Esto de que me recorten la vida desde un estrado sin saber cómo decir esta boca es mía me agobia tela.

Sin embargo, a nivel individual y pequeñito me estoy replanteando algunas cosas. Querría aprovechar la situación para reubicar mis prioridades. A ratos me parece que lo que estamos haciendo en esta crisis es intentar vivir de la forma más parecida posible a como vivíamos antes, agachando la cabeza, aguantando el tirón y rezando para que de alguna manera esto se recupere. Cuando a lo mejor lo de antes no era lo deseable. Lo de comprar y tirar y comprar y tirar, y pedir créditos para seguir comprando, y construir y comprar y vender y seguir comprando. A lo mejor no era lo más feliz del mundo.

La gente se queja del precio de la gasolina y, sin embargo, si uno mira los coches que cruzan la Avenida por la mañana la mayoría va con una sola persona al volante. A mí me gustaría que de esta crisis saliera una voluntad por, por ejemplo, coordinarse con los compañeros para compartir gastos al ir al trabajo. Pero ya sabéis: depender de otros, tener que esperar o que te esperen, ¡ponerse de acuerdo! Dónde vas a parar. Mejor decido a qué hora pongo yo en marcha mis nosecuántas toneladas de metal quemapetróleo para dirigirme al curro. Y como eso un poco todo.

Yo últimamente intento simplificar y ser austera en el buen sentido. Pensar bien lo que compro y para qué lo compro. No por ahorrar, que también, sino porque ese efecto Corte Inglés del consumismo capitalista de que existe un objeto para cada una de nuestras necesidades me parece perverso. Intento ejercitarme en necesitar poco, quizá también porque me tranquiliza pensar que es mucho lo que pueden quitarme antes de empezar a afectarme de verdad. Por otra parte, me da rabia la sensación que os comentaba hace un tiempo de que todo esto no es culpa mía y que estoy pagando las consecuencias, y que en cualquier caso yo las estoy pagando baratas mientras otros las pasan putas de verdad.

Qué sé yo. Procuro ver las cosas no ya por el lado bueno, sino por el lado didáctico. A ver si aprendo algo. Desde que mi economía personal se fue parcialmente al carajo hace unas semanas, mi coco está más limpio. He dejado de hacer malabares con mis ahorros porque ya no tengo ahorros. Me voy a compartir piso y, por el camino, me pienso limpiar de algunos lujos físicos y mentales a los que me estaba acostumbrando demasiado. No quiero ser una individualista maniática y autocomplaciente. Me apetece más charlar mientras ceno con alguien.

Y mientras todo esto pasa, o no, yo sigo dándole vueltas a cómo quiero vivir mi vida en un futuro. Y me gusta imaginármela incluso más simple que esto. En contacto con la naturaleza, cerca del silencio, ocupada de cosas sencillas y más o menos reales. Por otra parte, me gustan mis locos y mis cosas. En fin. Quién sabe hacia dónde nos lleva este barco colectivo y raro de la existencia humana.

(Nota: yo sé que mis reflexiones socioeconómicas son bastante cutres, pero es a lo más que llego. Y porque me obligan, que yo por mí entraba en modo avestruz y no salía más que para escalar)

domingo, 29 de abril de 2012

Crisis existenciales y otros vicios

Hoy estaba grabando el disco de Fede Comín en mi nuevo mp3 acuático, porque después de un tiempo alejada de la piscina por el esguince de tobillo he vuelto a nadar. Al ponerme el bañador me he fijado en que ya clarea en algunas partes y debería comprarme otro antes de ir por ahí dando el espectáculo. Si os digo la verdad, cuando empecé a nadar hace ya año y medio no daba un duro por mí. Hice los cálculos y la inversión en material marca Nabaiji era lo bastante modesta como para darle una oportunidad, pero mi fe en seguir yendo después de tres semanas era nula. Y ahora aquí estoy, con mi mp3 acuático y mi bañador clareado. Aunque hay que decir que mi persistencia en el nadar está más relacionada con mi motivación escaladora que con nadar en sí, que en general me la pela.

Escuchaba la canción número 5 de Fede, Moraleja creo que se llama, que empieza diciendo "hoy, noveno día del mes/ de un año que se voló"; y fue curioso, porque cuando la oí por primera vez en su concierto era nueve de mayo y, de hecho, el año había volado.  Me pilló una época rara cuando conocí a Fede Comín. Seguramente, la peor época desde que llegué a Cádiz. Era toda yo una crisis existencial con patas. Que si debería dejar el PIR e irme a meditar a Barcelona/ viajar por la India/ escribir a Granada/ insértese plan alternativo. Los tres años de residencia que me quedaban tenían la misma pinta que las bolas de preso de los Golfos Apandadores: pesaban y me impedían moverme.

En realidad, creo que todo esto ya lo he contado en otro post, pero bueno. La cosa es que me pasé un par de meses en un estado de insatisfacción profunda con mi vida. Algo como un "pero-qué-cojones-pinto-yo-aquí" sonando sin parar en mi coco. Cuando fui a Madrid a ver a Luna me dieron ganas de vivir en Madrid; no exactamente porque me gustara, sino porque parecía que allí al menos pasaban cosas, y en mi vida no estaba pasando absolutamente nada.

Entonces, de repente, tuve un momento de insight. Debió de ser uno de los primeros días de playa del verano, mientras estaba tumbada al sol bajo la luz azul y enorme de Cádiz. ¿Habéis estado en las playas de Cádiz alguna vez? Yo soy de costa de toda la vida y, aun así, son otra historia. Las de Málaga son piscineras, de olas ausentes y tierra negra que traen los camiones del fondo para crear una orilla de la nada.  En Cádiz todo es tan amplio: la arena blanca cuando baja la marea, las olas largas, el océano al fondo. Siempre que me baño aquí me acuerdo de cuando iba con Erika al llegar a la ciudad, y las dos saltábamos las olas mientras ella exclamaba "¡qué juventud! ¡qué salud!".

Y pensé: joder, mi vida tiene tantísimas cosas buenas. Tengo un trabajo que me gusta, dinero para mis vicios, un bonito piso, una ciudad estupenda, tiempo libre, salud razonable. No debería pensar que son tres años de condena, sino tres años de estabilidad. Podría encontrar motivos para estar descontenta con cualquier otra opción. Me imaginaba en la India protestando por el calor o en Granada contando monedas para comprarme chopped. Nada es perfecto. Así que me propuse muy seriamente que iba a disfrutar de lo que tenía.

A partir de ahí, todo empezó a ir bien y no ha parado desde entonces. Con sus puntitos mejorables, como todo, pero este año ha sido así como feliz, con todas las letras. Hoy, veintinueve de abril de 2012, me siento en paz con la existencia. No quiero estar en ninguna otra parte ni haciendo otra cosa. No sé si fue por el cambio de actitud. Soy escéptica con esas cosas. ¿Realmente uno puede decidir ser positivo y fijarse en lo bueno y entonces le empezarán a pasar cosas estupendas? No sé. Creo que para entonces yo ya había hecho un buen trabajo previo y que estaba lista para eso. No sé si habría sido capaz en otras etapas de mi vida. También creo que tuve suerte.

A menudo me acuerdo de Pablo Aranda, un escritor malagueño que estudió en mi colegio y vino en mi graduación a darnos el discurso de despedida. Recuerdo el discurso como bastante desorganizado y rarillo, pero me gustó. Sobre todo, porque decía: "A menudo oiréis que la universidad es la mejor etapa de la vida, pero es mentira. O debería de serlo. Os esperan muchas cosas buenas en la vida, en la universidad y después. No dejéis que a partir de entonces todo vaya a peor".

Esta es la típica entrada que me da la impresión de haber escrito ya mil veces de distintas formas, aunque tengo la teoría de que los temas tienen sus razones para reaparecer. Igual que los sueños. Creo que estas últimas semanas estaba otra vez en una época rara, pensando en las carencias más que en las presencias y deseando que, como dijo una paciente el jueves en la unidad, alguien llegara a mi vida para darme mimitos. Pero de un tiempo a esta parte vuelvo a sentirme como hace un año: con capacidad de disfrutar, sin más. Siento que fluyo. Y sé que la felicidad es poco inspiradora. No pasa nada; ya vendrán tiempos duros y crisis nuevas y roturas de corazón, todo ello generador de desdicha literariamente fértil. Hoy voy a cerrar los ojos después de un gran domingo de lluvia, calma, roco y amigos y voy a revolcarme en esta suerte rara que tengo últimamente como un feliz cerdito rubio.

jueves, 26 de abril de 2012

50%

Así que tú eres la reina de la casa. Tienes el cuerpo pequeño, la cabeza grande, el pelo rubio natural y un cerebro poderoso. Con un año cantas canciones enteras de Ana Belén, con dos has aprendido sola la mayoría de las letras del abecedario, con tres lees. Eres buena, cariñosa, despierta, tranquila; tu único problema, al parecer, es que te gusta tanto el mundo que por las noches no quieres dormir. Yo no me quiero costar, repites a quien quiera oírte. Así que tu madre inventa cuentos larguísimos donde nunca pasa nada malo, para que no te den miedo, y los graba en una cinta que te pone en bucle antes de dormir.

Pero resulta que tus padres deciden que contigo no les basta y se ponen otra vez a procrear. Y como tu madre es fértil como un huerto abonado y tu padre donde pone el ojo pone la bala, cuando te quieres dar cuenta han traído a casa a una pelotilla rubia que, por lo menos, tiene todavía más cabeza que tú y hace que parezcas menos desproporcionada.

No es exactamente malo, pero te resulta... no sé, molesto. Lloriquea. Se pone penoso. Reclama atención. Tú eres tan, tan buena y él es menos bueno que tú y, aun así, le quieren. Miente sobre los deberes, trapichea con los juguetes, se hace amigo de los niños mayores del colegio para que le den pizza al mediodía. No come bien. Hace bola. Te llama a menudo a gritos desde la otra punta de la casa y tú, que te lo pasas mejor con los libros que con la mayoría de las personas, no encuentras la forma de compartir el tiempo con ese bicho inquieto y quejicoso. Te quejas a tus padres, que te dicen que no son el rey Salomón. Te tienes que buscar la vida en la relación personal obligatoria más complicada que vas a encontrarte.

Crecéis. Las cosas no mejoran. Cuando tú tienes uso de razón él no, cuando él la va adquiriendo tú te estás convirtiendo en una preadolescente absurda. Él quiere jugar y tú leer la Superpop. Cada vez que llega a una etapa tú ya has saltado a la siguiente, así que es complicado que os entendáis. Además sois tan, tan distintos. Tú con tu hiperresponsabilidad, tu obsesión con lo justo, tu asertividad, tus ganas de ser siempre la mejor en todo. Él con su todo me la pela existencial, su ley del mínimo esfuerzo, su capacidad para argumentar desde la nada y tener siempre razón.

Pero es muy gracioso, las cosas como son; hasta le eligen para un programa de la tele de esos de niños graciosos. En el colegio todo el mundo le conoce. Tú eres la mayor y, aun así, eres "la hermana de". Y es listo, el cabrón, porque mira que es vago, y mira que en su vida se habrá leído tres libros y, aun así, escribe bien: redacta claro y con contundencia. Sabe de memoria canciones al piano sin tener ni puta idea de solfeo, aprende solo a tocar la guitarra, tarda menos en conducir un coche a la perfección que tú en distinguir el embrague del acelerador. Vuestro sentido del humor se superpone con exactitud, y en vuestros mejores momentos os podéis pasar horas descojonados delante del Youtube. Tiene sus propias ideas, no deja que nadie le pisotee y cuando quiere algo moverá cielo y tierra para conseguirlo.

Te ha puteado muchas veces. Vas a coger tu bici y te encuentras con que ha utilizado las ruedas para un montaje de la facultad. Quieres tu guitarra y él se la ha prestado a nosequién que a su vez se la ha prestado a otro. Pone música cuando tú estudias, se come el jamón bueno con sus amigotes, se lleva el coche aunque le hubieras dicho que te hacía falta a ti.

Pero no deja de ser la persona de la tierra que más código genético comparte contigo; mínimo un 50%, si no te acuerdas mal de la genética que aprendiste en el cole. El único que entiende de verdad, para bien y para mal, lo que es ser hijo de tus padres, sobrino de tus tíos, nieto de tus abuelos. El que en las reuniones familiares mira el panorama, te mira a ti y se descojona, y luego toca la guitarra mientras tú cantas o canta mientras tú tocas. El que te lleva y te trae en coche aunque tú le prohibieras usar tu moto cuando te cabreabas con él. Es tan distinto a ti y a la vez tan parecido, como el perfil de tu sombra, y la manera en que encuentra la felicidad en las cosas simples te fascina.

Tú te has marchado porque quieres, y tienes tus razones, pero lo cierto es que ahora le entiendes más desde la distancia, y ojalá pudieras ser para él mejor de lo que eres, no sabes muy bien cómo explicarlo. Más útil, más cariñosa, algo más parecido a lo que debería ser una hermana. Así que le das dinero en navidad, buscas regalos bonitos para su cumpleaños, le prestas tu casa y le prometes que le dejarás tu furgo. Intentas construir cimientos nuevos para épocas nuevas.

Ya habéis crecido. Os habéis hecho mayores. Hoy cumple veintitrés años y tú estás convencida de que vino a la tierra para enseñarte cosas. Sobre ti, tu impaciencia, tu furia, tu capacidad para pasar dos horas meditando y pensando en el amor y cinco minutos después mandarle a la mierda a gritos por el hueco de la escalera. Y también tu parte luminosa y tu esfuerzo valiente por seguir adelante. Sobre él, y el hecho cierto de que su forma de ver la vida es tan válida como la tuya y tiene mucho más que enseñarte de lo que te atreves a reconocer. Lo mejor de los dos es que perdonáis deprisa; qué bien que sí os parezcáis en eso.

Una cosa está clara: se hace querer, y tú descubres sorprendida, después de todos estos años, de mosqueos frecuentes, de distancia generalizada, de cercanía ocasional, de estar condenados a entenderos... pues que sí, que le quieres. Seguramente de la forma más rara en que has querido a nadie en tu vida; pero le quieres mucho. Y escribes sobre él porque nunca lo habías hecho y porque te apetece, no sin antes advertirle a tu madre con mucha seriedad que si le enseña esto privatizarás el blog para siempre y nunca jamás podrá leer nada tuyo y no le dedicarás ni un best seller.

Felicidades, bro.

miércoles, 25 de abril de 2012

Eres tan pequeñita. Últimamente vas cada día con un pijama distinto, que no sé de dónde los sacas, pero se te ve desde lejos con el estampado de corazones, o de ositos, o de arcoiris. Caminando despacio con el flequillo rubio enmarcándote las cejas. Acompañada a veces de otros pacientes que a tu lado se ven enormes: porque eres tan pequeñita que ellos te protegen, te transportan, a veces hasta te manipulan, en esa red social curiosa que se establece dentro de la planta. Y yo te miro pasear por las mañanas, y clavas en mí tus ojos grises cuando nos cruzamos en el pasillo.

Te veo hoy en las mesas de la entrada, rodeada de gente como un idolillo raro. Son tíos lejanos y monjas de una institución donde viviste. Asientes extrañada mientras ellos te hablan, te preguntan y te prometen cosas. Los mismos que te han dejado toda la vida sola. Sonríes y se te ven los aparatos de los dientes. Intentas hablar, pero en realidad, pequeñita, no tienen ningún interés en escucharte. Porque les da mucha pena que estés aquí, pero eso no significa nada, porque la pena nace de la preocupante sensación que tienen ahora de que quizá, pero sólo quizá, podrían haber hecho algo para evitarlo. Ahora te preguntan y tú contestas, y yo pienso en que al llegar aquí te pasaste dos días enteros sin hablar. Mirando con los ojos muy abiertos frente a ti, como si se estuviera proyectando una película de terror detrás de tu cerebro.

Cuídate mucho, pequeñita; estás sola, todos lo estamos. Ojalá que tengas suerte, tú y tus pijamas de colores. Ojalá todos estos superhéroes que te han salido no resulten ser de cartón piedra.

viernes, 20 de abril de 2012

Insomnio (II) (Creo recordar que tengo por ahí un relato que se llama así)

Estoy teniendo problemas de sueño últimamente, que es algo que no me había pasado nunca. Me despierto a las dos o tres horas de haberme acostado con los ojos como platos, y me da rabia, porque suelo irme a la cama cansada y me duermo deprisa. Abrir los ojos a las dos horas hace que me sienta traicionada. Encontrarme de repente escupida hacia la realidad, cuando me acababa de introducir en el abandono del sueño, me saca de quicio.

Hay distintos tipos de insomnio y te los aprendes cuando tienes que hacer las historias clínicas. El de conciliación: quien no puede dormirse. Suelen ser personas tensas, agobiadas. Incapaces de abandonarse en los brazos de alguien, hasta de Morfeo. Siempre pensé que no podían dormirse los que no tenían la conciencia tranquila, y me sentía ridículamente orgullosa de caer frita en cuando apagaba la luz. Pero hasta a mí me pasó una época, después del PIR: todas las noches me entraba un miedo estúpido a apagar la luz y quedarme en silencio conmigo y tenía que distraerme con comics de Asterix hasta que se me caían los ojos.

Luego está el despertar precoz de los maniacos. Querer levantarse YA para hacer cosas y sentirse lleno de energía a las seis de la mañana. En el otro lado está la hipersomnia de los depresivos. El sueño no reparador. Una tristeza tan grande que no te abandona ni al otro lado de la frontera de la cama.

El sueño fragmentado, que es lo que me pasa a mí. La mente activa todo el rato, llena de ganas de comerse el mundo. Las ganas de no perderse nada de lo que pasa por ahí fuera. Cuando se te fragmenta el sueño no descansas bien, y a veces no creo que tenga tanto que ver con las fases del sueño como con que la realidad no te da una tregua lo suficientemente larga. Porque a ver quién es el valiente que aguantaría la vida de continuo, sin tener las noches para olvidarse un poco.

Las parasomnias. Hablar dormido, el sonambulismo. Una vez me dijo una chica que compartió habitación conmigo que yo me reía dormida. Pero que a ella le daba buen rollo, que era como escuchar los teletubbies. Cuando vivía en Barcelona hablaba catalán en sueños, y parece ser que al principio lo hacía mejor que en la realidad. Mi madre pasó toda mi infancia empeñada en que crujía la mandíbula durmiendo, pero nunca me lo dijo nadie más. Una vez conocí a un chico que algunas noches se levantaba llorando. "Pero no es nada, me pasa a menudo", me dijo. Cómo no va a ser nada, corazón, pensé yo; estás llorando dormido lo que no lloras despierto.

Es curioso el dormir. Tener que tumbarnos todos los días un montón de horas, entrar en un estado de trance indescriptible y recargar baterías. Soñar. A veces, justo antes de cerrar los ojos, me entra miedo al pensar en qué clase de sorpresa me estará preparando el subconsciente para la velada. Como si te metes en una sala de cine sin tener ni idea de qué película echan.

No sé qué hacer con mi sueño fragmentado. Ensayo distintos remedios: hacer más deporte, hacer menos deporte, no comer antes de dormir, comer justo antes de dormir. Tomar leche con miel, suplementos de magnesio, una ducha calentita; estar más o menos cansada. Pero me sigo despertando más o menos a la misma hora, cada día más enfadada con mi propia cabeza. A lo mejor estoy preocupada y no quiero admitirlo. O puede que me haya convertido en una de esas temibles personas que no tienen la conciencia tranquila. Quién sabe.

jueves, 19 de abril de 2012

Antes de morirme

Hoy me he terminado "Antes de morirme", un libro que saqué ayer de la biblioteca cuando ya pensaba que no encontraría nada que me llamara la atención. Me gustan los libros y las pelis sobre moribundos. Creo que están bien para hacerte apreciar la vida y tal. Es verdad que tenemos que encontrar un equilibrio entre vivir como si fuéramos a morirnos mañana y, al mismo tiempo, saber que a priori no va a pasar, porque a ver quién iría a trabajar si no. Los libros que te hablan de esas cosas te dan alguna pista.

La novela es buena. Se lee rápido, la prosa es escueta, incisiva, llena de imágenes. Es conmovedora sin volverse lacrimosa, el ritmo es trepidante, el estilo es fresco y original. Una de estas novelas que te hacen pensar por qué aquí en España lo que pega fuerte son los crímenes literarios tipo Lament.

El tema es que cuando termino algo así pienso que pues claro, que la gente debería tener eso presente todos los días, el aprecio por las pequeñas cosas, a los amigos, la familia, el amor. Deshacerse del miedo, abrazarse salvajemente a lo que la vida le ofrece. Claro, que a veces la gente no puede apreciar las pequeñas cosas porque las grandes cosas no le dejan, y esto no hay que olvidarlo cuando tienes la oportunidad de ver sufrir tan a menudo como yo.

Tessa, la protagonista, hace una lista de las cosas que echará de menos. No la hace con la intención ecuánime de iluminar las vidas ajenas. La hace porque le da rabia. Está muy, muy enfadada de que la vida siga sin ella. El otro día pensaba yo en eso mientras iba en el autobús, dando vueltas por la bahía bajo el cielo claro de Cádiz. Pensaba en la muerte, y en que no es ya que me vaya a joder morirme, sino que me fastidiará pensar en toda la gente que se queda aquí disfrutando de las cosas que yo ya no podré tener.

Algunas de las cosas que echaré de menos.

Reírme mucho, reírme a carcajadas. Como viendo Friends, o leyendo el Para ti que eres joven, o escuchando al Kpot monologar sobre el tatami del roco, o diciendo chorradas con la PK.

La mezcla del olor a café dentro de mi casa y el olor a frío en la calle por la mañana temprano.

Desnudar a alguien. Acariciar a alguien. Acariciarle en partes del cuerpo que no son necesariamente eróticas, como los tobillos, las pantorrillas, los antebrazos. Los besos y los prebesos: ese momento en que sabes que alguien va a besarte y tú te vas a dejar. Sentir la erección de un tío. Que te empotren.

El Dolor De Mirar y estar de repente super contenta cuando has conocido a un chico que te gusta. Ilusionarte y planear futuros y pensar en cómo quedarán vuestros apellidos juntos.

Moverme con agilidad en el roco. Sentirme súbitamente muy fuerte y muy ágil. Los miércoles enfermizos, la penúltima serie, los bichobichobichobicho. Tocar la roca, ascender por la roca, ese momento clave en que superas el miedo y sigues. Los días largos de escalada en los que se para el tiempo.

Las caras de la gente por la calle. Las historias de la gente. Los instantes en que puedes comprender exactamente y desde tus huesos cómo se siente una persona.

Ir andando a un sitio que esté muy lejos, por el puro placer de llegar con mis piernas. El sol de invierno. Bañarme en las largas playas de Cádiz, en sus olas profundas. El momento en que el agua fría deja de ser desagradable y empieza a ser agradable.

Los abrazos. El peso de tu brazo sobre mi hombro o acercarme a oler tu cuello sin que te des cuenta. Las cosquillitas. Los masajes.

Los geles que huelen bien. Los zapatos moderadamente caros que te abrazan los pies con lujuria. El brillo de labios con sabor a chocolate. El chocolate.

Los buenos libros. Cantar alto y afinado mientras oigo música. Anatomía de Grey. Cortar verduras y sofreírlas despacio. Tener la tripa llena después de comer algo rico. Beber agua cuando tienes mucha sed. Encontrar un baño cuando te estás meando un montón.

Releer el blog y pensar que escribo mejor de lo que creo. Recordar cosas bonitas del pasado. Los primeros días de verano, cuando todo es nuevo y festivo, y el olor a arena y a crema bronceadora te pone contenta. Mirar fotos antiguas. Esos días raros en que te sientes guapa.

Los gatos. Los pintaúñas. Meterte en la cama calentita después de un día cansado. Meterte en la cama calentita después de un día cansado con alguien a quien quieres. Los besos de buenas noches. Los besos de buenos días.

La familia. La sensación de sentirte querida incluso cuando no te lo mereces. Los amigos. Que alguien te conozca y te lo demuestre. Los regalos hechos a mano. Los regalos comprados.

Tirarse a una piscina, embadurnarse de barro, comer nieve, mirar hacia arriba cuando llueve y sentir el agua en los párpados y en la punta de la lengua. El colacao caliente cuando hace frío. La limonada fresquita cuando hace calor.

Despertarte por la mañana y saber que has soñado algo agradable, aunque no lo recuerdes bien. Despertarte de una pesadilla con alguien a quien quieres al lado. Despertarte sabiendo que puedes dormir unas horas más.

Escribir. Escribir sin mesura, sin medida, sin acritud. Con los ojos anchos, las manos sueltas, la mente a mil kilómetros de aquí. Sentirte salvaje aunque tu cuerpo esté sentado frente a un ordenador, con la bata y las gafas y quizá una pinta un poco aburrida. Encontrar la forma que necesita la sensación que experimentas.

Soñar.

Soñar grande.

Agradecer.

Respirar.

Amar.

(Qué bien pensar que podría seguir así toda la noche)