martes, 15 de abril de 2008
Mala salud de hierro
La mala es que el resto de mi cuerpo se deteriora a toda velocidad.
Empezó con la clásica sequedad labial, pequeños eczemas en los brazos y un extraño sarpullido en el dorso de la mano. Ahora llevo un par de semanas más cansada de lo habitual. Me duelen las articulaciones y los músculos, me agoto bailando danza del vientre (que mola, pero es el típico ejercicio que hacemos las mujeres que no hacemos deporte, así que no es para cansarse tanto) y no tengo fuerzas ni para bajar andando de la facultad. Pensaba que sería astenia primaveral, hasta que recordé un simpático fragmento del prospecto del Isdibén en el que explicaba que un efecto frecuente del medicamento es el dolor muscular y articular. Genial. Así que esta mañana, mientras desayunaba, he estado leyendo el prospecto entero. Mala idea.
A las nueve de la mañana pensaba que estaban atacándome juntos todos los efectos secundarios de las pastillas. Total, si formo parte del 10% al que no le hace efecto una sola tanda, ¿por qué no iba yo a ser esa 1 de cada 10000 que desarrolla artritis?
A las diez he empezado a mirarme obsesivamente al espejo para ver si me estaba poniendo amarilla por la hepatitis.
A las once y media he llamado a mi profesora de danza del vientre para decirle que no voy a ir más a los ensayos hasta que no vea al médico.
A las dos he añadido la psoriasis a mi lista de posibles enfermedades. Una mala piel es una mala piel.
A las cinco tenía las manos heladas y he empezado a pensar en problemas circulatorios y minitrombos.
A las seis le he preguntado a Funes si realmente tenía las manos heladas, para descartar trastornos neurológicos.
A las ocho estaba helada tras media hora frente al calefactor y tenía unas décimas de fiebre, así que he pensado en gripe.
Mientras escribía este post, he decidido incluir también el lupus. Por si acaso.
Sin embargo, y aún a riesgo de pecar de frívola, creo que lo que más miedo me da es que el dermatólogo me retire el tratamiento.
Edito para decir que me he tomado un neobrufén y me he puesto estupendamente. Igual no es lupus.
lunes, 14 de abril de 2008
Neuro-sis
Parece fácil. La secuencia, en teoría, es la siguiente:
- Bajo al laboratorio.
- Abro la puerta.
- Abro el armario de las maquetas.
- Me voy.
- Al cabo de una hora vuelvo.
- Paso listas de asistencia.
- Cierro el armario.
- Cierro la puerta.
- Me voy.
Lo que yo hago normalmente es esto:
- Bajo al laboratorio.
- Espero a los alumnos. Normalmente llegan temprano cuando yo llego tarde o tarde cuando yo llego temprano, y en ambos casos me miran con desaprobación.
- Les explico que las maquetas son muy delicadas y caras que pordios pordios no las fuercen.
- Reparto las maquetas.
- Les pido que pordiospordios no roben maquetas, que son muy caras.
- Le pido que pordios pordios no se vayan del laboratorio antes de que yo vuelva, que las maquetas son muy caras.
- Me voy.
- Abro la puerta otra vez y digo que las maquetas son muy caras.
- A la hora, recuerdo súbitamente que tengo que cerrar el laboratorio.
- Busco las llaves como una histérica mientras pienso que alguien las ha robado y va a bajar a llevarse las maquetas para venderlas en el mercado negro.
- Bajo corriendo las escaleras.
- Subo para coger la lista de asistencia, que me he dejado en el despacho.
- Llego al laboratorio. Si bajo temprano, aún no han terminado y me miran con desaprobación. Si bajo a la hora justa, llevan diez minutos esperándome con las maquetas montadas y me miran con desaprobación.
- Paso la lista de asistencia y arrebato las maquetas de las manazas de los alumnos para montarlas yo, mientras mascullo “son muy caras, son muy caras”.
- Llevo las maquetas al armario. En general, tiro al suelo un promedio de dos maquetas al día, y es bastante efectista, porque los trozos de cerebro salen disparados en plan gore.
- Chillo como una histérica y los alumnos me ayudan a recoger las piezas mientras sacuden la cabeza con desaprobación.
- Guardo las maquetas.
- Las cuento compulsivamente unas cuantas veces.
- Cierro el armario y forcejeo con las puertas para ver si están bien cerradas.
- Salgo del laboratorio.
- Cierro el laboratorio
- Abro la puerta y vuelvo a comprobar que he cerrado el armario.
- Cierro la puerta.
- Me voy.
- Vuelvo para comprobar que he cerrado la puerta.
Normal que tenga acné. Lo raro es que aún no me haya dado un ictus.
viernes, 11 de abril de 2008
¡Hemos llegado a las 10000 visitas!
He releído, sobre todo, la remesa que escribí allá por la primavera de 2005, cuando abrí mi querido antiguo blog y me dio una súbita fiebre escritoril. Yo pensaba que esos cuentos eran gilipolleces y, sin embargo, me he encontrado con que me gustan. Me gusta la sensibilidad que hay en ellos. Me gusta que tratan de las chorradas que para mí son importantes. Y no importa si no soy el tipo de escritora capaz de escribir sobre filosofía o Buenos Aires o la guerra civil, o si no gano concursos o mi blog lo lee poca gente. Soy el tipo de escritora que me gustaría leer. No soy mi escritora favorita, pero no estoy mal.
ME GUSTA CÓMO ESCRIBO. QUÉ PASA.
Por cierto, que hoy me ha comentado mi profesor de Grupos una tarea que le envié y ha puesto “redacción mejorable”. Me lo dice alguien que no conoce el concepto concordancia sujeto-verbo. Casi exploto de indignación.
martes, 8 de abril de 2008
El ultimátum de Euricienta
[Precuelas aquí y aquí]
Volvamos a la escena final de la última parte de nuestra historia, que está congelada como un DVD en pause. Euricienta mira a su alrededor con los ojos desorbitados. Los Caballeros Negros del Crédito Europeo desenvainan sus negras espadas. Los Psicolios enseñan los dientes mientras esgrimen armas, palos y cacerolas. Bolonio sonríe de medio lado y Decanus se esconde tras su sillón y temblequea (esto no se ve porque, como he dicho, la imagen está en pause). Le damos al play y comienzan a entrechocarse las espadas, mientras Euricienta grita, histérica: ¡Paz! ¡Compasión! ¡Amor!
Empezaban a oírse los primeros “ouch” y a agonizar los primeros combatientes, cuando se oyó un petardeo, como la traca final de una feria. Euricienta enseguida reconoció el sonido, así que no se sorprendió cuando vio a cientos de Duendecillos Estándar flotando a varios palmos del suelo y reluciendo con una luz cegadora. Los Caballeros y los Psicolios, sin embargo, pararon de inmediato de luchar, asombrados.
Entonces se oyeron unas trompetas, pretendidamente señoriales pero un poco chillonas, y entró una carroza tirada por dos ratones voladores donde se erguía, orgulloso bajo su diminuto manto de armiño, el Rey De Los Duendes Que Todo lo Puede.
- ¡Salve a nuestro señor! – gritaban los duendecillos con sus voces de pito - ¡Loado sea!
- ¡Silencio, mis diminutos aunque dignos súbditos! – dijo el RDLDQTLP.
Su voz sonaba extraordinariamente potente para su pequeño tamaño, pero si tenemos en cuenta que lo puede todo, es decir, TODO, tampoco hay que sorprenderse mucho.
- ¡Los Duendes hemos perdido hoy a uno de nuestros más queridos compatriotas! – prosiguió, solemne, el RDLDQTLP -. El Duendecillo Sam, recientemente investido Duendecillo ECTS, ha fallecido hoy de agotamiento, mientras repetía entre delirios nosequé de Bolonia, o Bolonio, y decía que se le iba a acabar el plazo para alimentar a una especie de bestia mitológica.
Euricienta se entristeció. Con lo majo y lo trabajador que era el Duendecillo ECTS.
- Ahora – continuó el RDLDQTLP -, los duendecillos sólo queremos una cosa.
Paz, pensó Euricienta que diría, y que algo como esto no vuelva a repetirse en Psicolia.
- ¡¡¡Venganza!!! – gritó el RDLDQTLP con el rostro congestionado, y todos los Duendecillos Estándar se pusieron a chillar como ratas enloquecidas.
Fue un visto y no visto. Las espadas de los Duendecillos eran como palillos de dientes, pero los Caballeros Negros no acertaban a dar a aquellos bichitos con las suyas, enormes y pesadas. Antes de que Euricienta pudiera empezar a hablar de la compasión universal, todos los Caballeros Negros yacían muertos en el suelo del salón de audiencias. Mientras miraba cómo los últimos agonizaban, Euricienta concluyó que de aquello concretamente tampoco se le podía echar la culpa a ella, y confió en que la ley del karma tuviera la manga ancha.
Bolonio contemplaba la batalla como si no fuera con él. Había que reconocerle al cruel dictador una notable dignidad. Pero cuando el RDLDQTLP se dirigió hacia él, enfurecido, para tener el gusto de terminar con su europeizante vida, Euricienta se interpuso, decidida.
- ¿Qué haces, joven guerrera? – preguntó el RDLDQTLP -. ¡Aparta para que se haga justicia!
- ¡Ni hablar! – dijo Euricienta.
- ¿Acaso quieres dejar con vida a este miserable, que os ha tenido atados al yugo ECTS durante todos estos meses?
Entretanto, los Duendecillos Guerreros mantenían a raya a la multitud de Psicolios que, frustrados por no haber podido intervenir apenas en la batalla contra los Caballeros Negros, estaban empezando a linchar a Bolonio arrojándole sus armas desde la distancia y gritándole cosas como "¡A ver cómo evalúas esto ahora!"
- ¡Psicolios! – dijo Euricienta -. Ahora que tenemos a Bolonio bajo nuestro control, no creo que el mejor castigo sea la muerte…
- ¡Eso, eso! – gritaban los ciudadanos -. ¡Que le aten al potro! ¡Que se suelten en una mazmorra con ratas rabiosas!
- ¡No me refería a eso! – exclamó Euricienta -. La muerte, queridos, es descansada, relajada. Incluso la tortura es inactiva y tiene un final. Hay algo mucho peor…
Se hizo el silencio y Euricienta expuso su plan.
Por acuerdo popular, los ciudadanos de Psicolia ataron a Bolonio con una cadena en las mazmorras del castillo. Cada vez que a un Psicolio se le antojaba, podía ir a él y mandarle una tarea autoformativa, a ser posible complicada, absurda y arbitrariamente evaluada. Bolonio fue condenado a cumplir todos los plazos de entrega, so pena de ser despedazado por Ágora, que había sido encerrada junto a él.
Al tercer mes, Bolonio dejó de hacer tareas, exhausto, y se dejó comer por Ágora, que murió poco después de hambre.
En Psicolia, todos fueron felices y comieron perdices.
Decanus había huido de la ciudad en el fragor de la batalla. Dicen que le han visto en Precaria, trabajando arduamente en las minas de sal.
Euricienta se casó con un Ingenio rico y guapo. En cuanto a la iluminación… bueno, está en ello.
lunes, 7 de abril de 2008
- Perdona - me ha dicho, cuando me he sacado los auriculares de los oídos -. ¿Quieres que te diga el nombre de una pomada para tu problema?
La he mirado desde mi cara acnéica, despellejada, dolorida y harta.
- No - he dicho.
- ¿No? - parecía sorprendida. Joven con acné recalcitrante, ¿te traigo la solución a tus problemas y la rechazas? -. Es que va muy bien, le ha funcionado a mucha gente.
Y he pensado en los kilos de pomadas amontonadas en el armario de mi baño, en el dinero gastado, en las infusiones, en las limpiezas de cutis, en todo el dolor, el picor, los medicamentos, los efectos secundarios, las miradas al espejo, los "oye, tienes la cara peor, ¿no?". Mientras caminaba hacia la parte trasera del autobús intentando alejarme al máximo de ella, se me han ocurrido muchas respuestas. "Claro, señora, lo que los dermatólogos no han solucionado en 10 años lo va a arreglar usted en 5 minutos". O bien "hoy voy a suicidarme, adivine quién tiene la culpa". Pero en el momento, al mirar la cara regordeta e interrogante de la señora y los rostros ligeramente vueltos de los pasajeros de alrededor, sólo he notado un intenso pinchazo de humillación.
Llevo meses sintiéndome como si andara por la vida con un mapache encaramado a la cara, y sólo agradezco profundamente que la mayor parte de la gente haga como si no se diera cuenta. Así que cuidado con los consejos bienintencionados.
Próximamente, El ultimátum de Euricienta, tercero y último capítulo de la exitosa saga.
viernes, 4 de abril de 2008
Euricienta strikes again (Todavía una historia real)
Esta historia empieza aquí.
Una mañana, Euricienta se levantó más desmoralizada de lo habitual. “No tenía que haber venido nunca a Psicolia”, se decía. “Debí irme directamente a Precaria a buscarme la vida. Seguro que hasta las minas de sal son mejores que esto: no hay que pensar tanto y te pones morena”. Estaba sumida en sus lúgubres pensamientos cuando se dio cuenta de que la habitual montaña de papeles de su escritorio había desaparecido. En su lugar, había una notita.
Soy el Duendecillo del ECTS y he hecho todas tus tareas. Para llamarme, di tres veces “Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo”.
Euricienta pensó de inmediato que se estaban quedando con ella. Repetiría las absurdas palabras y algún bufón malvado estaría escuchándola detrás de la ventana para imitarla luego en las funciones teatrales de Tutubo. Decidió que hablaría con los monjes de la Abadía de la Copistera para que le hicieran una nueva copia de los apuntes y así poder entregarle sus tributos a Ágora. Estaba a punto de salir de casa cuando reparó en un objeto tirado a sus pies: un sombrerito hongo del tamaño de un dedal. La niña que había en ella y que escuchaba de pequeña los cuentos de los juglares sentada al pie del viejo sauce se preguntó si no habría algo de verdad en la notita de la mesa. Cerró los postigos de las ventanas y, muy bajito, susurró:
- Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo.
Sonó un pequeño “pluf”, como un petardo de feria, y apareció un hombrecillo regordete, pequeño como un ratón.
- Hola, Euricienta – dijo -. Soy un Duendecillo Estándar que contemplaba tu sufrimiento európico desde la ventana. Le pedí al Rey De Los Duendes Que Todo Lo Puede que me invistiera Duendecillo ECTS para poder echarte una mano. ¡Y aquí estoy!
A partir de entonces, los antaño dolorosos y difíciles días de Euricienta volvieron a tornarse luminosos y tranquilos. El Duendecillo hacía sus tareas por las noches y, por la mañana, ella se las entregaba a Ágora y se iba a vagabundear por las bibliotecas y a tomar cervezas. Meditó y meditó hasta estar cerca de la superconsciencia, e incluso pudo viajar un par de veces a Ingenia a conocer mozuelos. Sin embargo, cuando estaba al borde de la iluminación y el compromiso, se dio cuenta de que algo no iba bien. Las tabernas donde se sentaba a leer estaban siempre vacías. Sus amigos no querían quedar con ella para tomar algo. Las bibliotecas estaban llenas, sí, pero de tristes y ojerosos habitantes de Psicolia que trabajaban para pagar sus tributos. Así que Euricienta fue a casa y repitió en voz baja:
- Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo.
Y cuando oyó el “pluf”, empezó a hablar atropelladamente:
- Duendecillo, tienes que ayudarme. Tienes que hacer las tareas de mis amigos, o convencer a otros Duendecillos para que se conviertan en Duendecillos del ECTS, o…
Pero cuál no sería su sorpresa al ver, cuando se deshizo la nube de humo, a un Duendecillo ECTS cansado, enflaquecido, con los ojos rojos de sueño. Parecía un prisionero condenado a muerte.
- ¿Quién te ha hecho eso, Duendecillo ECTS? – preguntó Euricienta, - ¿quién?
Antes de poder articular palabra, el Duendecillo ECTS se desmayó. Euricienta comprendió entonces que no podía pedirle al Duendecillo que siguiera haciendo sus tareas ECTS, ni mucho menos que convenciera a sus amigos para aceptar aquel destino suicida. Era necesaria una solución más radical. Sin pensarlo dos veces, Euricienta se colocó su cota de malla, agarró su flamante espada y salió a la Plaza Mayor. Allí se subió a un banco (Euricienta no era muy alta) y puso las manos en forma de bocina.
- ¡Ciudadanos de Psicolia! – gritó, sin preocuparse por decir también “ciudadanas”. Eran momentos demasiado decisivos para preocuparse por la corrección política - ¡¡Salid aquí, ahora!! ¡¡Salid, os digo!!
Poco a poco, los hombres y mujeres de Psicolia salieron de sus casas, entrecerrando los ojos por la fuerte luz del sol, y se congregaron alrededor de Euricienta.
- ¡Ciudadanos! – exclamó la joven -. ¡Mirad en qué os habéis convertido! ¡Parecéis topos emergiendo de sus madrigueras, esqueletos saliendo de vuestras eurotumbas! ¡La alegría que flotaba por Psicolia se ha esfumado y sólo ha dejado hastío, cansancio y frustración!
Se oyeron algunos débiles asentimientos.
- ¡Bolonio nos tiene esclavizados! ¿Y todo para qué? ¿Habéis estado en Europía? ¿Habéis visto sus cielos grises y el alto precio de sus cervezas? ¿Realmente, ciudadanos de Psicolia, queréis convertiros en Európicos?
La pequeña multitud empezaba a animarse. “¡No!”, exclamaban.”¡Abajo Europía! ¡Arriba Psicolia y la cerveza barata!”.
Y al grito de “Menos Europía y más cerveza fría”, todos los Psicolios se armaron hasta los dientes y echaron a correr hacia el castillo de Decanus. Degollaron sin piedad a los dos soldados que montaban guardia en la puerta (Euricienta no, obviamente, porque era contraria a matar a la gente y utilizaba su espada con funciones meramente intimidatorias) y entraron en la gran sala de audiencias, donde Decanus y Bolonio bebían vino y elaboraban la larga lista de tareas de la semana siguiente. Euricienta, a la cabeza de la muchedumbre, se acercó a ellos y colocó la espada en la garganta del flaco y cruel Bolonio.
- ¡Aquí se acaba tu conquista, malvado ser! – exclamó -. ¡Márchate de esta ciudad y déjanos tranquilos, o separaré tu cabeza de tu cuello y la colgaré de un asta en la Plaza Mayor!
Todos los Psicolios, sedientos de sangre (y cerveza), gritaban “¡menos cháchara, Euricienta! ¡Acaba con él ahora!”. No sabían que Euricienta sólo fingía puesto que, como hemos dicho antes, no sería capaz de matar a una mosca. Bolonio, lejos de alterarse, gritó, con una voz profunda que parecía salir de un lugar ajeno a su delgado cuerpo:
- ¡A mí mis caballeros! – y, en aquel momento, entraron en la sala los veinticinco Caballeros Negros del Crédito Europeo.
La pobre Euricienta miró a su alrededor, desolada. Aquello iba a ser una escabechina y la culpa la tendría ella y sólo ella. Intuyó que se iba a reencarnar en ser unicelular y se puso a pensar a toda velocidad para ver cómo podía remediar aquel desastre…
(Continuará)
(Es que me está quedando más largo de lo que creía).