massobreloslunes

jueves, 11 de abril de 2013

Qué hacer con

Cuando estás todos los días viendo desgracias (que se dice pronto, hay que joderse), hay preguntas que te haces a menudo y que tienes que encontrar la manera de responder. A saber: ¿qué hacer con esa constatación del sufrimiento? ¿Qué hacer con la sensación de que tú tienes mucha suerte y otros no tienen tanta? ¿Y con tu miedo? ¿Y con todas las reflexiones trascendentes que te vienen a la cabeza a lo largo del día?

Hoy he visto a un paciente al que le están friendo el cuello con radioterapia. Está muy asustado y ha perdido muchos kilos porque no puede comer. El tema es el miedo. Colocamos la desgracia en los demás: nosotros, ellos. Los pacientes graves y los moribundos se sitúan en otro plano de realidad, y parece que con el diagnóstico tiene que venir de serie la aceptación de su condición, y esa sabiduría de enfermísimo grave que nos vende Hollywood. Y la distancia sólo tiene que ver con que es la única forma de apaciguar nuestra inquietud. Pasarlos a otra categoría de humanos, porque si son de otra categoría, eso quiere decir que a mí no me va a pasar nunca. La realidad es que tienen miedo: un miedo que te cagas. Y que al señor mayor con diez mil enfermedades le importa lo mismo su vida que a ti la tuya. Aun así, tú sabes que tienes una mano de cartas mucho más afortunada en esta partida. Qué vas a hacerle. También tú te morirás un día.

Llevo haciéndome esas preguntas desde que empecé la rotación: desde que conocí a mi primer paciente terminal y salí a la calle pensando cómo podía yo seguir viviendo cuando alguien tan cercano estaba a punto de morirse. Sigo viendo terminales y gente que sufre un montón, y ese constante contraste me agota. Yo en el rocódromo, con el corazón latiéndome a toda velocidad después de una vía difícil de pies marcados, abrazándome las rodillas sobre los colchones sucios. Mis pacientes sin poder hablar bien, comerse un bocadillo, subir escaleras sin asfixiarse, planearse la vida más allá del próximo ciclo de quimio, del próximo TAC. Yo sin poder hablar de esto con nadie. Ellos con sus náuseas, sus pelucas y sus lágrimas. Yo incapaz de escribir ficción. Ellos incapaces de imaginarse el futuro.

Lo siento. Siento no ser alegre. Siento escribir sobre esto, porque sigo con la sensación de que entonces los utilizo. En realidad, ellos no son "oncológicos", ni "terminales", ni "moribundos", ni nada. Son personas. Personas que, en su mayoría, me caen bien. Pasa de darte pena que se estén muriendo porque son humanos y empatizas con ellos, a darte pena la posibilidad de que se vayan porque te gustan y no quieres que la tierra les pierda. Porque te lo pasas bien con ellos, hablando en consulta de las cosas importantes, tratando de echar una mano. Sabiendo que los que se van, lo hacen porque les toca, y que a ti también te va a tocar. A veces es como si estar en uno u otro lado de la mesa fuera cuestión de suerte. O cuestión de tiempo.

Ayer le decía al chico con el que quedé para hablar del PIR que la estabilidad es la mentira más grande del mundo. Estabilidad es cuando todo te va bien, y entonces un día te duele la espalda, te hacen una placa, es una metástasis ósea de un cáncer gástrico y a ti te queda un año. Hoy hablaba con un compañero a la salida del roco. "No sé si ir a escalar el sábado - me decía -. La roca me da mucho miedo". También mi padre me pregunta por el viaje a Boulder y me dice que le da miedo. "A mí también, papi - le contesto -, pero es que la vida da miedo".

Supongo que así me contesto a esas preguntas. Me contesto persiguiendo a los pacientes por el hospital para poder verles un rato antes de que les den la quimio. Me contesto escalando. Me contesto yéndome a Boulder y bromeando con la posibilidad de que me descuartice un chalado en cualquier callejón. Me contesto encogiéndome de hombros y repitiéndome una frase que me gusta: cada uno tiene su propio karma. Eso es así.

El sentido de la vida, como dijo Mark Vonnegut a su padre, es ayudarnos unos a otros a cruzar esta cosa, sea lo que sea. Porque esta cosa es jodida. Y mucho.

miércoles, 10 de abril de 2013

Bosom

Uno de los cambios más curiosos que están ocurriendo últimamente en mi vida es que soy capaz de leer inglés sin (demasiado) esfuerzo. Empecé a comprar libros como una loca cuando me regalaron el Kindle y ahora ahí estoy: pasando anglopáginas con la yema del dedo como si no hubiera un mañana.

Hoy he descubierto una bonita palabra inglesa: bosom. Es el pecho de una mujer, pero en literario es algo así como "el espacio entre el pecho y la ropa, que se utiliza para guardar cosas". Creo que no tiene traducción al castellano. Lo utiliza Natalie Goldberg en "The true secret of writing" (hablando de títulos poco ambiciosos, por cierto) en la expresión "bosom friends". Algo así como amigos muy cercanos.

Cambiemos radicalmente de tercio y movámonos a esta tarde. Son las ocho y estoy sentada en la Libre, mi cafetería favorita de Madriz, hablando con un psicólogo amigo de una amiga que ha venido a preguntarme qué opino del PIR. Estudió la carrera de mayor y no tiene claro si invertir tanto esfuerzo y tiempo, perder su trabajo actual y arriesgarse a encontrarse de aquí a cinco o seis años en la calle y sin nada.

Cambiemos de tercio otra vez. Son las doce de la mañana y estoy sentada delante de M., mi paciente favorita de esta rotación. M. es una persona maravillosa a la que le ha pasado Algo Muy Malo (los lectores de la Guía Práctica Para Evitar al Psicólogo saben de lo que les hablo). Pero es una persona maravillosa. Muy sana, muy sabia, con una gran capacidad para ser feliz. Aprende, reflexiona y tiene un corazón grande. Yo la escuchaba hablar esta mañana y pensaba que tengo que encontrar la forma de agradecerle cómo me está iluminando esta rotación tan oscura.

M. me habla de la disyuntiva entre tener pocos o muchos amigos. Del dolor de mostrar los agujeros del corazón y dejar que los demás te vean a través de ellos. Yo recupero la fábula del huevo, el café y la zanahoria metidos en agua hirviendo. ¿Qué hace el sufrimiento contigo?, le pregunto. ¿Te destruye como a la zanahoria? ¿Te cubre con una coraza de rigidez y dureza, como al huevo? ¿O te permite enriquecer el agua que tienes a tu alrededor, como al café? Como siempre, yo, que tengo tendencia a ser zanahoria, defiendo la capacidad de vincularse. Defiendo la empatía y me acuerdo de un poema que leí hace tiempo en un libro de meditación Vipassana, y que decía algo así como "ojalá mi manta pudiera cubrir el sufrimiento del mundo". M. asiente. Comprende esa sensación.

Volvamos a la cafetería. Le digo al chaval que, aunque para trabajar en la pública haría falta que todos los facultativos presentes murieran de una extraña epidemia y que, aun así, es probable que el ministerio aprovechara para eliminar la psicología clínica de la oferta de servicios, el PIR merece la pena. Le hablo con entusiasmo de lo mucho que me gusta mi trabajo. Le digo que, sobre todo, tiene que pensar en sus pacientes: no en si es la formación que más le conviene a él, o la que le ofrece más posibilidades de mantenerse. Que es su obligación ética pensar en qué es lo mejor que le puede ofrecer a una persona que busca ayuda, y después esforzarse por aprenderlo.

Parezco Juana de Arco.

Después le suelto una de las grandes Frases De Anxo, de estas que él dice sin pensarlo mucho y que a mí me cambian la vida aún no sé si para bien. A saber: "La única manera de suplir nuestras carencias teóricas, técnicas y formativas como terapeutas es matarnos a trabajar". 

Ahí lo llevas.

El pobre chico asiente, da un sorbo a su zumo de naranja y papaya y me habla de psicología positiva. 

Volvamos al presente. Al bosom.

Yo a veces me preguntaba qué hace uno con tanta gente estupenda que se puede conocer en esta vida. Dónde los guardas. El sábado hablábamos Erika, Elsa y yo de la amistad. "Ésta se muere - decía yo, señalando a Elsa - y se muere un trozo de mí". Es verdad. Podemos hablar del desapego hasta aburrirnos, pero si Elsa (o la PK, o MQEN, o Aran) se van de esta tierra antes que yo, a mí el corazón se me queda cojo hasta que sea yo quien se vaya. No sería dolor, ni tristeza; sería una ausencia insustituible. Eso, como dirían en Cádiz, es así. Y creo que mi capacidad para querer de esa forma es limitada.

Pero está el bosom. En el bosom cabe mucha gente. Se puede ensanchar para llevar en él, bien calentitos, a todos los que alguna vez nos han enseñado cosas. Y, si me apuras, para ser un buen profesional tienes que encontrar la manera de llevar a tus pacientes en el bosom; al menos a algunos de ellos.

M. está en mi bosom.

Porque el corazón es limitado, pero el bosom es infinito.

Y ser PIR es la ostia.

martes, 9 de abril de 2013

Yo estoy aquí, pero mi corazón...

Hace ya más años que el sol, cuando amaba a MQEN en silencio y él me ignoraba, me emborraché como una idiota en la fiesta de graduación de bachillerato. Él estaba en Pamplona, haciendo el examen de ingreso para la Universidad de Navarra, y yo le echaba de menos como llevaba haciéndolo casi un año. Soy experta en echar de menos a gente que nunca ha estado conmigo. El caso es que iba de mesa en mesa, con mi copa de vino malo en una mano, diciéndole a todo el quisiera escucharme: "yo estoy aquí, pero mi corazón... mi corazón está en Pamplona". 

Ahora mismo, yo estoy aquí, pero mi corazón está en Boulder.

Leo las guías de viaje que me he comprado (una general, otra de parques naturales), observo una y otra vez el billete de avión y me digo: esto no es real. Supongo que es el efecto Hollywood, pero EEUU me parece más que un viaje en el espacio: es algo así como cambiar de dimensión. En cualquier caso, mi corazón anhela viajar, y viajar sola. Anhela cierto tipo de libertad. Mi corazón está en el lugar en que va a colocarse en un continente, un país, un estado y una ciudad desconocidos. Me apetece salir de aquí, poder estar sola y abierta a nuevas experiencias, relajarme en el presente y metabolizar cosas. El viernes y el sábado pasados no podía hablar bien. No me salía terminar las frases y temí estar quedándome idiota. "Creo que estás procesando cosas - me dijo una compañera -, a nivel subconsciente, o algo así". "Haces demasiado con tu mente, Pitu", opinaba mi madre. Creo que necesito viajar y alejarme de todo esto para darle tiempo a mi cerebro para masticar. Eso, o me estoy quedando de verdad idiota (quién sabe).

El hospital me sigue deprimiendo y sorprendiendo a partes iguales, como lo hace en general mi vida aquí. Estoy pasándolo peor que en mucho tiempo, y también estoy aprendiendo más que en mucho tiempo. Es como cuando en Anatomía de Grey abren las costillas de los pacientes para operarles el corazón (¿toracotomía?) con esa especie de sacacorchos brutal. Así me siento yo, y sin anestesia. Todo el día se ponen sobre la mesa de mi quirófano existencial cosas importantes. La muerte y la salud. Nada se da por sentado. Veo a pacientes que no pueden hablar, o comer, o subir varios tramos de escaleras, o planear su futuro más allá de unos meses. Me obligo cada minuto a volver mi cabeza hacia mi presente afortunado de comida rica, gente encantadora, entrenamientos extremos y un futuro razonablemente extenso.

En estos días raros y madrileños, trato de buscar llaves en mi sufrimiento. Haber salido de mi zona de confort me hace feliz de una forma extraña. Quiero decir, que es como mirar una casa donde todo parece estar muy bonito y ordenado y darse de repente cuenta de la cantidad de basura que hay bajo la alfombra o detrás de los muebles. Me queda tanto por aprender todavía... Aquí mis defensas han bajado, y todo lo que me hacía ser yo y mantener la estabilidad (tener mi espacio, escalar casi todas las semanas, encontrar hueco y tema para escribir cada día, las playas, el sonido del levante entre los edificios del centro...) ha desaparecido y me ha dejado desnuda. 

En realidad, todo puede seguir desapareciendo. Conservo mi trabajo, mi cuerpo, mi salud y a la gente que me quiere, pero también eso podría irse. Hoy hablaba con la enfermera de cirugía maxilofacial porque estábamos viendo a un paciente de la planta. "Pierden la cara y pierden su identidad", decía ella. Yo trataba de esforzarme por creer que existe algo más en nosotros además de nuestra cara. Después me imaginaba con la mandíbula abierta, como alguno de los pacientes de allí, o simplemente me recordaba hecha polvo por el acné, y pensaba que sí, que ese algo debe de existir, pero que yo no sé muy bien dónde está.

Si a alguien le quedaba alguna duda de que necesito vacaciones, he aquí estos posts que escribo últimamente. Nada de composiciones bien logradas, con párrafos comprensibles y un bonito final. Escribir aquí en estos días se parece más a caminar a tientas por un espacio que no conozco, como cuando cruzo mi salón por la mañana y no quiero encender la luz para no despertar a Cris. Se parece a un acto de voluntad, o a conducir por una carretera donde sólo puedes ver el trozo de asfalto que alumbran los faros. No tienes claro que haya algo más allá. Simplemente te mueves con toda la confianza que eres capaz de reunir.

En cualquier caso, estoy mejor. Bastante contenta. Aprendiendo sobre hambre y saciedad, riqueza y pobreza, soledad y vínculos. Creciendo mucho. Y pensando en mi futuro más próximo. Porque, insisto: yo estoy aquí, pero mi corazón está en Boulder.

lunes, 8 de abril de 2013

La entrada 1001



Resulta que no he hecho bien la cuenta y que la entrada número 1000 fue la de ayer. Qué poco glamour. En realidad, todo ha ido mal en esta celebración. No he tenido tiempo (ni fuerzas, ni un sitio) para hacer tarta. No he terminado de poner bonito el otro dominio. No he empezado el desafío moleskiniano, a la convocatoria de Q-Ball ha venido UNA lectora (a los demás no os voy a decir que os odio, porque no sería verdad) y la sorpresa que quería preparar también está esperando en lo más bajo de mi lista de tareas.

En cualquier caso, voy a contaros cosas.

Es domingo, siete de abril, y yo estoy en el Retiro con seis personas de procedencia variopinta, intentando como si me fuera la vida en ello que no se me caiga al suelo una pelota de Dora Exploradora. Hemos jugado un rato al Q-Ball (que, por cierto, es probablemente el juego de equipos más grande desde el curling), hemos practicado el pino contra los árboles y ahora nos limitamos a pasarnos la pelota intentando alcanzar un número modesto de toques sin que se caiga al suelo.

Por supuesto, hoy estaba nublado, pero a mitad de la tarde se ha aclarado el cielo y Elsa y yo hemos ido a por helados a un kiosco cercano. Ahora entra una luz dorada a través de los árboles e ilumina el césped verde y las caras de la gente. Yo me siento como si tuviera... bueno, no sé, no me siento como ninguna edad anterior, porque a mí, en realidad, nunca me ha gustado demasiado jugar a nada, y menos con una pelota de por medio. Me sentía torpe y absurda. Igual hace falta crecer y darte cuenta de que tu cuerpo no va a estar siempre a tu favor para valorar este tipo de cosas.

En cualquier caso, éste es un momento feliz. Uno de estos momentos en los que sabes que estás creando bonitos recuerdos para tu álbum personal. Un momento de esos en los que J. diría "¡post!", porque son precisamente la diana inocente de lugares como este blog.

Mientras vuelvo andando a casa, cansada pero contenta, reflexiono acerca de estos momentos y de el poquísimo poder de convocatoria que hemos mostrado esta tarde Erika, Elsa y yo. Ha aparecido una lectora del blog. Un chico de couchsurfing. El resto éramos conocidos o víctimas inocentes amigas de los conocidos. Me pregunto qué se llevan a casa la lectora y el couchsurfer, y si se lo habrán pasado la mitad de bien que yo haciendo el idiota sobre el césped.

Voy pensando en esta entrada y en qué voy a escribir. Ya dediqué unas palabras a algunos lectores cuando alcancé las 50000 visitas. No quiero meterme en una de las mías, tipo "los 100 mejores momentos que el blog me ha traído", porque me conozco y después me paso escribiendo hasta mañana. Quiero encontrar la manera de transmitir lo importantísimo que esto es para mí y, al mismo tiempo, contar qué he aprendido escribiendo mil entradas de blog, si es que he aprendido algo.

Llego a casa y llamo a J. por Skype. Le cuento lo de las mil entradas. "Vaya, mi niña - dice él -. Tienes que estar orgullosísima. Me haces sentir pequeño". Me pregunta si releo el blog a veces y qué siento cuando lo hago. "Siento que soy genial", contesto yo, medio en broma, medio en serio. "Eso no está bien, chiquita. Tienes que ser humilde e intentar mejorar cada día". "Si lo soy, de verdad, pero también pienso que escribo bien. Si no escribiera bien, me dedicaría a otra cosa".

Esa llamada no habría sucedido de no ser por el blog. Si ese chaval moreno y chalado está al otro lado de mi ordenador declarando convencidísimo que me sienta muy bien la coleta, es porque en agosto de 2005 le dio por hacer click en marinainthemiddle* y dejar un comentario. Y no es que mi vida haya sido mejor o peor de lo que podría haber sido sin J., pero sin duda ha sido distinta. Lo que quiero decir es que las decisiones pueden tener un impacto enorme, y que escribir tiene un impacto enorme.

No tengo claro si mi vida cambia el blog o es el blog el que cambia mi vida. El caso es que le estoy tan agradecida. De verdad. Lo que no es más que un canto al ego, digo yo, porque el blog soy yo y punto, así que supongo que agradecerle cosas no es más que agradecérmelas a mí y a mi gigantesco sentido de la autoimportancia. Pero imagino que le agradezco que me dé esta estructura. Que sea un espacio al que puedo volver.

Volvamos a mi paseo de esta tarde hacia Lavapiés. Pienso que hoy ha sido el primer día de verdadera primavera, con una tarde larga y dorada, correteando al aire libre. Le doy la razón a Erika y a Elsa, que me decían ayer frente al curry de un restaurante indio que no me desanime con Madrid: que lo mejor está por llegar. Me pregunto sobre mi escaso poder de convocatoria y pienso que no tiene nada que ver conmigo. Que la gente tiene mejores cosas que hacer un domingo por la tarde y, sobre todo, que presentarse a jugar con desconocidos a un extraño juego con rastrillos y pelotas es algo que sale bastante de la zona de confort de la mayoría.

Entonces me he dicho que si puedo transmitir una sola lección como bloguera el día que conmemoro (por error) la entrada número 1001 es la siguiente:

La próxima vez que alguien os proponga jugar al Q-Ball en el retiro, decid que sí.

No se trata de jugar al Q-Ball, ni de conocer blogueros, ni de celebrar conmigo las mil entradas. Eso es lo de menos. Se trata de decir que sí. Una vez dije que mi blog era mi manera de escribir sobre las cosas que amo. Hoy pienso que este blog es un sí constante. Un sí a estar viva, al riesgo, a atreverse a hacer cosas, a mirar alrededor, a arrepentirse, a hacer el ridículo, a masajearme el ego, a soltar chorradas, a sentarse aquí delante y sentir como si en vez de cerebro tuviera un limón reseco.

Un sí a conocer a lectores y lectoras. Cuántos momentos, queridos. Tomar cervezas con Fuckowski y sus amigos en el irlandés de la plaza del Siglo. Entrar al museo Picasso con Neikos. Comprar pintaúñas con Laura y remojarnos en el Spa, en la ducha de eucalipto que no huele a eucalipto. Pasar San Valentín con Carmen. Ir con Dani al japonés y lloriquear después en el Lobos porque ya no ponen pipas ni canciones de los Piratas (ni se llama Lobos, siquiera). Mirar libros con el señor M. Tomar gintonics con el otro J. (el lurker) y helados frente al mar con el señor K. Buscar sidrerías con el GPS de Nieves, y después levantarnos de la mesa porque no tienen platos vegetarianos. Jugar al Q-Ball con Marta. Beber vino con Babette, entrenar con Álex, ir al teatro con Elena. Montar un taller de escritura individual con Ángel en mi casa de San Fernando, y después verle trastear la plantilla de Psicosupervivencia en su bonito macbook Air.

Hablar y escuchar a IA. Escalar con él, mirarle con asombro desde el asiento del copiloto, oírle cantar Vetusta, compartir un dulce en un bar cualquiera en un pueblo desconocido de Castilla. Acariciar con los dedos su piel alucinante. Enfadarme con él, reconciliarme con él, seguir hablando y escuchando, entender algunas cosas. Agregarle al facebook, quitarle del facebook, agregarle otra vez al facebook. Esperar que, pese a todo, podamos volver a escalar juntos muchas veces.

Chatear con J. por el messenger (¿os acordáis del messenger?). Cruzarme con él en Rector López Argüeta, de camino a la facultad de políticas: yo con veinte años, sin saber nada de la vida, con las gafas de pasta puestas y una carpeta cruzada frente al pecho. Él con veintisiete, moreno como un tizón, montado en su bicicleta. Mirarle durante uno de los segundos más intensos de mi vida y pensar "es él". Tomar café en el Lisboa, cervezas en su tejado, espaguetis con nata en su cocina, almohaditas con chocolate a la mañana siguiente. Ocultarnos, encontrarnos y volver a empezarlo todo desde el principio. Contar chistes, hacernos masajes, conducir, escribir, leer mientras él terminaba su fin de carrera, cortar corcho para sus maquetas. Dormir, despertar, montar picnics urbanos y piscinas en las tartas ajenas. Perdernos en mitad de la nada, llamarnos en mitad de la noche, hacer fotos de saltos extremos y de edificios que a mí no me interesan un carajo. Dibujar en las plazas del Albayzín. Desayunar. Compartir palomitas. Dejarnos, volver, llorar, gritarnos, darnos sesenta millones de besos y echar sesenta millones de polvos. Querernos lo mejor que hemos sabido.

Con esto quiero decir que las cosas importan, y la gente importa y las decisiones también. Que por supuesto que lo que haces tiene consecuencias, y lo que escribes, y tus llamadas de teléfono, y atreverte a dar un salto al vacío y conocer a la gente. Intimar con la gente es difícil. Te puede cambiar la vida.

Aun así, insisto: decid que sí. Un sí en general. Un sí al Q-Ball. Un sí, me da igual pasar vergüenza porque no conozco a nadie y sí, voy a echar el domingo haciendo el idiota. O voy a aprender a escalar. O me voy por ahí con la furgo a un proyecto absurdo que me he inventado, o me propongo escribir todos los días durante un mes. Un sí, vamos a experimentar, vamos a probar y a abrirnos. El tema es abrirse. Si algo tengo que decir después de escribir mil entradas es que el tema es abrirse todo el rato, cada vez más, y que, al mismo tiempo, nadie os va a recompensar nunca por ello. No hay palmaditas en la espalda, ni una epifanía espiritual duradera: hay un dolor constante y sordo y, en mitad de ese dolor, momentos de una luz aterradora. Como esta tarde. Como todas las otras tardes y como todo lo que nos queda juntos, a vosotros y a mí, con las palabras que me quepan en los dedos.

Es curioso que sean 1001 entradas. Igual que Scherezade, sigo contando historias hasta que sale el sol. Confío en que queráis seguir oyéndolas a la mañana siguiente y no entreguéis mi cabeza al verdugo del olvido o del desinterés. Nunca sabréis lo que os agradezco vuestra clemencia.

Brindad conmigo por 1001 más.

Muchos besos.

*Todos los posts de allí están en este blog, por si os picaba la curiosidad.

domingo, 7 de abril de 2013

Convocatoria oficial de Q-Ball, tarta y celebración de las 1000 entradas

Nos vemos mañana a las 17'00 en la parada de metro del retiro que está dentro del parque. Estaré yo. Estarán mis fabulosas amigas Erika, Elsa y Ro. Habrá gente desconocida convocada por couchsurfing. Habrá algún que otro lector que ha anunciado su asistencia (no muchos de momento, me temo, pero al menos ya sabéis que vendrá alguien). Jugaremos a meter pelotas en un cubo con un rastrillo en un juego cuyas reglas están aún en proceso de creación. Comeremos una tarta aún por decidir. Y después, por la noche, caiga quien caiga y esté como esté de embotada mi pobre cabeza pensante, escribiré la entrada número mil de este mi querido blog.

Allí os espero.

Besitos y buenas noches.

miércoles, 3 de abril de 2013

Poesía económica VI: Hacienda strikes again

¡Declaración de la renta
hoy me la has vuelto a jugar!
Esperaba tu respuesta,
y me sales a pagar.

¿En qué clase de universo
injusto y malencarado
con mi sueldo mileurista
le debo pasta al Estado?

Será que cobré la Renta
(maldito sea su recuerdo)
o que a mi chunga casera
pagué el alquiler en negro.

Por tener curro en la crisis
debo estar agradecida
pero pagar ahora a Hacienda
me deja jod... algo herida.

Puedo aprovechar Madrid
para pedir en el metro
o ir a la calle Montera
a menear el esqueleto.

Los planes para mi viaje
se empiezan a perfilar:
pisar suelo americano
y con drogas traficar.

Para colmo, Dios me ignora
y los maromos me evitan
¿Son las celivibraciones,
o el karma, que me castiga?

Menos mal que Muertelandia
me enseña algo verdadero:
que la salud y la vida
no se compran con dinero.

(Posdata: querida muerte
he aprendido la lección.
Déjate ya de chorradas
y que me toque el cupón)


*Nota: ya empezaré mañana con el desafío Moleskiniano; hoy era necesario escribir esto.

martes, 2 de abril de 2013

Retos y celebraciones

Queridos lectores:

Esta es una entrada breve (*edito: sigo teniendo problemas con el concepto de breve) para comunicaros dos cosas.

Primera: sobre la próxima celebración de las mil entradas (ésta es la 997)

Yo quería aprovechar que estoy en Madrid y convocar a quien quisiera a tomar tarta de cerveza negra (que va a ser la elegida para la celebración, me temo que sin glaseado rosa, porque desde que la probé no quiero más que aprender a hacerla y alimentarme sólo de eso). El problema es que incluso a mí me parece raro reunir a unos cuantos desconocidos en torno a mi persona. Es como ¿y de qué vamos a hablar? ¿De mi blog? ¿De mí misma? Luego he pensado en dinámicas grupales y cosas así, pero insisto en que es friki hasta para mis niveles de egocentrismo y alternatividad vital.

Así que lo que voy a hacer es lo siguiente: aprovechando que mi amiga Elsa, que es amor, y mi amiga Erika, que también es amor, organizan un partido de Q-Ball este domingo en el retiro, os convoco a todos los que queráis a uniros a nosotras. No se lo he preguntado a ellas (¿qué opinas, Els?), pero dado que son amor, estoy casi 100% convencida de que no van a tener problema en que invite a los lectores. Luego todos comeremos tarta de cerveza negra y, aunque no tengamos nada de qué hablar, las endorfinas y la glucosa fluirán por nuestra mente y todo dará igual.

¿Qué es el Q-Ball? No lo tengo claro. Es un juego que se han inventado Erika y Elsa. Tiene muchísimas reglas, y se juega con pelotas y rastrillos de playa. Me parece que en algún momento hay que hacer el pino (verídico). Aquellos vergonzosos o no coordinados: tranquilidad. Mi torpeza con una pelota sólo es comparable a mi torpeza al ligar con hombres guapos. Seguro que no se os da peor que a mí.

Creo que la quedada de Q-Ball (Q-dada) es una buena opción. Podéis aparecer si queréis, y si no, pues no. Habrá más gente que tampoco se conocerá entre sí. Erika y Elsa insisto, son amor en estado puro, y yo tampoco estoy mal. No tendremos que buscar tema de conversación, ¡jugaremos al Q-Ball! Si no viene ningún lector, no me sentiré mal porque habrá más gente, e igualmente celebraré y comeremos tarta de cerveza negra. Será genial.

No obstante, lectores: escribir mil entradas (¡¡¡MIL!!!) es un logro sumamente importante para mí. Mucho. Me encantaría que lo celebraseis conmigo.

Segundo: sobre el Reto Moleskine* o Moleskinian Challenge

El otro anuncio del día es que voy a empezar otro reto, estilo Michelian Challenge. Va a durar sólo 21 días, porque si me descuido se me junta con el viaje a Boulder, pero creo que puede estar bien. El tema es que mi creatividad está bajo mínimos, y que tiene que ver también con que ando muy distraída intentando sobrevivir en la jungla capitalicia. Se me ocurren ideas (¡muchas!) y después se me olvidan. Así que voy a proponerme tres cosas:

1) Llevar siempre encima la libreta marca Moleskine roja superguay que me regaló MQEN por mi 27 cumpleaños.
2) Escribir en ella todas las ideas que se me ocurran.
3) Escribir cada noche un post que obligatoriamente sí o sí deberá emerger de la libreta roja.

De esta forma, espero estimular la creatividad y la variedad bloguera, porque últimamente me siento aquí y no hago más que chorrear autocompasión o ambiguas lecciones vitales.

Eso es todo por hoy.

Cuando me entere con todo detalle de la convocatoria oficial de Q-Ball, os la apunto aquí. De entrada, anticipo que será este domingo por la tarde, creo que en el Retiro. No sé si habrá que traer rastrillos y demás o se encargan ellas. Contadme qué os parece.

Besitos y a descansar esas molleras (o a ponerlas en marcha aquellos que me leéis con el café, como si el blog fuera una galleta María cualquiera).

*Esto también es un Míchel tribute. Él sabe de lo que hablo.