massobreloslunes

miércoles, 8 de febrero de 2012

Escribir/ escribir bien/ escribir mucho

Dice M. que no le está gustando El Gozo de Escribir, y entonces es cuando pienso que nuestro ciberidilio está condenado al fracaso, porque durante años EGDE ha sido como mi biblia. De hecho, tengo los otros dos libros que la autora ha publicado en español y me los releo con cierta frecuencia. Para quien no lo conozca, EGDE es un libro que habla de la escritura como práctica: de eliminar al censor interno, buscar la voz de uno, etc, etc, etc.


Yo empecé a escribir de forma medio intuitiva, porque leía mucho y me parecía un paso lógico. De pequeña era buena, pero me fallaba la imaginación, igual que ahora: no tenía talento ni paciencia para buscarles un final digno a los cuentos que me inventaba. Les daba vueltas y vueltas y no llegaba a ninguna parte. Una parte de mí pensaba que entre querer ser escritora y ser adulta había un abismo insalvable: mis sueños se quedarían al otro lado de la barrera, como les había pasado a todos los adultos que conocía, y yo tendría que vivir para siempre con su cadáver.



Así que cuando Aran me recomendó El Gozo de Escribir, digamos que salvó mi carrera literaria. En un mes había escrito cien hojas a word que no sé si eran buenas o malas, pero eran. Y creo de verdad que si estoy aquí casi doce años después, a post por día y con la forma de las teclas del ordenador marcada en la punta de los dedos, es por ese libro. No sé. A lo mejor habría llegado a la misma conclusión por otras vías. A lo mejor con el nacimiento de los blogs y esta creencia colectiva actual de pensar que nuestra vida es interesante pase lo que pase, habría sido capaz de ignorar mis limitaciones y escribir. No lo sé. Sé que en ese momento seguí escribiendo gracias a ese libro.



Hay momentos para todo, digo yo. Y la receta para escribir bien, de hecho, se parece bastante a la que apunta M. en su entrada. Leer mucho. Escribir mucho. Escribir para otros. Intentar hacer algo diferente o que, por lo menos, para ti sea diferente. No hace falta leer autoayuda para escritores, eso es obvio,



Sí opino que hay una parte que no es que sea innata, pero sí que se forja muy temprano. Yo creo que redacto bien porque he leído mucho, mucho, mucho, y sobre todo porque leía mucho cuando era pequeña. Tengo la música de las frases grabada en el cerebro. También creo que lo más importante es la sensibilidad, y que uno no puede escribir lo que no es capaz de percibir. Si no estás atento a los detalles, si no dejas que la vida te traspase, no podrás hablar de ellos y no serás un buen escritor. Y que la vida te traspase a veces duele, así que hay que pagar ese precio.



Leer es fundamental, aunque como a mí te cueste pagar el peaje de los clásicos. Quizá escribiría más sesudo si leyera cosas más sesudas. Procuro leer lo que me gusta porque mi objetivo es escribir el tipo de libro que querría leer. Hay una pregunta que circula entre los escritores del mundo: si tuvieras que renunciar a escribir o a leer, ¿qué elegirías? Y aunque yo creo que si no escribo a lo mejor reviento, creo que lo preferiría a dejar de leer. Aunque solo sea porque uno puede leer sin escribir y volverse loco, pero creo que sólo escribir, escuchar todo el rato el sonido de tu propia voz, es una locura mucho peor.



La cosa es que para escribir bien yo no sé muy bien qué hace falta. Yo creo que escribo bien. Otra cosa es si podría hacerlo mejor o dedicarme a sacar adelante algo con más entidad que estos post, pero en general estoy contenta con lo que hago. Lo sé porque a veces me paso un montón de rato leyendo mi propio blog y oye, me gusta, aunque solo sea porque es como mirar mi album de fotos personal. Y bueno, igual pasa como con las fotos, que no son tan interesantes para los que no han estado allí. Pero yo estoy contenta con las mías.



Supongo que escribir bien es como todo. Mucha autocrítica, mucha más de lo que pueden hacer pensar estas parrafadas autocomplacientes. Mucho pulir, mucho borrar, mucho escribir párrafos enteros a las doce de la noche y concluir que son una puta mierda y empezar de cero. Y tener algo de talento, claro; y, como dice M., si no lo tienes pues te jodes, qué le vamos a hacer.



Creo que en algún punto tendré que utilizar este hábito que estoy adquiriendo ahora para trabajar en algo con más seriedad. A ratos me parece que este ritmo me aturde y que no me da tiempo a publicar cosas de verdadera calidad. Pero estoy un poco enganchada, supongo: me gusta publicar todos los días y que me leáis, me gusta ser parte de vuestra rutina y leer vuestros comentarios en la Blackberry en cuanto me despierto por las mañanas. Y el tiempo no me da para mucho más. Quiero seguir con Psicosupervivencia y también quiero trabajar, dormir y demás.



Podría hacerlo mejor, claro. Pero a veces pienso que para eso necesitaría sumergirme en la escritura totalmente. No trabajar y disponer de mucho más tiempo, de más espacio: poder experimentar, recortar, corregir y elucubrar mucho más de lo que lo hago. Pero bueno. En la escalada se dice que lo que no te llevas para la saca te lo llevas para los bíceps, es decir: que si no encadenas una vía al menos te estás poniendo fuerte. Mi blog es mi roco. Las vías están ahí, listas para ser escaladas. Y yo estoy aquí, lista para acometerlas en cuanto tenga fuerza, me vea con ganas y el tiempo acompañe.



PD: Estoy particularmente orgullosa de mi último post en Psicosupervivencia. Por si le queréis echar un ojo.

martes, 7 de febrero de 2012

De libros malos y pollos mutantes

Con los libros pasa como con los tíos: encontrarte uno malo de vez en cuando es más o menos normal, pero cuando se te junta una rachita de dos o tres te empiezas a mosquear y a preguntarte, con las manos en las mejillas como el niño de Solo en casa, "¿por qué, Dios? ¿Por qué yo?".

Hace un par de días decidí que iba a dejar de arrastrar de un lado a otro La casa de los encuentros, de Martin Amis. Lo llevaba ahí en el bolso un poco por penita, pero en lugar de leer me dedicaba a tuitear. Y cuando prefiero tuitear a leer ya es como para preocuparse, sobre todo porque lo sentimos, pero sigue sin gustarme twitter, y mira que lo intento.

La cosa es que ayer me fui a la librería y desplegué mi sofisticada estrategia de selección de libros, a saber: me voy a Anagrama, veo si han sacado algo nuevo, compruebo que no, muevo la cabeza con desencanto. Busco libros con cubiertas bonitas. Leo las sinopsis a la velocidad del rayo. Descarto todo lo español, histórico o demasiado exótico. Descarto lo vergonzoso y romanticoide. Me voy a Anagrama Compactos. Compruebo que me los he leído casi todos. Miro los clásicos de bolsillo, pienso que debería leer a los clásicos, pienso que al carajo los clásicos. Y entonces, cuando justo he perdido la esperanza y pienso que soy un ser extraño o que en realidad leer no me gusta, encuentro algo que me llama la atención, echo un ojo al primer capítulo, compruebo la textura de las hojas y, si todo eso está más o menos bien, me lo compro.

Ayer iba todo muy mal hasta que vi dos opciones interesantes: Diario de invierno, lo último de Paul Auster, y una novela de un español desconocido llamada Vive como puedas. ¿Por qué me gustó el libro del español desconocido? Pues a ver. Me gustó el título como filosofía de vida. Vida resignada. Haz lo que puedas y ya se verá lo que pasa. Me gustó que lo publicaba Tusquets en Andanzas, y que en general suelen tener buen criterio. Y bueno, me gustó que Almudena Grandes hacía un comentario halagüeño en la vitola, algo como "¡¡Por el amor de Dios, tienen que leer esta novela, prométanmelo, es genial!!". Soy carne de marketing chungo, lo reconozco, porque pensé: joder, la Grandes. Que te puede gustar o no, pero tiene oficio y sabe lo que se hace.

¿Por qué preferir el libro de un español (argh) desconocido al de mi querido Paul? Por dos razones. La primera, porque creo que Paul está gagá. Creo que está entrando en una especie de espiral depresiva político postmoderna y que va a terminar como Neruda: muriéndose de pena en su casa de Brooklyn cuando el mundo colapse. Su último libro me puso tan triste. Pero no una tristeza literaria y verdadera, sino una tristeza de "por qué, Auster, por qué has escrito un libro en el que aparece la palabra culinchi". La segunda razón es que Diario de invierno, que también tiene un título alegre por los cojones, está escrito en segunda persona. Un ratito en segunda persona sí, Paul Auster, como en Invisibles, que la verdad no me pareció mala. Pero ¿un libro entero? Uf, qué va. Y mira que me gustas a la par que me pones. Que parece mentira que tengas sesenta y cuatro años y aun así estés tan poderosamente frinkable.

Así que allá que fui y me compré el libro del español desconocido, que a partir de ahora pasará a ser conocido como El Lamentable Tipo Sin Talento Del Que Tengo La Desgracia de Estar Leyendo Una Novela. Uf, es demasiado largo hasta para las siglas, así que vamos a llamarle Lament. De Lamentable.

Bueno, pues cuando me meto en la cama así en plan vale, no tengo novio pero tengo un nórdico genial y una almohada cara y un libro nuevecito entre mis manos, y empiezo a leer a Lament expectante y confiada, descubro que bueno, que el libro es malo con alevosía. Pero muy, muy malo. Y me pregunto cómo se me ha podido escapar. Que me leí el primer capítulo entero en la librería y no me pareció tan terrible. Que lo recomienda Almudena Grandes.

¿Por qué es malo? Pues yo qué sé. Está mal escrito. Es una mezcla entre repipi y burdo que me aberra. Los diálogos son muy, muy poco creíbles. Los personajes están muertos por dentro; el argumento digamos que a la altura de la página 133, que es por donde voy ahora, no tiene ni pies, ni cabeza, ni perspectivas de mejorar. Me he reído dos veces, eso sí; una de ellas porque el protagonista droga sin querer a su anciana madre. Pero por lo demás, muy malo.

Entonces una piensa ¿qué le pasa a la gente? Lo de Almudena lo vamos a dejar. Que estaría en un sarao literario planteándose si su siguiente libro alcanzaría las veinte ediciones o más bien las veinticinco y le dijeron "va, Almudena, di algo bonito de este muchacho, que hemos invertido mucho en editar su segunda novela y no queremos arruinarnos". Y Almudena elevó graciosamente su martini y dijo "Jijiji pues yo qué sé... algo como... ¡¡qué novela más buena!! ¡¡leedla!!". Y tal cual, a la vitola.

Pero lo de este notas tiene más delito. Rosa Montero escribió hace tiempo un artículo sobre el drama de los escritores sin talento. Decía que les anima el mismo fuego que a los otros, pero sin esperanza de conseguir producir nunca algo bello, y a veces (las peores veces) de darse siquiera cuenta de que no son capaces. Y este chico... pues no sé, que eres filólogo, que se supone que tienes un bagaje. Mi profesor del taller decía que no se puede inventar la bicicleta. Que para escribir peor que los demás o para escribir mediocre, no escribas. Y no sé, pero a mí lo que me preocupa es que creo que escribir bien es sobre todo una cuestión de sensibilidad: tienes más registros, la realidad pulsa en ti más teclas y tú tienes el acierto de saber reflejarla. Tampoco hace falta añadir tanto. La vida por sí sola tiene la suficiente riqueza de detalles y de humor como para bastarle a la literatura. Por eso los escritores malos me dan tanta pena: porque me los imagino un poco ciegos, con cierta agnosia mental para la belleza.

Aquí es donde me planteo si me estoy poniendo nazi, si sobre gustos no hay nada escrito, si a lo mejor no tengo ni puta idea de hacia dónde va el panorama literario español. Si yo debería ser también filóloga para que me gustara la novela de Lament. Pero quiero creer que no. Quiero creer que escribo bien y que sé, más o menos, dónde está lo bueno. Siempre he respetado el esfuerzo que supone escribir una novela, y a lo mejor, de hecho, el problema no está en el autor, sino en la cadena mongoloide de agentes y editores y Almudena Grandes que ha llevado ese libro a las tiendas del mundo.

En fin, que no me está gustando. Que no sé si ir a devolverlo, aunque igual es un poco chungo. Que para colmo me tienen baneada de la biblioteca hasta San Valentín, y encima soy pobre como las ratas después de que hoy en la tienda ecológica me hayan colado un pollo de corral de tres kilos que me ha costado un ojo de la cara. Pero que en realidad igual la culpa es mía y solo mía. Como con los tíos. Por no fijarme bien en el interior. Por dejarme llevar por los impulsos. Por hacerle caso a la flamante vitola roja con cosas bonitas escritas en ella que todos nos esforzamos por llevar alrededor del cuello.

Y bueno, esto no tiene nada que ver pero, por el amor de Dios: tenéis que ver mi ecopollo.



Por favor. Un pollo de tres kilos. Que podría ser yo qué sé, un hijo. O un tiranosaurio. Que no sé si lo de ecológico quiere decir que lo mataron cuando él quiso porque la vida ya le aburría. O cuando dejó de respirar por una apnea del sueño. Que no me cabe en el congelador. Que me ha destrozado el presupuesto del mes. Maldita sea mi bondad, que diría Susanita.

Hasta mañana, pequeños.

PD: Espero no haber herido la sensibilidad de ningún vegetariano/vegano con la foto del ecopollo. Pero es que sabéis que me puede demasiado hacer las cosas en aras del humor.

lunes, 6 de febrero de 2012

Qué fácil es estar contenta un lunes cuando se tiene saliente y puedes dormir hasta que te duela

Pues parece ser que sí: que me voy a Madrid ocho meses enteritos. Qué genial. ya estoy mirando rocos y talleres de escritura. A lo mejor me hiperestimulo y me vuelvo loca; quién sabe. Para entonces llevaré dos años y medio en Cádiz y tres veranos de sol y Caleta. El verano en Cádiz te deja tocado: tu cerebro se inunda de endorfinas, te vuelves loco de atardecer a las diez y media de la noche, el viento de levante te zumba el cerebro y llegas a la conclusión de que el trabajo es muy prescindible. Luego todo eso se suma al slow de la vida gaditana y acabas disfrutando de esta mezcla entre lo sencillo y lo cutre. El caso es que cuando llegue a Madrid y vea que lo tengo disponible TODO, igual me explota el cerebro.

Lo que sí creo es que allí me enamoraré o aberraré en silencio, una de dos.

Mi última experiencia con una gran ciudad fue Barcelona, y fue mala. Claro, que por aquel entonces yo tenía dieciocho años y no sabía nada de la vida. Qué gracia, porque el sábado en la guardia estuve hablando con el MIR acerca de si uno va sabiendo más de la vida con los años o en realidad es todo el rato igual de estúpido. Supongo que uno sabe más y, al mismo tiempo, se va haciendo más consciente de la de cosas que le quedan por saber. Y sigue cometiendo errores parecidos. Por otra parte, si lo miro ahora pienso que hay algo de tierno en seguir cometiendo grandes errores: algo de inocencia ilusionada que, a pesar de todo, no quiero perder.

Me acuerdo perfectamente del primer día que llegué a Barcelona. Me bajé del tren en Plaza Catalunya y miré aquellos edificios sobredimensionados. Tuve que entrar al BBVA para que me solucionaran nosequé papeleo, y caminaba sobre los suelos de mármol como los niños de Mary Poppins en el banco de su padre. Barcelona a los dieciocho años me daba mucho, mucho miedo. Me dio tanto miedo que desde entonces me propuse vivir de Despeñaperros para abajo, y aquí me tenéis: casi todo lo al sur que se puede estar.

Iba pensando estos días en escribir un post sobre Andalucía. El otro día hablábamos en el roco de este vídeo, que para los que no queráis verlo es de un notas escalando un bloque que se tira al suelo y cae a lo loco encima de otro notas. El bloque consiste en escalar rocas pequeñas y difíciles sin cuerda, con colchones debajo y gente que se coloca para cubrirte y ayudarte a caer. El caso es que el vídeo es muy, muy gracioso, y lo que no se entiende muy bien es lo serios que se quedan los tíos después de la caída. Que eso pasa aquí, en Cádiz, y el cámara se empieza a descojonar en el momento en que el tío no sabe bien cómo bajarse del bloque, y para cuando se ha caído encima del otro ya está echando las tripas por el suelo. Lo que quiero decir es que me gusta mucho, mucho, mucho Andalucía, y más concretamente Cádiz y el carácter de aquí. Hay que pagar un precio por vivir aquí, eso está claro, y somos todos muy informales, y muy impuntuales, y no es que seamos vagos: es que estamos cansaos. Y hace mucho calor en verano, y se llena de guiris, y la gente tira los papeles al suelo y bueno, pueden parecer tópicos, pero hay diferencias con el norte y se nota. Sin embargo, a mí me compensa.

Y a pesar de esto quiero irme. Ya lo dije el otro día: nunca pensé que le iba a coger el truco a lo de mudarme. Hay una parte de mí que quiere arraigar y, de hecho, el año pasado había veces que cuando volvía de Málaga entraba en Cádiz acurrucada en posición fetal en los asientos del autobús y pensando en mayúsculas PERO SE PUEDE SABER QUÉ COJONES ESTÁS HACIENDO AQUÍ. Y justo ahora que estoy arraigando, que tengo amigos de verdad y no solo conocidos, que la del Covirán me conoce y no me roban la moto de la puerta de mi casa aunque me vaya un mes... resulta que la perspectiva de irme unos meses me encanta.

Supongo que tiene que ver con las posibilidades que esconde lo nuevo y lo rápido que se ensucia la limpieza mental de las calles. Me acuerdo de cuando Granada era nueva para mí y de lo rápido que se llenó de recuerdos. No llevaba allí ni un mes cuando ya miraba con nostalgia los bares donde había conocido a Nacho, el amigo de Josy que me robó el corazón un verano. Me hace gracia recordar también las primeras semanas en Cádiz, cuando iba de un lado a otro aturdidísima, buscando copisterías y ferreterías. Y ahora es raro que salga y no me encuentre a un paciente o a un conocido.

El tema de la vida es que tiene tantas posiblidades, tantas. Es muy rica. Y a veces se nos olvida. No es solo por las ciudades. Es rica en las personas a las que nos presenta y las experiencias que nos ofrece. Es tan rara y tan loca, tan brutalmente injusta y al mismo tiempo tan luminosa. Contiene muchas opciones y solo tenemos un cerebro y un corazón para atravesarla. Lo peor, o lo más gracioso, según se mire, es que al final todo eso, todo nuestro corazón tan dolorosamente ensanchado, nuestro cerebro tan lleno de aprendizaje y experiencia, morirá y se desintegrará. Y eso lo vuelve todo tan absurdo y, al mismo tiempo, tan importante. El borrador sin cuadro del que hablaba Kundera. La búsqueda de un sentido que se nos escapa todo el rato.

No sé. Hoy ha molado como día. Me he levantado tan contenta que me podría haber preocupado. Ha habido crepes, libros, música y una visita breve al Carrefour, que me relaja. He bailado en mi salón y he eludido otra vez las tareas de la casa. Porque en realidad, ya sabéis que yo siempre digo eso de que todo va a salir bien. Pero, si me apuráis, todo está saliendo bien, ya, ahora.

PD: Señor M., ha llegado el momento de abrirle una etiqueta a Madrid. Hu ha.

Sexcritura

Tengo un problema con escribir sobre sexo. Un problema grave. Ayer leí la última entrada de Rorschach y bueno, porque estaba de guardia, que si no me voy por ahí a violar incautos. Qué calentón más malo y más gratuito. Así que quería escribir algo no parecido, sino simplemente digamos sexual. Por el placer de hacerlo: por describir guarradas, que no es ni la mitad de divertido que hacer guarradas pero podría tener su punto.

Entonces llegamos al tema. Que no me gustan las palabras que hablan de sexo. Que no me gusta decir coño ni tetas ni polla: me parece malsonante. Acabo con eufemismos y rebordes anatómicos: escote, sexo, pubis, humedad, erección, y al final aquello parece una novela rosa mala de esas con fotos en las portadas. Y va, yo quiero escribir sobre follar a saco, es decir, con todas las letras. Sobre comer pollas mirando a los ojos y disfrutando del sabor salado del glande sobre tu lengua; sobre ponerse a cuatro patas y gritar sigue, sigue, más fuerte, así, sigue, sin que te importe un carajo que te escuchen los vecinos. Sobre tíos que son capaces de hablarte, de decir las palabras justas en el tono adecuado, de decir, por ejemplo, "pero cómo me la puedes poner tan dura" o "joder, qué coño tan mojado" y que no suene forzado y que te ponga tan, tan cachonda que no puedes respirar. O quiero escribir sobre que te empotren, que te empotren de verdad: comidas de coño, maniobras manuales extrañas, esforzados acariciamientos de pezones; nada de eso se puede comparar con que un tío sepa empotrarte. Que te agarre fuerte de las caderas, te mire a los ojos, te la meta con decisión y sepa llevar el ritmo. Y que te haga sentir que bueno, que tú también participas, claro; que estáis follando los dos o incluso que estáis haciendo el amor. Pero que él tiene un control que tú le has cedido porque no te importa, porque te gusta: te gusta dejarte hacer en estos momentos, que él te diga con el cuerpo "ahora mismo eres mía y esto es lo que hay".

Peor bueno, yo qué sé, escribir sobre todo eso, describirlo así con detalle como en los relatos eróticos que me gustaba leer a mí cuando tenía menos edad y más necesidad de porno, me produce una mezcla rara entre pudor y grima. El sexo es una de las pocas cosas que me parece que quedan muy, muy lejos de la literatura. El resto de la vida se puede condensar y expresar bien con palabras y, de hecho, muchos momentos que en la realidad son una puta mierda, o anodinos sin más, escritos sobre papel parecen intensos e interesantes. Pero el sexo no. El sexo me resulta muy, muy indescriptible. Cómo vas a describir lo que sientes cuando un tío se coloca bajo tus piernas, te mira a los ojos y te susurra "Dios, estoy temblando", o cuando te rodea con el brazo mientras te folla y después se corre gritando y casi llorando y te mira con los ojos muy abiertos, y se te queda abatido en su cara en tu cuello, diciendo que te quiere, pronunciando tu nombre.

Ojalá follar bien fuera sólo follar bien, así como una cosa mecánica, técnica, que pudiera aprenderse y mejorarse. Pero hay un punto de intimidad profunda, de conexión intensa y presente que, sencillamente, no puede escribirse. Hay tantos momentos de asombro y agradecimiento en el buen sexo, una voluntad intensa e inútil de aferrarse a las sensaciones o de querer morirse justo en ese momento. La mezcla extraña entre placer y dolor. La adoración contenida de un cuerpo y una mente que te gustan de verdad.

(Va, de verdad, necesito un novio. O un amante. O algo. Que escribiendo se puede sublimar prácticamente todo menos eso. Que escribir sobre sexo es lo más parecido a un polvo a medias que se puede experimentar estando solo)

sábado, 4 de febrero de 2012

Vetusteando, que es gerundio

Es una de esas noches. Noche de viernes preguardia, que es algo así como un falso viernes porque sabes que al día siguiente te toca currar. Mi casa, una vez más, parece haber vomitado sobre sí misma. Odio la colada y odio tender con este frío terrible. Llego a casa después de entrenar un rato y de tomar algo con la gente del roco. Caliento un tazón de sopa, le echo un par de hojas de la planta de hierbabuena del balcón y me siento frente al ordenador con los pies prácticamente incrustados en el calentador de aire.

No se me ocurre nada, no se me ocurre nada, o más bien se me ocurren cosas y ninguna me satisface. Podría escribir un post sobre tíos que no son guapos y que aun así me ponen. Para lavar mi honor y borrar un poco esa imagen de chica superficial que estoy dando últimamente. Pienso en John Cusack, pienso en Valentino Rossi (va, no, este es guapo; bajito, pero guapo). Luego se me ocurre un post de recomendaciones metaliterarias: libros sobre escritura que me han inspirado. Pienso en El gozo de escribir, pienso en Pájaro a pájaro, pienso en La novia imaginaria.

Pero en realidad no quiero eso. En realidad quiero, como decía Golfo, romper a escribir como quien rompe a llover. Así que me levanto, miro la pila de platos sucios sobre el fregadero y decido que voy a escuchar Vetusta Morla y a fregar, a ver si entre la música y la espuma me visitan las musas. Me pongo los guantes para poder poner el agua muy caliente y ver, encantada, cómo la grasa sólida se diluye y se marcha por el desague. Hay algo de mágico y sagrado en la mugre que se va y en cómo lo sucio se vuelve limpio.

Saqué el primer disco de Vetusta de la biblioteca hace más o menos un año y no llegué a escucharlo. Se me pasaron los días de préstamo y tuve que devolverlo deprisa y corriendo sin acordarme siquiera de importarlo al iTunes. Meses después conocí a IA, que estaba empeñado en que los escuchara, así que una noche abrí el Spotify, busqué Vetusta Morla y pinché en el primer título que me llamó la atención: Maldita dulzura. En aquel momento era así: maldita dulzura la suya, porque yo colgaba el teléfono todas las noches y gemía de desesperación sobre mi cama, verídico. Lloriqueaba como si tuviera ocho años pensando que de ahí no podía salir nada bueno. Escuché la canción medio estremecida. "Hablando pasan los días que nos quedan para irnos."

El primer fin de semana que pasamos juntos, IA me puso el primer disco entero en su furgo, conduciendo hacia Valladolid el domingo por la tarde. Me gustó mucho. Me gustó tanto que cuando comprendí que lo nuestro, si se puede llamar así, había terminado, me propuse seguir escuchando el CD hasta que dejara de recordarme a él, porque podía renunciar a IA, pero me negaba a renunciar a Vetusta. Aun así, sigo pasando Maldita Dulzura cada vez que el orden aleatorio del Spotify la selecciona. Y en eso pienso hoy mientras friego los platos y canturreo Sálvese quien pueda: en que ahora Vetusta me sigue recordando a IA, claro que sí, pero de forma menos emocional, menos brusca. Puedo tolerarlo. Pensando que en algún punto él dejará de importarme, y lo sabré porque vendré aquí y contaré la historia como sucedió: no trozos escondidos, no verdades a medias, no alusiones que yo entiendo y que creo que él entiende y que vosotros no sé si entendéis. Lo escribiré todo. Mientras no sea capaz de eso significará que me sigue importando.

Friego despacio y repaso el día. Le he pasado un test de inteligencia a un señor con una demencia tipo SIDA que al terminar no sabía volver a su habitación desde la consulta. Yo le hablaba suave y él sonreía: ¿lo hago bien? preguntaba desde detrás de su lengua disártrica. Había estado viviendo un tiempo en la casa Colichet, un centro para enfermos de SIDA que hay en Churriana en el que trabajé un verano como voluntaria. Ayer repasaba la historia del paciente y vi un informe escrito por Sor Juana, la monja que lleva el centro, y la recordé machacándonos a trabajos de bricolaje y jardinería y explicándonos que los enfermos necesitaban nuestra compañía, sí, pero necesitaban mucho más que encaláramos la pared del patio. Uno de los pacientes murió el día después de que nosotros acabáramos de trabajar allí. Aguantó hasta que nos fuimos. Otro me miraba tan fijamente y con unos ojos castaños tan profundos y dulces que una tarde me volví a casa convencida de que era la reencarnación de Jesucristo.

En realidad, pienso mientras sigo fregando platos y el reproductor me canta Valiente, no tengo carencias afectivas. No ya por mis pacientes. En general, podría decirse que mi corazón está a pleno rendimiento. Quiero y me quieren. Aran me ha mandado hoy un corazón verde por Whassap, "me acordé de ti y te he enviado un corazón de meta" (creo que es un juego de palabras entre menta y metta, el amor compasivo budista, pero no lo tengo claro). Ayer una lectora me escribió un mail tan largo, bonito y agradecido que me tuvo toda la tarde con una sonrisa en la cara. Y en realidad ya os digo: quiero, me quieren. Funciono.

Pero hoy salía del roco con Eva y Toñi, que iban a cenar en casa de Eva y acarreaban sendas bolsas del Mercadona llenas de lasaña y vino. Yo habría ido también, pero me he abstenido en pro de llegar a la guardia descansada y poder escalar el domingo. El caso es que hace un frío que se congelan los pingüinos incluso aquí, en el dulce sur, con lo que no quiero ni imaginarme cómo estará el rudo norte. Y me acuerdo de IA y pienso que tiene que estar bien contento con todas las montañas del mundo cubiertas de hielo para que él pueda clavarles sus crampones. Y la cuestión, que me disperso, es que hacía un frío tremendo y yo era la única que no llevaba guantes. Llegamos a la furgo de Toñi, yo me siento detrás y Eva en el asiento del copiloto. Me miro las manos heladas, con la piel reseca del magnesio y los nudillos hinchados. Qué frío, cojones, suelto, tengo las manos congeladas. Eva saca los brazos hacia atrás, "trae, que te las caliento", y agarra mis manos con las suyas que están templaditas y suaves. Me rodea los dedos, me dice que pegue mis pulgares al dorso para que no se queden fuera, y mientras charlamos y cruzamos el Puente de Carranza, yo con las manos enfundadas en las de Eva, pienso que en mi vida afectiva no tengo carencias, pero que necesito tanto que alguien me toque.

Por instinto sé que lo que escriba hoy deberá mencionar eso, y por instinto voy componiendo las frases en mi mente mientras me estremece Copenhague, paso la bayeta por la encimera y limpio la vitro con una espátula. Ladrillos de vida en forma de palabras que intentan plasmar una imagen. No se trata más que de eso. Y ni siquiera he empezado a escribir hoy, pero ya sé que podré llover con los dedos y que el post va a gustarme, aunque sea de una forma dolorosa. Que tardaré menos de lo que creo y corregiré menos de lo que imagino. Y mientras La marea va desgranando las últimas notas y recuerdo a IA cuando la cantaba mirándome a los ojos e intentando llegar a los agudos, estiro los dedos como un concertista, despejo un poco la mesa de pintaúñas y papeles y me siento a escribir. Prematuramente satisfecha. Deliciosamente melancólica. Contenta, en general.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Moda, consumo, cosas con cosas

Antes que nada quiero decir que estoy cansada pero cansada de verdad, en plan que he tendido la mitad de la ropa y la otra mitad la he esparcido por el sofá con la esperanza de que se seque en algún punto. Y encima yo quería escribir un microcuento interesante e irme a la cama, pero me pueden las ansias. Y encima ahora mismo voy a parar de escribir y voy a pintarme las uñas, porque mi rojo favorito de la vida, el rouge casino de Bourjois, se está descascarillando y parezco una choni.

Fin del inciso. Mis preciosas uñas pintadas del tono 70 del Deliplus os saludan. Que, por cierto, qué les costaría a los de Deliplus inventar nombres bonitos para los esmaltes. A este concretamente yo lo llamaría algo como Guinda Deep o Purple Cherry, porque es una mezcla entre violeta y guinda y tiene chispititas.

Y ahora, después de ganar el premio a los dos párrafos introductorios más terribles de la historia y después de perder por el camino a, por lo menos, tres lectores masculinos (apuesto por Rorschach, Míchel y Byron), comencemos.

La moda está bien para quien la quiera. A mí me gusta así en el plano abstracto. Me gusta la ropa bonita y me encantan los zapatos bonitos. Cuando veo a una chica guapa y bien vestida en casi cualquier estilo, me encanta y la envidio. Mi amiga María decía que mi estilo es no tener estilo. Pero ojo: yo no creo que ir bien vestida sea patrimonio de tías exquisitas con un sentido del gusto tocado por los ángeles. Cuando estudiaba el PIR me leía las revistas de moda-cotilleos en la hemeroteca, y realmente no es tan difícil. Sigues cuatro tendencias, lo combinas con un mínimo sentido del color y conocimiento de tus limitaciones físicas y voilà: ya vas aceptablemente fashion.

El tema es que la moda es una afición que se basa en dos elementos: tiempo y dinero. El tiempo está bien que se lo dediques si te gusta. Si tu rollo es ir por las tiendas memorizando cortes, colores y precios, comparando y buscando entre todos los blazer azul marino del planeta cuál le pega a tu nuevo minivestido fantasía, adelante. A mí, no obstante, se me ocurren así sin darle muchas vueltas como veinte ocupaciones mejores para mi tiempo libre.

El tema del dinero ya me parece más patológico. Yo últimamente tengo un poco de crisis acerca de esta forma de vivir que tenemos los humanos del primer mundo. Estamos rodeados de cosas bonitas y es muy fácil sentirnos tentados por ellas. Hay mucha, mucha gente que vive de intentar convencernos día tras día de que necesitamos esas cosas bonitas. Y las compramos, usamos y tiramos a un ritmo que nos va a dejar sin planeta y sin recursos antes de que nos de tiempo a decir pantalones de pitillo.

En un plano más concreto, vas de compras tal día como hoy. Y ves una falda. Una falda preciosa, semiacampanada y de un extraño color burdeos. Te la pruebas y te encanta. Pero en realidad no tienes nada que te pegue con la falda, así que buscas una camiseta. Y después unas medias, porque las marrones que tienes no van con ese burdeos, y has pensado combinarlas con unas grises. Y luego quizá unas botas, porque tus botines no combinan con el estilo, y por supuesto unos pendientes en tonos cobre que le van estupendos. ¿Y para qué todo esto? ¿No tenías faldas ya? ¿Te hacía falta? ¿La necesitabas? El tema del comprar y el consumir es que nunca le vas a ver un fin. Está planteado para eso.

Yo sé que la vida son dos días y que uno no puede andar sintiéndose culpable por todo. Que está bien tener cosas bonitas y sentirse guapa y atractiva. Pero a mí personalmente me gustaría ir tendiendo poco a poco hacia la austeridad. Tener cosas bonitas, sí, pero menos. Pensar bien en lo que compro y en lo que tiro. Me va a resultar complicado, porque yo soy tipo impulsiva y en realidad el dinero no me importa tanto. Mi actitud en ese sentido es más bien de "me lo gasto porque quiero y para eso lo gano", y es muy complicado distinguir la frontera entre lo que necesito y lo que quiero. Ya hace tiempo, de hecho, que me propuse cambiar una palabra por la otra. "Necesito unos vaqueros". Mentira cochina: necesito oxígeno, amor y agua, pero no necesito unos vaqueros. Los quiero. Me vendrían bien. Pero no los necesito.

Así que estas rebajas he puesto en marcha una política de gasto cero. No me he comprado nada. ¿Para qué? Tengo mucha ropa ya. Comprando en rebajas no estás ahorrando. Estás gastando. Si te compras por seis euros una camiseta que valía doce, no ahorras seis: gastas seis. Ahorrar es no comprarte nada.

En realidad yo quería escribir sobre la moda en un tono así lúdico y, sin embargo, me ha quedado un post medio panfletario. Pero es que me preocupa un poco esta vida absurda. Creo que estamos muy dispersos, que se nos están yendo en chorradas el tiempo y el dinero. A mí la primera. La pregunta clave es cómo vivir y cómo tomar las miles de decisiones que componen nuestra rutina, y en lo relativo a la moda creo que hay que tomar partido. Te complicas la vida siguiéndola o la simplificas, y yo estoy por simplificar.

(Excepto con los esmaltes, que conste. Que el Deep Purple Guinda Cherry es maravilloso y vale como dos euros y medio)

(Y siguiendo con la línea de cosas que no me convencen de la vida moderna, sigo sin pillarle el punto a Twitter. Lo estoy intentando, más que nada por hacerle publicidad al blog. Pero como en un mes siga pareciéndome la misma chorrada colectiva que me parece ahora, creo que voy a pasar)

(Estoy muy, muy cansada y muy poco orgullosa de cómo ha quedado este post, pero qué le vamos a hacer)

martes, 31 de enero de 2012

Mi roco


Acabo de llegar de entrenar. Llevaba sin ir al roco desde diciembre por culpa del maldito tobillo, y aunque todavía me molesta un poco no podía ya más con mi vida sedentaria. Así que ayer fui a la ortopedia y me compré la tobillera más cara que tenían, y hoy me he plantado allí para apretar un rato.

Mi roco es, casi seguro, el más cutre del planeta Tierra. Con decir que nos han cortado el agua por impago y ahora no se puede mear. Está sucio nivel mi inmunidad se ha incrementado desde que entreno allí, y desordenado nivel un día llegué a mi casa y me había traído unos calcetines que no eran míos.

Los entrenamientos transcurren más o menos así: llegas en coche, aparcas en zona prohibida justo delante de la puerta y te encuentras abierta la persiana metálica. Entras lanzando un sonoro "illoooooooooooo" al que se te contestará con otro "illoooooooooooo" más o menos igual de sonoro. Empiezan los saludos: aquí en Andalucía das dos besos cuando llegas y dos cuando te vas, y da exactamente igual que te vieras por última vez hace un mes o hace dos horas y/o que estés sudando como un cerdo porque llevas un rato entrenando. Si son dos tíos cambian los dos besos por darse la mano y palmadas muy fuerte. "Qué pasa, quillo", "Aquí estamos a ver si entrenamos un poquito", "¿Lleváis mucho rato?", "Desde las cuatro de la tarde" (risa que indica que es broma y que acaban de llegar, exactamente igual que tú.) Etc, etc.

Te cambias. Hace un frío que te cagas (la calefacción no se conoce en Cádiz, ¿lo he dicho ya?) porque, además, la puerta no cierra y entra corrientazo húmedo desde la calle. Pero bueno; así al menos se airea y tu inmunidad aumenta aún más. Te cambias y te congelas. Si eres yo, calientas un poco; si eres cualquier otro, estiras mínimamente los brazos y te cuelgas de los tablones mientras te ríes de Marina, que está haciendo rotaciones de codos como en las clases de educación física del cole.

Después cada uno entrena un poco según sus gustos y caracteres. Jugamos a un dos mas dos, que yo no sé por qué se llama así si siempre vamos de tres en tres. Consiste en que el primero elige tres presas para las manos y pone los pies donde quiera; el siguiente repite lo del primero y pone otras tres; y así hasta que uno se cae. Siempre hay alguno que destroza el dos mas dos poniendo pasos imposibles de la muerte, y si jugamos tíos y tías nosotras solemos quedarnos intentando repetir, un poner, los veinte primeros movimientos, mientras ellos se retan en la parte más inclinada y emiten sonidos guturales.

Hay momentos para todo. Momentos en los que hay cinco notas compitiendo por un trozo de pared, y momentos en los que somos diez personas y solo hay una escalando, y los demás miramos, charlamos, animamos o nos peleamos por la música. Hay quien se marca vías y las repite un día detrás de otro. Hay quien le pide a otro que le vaya señalando las presas y luego le insulta cuando le pone pasos demasiado difíciles. Después los tíos compiten a ver quién se hace más dominadas y las tías practicamos posturas de yoga en el cuarto donde el Maik pega las palizas. A veces colgamos la cuerda de equilibrio de dos parabolts que hemos puesto en la pared para la ocasión y practicamos un rato.

Al final nadie entrena lo que quería. Los que venían decididos a intentar cuarenta movimientos seguidos para practicar continuidad acaban ensayando bloques duros de pocos pasos y cayendo reventados sobre los colchones. Los que querían ensayar su vía se enganchan al dos mas dos y protestan porque la gente no va lo suficientemente rápido. Y siempre hay alguien que al final dice "vamos a tomarnos algo", y algunos se quedan entrenando más rato y otros se dejan arrastrar al Lucky, el bar de la esquina. Nos sentamos fuera, porque los fumadores siguen imponiendo sus criterios nazis, pero nos da un poco igual porque venimos calentitos. El Lucky saca cañas, vinos y unas aceitunas riquísimas que aún no ha querido revelarnos dónde compra, y el Kpot dice "prohibido limpiarse el magnesio en el caldito de las aceitunas", mientras zabulle los dedos blancos en la cazuelita y se ríe muy alto.

Para cuando llego a Cádiz son las mil, como hoy, y acabo cenando tortitas de maíz con mantequilla porque no me dan las manos para prepararme nada. Estoy hecha polvo y me quedan ocho horas y pico para encajar otra vez en Puerto Real para ir al trabajo. Nuestro roco es un poco de aquella manera, lo confieso, y no creo que allí podamos entrenar ninguno como para acabar haciendo octavo grado. Ni falta que nos hace.

Y mientras miro las páginas web de los rocos de Madrid, anticipando los casi ocho meses que parece que pasaré allí el año que viene, pienso que bueno, que el nuestro no tiene vías largas para hacer con cuerda, ni gimnasio, ni sauna, ni duchas. De hecho, insisto en que no tiene ni agua. Es el sitio más cutre ever y nosotros los escaladores menos disciplinados del planeta. Pero no creo que haya otro roco igual. Y cuando esté ahí en Madrid acojonada, entrenando en mega rocos super equipados y rodeada de ochogradistas, pensaré en la Puerta Amarilla y me dará un montón de nostalgia.