massobreloslunes

jueves, 13 de octubre de 2011

Para Tatiana y su hija

He empezado a escribir un post para Tatiana y luego lo he borrado. ¿La razón? Que he comenzado a sentir una incomodidad extraña. No sólo por escribir sobre el Acné del Averno, que de por sí ya me resulta complicado, sino por escribir sobre el Acné del Averno y mi madre. Luego he dado un par de vueltas por la casa, me he lavado los dientes, me he mirado al espejo, he reflexionado y me he dicho: va, Marina, escríbelo. Luego ya decidirás si lo publicas, pero debes escribirlo y atravesar esa sensación de incomodidad.

No estoy segura de saber qué consejo dar a los padres cuyos hijos tienen problemas de salud. No tengo hijos, y por lo que me han dicho es una experiencia que no se parece a nada. Sí puedo contar en algo mi experiencia como hija con problemas de piel. También hay que tener en cuenta que no creo que sea igual tener una hija con acné que una hija con cáncer, pero bueno; es mi tema y es de lo que puedo hablar.

Ya he comentado que los problemas de piel son un tipo especial de problema. La piel es la barrera que te separa de los demás, y se pasa mal por ella en la medida en que se pasa mal por los otros. Nos daría igual tener acné si no hubiera nadie para verlo: es la reacción de los demás ante nuestra piel, o más bien la reacción que pensamos que tendrán los demás ante nuestra piel, lo que tememos de verdad.

Cuando, además de afrontar nuestro propio dolor, tenemos que afrontar el de las personas que nos quieren, se vuelve doblemente duro. En el caso de mi madre, ella me veía y me ve sufrir tanto por mi piel que tiene el mismo pánico que yo a que empeore. Lo ha pasado igual de mal que yo o peor con cada rebrote maligno. Llegamos a un punto en el que una de las cosas que más miedo me daba de empeorar era decírselo a mi madre. No quiero que esto se interprete como que ella ha actuado mal o ha tenido la culpa de nada, porque siempre me ha apoyado muchísimo en todo este tema, tanto emocional como económicamente. Pero sí es verdad que a veces su angustia me angustiaba.

Tatiana: por mucho que sufras por tu hija, no puedes sufrir tanto como ella. No le hará ningún bien. Es su piel y es su problema, es decir: no puedes apropiarte de él. Es bueno que trabaje el aspecto psicosomático del asunto: no sólo hasta qué punto puede influir lo psicológico en la enfermedad o sus manifestaciones, sino también la aceptación y la capacidad para convivir con ella. A ti te toca también trabajar esa aceptación. Si ella percibe tu pánico, el suyo crecerá. Necesita espacio para poder sentir su dolor y su miedo sin que a ti te aterre.

Cuando dejé la píldora, una de las cosas que más me importaba era que mi madre supiera que yo estaba bien. Se lo decía cada vez que hablábamos por teléfono: "Creo que va mejor, creo que está funcionando". Entonces me di cuenta de que mi piel empeoraba sospechosamente cada vez que iba a Málaga, y que era lo que más me preocupaba antes de ir allí. Necesitaba demostrarle a mi madre que estaba bien y que controlaba la situación, que había tomado la decisión correcta y que sabría salir de aquello. No deja de ser curioso cómo eso se puede extrapolar a más facetas de mi vida, no sólo a la piel.

Al final, una de las veces que fui a Málaga me senté con mi madre y le dije que necesitaba que no se preocupara por mí. Que a lo mejor mi cara empeoraba, pero que no era tan terrible y que la necesitaba tranquila para poder seguir buscando una solución. No sé exactamente cuáles fueron las palabras que utilicé, pero el mensaje era ése. Ella me dijo: "si yo sé que a ti no te preocupa, a mí no me preocupa". "A mí no me preocupa", dije yo, y ahí zanjamos el tema.

Me da la impresión de que desde entonces ha disminuido la importancia que mi madre le da a mi acné. El otro día hablábamos por teléfono y yo le dije que tenía la cara mucho mejor. "Yo creo que eso ya se te está quitando, Pitu", dijo ella, como si el acné fuera un problema común, corriente y transitorio en lugar de la Enfermedad Maligna y Temible con la que hemos luchado toda mi vida adulta. Quizá lo sea. Y después pasamos a otro tema y punto.

Los hijos tienen que luchar sus propias batallas y ya tienen bastante con su miedo. Eso no quiere decir que haya que trivializar su sufrimiento, pero tampoco hay que apropiárselo. No serás mejor madre por sufrir tanto como tu hija, así que no hagas que ella lleve también el peso de tu miedo sobre sus hombros. Es chungo tener problemas de piel, pero todos tenemos problemas. Tu hija se tendrá que enfrentar a muchos de ellos y tú no podrás protegerla. Su enfermedad será una manera de aprender y de crecer, y en ese proceso tú podrás estar con ella, pero no podrás ser ella.

Como tú muy bien has dicho, podría ser peor. Se puede vivir una vida feliz y hermosa con la piel chunga. Se puede amar y ser amado, ser puede una sentir guapa y estupenda y digna de aprecio. Tu hija es preciosa, seguro, y si tú puedes ver su belleza podrás ayudarle a que ella también la vea. La vida está llena de cosas hermosas, más allá de unas manchas o unos granos en la piel, y debemos ser agradecidos.

Espero de verdad que tu hija mejore y que las dos consigáis salir de ésta. No os deis por vencidas. Explorad distintos caminos, trabajad por una solución o por un alivio sin olvidaros de vivir el presente. Siento que tengáis que estar pasando por esto, pero seguro que saldréis fortalecidas. Y de verdad que os deseo lo mejor.

Os mando un abrazo grande, grande.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Lo que de verdad quiero escribir

Llevo una hora intentando escribir. Lo juro. Pero estoy muy cansada. Muy, muy cansada. Iba a escribir cuatro frases para disculparme, pero de alguna forma siento como si eso fuera darme por vencida y me deprime. Así que utilizaré la técnica de "lo que de verdad quiero escribir". Consiste en empezar con esa frase y darle un poco a la escritura automática, sin pensar demasiado. Quizá el resultado sea confuso, así que os pido disculpas de antemano.

Lo que de verdad quiero escribir es que DDM es rubio y me encanta. Que hoy pensaba: "me gusta tu fenotipo", mientras le veía escalar sin camiseta y me fijaba en su piel pálida y un poco pecosa, su pelo claro y cortito y sus ojos azules o verdes, no lo tengo claro, mirando atentamente la roca. Me recuerda a algún actor/cantante americano, pero quizá no sea a ninguno en concreto, sino al concepto de actor/cantante americano. Cuando sonríe me destruye. Al mismo tiempo, no creo que vaya a salir nada de esto, no sé por qué. Lo intuyo, punto.

Lo que de verdad quiero escribir es que hoy iba pensando que escalar tiene todo lo que tiene la vida en dosis pequeñas. Tiene miedo, superación, autoconocimiento. Amigos, campo, planes, emoción. Adrenalina, refuerzos positivos, castigos inmediatos. A lo mejor por eso hay quien vive para escalar: porque, realmente, cuando te metes en el asunto no parece que te haga falta mucho más. Pero tranquilidad, que no pienso dedicarme sólo a escalar y escalar como si no hubiera un mañana. Que todavía me gusta la vida cuando no incluye cuerdas.

Lo que de verdad quiero escribir es que me gustaría muy mucho que las cosas con J. hubieran salido bien. Con J. o con alguien. Me gustaría no tener que recorrer el camino hacia volver a conocer tanto a alguien y que ese alguien me conociera a mí y supiera de mi vulnerabilidad. los comienzos me asustan, me inquieta volver a ponerme en esa cuerda floja en la que cada cosa que dices o haces te puede inclinar hacia el vacío.

Lo que de verdad quiero escribir es que ser tierno no es más que reconocer que el otro, como tú, está roto y es frágil, y que eso no es una debilidad ni una vergüenza: es bonito. Por eso no podría convivir con la falta de ternura: porque necesito que alguien entienda a esa parte de mí que está rota.

Lo que de verdad quiero escribir es que la vida me supera, me arrolla, me pasa por encima como un tsunami gigante, y si tan sólo pudiera pararla un rato, ponerla en pause para reflexionar un poco, para que se asiente todo lo que vivo y siento antes de que nuevas vivencias y experiencias tomen el sitio de las anteriores a toda velocidad... O al menos pasar rápidamente al final de la película y ver que todo sale bien, para después volver al principio y ser espectadora de mi propia vida, tranquilamente, sin aprensión, comiendo palomitas en la cómoda butaca de mi mente.

Proyecto

Ciruelos y ciruelas:

Llevo ya un tiempo barruntando la idea de escribir un blog sobre psicología/autoayuda/espiritualidad/crecimiento personal, llámalo X. Me gustaría enfocarlo de manera distinta a lo que ya hay: que fuera algo divertido, pragmático y un poco extremo, ya me conocéis. Por un lado lo quiero hacer por gusto, pero también con vistas a mi desarrollo profesional, es decir: darme a conocer, poder publicar artículos en plan divulgativo en otros medios, gestar el embrión de un best seller millonario que me permita vivir sin dar golpe... etc etc. Todo esto poco a poco y como vaya surgiendo.

Me gustaría que me contarais si, conociéndome ya bastante y habiendo leído artículos míos de ese estilo, podría ser interesante crear algo así. Si os gustaría leerlo. Qué os gusta más y qué menos cuando escribo sobre esos temas. Qué enfoque podría adoptar, qué tono, si estaría bien incluir anécdotas mías, anécdotas de pacientes... lo que se os ocurra. También me sería muy útil un título.

Mañana prometo volver con un post más enjundioso, o algo.

Gracias de antemano y buenas noches.

Os quiero.

lunes, 10 de octubre de 2011

Supervivencia emocional III: Sobre seguridad y protección

Al final sí que está adquiriendo esto toda la pinta de convertirse en una magna obra de la autoayuda al límite... Anónimo76: tienes derecho a parte de los beneficios.

La mayoría ya sabéis, o intuís, que he tenido una especie de desengaño pseudoamoroso en las últimas semanas. Después de años repitiendo el bucle de mi vida con y sin J., esto ha sido como recordar de golpe lo maravilloso y lo terrible que puede llegar a ser involucrarse emocionalmente con alguien. Ya estoy mejor, porque yo soy una chica resiliente, pero la semana pasada se me juntó toda esta historia con el síndrome premenstrual y tuve momentos de estar verdaderamente cabreada, desilusionada y triste.

Lo que más me preocupaba del tema no era lo que había pasado, porque al final no tiene remedio y ha sido como ha sido, y porque creo que por una vez en mi vida miserable de ameba del amor he actuado bien casi todo el rato. Me preocupaba no saber cómo iba a protegerme de algo parecido en el futuro. Repasaba todos mis movimientos, mis acciones, lo que había dicho, mis niveles de atención/cariño/pasión. Me preguntaba si había sido demasiado clara, intensa, directa, arriesgada, llámalo X. Por más vueltas que le daba, siempre concluía que lo haría todo otra vez más o menos igual, y eso me angustiaba a morir porque quería encontrar la forma de evitar sentir de nuevo ese dolor.

Esta mañana he ido a Sevilla con José Luis a un curso de sistémica sobre terapia de pareja. Mi profesión es TAN bonita. El ponente de hoy era un poco monótono, pero me encanta tener un trabajo donde la gente se reúne durante horas a debatir cómo puede hacer que otra gente se sienta mejor. Es como que te chorrea el buen karma por las sienes.

El ponente ha dicho que una de las labores del terapeuta es construir significados nuevos. Darle una narrativa distinta a los mismos hechos, de forma que lo que ha pasado sea menos doloroso porque se puede entender. A veces es tan sencillo como eso. Una parte importante es quitarle al otro la intencionalidad negativa. El otro no nos hace daño porque nos odie ni porque sea una mala persona. Lo hace porque lleva su propio equipaje y porque sufre; la mayoría de las veces apenas tiene que ver con nosotros.

Me ha gustado esa visión tan compasiva de la terapia. Ayudar a construir una comprensión del sufrimiento del otro: generar empatía, disolver el rencor y la rabia, ayudar al perdón. Son cosas que le molan a la yo pseudobudista, que quiere ser toda amor aunque luego le pegue un par de gritos a los viejos que conducen vespas con cascos de mediohuevo.

A mitad de la conferencia he salido a tomarme un café de máquina porque me estaba quedando sopa después del madrugón. He sacado un capuchino de esos liofilizados y asquerosos y me he salido a la parte delantera del aulario del Virgen del Rocío. El sol ya empezaba a calentar y las estudiantes de medicina paseaban sus melenas larguísimas por las aceras del campus. He pensado que todo eso de la compasión es cojonudo, y que yo siento empatía por los teleoperadores, los perros y los bancos del parque, pero que sigo teniendo la misma duda. Cómo cojones me protejo yo. La semana pasada me vacunaron contra la gripe, ¿no hay vacuna contra el desamor? Que me la pongo aunque sea cara.

Entonces, justo ahí, sosteniendo mi vaso de café mientras contemplaba a la gente, he tenido una revelación. Tú ya te has protegido, Marina. Lo has hecho bien. Has vivido la situación, has calibrado los riesgos, has decidido dar y has dado mucho. Te ha costado un poco, pero cuando la cosa se ha puesto chunga has sido capaz de analizar la realidad, hacerle caso a tu corazón y bajarte del tren cuando no te molaba la estación a la que se dirigía. Has sabido protegerte. Lo que pasa es que no es lo mismo protegerse que blindarse. No es lo mismo no sufrir que no sentir.

Es como en la escalada. Ya te puedes poner arneses, cuerdas y cascos, que escalar duele. Lo sentimos, pero es así: te duelen los dedos, se te pelan las yemas, se te cansan los músculos, tienes agujetas, te golpeas las rodillas si como yo eres medio monguer y apoyas mal los pies. Escalar duele y vivir duele. No hay más cojones. Vives y te estás muriendo, ¿qué quieres que te diga? ¿Que hay una manera de pasar por la existencia sin mal de amor? ¿Sin que te duela perder a alguien que te gusta? ¿Sin experimentar decepciones, vacíos, inseguridades y miedo? Pues no creo que exista, Marina, francamente.

El otro día me miraba la quemadura que me hice en la pierna con la cuerda de escalada hace ya casi un mes y que está ya prácticamente curada, aunque me ha costado penar tela con el Furacin y sus muertos. Me encantan las costras y observar cómo se cierran las heridas: me enseña que la naturaleza del cuerpo es sanar, si se hacen las cosas bien y se espera lo suficiente.

El corazón también sana, y lo hace mejor si las heridas son limpias.

Sé protegerme. Por eso arriesgo.

domingo, 9 de octubre de 2011

Clasficaciones inventadas, I: Los niveles del gustar

Este fin de semana, entre trepajes y furgoneteos varios, andaba yo pensando en los matices del gustar. Cómo la atracción es tan variada y sutil como personas hay en el planeta tierra. Ahora que navego más a gusto por los mares de la soltería, sobre todo desde que me dio por escalar y estoy comprobando que hay un porcentaje preocupante de escaladores buenorros, me he dado cuenta de que te pueden gustar tíos/as de muchas maneras. A continuación os cuento los niveles del gustar que he experimentado yo, aunque no sé si están todos los que son o son todos los que están. Es un primer borrador.

No te gusta pero querrías que te gustara. Esto quiere decir que a cierto nivel sí te gusta. Te parece guapo, conveniente, buena persona, apropiado, cómodo. Pero falta algo. Quizá lo que podríamos definir como chispa. Ni siquiera se trata de atractivo físico, porque a mí me ha pasado esto con chicos que me parecían realmente guapos y es muy triste. A veces he llegado a pensar que se trataba sólo del olor, o de las feromonas. El caso es que cuando pasa, no tiene remedio. Y para los que no saben si la chispa es importante, repetiré lo que le comenté una vez a Primaveritis: intenta arrancar una moto sin chispa. Intenta encender un mechero sin chispa. Nada que hacer.

Una variante es cuando no te gusta pero querrías que te gustara porque tú a él sí le gustas. Esto es una putada. Piensas: con lo a gusto que me daría yo el lote con este chico, que está tan bien dispuesto y que me mira con ojos de cordero degollado, si tan sólo me atravesara una pasión devastadora por él, aunque fuera un ratito. Pero nada, que de donde no hay no se puede sacar. Como leí una vez en algún sitio: en el mundo sí hay amor, pero está mal colocado.

Te hace gracia... pero en verdad no. Conoces a un chico, te fijas un poco y no tienes claro si te gusta o no. Se decidirá en sutiles matices: lo que diga, lo que haga, su voz, su acento, su sonrisa... Aquí cada uno tiene miles de millones de manías; un poner: no creo que pudiera enrollarme con un tío que cecea. La cortada de rollo se puede producir en un segundo. Cuando yo tenía diecisiete años me pasé un montón de días muriendo de amor por el monitor de un campamento, que encima también me hacía ojitos... hasta que me confesó que no quería cumplir veinte años siendo virgen. Cortada de rollo mortal. A mí se me puede cortar el rollo en milésimas de segundo por detalles diminutos; no sé si le pasa a todo el mundo, pero me jode porque me estropea hermosas posibilidades amatorias.

Te hace gracia... y al final sí. Esto mola. Esos momentos en los que estás decidiendo si un maromo te entra o no por los ojos y por el corazoncito... Saludas, das dos besos, te presentas... luego charlas un rato, te vas, le miras de reojo, charlas, te vuelves a ir y cuando te quieres dar cuenta resulta que sí, que te mola. A partir de ahí, según se desarrolle la cosa y dependiendo de si triunfas o no, será más bien bonito o más bien frustrante. Pero en general me gusta cuando alguien me gusta, valga la redundancia.

Te da igual una cosa que la otra. Éste es un nivel agradable del gustar, más que nada porque te permite maniobrar con comodidad. Si alguien te gusta de verdad de verdad, te vuelves gilipollas, estás acojonado, todo te importa un montón y no sabes muy bien cómo actuar. Pareces estúpida, te muestras ansiosa y esto puede deteriorar tus habilidades de ligue, e incluso ahuyentar al chaval. Si te la pela un poco, en plan "oye, pues yo te daría bambú, pero tampoco creo que vayas a ser el padre de mis hijos", es mucho más fácil ser natural, interesante e incluso hacerte la difícil... porque no es que te hagas la difícil, es que como te da un poco igual puedes llegar a pasar del tema y a provocar el instinto cazador del maromo en cuestión. Los tíos son así. Lo que pasa con este nivel del gustar es que como arriesgas poco, también ganas poco, y es probable que lo que suceda no quede para la historia de "ligues que nunca olvidaré y contaré a mis nietos en plan Los Puentes de Madison".

Te duele mirarle. Aquí ya estamos hablando de palabras mayores. Es esa persona que parece que se construyó en un molde de feromonas a imagen y semejanza de las tuyas. Que combina un atractivo natural con parecerse a tu actor favorito, u oler super bien, o tener gestos adorables, o una voz increíble, o unas manos de ensueño, o todo a la vez, y viste bien, y su altura es perfecta, y calibra bien el tonteo, y no la caga ni te corta brutalmente el rollo... cuando el porcentaje de seguridad de los niveles a los que querrías tener sexo con esa persona es de un 100%. Cuando se acerca a ti caminando por la calle y tú te sientes la persona más afortunada de la tierra. Cuando te duele mirarle.

Normalmente el Dolor De Mirar (DDM) no aparece así de forma súbita y gratuita, porque para que sea verdadero tiene que combinarse con cierta atracción intelectual/emocional y cierta interacción persona-persona. Esto quiere decir que un tío puede evolucionar desde el nivel "te hace gracia y al final sí" o incluso desde el de "te da igual una cosa que la otra" al nivel DDM.

El dolor de mirar no correspondido es mortal. Es como "Señor, por qué pones frente a mí a este ejemplar si me está vetado. Por qué no seré como Scarlett Johansson y me los podré llevar a todos al huerto con un pestañeo. Por qué, oh, por qué tengo órganos sexuales si no los puedo utilizar con este maromo." Muy, muy frustrante. Es regresar a la adolescencia, cuando me gustaban chavales guapérrimos tres años mayores que yo que ni me miraban ni lo harían jamás. Prefiero estar muerta por dentro, gracias.

El dolor de mirar correspondido es mortal también. Mortal de precioso cuando sucede, cuando realmente ESTÁ PASANDO AHORA EN ESTE INSTANTE y tú querrías tener más piel y más ojos sólo para poder sentir con más intensidad. Pero el dolor de mirar es finito, por una cosa o por otra; es más, la propia finitud del fenómeno puede incrementar los niveles de dolor. No es lo mismo saber que vas a ver a ese chaval todos los días de tu vida que cuando, por ejemplo, es un italiano hippy buenorro del que te despedirás en veinticuatro horas para siempre jamás. Entonces la cosa se vuelve agotadora. Te quieres morir y matar al mismo tiempo. Sabes que se terminará, incluso si no es italiano, porque al final a todo se acostumbra uno, y a mí J. me daba dolor de mirar al principio y luego había días que me daba dolor, pero de cabeza.

Además, el dolor de mirar es una droga dura. Es puro crack adictivo para tus neuronas del amor. Y cuando se acaba, por una cosa o por otra, quieres más y más, y estás dispuesto a hacer lo que sea por conseguirlo. Ahí se gestan los amores fatales y los dramas de la vida: en ese apego tremendo a lo que sientes cuando esa persona te permite tocarle, y mirarle, y olerle y darle bambú, y luego de repente no. La mayor putada de la vida ever. Si te pasa (y te pasará) céntrate en que aunque piensas que no, muchas otras personas te pueden dar DDM, de verdad; es pura cuestión de números y hay más tíos que peces.

La cuestión de este asunto, ahora que lo pienso, es que en mis relaciones serias siempre ha habido dolor de mirar. Cuando no lo ha habido, cuando la cosa ha sido dudosa y no he tenido al menos al principio momentos de "me quiero morir de lo mucho que me gustas", el tema no ha tirado para adelante. Así que me pregunto si será una condición necesaria para encontrar el amor verdadero o si un tío en alguno de los niveles anteriores puede evolucionar hasta ser el padre de mis hijos. La cosa me preocupa (relativamente, teniendo en cuenta que el nivel de problemática de mi vida actual tiende a cero). ¿Opiniones, gustos, colores?

Nota para cotillas: sí, ha aparecido recientemente uno de nivel DDM. Ha llegado a ese nivel en dos horas. Y ahora yo padezco una curiosa mezcla de emoción y miedito.

jueves, 6 de octubre de 2011

Fa che sia Vita

Hoy ha sido un día extraño, de estos de todo cambia cambia todo y no puedes estar puteada mucho tiempo porque el mundo no te deja. De esos que cuando te pones a repasarlo sentada frente al escritorio se descomponen en momentos brillantes como los cristales de un caleidoscopio. Momentos de vida en tecnicolor.

Me he levantado encontrándome fatal, pero fatal de la vida. Lo he achacado a que ayer me pusieron la vacuna de la gripe y me habrá hecho una mini reacción, porque me dolían todos los huesos como si se me estuvieran deshaciendo. A media mañana he hecho relajación con la hija de una paciente alcohólica. Sé que trabaja y estudia, y que hace encaje de bolillos para dedicarse este rato, así que pongo todo mi esfuerzo para que mi voz rasposa suene lo más calmada posible. Se tumba en la camilla sin quitarse las gafas, y cuando al terminar me dice que cree que se ha dormido le digo que no importa. "Será que tu cuerpo lo necesitaba". Después de que se marche me tumbo yo en la camilla un rato, cierro los ojos y me mando metta a mí misma: "que este corazón herido sane, que este cuerpo dolido se libere".

Cuando vuelvo al despacho me llama el trabajador social. "¿Quieres ver algo bonito?", pregunta, y me lleva a la ventana de su consulta. Desde allí podemos ver el patio de la guardería cercana, donde diez o doce niños de menos de dos años están sentados muy serios en sus sillitas. Por conjunción de los astros ninguno llora, y les ves ahí, tan peinaditos y frescos en el aire de la mañana que casi puedes oler el nenuco en sus coronillas.

Al mediodía me sigo encontrando fatal. Tengo un hambre del Averno y no puedo subir al comedor hasta que no llegue José Luis. Me compro una tableta de chocolate negro en el Supersol y me la voy comiendo mientras camino por la Avenida pensando: soy un espíritu hambriento, algo dentro de mí no se calmará nunca y el chocolate no es la solución. En el comedor una médico desconocida me cede el último caqui. En realidad está verde y me pica toda la boca como si estuviera comiendo pelusa, así que tengo que escupirlo y enterrarlo bajo servilletas para que la médico amable no vea cómo lo tiro.

Al salir del curro me acerco a la playa de Cortadura, donde Irene, Pablo y Eva están tirados al sol después de pegarse una mariscada en casa de Pablo. Qué mal vivimos, dicen, cuánto sufrimos. Se les ve plenos, morenos y bellos en este sol de octubre tan tranquilo y raro. No van a estar plenos, los cabrones, si han ido al mercado esta mañana y luego se han puesto ciegos de buen marisco gaditano a siete euros por cabeza. Mañana nos vamos al Chorro. Planeamos la logística del Mercadona y el porcentaje de personas que habrá por cada perro y de botellas de vino que habrá por cada persona.

Luego Pablo y yo nos vamos al roco a entrenar un rato. Me siento capaz y fuerte hoy, con ganas de apretar. Voy con tanto ímpetu que me caigo desde las presas de arriba y vuelo un par de metros antes de aterrizar de espaldas sobre los colchones. Cualquier día me quedo gilipollas con esto de la escalada y la vigorexia, pienso, y justo entonces entra un chico mayor, con el pelo largo y una camiseta de los Ramones, que le explica a mi profe que tuvo un accidente hace años en las calas de Roches y que le gustaría escalar. Lleva bastón y no tiene claro cómo acceder desde su coche a los sectores. Dios, cómo amo a mis brazos y a mis piernas, pienso.

Trepamos un rato Pablo, una chica nueva, un chico también nuevo preocupantemente guapo y yo. El chico preocupantemente guapo marca fatal, pero me sujeta suavemente por los riñones cuando hay un paso largo y a mí me da lo mismo cómo marque. Me perturban los guapos y sus sonrisas, y me perturban todavía más los guapos que parecen simpáticos, y éste sonríe y parece simpático y es amable y me perturba.

Y luego cañas, tapitas, el aire templado de este otoño que se resiste a serlo. Yo no sé a vosotros, pero a mí últimamente me resulta fácil encontrar la bondad y la belleza a mi alrededor. No sé si será porque las busco o porque tengo un montón de suerte. Pero en realidad, a pesar de lo que publique aquí en mis grandes momentos de éxtasis pseudoliterario, vivo rodeada de un montón de miserias. Quiero decir, que hoy he tenido que escuchar a un chaval explicarme que le habían llevado a prisión por "cuatro puñalaíllas", así, textual, cuatro puñalaíllas que según él eran en defensa propia. Luego ha contado que hace cinco años encontró a su hermano colgado en la lámpara de su habitación. Y al mediodía, mientras esperaba frente a la UCI pediátrica a que llegara José Luis, ha pasado una camilla con un niño; son curiosos los niños camino de quirófano, porque suelen ir sentados en la cama, mirándolo todo con atención mientras su padre o su madre se clavan una sonrisa con chinchetas.

Lo que quiero decir, y me he liado hoy mucho muchísimo, más de lo que suelo a pesar de tener siempre la tecla fácil, es que si tienes brazos, y piernas, y la cabeza sana, y amigos, y dinero para llegar a fin de mes, y un techo sobre tu cabeza, y aire, y sol, y Cádiz o no Cádiz pero lo que sea... si estás medio bien, qué quieres que te diga: ser feliz, encontrar la verdad y la bondad y la belleza a tu alrededor todos los días, esforzarte por ver lo bueno de la gente... no es un privilegio ni una estupidez de neohippie: es una obligación moral. Tienes la Obligación Moral de buscar tu felicidad y después repartirla. Si estás descontento con algo, cámbialo. Búscalo, esfuérzate, sonríe. Vive y ama, joder, que esto son dos días.

Y después de daros, una vez más, esta chapa inmensa a la que deberíais estar acostumbrados, me voy a dormir en mi casa tranquila, en mi barrio lindo, en mi vida en tecnicolor.