massobreloslunes

lunes, 16 de abril de 2012

Conducir

Hoy he ido a probar mi muy muy probable nueva furgo. El modelo y la camperización son concretamente éstos, solo que la ¿mía? (jijiji) es azul. Creo que tener una furgo va a ser genial a niveles estratosféricos. Evolucionaré de tiesa sin coche que duerme en el suelo muy mal porque ya está mayor para esas cosas, a tiesa con furgo que duerme dentro de su furgo y bueno, a lo mejor no es el Palacio de Invierno pero así para empezar en el mundo camper está la mar de bien. Viva y bravo.

El caso es que era para verme a mí probando la furgo. Marina, 26 años. Casi ocho de carnet ya. Nunca llevó la L porque nunca condujo el primer año después de sacar el carnet. En total, habré conducido en mi vida ¿cuánto? ¿dos mil kilómetros? Y tiro por lo alto. Así que ahí veis al Kpot en el asiento del copiloto, todo lealtad, dándome instrucciones del tipo de "A ver, Marina, si tienes que elegir entre darle a un coche o meter la rueda en un surco, mete la rueda en un surco. Pero si tienes que elegir entre darle a un coche o atropellar a una persona, dale a un coche".

Desde el primer momento en que cogí un coche en mi vida, supe que aquello no iría bien. De hecho, lo supe desde el primer momento en que cogí un vehículo a motor, a saber, mi moto, y atropellé la mesa de un bar al intentar aparcar. El caso es que tuve que dar un número indecente de clases de conducir (¿¿40??) y examinarme tres veces, tres, hasta que pude coordinarme y mantener mi atención fija el tiempo suficiente como para que el examinador me aprobara. Creo recordar que iba medicada (verídico).

Después, lógicamente, no conduje nada. Estaba tiesa, vivía en Granada, me planteaba cosas como si comer proteína realmente era tan, TAN necesario para el cuerpo humano. A las noches de invierno en que encendía el radiador les llamaba "noches de lujo". Comprarme un coche estaba tan lejos de mis posibilidades como el sol. Iba yo tan feliz de mi casa a la parada del bus universitario y viceversa, o caminando hasta que me dolían las plantas de los pies, o dejando que mi culo adoptara la forma del Portillo Málaga-Granada.

Esto ocurrió hasta que conocí a J. Él, que es un niño bien, tenía un coche estupendo, a saber: el Micrilla. El pobre se pasó una buena temporada pensando que yo no sabía conducir, por culpa de mi desapego hacia las cuestiones de ruedas. Hasta que un día, cuando llevábamos juntos unos meses, consiguió dejar de hablar de sí mismo un rato y me preguntó:
- Oye, ¿tú sabes conducir?
- Sí.
- Te estás quedando conmigo.
- Que no, que sé conducir, en serio.
- A ver, enséñame el carnet.

Le enseñé mi carnet, en el que salgo con cara de auténtico pánico porque cuando me la hice estaba pensando algo como "a ver qué cojones hago yo si suspendo el examen por tercera vez".
- Pues a partir de ahora conduces tú para que yo pueda beber cuando salgamos.

Después de una barbacoa. A los hechos me remito.

Así era él. Todo generosidad y virtud. Va, rencores del pasado aparte, tampoco es que J. fuera un borrachuzo y, además, me enseñó todo lo (poco) que sé sobre conducir. Tenía mucha, mucha paciencia, y nunca me regañaba ni me agobiaba. Me obligaba a compartir el volante en los viajes, y en lugar de dormirse cuando yo conducía, como hacía yo de copiloto, vigilaba los espejos para no morir porque me quería mucho.

Yo conduciendo soy una mezcla entre torpeza y problemas atencionales. Soy la típica que de repente entra en una zona que no conoce y empieza a gritar "'¡uy, uy, uy, dónde estoy, qué hago, qué susto!". Cosas así. La típica que sigue cientos de kilómetros porque le da miedo maniobrar para dar la vuelta. La típica que aparca en el quinto coño sólo porque se agobia aparcando en mitad de la calle con un notas esperándole detrás. Ésa soy yo. Lo que pasa es que tengo la teoría de que mi problema es que me falta práctica, y que cuando coja el coche con la suficiente frecuencia seré una conductora estupenda más o menos fiable.

Cuando J. y yo lo dejamos, entré en la brevísima época de mi existencia en la que conduje el coche de mi madre. Época muy, muy breve porque a) tenía la moto, odio aparcar y siempre acababa prefiriéndola y b) mi hermano enseguida se sacó el carnet, después de haber dicho muchas veces "aprovecha ahora, que cuando yo tenga el carnet el coche ni lo vas a ver". De mi hermano no hablo mucho por cosas como ésta. Pero le quiero, ¿eh? Y es guay. El caso es que se sacó el carnet y yo decidí no meterme en riñas familiares y seguí utilizando la moto.

A día de hoy sigo sin coche, con más años que un gnomo, porque bueno, hay quien tiene padres que le regalan coches, o quien es más capaz de ahorrar que yo, o quien prefiere gastarse el sueldo en una letra en vez de en alquilarse un piso, o quien... bueno, quien prioriza lo de tener coche. Yo despliego diversas estrategias, como ir en moto hasta la parada del bus o hasta los coches de la gente cuando vamos a escalar, abonarme otra vez al maldito Portillo o, en su defecto, no ir a Málaga. Es para verme los domingos por la noche volviendo a casa en moto cubierta de magnesio, con el mochilón a la espalda y la cuerda en los pies.

Y ahora, mira tú por dónde, me voy a comprar una furgo. Suena una mezcla entre superadulto y superaventurero. Voy a ser muy, muy mayor cuando tenga mi propio coche. En mi mente voy a entrar en un mundo de fantasía donde viajaré a sitios sólo porque puedo o daré vueltas por las escuelas de escalada del mundo sobornando a la gente con galletas para que me aseguren (aunque eso es una mala estrategia, porque los escaladores no comen, y menos galletas). Y pondré la música que quiera y pararé a mear todas las veces que quiera, y por las noches también podré salir a mear cuando me apetezca sin que nadie me gruña (me estoy dando cuenta de que la mayor beneficiada del tema motor va a ser mi vejiga).

Bueno, chavales, ya os confirmaré cuando complete la transacción. Por cierto, el tour "me acoplé con mis lectores" del verano 2012 se plantea como una opción viable para las vacaciones. Yo sólo lo dejo caer.

domingo, 15 de abril de 2012

Más Cádiz

Que no es la mejor ciudad del mundo. Claro que no. Por mucho que digan los gaditas. Porque, para empezar, está en la puñetera esquina del mapa, mal comunicada con absolutamente todo, con peajes en todas las direcciones. Te abruma la agorafobia cuando no ves más que agua y marismas y marismas y agua, cuando tus ojos no tienen ni una mísera montaña donde fijar la vista. Hay sólo un Mercadona, a la gente la ahoga el paro, el puente de Carranza se atasca día sí y día no. Uno se desorienta dando vueltas por la bahía, cuando no hay levantazo hay ponientazo y muchas noches el viento entre los edificios no te deja dormir.

Me acuerdo de la primera noche que pasé en la ciudad cuando vine a buscar piso a casa de Erika. Escuchaba el levante aullar y me preguntaba qué coño pintaba yo aquí. Pensaba que me aterraría el viento y esa sensación de impermanencia que le da a todo. Y ahora es curioso lo mucho que todo esto tiene que ver conmigo. Porque Cádiz no es buena ciudad para prosperar económicamente, ni para la investigación, o la alta montaña, o la arquitectura puntera... o el periodismo, la moda, las comunicaciones y en general para casi nada que no sea el carnaval y los deportes de agua. Pero sí es una ciudad donde uno se puede reinventar un poco. A lo mejor soy yo y es la época que me ha tocado vivir aquí, pero siento a Cádiz como en otro plano de realidad: suspendida entre las marismas, permitiéndome ensayar la vida sin hacerme demasiado daño.

Hoy caminaba con el Kpot hacia un bar donde habíamos quedado para tomar un café con la gente del roco y el viento nos empujaba hasta que nos parecíamos a este señor. En los días de viento fuerte no puedes pensar bien: te limitas a sobrevivir, desorientado, y a intentar que no se te despeine demasiado el pelo. Enloquece el mar, se tambalean los coches, se levanta arena, y todo adquiere un tacto tan distinto a cualquier otro lugar donde haya vivido que es fácil creerse que las cosas no repercuten del todo.

Estoy contenta hoy. Mi reciente ruina económica está teniendo el efecto paradójico de hacerme más ligera. Creo que me había apegado demasiado a mis ahorros y a la supuesta seguridad que me daban. Ahora he decidido que bueno, que al final el dinero no es más que un instrumento y que lo importante cuando cambian las circunstancias es ser capaz de cambiar con ellas. Así que muy probablemente me compre una furgo en breve. Es pequeñita, pero yo también. Os la enseñaré cuando haya confirmado el trato. Y muy probablemente me mude a otra casa más barata o quizá a compartir piso.
Así que Cádiz, más que una ciudad, es un poco una experiencia. A ver cómo vivía yo hasta ahora sin saludar con un illooo prolongado o sin que el teclado predictivo de la Blackberry aprendiera la palabra cohone. A ver cómo vivía yo antes sin escalar. De verdad, todo es muy loco últimamente, pero es muy guay. Como si una especie de levante existencial me agitara de vez en cuando y me permitiera creer que muchas cosas son posibles.

jueves, 12 de abril de 2012

Cortesía bloguera y ciberprotocolo básico

Me preguntan por el formspring si es normal que no conteste comentarios o no visite/comente en blogs de gente que me sigue.

"Marina, ¿es habitual en tu blog que no contestes nunca a los que te siguen y te contestan a tus entradas? Y lo es también que no les devuelvas las visitas yendo a sus blogs? Soy novata en esto de los blogs pero yo creía que se funcionaba de otra manera..."

Primera puntualización: ¿cómo que no contesto NUNCA? ¡No contesto siempre, pero muchas veces sí! Lo intento :D Lo que pasa es que hay días que me da pereza y otros que no. Sé que sería un detalle por mi parte responder a vuestra amabilidad pero, por otra parte, ¿no son vuestros comentarios una respuesta a mi post? Mi parte es escribir y esa ya la cumplo. Me gusta pensar que responder además comentarios es un plus. Intento, no obstante, contestar a las preguntas que se me hacen directamente o a los mails que se me envían. Pero responder todos los días uno por uno toma más tiempo del que parece y a veces sencillamente es demasiado.

En cuanto a visitar blogs porque la persona me siga o me comente o, más aún, comentar en esos blogs... pues bueno, a veces lo hago y a veces no. A veces no leo ni a los blogueros que tengo enlazados en la barra lateral. A veces tengo tiempo, a veces me apetece, otras prefiero leer libros o blogs sobre otros temas. A veces os leo y no comento; de hecho, casi nunca comento en ningún blog a no ser que verdaderamente tenga algo que decir. De nuevo: en ocasiones hago el esfuerzo, porque sé que mola encontrar comentarios, pero es que la vida ya está demasiado llena de cosas para las que tenemos que esforzarnos y echarle voluntad como para andar forzando lo que se supone que hacemos por placer.

A mí me gusta escribir y me gusta que me lean. No escribo para que me comenten, pero me gusta que me comenten siempre y cuando el que lo hace no se sienta obligado ni espere nada a cambio de mí. No cambio enlaces por enlaces ni comentarios por comentarios. Hay quien funciona así en la blogosfera, pero para mí no es ésa la función de este rinconcito. Lo siento por los que os podáis haber sentido ignorados o desatendidos en algún momento. Seguro que se me han quedado cosas importantes sin responder o incluso mails colgados por ahí. Hay una lectora de Cádiz con la que llevo queriendo quedar un mes y, sencillamente, la vida me atropella.

Hay gente sistemática, competente, capaz de hacer las cosas bien todo el rato; gente que al llegar la noche ha marcado con un aspa todos los ítems de la lista de tareas por hacer. Gente que limpia las juntas de las baldosas y que calcula de antemano sus ingresos anuales para que el gobierno no le reclame de repente miles de euros. Seguro que esa gente responde de inmediato todos los comentarios, mails y llamadas del mundo. Yo no. Yo, como decía Robert Fulghum en "Todo lo que necesito saber lo aprendí en el parvulario", voy por la vida como si persiguiera pollos en un corral enorme. Y algunos se me escapan. Pero bueno, yo qué sé: escribir escribo, y creo que eso es lo importante.

Y con esta aclaración, me despido hasta mañana. Que tengáis un feliz viernes, lleno de ilusión y de planes bonitos. Todo lo dicho no quita que me encante saber que estáis ahí.


EDITO, porque a la luz de los primeros comentarios no sé si se ha entendido bien el post. Yo no estoy enfadada, en absoluto, ni pienso que la pregunta de la lectora esté fuera de lugar. Para nada. El tono es muy respetuoso, y creo que efectivamente no me está acusando, sino preguntando cómo van las cosas por aquí porque no lo tiene claro. Como dice Rorschach, nos acostumbramos a las redes sociales y cierta reciprocidad y podemos creernos que los blogs funcionan igual. Lo que pasa es que no me gusta pensar que alguien pueda creer que paso del asunto o que no me importa, porque sí que lo hace. Sé que lo que ha expresado esta chica puede estar compartido en mayor o menor medida por otros lectores, y por eso he sentido la necesidad de aclararlo. Que probablemente no hacía ni falta. Pero no me he sentido acusada ni atacada, y no es mi intención tampoco acusar ni atacar a nadie.

Y ya os dejo, que me voy al curro :D

miércoles, 11 de abril de 2012

Poesía económica V: elegía de pena y ruina

¡Renta de emancipación,
me la has jugado a traición
y lo que antes fue alegría
es ahora desolación!

Mis ingresos anuales
mal había calculado
y por culpa del despiste
del límite me he pasado.

Me enfrento a la interrupción,
la total devolución,
a una denuncia de Hacienda
y una posible sanción.

Ya no habrá furgo, ni máster
ni más zapatos divinos;
sólo pipas, autobuses
y alpargatas de los chinos.

¡Qué injusta esta vida perra!
Que ni a Camps ni a Urdangarín
les castigue la justicia
y sí me castigue a mí.

Si el Señor me manda esguinces
y me quita los ahorros
al menos voy a pedirle
que me busque un buen maromo.

Menos mal que los amigos,
las sonrisas y los besos,
las escalada y la escritura
no se compran con dinero

¡Renta de emancipación
me enseñaste una lección:
cuando no tienes cabeza
al final te cae el marrón!



PD: ¿¿¿¿¿Por qué c**ones me sale publicidad en el post?????????? ¿¿¿Alguien lo sabe???? Lo que me faltaba hoy, vamos :/

martes, 10 de abril de 2012

Diario de primavera


Creo que ya os conté que al final decidí omitir que Paul Auster está gagá y comprarme su último libro. Que ha venido a confirmarme que Paul Auster está gagá. O bueno, más que gagá: está triste. Tiene sesenta y cuatro años y se da cuenta de que a su vida cada vez le queda menos. Reflexiona sobre su cuerpo de forma a veces un poco extenuante. Reflexiona sobre el amor. Es curioso que haya escrito todo el libro en segunda persona. Aunque al principio resulta raro, después uno se acostumbra. El efecto introduce cierta distancia: da mucho menos miedo escribir en segunda persona que escribir en primera. Confirma mi idea de que PA está bastante triste y eso me da pena a mí también.

A mí me gusta mucho PA, pero quizá no tanto como pensaba. Quiero decir, que sus libros son muy buenos, que el tío escribe muy bien, con esa fluidez que hace que parezca que bebe agua. Pero son libros fríos. No recuerdo a sus personajes con calidez. Sus historias son brillantes, imaginativas, redondas, pero creo que ninguna me ha calado con profundidad. Lo que me da pena de que esté tan triste es que bueno, él es un triunfador. Ha conseguido un éxito de crítica y público. Ha encontrado el Amor, con mayúsculas; en el libro está tan enamorado de su maravillosa mujer Siri Hudsvedt que dan ganas de escupirles. Una esperaría que al final de una vida así el autor sea capaz de exhalar cierta plenitud, cierta satisfacción o, por lo menos, un poco más de alegría. Que toda una vida llena de amor y escritura no conduzca a una vejez moderadamente feliz hace pensar.

Supongo que el tema es que cuando uno sabe que la película acaba bien es porque la película está terminando. Después de escribir ayer sobre el miedo, resulta que me he pasado todo el día nadando en el pánico por un posible desastre económico al que ya le escribiré una poesía si al final se confirma. No es miedo a perder el dinero, que al fin y al cabo lo tengo y no es lo más importante del mundo. Es miedo a la inseguridad, la inestabilidad, la dificultad para hacer planes de futuro. Miedo a no saber por dónde tirar cuando acabe el PIR ni cómo acabarán las cosas. El mismo miedo a que algo dentro de mí esté profundamente mal y por eso no sea capaz de conseguir el amor, o por lo menos la atención, de la gente a la que a mí me gustaría dedicar mi amor y mi atención. El tema es que el miedo está ahí porque la película todavía tiene mucho que decir. Se está configurando la trama, se perfilar los personajes, avanza la acción. Pero a veces me gustaría encontrar un botón de fast forward, tirar hacia adelante y saber que todo va a salir bien. Incluso aunque sepa a ciencia cierta que salir bien no quiere decir absolutamente nada.

Y por otra parte... ya os digo: la vida de Paul Auster y cómo él percibe que se acaba, y lo triste que debe de ser eso cuando te has pasado tantos años dedicado a contar historias, a escuchar historias, porque si te gustan las historias es porque el mundo te gusta mucho mucho. A mí la vida me gusta mucho. En la muerte pienso a veces cuando me despierto de la siesta, no sé por qué. Pienso en ella y lo que me viene a la mente es que no quiero morirme, de verdad, que no quiero morirme. Porque pensadlo: esa sensación de que realmente te queda poco más en este bonito planeta, que eso de creer que ibas a durar siempre era una mentira que te contaba tu coco y, sobre todo, que las cosas interesantes y bellas van a seguir sin ti. Mi padre me dijo hace algún tiempo que cuando muera quiere que ponga sus cenizas en el salón de casa. "A mí no me tiréis al mar ni ninguna tontería de esas. Yo quiero estar en el meollo, enterarme de las cosas que pasan".

Así que al final hoy ha sido un día de tener un poco de miedo. Al colapso económico, a la inseguridad, a la terrible certeza de que en vez de escribir y escalar como si no hubiera un mañana debería estar preparando la tesis, apuntándome a masters y haciendo cosas de provecho. Pero luego pienso en PA y en que él ya sabe que las cosas salen bien en la historia de su vida, pero al mismo tiempo está viviendo el equivalente existencial de mirar preocupado cómo se le acaban las páginas a una novela que te gusta mucho. En lo que a mí respecta, nada de masters, por ahora. Hace algún tiempo leí algo como "cree en lo que amas, sigue haciéndolo y te llevará a donde quieras ir". Yo amo esto. Escribir, quiero decir. Amo la vida que llevo ahora. Pienso en el fast forward y bueno, la verdad es que le quitaría bastante emoción al asunto. E intento encontrar la alegría en esa emoción. En la intriga de no saber cómo va a terminar esto. En la creencia moderadamente optimista de que a este libro que es mi vida le quedan todavía muchas, muchas páginas.

lunes, 9 de abril de 2012

Marruecos (I)

Yo frente a la pared del Caiat, en pleno momento de desesperación escaladora después de tres días de lluvia


Mi padre se montó en una montaña rusa por primera vez cuando yo tenía diez u once años y él unos cuarenta. Hasta entonces, todo lo que le habían dicho en su vida era que el mundo es peligroso. Que las cosas dan miedo. La montaña rusa era el Space Mountain, en Eurodisney. Desde entonces le cogió el gusto al asunto y nos montamos juntos en el Dragón Khan de Port Aventura, en el Superman y Batman de la Warner y en el Jaguar de Isla Mágica. Ya hemos dejado de visitar parques temáticos juntos y a lo mejor su hipertensión le impediría subirse otra vez, pero creo que disfrutó mucho en el periodo en que pudo ejercitar su valentía bajo las firmes abrazaderas de la montaña rusa.

De pequeña las historias de miedo me daban mucho miedo. Mi imaginación siempre ha sido peor que la realidad, y veía con tanta claridad las imágenes que me contaban que me pasaba las noches de campamento sin poder dormir. Imaginaba a la Dama Blanca saliendo de las aguas del Sella cuando acampamos en Asturias, y a la Monja Petra arrastrando su cojera por un antiguo convento de la sierra de Málaga. Con diez años decidí que se me iba a quitar el miedo y me dedicaba a leer libros de terror y a pensar en las escenas por la noche hasta que perdían su poder.

Lo que quiero decir con todo esto es que yo no soy valiente. Soy cabezona. Y últimamente se me ha metido en el coco la idea de intentar vivir sin miedo. De pensar que todo va a ir más o menos bien y confiar en el proceso. En ese sentido, los viajes son una prueba, porque me aterra la falta de control que supone. Tú en un país extraño, en una cultura que puedes o no puedes entender, y el mundo entero esperando para lanzarte sus garras.

Supongo que uno va haciendo cosas en su vida a medida que se le van planteando. Por eso yo a los veintiuno me sentaba diez días en silencio a meditar e intentar mirarme la mente por dentro y ahora, con veintiséis, tengo ganas de salir a mirar el mundo. Este viaje he tenido la sensación de entender por fin el tema. Lo que significa estar en otro lugar y dejarse empapar por él. Miraba por la ventana de la furgo las calles de Tánger, las chicas saliendo del instituto con el pelo escondido bajo el hiyab, los niños jugando al fútbol en las plazas. Las mujeres de Chaouen caminando por la carretera, dobladas bajo los fardos de hierba; las furgonetas llenas de chicos que asomaban por las ventabas, se colgaban del techo y te gritaban cuando te veían escalar. La sensación tan extraña de pensar: aquí está esta gente, con su vida, sus sueños, sus problemas, existiendo lo mejor que pueden, y aquí estoy yo, tan pequeña y tan poco importante.

Escalar allí también ha sido una experiencia. Hemos trepado poco por la maldita-maldita lluvia, pero los dos días que nos ha prestado Alá han sido impresionantes. No sólo por las preciosas paredes, el paisaje, la calma, la experiencia de estar un día haciendo turismo en la ciudad y al siguiente escuchando el silencio desde la terraza del refugio. También por lo que supone ponerse el arnés, colgarse las cintas, agarrar tu cuerda y decir: "píllame ahí que voy a montar esa vía". Lo que quiere decir que te vas a enfrentar a una vía extraña en un país extraño en un continente extraño. Una vía que no has probado nunca ni tus amigos tampoco. Le vas a poner tus seguros, te vas a caer si es necesario y vas a apañártelas para terminarla, porque luego tienes que descolgarte, recoger tu material e irte a casa.


Montando "Rastafari", 6a+


La escalada como camino para sobreponerte al miedo. El primer día estaba trepando de primera en un 6a, que es más o menos el grado que puedo hacer con comodidad. El último seguro estaba justo después de un desplome con una repisa debajo que daba bastante miedo. El agarre era muy bueno, pero si se te iba había que considerar las posibilidades de darte un carajazo contra la repisa. En esos momentos... bueno, en esos momentos tienes que saber gestionar el riesgo. Ahí el miedo es un aviso. Oye, que esto no es cualquier cosa. Que te puedes hacer daño. Entonces tú evalúas tus fuerzas y las posibilidades que tienes de salir victorioso, tomas una decisión y tiras adelante.

Hice el paso, apreté, se me fue un pie. Me quedé colgando de un brazo; el izquierdo, concretamente. Aguanté, junté manos, apoyé el pie, chapé la reunión, terminé la vía. No tiene más importancia. Es un paso, y tampoco era tan difícil. Pero soy yo: veintiséis años de niña dando vueltas por la tierra, descendiendo de generaciones y generaciones de gente con miedo. Soy yo tapándome los oídos con nueve años para no escuchar las historias de miedo, soy yo imaginándome cómo se sentiría uno al estar boca abajo antes de subirme al Dragón Khan. Soy yo intentando desesperadamente confiar en que la vida va a ir como tiene que ir y en que mis brazos, concretamente el izquierdo, van a ser capaces de sostenerme. Que para eso entreno en el roco como una chalada. Sólo es un paso, pero es muy importante.


El paso en sí


Colocada para chapar con los ovarios de corbata


Así que me vengo contenta, contenta, contenta de Marruecos. Creo que he crecido. He podido ver un pedazo de planeta que desconocía. He podido confiar, conocer, atreverme, ensayar vías y ensayar vida. Pensaba en lo inusitadamente guay que es viajar para escalar y escalar en general. Ayer me desperté a las siete de la mañana en una tienda, justo delante de la pared del Caiat. El sol se asomaba por uno de los extremos del valle y había un silencio brutal. Miraba la furgo, la tienda, las figuras dormidas de mis amigos, mis manos arañadas y pensaba la de roca que hay en el mundo y bueno, la de mundo que hay en el mundo. Y me sentía, de verdad, me sentía como si me hubiera tocado la puta lotería. Así.

En fin. Lo voy a dejar aquí, porque vaya espesor para escribir el post, que llevo dos horas, la madre que me parió. Quizá mañana escriba más sobre el viaje; quizá no. Esto era lo que me pedía hoy el cuerpo.

Calavera no chilla

Acabo de llegar a mi casa. Estoy tan cansada que no tengo claro si sigo viva. Tengo un post de mil millones de páginas escrito en mi cabeza, pero tendrá que esperar a mañana. Resumiendo: muy muy muy muy muy muy bien. Los viajes de escalada son el futuro. Lloro por dentro por haber tenido que volver ya en lugar de poder quedarme allí otra semana trepando, bebiendo té con hierbabuena y comiendo cuscús.

Aun así, quería escribir unas palabras para desearos una feliz y poco traumática vuelta a la rutina. Pensad en mí durmiendo cinco horas antes de irme a escuchar locos a una Unidad que estará ovebooking después de las vacaciones. En este viaje he aprendido una expresión: calavera no chilla. Algo como que si te vas de fiesta una noche no te quejes a la mañana siguiente por tener sueño. Que te quiten lo bailado. Así que me voy a dormir entre el agotamiento y la risa, aprovechando para deciros desde aquí, calaveras de lunes, que no chilléis ante la pavorosa rutina si, como yo, habéis pasado los últimos días sonriendo desde la blancura de vuestros dientes de hueso.