massobreloslunes

martes, 13 de noviembre de 2012

Persianas y luz

Esta tarde he llegado de trabajar tarde y cansada y he parado en la tienda de mi calle a comprar leche para hacerme un colacao. Sí, he vuelto al colacao. La paleodieta está bien, pero quizá una vida donde lo más parecido al colacao es leche de coco con cacao en polvo y stevia no merece la pena ser vivida. Quizá sea mejor morir joven y deteriorada y poder disfrutar de un colacao con grumitos en mi lecho de muerte.

Iba caminando para mi casa con la leche en la mano pensando que a) el ser humano puede cambiar si ya el tendero de mi barrio ha dejado de dar bolsas por defecto y b) la leche semidesnatada es el mal. Me arrepiento de haberla comprado. Es un quiero y no puedo de la leche. Porque a ver: si quieres leche rica, cómprala entera; si quieres adelgazar, cómprala desnatada. Por Dios, Marina: ELIGE. Sé valiente.

Al llegar a mi casa me he quedado observando los visillos que cubren las ventanas del salón. Cuando empecé a vivir aquí atravesaba el Gran Ataque de Alergia del verano y le dije a la casera que no pusiera cortinas para no acumular polvo. Ahora tengo visillos, que también son un quiero y no puedo de la visibilidad. Si quieres oscuridad, echa las persianas; si quieres luz, ábrelas del todo. Los visillos son la leche desnatada del menaje de hogar.

Luego he recordado las ventanas de la sala de reuniones de endocrino. Endocrino es El Bien como rotación, aunque es verdad que yo no tengo criterio y me gusta todo. Pero me encanta tratar obesos. Es tan fácil ser la buena de la película con ellos. Están tan habituados a que la gente les juzgue que agradecen que se les mire como si supieran lo que están haciendo. El caso es que todas las mañanas nos reunimos los endocrinos y yo en la sala de reuniones y hablan de cosas raras, asquerosas o ambas cosas, como la hipófisis o las fístulas. Pero a mí me gusta aprender y, por otra parte, tengo una capacidad preocupante para abstraerme y pensar en mis cosas.

Después veo a mis pacientes en la sala vacía, porque no hay despachos libres, y llevaba un tiempo preguntándome por qué me agobiaba la habitación. La persiana estaba siempre bajada, y yo ni siquiera me había molestado en averiguar si podía subirse o estaba rota o con la ventana cegada, como otras en el hospital. Y ayer, simplemente, levanté la persiana y dejé que entrara el sol. El cristal estaba muy muy sucio. Quizá no la suben por eso. Quizá no la suben por costumbre.

Hoy seguía la persiana levantada. Voy a experimentar con esto de aquí a que me vaya: a ver si la bajan o no. A ver cuánto tardan. A ver si alguien hace algún comentario. De momento, nada.

Hay un libro precioso que se llama "Cuando me acosté ya estaba ardiendo", de Robert Fulghum. Es una colección de textos vitalistas sin ser ñoños de estos que te hacen sentir que la vida es una cosa bonita con colores brillantes. En uno de los textos, el autor cuenta que cada vez que va a una conferencia, sea del tipo que sea, cuando el conferenciante pregunta si hay alguna pregunta, él levanta la mano y salta: "¿Cuál es el sentido de la vida?". Explica que casi todos los conferenciantes se callan, se ríen y después pasan al siguiente, como diciendo "Muy gracioso".

Después cuenta que un profesor griego, un tal Papadopoulos, le contestó una vez a la pregunta. Que sacó un trozo de espejo del bolsillo y lo movió hasta que reflejó la luz que entraba por la ventana, y explicó que él pensaba que su misión era reflejar la luz.

Pero esta mañana, mientras observaba el sucísimo cristal de la sala de reuniones y el sol brillante de Cádiz entrando por la ventana, no he pensado en el simbolismo de la historia, ni en que ojalá mi misión en la vida sea ir abriendo persianas que llevan mucho tiempo cerradas sin que nadie sepa por qué. Lo único que he pensado es que espero que se hayan dado cuenta. Y que ojalá a alguien le importe.

lunes, 12 de noviembre de 2012

¡¡Dios!! Os he echado de menos

¿Sabéis esas escenas de las pelis de amor, cuando los protagonistas se encuentran después de un montón de vicisitudes, y ya todo está claro, y se aman, y se abrazan, y uno de ellos le dice al otro "por favor, no vuelvas a dejarme nunca", y el otro niega con la cabeza, y hay un antizoom y música bonita y zumbido en blanco?

Vale, pues esa soy yo ahora con mi blog.

Yo: ¡Lo siento, blog! ¡Siento haberte dejado solo todos estos días!
Blog: ¡¡No lo hagas más!!
Yo: ¡¡No lo haré!! Fui estúpida, pensé que quería algo más... pero no puedo dejarte. Como dicen Los Ronaldos, "no puedo vivir sin ti. No hay manera".

Hace un par de días me preguntaba Ángel si de la escritura uno se termina enamorando con el tiempo, aunque al principio te cueste ponerte. Sí, sí, y mil veces sí, contestaría yo. Escribir bien, entendiendo bien como con honestidad, con energía, con franqueza y con asiduidad, te cambia la vida. No se trata sólo de lo que pasa cuando escribes; se trata de lo que pasa cuando no escribes. De cómo eres capaz de mirar con más atención, de encontrar la compasión en los detalles y de masticar tu vida lo bastante como para regurgitarla aquí de forma decente.

¿Qué ha pasado en estas dos semanas?

Me he vuelto emprendedora. Se me ha abierto una ventana al futuro y soy yo trabajando como escritora y psicóloga freelance.

He escrito como si no hubiera un mañana.

He pensado en miles de historias para contaros aquí, y después las he olvidado todas.

He leído al menos un libro genial: La Lección de August. He concluido que la ficción es lo único que de verdad, de verdad no puede faltarme.

Me he sentido angustiosamente poseída por el espíritu de Bucay.

He luchado contra el despertar precoz y otras formas de insomnio.

He estrenado nuestro nuevo y precioso roco nuevo.



He escalado. Poco, pero he escalado. He encadenado el segundo 6b de mi vida, después del que hice en Asturies durante el SSHP.

He recibido el que quizá sea el mejor regalo que me han hecho:



Es muy estúpido aferrarse a un blog, pero es cierto que dejar de escribir aquí me hace perder consistencia. Me deshago como un personaje de cuento trasladado a la vida real. Me queman en los dedos mis historias con la extraña especie masculina, los mantecados de chocolate, el gruísta más mafioso de San Fernando y los bolígrafos de tinta verde. Me gusta escribir sobre psicología, dar consejos e intentar arreglar vidas, pero hay una parte de mí que necesita ser amoral y absurda, describir los detalles sólo por describirlos y sin necesidad de ilustrar nada con un ejemplo.

Así que ¡¡volvemos!! A pesar de todo, creo que he batido récords de desenganche del blog, así que vamos a darme un mini-aplauso o una 30 seconds party dance como las de Anatomía de Grey. Además, a estas alturas de mi vida, enterarme otra vez de que no puedo vivir sin escribir es, sin duda, una buena noticia.

miércoles, 31 de octubre de 2012

El Proyecto Noviembre

Queridos lectores:

Lo primero que quiero es pediros disculpas por pasarme vuestra opinión por el forro. ¿Por qué? Porque no voy a escribir una novela. Ya sé que es el segundo NaNoWriMo en el que me rajo, pero a la tercera irá la vencida. Vamos, digo yo.

Aun así, vamos a convertir noviembre en un mes especial.

Primero las malas noticias: massobreloslunes se paraliza temporalmente. No puedo sacar adelante otros proyectos si sigo empeñada en escribir aquí todos los días. Peeeero no os voy a dejar sin lectura durante todo el mes. Al contrario. A todo el que se preste voluntario le voy a ABRUMAR con mis palabras.

Yuju.

¿La temática? Vamos a sacar adelante Psicosupervivencia. Voy a escribir un libro sobre el tema. ¡¡Viva y bravo!!

¿Y por qué psicología y no ficción?

Pues no sé. Porque lo siento así ahora mismo. Es lo que me apetece. Estoy en una etapa profesional bastante intensa y bonita: me divierto con mis pacientes, aprendo un montón de ellos y me encuentro en un modo psicóloga-total. Escribir ficción ahora mismo me queda grande. No tengo el tiempo ni, sobre todo, el espacio mental necesario para hacerlo de forma que me quede más o menos contenta con el resultado. Así que voy a escribir sobre psicología. La novela llegará, en serio, pero no en esta etapa de mi vida.

No obstante, no quiero escribir el libro sola. Soy adicta a vuestro feedback. Necesito contar mis chorradas y que alguien me conteste al final del día. Es triste, pero cierto, y no tengo ni idea de cómo lo hacía antes la gente, encerrados en habitaciones, escribiendo en solitario con plumas de oca y sin conexión ADSL.

Pensé en ir publicando lo que tuviera listo en un blog privado, pero la última experiencia privatizando y añadiendo gente a la lista de lectores casi me vuelve loca, así que he pensado en un sistema más operativo: una newsletter.

(¡¡Me estoy modernizando!!)

Esto consiste en que quien quiera participar, se suscribe a la lista y recibirá todos los días del mes de noviembre un fragmento-borrador del futuro libro. La idea es poder leer vuestros comentarios y opiniones a medida que voy escribiendo. Desde un simple "me gusta/no me gusta" hasta sugerencias, aclaraciones, ideas o dudas. Me podéis contar historias que se relacionen con lo que escribo o consultar situaciones más o menos personales. Por supuesto, no utilizaré ningún material de nadie sin previo consentimiento.

En relación con eso, y aquí va una primicia primiciosa, me voy a asesorar legalmente y a redactar un documento de consentimiento informado para utilizar datos clinicos, lo que quiere decir que si mis pacientes están de acuerdo, os podré contar casos reales con bastante detalle. Esto es algo que me apetece un montón hacer y que creo que puede ser muy útil para todos.

¡Estoy muy emocionada! ¡¡Voy a escribir un libro!! Voy por ahí diciéndoselo a todo el mundo, como si estuviera embarazada.

La meta, como en el NaNoWriMo, serán 50000 palabras. Todos los días actualizaré cuántas llevo. Al final del mes veré lo que he conseguido y seguiré trabajándolo y dándole forma hasta que pueda editarlo de manera más o menos decente.

Por último, anuncio que si al principio la lío un poco con los aspectos técnicos de la cosa, me disculpéis. A mí me gustaría dedicarme a escribir y punto, en vez de andar peleándome con todas las herramientas de la web 2.0 a la vez, pero me temo que no podré hasta que no sea rica y contrate a un cibersecretario.

Os agradezco mucho cada comentario y cada mail a lo largo de la andadura de este blog. Imagino que todo el que va a escribir un libro se pregunta si lo va a leer alguien. Yo que lo va a leer alguien, y aunque lo leyerais solo los que estáis ahora mismo visitando el blog, mi puñadito de fans verdaderos, ya estaría contenta.

Y paro ya, que me pongo tonta.

Para apuntaros a la lista, haced click aquí.

Ojalá que la idea os haga tanta ilusión como a mí. Nos vemos en vuestra bandeja de entrada.

martes, 30 de octubre de 2012

La actividad anteriormente conocida como sexo

En primer lugar, os tengo que anticipar que más os vale no perderos la entrada de mañana. Noviembre va a ser un mes muy especial y quiero que todos seáis parte de ello.

En segundo lugar,  voy a contestar al MIR, que hace un par de días me preguntaba, si no le entendí yo mal, cuál era mi intento de opinión no sesgada sobre el sexo.

A ver. El sexo es una cosa rara. Pensadlo. Ves a alguien del otro género o del tuyo, según te mole la carne o el pescado. Sientes una sensación muy potente en diversas partes de tu cuerpo: el corazón te late más rápido, se te dilatan las pupilas, la sangre acude a tus labios y a tus genitales. Estás lo que comúnmente se conoce como cachondo/a. Si la cosa va bien, y aquí permitidme que me salte la fase social del asunto, pasaréis a frotar vuestros labios y lenguas y a tocaros el cuerpo. Después se quita uno la ropa y se siguen tocando los cuerpos. Luego se introducen unas partes en otras y se frota uno sin parar hasta el orgasmo. Ojo, que el orgasmo es algo estupendo. A mí casi se me olvida de una vez para otra lo estupendo que es, y vuelvo a pensar: joder, qué bien diseñado está esto.

En medio de ese intercambio, nuestro cerebro se monta un fiestón neurológico de proporciones épicas. Chorreamos dopamina, oxitocina, endorfinas y no me preguntéis que más, porque no lo recuerdo. A nivel conductual, podemos reaccionar de distintas formas. Hay quien tras terminar se abraza como un osito y quien se levanta a fumarse un cigarro y/o a comprobar el condón en el lavabo. En el momento en que el sexo se acaba, el cerebro toma otra vez el control y juzga lo que hemos hecho. Empieza a barruntar las consecuencias que el frotamiento de genitales va a tener en su vida.

Si me preguntáis ahora, os diré que en los últimos (dejad que lo piense) cinco o seis años, el sexo no me ha traído más que problemas. Si me preguntáis también si, no obstante, me apetece tener sexo, la respuesta es que sí. Claro. Mi cuerpo lo sabe.

En cualquier caso, si pienso en cuál sería la postura que me gustaría adoptar ahora respecto al sexo (jijiji, he dicho postura), os diría que querría ser capaz de observarlo como lo que verdaderamente es. Una sensación maravillosa, sí, pero finita. Acotada en el tiempo. Y, sobre todo, vinculada a otro ser humano. Tú no puedes dejar que otra persona meta trozos de su cuerpo dentro del tuyo o incorpore a los tuyos sus fluidos y seguir como si nada. El sexo es intimidad, y debería ir acompañado de la intimidad que merece. Eso es así.

Me gustaría que la próxima persona con la que tenga sexo me importara.

Por último, quiero compartir con vosotros un pensamiento que he tenido últimamente y que creo que debería popularizarse. Creo que las personas que han tenido sexo juntas deberían seguir unas reglas de cortesía mutua durante el resto de la vida. En plan: responderse siempre los whassap y tratarse en general con cariño. Creo que darse esa intimidad merece un respeto mutuo vitalicio. Nadie te verá nunca tan vulnerable como desnudo y entregado, y eso debería tenerse en cuenta para contactos posteriores. Pero esta idea mía, como la de los semáforos de disponibilidad sexual, caerá en el olvido y no podrá hacer de este un mundo mejor.

Hale, buenas noches. E insisto: atentos al post de mañana.

PD: Besitos, MIR.

lunes, 29 de octubre de 2012

Ángel y la curiosidad

El sábado por la tarde conocí a Ángel: un lector extremeño que vive en Seattle y que me escribió hace ya dos años para preguntarme sobre la Vipassana. Desde entonces nos mantenemos en contacto intermitente, pero el despiste y las diferencias horarias han atrasado el encuentro por Skype hasta el sábado a las seis de la tarde, hora española, o nueve de la mañana, hora seattlense. Yo estaba nerviosilla. Había visto Anatomía de Grey para ambientarme, porque transcurre en Seattle, y llevaba un rato haciendo tiempo frente al ordenador. No tenía claro cómo iba a resultar eso de hablar por Skype con alguien a quien no había visto nunca.

Cero motivos para la preocupación: Ángel es un encanto. Él se tomó el café matutino y yo mi descafeinado de media tarde. Hablamos un poco de todo: de la vida, el trabajo y el futuro. Intenta mirar el mundo con los ojos anchos; tanto, que en breve deja su curro y se va a viajar por Asia. Os lo voy a preguntar honestamente: ¿no es genial la vida? ¿No es genial que yo esté aquí en San Fernando y pueda hablar de proyectos internacionales con un notas que está en la otra punta del globo?

Hoy te quiero dedicar este post, Ángel. Me gustaron tu sonrisa y tu curiosidad, así que quiero responderte mejor a una de las preguntas que me hiciste cuando hablamos. Más bien es la respuesta ampliada, porque ya te la contesté parcialmente el otro día. Me preguntabas cómo hacía para sobrellevar las penas de mis pacientes además de las mías. Es una pregunta que me han hecho muchas veces. Cuando uno contesta lo mismo muchas veces, acaba respondiendo de forma automática y no se plantea que quizá hayan surgido nuevas respuestas a esa pregunta.

Te contesté de forma estándar. A saber: que a mí me producen mucha más angustia las noticias de la tele que mis pacientes, porque a ellos al menos les puedo ayudar en algo. Que procuro darme cuenta de que cada persona tiene su propio karma o, lo que es lo mismo, su propia colección de momentos para vivir asignados sobre la tierra. Que cuando veo que alguien mejora un poquito es muy gratificante.

Pero ayer pensaba en mis pacientes de la semana y me di cuenta de una cosa. No me llevo el sufrimiento a casa porque no es sólo sufrimiento. Casi nadie sólo sufre. Hay algo que se llama "buscar la parte sana", y quiere decir que está bien darse cuenta de qué áreas de la vida del paciente funcionan todavía bien. La mayoría tiene momentos de mucha luz. Es verdad que los hay que te dan cien patadas y te caen fatal, y también los que no hacen más que quejarse, y quejarse, y quejarse. Pero incluso a esos les puedes encontrar el punto. Se trata de sentarte con ellos e intentar encontrar lo que se le da bien. Y después, algo de lo que reíros juntos.

Además, para mí los pacientes son problemas. Como el cubo de Rubik que tanto nos gusta: son puzles que tienes que resolver. Apañártelas para encontrar las llaves que generan el cambio. Eso hace que enfoque el asunto desde una forma intelectual además de emocional, y que casos que podrían ser dramáticos se conviertan en interesantes. La terapia es una manipulación benevolente, y en mis mejores días gesticulo con las manos sobre la mesa cuando se marchan de la consulta, mientras murmuro "bailad, marionetas, ¡bailad!".

Por último, tengo mucha suerte. Forrest Gump decía que la vida es como una caja de bombones, y es verdad que uno tiene que abrir su propia caja para ver con qué se va encontrando. Pero en mi trabajo puedes observar cómo mucha gente desenvuelve sus bombones. Es como vivir muchas vidas a la vez. Dicen que nadie escarmienta en cabeza ajena, pero si abres bien los ojos y los oídos sí que aprendes algo. Se te ensancha la perspectiva. Percibes que esto es cíclico y que, a largo plazo, la mayoría de los problemas no tienen ninguna importancia.

Así que esta es la forma en la que yo afronto el sufrimiento de los demás. Busco luz, pienso e intento aprender. Y después salgo y me voy a escalar, para desconectar un rato y para ver si así se me ensanchan las espaldas y puedo seguir llevando en peso los secretos ajenos.

domingo, 28 de octubre de 2012

Yo no soy feliz, soy objetiva

La escalada es tan guay.

Para qué me voy a pasar un post entero explicando mi domingo si todo se resume en eso.

Podría contaros que ayer por la noche me llamó Juanjo, que es un valenciano zumbado y medio hippy que pasa de cualquier cosa que no vaya en vertical, y me dijo algo como "Marina, mañana esta gente se va a hacer la mariconada esa del senderismo, ¿tú quieres escalar?". Y yo: "claro que sí, dime hora". Que cuando hablé con los demás para ver si se apuntaban, todo el mundo decía que mejor no, que iban a estar las paredes mojadas. Que, aún así, ahí nos hemos plantado el Juanjo y yo en Benaocaz, a hora y media de Cádiz, con muesli en las mochilas y motivación en las cabezas.

Podría explicar que bueno, las cosas como son, había vías mojadas, pero también muchas secas, y que nos lo hemos tomado con humor cuando llegabas al que se supone que era el mejor agarre de la vía y te encontrabas con que se había convertido en una mini-piscina. Que estábamos solos en la zona y sólo se escuchaba el zumbido del viento, y que nos hemos reído sin parar casi todo el rato, porque Juanjo tiene un sentido del humor genial y absurdo y a mí para reírme nunca me ha faltado energía. Que, aunque a los dos nos dan miedo según qué cosas, nos hemos animado a escalar de primeros como si no hubiera mañana y hemos terminado, como dice él, "crocantis del todo".

Podría decir que me gusta el concepto compañeros de cordada, que consiste en que dos personas como Juanjo y yo, que seguramente en otro contexto ni nos habríamos saludado, podemos echar juntos el día y pasarlo de puta madre, y porque a la vuelta él iba poniéndome canciones punks en el coche con títulos como "Pasado de rosca" o "Ojeras farloperas" y yo conducía la Dobloneta con agujetas en la cara de tanto reírme.

Podría ponerme mística y trasladar el concepto de la escalada a la vida, porque si uno no se arriesga por miedo a la lluvia, al final no trepa un carajo y pasa el día en casa, entre el sofá y el escritorio, dejando que se deslice este domingo con una hora de más que nos regala el calendario una vez al año. Y que vale, llegas y hay vías mojadas, y te enmarronas, y se te escurre un pie porque has pisado una mancha de agua... pero también aprovechas lo seco, te ríes del cielo y te hartas de trepar. Así que igual puedes arriesgarte en la vida porque, total, de volverte siempre estás a tiempo, y en el camino hacia los lugares inciertos charlas, te ríes y escuchas música rara.

Pero todo se resume en que la escalada es tan guay...

Feliz lunes, pequeños.

sábado, 27 de octubre de 2012

Libertad y decisiones (II)

Oiréis mucho eso de "no hay decisiones buenas o malas", pero yo no me lo creo. Creo que hay opciones que llevan a experiencias más agradables, placenteras, significativas o llenas de sentido que otras. Hay vidas que me gustan más que otras. El relativismo no es una opción útil; lo que sucede es que carecemos de material para comparar el resultado de nuestras acciones con las alternativas en nuestro caso particular. Sólo podemos comprobar una hipótesis en cada momento. Pero podemos comparar la existencia que llevamos con nuestro sistema de valores, hacer un recuento de nuestros niveles de bienestar y alegría, y concluir si una decisión del pasado ha sido buena o mala.

Yo creo que, en general, las decisiones que me han llevado hasta aquí han sido buenas. Mi existencia va de acuerdo a mi sistema de valores. Mi bienestar y mi alegría son elevados. Y quiero creer que lo bueno en esas decisiones era su motivación. Cuando volví a Granada en cuarto de carrera, cuando me decidí a estudiar el PIR y cuando elegí la plaza aquí, el principal motivo que resonaba detrás era tener independencia. Ser independiente no es lo mismo que ser egoísta. No quiere decir no tener en cuenta los sentimientos de los demás o no hacer concesiones. Tal y como lo entiendo ahora, uno conquista la independencia a medida que es capaz de plantearse más y más cosas de la forma más libre de prejuicios posible. Y justo cuando uno es capaz de plantearse las cosas con sinceridad y sin ataduras, de adoptar posturas que siempre le habían parecido absurdas porque ahora le funcionan: sólo desde ahí, desde lo que uno elige con libertad, puede ser todo lo que quiere ser y dar a los demás todo lo posible.

Si rastreamos nuestro sistema de creencias, es fácil darse cuenta de lo condicionado que está por lo que oímos de pequeñitos y por lo que nos transmiten nuestros mayores. Yo estoy intentando pensarlo todo por mí misma, ser flexible y capaz de cambiar mis ideas a medida que las contrasto con mi experiencia. Como ejemplo, he aquí algunas reflexiones sobre temas candentes en la existencia de cualquier humano medio.

El trabajo.

¿Por qué es mejor tener un trabajo que no tenerlo? ¿Por qué queremos un trabajo fijo y estamos dispuestos a vender el alma para conseguirlo? ¿Dónde está lo bueno de una oposición? Vengo de una familia de funcionarios: médicos y profesores. Mis padres siempre me han transmitido que lo bueno de la vida consistía en salir a las tres del curro y poder dedicar el resto de tu tiempo a hacer lo que quisieras. Vale, pero ¿qué pasa con las ocho horas de antes? ¿Con qué ánimo quieres salir del curro? ¿Estás segura de que quieres trabajar para alguien el resto de tu vida? ¿Quieres que otros sean dueños de tu tiempo? ¿Quieres verte obligada a hacer cosas en las que no crees sólo porque te lo piden desde arriba? ¿Quieres que un gobierno pueda llegar en un momento dado y cepillarse tus supuestos privilegios a cambio de mantener esa estabilidad por la que has dejado todo lo demás?

Algunas ideas de mi entorno respecto al trabajo tienen que ver con la estabilidad. El éxito es conseguir una plaza fija en tu ciudad natal. Mi madre siempre me ha dicho: "la vida ya es lo bastante dura cuando se va por el caminito; imagínate si uno se sale de él". Mi padre me insiste a menudo en que haga la tesis e investigue. A mí hacer la tesis me la trae flojísima. Haré la tesis cuando esté convencida de que es la mejor forma a mi disposición para contribuir al conocimiento y mejorar la vida de la gente, y ahora mismo no es así.

La estabilidad, además, es la mayor mentira EVER. Si algo he aprendido charlando con gente en estos tres años es que la vida NO es estable. La vida lo aparenta, sí, pero cuando te quieres dar cuenta te sorprende con muertes, divorcios, linfomas, crisis. No existe lo estable ni existe un lugar al que llegar y donde quedarse acurrucado y contento. Lo dicen en el curso de Vipassana. Dhamma dipa sarana. Atta dipa sarana. Haz de ti mismo una isla, haz de la verdad un refugio. No hay otro refugio. Lo único que vas a conseguir estable serán las capacidades que tú mismo cultives. El amor, la atención, la ecuanimidad y todo por lo que consideres que vale la pena trabajar. Todo lo demás va y viene.


Las parejas.

¿Por qué es mejor tener pareja que no tenerla? Yo quiero tener pareja, sí, pero ¿desde dónde? ¿Desde el miedo a la soledad? ¿Desde el apego? ¿O desde el deseo verdadero de compartir mi vida y mis proyectos con alguien? ¿Qué concesiones estoy dispuesta a hacer? ¿Cuáles quiero que hagan conmigo?

Mis ganas de tener novio fluctúan, como los vientos de Cádiz, y desde hace unas cuantas semanas estoy en modo b. Eso quiere decir que me encuentro tan rematadamente bien que no sólo me la trae floja estar sola, sino que pienso que ahora mismo es justo lo que necesito. Se está fraguando mi vida. Estoy tomando decisiones pequeñas pero importantes. Y yo cuando me enamoro lo hago hasta las trancas y apuesto fuerte. Está bien, porque es lo que quiero, pero también me anula. Me despista de todo lo demás. Así que creo que ahora tengo una oportunidad increíble, no sólo para descubrir qué quiero hacer con mi vida, sino para hacer lo que me da la gana en cada momento. Me encanta llegar a mi casa en silencio, sentarme aquí y poder escribir. Me encanta irme a la cama en mi habitación cien por cien oscura con los tapones de los oídos puestos y pensar en mis cosas. Quien quiera venir a ocupar ese hueco tendrá que ofrecerme más de lo que ya tengo.

Mi problema actual es que necesito handling. El handling es lo que se les hace a las ratas de laboratorio antes de someterlas a cualquier experimento: se las manosea un poco para que se acostumbren al experimentador. Estoy leyendo un libro sobre el estrés llamado "Why zebras don't get ulceras", y una de las cosas que comenta es que la ausencia de handling estresa a las ratas. Creo que puedo vivir sin pareja, pero lo del contacto físico me tiene machacada. Ni siquiera se trata de sexo. He tenido algo de sexo en los últimos meses; no mucho, pero algo. Lo que no he tenido en el último año es una noche con alguien que me abrace. Así que si me preguntan ahora con qué fantaseo, no es con que me empotre contra la pared un moreno de abdominales marcados. Fantaseo con que me acaricien el pelo. Con que alguien me pase por la cabeza los dedos y me diga que mi pelo es muy suave y huele muy bien.

Handling.

Pero bueno. No se puede tener todo en esta vida.

En el sentido emocional, sin embargo, me encuentro perfectamente bien así. Ahora mismo una pareja no rellenaría carencias, sino que sumaría cosas. Mi estado ideal es tener una pareja, sí, pero alguien que realmente suponga un empuje y una multiplicación de las mutuas fuerzas, en lugar de una aniquilación en la búsqueda por el poder. Eso es difícil de encontrar, pero si no llega no me importa quedarme sola. Se puede querer a mucha gente.


Los hijos.

¿Por qué tener hijos es considerada la experiencia definitiva? ¿Por qué se supone que quien no los ha tenido es una especie de fracasado emocional? Creo que, desde el punto de vista lógico, la clave del asunto está en que todo el mundo (o casi) puede tener hijos y que, al mismo tiempo, los que no los tienen se quedan sin argumentos frente al "tú no puedes entenderlo" de los que sí lo hacen. Eso coloca a los padres en una posición de superioridad afectiva que me mosquea. No creo que el amor hacia los hijos sea el más puro que puede existir. El componente instintivo, hormonal y de apego es enorme, así como el peligro de proyectar en tu hijo tus frustraciones o de considerarlo una extensión de tu ego. De verdad, he visto a muchos padres con sus hijos, y hay algunas formas de querer que dan miedo.

Yo no digo que tener hijos esté mal. Sólo digo que debería considerarse una opción tan válida como la de no tenerlos. Esa idea de que de repente tu vida consista en ocuparte de otro ser humano y que, de forma automática, ésa sea la ocupación más noble que se te ocurre, me parece un pelín absurda. No sé cómo explicarlo para no parecer una nazi. Creo que preocuparse por los demás, ayudar a los demás y tener vocación de servicio es precioso. Pero es que para eso ya hay un montón de personas sobre la tierra que ya están aquí. Cuando tú decides crear a una persona para después quererla muchísimo, digamos que estas generando todo un problema donde antes no había nada. Y no te equivoques: lo haces por ti. No lo haces por el niño, porque el niño no existía antes de que tú decidieras crearlo.

La gente no dice: quiero crear una vida para que un ser humano independiente se desarrolle de forma plena. La gente dice: voy a ser padre, o madre. Voy a tener una experiencia: la experiencia emocional suprema. Yo antes era así, ojo. Antes pensaba que si no engañaba encontraba a ningún maromo que me preñase, lo haría yo sola. No quería perdérmelo. Fijaos qué generosa yo: estaba dispuesta a crear a un humanito sin padre para poder yo sentir el chute de oxitocina y amor obligatorio.

Ahora no digo que descarte tener hijos, pero ahora mismo es una pura cuestión de tiempo. Si se supone que me quedan siete años de fertilidad óptima, ¿cómo voy a comprimir en ese tiempo todos mis proyectos y todo lo que quiero vivir de forma libre y autónoma? Yo no quiero que mis proyectos sean mis hijos ni que el sentido de mi vida sean mis hijos. Me parece eternizar el problema, porque si el sentido de mi vida son mis hijos, y el de la suya son sus hijos, y así sucesivamente, ¿quién cojones se va a ocupar de este desaguisado que tenemos por mundo? Ahora mismo mi proyecto soy yo: convertirme en una buena persona, vivir cosas bonitas y aportar algo a la gente.

Como esto, hay muchísimas cosas que damos por sentadas. Muchas ideas sobre nosotros mismos que se nos han inculcado desde pequeños. Nos miramos con los ojos de nuestros padres. Seguimos ocupando el mismo lugar en nuestra pandilla de toda la vida. Esto no es malo; sólo es estrecho. Y la vida es muy ancha. Cada vez estoy más convencida de que mientras más experiencias vivamos, más libros leamos, a mas gente conozcamos y más viajemos, más se ensanchará nuestra percepción de la existencia y de nuestras posibilidades. Para esto, lo primero es cortar el cordón, batir las alas con suavidad y atrevernos a alejarnos de lo conocido.

(Vaya tocho os he soltado. A mi favor diré que vengo de tomarme unos vinos en Cádiz. Prometo volver mañana con algo más light: la historia de cómo una médico del hospital me está intentando enrollar con su hijo como si no hubiera un mañana)

Hale, a dormir.