massobreloslunes

martes, 12 de junio de 2012

VM, mi tipo femenino y el inquietante olor del Varo

Ayer fui al Corte Inglés a lavar la furgo. Resulta que mañana nos vamos de road trip los pires del área y quiero que mis pasajeros vayan cómodos, limpitos y, a ser posible, sin pelos de perro en la ropa.

Llego con la hora justa, como siempre. Me pierdo por el aparcamiento (verídico) y tengo que llamar al centro de lavado para que me guíen. Cuando lo encuentro, la chica que trabaja allí  se está descojonando en mi cara; lo que hay que aguantar. Pero me bajo y quedo encantada, porque nada más llegar ya huele a vainillita y a cosas limpias y ricas de lavadero pijo.

La chica que se ha reído de mí me observa bajar de la furgo, que tiene que ser para verme: yo toda mona en modo CI, con mi falda rosa con lunares blancos, una camiseta rosa, sandalias de tacón y las gafas de sol en la cabeza, y luego mi furgo, que en cualquier momento va a ponerse a andar sola transportada sobre los lomos de miles de ácaros del polvo. Me habla de las modalidades de limpieza.
- Y por sólo diez euros más tenemos el especial, con limpieza de huecos, pulido de superficies, cepillado de tapicerías y desodorización del habitáculo.
- ¡Ése, ése quiero yo! ¡El del taco! - exclamo, entusiasmada.

Para que la señorita comprenda mi situación tendría que decirle algo como "verá, señorita, es que le debo dinero al Estado, y por eso en vez de comprarme una furgo nueva del paquete o por lo menos con unos cuantos miles de kilómetros menos, le he comprado la Dobloneta a un notas al que cariñosamente llamaremos el Varo, que a su vez tiene una perra, la Lana. Y resulta que mi coche está lleno de pelos de la Lana y que además, según mi amigo Kpot, el coche huele al Varo. Que sí, Marina, me insiste, que yo cierro los ojos en tu furgo y es como estar con él. Así que por favor, señorita, cóbreme lo que sea, pero haga que mi furgo deje de oler al Varo".

Pero creo que con decir que quiero el lavado caro le basta.

Así que me explica que el ticket de aparcamiento corre de su cuenta (sólo faltaría) y me voy feliz de la vida a matar el tiempo en mi querido CI. Doy vueltas por la parte de ropa y me pruebo vestidos de Desigual. En realidad, estoy siguiendo una política de compra cero por convicción ética. Algo como "si tengo ropa para vestirme todos los días, en realidad no necesito ropa, así que no compro ropa". Pero me gusta probarme cositas monas y taconear por los probadores. Me miro y me veo estupenda. Ligeramente quemada del finde; a lo mejor el rosa no es una buena opción, porque en ciertos puntos de mi piel se fusiona con mi cuerpo, pero estoy mona, en cualquier caso.

Después decido que me voy a probar unos Levi's. Es una decisión así como absurda, porque en mi vida me he comprado unos y, de hecho, ni siquiera sé cómo va el tallaje. Pero recuerdo cuando mi primo Sergio me explicaba el efecto sobrenatural que en los culos femeninos ejercían los Levi's y pienso: pues a ver cómo van en mi culo. Y allá que voy, eligiendo tallas a ojo con cara de entendida y asintiendo mientras murmuro "ajá, con que ésta es la nueva colección de verano". Hay diez millones de modelos en varios colores y curvaturas, así que agarro un par así un poco por azar y enfilo hacia el probador.

No están mal, pero lo del culo es un timo. Los pantalones me lo aplastan y estoy cero sexy. No puede ser, señor Levi o como se llame el dueño de la marca: aún no tengo claro que me vaya a gastar noventa pavos en unos vaqueros, pero si lo hago quiero que me hagan un culo de noventa pavos.

En esto que salgo y me encuentro a un ser a quien a partir de ahora llamaremos el Vendedor Motivado, por razones que quedarán claramente expuestas a lo largo del post.
- ¿Qué tal te queda? - me pregunta, señalando los pantalones.
- Regular - contesto.

Me pienso un rato cómo explicarle mi problema y al final opto por un simple:
- Me hacen el culo raro.

Se ríe.
- Verás - me explica -. Levi's ha hecho un estudio entre miles de mujeres y ha concluido que existen tres tipos de cuerpos femeninos, tres, y ha sacado un modelo para cada uno de esos cuerpos. ¿Me permites que averigüe cuál es tu tipo femenino?

Estoy embelesada. Hace un momento no sabía el tallaje de Levi's y ahora alguien me va a decir mi tipo femenino.
- Claro, claro, averigua, que para eso estamos.

Saca un artilugio medidor con cintas y clips y me lo amarra a la cintura y las caderas con mucho cuidado mientras me pide perdón cada vez que me toca. Es muy adorable; parece un novicio. Yo le animo: "no pasa nada, hombre", mientras espero anhelante que mis Vaqueros Perfectos caminen despacio hasta mi Futuro Culo Glorioso.
- Vale - me dice VM después de muchas mediciones pudorosas -. Resulta que tú tienes un Demi Curve y habías cogido un Bold Curve, ¡¡¡enorme error!!! Los Bold Curve tienen tensores que aplastan tu trasero - juro por Dios que utiliza la palabra "trasero" -. Tú espera aquí, que yo lo arreglo.

Madre mía, qué novata. Mira que no saber mi tipo de curve; menos mal que había acertado con mi talla de cintura. VM me trae unos cuantos vaqueros con distintas perneras y colores y curves y yo entro al probador llena de esperanza.
- ¿Qué tal?
- Me siguen haciendo el culo raro - grito por encima de la puerta -. Pero que no te preocupes, que igual es mi culo.
- No, mujer - me dice VM, encantador y motivado.
- Que sí, que a mí me cuesta mucho encontrar vaqueros, de verdad, que tengo un culo complicado.

Salgo del probador. VM está frustrado. Estudios en miles de mujeres y resulta que no encajo en ninguno de los tres tipos femeninos Levi's. Me propone mirar otras marcas y me trae unos Lee y un par de Salsa Jeans. La parte buena es que son más baratos; la parte mala es que VM está estableciendo una relación comercio-manipuladora conmigo que no me va a dejar más remedio que gastarme en vaqueros el presupuesto para comida del mes. Fantaseo con la devolución posterior y me resigno.
- Estos Lee - me está diciendo entretanto VM - llevan más elastano que cualquier otro vaquero del mercado. Esto quiere decir que permiten un 30% más de libertad de movimientos que los demás vaqueros.

Le miro fijamente sin poder creer que haya dicho algo como "30% más de libertad de movimientos" así, en mi cara, sin parpadear, pero como soy muy educada asiento y entro a probarme los cinco nuevos modelos.
- Regular.

Abro la puerta para que compruebe con sus propios ojos el drama de mi culo aplastado por el abundante elastano del Lee. Los Salsa prometen, pero no me entran. VM va a buscarme Salsa más grandes mientras exclama muy convencido que si hoy no logra encontrarme unos vaqueros se suicidará. Verídico. Y luego soy lo a la que le mola el drama.

Los Salsa de mi talla me hacen el culo más horrible que ningunos pantalones sobre la faz de la tierra me han hecho jamás. Es como si primero lo aplastaran y después lo empujaran hacia el suelo y después me pusieran veinte años encima. El horror. Tengo que mirarme el culo sin vaqueros en el espejo para convencerme de que no es así de feo y no irme a mi casa llorando. Y me da mucho, mucho miedo abrirle la puerta a VM.
- ¿Voy preparando la soga? - pregunta.
- Me temo que sí.

Abro, le enseño el Culo más Horrible Bajo Unos Vaqueros Ever y el pobre hombre se queda sin palabras. En mi opinión, sin embargo, no debería quejarse: él tiene muchos vaqueros que vender, pero yo sólo tengo un culo.
- Déjalo, de verdad, que hoy no está de Dios que me compre unos vaqueros - le digo, mientras le apoyo una mano en el hombro. El hombre parece tan triste que estoy a punto de confesar que soy psicóloga y explorar su intención autolítica, pero me contengo. Acabamos consolándonos mutuamente, algo como "eres un gran vendedor", "y tú tienes un culo estupendo", y salgo de la parte de vaqueros caros inundada de drama. Al menos mi política de gasto cero permanece intacta.

Después voy a por mi furgo, que brilla como el sol desde el fondo del aparcamiento. Abro la puerta, esnifo su aroma y me regocijo en la maravilla de que ya no huela al Varo. Qué estupendo todo, incluso aunque mi culo escape a los tallajes internacionales de los vaqueros de marca. A lo mejor estoy hecha para comprarme los vaqueros en el Lefties; ni tan mal, al fin y al cabo, que allí por veinte euros te los encuentras la mar de apañados.

Moraleja: si alguna vez tenéis verdadero interés por compraros unos vaqueros, id al CI de Cádiz y buscad a VM. Pero antes haced unas cuantas miles de sentadillas, que los tensores de los traseros los carga el diablo.

Largo domingo de verano

Es domingo, son las ocho de la mañana y ya me he aburrido de dormir, así que después de obligarme un rato a permanecer horizontal dentro de la Dobloneta, decido que al carajo todo y que voy a levantarme. Guille está frito a mi lado, y Pablo e Irene también van a tardar en amanecer dentro de su Vito, así que decido vestirme e ir a tomar un café y dar un paseo, por ese orden.

El café me lo ponen en la venta de al lado, que a pesar de la hora ya está dando de desayunar a abuelitos madrugadores. Hay una terraza con mesas de piedra que da al monte y a la duna de Bolonia, y ahí que me siento con un café supercaliente tamaño barreño y una manzana. El sol sale desde detrás del cerro de San Bartolo, y la bruma alrededor de la montaña no tiene claro aún cuánta luz le va a dejar al día.

Le pregunto al camarero cuánto tardo en llegar a la playa de Bolonia andando. En mi mente hippy matutina me doy un paseo hasta allí y me baño en bolas en el Atlántico. O bueno, con bikini, lo mismo da, pero un baño matutino y helado ahora mismo no me sobraría nada. El notas me dice que a cuatro kilómetros, pero que por un caminito lateral se llega a otra playa más cercana y bonita. Visualizo playas vírgenes en mi cerebro y a mí correteando por ellas como Brooke Shields en la peli esa en la que se tiraba a su hermano. El camino no tiene pérdida, me dice el señor.

Echo a andar. Tengo un amigo que dice que él con calcetines podría irse a Laponia, porque todo el frío se le concentra en los pies. Yo es echar a andar y podría llegar a Laponia también, porque me encanta andar y esa certeza de que si te mantienes en movimiento el tiempo suficiente puedes llegar a cualquier parte.

La carretera recorre despacio las colinas amarillas. Me gusta tanto este paisaje, su sólido empeño en permanecer vivo a pesar del levante, de los meses sin agua y del salitre del mar. Veo la playa a lo lejos y las casitas salpicando el monte. A ratos me cruzo con algunas vacas marrones que han empezado a masticar hierba tempranito para ir adelantando trabajo. Camino y pienso, y me acuerdo de la vez que alguien me explicó que andando se piensa mejor porque te llega más sangre al cerebro. Si hasta hay una escuela filosófica griega que hace eso: los peripatéticos, que es un nombre genial para no sé, un grupo popero modernito.

El camino no tiene pérdida, y cuando me quiero dar cuenta me he perdido y estoy saltando una alambrada con precariedad. Se me engancha el pantalón, me escurro, me caigo, pero nadie me ve cargarme el bucolismo matutino con mi torpeza. Que vaya tela yo, aficionarme a escalar con esta capacidad para la coordinación tan limitada. Llego al otro lado y corro como una fugitiva hasta llegar otra vez a la carretera, porque lo de saltar una alambrada que en realidad probablemente esté pensada para que no se escapen las vacas me ha hecho sentir peligrosa. Me lo estoy pasando muy bien y ya escucho el mar. Troto durante unos minutos para acelerar el proceso Brooke Shields, pero el ruido de mis pasos no me deja oír el silencio, así que aminoro.

Llego al Chaparral, un área de pinos cruzada por caminos de tierra. El del bar dijo algo de un camino, creo, y sigo escuchando el mar, pero en realidad ya llevo cuarenta minutos andando y se supone que eran dos kilómetros. Aun así, empiezo a atravesar los pinos como si no hubiera un mañana. El mar ulula desde lejos como las sirenas de Ulises, pero el camino no me acerca lo más mínimo a él. Entonces me suena un whassap, que ya me vale: de paseo, sí, pero con el 3G encendido, y es Pablo que me dice que si tomamos café, y yo le digo que de acuerdo pero que tardo un rato, que me he ido a pasear y me he desviado un poco de la ruta. Aborto el proyecto Brooke Shields con lástima y doy la vuelta.

Entonces decido que voy a hacer un poco de barefooting. Que me voy a quitar los zapatos, vaya, porque desde que vi este vídeo me ronda la idea de probar el barefoot running a ver si lo toleran mis rodillas de anciana. Pero antes parece ser que tienes que hacer callo en las plantas de los pies, y yo pienso con penita que tendré que resignarme a perder el concurso de plantas de los pies suaves cuando seamos viejas que la PK y yo acordamos hace unos años.

(El concurso tiene que ver con que, según la PK, para tener pies suaves hay que usar piedra pómez y, según yo, basta con crema hidratante. Pensábamos cuidar nuestros pies con los respectivos tratamientos y compararlos cuando tuviéramos cincuenta años. Ahora escalo y quiero correr descalza por los campos, así que paso de la crema hidratante y le cedo a la PK con gusto el cetro de la suavidad plantar).

Así que bueno, me quito los zapatos y los calcetines, los amarro a mi minimochila Quechua de cinco euros y echo a andar por los caminitos de tierra. Es curioso. Un poco molesto a ratos, pero nada del otro mundo. Voy pisando con muchísimo cuidado, y de repente mi universo sensorial se amplia y aparece otro montón de sensaciones con las que antes no contaba. Me doy cuenta de que el camino de tierra, que hasta hace un momento era un todo uniforme en mi cabeza, ahora se ha descompuesto en muchos trozos que se diferencian sutilmente en textura, en material, hasta en temperatura. Voy buscando las agujas de los pinos y la tierra húmeda y prensada, evitando las piedrecitas y los trozos rotos de piña seca. Camino despacio y sin hacer ruido mientras sigo escuchando las olas traidoras detrás de mí.

Al cabo de un ratito me vuelvo a poner los zapatos. El café me espera y como siga con esto del walking zen voy a llegar a las tantas. Troto otro poco colina arriba para compensar la tardanza descalcera. Las vacas me miran divertidas, intuyendo que esta vez no me voy a molestar en saltar la alambrada de pinchos.

Y esas son las dos primeras horas de mi domingo, ahí es nada. Todavía me queda un buen baño en el Atlántico (con bikini, snif), una aproximación de media hora bajo el solano al pie de vía del sector que visitaremos hoy, unas cuantas vías de estas de sufrir porque da el sol en la pared y te parece que te van a reventar los pies dentro de los gatos, una hora y pico de conducción de camino a Cádiz con un episodio de casi muerte, porque a la roulotte que llevo delante se le desprende un toldo que se revienta contra el frontal de la Dobloneta. Luego llegar, descargar la furgo, comentar el finde con el Kpot mientras tomamos café en el salón de Villa Fanática, embadurnarme de after sun porque quemada es un eufemismo para el estado de mi piel. Y aún me va a dar tiempo a subir unas cuantas fotos al blog para, como dice Khal Yeleytr, hacerme la sexy (aunque, Khal querido, yo no me hago la sexy; yo soy sexy).

Y cuando me voy a dormir sintiendo cómo me pican los hombros al roce de las sábanas, y pensando que joder conmigo, que parezco nueva quemándome al sol andaluz con veintisiete años, pienso que bueno, que igual no salvo a la Humanidad ni gano el Pulitzer ni nada, pero que la vida me cunde. Otra cosa no, pero me cunde tela.

viernes, 8 de junio de 2012

Jueves esforzado, post desorganizado

Los jueves siempre quiero escribir mejor que nunca, y a lo mejor es por eso que llevo media hora parada delante del ordenador sin decidirme por nada. Los minutos gotean en el reloj de la pantalla y me dicen que es el tiempo que le estoy quitando al sueño. Debería dormir más. Intento escribir sobre varios temas y veo que voy con prisas y sin ganas. Pienso que a lo mejor hoy la honestidad es no escribir nada, y luego me digo lo que le dije al Kpot hace un par de semanas: si todos los días que creo que no tengo nada que decir no escribiera, no escribiría nunca.

Hoy, por cierto, el Kpot y yo hablamos durante la cena de qué haríamos si nos quedara poco tiempo de vida. Yo le digo que escribiría mucho, seguro. Que me abriría un blog sobre mi propia muerte, algo como memuero.blogspot.com, y que seguro que sería un éxito, porque la gente es muy morbosa. Él piensa que no. Cree que si me quedara poco tiempo por delante, no escribiría; que me dedicaría a hacer cosas. Yo le aseguro que sí, porque para mí escribir es hacer o, por lo menos, asentar lo hecho y darle un sentido. Y porque me encantaría tener un blog que fuera realmente un éxito, y estoy segura de que mi blog moribundo o moriblog lo sería.

Es como una condena, le digo mientras cierro el portátil y me lo coloco bajo el brazo para subir a mi cuarto. Sobre todo cuando atraviesas periodos como éste, así un poco estériles o quiza sólo distraídos o hartos de mi propia voz. No sé qué me pasa últimamente. A lo mejor debería plantearme otro reto, tipo el Michelian Challenge, no sé. Necesito algo que me sacuda.

Los jueves siempre quiero escribir mejor que nunca porque luego me voy el viernes y el sábado y me sabe mal dejar esto aquí solito con un post de mierda. Quiero escribir mejor que nunca porque, aunque penséis que no, yo os tengo presentes. Sé que estáis al otro lado, y os imagino, y de verdad que quiero que esto os haga pasar un buen rato. Es curiosa la conexión entre el autor y el público. Hoy una paciente se ha encerrado en una de las salas de la comunidad a escuchar música. Pensábamos que estaba bailando, pero al abrir para buscar sillas la hemos visto sentada frente al radiocasette mientras sonaba Amaia Montero. La canción era romántica y cursilona, y la paciente estaba muy seria, con la cabeza apoyada en las manos. No he pensado nada concreto; simplemente me ha llegado la intuición del desfase tremendo entre Amaia, tan mona, tan rubia, con su voz tan esplendorosa, y nuestra paciente feúcha y solitaria sentada en una comunidad terapéutica de salud mental. Creo que en su mirada fija hacia los altavoces estaba la conciencia de ese abismo.

Así que bueno, éste es mi esfuerzo de jueves. Mañana por la tarde cargo la Dobloneta y me marcho a la playa y a la roca, no necesariamente por ese orden. Voy a intentar de corazón rellenarme de algo la mente y el cuerpo y contar algo interesante el domingo por la noche. Los domingos también me esfuerzo para compensar las ausencias. Hasta entonces, sed felices. El lunes pasado estuve en el Café con Libros, en Málaga, y había una exposición de este chico. En una de las viñetas se veía a un grupo de gente preocupada y triste detrás de un muro gris. En lo alto del muro, un monigote rubio miraba al sol y al prado que se veían al otro lado y sonreía. Yo me siento así ahora, le dije a Elsa: en la parte bonita de la vida. El muñequito sabía trepar lo suficiente como para intentar ver qué había encima del muro, y resultó que era hermoso. Esos son mis deseos para vosotros hoy: que este viernes en particular y en esta vida en general seáis capaces de subir lo suficiente como para ver la belleza al otro lado.

Besitos y buenas noches.

miércoles, 6 de junio de 2012

Carta a un MIR de psiquiatría

Hey, MIR:

Hoy te quiero escribir concretamente a ti para contarte una cosa bonita. Hemos estado tomando algo al mediodía y me ha encantado verte, como siempre. Llevo regular este cambio de rotación. Cada vez que te adaptas a un sitio y después tienes que irte es un poco como ser expulsado... no exactamente del paraíso, pero sí de un lugar al que ya te habías acostumbrado. Como minidespidos sucesivos: el PIR es una ETT constante. Así que me consuela verte y que me cuentes cómo van las cosas en la Unidad.

No es fácil esto, ¿eh, MIR? Por eso me gusta charlar contigo desde que te conocí: porque eres objetivo sin perder el optimismo, y porque desde el principio te tomaste este camino como lo que es. Nada perfecto pero sí bastante interesante. Por eso te quiero contar que esta tarde, después de comer y echar una mini siesta, he cogido la furgo y me he ido al centro de salud donde estuve rotando el año pasado. Allí me empeñé en ver pacientes aunque en principio no estuviera previsto, porque me parecía que podía ser útil. Presenté el proyecto, a la directora le pareció bien y me abrieron una agenda los lunes por la tarde.

Ahora imagíname, MIR, todos los lunes de julio y agosto, desde las tres hasta las siete, viendo pacientes nuevos como si no hubiera un mañana. Uno cada media hora. Yo en la consulta, el centro casi en penumbra, la playa a trescientos metros, mis camisetas de tirantes gritando debajo de la bata. De aquellas consultas recuerdo un batiburillo de penas y a mí intentando hacerlo lo mejor que podía. La idea era ver a los pacientes una o como mucho dos veces y luego mandarlos otra vez a su médico de cabecera.

Hoy estaba un poco triste, MIR, porque a veces siento que no llego. Me siento una farsa profesional, verídico: con todo mi desastre a cuestas, creyendo que podría hacer mucho más, que a veces me limito a apagar fuegos. He vuelto a primaria para revisar las consultas que hice el año pasado, porque voy a publicar un poster con los resultados y quería echar cuentas. Cuántos pacientes vi, a cuántos derivé, cuántos mejoraron. El objetivo era evitar que pequeños problemas se conviertan en grandes trastornos. Transmitir un poco eso que tú y yo sabemos: que la vida no es perfecta, que a veces uno está triste, o angustiado, o se siente solo, pero que eso no quiere decir que necesite ir a un centro de salud mental.

He empezado a repasar historias. De la mayoría aún me acordaba: del chico de la alopecia, de la chavala que estaba deprimida porque, después de mucho tiempo pidiéndoselo, su novio francés se había venido a vivir a Cádiz y no sabía qué hacer con él. De la mujer que adelgazaba sin parar y estaba convencida de que nadie podía verla. Del señor con infarto de miocardio que se había quedado asustado para siempre.

En total, veintisiete pacientes, MIR. Que no está mal para menos de dos meses. De esos veintisiete, sólo uno tuvo que ir después a salud mental. Uno. Los demás siguieron con sus vidas, y si miras el resto de la historia la mayoría vuelve a su médico a contar catarros y esguinces de tobillo. Alguno se queja otra vez de ansiedad o de tristeza, pero son los menos.

Y entonces me entra una cosa por dentro que igual se puede llamar orgullo. Porque cuando me fui del centro de salud intenté seguir con las consultas, pero no fue posible. No ahondemos en las razones, que los blogs los carga el diablo. El caso es que a pesar de eso, ahí están esos veintisiete pacientes, ¿sabes? Que son veintisiete personas con veintisiete vidas, y no es que yo se las arreglase, pero se les dio una respuesta, se intentó aliviar su sufrimiento, hubo un cambio.

Por eso estamos aquí, MIR. Igual yo soy un poco farsa como psicóloga a veces, y seguro que podría hacerlo mejor. El sistema también podría ser mejor. Tú y yo podríamos estar más contentos, en general, o por lo menos sentir que estos cuatro años nos están llevando hacia algún puerto medio seguro. No siempre es así. A veces nos balanceamos en lo precario de este extraño presente. Aun así, resistimos. Tenemos que resistir. Por todo: por esos momentos en consulta en los que sientes que estás conectando con alguien y que sólo por eso merece la pena. Por las cocacolas compartidas y el tabaco de liar al sol. Porque nos reímos casi siempre. Y por los pacientes, MIR, sobre todo por eso; porque a veces pasa, a veces hay un cambio, a veces significas algo. Y en ese momento, tú y yo lo sabemos, todo lo demás merece la pena más que de sobra.

martes, 5 de junio de 2012

El amor es tú

Siguiendo con el análisis de comentarios, me pregunta un anónimo cuál es la manera de entender bien el amor. Entonces yo le doy vueltas a su pregunta para ver si la puedo contestar de una forma no ya buena o mala, sino útil. Pienso en la aceptación, la comprensión, en quererse sin agobiarse, en ser cómplices, amigos, amantes, etc. etc. Compongo en mi cabeza algo que podría haber escrito Jorge Bucay.

Después recuerdo este texto de "Juliet, desnuda" y pienso que tiene razón. Que el amor es tú. No se puede abstraer el amor porque amor es un tú, es precisamente cuando no hay nada más que ese tú, y si eso no existe no hay amor. Y el amor bien entendido, digo yo, es precisamente dejar que ese tú te inunde. Salir del cascarón del ego. Ahí está su belleza: en que permite nuestro abandono.

El amor es tú, y cuando tú no estás, el amor se ha ido. No hay nada abstracto en ello. La abstracción está en el otro lado y no pueden convivir las dos cosas, como la luz y la oscuridad: si una está es porque la otra ya no. Así que si llegan la razón y las teorías es porque tú se ha ido o porque no estuvo nunca. Cuando existe amor es porque existe en concreto y tiene un nombre, un cuerpo y una cara, unas ideas y nuestra capacidad, que nunca deja de sorprenderme, de honrar a ese ser singular, ese cuerpo, esa cara, esas ideas, sabiendo que hay otros muchos seres mejores y peores, o al menos diferentes, siendo capaz de quedarnos con éste.

(Ayer por la mañana, por cierto, iba yo con Elsa y Tahira por las calles de la Malagueta. La niña se había hartado de la mochila, así que yo llevaba en brazos sus diez kilos de maravilla de la naturaleza para hacer honor a mis preocupantes músculos. Le daba besitos en la pelusilla rubia de la cabeza mientras Elsa y yo hablábamos del mundo moderno y de que es feo, de mudarnos a una ecoaldea, de vivir más cerca de lo verdadero. Pero no te preocupes, Tahi, le decía yo a la enana, porque el mundo en realidad es bonito, es flipante, está lleno de cosas hermosas. El mar y el sol y las palomitas y las bicicletas, enumeraba mientras le agarraba las manitas con las mías. Escalar y escribir y correr descalzo y meditar y las ecoaldeas y los mangos. Y la amistad y tu mamá y las sonrisas y el amor. Y cuando dije amor Tahi empezó a dar chillidos entusiastas y a moverse como una epiléptica, ¿te gusta el amor, Tahi? le preguntábamos, y ella no hacía más que dar palmas y emitir ruiditos. Así que igual venimos de serie con un conocimiento del amor mucho más profundo del que pensamos, con un increíble arsenal de amor de bebé alegre e incondicional. Todo es cuestión de desenterrarlo de donde quiera que lo tengamos guardado).

lunes, 4 de junio de 2012

Fuerte (II)


Qué vida ésta... tú ahí relajada, en la naturaleza...
  
Haciéndote fotos así como muy natural, sin prepararlas casi...  

y darte cuenta de repente de que quizá, pero sólo quizá...

se te está yendo un poco la mano con las dominadas.

A Dios pongo por testigo que es un efecto de luz y que no tengo esos brazos ni de broma... pero me ha hecho mucha gracia verme así.

PD: Estupendo estreno de la Dobloneta como lugar de pernoctación y como vehículo precario con el que atravesar las sierras andaluzas. Por cierto, conduzco bien, entendiendo bien como que sobrevivo :)

Mañana más.



(Perdiendo el equilibrio como si no hubiera un mañana...)