massobreloslunes

martes, 20 de septiembre de 2011

52. Maneras de arreglar un corazón

Como tengo el corazón roto y tal, hoy me he echado una siesta doble, como los whiskys, y después me he sentado en el sofá chaiselonguero y me he dicho: Marinita, Marinita, ¿qué quieres hacer esta tarde? Algo bonito y agradable, que te lo mereces. Al factor bonito y agradable había que sumarle varios condicionantes. El primero es que soy pobre como las ratas, desde que el bodorrio de mi primo me desequilibró el presupuesto del trimestre. El segundo es que hoy ha hecho un levante horrible y no apetecía irse a pasear junto al mar pensando en tirarse por el malecón con piedras en los bolsillos. El tercero es que estoy a dieta baja en carbohidratos, con el doble objetivo de perder los kilos de vacaciones y acabar con el acné del Averno. El cuarto es que me duele el codo.

Total, que no podía ni pasear a lo melancólico, ni atracarme a helado de chocolate, ni nadar, ni darme masajes, ni hacerme la pedicura, ni comerme un muffin de chocolate, ni comprarme unos zapatos preciosos, ni matarme en el roco hasta que se me olvidara la vida, ni nada que se pareciera remotamente a un consuelo para el alma.

Como tenía cita en el centro de salud para que me curaran la quemadura de la pierna, he ido tirando para allá mientras se me ocurría algo. Está guay que te curen, es como que te cuidan y además es gratis, aunque no es tan agradable como los masajes. De hecho, la enfermera me raspa la herida y dice que es mejor que sangre, y encima yo luego en mi casa me quito la venda y me pongo otra pomada que me ha recomendado mi padre porque no me fío de ella. Pero quitando que soy una absurda y que duele, tiene su punto.

Después de la cura, cinco de la tarde, levante del Averno, corazón roto, he hecho lo que hago cuando estoy perdida y no sé dónde meter mi maltrecho cuerpo: me he ido al Corte Inglés. El Corte Inglés me pone de buen humor. No sé por qué, no me pasa en otras tiendas. Creo que es la variedad, poder ir de un sector a otro y vagabundear mirando objetos bonitos de todas las clases y colores. Ni siquiera me hace falta comprar para que me buenrolle.

Primero he estado en la sección de deportes, calibrando si ya tengo los suficientes abdominales como para poder ir por la vida en sujetador Nike (la respuesta es no). Me he encontrado a la madre de una paciente que me ha dicho que su niña está fatal y que lo arregle. Le he dicho que vea la Supernanny, porque yo ya no curro en ese equipo del Averno (mentira, soy patológicamente amable, le he dicho que fijaríamos una cita de despedida y lo arreglaría).

Después, por supuesto, libros. Oh, los libros. Ya he dicho alguna vez que de mi padre sólo me fío en dos cosas: sus recetas y su gusto literario. Me había recomendado "Que empiece la fiesta", de Niccolo Amaniti, un libro en el que no me habría fijado si no fuera de Anagrama. Así que me he empezado a leer el primer capítulo apoyada en una columna. Y cuando me he encontrado (cinco de la tarde, corazón roto, la mayor dosis de cariño de hoy me la ha dado una enfermera, etc. etc.) descojonándome de risa mientras el dependiente me miraba, me he dicho: este libro ha de ser mío. Y me he gastado veinte euros en un libro, siendo como soy pobre como las ratas, tócate los pies.

He pasado de mirar zapatos, y mira que me gustan los zapatos de invierno. Esa obscena variedad: botas altas y bajas, con y sin tacón, con y sin cordones, manoletinas, zapatos con hebillas con o sin tacón, de piel, de ante, de charol, y ya paro que me estoy poniendo nerviosa. Pero es que no pega mirar zapatos de invierno con este calor. Así que me he ido directamente a la tienda del Gourmet a comprar chocolate exótico. Libros y chocolate, que Dios me perdone: ya he dicho que tengo el corazón roto. He dudado un rato entre naranja y fresa con pimienta, y al final me he llevado el de fresa por variar. He caminado entre las estanterías, acariciando las tarrinas de foie y los paquetes de setas desecadas. Luego me he tomado un descafeinado y unas cuantas pastillas de chocolate con fresa y pimienta, que no está mal, por cierto, pero el de naranja sigue siendo un caballo ganador.

Cuando ya me iba me he acordado de P., que es una ex paciente que trabaja allí. Siempre que voy me acuerdo de ella, pero estaba de baja maternal y nunca la encontraba. Hoy he tenido la inspiración de que se había incorporado ya, así que me he ido a buscarla a su sección. Y ahí estaba, toda guapetona post parto. P. es una de las pacientes a las que tengo más cariño. Tiene unas ansiedades de la muerte y hubo que quitarle todas las pastillas porque se quedó embarazada. Así que fue una especie de intervención en crisis, un bonito reto terapéutico, porque no le quedaban más narices que enfrentarse a la vida sin química. Recuerdo consultas al límite, con ella respirando en una bolsa de papel y yo diciéndole "¡Piensa en tu hijo, P.! ¡Piensa en él!".

La saludo superentusiasmada desde lejos, y ella me mira raro y cuando me reconoce también se superentusiasma. Nos abrazamos. Habrá quien se pregunte qué tipo de vínculo establece realmente un psicólogo con sus pacientes. Pues yo a la mayoría termino por quererlos, pero yo me encariño con una escarola, así que no sé si es lo más común. Charlamos, me cuenta que tuvo un parto horroroso, me enseña fotos de su hijo. Me pregunta si voy a volver al equipo, porque ha intentado pedir cita conmigo y no puede. Le explico que ya no trabajo en ese equipo del Averno, pero que si alguna vez me veo obligada a volver será la primera en enterarse.

"Que me acuerdo mucho de ti, Marina. Que no sabes lo que me has ayudado", me dice. "De vez en cuando me encuentro tus papeles por ahí y los releo. Tú no sabes la influencia que ejercéis en la vida de la gente, en serio. Y ya la ansiedad no me paraliza. Sigue ahí, pero no me paraliza, no me da la gana". Nos hemos abrazado tres veces, así que la enfermera ha bajado un puesto en el ranking de personas que me han dado cariño hoy.

Al final creo que el camarero me ha puesto el café con cafeína, así que perdonadme la verborrea. Acabo de ir en bici hasta Cortadura para ver si se me pasaba un poco, pero qué va. De todas formas ha sido un bonito paseo, escuchando Vetusta Morla, cantando cuando no había gente y observando las playas enormes y vacías de Cádiz. La fauna veraneante ya ha dado paso a la gente de aquí, y se nota la diferencia en cantidad y en una cierta intimidad tranquila de los habitantes de la ciudad reencontrándose con ella.

Total, lectores, que entre el chocolate, el libro, mi paciente y la bicicleta, pues ni tan mal. Sí que hay cierta continuidad extraña entre la tristeza y la alegría, Anónimo76. O a lo mejor soy yo y la ciclotimia poseyéndome; el caso es que ha sido una buena tarde, la de hoy.

Siempre hay tiritas, pequeños. Siempre hay tiritas.

lunes, 19 de septiembre de 2011

51. Ser valiente no es sólo cuestión de suerte

Así que reúnes el valor y lo dices. Me bajo aquí. No quiero esto. No eres tú, soy yo, llámalo equis, pero la cuestión es que voy a pasar. Gracias por los momentos, eres estupendo, cuídate mucho. Que te vaya bien.

La sensación es una mezcla entre tener ganas de vomitar, haber cogido la gripe y que se te agarroten los dedos por las ganas de estrangular a alguien.

El momento llega y se va, como todos los momentos, y marca el principio del montón de horas de después. Del montón de horas que tendrán que pasar antes de que empieces a alegrarte de lo que acabas de hacer.

Y entonces cierras los ojos, vuelves a abrirlos y estás sola. Se te caen unas lágrimas rabiosas mientras te acaricias con suavidad el pelo de la nuca. Aguzas el oído, porque estás segura de que en algún lado vas a poder escucharlos. Los aplausos. Las enhorabuenas. Los vítores.

Pero sólo hay silencio, y el zumbido intermitente de la nevera.

Así que te dices que el valor es un gesto ético y estético. Que debe de haber cierta gloria de andar por casa en elegir la victoria a largo plazo.

Con eso te consuelas.

Y te vas a dormir. Qué otra cosa te queda.

domingo, 18 de septiembre de 2011

49. Guardia

Estoy en la sala de estar de los médicos con la psiquiatra y la residente de psiquiatría. Nos hemos tumbado cada una en un sofá y dividimos nuestra atención entre la tele, el whatsapp y el techo. Estar de guardia es extraño. De repente el mundo se reduce a las paredes del hospital y a las veinticuatro horas que tienes que pasar en él. Se te van cansando los ojos de la luz del fluorescente y te vas sintiendo cada vez más alejada del mundo.

No es tan terrible, pero tampoco parece fácil. Nos han llamado tres veces, en los tres casos por intentos autolíticos de distinta intensidad y naturaleza. Una se había zampado varias cajas de pastillas y llevaba desde ayer en observación adormilada en una camilla. Otra se había tomado cuatro benzos y tres chupitos de whisky. La otra tenía las piernas abrasadas de quemaduras de cigarros y había intentado tirarse por una ventana. Viva la salud mental.

No tengo muy claro por qué elegí este trabajo. Cuando pasas un rato rodeada de desgracias puedes sentirlo de forma física. El dolor se transmite a través del aire como las ondas de radio y te va poniendo mustia. Es delicado: puede afrontarse cuando estás bien y te sientes fuerte y generosa, pero si estás mal te sobrepasa. Cuando trabajaba en el equipo pasé mañanas de verdadero pánico en las que me preparaba el desayuno y me arrullaba en voz alta "tú puedes, Marina, puedes hacerlo, tranquila, puedes ir allí".

Hoy concretamente, como me siento feliz y fuerte como los limones, el contacto con los suicidas vocacionales despierta mis ganas de vivir. Sobre todo, me da perspectiva. No quiero crear más sufrimiento gratuito. No tengo por qué hacerlo. Para mí, que soy lista y con recursos, que tengo amigos y gente que me quiere, ser feliz es una obligación ética. Por eso a veces me da rabia ver que alguien se tortura por cosas poco importantes. Me dan ganas de traerles un ratito aquí y decirles: mira, esto es lo que hay, así vive la gente, así de desigualmente se baten en el duelo de la vida. Aprovecha lo que tienes, mira lo positivo, tira hacia delante, da cariño a los que tienes cerca. Déjate de miedos y de neurosis, abre tu corazón, perdona a los que te hirieron y aprende a escalar. Hazte cargo de tu felicidad. Espabila, cojones.

Pero en realidad no debe de ser tan fácil, ni siquiera para los que de verdad tenemos la botella medio llena. Es rara la vida. Es trabajosa. No sé por qué elegí esta profesión, cuando seguro que las hay más fáciles o, por lo menos, más alegres. No creo que tenga que ver con ser particularmente buena persona. Dicen que los que vivían cerca de las centrales nucleares se sentían menos inseguros frente a un posible riesgo de desastre nuclear. Tener cerca el peligro te hace pensar que puedes controlarlo. A lo mejor pienso que ver el sufrimiento todos los días me ayuda a mantener la perspectiva, o incluso que puede inmunizarme. Me siento sensata y dura mirando a los ojos de los suicidas.

No sé cómo acabar este post. No sé si es fácil o difícil salir del sufrimiento. No sé si querer trabajar con la pena ajena es noble o increíblemente patológico. En realidad estoy hoy aquí por no hacer tardes entre semana. No tengo especial interés por pasar un sábado oyendo historias de gente que quiere morirse. Preferiría estar escalando o teniendo sexo. Y tampoco sé por qué elegí este trabajo. A lo mejor me gusta, a lo mejor pienso que tengo lo suficiente como para empezar a dar. A lo mejor alguien tiene que hacerlo.

Ahora mis compañeras se han ido, la sala está en silencio y la combinación de fluorescentes, linóleo y sofás de polipiel es un poco deprimente. Pienso en los hospitales, tan llenos de pena y ruido. Mi alrededor está lleno de enfermos y muertos, y yo aguanto aquí con una conexión a Internet y una fe inquebrantable en el proceso de la vida.

Me voy ya a dormir, que me estoy poniendo mística. Os quiero y os agradezco los ánimos.

sábado, 17 de septiembre de 2011

48. Preguardia

Mañana tengo mi primera guardia, chispas. Resulta que después de dar mucho por saco, los pires hemos conseguido hacer guardias presenciales de 24 horas con los psiquiatras. Es bueno porque nos va a permitir hacer menos tardes a la semana y vamos a cobrar más, pero en estos momentos existenciales tengo un poco de miedito. Me produce claustrofobia encerrarme 24 horas en un hospital.

También está la angustia ante lo desconocido. Cuando eres PIR te enfrentas a lo desconocido con una frecuencia inhumana. Cada tres o cuatro meses cambias de rotación y tienes que empezar en un sitio nuevo, con compañeros nuevos y una forma distinta de trabajar. Que está guay porque te vuelves adaptable como un ornitorrinco y porque no te aburres, pero al principio es duro.

Llevo desde el lunes trabajando en drogas. Así a priori no me atraía mucho la idea, pero después de unos días estoy fascinada. También hay que decir que igual que me encariño con un apio, puedo fascinarme con una piedra. Pero en serio, las adicciones son estremecedoras. Tienes la impresión de ver a la persona luchando con algo intenso y ajeno como un dragón. Te das cuenta de cómo la sustancia (o el juego, o lo que sea) se introduce en la vida de la persona y la ocupa por completo, como un amor destructivo y feroz de estos que te dejan sin fuerza para nada más.

Hoy no tengo ganas de escribir más. Ya sé que ayer estaba tope de entusiasmo por la escritura y tal, pero hoy estoy cansada y preocupada por mañana, y quiero dormir para no pasarme el día como una zombi. Creo que me irá bien, en realidad. Seguro que es interesante, porque interesante es todo, y además tengo la guardia con Pilar, una psiquiatra encantadora que chorrea compasión hacia sus pacientes. Y el domingo escalo. Y el lunes también. Así que bueno, no puedo quejarme.

Aun así, deseadme suerte, ¿vale? Una guardia tranquilita y dormir sin sobresaltos. Poder echarme la siesta y que la cama no sea completamente mierdosa. Que nadie quiera matarse ni morirse. Con eso me conformo.

jueves, 15 de septiembre de 2011

47. Caramelitos



Este post se lo quiero dedicar al señor K. El señor K. es un melenudo adorable y depresivo que escribe como los ángeles. Tiene una gramática seductora, un verbo incisivo y un sentido del humor de alto nivel. Las editoriales no lo reconocen porque son mongolas, pero yo tengo una fe inamovible en que en algún punto se darán cuenta y le publicarán. En ese momento se hará minoritariamente famoso, en plan escritor de culto, y poco a poco irá mudando a bestsellerista de manera respetable, como Murakami. Entonces yo podré decir que le conozco, aunque seguro que se vuelve insoportable y pretencioso, y va por ahí comprando obras de arte caras para luego destrozarlas, como una extraña estrella literaria del rock.

El señor K. y yo nos conocemos desde hace más de tres años ya. Nos vemos en persona con una frecuencia aproximada de una vez cada eclipse solar completo, pero hablamos por facebook bastante a menudo sobre por qué las mujeres guapas están locas y los hombres guapos son unos neuróticos. Son conversaciones infructuosas pero divertidas, porque además el señor K. tiene la pluma ágil y una ortografía exquisita. Es la única persona que conozco que chatea colocando las exclamaciones iniciales y que nunca jamás equivoca una tilde. Es la persona a la que le consulto mis dudas ortográficas, lo que da lugar a conversaciones frikis del tipo de "pues si tú vas a seguir poniéndole la tilde a sólo cuando significa solamente, yo también, y me la suda lo que digan los capullos de la RAE".

Hechas las presentaciones, vamos al lío. Últimamente soy feliz y es raro. Este mayo estaba hecha polvo. Cocinaba pensando en autolesionarme para pedir la baja; a ver, no lo pensaba en serio en serio, pero la idea se me pasaba por la cabeza y me parecía muy deprimente. Supongo que tenía que ver con estar trabajando en el equipo de salud mental, epicentro de la hostilidad gaditana, con hacer tres tardes por semana y no tener vida, con no ser capaz de desengancharme de J., con el acné del Averno y en general con que mi sistema nervioso no es que sea último modelo y se desequilibra facilito.

Entonces decidí cambiar el chip. Verídico. Lo escribí en algún post de aquella época, creo recordar: que vi una peli en la que la protagonista decía que hay que aguantar el tirón, porque nunca se sabe cuándo las cosas están a punto de cambiar. Decidí ver el lado bueno y la botella medio llena. Escribí en mi pizarrita de IKEA, en letras grandes, "Haz esfuerzos positivos por lo bueno", y cada vez que entraba en casa me entraba así como una punzadilla de autocompasión porque pensaba que era un poco triste mi coaching pizarrero. Pero bueno, ahí estaba y me esforcé como buenamente pude.

Desde entonces me han pasado muchas cosas bonitas, y ahora estoy en uno de los mejores momentos de mi vida adulta. No sé exactamente qué ha determinado el cambio. Quizá fue quedar con J. un día, meternos cuello y que fuera como besar a una almeja, y que a partir de ahí sintiera que ese capítulo de mi vida, por fin, ha terminado. Quizá fue empezar a escalar, que me tiene enamorada, divertida y en una sucesión permanente de lavar ropa y echarme trombocid en las rodillas. Quizá fue rotar por primaria y salir a la una todos los días. Quizá la sobredosis de endorfinas de la playa de Cádiz.

Pero mira tú por dónde que yo creo que fue el Michelian Challenge.

Ser medio feliz es raro porque estás suspendido en el vacío, como en una cuerda de estas de equilibrio tendida en mitad de las montañas de Yosemite. Tú aguantas ahí como puedes, y a un lado y a otro hay mucho sufrimiento. Lo veo en el trabajo, porque vaya tela las adicciones, en serio, son más duras de lo que había pensado y me parten el corazón. En la UCI pediátrica se estaba muriendo hoy un niño y había como veinte familiares llorando a coro en la entrada, perdidos en una burbuja inconcebible de pena. Y la gente sufre, en general; mis amigos, mi familia, mis compañeros... sufren mucho. Y en medio estás tú abrazando la fragilidad de tu presente, porque sabes que no eres invulnerable al dolor ni a la penita y que en cualquier momento la aguja puede atravesar el disco y ponerte los pelos de punta.

La cosa es que en medio de esa fragilidad cuesta encontrar algo sólido. Yo digo que en realidad sólido no es nada, porque todo es impermanente y blablabla, pero mira tú por dónde, después de años y años escribiendo y de leer en todas partes eso de "escribe a diario, nulle die sine linea, que la inspiración te pille trabajando" y tal, resulta que tenían razón todos. Que escribir todos los días toca alguna tecla misteriosa relativa al compromiso y al disfrute retorcido y mágico de tener una obligación que te gusta. Por eso cuando vuelvo de escalar y es la una de la mañana, y me duelen los antebrazos y pienso "qué cojones estoy haciendo yo aquí y ahora", el compromiso supone que en realidad no tengo alternativa. Tengo que escribir; sencillamente, no puedo decir que no. Y descubro un lugar de calma y encuentro que es un oasis, y que no me falla porque soy yo misma. Como cuando Momo visita al maestro Hora con sus hermosas flores horarias y después se da cuenta de que ha estado todo el rato en su propio corazón.

Así que gracias, señor K. Escribir todos los días me hace muy feliz. Era tan fácil como eso. Y en cuanto llegue al bestsellerismo será usted mi primer mecenazgo, chispas, y no tendrá que preocuparse más por el tercermundismo literario.

Se le quiere, pelanas. Muchos besitos.

46. Good morning, sunshine

Me gustan mis mañanas del verano tardío y levantarme con la fresquita tapada con la sábana. Últimamente me despierto de buen humor. Camino por mi casa, abro el balcón para que entre la brisa de la mañana, admiro la luna sobre el cielo azul clarito y los tejados blancos y me pregunto si nadie ha patentado todavía la luz de Cádiz. Enciendo el ordenador. Me planteo si aprovechar el café de ayer, pero termino por poner una cafetera nueva para que huela a despertar mi salón-cocina. Reviso el correo, el facebook, el blog, leo chorradas. Me levanto, busco ropa, me siento, le echo más leche al café, lo recaliento, camino descalza por las baldosas frías, pongo algo de música y friego los platos de la cena. Después me ducho y el tiempo se va plegando sobre sí mismo hasta que me doy cuenta de que voy tarde, para variar, y lo tengo que hacer todo deprisa y corriendo: vestirme, curarme la quemadura que me hice la semana pasada con la cuerda, lavarme los dientes, meter a toda leche en el bolso la cartera, el móvil, una libreta, un libro, el ipod. Dejo las cosas del desayuno por medio. Cuelgo mal la toalla en la mampara del baño. Bajo en el ascensor mientras me cambio las gafas de ver por las de sol, me miro al espejo, pienso "no estoy mal" y salgo correteando hacia mi moto, que me espera en la puerta cual fiel corcel. Conduzco hacia el trabajo por el campo del sur, mirando el sol y el mar recién amanecido, las olas batiendo enormes contra el malecón y, en serio, ¿nadie nunca ha querido registrar estas vistas de Cádiz, ponerles copyright, taparlas y cobrar porque la gente las disfrute? Porque es descomunal el amanecer, la catedral sobre el cielo de colores, las olas y el viento de uno u otro lado barriendo esta ciudad-barco tan inconcebible y tan bella. Me aturrullo, los coches van muy despacio y luego me recuerdo que el de delante no tiene la culpa de que yo vaya siempre con la hora pegada al culo. Más vale perder cinco minutos en la vida que la vida en cinco minutos, y siempre hay un momento para mirar las cafeterías, a los niños que van al colegio, que me encantan con sus coletas repeinadas de colonia y sus mochilas de Dora Exploradora... Y después llegar al curro, aparcar, sentir el breve pellizco en el estómago, la incertidumbre, la angustia de tener que estar aquí por huevos, y luego cambiar por agradecimiento: estoy agradecida por tener este trabajo y poder aprender todos los días, por mirar a la gente a las caras y descubrir la historia que hay detrás de la yonqui embarazada que aparca coches en el paseo, y que ahora se sienta frente a mí y me mira con sus ojos grandes, grandes mientras habla de dormir en un cajero y de tener hambre y síndrome de abstinencia y yo pienso que joder, que en realidad quién cojones soy yo para juzgar, y que cómo no voy a madrugar contenta, si soy una privilegiada de la vida, y que bueno, no me hagáis mucho caso, que he estado escalando esta tarde y tengo las endorfinas a tope, y me voy a dormir porque quería hablar de mis mañanas y no sólo me he salido del encuadre sino que, además, con tanta coma parezco Saramago y paso.

martes, 13 de septiembre de 2011

45. El mal vial

Como ya sabéis, queridos lectores, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Así que después de escribir este post sobre mis problemas con la mecánica y demostrar de forma empírica que se solucionan con facilidad haciendo algo tan simple como llamar a la grúa, he vuelto a caer.

El martes pasado mi moto se paró. Simplemente dejó de andar, como un viejecito esquimal en la nieve. La aparqué en la avenida, y como soy zen y había quedado para escalar, ahí que se quedó. El miércoles fui al rocódromo y allí, viéndome rodeada de rudos machos escaladores, pensé que era el momento ideal para hacer una pregunta sencilla:
- ¿Alguno conoce un buen taller en Cádiz? Es que se me ha quedado la moto tirada y no sé dónde llevarla.

Entonces uno de los rudos machos escaladores se giró, me miró y preguntó sagazmente:
- ¿Tiene gasolina?
- Sí - contesté. Si no, te habría preguntado por una gasolinera.
- Pues yo tengo un colega que te la arregla en la calle.

¡Danger! ¡Peligro! Cualquier frase que empieza por "yo tengo un colega que" es garantía de fracaso, a no ser que estemos hablando de trapichear con droga. Pero qué queréis que os diga: el bodorrio me ha dejado a dos velas. Ir guapa, además de ser complicado, sale caro. Total, que llamé a su colega y quedamos en que se pasaba el jueves por donde estaba aparcada la moto para echarle un ojo.

Cádiz, jueves, dos de la tarde. Levante del Averno. Yo esperando en la calle a la solana a que apareciera el colega misterioso. Llega una moto con un chaval que se quita el casco y me saluda. Por azares de la vida, resulta que le conozco de haber hecho barranquismo juntos este verano, y eso al menos me tranquiliza en cuanto a que el tío quiera... bueno, en realidad no se me ocurre nada, porque no me va a secuestrar en scooter, y si pretende sacarle algún rendimiento económico a mi pobre moto va listo.

Anyway, el chaval aparca su moto tal cual, transversal en mitad de un carril de la avenida, y ejecuta los siguientes procedimientos.
1. Pregunta si tiene gasolina. Soy mujer, no retrasada.
2. Le da a la patilla con energía. Soy mujer, no coja.
3. Sopla en el depósito de combustible. Insisto: Sopla.En.El.Depósito.De.Combustible.
4. Pregunta:" ¿A tu moto hace falta acelerarle para arrancar?". Parece una pregunta diagnóstica importante. A lo mejor el tipo es un House de las motos y yo no me estoy dando cuenta.
5. Contesto que no.
6. Dice "ajá".
7. Por fin, sentencia:
- Le falta compresión. Pero mucha mucha, vamos. No tiene nada nada de compresión.

(Apuesto a que todos pensabais que iba a decir que la bujía le hace perlilla)

Otros dos o tres minutos dándole a la patilla, a ver si es capaz de generar compresión de la nada, y después me mira y me dice:
- Yo es que con las motos me pierdo un poco. Con un coche te hago lo que quieras, pero de motos no entiendo mucho...

What the fuck! Entonces ¿qué hacemos? ¿transformamos mi moto en un coche y a ver si así puedes arreglarla?
- Vamos, yo de hecho mi moto ni la toco.

Tranquilo, que si le soplas en el carburador tampoco creo que le pase nada.
- De todas formas, yo tengo un colega que...

¡Alto! ¡Stop! Una y no más, Santo Tomás. Le pregunto el nombre de un taller y le digo que voy a llamar a la grúa, que para eso está y pago mi seguro. Inspirada por la generosidad y la corrección social le pregunto si le debo algo. "No, mujer", contesta, "si eso otro día me invitas a una caña". Menos mal; me llega a cobrar y le estampo una llave de bujía en la cabeza.

Total, que llamo hoy al gruísta, que no, no está bueno. Se ve que el mítico Gruísta Buenorro va a pasar a la categoría de "experiencias que en realidad no sé si me inventé", como la leyenda de Jorjazos. Me pregunta qué le ha pasado a la moto y si tiene fuerza cuando la arranco. A ver, ¿cómo va a tener fuerza? ¿No te estoy diciendo que no arranca?

Obvio decir que lo primero que me pregunta es si tiene gasolina, porque seguro que ya os lo habíais imaginado todos.
- Eso va a ser la batería.

Claro, joder, así también juego yo a entender de mecánica. Pregunto obviedades, compruebo la gasolina y luego digo que eso es la compresión/batería/perlilla de la bujía y después no hago absolutamente nada útil.

Total, que el señor me ha llevado la grúa al taller, no sin antes insinuarme de una manera retorcida y extraña que le tenía que invitar a un cubata (genial, le debo alcohol a medio Cádiz). Los del taller son apañadísimos y han tardado tres horas justas en arreglarme la moto, que ya está durmiendo en mi portal tranquila y orgullosa en su decrepitud.

Conclusión de la existencia: me voy a hacer un cartel plastificado para llevarlo en la guantera en el que ponga:

"Cualquier paso intermedio entre que se te pare la moto y llevarla al taller es inútil".

Menos escalar, claro. Escalar es fundamental.