A menudo, cuando no sé qué escribir, comienzo describiendo dónde estoy o lo que tengo enfrente. Ahora mismo, por ejemplo, estoy sentada en la mesa del salón de mi nuevo y temporal hogar en Cádiz. Bebo cacao vegano, resisto las ganas de levantarme a apagar la luz de la cocina y observo con el rabillo del ojo a Pablo, que lee a Paul Auster sentado en el sofá.
Este momento es una buena metáfora. Porque antes mis ratos de escritura sólo nos comprendían a mí y a la escritura. Todo lo que había frente a mis ojos era un espacio vacío, y en ese espacio las palabras resonaban y encontraban su camino hasta mis dedos. Ahora en ese espacio, justo en la esquina de mi campo visual, está Pablo, y eso no es ni mejor ni peor; es. Y digo que es una metáfora porque es exactamente lo que ha pasado en mi vida: no se trata (solo) de tener a alguien a quien abrazar y querer y achuchar y atormentar con mis monólogos. Se trata de que él está al costado de mi mente, en la esquina de mi campo visual, y esa es la nueva forma que elijo de vivir mi vida.
Sé que he abandonado esto bastante tiempo, pero ha llegado septiembre y el abandono terminó: volvemos al ring con más furia que nunca. Estos últimos meses han sido difíciles, en el sentido de que no conseguía encontrar mi lugar sobre la Tierra. Madrid me tenía apartada de mi órbita y luchando por recuperar el centro, y la perspectiva de que Pablo se marchara durante vete a saber cuánto tiempo a miles de kilómetros de distancia me encadenaba voluntaria a sus huesitos. Ahora Pablo se queda, y llega el otoño, y volvemos al cole en las frescas mañanas de fin del verano, así que ha llegado el momento de retomar los proyectos como quien empieza una colección por fascículos: con la convicción de que esta vez seguiremos hasta el final.
Ayer llegamos a Cádiz a eso de las cinco, porque habíamos salido temprano de Málaga para eludir el sol de la tarde en los ojos. Colocamos las cosas, echamos una siesta rápida acucharados en la cama y nos fuimos a la playa. Soplaba un levante discreto. Ya está, pensaba yo; ahora Pablo conoce el levante, se da cuenta de lo que es Cádiz de verdad y de lo que soy yo de verdad, y se va. De vuelta a Buenos Aires, después a San Francisco, después a Honolulu, o al punto de la tierra más lejano a mí que encuentre.
Él, por su parte, arrima un poco a la mía su silla de playa y me dice que el viento le gusta. Que le parece agradable el airecito.
Nos giramos de espaldas al mar, para que la luz no le haga polvo los ojos claros, y charlamos arrejuntados toda la tarde. Cuando queda poco para que el sol se ponga, nos damos la vuelta y nos ponemos la ropa sobre los bañadores, porque empieza a refrescar. Yo me enrollo en mi toalla seca y observamos cómo el movimiento del sol hacia el horizonte se nota a ojos vista. Detrás de nosotros, una señora mayor canta a voces: "al sol le llaman Lorenzo, y a la Luna, Catalina". "Welcome to Andalucía", se dice a sí mismo Pablo, y yo me río. "La he contratado yo, para que anime el espectáculo".
El sol baja despacio. "Still there, still there, still there", repetimos nosotros, imitando a Jesse y Céline en Before Midnight, que vimos hace ya un par de meses en un cine de Madrid. La señora cantora exclama: "está el sol hoy redondito, redondito, como una teta mía panza arriba", y nosotros nos reímos, mientras me doy cuenta de que cualquier cosa que cuente de Cádiz no podrá ser nunca una exageración. "Still there, still there, and... it's gone". Los últimos restos se zambullen como una carpa de luz sobre el agua. Nosotros recogemos las sillas y nos vamos a casa.
Hoy hemos pasado la tarde en el centro, haciendo mandaos, lo que antes consistía en mí yendo entusiasmada de un lado a otro y ahora es lo mismo, pero con Pablo de mi mano mirándome con una mezcla entre "eres una maruja y yo esta parte de ti la desconocía" y "pero te quiero. Creo". Yo estoy TAN feliz de estar de vuelta. Madrid me aberró TANTO los últimos meses, que cuando empujo sin querer a una señora y ella me sonríe, y cuando la del Zara Home me aconseja que no compre las sábanas hoy, que mañana vienen más baratas, y cuando el tendero les da una vuelta cuidadosa a los huevos en la caja para comprobar que no están rotos, se me escapa la sonrisa de los labios.
Estoy de vuelta en muchos sentidos. Estoy en casa en muchos, muchos sentidos. Ya es hora, dice Vetusta. Ya es hora de replegar las alas rumbo a casa. Casa es muchas cosas. Es Cádiz ahora, pero sólo por lo que Cádiz significa y porque aquí puedo, por fin, escuchar mis pensamientos. Soy yo aquí sentada, escribiendo de nuevo y comprobando que cabe otra persona en el extremo de mi campo visual. Y Casa es Pablo. Ahora mismo, sobre todo, casa es Pablo, y Pablo está en casa.
lunes, 2 de septiembre de 2013
Back home
Etiquetas:
Amor y sucedáneos,
Cádiz,
Cosas Que Amo,
Pablo
martes, 30 de julio de 2013
(No) voy a tener un hijo
Yo quiero no tener hijos.
No es que no quiera tener hijos. Es que quiero de forma activa llevar una vida libre de hijos para llenarla de otras muchas cosas.
Este tema es delicado. Yo lo sé. No es mi intención convencer a nadie, sino compartir con vosotros algunos pensamientos al respecto. Últimamente lo pienso mucho; más que nada, porque antes no era una opción por aquello de que iba a morir soltera y rodeada de gatos, pero como Pablo está opositando duramente al puesto de Maromo Definitivo, la cuestión podría ser al menos biológicamente posible. Y Pablo no quiere hijos, así que creo que es importante para mí tener una postura firme respecto al tema para que no haya malentendidos en el futuro.
Hasta hace poco, siempre había querido tener hijos. Estaba muy claro en mi cabeza. De hecho, me preocupaba bastante la posibilidad de no poder tenerlos, por no encontrar a un maromo o por ser estéril (¿es el miedo a ser estéril algo bastante común o yo soy medio rara?). Después, de repente, mi reloj biológico se paró y ya no lo tenía tan claro. Se lo comentaba a la gente y me decían que tenía que ver con estar soltera. Que ya cambiaría de idea y que lo veía demasiado lejano.
No obstante, ahora que tengo novio (DIOS, que hayáis vivido para leer esto, queridos míos, después de toda la brasa que he dado), mis ganas de tener hijos se han reducido hasta desaparecer en la nada. Porque, a ver, si nuestra vida de pareja ahora mismo es ridículamente estupenda, ¿por qué narices podría yo querer sacrificar eso por unos seres que no existen? ¿Qué clase de craving de experiencias y sensaciones podría ser tan potente como para renunciar a una vida que me encanta?
Porque me encanta mi vida. En serio. Y eso que es mejorable, por aquello de que odio Madrid y de que el PIR está empezando a quemar mis precarios fusibles. Pero ahora mismo mi realidad es fucking awesome. Pablo y yo viajamos, escalamos, charlamos, leemos, estamos en silencio y nos hacemos mimos. Hoy hemos almorzado juntos en un restaurante, hemos ido a mi piso, jugado al parchís, intercambiado masajes y mimos y charlas. Después él se ha marchado a su casa y yo me he quedado básicamente tirada semidesnuda en la cama, en absoluto silencio, leyendo blogs en el iPad y comiendo pepitas de cacao puro. No quedaba papel higiénico, pero no me apetecía bajar a comprar y estoy usando cleenex. Me he apañado una cena con alubias cocidas y un par de verduras que quizá o quizá no estén en mal estado. He puesto y tendido mi mini-lavadora con mi ropa, hablado por teléfono un buen rato y ahora estoy escribiendo sin nadie que me interrumpa.
De verdad, de verdad: me encanta esto. Me encantan el silencio y la capacidad de poder hacer con mi tiempo lo que me sale de las narices. Me encanta disponer de mi (poco) dinero, no tener que aceptar trabajos de mierda para mantener a una familia, poder plantearme mudanzas frecuentes, viajes largos, periodos de meditación o una dedicación intensiva a la escritura. Me encanta mi tiempo a solas con Pablo. Me aberraría que nuestras conversaciones sólo giraran en torno a nuestros hijos. Sé que son los primeros meses, que es la emoción, que blablablá, pero opino que esto va a ir a mejor. El porteño y yo somos dos grandes mentes, así que no tenemos más remedio que evolucionar. Y si nos aburrimos hasta el punto de necesitar a un tercero para que nos dé vidilla, quizá la cosa no vaya del todo bien.
Además, están mis razones espirituales. No me interesa el amor maternal. No quiero ese tipo de apego irracional e incondicional hacia nadie, ni que nadie lo sienta hacia mí. Quiero cultivar relaciones voluntarias de amor condicional y maduro. Quiero trabajar mi capacidad de servir a otros y ser generosa porque sí, y no porque locos chutes hormonales me obliguen. No creo que tener un hijo para quererlo y que te quiera sea un acto particularmente generoso. Adoptar es generoso. Crear a un humano de la nada para que llene mis necesidades de realización, amor y propósito me parece, como mucho, normal.
Desde el punto de vista ético, no tener hijos es la acción ecologista definitiva. Mis no hijos van a dejar más sitio a los hijos de los demás. Tampoco tengo claro que me guste la idea de traer niños a un planeta que vamos a dejar hecho una mierda. Creo que hay bastante trabajo que hacer, y prefiero destinar mis recursos a la gente que ya existe. Quiero comunicarme con mis lectores. Quiero mejorar el mundo. Para eso necesito tiempo y energía. Mi tiempo y energía pueden llegar a mucha gente; ¿por qué querría crear a un par de seres para que lo consuman todo?
Por no hablar de todos los aspectos que me dan simplemente PEREZA. Estar preñada, ponerte como un balón, andar como un pato. Que mi cuerpo se estire y luego se achique. Las estrías, las hemorroides, que tu vagina se ensanche, la episiotomía, las varices, el amamantamiento esclavo y no poder dormir bien durante AÑOS. Ser "mamá" y tener que relacionarte con otras "mamás". Que gran parte de tu cerebro y tu personalidad queden absorbidos por el nuevo ser. Que TODA TU VIDA (trabajo, tiempo libre, vacaciones, lugar de residencia...) tenga que girar en torno a él. Perder apetito sexual. Estar más cansada, no tener silencio, verte siempre obligada a elegir entre tu trabajo y tus hijos o entre tu ocio y tus hijos, sentirte culpable, sentirte frustrada. Pensar en la de cosas que podrías hacer si.
Y termino con el hecho de que a mí en general me la pelan bastante los niños. No es que me gusten o me dejen de gustar. Son personas. Si la interacción que tengo con ellos es buena, me gustan; si no, no me gustan. Hay niños que me caen bien y otros que me caen fatal. Prefiero pasar el tiempo con adultos que con niños, en general (aunque, claramente, prefiero a algunos niños antes que a ciertos adultos). Me aburro de un bebé en los cinco primeros minutos. Entre los cuatro y los nueve años hay un intervalo de edad que me suele divertir; después viene la preadolescencia y la mayoría de los niños se pone insoportable. Luego los adolescentes, por el amor de Dios. Y después seguir tragándote los marrones laborales, familiares, económicos y de salud de tu hijo hasta que te mueras, con la esperanza de que te cuide en tus años chungos y la posibilidad de que lo haga odiándote o directamente pase.
En cualquier caso, y volviendo al principio, después de todo este trabajo reflexivo que estoy haciendo últimamente respecto a este tema, se trata mucho más de los aspectos positivos. De tooooodo lo que podré hacer, ver, experimentar y decidir si no tengo hijos. Me encanta imaginarme esa vida. Me gusta, imaginarla con Pablo, pero también me apetecería yo sola si no le hubiera conocido. Hay muchas experiencias en esta vida que me llaman más la atención que ser madre. Escribir libros, escalar muy alto, aprender a querer como es debido a mi hombrecito argentino, encontrar la paz, recorrer el mundo, servir a los demás. Me encanta la posibilidad de disponer de muchos años de juventud en blanco, sin los tiempos que impone la crianza, y elegir cómo rellenarlos a medida que vayan viniendo, como quien coloca libros en una estantería.
Seguro que a otros les compensa. Tiene pinta de ser una droga dura. Yo, sin embargo, no lo veo claro, y prefiero arrepentirme de no tenerlos a arrepentirme de tenerlos.
Creo que esta decisión es buena, porque me da mucha paz y mucha alegría.
I can't wait to not have kids.
No es que no quiera tener hijos. Es que quiero de forma activa llevar una vida libre de hijos para llenarla de otras muchas cosas.
Este tema es delicado. Yo lo sé. No es mi intención convencer a nadie, sino compartir con vosotros algunos pensamientos al respecto. Últimamente lo pienso mucho; más que nada, porque antes no era una opción por aquello de que iba a morir soltera y rodeada de gatos, pero como Pablo está opositando duramente al puesto de Maromo Definitivo, la cuestión podría ser al menos biológicamente posible. Y Pablo no quiere hijos, así que creo que es importante para mí tener una postura firme respecto al tema para que no haya malentendidos en el futuro.
Hasta hace poco, siempre había querido tener hijos. Estaba muy claro en mi cabeza. De hecho, me preocupaba bastante la posibilidad de no poder tenerlos, por no encontrar a un maromo o por ser estéril (¿es el miedo a ser estéril algo bastante común o yo soy medio rara?). Después, de repente, mi reloj biológico se paró y ya no lo tenía tan claro. Se lo comentaba a la gente y me decían que tenía que ver con estar soltera. Que ya cambiaría de idea y que lo veía demasiado lejano.
No obstante, ahora que tengo novio (DIOS, que hayáis vivido para leer esto, queridos míos, después de toda la brasa que he dado), mis ganas de tener hijos se han reducido hasta desaparecer en la nada. Porque, a ver, si nuestra vida de pareja ahora mismo es ridículamente estupenda, ¿por qué narices podría yo querer sacrificar eso por unos seres que no existen? ¿Qué clase de craving de experiencias y sensaciones podría ser tan potente como para renunciar a una vida que me encanta?
Porque me encanta mi vida. En serio. Y eso que es mejorable, por aquello de que odio Madrid y de que el PIR está empezando a quemar mis precarios fusibles. Pero ahora mismo mi realidad es fucking awesome. Pablo y yo viajamos, escalamos, charlamos, leemos, estamos en silencio y nos hacemos mimos. Hoy hemos almorzado juntos en un restaurante, hemos ido a mi piso, jugado al parchís, intercambiado masajes y mimos y charlas. Después él se ha marchado a su casa y yo me he quedado básicamente tirada semidesnuda en la cama, en absoluto silencio, leyendo blogs en el iPad y comiendo pepitas de cacao puro. No quedaba papel higiénico, pero no me apetecía bajar a comprar y estoy usando cleenex. Me he apañado una cena con alubias cocidas y un par de verduras que quizá o quizá no estén en mal estado. He puesto y tendido mi mini-lavadora con mi ropa, hablado por teléfono un buen rato y ahora estoy escribiendo sin nadie que me interrumpa.
De verdad, de verdad: me encanta esto. Me encantan el silencio y la capacidad de poder hacer con mi tiempo lo que me sale de las narices. Me encanta disponer de mi (poco) dinero, no tener que aceptar trabajos de mierda para mantener a una familia, poder plantearme mudanzas frecuentes, viajes largos, periodos de meditación o una dedicación intensiva a la escritura. Me encanta mi tiempo a solas con Pablo. Me aberraría que nuestras conversaciones sólo giraran en torno a nuestros hijos. Sé que son los primeros meses, que es la emoción, que blablablá, pero opino que esto va a ir a mejor. El porteño y yo somos dos grandes mentes, así que no tenemos más remedio que evolucionar. Y si nos aburrimos hasta el punto de necesitar a un tercero para que nos dé vidilla, quizá la cosa no vaya del todo bien.
Además, están mis razones espirituales. No me interesa el amor maternal. No quiero ese tipo de apego irracional e incondicional hacia nadie, ni que nadie lo sienta hacia mí. Quiero cultivar relaciones voluntarias de amor condicional y maduro. Quiero trabajar mi capacidad de servir a otros y ser generosa porque sí, y no porque locos chutes hormonales me obliguen. No creo que tener un hijo para quererlo y que te quiera sea un acto particularmente generoso. Adoptar es generoso. Crear a un humano de la nada para que llene mis necesidades de realización, amor y propósito me parece, como mucho, normal.
Desde el punto de vista ético, no tener hijos es la acción ecologista definitiva. Mis no hijos van a dejar más sitio a los hijos de los demás. Tampoco tengo claro que me guste la idea de traer niños a un planeta que vamos a dejar hecho una mierda. Creo que hay bastante trabajo que hacer, y prefiero destinar mis recursos a la gente que ya existe. Quiero comunicarme con mis lectores. Quiero mejorar el mundo. Para eso necesito tiempo y energía. Mi tiempo y energía pueden llegar a mucha gente; ¿por qué querría crear a un par de seres para que lo consuman todo?
Por no hablar de todos los aspectos que me dan simplemente PEREZA. Estar preñada, ponerte como un balón, andar como un pato. Que mi cuerpo se estire y luego se achique. Las estrías, las hemorroides, que tu vagina se ensanche, la episiotomía, las varices, el amamantamiento esclavo y no poder dormir bien durante AÑOS. Ser "mamá" y tener que relacionarte con otras "mamás". Que gran parte de tu cerebro y tu personalidad queden absorbidos por el nuevo ser. Que TODA TU VIDA (trabajo, tiempo libre, vacaciones, lugar de residencia...) tenga que girar en torno a él. Perder apetito sexual. Estar más cansada, no tener silencio, verte siempre obligada a elegir entre tu trabajo y tus hijos o entre tu ocio y tus hijos, sentirte culpable, sentirte frustrada. Pensar en la de cosas que podrías hacer si.
Y termino con el hecho de que a mí en general me la pelan bastante los niños. No es que me gusten o me dejen de gustar. Son personas. Si la interacción que tengo con ellos es buena, me gustan; si no, no me gustan. Hay niños que me caen bien y otros que me caen fatal. Prefiero pasar el tiempo con adultos que con niños, en general (aunque, claramente, prefiero a algunos niños antes que a ciertos adultos). Me aburro de un bebé en los cinco primeros minutos. Entre los cuatro y los nueve años hay un intervalo de edad que me suele divertir; después viene la preadolescencia y la mayoría de los niños se pone insoportable. Luego los adolescentes, por el amor de Dios. Y después seguir tragándote los marrones laborales, familiares, económicos y de salud de tu hijo hasta que te mueras, con la esperanza de que te cuide en tus años chungos y la posibilidad de que lo haga odiándote o directamente pase.
En cualquier caso, y volviendo al principio, después de todo este trabajo reflexivo que estoy haciendo últimamente respecto a este tema, se trata mucho más de los aspectos positivos. De tooooodo lo que podré hacer, ver, experimentar y decidir si no tengo hijos. Me encanta imaginarme esa vida. Me gusta, imaginarla con Pablo, pero también me apetecería yo sola si no le hubiera conocido. Hay muchas experiencias en esta vida que me llaman más la atención que ser madre. Escribir libros, escalar muy alto, aprender a querer como es debido a mi hombrecito argentino, encontrar la paz, recorrer el mundo, servir a los demás. Me encanta la posibilidad de disponer de muchos años de juventud en blanco, sin los tiempos que impone la crianza, y elegir cómo rellenarlos a medida que vayan viniendo, como quien coloca libros en una estantería.
Seguro que a otros les compensa. Tiene pinta de ser una droga dura. Yo, sin embargo, no lo veo claro, y prefiero arrepentirme de no tenerlos a arrepentirme de tenerlos.
Creo que esta decisión es buena, porque me da mucha paz y mucha alegría.
I can't wait to not have kids.
sábado, 20 de julio de 2013
Reencontrando a Fante
A mí Fante me chupaba un pie.
Empecé uno de los libros de Arturo Bandini cuando conocí al señor K. y todavía le hacía caso; creo que era "Pregúntale al polvo". Me aberró tanto que lo dejé a la mitad. Lo poco que recuerdo del libro es que el tipo se pasaba la vida sin un duro porque quería escribir. Robaba comida, se alimentaba sólo de naranjas y atracaba el camión del lechero. Entretanto, lloriqueaba: ¡¡quiero escribir!! Yo pensaba: John Fante, búscate un trabajo, págale al casero y crece de una vez. Me desesperó y lo dejé.
El martes pasado vagaba yo por la FNAC al mediodía. El calor de la calle me hacía pensar en esconderme tras una estantería y quedarme dormida. Rebusqué sin prisas por la sección de literatura extranjera y me quedé por enésima vez dudando ante Las uvas de la ira, como Hamlet con la calavera. Me gusta lo (poco) que he leído de Steinbeck, pero ese libro me da como pereza.
Resulta que últimamente he tenido un par de batacazos literarios. Uno es La mujer que pasó un año en la cama: la idea es buena, pero el resultado es un desperdicio. Le falta un hervor. El otro es La verdad sobre el caso Harry Quebert, que es uno de esos libros con efecto Cheetos: te gustan, no puedes parar cuando los empiezas, pero sabes que no te hacen bien. No sé explicar lo que me ha pasado con ese libro, porque no está mal escrito nivel el pavo aquel de Vive como puedas. De hecho, la trama está muy, muy bien construida y resulta muy sorprendente y adictiva. Pero no escribe bien. Creo. Es un suizo que escribe sobre América a golpe de topicazo. Y abusa de las comas.
Iba yo entonces con una cierta sensación incómoda, pensando que se me había averiado el criterio de la belleza. Aun así, insisto: el libro está muy bien hecho y doy por bien empleados mis veintitantos euros. Pero había tomado una determinación: al carajo los autores desconocidos y contemporáneos. Que a veces aciertas y a veces la lías, Marina querida. Vamos a lo seguro. Comencé con Carson McCullers, que escribe tan bonito que quieres llorar, y ahora ahí estaba en la FNAC, mirando a Steinbeck con la cara de Popeye cuando fuma en pipa.
Entonces vi El vino de la juventud: una recopilación de relatos de John Fante. Justo unos minutos antes había estado pensando que me apetecía leer relatos, lo que es bastante raro, porque casi siempre apetecen más las novelas. Eché un ojo a la contraportada y vi que los cuentos hablaban de una familia italoamericana afincada en Colorado. Me acordé de Toni, que me escribía cuando viajé a Boulder pidiéndome que recordara a Fante. Y bueno, sintiéndome un poco culpable por el riesgo económico-lector que estaba corriendo, me lo compré.
Y ahí, una vez más, entiendes que la diferencia entre el libro del suizo y esto no sé si se puede describir muy bien con palabras, pero está ahí. Es gozo literario. Es que tus neuronas cantan cuando las alimentas con libros así. Qué bien me lo estoy pasando contigo, John Fante. Qué bien escribes y cómo me molas.
Me gustan los relatos de infancia y adolescencia. Este libro me recuerda a Guillermo el Travieso, que sacaba yo de la biblioteca de mi colegio con mi carnet de cartón verde, o a Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Me gustan los chicos malos, supongo que porque yo siempre he sido una chica buena. Me encantaba Guillermo y ese magnetismo extraño que sentía hacia la maldad, hacia hacer travesuras sin poderse contener. Cómo se peleaba, se ensuciaba el cuello y desesperaba a su elegante familia. Aquí también seguimos a varios chicos italianos que rompen farolas, se escapan de casa, mendigan pastel a las monjas y huyen corriendo de las palizas de su padre. Hay una alegría inusitada en estos cuentos. Hablan de pobreza, de miseria y de desesperación, pero tienen esa alegría intensa de descubrir con palabras que todo está iluminado.
En este libro, Fante habla de las familias italianas y pobres asentadas en Denver, de la nieve de Boulder, de las costumbres absurdas de la iglesia católica. Casi lloro de risa en el metro cuando el protagonista le llena al cura el cáliz con tinta y zumo, y después se pasa toda la misa arrepentidísimo intentando lograr una "verdadera contrición" porque piensa en Jesús llorando lágrimas de sangre. Me divierte reconocerme en esa imaginería católica y bizarra, y también reconocer las calles de Boulder cubiertas por la nieve: Pearl Street, Arapahoe, Walnut. El Boulder de Fante no se parece nada al mío, sin embargo; no quedan rastros de esa dureza en la bonita burbuja ortoréxica que yo conocí. Aun así, son las mismas calles, las mismas Rocosas al fondo y la misma nieve.
Menos mal que existen los libros, en serio. Ni el amor, ni mi trabajo, ni siquiera Buda, ni siquiera escribir, me devuelven tanto la fe en la Humanidad como los libros buenos. Muchas gracias, John Fante: has dejado de chuparme un pie. Voy a darle otra oportunidad a Bandini. Espero que haya algún cielo para ti. No el paraíso católico, de nubles blancas y llamativas túnicas de raso. Ahí te aburrirías como una mona. Espero que haya algún paraíso reservado para alguien que se dejó la piel buscando la belleza, que tuvo el arrojo de escribirla y publicarla, y que ahora me la presta durante un rato para poder sonreír espachurrada en el metro. Ahora entiendo lo de las naranjas. Porque, como muy bien dices en El soñador, tenías mucho que escribir. Tanto que te dolía por dentro.
Empecé uno de los libros de Arturo Bandini cuando conocí al señor K. y todavía le hacía caso; creo que era "Pregúntale al polvo". Me aberró tanto que lo dejé a la mitad. Lo poco que recuerdo del libro es que el tipo se pasaba la vida sin un duro porque quería escribir. Robaba comida, se alimentaba sólo de naranjas y atracaba el camión del lechero. Entretanto, lloriqueaba: ¡¡quiero escribir!! Yo pensaba: John Fante, búscate un trabajo, págale al casero y crece de una vez. Me desesperó y lo dejé.
El martes pasado vagaba yo por la FNAC al mediodía. El calor de la calle me hacía pensar en esconderme tras una estantería y quedarme dormida. Rebusqué sin prisas por la sección de literatura extranjera y me quedé por enésima vez dudando ante Las uvas de la ira, como Hamlet con la calavera. Me gusta lo (poco) que he leído de Steinbeck, pero ese libro me da como pereza.
Resulta que últimamente he tenido un par de batacazos literarios. Uno es La mujer que pasó un año en la cama: la idea es buena, pero el resultado es un desperdicio. Le falta un hervor. El otro es La verdad sobre el caso Harry Quebert, que es uno de esos libros con efecto Cheetos: te gustan, no puedes parar cuando los empiezas, pero sabes que no te hacen bien. No sé explicar lo que me ha pasado con ese libro, porque no está mal escrito nivel el pavo aquel de Vive como puedas. De hecho, la trama está muy, muy bien construida y resulta muy sorprendente y adictiva. Pero no escribe bien. Creo. Es un suizo que escribe sobre América a golpe de topicazo. Y abusa de las comas.
Iba yo entonces con una cierta sensación incómoda, pensando que se me había averiado el criterio de la belleza. Aun así, insisto: el libro está muy bien hecho y doy por bien empleados mis veintitantos euros. Pero había tomado una determinación: al carajo los autores desconocidos y contemporáneos. Que a veces aciertas y a veces la lías, Marina querida. Vamos a lo seguro. Comencé con Carson McCullers, que escribe tan bonito que quieres llorar, y ahora ahí estaba en la FNAC, mirando a Steinbeck con la cara de Popeye cuando fuma en pipa.
Entonces vi El vino de la juventud: una recopilación de relatos de John Fante. Justo unos minutos antes había estado pensando que me apetecía leer relatos, lo que es bastante raro, porque casi siempre apetecen más las novelas. Eché un ojo a la contraportada y vi que los cuentos hablaban de una familia italoamericana afincada en Colorado. Me acordé de Toni, que me escribía cuando viajé a Boulder pidiéndome que recordara a Fante. Y bueno, sintiéndome un poco culpable por el riesgo económico-lector que estaba corriendo, me lo compré.
Y ahí, una vez más, entiendes que la diferencia entre el libro del suizo y esto no sé si se puede describir muy bien con palabras, pero está ahí. Es gozo literario. Es que tus neuronas cantan cuando las alimentas con libros así. Qué bien me lo estoy pasando contigo, John Fante. Qué bien escribes y cómo me molas.
Me gustan los relatos de infancia y adolescencia. Este libro me recuerda a Guillermo el Travieso, que sacaba yo de la biblioteca de mi colegio con mi carnet de cartón verde, o a Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Me gustan los chicos malos, supongo que porque yo siempre he sido una chica buena. Me encantaba Guillermo y ese magnetismo extraño que sentía hacia la maldad, hacia hacer travesuras sin poderse contener. Cómo se peleaba, se ensuciaba el cuello y desesperaba a su elegante familia. Aquí también seguimos a varios chicos italianos que rompen farolas, se escapan de casa, mendigan pastel a las monjas y huyen corriendo de las palizas de su padre. Hay una alegría inusitada en estos cuentos. Hablan de pobreza, de miseria y de desesperación, pero tienen esa alegría intensa de descubrir con palabras que todo está iluminado.
En este libro, Fante habla de las familias italianas y pobres asentadas en Denver, de la nieve de Boulder, de las costumbres absurdas de la iglesia católica. Casi lloro de risa en el metro cuando el protagonista le llena al cura el cáliz con tinta y zumo, y después se pasa toda la misa arrepentidísimo intentando lograr una "verdadera contrición" porque piensa en Jesús llorando lágrimas de sangre. Me divierte reconocerme en esa imaginería católica y bizarra, y también reconocer las calles de Boulder cubiertas por la nieve: Pearl Street, Arapahoe, Walnut. El Boulder de Fante no se parece nada al mío, sin embargo; no quedan rastros de esa dureza en la bonita burbuja ortoréxica que yo conocí. Aun así, son las mismas calles, las mismas Rocosas al fondo y la misma nieve.
Menos mal que existen los libros, en serio. Ni el amor, ni mi trabajo, ni siquiera Buda, ni siquiera escribir, me devuelven tanto la fe en la Humanidad como los libros buenos. Muchas gracias, John Fante: has dejado de chuparme un pie. Voy a darle otra oportunidad a Bandini. Espero que haya algún cielo para ti. No el paraíso católico, de nubles blancas y llamativas túnicas de raso. Ahí te aburrirías como una mona. Espero que haya algún paraíso reservado para alguien que se dejó la piel buscando la belleza, que tuvo el arrojo de escribirla y publicarla, y que ahora me la presta durante un rato para poder sonreír espachurrada en el metro. Ahora entiendo lo de las naranjas. Porque, como muy bien dices en El soñador, tenías mucho que escribir. Tanto que te dolía por dentro.
lunes, 15 de julio de 2013
Al menos
Al menos ronca.
Eso pienso ahora mismo, mientras le miro dormir boca arriba, cubierto con mis sábanas de rayas color pastel. Al menos ronca, y ni siquiera es porque fume, que no fuma, sino porque alguna planta que todavía no ha identificado le da alergia y le tiene la nariz medio tapada.
Digo al menos porque, más allá de eso, es perfecto. No él. No yo. Nuestra relación. Ni siquiera nuestra relación: digamos que es lo bastante imperfecta como para ser perfecta. Los días se deslizan redondos como monedas. Nos despertamos hoy sobre las sábanas blancas de un hotel de Cuenca, y comemos entre risas en un bar donde al camarero casi le explota el cerebro al pedirle que le quitara la carne a una pizza. Escalamos poco y mal en los escasos sectores que este asqueroso sol de julio deja a la sombra. Volvemos a casa como en un videoclip: yo conduzco, él se adormila en mi hombro, hablamos, se hace cereales con leche de almendra en el asiento del copiloto y me va dando cucharaditas en la boca como si fuera un pájaro bebé.
Por la noche vemos Ruby Sparks con palomitas caseras en el salón de casa, debatimos sobre la peli tumbados en la cama mientras olemos la lluvia tras la ventana abierta y le leo un par de cuentos acodada sobre las almohadas. Luego hablamos de la muerte y nos abrazamos desnudos bajo las sábanas.
Y ni siquiera he empezado a hablar sobre sexo.
Me he levantado hace un rato de la cama porque, por un rato, pensar en la realidad de la muerte me abrumaba: ahora me aterra no sólo morirme yo, sino que se muera él, y la certeza de que las dos cosas van a pasar y de que las dos nos separarán. Sé que es ponerse intensa y que seguramente estamos hablando de algún efecto de la primera fase de la relación que se me pasará (¿tanatoerotofobia temprana?). O no, qué sé yo: me cuesta imaginar un estado posterior a éste en el que la posibilidad de perderle no me dé pánico.
"Mi certeza", me llama él, y me rasca la cabecita diciéndome que le da lástima pensar en toda mi vida anterior, tan a corazón abierto. Que entiende que haya sufrido por amor. "Conmigo estás segura", me explica, y me siento así; no tanto porque él vaya a ser bueno siempre, o a quererme siempre, sino porque saca lo mejor de mí con la suficiente frecuencia como para creer que puedo merecer y cuidar ese amor toda la vida.
Pero, como os decía, ronca, y no sé si son sus ronquidos o el miedo a la muerte lo que me mantiene despierta esta madrugada de lunes, cabreada ante la certeza de que otra vez voy a empezar la semana cansada. Qué vamos a hacerle. Dentro de unas horas, cuando me duelan los párpados y note en la lengua el sabor metálico de la falta de sueño, pensaré cómo duerme ahora mismo boca arriba, apoyando los dedos en la caja de sus costillas. En la curva que la barba dibuja en su mandíbula y en el recuerdo de sus ojos azules detrás de sus párpados. Y, por supuesto, pensaré en estos ronquidos terribles, disonantes y bruscos, que deja escapar a ratos entre sus labios traviesos y que estoy convencida de que en algún momento empezarán a gustarme.
Eso pienso ahora mismo, mientras le miro dormir boca arriba, cubierto con mis sábanas de rayas color pastel. Al menos ronca, y ni siquiera es porque fume, que no fuma, sino porque alguna planta que todavía no ha identificado le da alergia y le tiene la nariz medio tapada.
Digo al menos porque, más allá de eso, es perfecto. No él. No yo. Nuestra relación. Ni siquiera nuestra relación: digamos que es lo bastante imperfecta como para ser perfecta. Los días se deslizan redondos como monedas. Nos despertamos hoy sobre las sábanas blancas de un hotel de Cuenca, y comemos entre risas en un bar donde al camarero casi le explota el cerebro al pedirle que le quitara la carne a una pizza. Escalamos poco y mal en los escasos sectores que este asqueroso sol de julio deja a la sombra. Volvemos a casa como en un videoclip: yo conduzco, él se adormila en mi hombro, hablamos, se hace cereales con leche de almendra en el asiento del copiloto y me va dando cucharaditas en la boca como si fuera un pájaro bebé.
Por la noche vemos Ruby Sparks con palomitas caseras en el salón de casa, debatimos sobre la peli tumbados en la cama mientras olemos la lluvia tras la ventana abierta y le leo un par de cuentos acodada sobre las almohadas. Luego hablamos de la muerte y nos abrazamos desnudos bajo las sábanas.
Y ni siquiera he empezado a hablar sobre sexo.
Me he levantado hace un rato de la cama porque, por un rato, pensar en la realidad de la muerte me abrumaba: ahora me aterra no sólo morirme yo, sino que se muera él, y la certeza de que las dos cosas van a pasar y de que las dos nos separarán. Sé que es ponerse intensa y que seguramente estamos hablando de algún efecto de la primera fase de la relación que se me pasará (¿tanatoerotofobia temprana?). O no, qué sé yo: me cuesta imaginar un estado posterior a éste en el que la posibilidad de perderle no me dé pánico.
"Mi certeza", me llama él, y me rasca la cabecita diciéndome que le da lástima pensar en toda mi vida anterior, tan a corazón abierto. Que entiende que haya sufrido por amor. "Conmigo estás segura", me explica, y me siento así; no tanto porque él vaya a ser bueno siempre, o a quererme siempre, sino porque saca lo mejor de mí con la suficiente frecuencia como para creer que puedo merecer y cuidar ese amor toda la vida.
Pero, como os decía, ronca, y no sé si son sus ronquidos o el miedo a la muerte lo que me mantiene despierta esta madrugada de lunes, cabreada ante la certeza de que otra vez voy a empezar la semana cansada. Qué vamos a hacerle. Dentro de unas horas, cuando me duelan los párpados y note en la lengua el sabor metálico de la falta de sueño, pensaré cómo duerme ahora mismo boca arriba, apoyando los dedos en la caja de sus costillas. En la curva que la barba dibuja en su mandíbula y en el recuerdo de sus ojos azules detrás de sus párpados. Y, por supuesto, pensaré en estos ronquidos terribles, disonantes y bruscos, que deja escapar a ratos entre sus labios traviesos y que estoy convencida de que en algún momento empezarán a gustarme.
lunes, 8 de julio de 2013
Dos meses
Hace dos meses hoy, lo que quiere decir que, si descontamos el desfase horario, hace exactamente dos meses estaba yo sentada en Love Muffin en Moab, Utah, esperando a que Pablo entrara por la puerta para irnos a pasear por Canyonlands. Había pedido un gofre integral gigante de ocho dólares y un café americano con crema, y los liquidaba con alegría mientras leía en el iPad. Entonces llegó él y lo cambió todo.
Ayer tratábamos de calcurlar los kilómetros que hemos conducido juntos. Volvíamos de pasar el fin de semana escalando en Alicante con vistas al mar, y él conducía la furgo mientras bebíamos café autocalentable de la gasolinera. Dice que es el mejor café que ha probado en España después del de Starbucks, y éste es mi Pablo: el que piensa que el café español es una bomba agujerea-estómagos y prefiere una mezcolanza aguada con sabor a vainilla. Yo le observaba conducir y no podía apartar la vista de su cara. Me pasa a veces; "picos de ternura", los llamo. Y en esos picos, su cara me parece fascinante como un paisaje lunar; siempre hermosa, vibrando con sus emociones como la superficie del océano.
Hemos recorrido muchos kilómetros juntos, mi argentino y yo. No nos asusta conducir. Recuerdo aquel primer viaje, entre Moab y City of Rocks, cuando hablábamos y hablábamos para reducir al máximo la cantidad de información sobre el otro que nos faltaba. Yo le acariciaba la rodilla con la mano. Él sonreía como ayer, con su perfil a contraluz frente al paisaje. Desde aquel primer viaje, andamos buscando la manera de hacer encajar las piezas de puzle que nos componen y fundando nuestro propio país: Españargentusa, quizá, o los United States de Argentalucía.
Estoy enamorada de este chico más de lo que las palabras pueden expresar. Es como un regalo de reyes. Como ese regalo especial que has estado suplicando tanto tiempo, y que al final llega, y que no puedes creer que sea real cuando lo tienes en tus manos. ¿Esto es para mí? ¿Seguro? ¿Y puedo jugar con él tanto como quiera? Así es Pablo, porque es puro juego. Puro disfrute, existencialmente hablando, en el sentido de que todo lo que tiene que ver con él es fácil. Él lo hace fácil. Está en mi rincón del cuadrilátero. No sé contra quién es la lucha, pero no es contra él.
Así que le miro y disfruto de esa fascinación que me produce su cara, y después, cuando no está conmigo, y me siento en los grupos de pacientes del hospital de día, o manoseo los pisapapeles de burbujas en la reunión de la mañana, mi cabeza vuelve a él como a un lugar seguro. Entonces pienso en sus ojos azules, tan llenos de vida, y en la forma en que respira fuerte frente al ordenador cuando está nervioso, y también en cómo cambia esa respiración cuando se duerme entre mis brazos. Pienso en la caja de sus costillas y en su risa, en todo lo grande y lo pequeño que es a la vez. En lo duro que trabaja, porque trabaja más duro que nadie que conozca. En sus gemelos de corredor y sus colmillos de vampiro moderno.
No me resulta fácil entender este amor, porque él cambia cada día, cada semana. Se añaden más facetas al Pablo que conozco y tengo que recomponer el rompecabezas que su inteligencia, su humor y su ternura construyen para mí cada vez que compartimos un rato juntos. Y, aun así, el amor crece y, sobre todo, permanece lo mismo que empecé a sentir hace ahora dos meses, en un lugar perdido en mitad del desierto: esas ganas tan básicas de estar a su lado. Volvíamos en coche desde Canyonlands y ya lo sabía: me gustaba aquel chico, me gustaba mucho y quería pasar más tiempo con él. Lo supe esa noche, cuando cenamos en la terraza del Peace Tree, y más tarde, cuando acepté pedir café para llevar y conducir hasta el desierto para mirar el cielo sin estrellas. Lo supe al día siguiente, cuando acepté viajar juntos diez horas hasta Idaho buscando sol y roca. Lo supe cuando le dije que claro, que viniera a España, y más tarde que claro, que cambiara el billete de vuelta para septiembre. Lo sé ahora cuando le miro a los ojos y le pido que se quede. No sé si ocurrirá de forma real o metafórica, pero tampoco importa tanto. Quiero que se quede.
Y poco más. Que te re quiero, guacho, y que vos lo sabés. Que me pierdo contigo. Que sos mi persona. Y que todas las otras cosas sobre este amor, que son muchas, te las puedo escribir hablando en voz alta, tumbada a tu lado en la cama o sentada en el asiento del copiloto de cualquier coche, de cualquier carretera, de cualquier país, porque mi hogar estará allá donde estés tú.
Ayer tratábamos de calcurlar los kilómetros que hemos conducido juntos. Volvíamos de pasar el fin de semana escalando en Alicante con vistas al mar, y él conducía la furgo mientras bebíamos café autocalentable de la gasolinera. Dice que es el mejor café que ha probado en España después del de Starbucks, y éste es mi Pablo: el que piensa que el café español es una bomba agujerea-estómagos y prefiere una mezcolanza aguada con sabor a vainilla. Yo le observaba conducir y no podía apartar la vista de su cara. Me pasa a veces; "picos de ternura", los llamo. Y en esos picos, su cara me parece fascinante como un paisaje lunar; siempre hermosa, vibrando con sus emociones como la superficie del océano.
Hemos recorrido muchos kilómetros juntos, mi argentino y yo. No nos asusta conducir. Recuerdo aquel primer viaje, entre Moab y City of Rocks, cuando hablábamos y hablábamos para reducir al máximo la cantidad de información sobre el otro que nos faltaba. Yo le acariciaba la rodilla con la mano. Él sonreía como ayer, con su perfil a contraluz frente al paisaje. Desde aquel primer viaje, andamos buscando la manera de hacer encajar las piezas de puzle que nos componen y fundando nuestro propio país: Españargentusa, quizá, o los United States de Argentalucía.
Estoy enamorada de este chico más de lo que las palabras pueden expresar. Es como un regalo de reyes. Como ese regalo especial que has estado suplicando tanto tiempo, y que al final llega, y que no puedes creer que sea real cuando lo tienes en tus manos. ¿Esto es para mí? ¿Seguro? ¿Y puedo jugar con él tanto como quiera? Así es Pablo, porque es puro juego. Puro disfrute, existencialmente hablando, en el sentido de que todo lo que tiene que ver con él es fácil. Él lo hace fácil. Está en mi rincón del cuadrilátero. No sé contra quién es la lucha, pero no es contra él.
Así que le miro y disfruto de esa fascinación que me produce su cara, y después, cuando no está conmigo, y me siento en los grupos de pacientes del hospital de día, o manoseo los pisapapeles de burbujas en la reunión de la mañana, mi cabeza vuelve a él como a un lugar seguro. Entonces pienso en sus ojos azules, tan llenos de vida, y en la forma en que respira fuerte frente al ordenador cuando está nervioso, y también en cómo cambia esa respiración cuando se duerme entre mis brazos. Pienso en la caja de sus costillas y en su risa, en todo lo grande y lo pequeño que es a la vez. En lo duro que trabaja, porque trabaja más duro que nadie que conozca. En sus gemelos de corredor y sus colmillos de vampiro moderno.
No me resulta fácil entender este amor, porque él cambia cada día, cada semana. Se añaden más facetas al Pablo que conozco y tengo que recomponer el rompecabezas que su inteligencia, su humor y su ternura construyen para mí cada vez que compartimos un rato juntos. Y, aun así, el amor crece y, sobre todo, permanece lo mismo que empecé a sentir hace ahora dos meses, en un lugar perdido en mitad del desierto: esas ganas tan básicas de estar a su lado. Volvíamos en coche desde Canyonlands y ya lo sabía: me gustaba aquel chico, me gustaba mucho y quería pasar más tiempo con él. Lo supe esa noche, cuando cenamos en la terraza del Peace Tree, y más tarde, cuando acepté pedir café para llevar y conducir hasta el desierto para mirar el cielo sin estrellas. Lo supe al día siguiente, cuando acepté viajar juntos diez horas hasta Idaho buscando sol y roca. Lo supe cuando le dije que claro, que viniera a España, y más tarde que claro, que cambiara el billete de vuelta para septiembre. Lo sé ahora cuando le miro a los ojos y le pido que se quede. No sé si ocurrirá de forma real o metafórica, pero tampoco importa tanto. Quiero que se quede.
Y poco más. Que te re quiero, guacho, y que vos lo sabés. Que me pierdo contigo. Que sos mi persona. Y que todas las otras cosas sobre este amor, que son muchas, te las puedo escribir hablando en voz alta, tumbada a tu lado en la cama o sentada en el asiento del copiloto de cualquier coche, de cualquier carretera, de cualquier país, porque mi hogar estará allá donde estés tú.
miércoles, 5 de junio de 2013
Objeto transicional
Queridos míos:
¡Os echo de menos! ¡¡¡AAARGHHH!!!
Se admiten porras acerca de cuánto aguanto sin volver.
No obstante, de momento me voy a mantener firme como la aldea gala, aunque sólo sea porque estoy invirtiendo mi tiempo en preparar el recopilatorio del que os hablé. Va a quedar chuli. La idea es reunir los mejores posts y añadir explicaciones y comentarios, como los directores famosos cuando proyectan su peli y van hablando, solo que sin peli y sin fama. También quiero incluir posts inéditos y otros materiales jugosos (¿Fotos guarras? ¿Secretos inconfesables?).
No quiero que andéis volviendo por aquí a cada rato como almas perdidas, así que he creado una lista de correo para que os apuntéis. Prometo no rayar y limitarme a avisar de las novedades respecto al libro: cómo va, cuándo estará listo, dónde y cómo se podrá comprar, etc. etc. A lo mejor también envío algún fragmento para que me digáis si os gusta el formato y cómo va quedando.
Os podéis apuntar aquí.
Nos vemos, guapetes.
¡Os echo de menos! ¡¡¡AAARGHHH!!!
Se admiten porras acerca de cuánto aguanto sin volver.
No obstante, de momento me voy a mantener firme como la aldea gala, aunque sólo sea porque estoy invirtiendo mi tiempo en preparar el recopilatorio del que os hablé. Va a quedar chuli. La idea es reunir los mejores posts y añadir explicaciones y comentarios, como los directores famosos cuando proyectan su peli y van hablando, solo que sin peli y sin fama. También quiero incluir posts inéditos y otros materiales jugosos (¿Fotos guarras? ¿Secretos inconfesables?).
No quiero que andéis volviendo por aquí a cada rato como almas perdidas, así que he creado una lista de correo para que os apuntéis. Prometo no rayar y limitarme a avisar de las novedades respecto al libro: cómo va, cuándo estará listo, dónde y cómo se podrá comprar, etc. etc. A lo mejor también envío algún fragmento para que me digáis si os gusta el formato y cómo va quedando.
Os podéis apuntar aquí.
Nos vemos, guapetes.
domingo, 2 de junio de 2013
Tengo una noticia buena y una mala
[Edito: he creado una lista de correo para quien quiera información sobre el libro: cuando saldrá, qué formato tendrá, etc. Quizá también mande algún fragmento u os pida vuestra opinión sobre algo. Es una lista 100% spam-free que tiene como única misión permanecer en contacto, y borrarse es fácil. Os podéis apuntar aquí]
La buena es... bueno, la buena es que estamos vivos, que parece que sí habrá verano, que muero de amor de una forma ridícula, que he salido de Muertelandia, que voy a escribir todos los días y que vosotros lo podréis leer.
La mala es que voy a dejar de escribir aquí.
Sé que he dicho muchas veces que nunca me iría, que del barco de Chanquete no me iban a mover y tal, pero después de pensarlo un tiempo y de reflexionar sobre posibles cambios, creo que es el camino adecuado.
Algunas cosas han cambiado últimamente. Incluso antes del viaje, de conocer a P. y de pasarme las noches hablando por Skype y los días escribiendo mails de longitud agotadora, algo estaba cambiando. Los temas principales sobre los que he reflexionado estos meses han sido la autenticidad y la integración entre mis diferentes facetas. Además, cada vez crece más en mi mente (y un poco también en la realidad) el Proyecto Psicosupervivencia, y cada vez tengo más ganas de intentar hacer de la escritura online algo que pueda contribuir a sostenerme en un futuro.
A este blog le dedico entre media y una hora por cada entrada, y ahora mismo necesito ese mismo tiempo para avanzar en mis demás proyectos de forma consistente. Además, como ya os conté, me gustaría integrar parte del espíritu de Massobreloslunes en Psicosupervivencia: introducir más experiencias personales, más conexiones con la vida cotidiana y con la belleza que nos rodea. Quizá menos chorradas, pero bueno; últimamente no tengo tantas ganas de chorradas en el mal sentido de la palabra. Últimamente quiero escribir cosas que importen.
Pero creo que lo más importante es que todo este tiempo, y sobre todo durante los últimos dos años, yo me he sentado a escribir aquí con todo mi corazón. Mi alma estaba en este proyecto. No sabía dónde me llevaría, pero estaba aquí: totalmente presente y dispuesta a descubrir qué surgía. Ahora mi alma está en otros sitios. Quiero escribir sobre psicología, y también extraño escribir ficción. Quiero ir dando forma y profundidad a lo que escribo, en lugar de repetir un formato que ya tengo dominado.
Para que dé menos pena, y para darle un final merecido y por todo lo alto a este blog, he decidido recopilar los mejores posts y editarlos con material extra, algo así como un "making off", o como los extras de un DVD; después quiero formatearlo para Kindle y ponerlo a la venta en Amazon. El tema de venderlo no tiene que ver con nada más que con empezar a dar un valor a lo que escribo, más allá del inmenso cariño, alegría y agradecimiento que los lectores de este blog me habéis aportado siempre.
Sois amor, de verdad que lo sois.
Se me parte el corazón por dejar esto, pero estoy convencida de que tienen que entrar cosas nuevas. Además, insisto: voy a seguir escribiendo. Seguiré estando presente y compartiendo por Internet, pero quiero encontrar una única voz que pueda integrar en los distintos formatos y dar a conocer.
Gracias a todos, en serio. Gracias por todos los comentarios de apoyo, los regalitos de cumpleaños, las quedadas en Cádiz, en Málaga, en Granada, en Madrid, en Gijón, en Zaragoza... por la amistad, el amor, hasta el sexo... por defenderme de los trolls, por apuntaros a listas de correo cada vez que he privatizado, por contarme que me leéis por la mañana con el café, o por la noche antes de dormir.
De momento, nos quedamos aquí. Voy a emplear mi tiempo las próximas semanas en hacer la recopilación de posts y escribir más material para el libro. No sé si actualizaré con algo en estos días, porque ya sabéis que cada vez que digo que no escribiré más aquí, cambio de idea y vuelvo muy loca. Pero me parece que esta vez es distinto. Ya llevo varios meses arrastrando la sensación de que debía dejar marchar esto.
No os perdáis Psicosupervivencia, en cualquier caso. En breve voy a cambiar el formato y a tratar de escribir allí todos los días, a ver qué sale. Escritura Psicológica Extrema. No sé si va a ser una muy buena idea o una idea terrible que me condenará al ostracismo profesional, pero hay que arriesgarse.
De nuevo: gracias. Y lo siento por quien me vaya a echar de menos en este rincón. Será insustituible, de verdad. Vendrán otras cosas que espero que sean buenas, pero este blog siempre estará en mi corazoncito.
Os quiero más de lo que vosotros pensáis.
Besitos,
Marina
La buena es... bueno, la buena es que estamos vivos, que parece que sí habrá verano, que muero de amor de una forma ridícula, que he salido de Muertelandia, que voy a escribir todos los días y que vosotros lo podréis leer.
La mala es que voy a dejar de escribir aquí.
Sé que he dicho muchas veces que nunca me iría, que del barco de Chanquete no me iban a mover y tal, pero después de pensarlo un tiempo y de reflexionar sobre posibles cambios, creo que es el camino adecuado.
Algunas cosas han cambiado últimamente. Incluso antes del viaje, de conocer a P. y de pasarme las noches hablando por Skype y los días escribiendo mails de longitud agotadora, algo estaba cambiando. Los temas principales sobre los que he reflexionado estos meses han sido la autenticidad y la integración entre mis diferentes facetas. Además, cada vez crece más en mi mente (y un poco también en la realidad) el Proyecto Psicosupervivencia, y cada vez tengo más ganas de intentar hacer de la escritura online algo que pueda contribuir a sostenerme en un futuro.
A este blog le dedico entre media y una hora por cada entrada, y ahora mismo necesito ese mismo tiempo para avanzar en mis demás proyectos de forma consistente. Además, como ya os conté, me gustaría integrar parte del espíritu de Massobreloslunes en Psicosupervivencia: introducir más experiencias personales, más conexiones con la vida cotidiana y con la belleza que nos rodea. Quizá menos chorradas, pero bueno; últimamente no tengo tantas ganas de chorradas en el mal sentido de la palabra. Últimamente quiero escribir cosas que importen.
Pero creo que lo más importante es que todo este tiempo, y sobre todo durante los últimos dos años, yo me he sentado a escribir aquí con todo mi corazón. Mi alma estaba en este proyecto. No sabía dónde me llevaría, pero estaba aquí: totalmente presente y dispuesta a descubrir qué surgía. Ahora mi alma está en otros sitios. Quiero escribir sobre psicología, y también extraño escribir ficción. Quiero ir dando forma y profundidad a lo que escribo, en lugar de repetir un formato que ya tengo dominado.
Para que dé menos pena, y para darle un final merecido y por todo lo alto a este blog, he decidido recopilar los mejores posts y editarlos con material extra, algo así como un "making off", o como los extras de un DVD; después quiero formatearlo para Kindle y ponerlo a la venta en Amazon. El tema de venderlo no tiene que ver con nada más que con empezar a dar un valor a lo que escribo, más allá del inmenso cariño, alegría y agradecimiento que los lectores de este blog me habéis aportado siempre.
Sois amor, de verdad que lo sois.
Se me parte el corazón por dejar esto, pero estoy convencida de que tienen que entrar cosas nuevas. Además, insisto: voy a seguir escribiendo. Seguiré estando presente y compartiendo por Internet, pero quiero encontrar una única voz que pueda integrar en los distintos formatos y dar a conocer.
Gracias a todos, en serio. Gracias por todos los comentarios de apoyo, los regalitos de cumpleaños, las quedadas en Cádiz, en Málaga, en Granada, en Madrid, en Gijón, en Zaragoza... por la amistad, el amor, hasta el sexo... por defenderme de los trolls, por apuntaros a listas de correo cada vez que he privatizado, por contarme que me leéis por la mañana con el café, o por la noche antes de dormir.
De momento, nos quedamos aquí. Voy a emplear mi tiempo las próximas semanas en hacer la recopilación de posts y escribir más material para el libro. No sé si actualizaré con algo en estos días, porque ya sabéis que cada vez que digo que no escribiré más aquí, cambio de idea y vuelvo muy loca. Pero me parece que esta vez es distinto. Ya llevo varios meses arrastrando la sensación de que debía dejar marchar esto.
No os perdáis Psicosupervivencia, en cualquier caso. En breve voy a cambiar el formato y a tratar de escribir allí todos los días, a ver qué sale. Escritura Psicológica Extrema. No sé si va a ser una muy buena idea o una idea terrible que me condenará al ostracismo profesional, pero hay que arriesgarse.
De nuevo: gracias. Y lo siento por quien me vaya a echar de menos en este rincón. Será insustituible, de verdad. Vendrán otras cosas que espero que sean buenas, pero este blog siempre estará en mi corazoncito.
Os quiero más de lo que vosotros pensáis.
Besitos,
Marina
Suscribirse a:
Entradas (Atom)