Yo quiero no tener hijos.
No es que no quiera tener hijos. Es que quiero de forma activa llevar una vida libre de hijos para llenarla de otras muchas cosas.
Este tema es delicado. Yo lo sé. No es mi intención convencer a nadie, sino compartir con vosotros algunos pensamientos al respecto. Últimamente lo pienso mucho; más que nada, porque antes no era una opción por aquello de que iba a morir soltera y rodeada de gatos, pero como Pablo está opositando duramente al puesto de Maromo Definitivo, la cuestión podría ser al menos biológicamente posible. Y Pablo no quiere hijos, así que creo que es importante para mí tener una postura firme respecto al tema para que no haya malentendidos en el futuro.
Hasta hace poco, siempre había querido tener hijos. Estaba muy claro en mi cabeza. De hecho, me preocupaba bastante la posibilidad de no poder tenerlos, por no encontrar a un maromo o por ser estéril (¿es el miedo a ser estéril algo bastante común o yo soy medio rara?). Después, de repente,
mi reloj biológico se paró y ya no lo tenía tan claro. Se lo comentaba a la gente y me decían que tenía que ver con estar soltera. Que ya cambiaría de idea y que lo veía demasiado lejano.
No obstante, ahora que
tengo novio (DIOS, que hayáis vivido para leer esto, queridos míos, después de toda la brasa que he dado), mis ganas de tener hijos se han reducido hasta desaparecer en la nada. Porque, a ver, si nuestra vida de pareja ahora mismo es ridículamente estupenda, ¿por qué narices podría yo querer sacrificar eso por unos seres que no existen? ¿Qué clase de craving de experiencias y sensaciones podría ser tan potente como para renunciar a una vida que me encanta?
Porque me encanta mi vida. En serio. Y eso que es mejorable, por aquello de que odio Madrid y de que el PIR está empezando a quemar mis precarios fusibles. Pero ahora mismo mi realidad es fucking awesome. Pablo y yo viajamos, escalamos, charlamos, leemos, estamos en silencio y nos hacemos mimos. Hoy hemos almorzado juntos en un restaurante, hemos ido a mi piso,
jugado al parchís, intercambiado masajes y mimos y charlas. Después él se ha marchado a su casa y yo me he quedado básicamente tirada semidesnuda en la cama, en absoluto silencio, leyendo blogs en el iPad y comiendo pepitas de cacao puro. No quedaba papel higiénico, pero no me apetecía bajar a comprar y estoy usando cleenex. Me he apañado una cena con alubias cocidas y un par de verduras que quizá o quizá no estén en mal estado. He puesto y tendido mi mini-lavadora con mi ropa, hablado por teléfono un buen rato y ahora estoy escribiendo sin nadie que me interrumpa.
De verdad, de verdad: me encanta esto. Me encantan el silencio y la capacidad de poder hacer con mi tiempo lo que me sale de las narices. Me encanta disponer de mi (poco) dinero, no tener que aceptar trabajos de mierda para mantener a una familia, poder plantearme mudanzas frecuentes, viajes largos, periodos de meditación o una dedicación intensiva a la escritura. Me encanta mi tiempo a solas con Pablo. Me aberraría que nuestras conversaciones sólo giraran en torno a nuestros hijos. Sé que son los primeros meses, que es la emoción, que blablablá, pero opino que esto va a ir a mejor. El porteño y yo somos dos grandes mentes, así que no tenemos más remedio que evolucionar. Y si nos aburrimos hasta el punto de necesitar a un tercero para que nos dé vidilla, quizá la cosa no vaya del todo bien.
Además, están mis razones espirituales. No me interesa el amor maternal. No quiero ese tipo de apego irracional e incondicional hacia nadie, ni que nadie lo sienta hacia mí. Quiero cultivar relaciones voluntarias de amor condicional y maduro. Quiero trabajar mi capacidad de servir a otros y ser generosa porque sí, y no porque locos chutes hormonales me obliguen. No creo que tener un hijo para quererlo y que te quiera sea un acto particularmente generoso. Adoptar es generoso. Crear a un humano de la nada para que llene mis necesidades de realización, amor y propósito me parece, como mucho, normal.
Desde el punto de vista ético, no tener hijos es la acción ecologista definitiva. Mis no hijos van a dejar más sitio a los hijos de los demás. Tampoco tengo claro que me guste la idea de traer niños a un planeta que vamos a dejar hecho una mierda. Creo que hay bastante trabajo que hacer, y prefiero destinar mis recursos a la gente que ya existe. Quiero comunicarme con mis lectores. Quiero mejorar el mundo. Para eso necesito tiempo y energía. Mi tiempo y energía pueden llegar a mucha gente; ¿por qué querría crear a un par de seres para que lo consuman todo?
Por no hablar de todos los aspectos que me dan simplemente PEREZA. Estar preñada, ponerte como un balón, andar como un pato. Que mi cuerpo se estire y luego se achique. Las estrías, las hemorroides, que tu vagina se ensanche, la episiotomía, las varices, el amamantamiento esclavo y no poder dormir bien durante AÑOS. Ser "mamá" y tener que relacionarte con otras "mamás". Que gran parte de tu cerebro y tu personalidad queden absorbidos por el nuevo ser. Que TODA TU VIDA (trabajo, tiempo libre, vacaciones, lugar de residencia...) tenga que girar en torno a él. Perder apetito sexual. Estar más cansada, no tener silencio, verte siempre obligada a elegir entre tu trabajo y tus hijos o entre tu ocio y tus hijos, sentirte culpable, sentirte frustrada. Pensar en
la de cosas que podrías hacer si.
Y termino con el hecho de que a mí en general me la pelan bastante los niños. No es que me gusten o me dejen de gustar. Son personas. Si la interacción que tengo con ellos es buena, me gustan; si no, no me gustan. Hay niños que me caen bien y otros que me caen fatal. Prefiero pasar el tiempo con adultos que con niños, en general (aunque, claramente, prefiero a algunos niños antes que a ciertos adultos). Me aburro de un bebé en los cinco primeros minutos. Entre los cuatro y los nueve años hay un intervalo de edad que me suele divertir; después viene la preadolescencia y la mayoría de los niños se pone insoportable. Luego los adolescentes, por el amor de Dios. Y después seguir tragándote los marrones laborales, familiares, económicos y de salud de tu hijo hasta que te mueras, con la esperanza de que te cuide en tus años chungos y la posibilidad de que lo haga odiándote o directamente pase.
En cualquier caso, y volviendo al principio, después de todo este trabajo reflexivo que estoy haciendo últimamente respecto a este tema, se trata mucho más de los aspectos positivos. De tooooodo lo que podré hacer, ver, experimentar y decidir si no tengo hijos. Me encanta imaginarme esa vida. Me gusta, imaginarla con Pablo, pero también me apetecería yo sola si no le hubiera conocido. Hay muchas experiencias en esta vida que me llaman más la atención que ser madre. Escribir libros, escalar muy alto, aprender a querer como es debido a mi hombrecito argentino, encontrar la paz, recorrer el mundo, servir a los demás. Me encanta la posibilidad de disponer de muchos años de juventud en blanco, sin los tiempos que impone la crianza, y elegir cómo rellenarlos a medida que vayan viniendo, como quien coloca libros en una estantería.
Seguro que a otros les compensa. Tiene pinta de ser una droga dura. Yo, sin embargo, no lo veo claro, y prefiero arrepentirme de no tenerlos a arrepentirme de tenerlos.
Creo que esta decisión es buena, porque me da mucha paz y mucha alegría.
I can't wait to not have kids.