massobreloslunes

jueves, 27 de octubre de 2011

Verdad y ficcion

Hoy estaba pensando en un libro: "El mundo después del cumpleaños", de Lionel Shriver. Me lo regaló mi madre por navidad hace dos años, cuando estaba estudiando el PIR. Por aquel entonces mi vida era un bucle de estudio y siestas, pero quería desesperadamente ese libro porque el anterior de la autora, "Tenemos que hablar de Kevin", me había gustado mucho. Así que lo engullí en los ratos libres, y como no quería empezar otra novela porque tenía el examen en tres semanas, cuando lo terminé me releía los capítulos sueltos por las noches.

Es un libro buenísimo. Muy, muy bueno. Sinopsis breve y sin spoilers más allá del segundo capítulo: Irina está casada con Lawrence, un hombre bueno y aburrido, y conoce a Ramsey Acton, un jugador profesional de snooker que por lo que describe el libro tiene que estar tremendo. Un día se van a cenar juntos así como por casualidades del destino y, en un momento dado, Irina se ve tentada a darle bambú a Ramsey Acton. A partir de ahí la novela se bifurca en dos posibilidades: lo que pasaría si Irina y Ramsey se lían y lo que pasaría si no lo hacen. Los capítulos se van alternando, los personajes son los mismos y la trama es similar, pero varía en función de la decisión que toma Irina al principio.

La idea es buenísima, pero es que además está ejecutada con maestría. La forma en que los elementos de la trama van variando en función de la versión que leemos en cada momento, cómo se comportan los personajes en una u otra posibilidad, cómo unas decisiones configuran otras, los paralelismos siniestros que se establecen en uno u otro universo... y , sobre todo, esa sensación inquietante de las dos (ir)realidades conviviendo y tú como lector sin saber qué fue lo que sucedió, aunque sepas que de hecho no sucedió nada porque todo es ficción. Leer ese libro es una experiencia, de verdad. Id a comprarlo ahora.

Pensaba en "El mundo después del cumpleaños" porque de tanto releerme los capítulos y de lo muchísimo que me gustó, los personajes se volvieron más reales para mí que muchas personas. Los detalles eran tan vivos que durante un tiempo me enganché a ponerles parmesano y ajo a las palomitas de maíz, como hacían Irina y Lawrence mientras veían la tele por la noche. Puedo recordar frases enteras de ese libro. Es maravilloso, de verdad.

¿Sabéis el tema de la sensibilidad, de ser capaz de ver el mundo con ojos de asombrado entusiasmo y demás? Pues es por los libros. Me estoy acordando de una conversación que tuve con mi madre cuando era bastante pequeña, con diez u once años. Entonces yo era una lectora muy patológica, creo que ya lo he contado. Leía mientras comía, leía en el autobús de camino al colegio y leía debajo del pupitre durante las clases. Aquel día, mi madre me dijo: "Pitu, tienes que vivir la vida, no leerla". Creo que eso venía a que no me apetecía salir a jugar con los vecinos de la urbanización. No es que yo fuera una asocial, que tenía mis amigas y tal, sino que jugar con los vecinos nunca me moló: eso de estar tranquila en mi casa y que me llamaran al porterillo me parecía como superinvasivo.

Y ahora pienso que sí, que la vida hay que vivirla, pero que si he tenido momentos de captar de verdad la esencia de las cosas y las personas, si algo me ha ayudado a entender la complejidad perversa y dulce de los humanos, son las novelas. Ni los ensayos, ni la psicología, ni siquiera escuchar a los pacientes. Los vislumbres breves de lo incognoscible me los ha dado la buena ficción.

Por eso quiero escribir una novela. Hoy, mientras colocaba la compra en la moto para volver a casa, me he dado cuenta de que el sueño de mi vida es ése. Y no se trata de ser mejor o peor escritora por escribir novelas en vez de post, ni de lo que pasa o lo que permanece: en realidad permanecer no permanece nada, puesto que somos minúsculos puntitos de vida en un universo hostil. Quiero escribir una novela porque querría ser capaz de tocar lo incognoscible con mis manos y de crear con mi ficción verdad para otros. Quiero hacer disfrutar a alguien tanto como yo he disfrutado con el trabajo ajeno.

Voy a intentar el Nano, y me imagino que de ahí saldrá un engendro extraño que no valdrá mucho. Pero en algún punto voy a darme el espacio para escribir una novela en condiciones, una novela que pueda trabajar y vivir y sentir como mía. La escribiré aunque sólo sea para que la lea MQEN, que es mi mayor fan, o para que la lean mis 38 adorables seguidores y mis fieles comentaristas. No me importa mucho el éxito. Lo que quiero es contribuir a la hermandad de escritores que han hecho esta vida perra más agradable.

Y con esto y un bizcocho, a calentar los dedos y la mente para el martes que viene.

Feliz puente. Yo veré a Vetusta Morla con DDM, conoceré a Ciudadano, escalaré y empezaré mi Nanovela. La cosa no pinta pero que nada mal.

Y no tiene nada que ver con nada, pero de verdad que tenéis que probar la pasta rellena de calabaza y avellanas de Giovanni Rana. Es como si se celebrara una fiesta en tu boca y todo el mundo estuviera invitado.

Decisiones

- Voy a escribir el Nano Y
- Voy a seguir actualizando el blog Y
- Quizá vaya publicando el Nano en otro blog Y
- Si lo termino es bastante probable que lo ponga a vuestra disposición para que lo leáis, A NO SER que sea una basura como mi novela Física o Química O sea una obra maestra y la pueda presentar a un concurso dotado con miles y miles de euros Y
- Cuando acabe noviembre abriré mi nuevo blog de Psicología para Gente Corriente, o como quiera que le llame al final.

Muchas gracias por vuestros comentarios. Han sido como vosotros: claros, tiernos, acogedores y comprensivos. Me encantan mis lectores y el ambiente que creáis. Me siento orgullosa de gustarle a gente como vosotros.

Y ahora mismo me pongo con el post del día y lo cuelgo. Dadme media horita.

Besos grandes.

¡CIUDADANO!

Te he mandado un mail, pero no sé si sigues utilizando esa dirección. Estaré en Sevilla el sábado. ¿Quieres tomar un café o algo? ¡Escríbeme! Voy a dejar un comentario en tu blog también. Un abrazo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

To nanowrite or not to nanowrite: that is the question

A ver, peña.

Hoy tenía un día de mierda, pero de mierda absoluto y sin razón aparente. O quizá la razón era que me iba a entrevistar con mi tutora, que me estresa, y no me apetecía nada. El cambio de tiempo me sienta fatal, y lo peor es que nunca me acuerdo de un año para otro. Estoy ahí pasando calor y pienso "ay, qué ganas de fresquito, me apetece ponerme las botas altas y taparme con el edredón por la noche". Y luego llega el viento húmedo y me pone melancólica.

Para colmo, va y me dice una psicóloga del CTA que quizá mi interés aparente por todo se puede interpretar como que en el fondo todo me la chufla. Que me deje sentir más. ¿Que me deje sentir, psicóloga? Por el amor de Dios, si soy supersensible: ¡tengo un blog! Quizá deba darle la dirección y que llore con mis post de "la vida me supera". Además, ¿desde cuándo es un problema que todo te guste y te interese? Lo que ella no sabe es que dado que mi rotación por el Equipo terminó siendo el infierno en la tierra, todo lo que ha venido detrás me ha parecido estupendo. ¿Que tengo que ver citologías en Atención Primaria? Estupendo, interesantísimo, maravilloso. ¿Que tengo que vigilar controles de orina en Adicciones? Pues para adelante, genial, experiencia humana inigualable.

Después iba andando por la calle y pensaba en el Nanowrimo. Que empieza en cuatro días y todavía no tengo claro que vaya a participar. No he pensado absolutamente nada en el tema y no tengo más que cuatro ideas sobre mi proyecto de novela. No se me dan bien los esquemas previos ni las planificaciones. El asunto es que en este momento de mi vida me da mucha pereza ponerme con eso. Tengo muchas otras cosas que hacer. Me vería obligada a renunciar a algunas: entre otras, a escribir aquí, al menos durante ese mes. Y me gusta escribir aquí. Me gusta la animación que hay últimamente. No quiero dejar esto tirado un mes entero.

Pero estaba tan triste que pensaba: es un buen momento para escribir una novela. Me salvará de la ola de pena del otoño. Total: escribo post de mil palabras con relativa facilidad. Con escribir el doble al día podría completar las cincuenta mil. Dejo de nadar, dejo de publicar aquí a diario y ya sacaría el tiempo suficiente. No voy a dejar de escalar, que quede claro: antes no duermo.

El tema es que después me he ido precisamente a escalar. A Bolonia. Al Mosaico, que es una pared de arenisca alucinante atravesada por un recuadro de grietas. Llevaba (los he contado) trece días sin escalar y empezaba a tener un problema. Ha sido estar ahí, tocar las rocas con las manos y pasar otra vez todo el miedo y la alegría y la duda y la decisión y se me han quitado todas las penas. Así que ahora no quiero participar en el nanowrimo.

En serio, la escalada va a terminar por ser un problema en mi vida. Me sienta demasiado bien y paso de todo lo demás. Tengo cuatro días para decidir lo del nano y caen en un puente que adivinad cómo voy a pasar.

Nah, ya en serio, no es sólo la escalada. He pasado un montón de noviembres aburridos como el infierno, cantando "November Rain" en mi cabeza y viviendo en la melancolía. Ahora me lo estoy pasando bien, tengo un blog y quiero empezar otro (voy a hacerlo pronto; sólo necesito un nombre con gancho).

¿Qué opináis? ¿Estoy buscando excusas o simplemente no es mi momento? Yo sé que me vais a decir "es una decisión tuya, Marina, blablablá". Decidme simplemente si me vais a echar mucho de menos si dejo de escribir aquí un mes. Decidme que me queréis. Decidme que... bah, estoy demasiado cansada como para escribir con coherencia. Lo dejo aquí y os mando besitos.

lunes, 24 de octubre de 2011

Mi puntito nazi, 1: el clima

Lectores y lectoras:

Yo sé que desde aquí doy la impresión de ser una persona tope de flexible, compasiva y dulce, pero en realidad siempre he tenido un carácter muy regulero. Yo le decía a J. que soy como un chile relleno de caramelo, y él me contestaba que soy más como un chile relleno de tabasco. Lo que pasa es que con el tiempo he conseguido reprimirme autogestionarme, y creo que cada vez va siendo más fácil convivir conmigo. Ser flexible y dulce no sólo es bueno para los demás: también lo es para ti y aumenta tus niveles de felicidad.

Problema: hay ciertos temas que me ponen violenta. Yo lo llamo "mi puntito nazi", porque cuando salen esos temas me vuelvo rígida/agresiva y no hay quien me baje del burro. Ejemplos de mi puntito nazi son los perros (¡¡deportación ya!!), la música (¡¡prohibiría todas las emisiones musicales sin auriculares!!), las obras (¡¡todo está bien como está ya!!), el sueño (¡¡si quiero dormir, quiero dormir y punto!!) y algunos otros temas que ya se me irán ocurriendo para esta magna serie que empieza hoy.

Hoy vamos a hablar de mi puntito nazi con el clima. Para mí el clima ideal es sol TODO EL RATO y que nunca haga demasiado frío. Un poco de fresquito por la tarde-noche, nubes inofensivas que hagan bonitos los atardeceres y un mes o así de frío extremo para no aburrirse. Punto.

Hay que tener en cuenta que soy andaluza, y más concretamente malagueña. Yo vivo con la suposición de que el sol brillará en el cielo por defecto. Hago mis planes sin mirar el tiempo, porque el nublado es raro y la lluvia es como de ciencia ficción. Pierdo los paraguas siempre porque los uso dos veces al año y no recuerdo que me lo tengo que llevar de los sitios. Además, como buena andaluza, cuando llueve me paralizo y no hago nada de lo que tenía planeado. Para qué, si sé que mañana o pasado volverá a hacer bueno.

Fijaos si la lluvia tiene poco que ver conmigo, que cuando vivía en Málaga no tenía zapatos impermeables. Si llovía pues que se mojaran; ya se secarían. Luego llegué a Granada y conocí la hostilidad de su climatología. Allí descubrí que hay zapatos que ¡oh, maravilla!, mantienen tus pies secos cuando llueve: fue un antes y un después. En Granada me compré gorros, guantes y bufanda, descubrí que puede hacer frío aunque haga sol, invertí en un nórdico cuando me dolía el cuerpo de tiritar y gasté más dinero en calefacción que en comida. Y tiene su punto, que conste. A veces echo de menos el frío extremo, sobre todo porque opino que los gorros me favorecen.

Aquí en Cádiz la lluvia es el mal. El Mal Pluvial. Hoy por ejemplo: no he ido a trabajar porque estaba saliente de guardia. Pero es que no tengo ni puta idea de cómo me habría apañado para llegar si hubiera tenido que ir. Esto parecía el Apocalipsis. En Cádiz siempre hay viento, así que cuando llueve pues hay lluvia con viento. Ni el paraguas te va a servir para nada ni existe forma humana de que no te mojes. Hagas lo que hagas, en cuanto pases dos minutos en la calle te convertirás en un desecho humano empapado y lastimoso, y más si como yo tienes gafas y cuando se te mojan te sientes como una disminuida. Luego llegas al curro y está todo el mundo secándose los pantalones en el secador del baño, y el ambiente se llena de un espíritu colectivo de damnificados de catástrofes bastante curioso.

Así que yo paso de que llueva. Un día de lluvia al año, vale, rollo simbólico, para cuando consiga un maromo y me pueda pasar la tarde teniendo sexo romántico tras los cristales empañados. Para lo demás no le veo la gracia. No puedo coger la moto. No se puede pasear, ni escalar. Es incómodo, es molesto, hace humedades y goteras, inunda los campitos ilegales de Chiclana. Y me entristece oír llover; no sé, es como si alguien llorara todo el rato.

Mi experiencia lluviosa más intensa ocurrió hace dos inviernos, cuando el anticiclón de las Azores se desplazó y Andalucía sufrió lo que se conoce como la Galleguización. Ahí pude vivir lo que es pasarte semanas sin ver el sol y no me gustó un pelo. Me acostumbré a llevar el paraguas en el bolso. Junto a mi urbanización nació un riachuelo y podías ver las chumberas creciendo entre praderas de hierba exuberante. Se demostró mi tesis de que el norte no tiene mérito: si llueve, esto se pone igual de verde y de bonito. Tienen mérito esos olivos recios y austeros, consiguiendo no morirse después de seis meses sin que caiga una gota. Eso es una maravilla de la naturaleza.

No os creáis que no me preocupa que no me guste la lluvia. Es como que me gusten los guapos: me limita. No me hallo viviendo en sitios con menos de trescientos días de sol al año, y esos sitios son pocos.

De momento, y como tengo pasaporte gaditano hasta 2014, me limitaré a disfrutar de este clima bendito y de tener que quitarme el abrigo en enero bajo el sol del mediodía. Qué queréis que os diga. La lluvia horizontal es un precio pequeño a pagar por tener esta luz milagrosa haciéndole de prozac natural a mi maltrecho cerebro.

domingo, 23 de octubre de 2011

Las cosas claras y el paleocao espeso

La verdad la verdad, la pura verdad, es que a mí no me gusta el tonteo. El rollito de sí pero no, de te pongo ojitos y me hago la tonta. Igual es porque no se me da bien. Yo soy más de "aquí estoy yo, esto es lo que hay, si te gusta bien y si no tú te lo pierdes". Esta intensidad casi agresiva a la que os tengo acostumbrados, y que no es exactamente un imán para el global de los tíos.

Pero yo qué sé. A mí me gustan las cosas claras. Para empezar, si por mi fuera, todos llevaríamos brazaletes que indicaran nuestra situación sentimental. Algo así como:
Verde: Libre, disponible, me puedes entrar tal cual.
Rojo: Con pareja, asexual o tan emocionalmente destruido que no tienes ninguna esperanza conmigo.
Ámbar: relación complicada y a punto de acabarse, todavía pienso en mi ex, no tolero la intimidad o cualquier otra situación compleja que implique que te puedes acercar a mí, pero con precaución.

Además, nos diríamos nuestros sentimientos y expectativas con sinceridad. Anda que no sería todo mucho más fácil si yo pudiera hablar con DDM y decirle: "mira, DDM, me pareces guapo a reventar, me encanta tu fenotipo y encima eres muy listo y me estimulas el cerebro. De momento no busco al padre de mis hijos, pero querría conocerte más, psíquica y bíblicamente. Si te parece, vamos a ir teniendo sexo salvaje y luego ya veremos lo que hacemos." Entonces él podría contestarme: "Marina, me caes muy bien, pero por alguna extraña razón las rubias listas y divertidas no son mi tipo", o bien "venga, tía, vámonos a la cama con un paquete de condones y una caja de muesli y olvidémonos del mundo".

¿Cómo sería el mundo de las relaciones con una política de sinceridad controlada? Tampoco es plan de ir diciendo las cosas por ahí a lo crudo, que luego duelen. Pero cierta llaneza, cierto evitar perder el tiempo con rodeos inútiles, no estaría mal. También me pasa que yo creo que decido demasiado rápido si un tío me atrae o no, y a lo mejor a los demás no les pasa lo mismo y necesitan ese tiempo de cortejo danzante.

En fin. Escribo todo esto porque he pasado la tarde con DDM en el roco y vengo como superperturbada, y si no desfogo con vosotros, lectores, ya me diréis con quién. Me destruye su sonrisa, en serio, y me gustan su espalda y sus juegos de palabras. Y no quiero sufrir. Ni siquiera mínimamente. Ni siquiera el sufrimiento pequeñito de no gustarle a alguien que te gusta. En lo que a supervivencia emocional se refiere, estoy como cuando acabas de probar una vía y te has pegado un vuelo importante, y entre el miedo que has pasado y lo destruidos que tienes los antebrazos, necesitas recuperarte un poco antes de volver a intentarlo. Por mucha motivación que tengas y por mucho que te guste escalar.

Ojalá pudiera retirarme a un convento con rocódromo. O blindarme el corazón a base de cinismo y Houellebecq. O tapar la sonrisa terrible de DDM con esparadrapo del que me pongo en las heridas de los dedos.

De momento, me voy a ir a dormir, que estoy peligrosamente cerca de empezar a criticar al que inventó la reproducción sexual y cantar las maravillas de las esporas.

sábado, 22 de octubre de 2011

Turismo


Hoy te voy a enseñar Cádiz.

Empecemos desde mi balcón. Es temprano y tendrás sueño, pero merece la pena madrugar, porque aunque no sé si los amaneceres de Cádiz son los más bonitos del mundo, seguro que entran en el top ten.

Primero sal a mi terraza. Está empezando a clarear, y se ven los tejados blancos bajo el cielo azul pálido. Cádiz es blanco y azul: blanco el cielo, azules los edificios del centro. Blanca la luz, azul el mar. Mar es una palabra que vas a leer mucho hoy, así que ve acostumbrándote.

Respira, respira. Ya puedes oler la sal en el aire. Mi calle es peatonal, estrecha y un poco sucia. Esta ciudad es un poco sucia, en general; en parte porque por aquí somos así de descuidados, en parte por el viento inutilizando las papeleras. Podrás ver a algún trasnochador con la camisa abierta y los pelos tiesos, o a algún madrugador que se va a pescar o a mariscar. Empieza a conocer a la gente de Cádiz, que es alegre y desastrosa y tranquila y un poco pintas.

Venga, va, vístete. Vamos a la calle, que con un poco de suerte vemos salir el sol por detrás de la catedral. Caminemos dos minutos justos hasta el malecón: un lujo sin mérito, porque desde casi cualquier punto de Cádiz te basta andar diez minutos en línea recta para ver el mar. Ahora estamos en el Campo del Sur: no te confundas, no lo llames Paseo Marítimo, que se darán cuenta de que no eres de aquí. Es tempranito y es sábado, así que quizá haya alguna bicicleta suelta o un paseante madrugador, pero casi seguro que podrás conocer el silencio suave de las olas batiendo contra las rocas.

Paseemos un poco. Mira qué cielo lindo he puesto para ti esta mañana. Nubecitas de algodón como emborronadas con el dedo, y que a medida que amanece se van tiñendo de rosa, naranja, azul y malva. Hemos tenido suerte, porque aquí casi nunca hay nubes y la luz, esa luz antidepresiva, brillante y blanca como en los cuadros de Sorolla, te hiere las retinas y hace relucir los tejados que te enseñaba hace un rato. Ya sé que no puedes creerte lo bonito que es el paisaje que forma la curva de la ciudad bajo el cielo de colores, y esa catedral salvaje erguida entre las palmeras. Pues éste sólo es un mar, el mar de amanecer de sábado con nubes desde el Campo del Sur. Cádiz tiene miles.

Venga, cambiemos de dirección. Vamos a la Caleta. Quizá ya haya gente mariscando en las rocas si está la marea baja. Como es otoño y parece que por fin ha entrado el frío, no vas a poder ver la Caleta extrema, ese lugar que amenaza y conmueve en los meses de verano, con su pavorosa sobreocupación, sus viejas morenas jugando al bingo, sus niños calentando con pis el agua casi estancada de la playa. Ahora habrá paseantes tranquilos como nosotros, que hacen despacio el camino hacia el castillo mientras escuchan cómo les zumba en los oídos el viento de poniente. En este lugar puedes conquistar el silencio. Soy una yonqui de él, ya lo sabes, así que cuando descubrí que podía encontrarlo a diez minutos de mi casa me hice fan de este camino. Me venía en las mañanas soleadas de invierno y me apoyaba a leer en el muro de ladrillos, con los pies descalzos hundidos en la arena. Luego me metía en la orilla y me mojaba las manos y la cara: lujos de sur en enero.

Sigamos bordeando la Caleta y pasemos sin pararnos junto al Parque Genovés. Otro día tocará subir por detrás de la cascada a mirar la bahía. Pero no tenemos todo el tiempo del mundo y hay que elegir, así que vamos caminando hacia el Baluarte de la Candelaria. A medida que nos acerquemos al puerto te iré señalando los sitios: aquello es Rota, ahí está El Puerto de Santa María, ahí Puerto Real. Estás desorientado, seguro, porque Cádiz es un sitio raro, nada más que agua y más agua por todas partes, y cuando no es malecón es playa, o bahía, o marismas. No pasa nada: maréate a gusto en mi ciudad-barco. Déjate llevar. No hace falta que te orientes: estás aquí y no te vas a ir a ningún sitio.

¿Suficiente mar? Todavía queda, pero vamos a meternos un poco hacia la tierra. Aunque no vas a dejar de sentir el mar: sencillamente, no hay espacio bastante como para que dejes de olerlo e incluso de ver en el aire la luz que refleja. Pero vamos a contemplar cómo se despierta Cádiz. Las calles empiezan a llenarse de señoras que van al mercado o, mejor dicho, a la plaza. Las ves caminar esforzadas y morenas con los carritos de la compra vacíos. Luego volverán y les asomarán las hojas verdes de las zanahorias y las cebolletas por debajo de la tapa.

Las calles se atascan porque la gente se para a charlar. Se encuentran debajo de los balcones o en la puerta de las tiendas, se dicen lo mayores y guapísimos que están los mutuos niños y se cuentan cómo anda el resto de la familia. Sortea esos grupos de gaditanos socializantes y vamos a la plaza. Quizá quieras tomar un café primero: dicen que el de la Marina, en la Plaza de las Flores, es el mejor de Cádiz, así que vamos para allá, aunque sólo sea porque se llama como yo, por mirar el color de los puestos y por llevarnos media docena de claveles para ponerlos en mi salón.

¿Qué tal el café? ¿Estaba rico? Quizá te haya dado por tomar un mollete con aceite, tomate y sal. Como en Andalucía no se desayuna en ninguna parte, lo digo siempre. En la puerta de la plaza verás puestos piratas de erizos, camarones, caracoles, especias, ñoras, frutos secos. Hay quioscos de pájaros, cuchillerías, panaderías y hasta una churrería que ya a esta hora tiene una larga cola de hombres muertos de sueño, porque casi siempre son hombres los que compran churros, fíjate la próxima vez que vengas. También hay algo que a mí me parte el corazón y que no sé si se está viendo en otras ciudades: gente que vende sus cosas, las suyas, y cuando ves las mantas extendidas en el suelo y cubiertas de adornos baratos, libros viejos, cargadores de móviles y cintas VHS piensas que la vida de verdad se está poniendo muy dura. Pero no te entristezcas, hoy no; ven conmigo a la plaza y vamos a comprar pescado.

El mercado es amplio y luminoso. La fruta y la carne están en los pasillos de fuera y el pescado en el central. No te puedes creer la buena cara que tiene todo, ¿verdad? El colorido del marisco ya cocido, cómo reluce la carne blanca del cazón, las percas rosadas, el atún brillante y rojo. El bullicio, los diálogos fluidos que hablan de precios, pesos y tipos de corte. Compremos chocos, que son baratos, y un par de rodajas de salmón, que es caro pero está riquísimo, y langostinos para darnos un homenaje. Luego vamos a mi casa a meterlo todo en el frigo y a recuperar fuerzas antes de seguir.

Cojamos el coche. Tienes que verlo todo. Salir de Cádiz por la Avenida es la muerte, lo sé, pero disfruta de esta geografía curiosa, de la sensación de abandonar un barco y volver a tierra firme. Podemos salir hacia San Fernando o hacia Puerto Real y tendrás cuatro mares más para nuestra colección. Por San Fernando, el Atlántico libre a un lado y la bahía al otro; por el puente de Carranza, otros dos trozos de bahía partidos por la mitad y las gaviotas volando contigo al ras del techo de tu coche. Alucinarás todo el rato, no sabrás hacia dónde mirar, conducirás girando la cabeza como en un partido de tenis entre dos aguas. Quizá pienses, como pienso yo a veces, que te vas a volver loco de puro bonito que es todo, pero ya sabes que yo soy un poco demasiado intensa.

Ahora tú eliges. Vamos a la sierra, si quieres, a ver pueblecitos blancos que parecen sacados de un belén, a pasear por los pinsapares y a probar alguna vía en las enormes paredes de caliza. O conduzcamos hacia la playa, en medio del paisaje insólito y terrible que dibujan los pinares y los molinos de viento. Espero que seas capaz de sentir la magia de esta tierra, aunque sople el viento de levante, que no es más que el guardián feroz de lo salvaje. Podemos mirar la duna de Bolonia desde las zona de boulder del Helechal, y después despellejarnos las yemas en bloques de arenisca y caernos riendo entre los crash pads. Y luego caminaremos hacia la playa ancha y solitaria de otoño, meteremos los pies en el agua y tomaremos cervezas en los chiringuitos vacíos. El atardecer en los campos, a la vuelta, es casi tan bonito como el amanecer en la playa, y nos espera una cena de pescado fresco, un balcón abierto y una cama deshecha que da a un patio tranquilo.

Compartiste conmigo parte de tu paraíso. Aquí tienes el mío.