massobreloslunes

viernes, 11 de abril de 2008

¡Hemos llegado a las 10000 visitas!

Y yo con estos pelos.
Acabo de llegar de ver un partido de la Liga de Improvisación Teatral de Granada. Mañana se termina el plazo de entrega para el García Lorca y, en contra de lo que me propuse, no he preparado absolutamente nada. Pensé que sería capaz de hacer algo muy filológico y muy pretencioso, pero no lo soy, igual que no soy capaz de leer a Proust. Qué le vamos a hacer. Pero, por si acaso, llevo un rato hojeando cuentos antiguos para ver si, milagrosamente, Cortázar me había enviado un relato inédito que pudiera presentar con una mínima posibilidad de ganar los 1800 euros.

He releído, sobre todo, la remesa que escribí allá por la primavera de 2005, cuando abrí mi querido antiguo blog y me dio una súbita fiebre escritoril. Yo pensaba que esos cuentos eran gilipolleces y, sin embargo, me he encontrado con que me gustan. Me gusta la sensibilidad que hay en ellos. Me gusta que tratan de las chorradas que para mí son importantes. Y no importa si no soy el tipo de escritora capaz de escribir sobre filosofía o Buenos Aires o la guerra civil, o si no gano concursos o mi blog lo lee poca gente. Soy el tipo de escritora que me gustaría leer. No soy mi escritora favorita, pero no estoy mal.

ME GUSTA CÓMO ESCRIBO. QUÉ PASA.

Por cierto, que hoy me ha comentado mi profesor de Grupos una tarea que le envié y ha puesto “redacción mejorable”. Me lo dice alguien que no conoce el concepto concordancia sujeto-verbo. Casi exploto de indignación.

martes, 8 de abril de 2008

El ultimátum de Euricienta

Con ustedes, el final de esta magna obra de género épico-denuncia.

[Precuelas aquí y aquí]

Volvamos a la escena final de la última parte de nuestra historia, que está congelada como un DVD en pause. Euricienta mira a su alrededor con los ojos desorbitados. Los Caballeros Negros del Crédito Europeo desenvainan sus negras espadas. Los Psicolios enseñan los dientes mientras esgrimen armas, palos y cacerolas. Bolonio sonríe de medio lado y Decanus se esconde tras su sillón y temblequea (esto no se ve porque, como he dicho, la imagen está en pause). Le damos al play y comienzan a entrechocarse las espadas, mientras Euricienta grita, histérica: ¡Paz! ¡Compasión! ¡Amor!

Empezaban a oírse los primeros “ouch” y a agonizar los primeros combatientes, cuando se oyó un petardeo, como la traca final de una feria. Euricienta enseguida reconoció el sonido, así que no se sorprendió cuando vio a cientos de Duendecillos Estándar flotando a varios palmos del suelo y reluciendo con una luz cegadora. Los Caballeros y los Psicolios, sin embargo, pararon de inmediato de luchar, asombrados.

Entonces se oyeron unas trompetas, pretendidamente señoriales pero un poco chillonas, y entró una carroza tirada por dos ratones voladores donde se erguía, orgulloso bajo su diminuto manto de armiño, el Rey De Los Duendes Que Todo lo Puede.

- ¡Salve a nuestro señor! – gritaban los duendecillos con sus voces de pito - ¡Loado sea!
- ¡Silencio, mis diminutos aunque dignos súbditos! – dijo el RDLDQTLP.

Su voz sonaba extraordinariamente potente para su pequeño tamaño, pero si tenemos en cuenta que lo puede todo, es decir, TODO, tampoco hay que sorprenderse mucho.

- ¡Los Duendes hemos perdido hoy a uno de nuestros más queridos compatriotas! – prosiguió, solemne, el RDLDQTLP -. El Duendecillo Sam, recientemente investido Duendecillo ECTS, ha fallecido hoy de agotamiento, mientras repetía entre delirios nosequé de Bolonia, o Bolonio, y decía que se le iba a acabar el plazo para alimentar a una especie de bestia mitológica.
Euricienta se entristeció. Con lo majo y lo trabajador que era el Duendecillo ECTS.
- Ahora – continuó el RDLDQTLP -, los duendecillos sólo queremos una cosa.

Paz, pensó Euricienta que diría, y que algo como esto no vuelva a repetirse en Psicolia.

- ¡¡¡Venganza!!! – gritó el RDLDQTLP con el rostro congestionado, y todos los Duendecillos Estándar se pusieron a chillar como ratas enloquecidas.

Fue un visto y no visto. Las espadas de los Duendecillos eran como palillos de dientes, pero los Caballeros Negros no acertaban a dar a aquellos bichitos con las suyas, enormes y pesadas. Antes de que Euricienta pudiera empezar a hablar de la compasión universal, todos los Caballeros Negros yacían muertos en el suelo del salón de audiencias. Mientras miraba cómo los últimos agonizaban, Euricienta concluyó que de aquello concretamente tampoco se le podía echar la culpa a ella, y confió en que la ley del karma tuviera la manga ancha.

Bolonio contemplaba la batalla como si no fuera con él. Había que reconocerle al cruel dictador una notable dignidad. Pero cuando el RDLDQTLP se dirigió hacia él, enfurecido, para tener el gusto de terminar con su europeizante vida, Euricienta se interpuso, decidida.

- ¿Qué haces, joven guerrera? – preguntó el RDLDQTLP -. ¡Aparta para que se haga justicia!
- ¡Ni hablar! – dijo Euricienta.
- ¿Acaso quieres dejar con vida a este miserable, que os ha tenido atados al yugo ECTS durante todos estos meses?

Entretanto, los Duendecillos Guerreros mantenían a raya a la multitud de Psicolios que, frustrados por no haber podido intervenir apenas en la batalla contra los Caballeros Negros, estaban empezando a linchar a Bolonio arrojándole sus armas desde la distancia y gritándole cosas como "¡A ver cómo evalúas esto ahora!"

- ¡Psicolios! – dijo Euricienta -. Ahora que tenemos a Bolonio bajo nuestro control, no creo que el mejor castigo sea la muerte…
- ¡Eso, eso! – gritaban los ciudadanos -. ¡Que le aten al potro! ¡Que se suelten en una mazmorra con ratas rabiosas!
- ¡No me refería a eso! – exclamó Euricienta -. La muerte, queridos, es descansada, relajada. Incluso la tortura es inactiva y tiene un final. Hay algo mucho peor…

Se hizo el silencio y Euricienta expuso su plan.

Por acuerdo popular, los ciudadanos de Psicolia ataron a Bolonio con una cadena en las mazmorras del castillo. Cada vez que a un Psicolio se le antojaba, podía ir a él y mandarle una tarea autoformativa, a ser posible complicada, absurda y arbitrariamente evaluada. Bolonio fue condenado a cumplir todos los plazos de entrega, so pena de ser despedazado por Ágora, que había sido encerrada junto a él.

Al tercer mes, Bolonio dejó de hacer tareas, exhausto, y se dejó comer por Ágora, que murió poco después de hambre.

En Psicolia, todos fueron felices y comieron perdices.

Decanus había huido de la ciudad en el fragor de la batalla. Dicen que le han visto en Precaria, trabajando arduamente en las minas de sal.

Euricienta se casó con un Ingenio rico y guapo. En cuanto a la iluminación… bueno, está en ello.

lunes, 7 de abril de 2008

Esta mañana iba yo en el bus escuchando los Piratas, tan contenta, cuando una señora desconocida me ha tocado en el hombro.
- Perdona - me ha dicho, cuando me he sacado los auriculares de los oídos -. ¿Quieres que te diga el nombre de una pomada para tu problema?
La he mirado desde mi cara acnéica, despellejada, dolorida y harta.
- No - he dicho.
- ¿No? - parecía sorprendida. Joven con acné recalcitrante, ¿te traigo la solución a tus problemas y la rechazas? -. Es que va muy bien, le ha funcionado a mucha gente.

Y he pensado en los kilos de pomadas amontonadas en el armario de mi baño, en el dinero gastado, en las infusiones, en las limpiezas de cutis, en todo el dolor, el picor, los medicamentos, los efectos secundarios, las miradas al espejo, los "oye, tienes la cara peor, ¿no?". Mientras caminaba hacia la parte trasera del autobús intentando alejarme al máximo de ella, se me han ocurrido muchas respuestas. "Claro, señora, lo que los dermatólogos no han solucionado en 10 años lo va a arreglar usted en 5 minutos". O bien "hoy voy a suicidarme, adivine quién tiene la culpa". Pero en el momento, al mirar la cara regordeta e interrogante de la señora y los rostros ligeramente vueltos de los pasajeros de alrededor, sólo he notado un intenso pinchazo de humillación.

Llevo meses sintiéndome como si andara por la vida con un mapache encaramado a la cara, y sólo agradezco profundamente que la mayor parte de la gente haga como si no se diera cuenta. Así que cuidado con los consejos bienintencionados.

Próximamente, El ultimátum de Euricienta, tercero y último capítulo de la exitosa saga.

viernes, 4 de abril de 2008

Euricienta strikes again (Todavía una historia real)

Esta historia empieza aquí.

Una mañana, Euricienta se levantó más desmoralizada de lo habitual. “No tenía que haber venido nunca a Psicolia”, se decía. “Debí irme directamente a Precaria a buscarme la vida. Seguro que hasta las minas de sal son mejores que esto: no hay que pensar tanto y te pones morena”. Estaba sumida en sus lúgubres pensamientos cuando se dio cuenta de que la habitual montaña de papeles de su escritorio había desaparecido. En su lugar, había una notita.

Soy el Duendecillo del ECTS y he hecho todas tus tareas. Para llamarme, di tres veces “Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo”.

Euricienta pensó de inmediato que se estaban quedando con ella. Repetiría las absurdas palabras y algún bufón malvado estaría escuchándola detrás de la ventana para imitarla luego en las funciones teatrales de Tutubo. Decidió que hablaría con los monjes de la Abadía de la Copistera para que le hicieran una nueva copia de los apuntes y así poder entregarle sus tributos a Ágora. Estaba a punto de salir de casa cuando reparó en un objeto tirado a sus pies: un sombrerito hongo del tamaño de un dedal. La niña que había en ella y que escuchaba de pequeña los cuentos de los juglares sentada al pie del viejo sauce se preguntó si no habría algo de verdad en la notita de la mesa. Cerró los postigos de las ventanas y, muy bajito, susurró:

- Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo.

Sonó un pequeño “pluf”, como un petardo de feria, y apareció un hombrecillo regordete, pequeño como un ratón.

- Hola, Euricienta – dijo -. Soy un Duendecillo Estándar que contemplaba tu sufrimiento európico desde la ventana. Le pedí al Rey De Los Duendes Que Todo Lo Puede que me invistiera Duendecillo ECTS para poder echarte una mano. ¡Y aquí estoy!

A partir de entonces, los antaño dolorosos y difíciles días de Euricienta volvieron a tornarse luminosos y tranquilos. El Duendecillo hacía sus tareas por las noches y, por la mañana, ella se las entregaba a Ágora y se iba a vagabundear por las bibliotecas y a tomar cervezas. Meditó y meditó hasta estar cerca de la superconsciencia, e incluso pudo viajar un par de veces a Ingenia a conocer mozuelos. Sin embargo, cuando estaba al borde de la iluminación y el compromiso, se dio cuenta de que algo no iba bien. Las tabernas donde se sentaba a leer estaban siempre vacías. Sus amigos no querían quedar con ella para tomar algo. Las bibliotecas estaban llenas, sí, pero de tristes y ojerosos habitantes de Psicolia que trabajaban para pagar sus tributos. Así que Euricienta fue a casa y repitió en voz baja:

- Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo.

Y cuando oyó el “pluf”, empezó a hablar atropelladamente:

- Duendecillo, tienes que ayudarme. Tienes que hacer las tareas de mis amigos, o convencer a otros Duendecillos para que se conviertan en Duendecillos del ECTS, o…

Pero cuál no sería su sorpresa al ver, cuando se deshizo la nube de humo, a un Duendecillo ECTS cansado, enflaquecido, con los ojos rojos de sueño. Parecía un prisionero condenado a muerte.

- ¿Quién te ha hecho eso, Duendecillo ECTS? – preguntó Euricienta, - ¿quién?

Antes de poder articular palabra, el Duendecillo ECTS se desmayó. Euricienta comprendió entonces que no podía pedirle al Duendecillo que siguiera haciendo sus tareas ECTS, ni mucho menos que convenciera a sus amigos para aceptar aquel destino suicida. Era necesaria una solución más radical. Sin pensarlo dos veces, Euricienta se colocó su cota de malla, agarró su flamante espada y salió a la Plaza Mayor. Allí se subió a un banco (Euricienta no era muy alta) y puso las manos en forma de bocina.

- ¡Ciudadanos de Psicolia! – gritó, sin preocuparse por decir también “ciudadanas”. Eran momentos demasiado decisivos para preocuparse por la corrección política - ¡¡Salid aquí, ahora!! ¡¡Salid, os digo!!

Poco a poco, los hombres y mujeres de Psicolia salieron de sus casas, entrecerrando los ojos por la fuerte luz del sol, y se congregaron alrededor de Euricienta.

- ¡Ciudadanos! – exclamó la joven -. ¡Mirad en qué os habéis convertido! ¡Parecéis topos emergiendo de sus madrigueras, esqueletos saliendo de vuestras eurotumbas! ¡La alegría que flotaba por Psicolia se ha esfumado y sólo ha dejado hastío, cansancio y frustración!

Se oyeron algunos débiles asentimientos.

- ¡Bolonio nos tiene esclavizados! ¿Y todo para qué? ¿Habéis estado en Europía? ¿Habéis visto sus cielos grises y el alto precio de sus cervezas? ¿Realmente, ciudadanos de Psicolia, queréis convertiros en Európicos?

La pequeña multitud empezaba a animarse. “¡No!”, exclamaban.”¡Abajo Europía! ¡Arriba Psicolia y la cerveza barata!”.

Y al grito de “Menos Europía y más cerveza fría”, todos los Psicolios se armaron hasta los dientes y echaron a correr hacia el castillo de Decanus. Degollaron sin piedad a los dos soldados que montaban guardia en la puerta (Euricienta no, obviamente, porque era contraria a matar a la gente y utilizaba su espada con funciones meramente intimidatorias) y entraron en la gran sala de audiencias, donde Decanus y Bolonio bebían vino y elaboraban la larga lista de tareas de la semana siguiente. Euricienta, a la cabeza de la muchedumbre, se acercó a ellos y colocó la espada en la garganta del flaco y cruel Bolonio.

- ¡Aquí se acaba tu conquista, malvado ser! – exclamó -. ¡Márchate de esta ciudad y déjanos tranquilos, o separaré tu cabeza de tu cuello y la colgaré de un asta en la Plaza Mayor!

Todos los Psicolios, sedientos de sangre (y cerveza), gritaban “¡menos cháchara, Euricienta! ¡Acaba con él ahora!”. No sabían que Euricienta sólo fingía puesto que, como hemos dicho antes, no sería capaz de matar a una mosca. Bolonio, lejos de alterarse, gritó, con una voz profunda que parecía salir de un lugar ajeno a su delgado cuerpo:

- ¡A mí mis caballeros! – y, en aquel momento, entraron en la sala los veinticinco Caballeros Negros del Crédito Europeo.

La pobre Euricienta miró a su alrededor, desolada. Aquello iba a ser una escabechina y la culpa la tendría ella y sólo ella. Intuyó que se iba a reencarnar en ser unicelular y se puso a pensar a toda velocidad para ver cómo podía remediar aquel desastre…

(Continuará)

(Es que me está quedando más largo de lo que creía).

miércoles, 2 de abril de 2008

Euricienta (una historia real).

Érase una vez, en el lejano reino de Universia, en la ciudad de Psicolia, una dulce muchachita llamada Euricienta. Psicolia era una ciudad maravillosa, llena de sol, de parques, de bibliotecas y de agradables tabernas donde corrían la cerveza y el vino. Sus jóvenes habitantes vivían en razonable paz y armonía gobernados por Decanus, un alcalde tontorrón pero justo y bueno, que sólo exigía, para poder disfrutar de las maravillas de Psicolia, el pago de tributos examinadores dos (o tres, dependiendo de las contribuciones anteriores) veces al año. Durante el resto del curso, los habitantes de la ciudad aprendían, se conocían unos a otros y tomaban tapas en las mesitas que las tabernas sacaban al sol los días de buen tiempo. Algunos jóvenes trabajaban en tabernas y tiendas para poder pagarse sus años en Psicolia, y a otros les llegaban ayudas de las arcas de Universia. No era un sistema perfecto, pero no estaba mal.

Después de vivir unos años en Psicolia, los jóvenes tenían que mudarse a Precaria, capital del reino de Adultia, un lugar mucho más lúgubre y duro dominado por los miembros del poderoso clan de los Usures (formado por tribus como los Santanderos o los Bebeuvianos). Sin embargo, mientras trabajaban en las minas de sal para pagar a los Usures, los ciudadanos de Precaria se consolaban pensando en lo luminosos y fantásticos que habían sido sus años en Psicolia.

Euricienta era feliz en Psicolia. Además de formarse intelectualmente, tenía dos metas en su vida: la iluminación y encontrar un marido, no necesariamente por ese orden. Era difícil encontrar marido en Psicolia, donde había pocos hombres en edad casadera, pero siempre podía acercarse a Cientifia o a Ingenia a buscar mozos de buena planta y con un buen futuro en Precaria. Para iluminarse, procuraba meditar mucho y ser buena persona. Le gustaba frecuentar las tabernas, las bibliotecas, los cines y todos los rincones hermosos de Psicolia. A veces, cuando se sentaba al sol una mañana de primavera, comiendo una tostada de tomate y leyendo realismo sucio, Euricienta pensaba que no necesitaba nada más en la vida (ni siquiera un marido).

Sín embargo, tiempos duros esperaban a los habitantes de Psicolia. Una hermosa mañana de verano, un ejército silencioso y solemne irrumpió en la ciudad. Se trataba de Bolonio y sus terribles secuaces, los Caballeros Negros del Crédito Europeo. Los ciudadanos de Psicolia se encerraron en sus casas, asustados. Habían oído hablar del malvado Bolonio, que estaba conquistando y sometiendo a las principales ciudades del reino de Universia, pero siempre habían creído que a ellos no les tocaría: que podrían escapar al puño de hierro del invasor y mantener su feliz y pacífica existencia.

Tras el pánico inicial, los hombres y las mujeres (porque Psicolia era un reino igualitario y porque, como ya he dicho, había pocos chicos), bruñeron sus armaduras, afilaron sus espadas y salieron dispuestos a vender cara su vida. Sin embargo, ni un arma se desenvainó en aquella batalla. Bolonio, un tipo alto, enjuto y de fríos ojos grises, entró en la sala de audiencias del alcalde, y se postró ante él. Luego comenzó a hablar. Habló de progreso, de innovación, de Europía, el lejano reino de la abundancia del que los habitantes de Universia oían hablar a menudo. Convenció a Decanus de que su hermosa ciudad podía ser aún más hermosa, de que sus habitantes aún podían ser más felices y, lo que es más importante, de la posibilidad de asegurarles un buen futuro en Precaria. Bolonio hablaba lenta y cadenciosamente, hipnotizando con sus tranquilos ojos claros al pobre e ingenuo Decanus, que asentía y sonreía mientras repetía, como encantado: "Progreso... innovación... Europía...".

Como decía, no hizo falta derramar una gota de sangre. Aquella misma tarde, Decanus salió al balcón de palacio y anunció a sus súbditos, que aún estaban ataviados para la batalla y esperaban confusos frente a las murallas, que desde aquel mismo momento Bolonio tenía el control de la ciudad y todos los habitantes deberían someterse a sus decretos, "por el bien de Psicolia y para que Universia pueda ser una tierra tan hermosa y fértil como Europía". Euricienta, que había empuñado su espada decidida a acabar con el invasor, se rascó la cabeza y pensó "Bueno, qué le vamos a hacer. Quizá sea verdad todo eso de la innovación y del progreso".

A partir de aquel día, todo cambió en Psicolia. Bolonio hacía pagar constantemente tributos a los habitantes: no sólo examinadores, sino también lo que él denominaba "autoformatorios". Los tributosautoformatorios debían entregarse casi cada día, y agotaban el tiempo y las fuerzas de los habitantes de la ciudad. Bolonio había traído además a su mascota, Ágora, un animal que hasta entonces sólo había existido en la mitología y que tenía cuerpo de felino, cola de serpiente y dos cabezas de lagarto. Si quería entregar los tributos, uno debía dirigirse a la hermosa jaula dorada donde moraba Ágora y arrojárselos para alimentar su voraz apetito.

Como tenían que estar todo el día trabajando para pagar sus tributos autoformatorios, los habitantes de Psicolia ya no podían buscar empleo en las tabernas o en las tiendas para sacar algún dinero extra. Algunos de ellos no podían permitirse vivir en Psicolia si no trabajaban, así que Decanus, asesorado por Bolonio, les aconsejó que acudieran a los Usures de Precaria. "Hemos hecho un trato con los Santanderos", dijo, "y os prestarán el dinero necesario para vivir aquí si os comprometéis a trabajar después en sus minas de sal". Euricienta se preguntaba cómo mejorarían sus condiciones de vida en Precaria si, además de estar preocupados por ganarse la vida cuando llegaran allí, tenían que trabajar en las minas de sal de los Usures para devolver el dinero que habían gastado en Psicolia. Pero para esa pregunta, como para otras tantas, Decanus no tenía respuesta. "Querido Decanus", le decía Bolonio al alcalde cuando éste le preguntaba, "así se hace en Europía. ¿Te parece lógico que las raquíticas arcas de nuestro reino se empleen en pagar a estos muchachos, cuando ellos mismos pueden trabajar en las minas de sal cuando lleguen a Precaria? Así nuestro dinero podrá gastarse en asuntos más importantes".

Euricienta se sentía desbordada. No tenía tiempo para meditar ni para alternar socialmente, así que no iba a consguir ninguno de sus dos objetivos principales en la vida. Andaba todo el día preocupada por alimentar a Ágora y no perder ninguna oportunidad para entregar sus tributos. Además, vio sorprendida que entregar tributos autoformatorios no la eximía de pagar los tributos examinadores de febrero y junio. Al principio los habitantes protestaron, manifestándose a las puertas del palacio. Decanus se excusaba: "Queridos súbditos, no podemos hacer nada, ya hemos cedido el control a Bolonio. Además.." y hablaba otra vez de progreso y de Europía. Euricienta, por su parte, ensaba que si Europía era aquello, ella no tenía ningún interés en que Psicolia se les pareciera.

Así le iba a la pobre Euricienta, cada vez más cerca de morir soltera y sola y de reencarnarse en escarabajo. Azules ojeras se marcaban en su pálido rostro. Su rubia melena se caía a mechones por las noches, mientras daba vueltas en la cama pensando en cómo haría para pagar los tributos de aquella semana. No tenía ilusión por aprender o por prepararse para su profesión: lo único que le obsesionaba era cumplir con los plazos de entrega de los tributos porque, para colmo de males, si llegabas demasiado tarde, Ágora negaba altanera con una de sus dos cabezas y no se dejaba alimentar.

Sin embargo, un día ocurrió algo maravilloso...

(Continuará).

domingo, 30 de marzo de 2008

Domingo

No sé qué contaros hoy. Estoy pasando por momentos duros, pero es una dureza con sentido, un dolor que sé que va a terminarse. Después del sube y baja emocional de los últimos meses, ha llegado la resaca, en forma de nostalgia, de angustia y de pena. Así que intento meditar todos los días, escribir algo, pasar tiempo sola, leer.

Cuando me siento a meditar últimamente es como si llorara en silencio. Mi cuerpo está quieto y parezco tranquila, respirando despacio con las manos juntas en el regazo. Pero por dentro no paro de llorar: lloro por todo lo que he tenido y he perdido, por las personas a las que he amado y que se han ido, por los buenos momentos que he vivido y que no van a volver. Estoy allí sentada y las lágrimas ruedan por mi garganta, y noto el dolor en los ojos, la tensión en las mandíbulas, el hilillo de aire asfixiado que consigo hacer llegar hasta mis pulmones. También paso miedo. Miedo a no ser feliz, a no merecer el amor que me dan, a no estar a la altura, a volverme loca. El miedo es rígido, como una costra que paraliza mis músculos, que me debilita y hace que no desee otra cosa que levantarme, comer algo, sentarme a ver una peli. Pero permanezco sentada y lo recorro, lo observo, confío en que desaparecerá si soy capaz de mirarle a los ojos el tiempo suficiente. Lloro callada y paso miedo porque prefiero que el dolor salga ahí, donde yo puedo verlo, a que se enquiste en mi mente y me confunda hasta hacerme dañar a las personas que quiero.

Hablo con mi madre. Me dice que ni siquiera por ser feliz tiene que agobiarse uno. "Lo importante", añade, "es estar mal y permanecer ecuánime". Es graciosa mi madre budista. Dicen que la deuda kármica con los padres es la deuda más grande que alguien puede contraer, porque nos han dado la vida y nos han mantenido vivos cuando no podíamos hacerlo por nosotros mismos. La única manera que tenemos de saldar en parte esa deuda es dar a conocer a nuestros padres el dhamma (el camino hacia la liberación, la ley de la naturaleza). Mi madre me ha dado la vida y el dhamma, así que debo de tener una deuda kármica con ella de varios millones de vidas. Pienso que tiene razón. Que esta obsesión por la felicidad que tenemos actualmente las personas no es mejor que la obsesión por el dinero (al fin y al cabo, quien se obsesiona por el dinero lo hace porque cree sinceramente que va a darle la felicidad). Que lo normal es no ser feliz todo el rato, y lo importante es permanecer calmado, sabiendo que también eso pasa.

El otro día me preguntó Adri qué es lo que espero yo de la vida, cuál es el sentido de mi vida. Le dije que yo sólo quiero la suficiente paz interior como para disfrutar de las cosas que tengo. Seguir aprendiendo, seguir creando, conocer a gente buena a la que poder amar. Viajar de vez en cuando, sin estridencias. Leer mucho. Tener tiempo para dormir la siesta. Poco más.

Y ya me voy a dormir, que no quiero que el cambio de hora me descoloque los biorritmos.