Yo sé que puede parecer increíble, pero hay cosas que no cuento a nadie. Estoy sentada junto a alguien a quien quiero y, sencillamente, elijo no decir esto o aquello porque para esas palabras no veo esperanza. No pienso que vayan a servir para nada. El MIR me regaña. Habla con la gente, Marina, me dice. Cuéntales lo que sientes. ¿Qué arreglo con eso, MIR?, le pregunto yo, repasando con el dedo el borde de mi cocacola. No lo sabrás hasta que no lo intentes, me contesta, con su sonrisa de carnavales y su manía de hacer fácil lo que yo hago difícil pero que en realidad es fácil.
Están en algún lugar de mi mente, todas mis palabras no dichas, que yo imagino como pelotitas semitransparentes apilándose en un hueco muy profundo. Hoy voy pensando en ellas mientras camino del hospital al lugar donde aparco la furgo, y que está aproximadamente en el quinto carajo porque paso de pagarle al gorrilla todas las mañanas. Entonces me adelanta una Harley y precisamente es el MIR, como un Hell Angel de mi bienestar emocional. Le abrazo, le doy un beso y me lesiono al chocar con su casco. ¿Qué tal?, me pregunta. Pues regular, contesto. Me he dado cuenta de que no tolero el conflicto. ¿Y eso? Ya te contaré. Me encojo de hombros y vacilo un poco: supongo, digo, que no se puede ser rubia, lista, guapa y fuerte como los limones y además tolerar el conflicto. Se ríe. Qué bien tenemos la autoestima, ¿no? Contesto con un tú sabes gaditano, nos despedimos y cada uno sigue su camino.
Mi no conflicto está hecho de todas esas palabras no dichas. Forman un colchón cómodo que, en realidad, está fabricado de la falta de expectativas de que alguien de hecho lo entienda. De la falta de ganas de gastar saliva. Y bueno, quizá sea una elección cobarde o quizá tenga que ver con que sospecho que en lo más profundo de mi corazón estoy emocionalmente tarada. Pero es la forma que he elegido para vivir. Y, para mal o para bien, de momento me sirve.
miércoles, 27 de junio de 2012
lunes, 25 de junio de 2012
CT
Estoy sentada junto a la orientadora laboral que viene una vez al mes a la Comunidad Terapéutica. Le he dicho que quiero verla trabajar, así que observo cómo aconseja a los pacientes para insertarse en el mundo laboral.
La Comunidad Terapéutica es un poco como el sótano de unos grandes almacenes, en el sentido de que por mucho que bajes, ya no hay nada más. Te has quedado sin recursos, y todo lo que le queda al paciente después de los intentos por tratarle ambulatoriamente, después de las crisis espectaculares y los ingresos en Agudos, es esto. Vivir allí o acudir a media pensión, pasar la mañana en talleres variados, pasear por los pinares y aprender a gestionar su propia medicación. Si pueden, insertarse en la vida con el porcentaje de minusvalía que les corresponda.
Si os digo la verdad, ahora pienso que antes de empezar el PIR no tenía ni puta idea de en qué consistía. Al menos desde el punto de vista existencial. No sabía que el sufrimiento mental podía ser tan intenso y tener tantas caras. Ahora creo que uno va por los distintos dispositivos y que a cada uno debe encontrarle un sentido. Los objetivos de cada rotación, los que te enumeran en el BOE para aprobarte después el curso de residencia, son secundarios; lo importante es hallar tu tarea principal en cada lugar.
En Agudos, por ejemplo, yo trataba de entender. No desde un punto de vista biológico, en plan que si el eje dopaminérgico se hiperactiva y tú te pones a delirar como un chalao, sino desde un punto de vista más intuitivo, más visceral. Qué ha llevado a esta persona a acabar amarrada en una cama llamándole George Clooney al psicólogo de la planta. Suele haber mucho más detrás; el delirio es falso, las alucinaciones son malas pasadas de tu cerebro, pero el sufrimiento es real y ésta es la única forma que estás encontrando para expresarlo. Así que aunque a veces sintiera que no podía hacer mucho más que esperar a que esponjara el Risperdal, al menos intentaba entender, abría mucho los oídos y los ojos, y de esa forma por lo menos no me sentía inútil. Si me apuráis, creo que sencillamente comprender a alguien, comprenderle de verdad y desde tus huesos, le da una entidad a su sufrimiento y le ayuda de una forma silenciosa.
Ahora, en la Comunidad Terapéutica, busco mi misión. Las dos primeras semanas casi me deprimo en serio. Aquello es menos estrambótico que la planta, pero mucho más duro. Los pacientes van de un taller a otro mirando el reloj para ver cuándo llega la hora de marcharse a fumar un cigarro. Y si te fijas en sus caras abotargadas por la medicación, te das cuenta de que la mayoría no es que esté aburrido, ni enfadado. La mayoría tiene la cara triste: están muy, muy tristes.
Hace algún tiempo una chica me dijo que, según los budistas, estar loco era una forma inferior de reencarnación, como una penitencia kármica. Me pareció cruel, pero es verdad que cuando uno mira a los pacientes no se puede librar del pensamiento de que sus vidas están recortadas para siempre. Y no me estoy refiriendo al estigma social, al síndrome metabólico de los antipsicóticos ni a los dramas que vive la mayoría en su casa y en su barrio. Me refiero a su sensibilidad, a la capacidad para percibir el mundo y relacionarse con los otros. Parece que les hayan recubierto el alma de corcho, y que los restos de angustia psicótica que les ha dejado la medicación sean lo poco real que les queda.
Entra al despacho uno de los pacientes: un chico jovencito que debutó con un episodio delirante hace un par de años. Es un chico aplicado, que va a todas las actividades aunque le cueste seguirlas, y ahora se nota que está poniendo todo su esfuerzo en enterarse de los talleres que la orientadora le va enumerando. Entonces ella menciona el de vidrieras y le explica que puede aprender a trabajar con cristales de colores como los de las iglesias. A él se le ilumina la cara, y a partir de ahí no quiere saber nada más de los otros talleres, "a mí me ha gustado el de los vidrios", repite. Yo miro sus ojos iluminados y pienso que me gustaría sacarle una foto; la chica no ha encendido la luz del despacho, así que el resplandor grisáceo del nublado se cuela por la ventana y se refleja en su piel. Parece tan sinceramente entusiasmado con los vidrios de colores. A mí se me está partiendo el corazón y no sé por qué.
Lo intuí al principio y lo confirmo ahora. Mi labor en la Comunidad Terapéutica es devolverles la dignidad a mis pacientes. Intentar aceptar en algún lugar de mi corazón que la vida que les ha tocado vivir es ésta, y que yo soy la primera que tiene que darle un valor si quiero que ellos también se lo den. Es complicado, porque la compasión y la condescendencia están demasiado cerca, y una siente en los huesos que la vida es injusta de verdad. Pero intento mentalizarme de esto todos los días, y creo que es lo más importante que puedo aprender aquí. Que todo está iluminado, como la cara de mi paciente pensando en vidrios de colores frente a la ventana del despacho. Que todos importamos. Que todo importa.
La Comunidad Terapéutica es un poco como el sótano de unos grandes almacenes, en el sentido de que por mucho que bajes, ya no hay nada más. Te has quedado sin recursos, y todo lo que le queda al paciente después de los intentos por tratarle ambulatoriamente, después de las crisis espectaculares y los ingresos en Agudos, es esto. Vivir allí o acudir a media pensión, pasar la mañana en talleres variados, pasear por los pinares y aprender a gestionar su propia medicación. Si pueden, insertarse en la vida con el porcentaje de minusvalía que les corresponda.
Si os digo la verdad, ahora pienso que antes de empezar el PIR no tenía ni puta idea de en qué consistía. Al menos desde el punto de vista existencial. No sabía que el sufrimiento mental podía ser tan intenso y tener tantas caras. Ahora creo que uno va por los distintos dispositivos y que a cada uno debe encontrarle un sentido. Los objetivos de cada rotación, los que te enumeran en el BOE para aprobarte después el curso de residencia, son secundarios; lo importante es hallar tu tarea principal en cada lugar.
En Agudos, por ejemplo, yo trataba de entender. No desde un punto de vista biológico, en plan que si el eje dopaminérgico se hiperactiva y tú te pones a delirar como un chalao, sino desde un punto de vista más intuitivo, más visceral. Qué ha llevado a esta persona a acabar amarrada en una cama llamándole George Clooney al psicólogo de la planta. Suele haber mucho más detrás; el delirio es falso, las alucinaciones son malas pasadas de tu cerebro, pero el sufrimiento es real y ésta es la única forma que estás encontrando para expresarlo. Así que aunque a veces sintiera que no podía hacer mucho más que esperar a que esponjara el Risperdal, al menos intentaba entender, abría mucho los oídos y los ojos, y de esa forma por lo menos no me sentía inútil. Si me apuráis, creo que sencillamente comprender a alguien, comprenderle de verdad y desde tus huesos, le da una entidad a su sufrimiento y le ayuda de una forma silenciosa.
Ahora, en la Comunidad Terapéutica, busco mi misión. Las dos primeras semanas casi me deprimo en serio. Aquello es menos estrambótico que la planta, pero mucho más duro. Los pacientes van de un taller a otro mirando el reloj para ver cuándo llega la hora de marcharse a fumar un cigarro. Y si te fijas en sus caras abotargadas por la medicación, te das cuenta de que la mayoría no es que esté aburrido, ni enfadado. La mayoría tiene la cara triste: están muy, muy tristes.
Hace algún tiempo una chica me dijo que, según los budistas, estar loco era una forma inferior de reencarnación, como una penitencia kármica. Me pareció cruel, pero es verdad que cuando uno mira a los pacientes no se puede librar del pensamiento de que sus vidas están recortadas para siempre. Y no me estoy refiriendo al estigma social, al síndrome metabólico de los antipsicóticos ni a los dramas que vive la mayoría en su casa y en su barrio. Me refiero a su sensibilidad, a la capacidad para percibir el mundo y relacionarse con los otros. Parece que les hayan recubierto el alma de corcho, y que los restos de angustia psicótica que les ha dejado la medicación sean lo poco real que les queda.
Entra al despacho uno de los pacientes: un chico jovencito que debutó con un episodio delirante hace un par de años. Es un chico aplicado, que va a todas las actividades aunque le cueste seguirlas, y ahora se nota que está poniendo todo su esfuerzo en enterarse de los talleres que la orientadora le va enumerando. Entonces ella menciona el de vidrieras y le explica que puede aprender a trabajar con cristales de colores como los de las iglesias. A él se le ilumina la cara, y a partir de ahí no quiere saber nada más de los otros talleres, "a mí me ha gustado el de los vidrios", repite. Yo miro sus ojos iluminados y pienso que me gustaría sacarle una foto; la chica no ha encendido la luz del despacho, así que el resplandor grisáceo del nublado se cuela por la ventana y se refleja en su piel. Parece tan sinceramente entusiasmado con los vidrios de colores. A mí se me está partiendo el corazón y no sé por qué.
Lo intuí al principio y lo confirmo ahora. Mi labor en la Comunidad Terapéutica es devolverles la dignidad a mis pacientes. Intentar aceptar en algún lugar de mi corazón que la vida que les ha tocado vivir es ésta, y que yo soy la primera que tiene que darle un valor si quiero que ellos también se lo den. Es complicado, porque la compasión y la condescendencia están demasiado cerca, y una siente en los huesos que la vida es injusta de verdad. Pero intento mentalizarme de esto todos los días, y creo que es lo más importante que puedo aprender aquí. Que todo está iluminado, como la cara de mi paciente pensando en vidrios de colores frente a la ventana del despacho. Que todos importamos. Que todo importa.
domingo, 24 de junio de 2012
El partido del siglo
Estamos sentados en el tejado de tu casa. Ya se nota que va entrando el verano, pero por las noches siempre refresca y se está bien en la calle, así que hoy hemos subido aquí a mirar cómo se va la tarde mientras bebemos cerveza y charlamos. Nos gusta contárnoslo todo. Hablamos del pasado e imaginamos el amor, más como una forma encubierta de examinar si somos compatibles que como un interés verdadero. Aun así, disfrutamos de estar hombro con hombro mientras el sol se desliza cielo abajo, apurando una cerveza que hace ya un rato que se ha quedado sin gas, retrasando como niños el primer beso del día.
Entonces escuchamos un grito que parece salir de lo más hondo de la ciudad, y sólo cuando superamos la impresión de oír cómo chillan a la vez miles de personas nos damos cuenta de que la palabra que los une es gol. ¿Gol de quién?, te pregunto. Digo yo que de España, contestas tú, y nos confesamos que ninguno tiene ni idea de contra quién jugaban hoy.
Después te recuestas un poco sobre la pared encalada de la terraza y me miras como el que va a cazar una mariposa. Tomas aire y empiezas a hablar. A mí no me gusta el fútbol, me explicas, nunca me ha gustado. Siempre fui un niño raro que no tenía de qué hablar con los demás, y ahora en el trabajo también me quedo callado durante las conversaciones del café. Pero, ¿sabes una cosa? Estos son los mejores ratos. Los del partido del siglo. Cuando el mundo está girado hacia otra parte y tú puedes escapar sin que nadie te mire. Así que cuando en un futuro (un futuro lejano, me aclaras) esté casado con la mujer de mi vida, el partido del siglo será el momento.
¿Qué momento?, te pregunto, atravesando encantada el capote que me tiendes.
El momento en que la cogeré en brazos, la llevaré escaleras arriba y le recordaré por qué se casó conmigo.
Esa mujer va a tener mucha suerte, te digo. Me acerco y me como con suavidad esos labios mentirosos que tienes. Y pienso, como he pensado antes, como voy a pensar otras muchas veces, que me da igual que estos rollos se los hayas contado a otras mientras ahora me escojas a mí para que los escuche. Pensando que me quedaré contigo mientras me sigas eligiendo, a mi cabeza, a mis oídos. Mientras me elijas.
Lista para arder
Estoy sentada en el salón de Villa Fanática, para variar. El Kpot anda por Grazalema y yo intento hacerme una manicura decente cuando aún tengo mugre incrustada en lo más profundo de las yemas de mis dedos. ¿Cómo pasa uno el día más largo del año? Trepando, obvio.
(Resumen de la entrada: unos cuantos párrafos sobre escalar así, sin miramientos, y después cambio de tema. Los no trepantes os podéis saltar lo primero).
No sé si ya he escrito esto o sólo lo he pensado, pero el día después del curso de escalada me levanté con la misma sensación que cuando te has acostado con alguien y no sabes si volverá a llamarte. Era como "qué genial es esto, ¿cómo me apaño para repetir?". En aquella época me sentía tan precaria en el mundo escalador que dejaba los pies de gato en medio del salón para recordarme que era real.
En mi libro de entrenamiento para la escalada (sí, tengo un libro de entrenamiento para la escalada) dice que el cuerpo necesita más o menos un año para adaptarse a las "tensiones específicas del deporte". Yo ya llevo un año trepando, así que en teoría mi cuerpo ha cambiado lo suficiente como para acostumbrarse a que le pida con frecuencia que luche contra la gravedad. Me lesionaré menos y me recuperaré antes. Seguirán saliéndome venas nuevas y misteriosas y quizá me sorprenda de vez en cuando al sacarme fotos con la luz adecuada.
Hoy vamos a San Bartolo, que es la escuela que nos queda más cerquita. Allí se escala en arenisca, una roca que te lima la piel de los dedos hasta dejártela en carne viva; por eso tengo hoy mugre subcutánea, pero por eso también la adherencia es tan buena que te quedas suspendido de agarres inverosímiles. Me siento fuerte y me motivan estas vías que piden equilibrio y elasticidad, y que son agradecidas para mujeres pequeñitas. Se me ocurre que la escalada es la demostración constante de que puedes hacer cosas que no te ves capaz de hacer. Cada paso es un acto de fe. Mi pie se quedará ahí clavado. El canto manchado de magnesio que veo desde aquí será bueno. Mi otra mano aguantará mientras paso la cuerda por el seguro.
A la vuelta paramos en Vejer para ver la primera parte del partido de España. Que a mí el fútbol me la chufla mortal, y este año en concreto, con la situación que atraviesa el país, lo de la Eurocopa me parece insultante y no la estoy viendo por motivos éticos. Pero hay consenso en la Roquipandi, así que aprovecho para tomarme un mollete calentito con aceite y jamón serrano y una coca cola. Qué buen color tenemos todos, pienso mirando a mis amigos. Qué bien vivimos. Mañana hay barbacoa en el campito del Jipi, así que nos despedimos acordando la hora a la que quedaremos para pasar el día tumbados a la bartola en la piscina, bebiendo sangría y comiendo subproductos cárnicos altamente cancerígenos. Qué buen rollo.
Mientras cruzo el puente de Carranza de camino a Villa Fanática, abro las ventanas y canto esta canción, que siempre me ha sonado a verano contento. Luego recuerdo que es San Juan, pero no tengo ningún tipo de ganas de acercarme a la playa a ver las hogueras. Es una pena, porque es el primer y seguramente último San Juan en un tiempo que no me pilla de exámenes o con curro al día siguiente. El primer año de PIR estuve en la Caleta con mis compañeros. Mirábamos los fuegos artificiales y comíamos regaliz sentados en la baranda de piedra. Las cosas ya me iban bien entonces y todavía van mejor ahora.
Llego a Villa Fanática pensando en el olvido. El olvido, como el humor, es uno de esos fenómenos cerebrales que me intrigan. Porque supongo que uno no olvida: no me creo que la información simplemente desaparezca. Se sabe que si estimulamos con una corriente electromagnética ciertas áreas del cerebro, podemos recordar información que creíamos que habíamos olvidado. El cerebro simplemente archiva, reprime y reconecta.
Desde el punto de vista emocional, creo que uno olvida cuando deja de reconocer al otro como algo suyo. Qué triste esta vida egocéntrica nuestra, en la que nuestra relación con los demás tiene que ver en un noventa y mucho por ciento con nosotros mismos. Lo que nos cuesta ver al otro como ente independiente en lugar de encajarle en nuestras expectativas. Y de repente sucede: el otro se desgaja despacito de nuestras vidas, como en esas imágenes de microscopio donde una célula se divide en dos, y casi te parece escuchar el "plop" cuando por fin se separa. Le devuelves su entidad, le liberas y le dejas marchar. Renuncias a todo lo que pusiste una vez sobre sus hombros; pobrecillo, él no tenía por qué asumir esa carga. Lo haces involuntariamente. Ojalá se pudiera olvidar a propósito. Pero por la razón que sea: por el paso del tiempo, las nuevas experiencias o por puro hastío, tu cerebro ya ha unido unas neuronas con otras de forma diferente y a ti, por gracia o por desgracia, ya no te duele.
Llego a mi casa, preparo algo de cena, hago unas últimas dominadas en la barra que tenemos colgada frente a la cocina. Después de cenar pienso otra vez que esta noche es San Juan, y que cuando tenía catorce, quince o dieciséis años siempre le daba a esa noche una cualidad mágica. Buscaba conjuros en la Super Pop y me lavaba la cara en la orilla del mar para estar más guapa. Cerraba fuerte los ojos y pensaba en todo lo que quería que fuera aquel verano: en la de risas y amor que podían caberle. Después saltaba la hoguera y quemaba en ella lo que ya no me servía.
Hoy no estoy en la playa, aunque el aire huela a mar todo el rato, pero sí que hay cosas que no me sirven, así que a las doce en punto doy una vuelta por la casa y las recolecto. Cojo una ensaladera, convierto el papel en pelotitas y le prendo fuego en el fregadero con uno de los mecheros precarios que guarda el Kpot junto al televisor. Cuando la cosa está más interesante y las hojitas llamean como fieras, me asusto un montón pensando que igual entra corriente y salgo ardiendo como una capulla y abro el grifo del fregadero. El papel sisea y se apaga rápido, y algunas hojas sobreviven en la parte inferior. Me da rabia: yo habría querido consumirlo todo, pero digo yo que al final siempre nos queda algún resto. Cuando la ensaladera se enfría, tiro el contenido por la taza del váter, lo observo desaparecer y pienso: mira qué bien. Qué sencillo. Ojalá fuera siempre así.
A partir de ahora los días empezarán a ser cada vez más cortos, pero al principio no nos daremos cuenta. No será hasta que cambien la hora y la Roquipandi y yo tengamos que madrugar otra vez para escalar los fines de semana cuando realmente echaremos de menos estos días larguísimos de círculo polar. Me siento a escribir ciertamente esperanzada mientras entra el aire cálido por la ventana del salón. La verdad: los conjuros de San Juan nunca me han fallado. Y aunque lo malo del olvido involuntario sea precisamente eso, que es involuntario, lo bueno es que cuando sucede es incluso más fácil que arrojar los recuerdos que no sirven por la taza del váter.
(Resumen de la entrada: unos cuantos párrafos sobre escalar así, sin miramientos, y después cambio de tema. Los no trepantes os podéis saltar lo primero).
No sé si ya he escrito esto o sólo lo he pensado, pero el día después del curso de escalada me levanté con la misma sensación que cuando te has acostado con alguien y no sabes si volverá a llamarte. Era como "qué genial es esto, ¿cómo me apaño para repetir?". En aquella época me sentía tan precaria en el mundo escalador que dejaba los pies de gato en medio del salón para recordarme que era real.
En mi libro de entrenamiento para la escalada (sí, tengo un libro de entrenamiento para la escalada) dice que el cuerpo necesita más o menos un año para adaptarse a las "tensiones específicas del deporte". Yo ya llevo un año trepando, así que en teoría mi cuerpo ha cambiado lo suficiente como para acostumbrarse a que le pida con frecuencia que luche contra la gravedad. Me lesionaré menos y me recuperaré antes. Seguirán saliéndome venas nuevas y misteriosas y quizá me sorprenda de vez en cuando al sacarme fotos con la luz adecuada.
Hoy vamos a San Bartolo, que es la escuela que nos queda más cerquita. Allí se escala en arenisca, una roca que te lima la piel de los dedos hasta dejártela en carne viva; por eso tengo hoy mugre subcutánea, pero por eso también la adherencia es tan buena que te quedas suspendido de agarres inverosímiles. Me siento fuerte y me motivan estas vías que piden equilibrio y elasticidad, y que son agradecidas para mujeres pequeñitas. Se me ocurre que la escalada es la demostración constante de que puedes hacer cosas que no te ves capaz de hacer. Cada paso es un acto de fe. Mi pie se quedará ahí clavado. El canto manchado de magnesio que veo desde aquí será bueno. Mi otra mano aguantará mientras paso la cuerda por el seguro.
A la vuelta paramos en Vejer para ver la primera parte del partido de España. Que a mí el fútbol me la chufla mortal, y este año en concreto, con la situación que atraviesa el país, lo de la Eurocopa me parece insultante y no la estoy viendo por motivos éticos. Pero hay consenso en la Roquipandi, así que aprovecho para tomarme un mollete calentito con aceite y jamón serrano y una coca cola. Qué buen color tenemos todos, pienso mirando a mis amigos. Qué bien vivimos. Mañana hay barbacoa en el campito del Jipi, así que nos despedimos acordando la hora a la que quedaremos para pasar el día tumbados a la bartola en la piscina, bebiendo sangría y comiendo subproductos cárnicos altamente cancerígenos. Qué buen rollo.
Mientras cruzo el puente de Carranza de camino a Villa Fanática, abro las ventanas y canto esta canción, que siempre me ha sonado a verano contento. Luego recuerdo que es San Juan, pero no tengo ningún tipo de ganas de acercarme a la playa a ver las hogueras. Es una pena, porque es el primer y seguramente último San Juan en un tiempo que no me pilla de exámenes o con curro al día siguiente. El primer año de PIR estuve en la Caleta con mis compañeros. Mirábamos los fuegos artificiales y comíamos regaliz sentados en la baranda de piedra. Las cosas ya me iban bien entonces y todavía van mejor ahora.
Llego a Villa Fanática pensando en el olvido. El olvido, como el humor, es uno de esos fenómenos cerebrales que me intrigan. Porque supongo que uno no olvida: no me creo que la información simplemente desaparezca. Se sabe que si estimulamos con una corriente electromagnética ciertas áreas del cerebro, podemos recordar información que creíamos que habíamos olvidado. El cerebro simplemente archiva, reprime y reconecta.
Desde el punto de vista emocional, creo que uno olvida cuando deja de reconocer al otro como algo suyo. Qué triste esta vida egocéntrica nuestra, en la que nuestra relación con los demás tiene que ver en un noventa y mucho por ciento con nosotros mismos. Lo que nos cuesta ver al otro como ente independiente en lugar de encajarle en nuestras expectativas. Y de repente sucede: el otro se desgaja despacito de nuestras vidas, como en esas imágenes de microscopio donde una célula se divide en dos, y casi te parece escuchar el "plop" cuando por fin se separa. Le devuelves su entidad, le liberas y le dejas marchar. Renuncias a todo lo que pusiste una vez sobre sus hombros; pobrecillo, él no tenía por qué asumir esa carga. Lo haces involuntariamente. Ojalá se pudiera olvidar a propósito. Pero por la razón que sea: por el paso del tiempo, las nuevas experiencias o por puro hastío, tu cerebro ya ha unido unas neuronas con otras de forma diferente y a ti, por gracia o por desgracia, ya no te duele.
Llego a mi casa, preparo algo de cena, hago unas últimas dominadas en la barra que tenemos colgada frente a la cocina. Después de cenar pienso otra vez que esta noche es San Juan, y que cuando tenía catorce, quince o dieciséis años siempre le daba a esa noche una cualidad mágica. Buscaba conjuros en la Super Pop y me lavaba la cara en la orilla del mar para estar más guapa. Cerraba fuerte los ojos y pensaba en todo lo que quería que fuera aquel verano: en la de risas y amor que podían caberle. Después saltaba la hoguera y quemaba en ella lo que ya no me servía.
Hoy no estoy en la playa, aunque el aire huela a mar todo el rato, pero sí que hay cosas que no me sirven, así que a las doce en punto doy una vuelta por la casa y las recolecto. Cojo una ensaladera, convierto el papel en pelotitas y le prendo fuego en el fregadero con uno de los mecheros precarios que guarda el Kpot junto al televisor. Cuando la cosa está más interesante y las hojitas llamean como fieras, me asusto un montón pensando que igual entra corriente y salgo ardiendo como una capulla y abro el grifo del fregadero. El papel sisea y se apaga rápido, y algunas hojas sobreviven en la parte inferior. Me da rabia: yo habría querido consumirlo todo, pero digo yo que al final siempre nos queda algún resto. Cuando la ensaladera se enfría, tiro el contenido por la taza del váter, lo observo desaparecer y pienso: mira qué bien. Qué sencillo. Ojalá fuera siempre así.
A partir de ahora los días empezarán a ser cada vez más cortos, pero al principio no nos daremos cuenta. No será hasta que cambien la hora y la Roquipandi y yo tengamos que madrugar otra vez para escalar los fines de semana cuando realmente echaremos de menos estos días larguísimos de círculo polar. Me siento a escribir ciertamente esperanzada mientras entra el aire cálido por la ventana del salón. La verdad: los conjuros de San Juan nunca me han fallado. Y aunque lo malo del olvido involuntario sea precisamente eso, que es involuntario, lo bueno es que cuando sucede es incluso más fácil que arrojar los recuerdos que no sirven por la taza del váter.
viernes, 22 de junio de 2012
Retrospectiva
Vale, éste es un post de tiesa. Un post de no tengo ganas de escribir y son las doce y veinte de la noche, y además me he pasado toda la tarde en El Helechal haciendo bloque vagueando y probando un par de bloques. Pero bueno. Es lo que hay y al menos trae material para el fin de semana.
Pensaba en la continuidad literaria. Yo escribo desde que tenía ocho años: cuentos, diarios y absurdeces. Luego pasó el tiempo y a medida que avanzaba, releía lo anterior y me parecía, como diría mi amigo el Cabesa, mierda pura. Pensé que quería que llegara el momento en que sintiera una continuidad con lo que había escrito y cómo escribía en este momento, sin avergonzarme de la yo escritora de antes.
Con dieciséis años escribí el que probablemente ha sido el diario más constante de mi vida. Estaba enfunada, es decir, enamorada salvajemente de MQEN, y necesitaba decírselo a alguien. La palabra Funes, de hecho, aparece 167 veces en 122 páginas. A medida que escribía ese diario, pensaba que no me avergonzaría de él, que aquella era mi verdadera voz. Ahora no es que me avergüence, que con dieciséis años usaba el punto y coma con la misma elegancia que ahora, pero sí que percibo cierta distancia con la chica que escribía "Funes es TAN mono que uff".
Así que hace un par de días decidí repasar el blog en retrospectiva y reflexionar sobre qué ha cambiado en lo que escribo a lo largo de estos siete años, que se dice pronto. Por cierto, el color de los enlaces es muy parecido al del texto, así que aclaro para los despistados que si hacéis clic al principio de cada párrafo os enlaza al post del que hablo.
Hace un año andaba en pleno Michelian Challenge, justo antes de esta euforia literaria que me tiene enamorada del teclado y sacrificándole al blog horas de sueño como a un idolillo cruel. Escribía sobre la falta de amor (para no variar). El post no me gusta mucho. No me gusta reflexionar sobre el amor, ya os lo dije, por aquello de que el amor es tú. Literariamente, sin embargo, no veo muchos cambios desde entonces. Emocionalmente, me temo que tampoco :D
Hace dos años escribía melancólicamente sobre el olmito que le regalé a mi amigo A., el que no me habla. Curioso que lo de A. ya no me dé pena y, sin embargo, todavía me enternezca el olmito. El post me gusta mucho, y también lo que intento transmitir: regar a los amigos como se riega a las plantas. Aunque lo de "la serenidad que emanaba" me ha matado.
Hace tres años andaba reubicando mi vida después del PIR. Aquí sí empiezo a notar cierta distancia. El cierre del post, por ejemplo, me parece una mierda. Y escribir "detesto" y un párrafo después "detesto profundamente" me aberra. Me ha gustado, eso sí, recordar lo que sentí cuando releí las libretas de Barcelona, y recordar el momento en que todavía Barcelona me importaba. Ahora lo veo taaaan lejano. Pero sí es cierto que releer lo antiguo te ayuda a desarrollar cierta compasión por ti misma y tus extrañas decisiones.
Hace cuatro años mi vida amorosa era una especie de Tormenta Perfecta que yo capeaba escribiendo a lo salvaje. Me llevaba libros a la biblioteca y los escondía bajo los apuntes, inventaba relatos extraños con Meg Ryan como protagonista y pensaba que el corazón me iba a reventar dos de cada tres días. Mi cara estaba saliendo de su Peor Época Ever y no sé cómo no me volví loca. El post me gusta. Me mola la historia de Albertina y mi forma de contarla. Me gusta recordar aquel viaje con J. y lo bien que lo pasamos riéndonos del mundo en el taller de escritura de las divorciadas.
Hace cinco años hablaba de mi padre, porque soy carne de diván, y escribía sobre escribir. Este post es un poco cursi y todavía abusaba de los paréntesis, pero no está mal. Conmueve por sincero.
Hace seis años apurábamos J. y yo la primavera granadina. Yo terminaba los exámenes por la mañana y me iba a dormir a su casa del Albayzín, sudando como un pollo sobre la cama mientras él dibujaba para las últimas asignaturas de la carrera. Nos conocíamos tan poco, pero era todo divertido y desenfrenado y un poco intenso y muy nuevo. Este post concretamente me encanta, siempre me ha encantado. Tiene mucho ritmo y refleja bien esos momentos en los que llamar o no llamar a J. en un momento dado todavía era una cuestión importante.
(Madre mía, por cierto, seis años)
Hace siete años escribí este relato extraño y un poco perverso que, la verdad, no me avergonzaría en absoluto de haber escrito hoy. El blog acababa de abrir los ojitos y yo todavía tenía la esperanza de utilizarlo sólo para escribir ficción.
Hoy le he dicho al Kpot que tiene mérito esta disciplina mía de subir todas las noches la escalera para escribir con el ordenador debajo del brazo. "Pero lo haces porque te gusta", ha dicho él. En realidad, leo todos esos textos y sí que hay una continuidad y, sobre todo, una voluntad importante de seguir. Pero al releerme en retrospectiva, sobre todo, la sensación que me viene es que no escribo porque me gusta, que también, sino porque no puedo no hacerlo. Una razón tan buena como cualquier otra.
Pensaba en la continuidad literaria. Yo escribo desde que tenía ocho años: cuentos, diarios y absurdeces. Luego pasó el tiempo y a medida que avanzaba, releía lo anterior y me parecía, como diría mi amigo el Cabesa, mierda pura. Pensé que quería que llegara el momento en que sintiera una continuidad con lo que había escrito y cómo escribía en este momento, sin avergonzarme de la yo escritora de antes.
Con dieciséis años escribí el que probablemente ha sido el diario más constante de mi vida. Estaba enfunada, es decir, enamorada salvajemente de MQEN, y necesitaba decírselo a alguien. La palabra Funes, de hecho, aparece 167 veces en 122 páginas. A medida que escribía ese diario, pensaba que no me avergonzaría de él, que aquella era mi verdadera voz. Ahora no es que me avergüence, que con dieciséis años usaba el punto y coma con la misma elegancia que ahora, pero sí que percibo cierta distancia con la chica que escribía "Funes es TAN mono que uff".
Así que hace un par de días decidí repasar el blog en retrospectiva y reflexionar sobre qué ha cambiado en lo que escribo a lo largo de estos siete años, que se dice pronto. Por cierto, el color de los enlaces es muy parecido al del texto, así que aclaro para los despistados que si hacéis clic al principio de cada párrafo os enlaza al post del que hablo.
Hace un año andaba en pleno Michelian Challenge, justo antes de esta euforia literaria que me tiene enamorada del teclado y sacrificándole al blog horas de sueño como a un idolillo cruel. Escribía sobre la falta de amor (para no variar). El post no me gusta mucho. No me gusta reflexionar sobre el amor, ya os lo dije, por aquello de que el amor es tú. Literariamente, sin embargo, no veo muchos cambios desde entonces. Emocionalmente, me temo que tampoco :D
Hace dos años escribía melancólicamente sobre el olmito que le regalé a mi amigo A., el que no me habla. Curioso que lo de A. ya no me dé pena y, sin embargo, todavía me enternezca el olmito. El post me gusta mucho, y también lo que intento transmitir: regar a los amigos como se riega a las plantas. Aunque lo de "la serenidad que emanaba" me ha matado.
Hace tres años andaba reubicando mi vida después del PIR. Aquí sí empiezo a notar cierta distancia. El cierre del post, por ejemplo, me parece una mierda. Y escribir "detesto" y un párrafo después "detesto profundamente" me aberra. Me ha gustado, eso sí, recordar lo que sentí cuando releí las libretas de Barcelona, y recordar el momento en que todavía Barcelona me importaba. Ahora lo veo taaaan lejano. Pero sí es cierto que releer lo antiguo te ayuda a desarrollar cierta compasión por ti misma y tus extrañas decisiones.
Hace cuatro años mi vida amorosa era una especie de Tormenta Perfecta que yo capeaba escribiendo a lo salvaje. Me llevaba libros a la biblioteca y los escondía bajo los apuntes, inventaba relatos extraños con Meg Ryan como protagonista y pensaba que el corazón me iba a reventar dos de cada tres días. Mi cara estaba saliendo de su Peor Época Ever y no sé cómo no me volví loca. El post me gusta. Me mola la historia de Albertina y mi forma de contarla. Me gusta recordar aquel viaje con J. y lo bien que lo pasamos riéndonos del mundo en el taller de escritura de las divorciadas.
Hace cinco años hablaba de mi padre, porque soy carne de diván, y escribía sobre escribir. Este post es un poco cursi y todavía abusaba de los paréntesis, pero no está mal. Conmueve por sincero.
Hace seis años apurábamos J. y yo la primavera granadina. Yo terminaba los exámenes por la mañana y me iba a dormir a su casa del Albayzín, sudando como un pollo sobre la cama mientras él dibujaba para las últimas asignaturas de la carrera. Nos conocíamos tan poco, pero era todo divertido y desenfrenado y un poco intenso y muy nuevo. Este post concretamente me encanta, siempre me ha encantado. Tiene mucho ritmo y refleja bien esos momentos en los que llamar o no llamar a J. en un momento dado todavía era una cuestión importante.
(Madre mía, por cierto, seis años)
Hace siete años escribí este relato extraño y un poco perverso que, la verdad, no me avergonzaría en absoluto de haber escrito hoy. El blog acababa de abrir los ojitos y yo todavía tenía la esperanza de utilizarlo sólo para escribir ficción.
Hoy le he dicho al Kpot que tiene mérito esta disciplina mía de subir todas las noches la escalera para escribir con el ordenador debajo del brazo. "Pero lo haces porque te gusta", ha dicho él. En realidad, leo todos esos textos y sí que hay una continuidad y, sobre todo, una voluntad importante de seguir. Pero al releerme en retrospectiva, sobre todo, la sensación que me viene es que no escribo porque me gusta, que también, sino porque no puedo no hacerlo. Una razón tan buena como cualquier otra.
jueves, 21 de junio de 2012
Recuerda
Me estoy reconciliando poco a poco con mi nueva rotación, pero lo que todavía no supero es tener que pasar todas las mañanas por delante del tanatorio. Que voy caminando despacio con la fresquita matutina, taconeando contenta entre los pinares que rodean el hospital, y de repente me encuentro con un coche fúnebre o con una familia que llora desconsolada. Menos mal que he encontrado una ruta alternativa que atraviesa la cafetería del hospital, así que dependiendo de mi estado de ánimo elijo una u otra. La ruta de la vida o la de la muerte.
Una vez superado el primer impacto, sin embargo, pasar por el tanatorio tiene algo de lección existencial. De memento mori matutino suspendido sobre mi cabeza. Ahí vas a acabar, Marina, me repito, así que disfruta del día de hoy. De tener un trabajo al que ir y de este poniente fresco entre los pinos; de la forma en que los pacientes te dan los buenos días y de cómo en general con ellos puedes reírte, conmoverte y también tener muchas ganas de mandar a alguno al carajo.
Ayer por la tarde estuvimos trepando en Bolonia. Curioso, porque después descubrí que justo hacía un año desde que empecé a escalar. Hace un año tenía las peores agujetas de mi vida después de pelear en San Anton con una vía de cuyo grado no puedo acordarme. Nadie daba un duro por mí trepando y lo sé, porque soy de las que se entusiasma rápido y después deja las cosas. Sin embargo aquí estoy, un año después, escapándome de la ciudad en la tarde de un martes para tocar roca un rato.
La escalada también es un recordatorio de la muerte y la fragilidad física. Mientras dudo antes de hacer un paso con la chapa anterior a un metro de mis pies, me repito lo que dice siempre mi colega Pablo. Recuerda cuando estás abajo y quieres estar arriba y vive este momento con toda su intensidad. Memento mori. Al final hago el paso y no me caigo, y cuando me bajo y me acerco a la vía que hemos probado al principio de la tarde encuentro a una cordada de chicos a los que no conozco. Cambio tres palabras con el que está asegurando y oh-dios-mío-es-lindísimo. No super guapo, ni DDM, ni nada, sino rematada y sorprendentemente lindo tras cruzar con él dos frases y unas cuantas sonrisas. Me quedo un rato charlando, le miro escalar y luego pienso que paso de los hombres y me voy (y luego vuelvo, y no sé cómo encuentro un pretexto para darle mi Facebook, y cómo eres Marina hija que no tienes remedio).
Volvemos a casa contentos. Yo conduzco la Dobloneta con calma, Irene come una barrita de muesli en el asiento del copiloto y el Cabesa critica a los perros ajenos desde detrás. Y, de repente, en mitad de la carretera entre Tarifa y Vejer, vemos a un mastín gigante blanco y canela parado entre los carriles. Yo voy a noventa, y entre el momento en que mis faros alumbran al bicho y paso a su lado me da tiempo a muchas cosas. A pensar: no des un volantazo. A pensar: no pites. A pensar: no sé qué va a pasarte, perro, y lo siento mucho por ti esta noche en mitad de la carretera, pero ahora mismo, por favor, quédate quieto. Quédate donde estás y no te asustes para que mis amigos y yo podamos llegar sanos y salvos a Cádiz después de esta tarde trepadora. Suelto un "illoilloillooo" acojonado, me desvío un poco hacia el arcén y sigo hacia delante más despacio. Memento mori.
Se nos va pasando el susto, avisamos a la Guardia Civil, llegamos sanos y salvos a casa. Esto es la vida, digo yo. Rozar muchas veces la catástrofe hasta que no puedes eludirla más tiempo. No hay que ser siniestros, claro, ni morbosos todo el rato, pero no está mal acordarse de vez en cuando. Más que nada, para no dejar escapar los momentos bonitos. Para alegrarse de haber decidido trepar en vez de currar en la UCIP. Y para atrapar todas las sonrisas gratuitas y dulces que mi absurdo destino sentimental se digne mandarme.
Una vez superado el primer impacto, sin embargo, pasar por el tanatorio tiene algo de lección existencial. De memento mori matutino suspendido sobre mi cabeza. Ahí vas a acabar, Marina, me repito, así que disfruta del día de hoy. De tener un trabajo al que ir y de este poniente fresco entre los pinos; de la forma en que los pacientes te dan los buenos días y de cómo en general con ellos puedes reírte, conmoverte y también tener muchas ganas de mandar a alguno al carajo.
Ayer por la tarde estuvimos trepando en Bolonia. Curioso, porque después descubrí que justo hacía un año desde que empecé a escalar. Hace un año tenía las peores agujetas de mi vida después de pelear en San Anton con una vía de cuyo grado no puedo acordarme. Nadie daba un duro por mí trepando y lo sé, porque soy de las que se entusiasma rápido y después deja las cosas. Sin embargo aquí estoy, un año después, escapándome de la ciudad en la tarde de un martes para tocar roca un rato.
La escalada también es un recordatorio de la muerte y la fragilidad física. Mientras dudo antes de hacer un paso con la chapa anterior a un metro de mis pies, me repito lo que dice siempre mi colega Pablo. Recuerda cuando estás abajo y quieres estar arriba y vive este momento con toda su intensidad. Memento mori. Al final hago el paso y no me caigo, y cuando me bajo y me acerco a la vía que hemos probado al principio de la tarde encuentro a una cordada de chicos a los que no conozco. Cambio tres palabras con el que está asegurando y oh-dios-mío-es-lindísimo. No super guapo, ni DDM, ni nada, sino rematada y sorprendentemente lindo tras cruzar con él dos frases y unas cuantas sonrisas. Me quedo un rato charlando, le miro escalar y luego pienso que paso de los hombres y me voy (y luego vuelvo, y no sé cómo encuentro un pretexto para darle mi Facebook, y cómo eres Marina hija que no tienes remedio).
Volvemos a casa contentos. Yo conduzco la Dobloneta con calma, Irene come una barrita de muesli en el asiento del copiloto y el Cabesa critica a los perros ajenos desde detrás. Y, de repente, en mitad de la carretera entre Tarifa y Vejer, vemos a un mastín gigante blanco y canela parado entre los carriles. Yo voy a noventa, y entre el momento en que mis faros alumbran al bicho y paso a su lado me da tiempo a muchas cosas. A pensar: no des un volantazo. A pensar: no pites. A pensar: no sé qué va a pasarte, perro, y lo siento mucho por ti esta noche en mitad de la carretera, pero ahora mismo, por favor, quédate quieto. Quédate donde estás y no te asustes para que mis amigos y yo podamos llegar sanos y salvos a Cádiz después de esta tarde trepadora. Suelto un "illoilloillooo" acojonado, me desvío un poco hacia el arcén y sigo hacia delante más despacio. Memento mori.
Se nos va pasando el susto, avisamos a la Guardia Civil, llegamos sanos y salvos a casa. Esto es la vida, digo yo. Rozar muchas veces la catástrofe hasta que no puedes eludirla más tiempo. No hay que ser siniestros, claro, ni morbosos todo el rato, pero no está mal acordarse de vez en cuando. Más que nada, para no dejar escapar los momentos bonitos. Para alegrarse de haber decidido trepar en vez de currar en la UCIP. Y para atrapar todas las sonrisas gratuitas y dulces que mi absurdo destino sentimental se digne mandarme.
miércoles, 20 de junio de 2012
Agradecimiento
Lo que no sabe nadie es que a veces, después de un día malo, pero malo de verdad, después de haberme pasado un rato sola sin poder parar de llorar o de pensar, con más seguridad de lo que parece razonable, que nunca más va a pasarme nada bueno; después de creer que debería dedicar mi existencia a proteger de los golpes mi desnudo corazón... me pongo a escribir. Que escribo sobre algo que no tenga que ver con nada de lo que me está pasando, o a lo mejor sí, pero normalmente mientras más triste estoy más intento que la línea que traza la escritura se separe de la que dibuja mi vida. Que entonces entro en un mundo distinto y se parece a cerrar los ojos y meter las manos en un líquido espeso y cálido, buscando sin saber con las puntas de los dedos, modelando objetos en silencio. Que todo se olvida o, más bien, se transforma de una manera que no termino de comprender. Que la sensación es que miro mi corazón, que me parecía reseco como los preciosos montes andaluces en verano, y descubro que está lleno de cosas. De brotes de jara brillante, que según me explicaron el domingo crece mejor entre la ceniza de los incendios. Que entonces sí sé que algo merece la pena, y que no es la vida en sí, no son las cosas que nos pasan, sino la corriente subterránea de luminosidad que la recorre, y que esa luminosidad es como la de la selva de Avatar, sorprendente y mágica, y que está al alcance de mis ojos si los abro bien. Y entonces, y esto es lo que a lo mejor no sabéis y os parece un poco ridículo cuando lo cuente, pero tengo que decirlo porque, total, es cierto; entonces alzo los ojos al cielo, junto las manos y digo, a veces en voz alta, gracias, Dios mío, gracias, y eso que soy atea, pero lo siento de verdad, es un agradecimiento intenso y absoluto: gracias, Señor, por dejarme escribir, por darme estos momentos, por no dejarme saber lo que es la vida sin esto porque, como leí hace poco, tengo la sospecha de que quizá incluso el amor no me baste, así que mientras escribo y escribo y, de verdad, no hay nada mejor.
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