¿Nos vamos a dibujar?, me propones después del desayuno. Es una de estas mañanas largas de domingo que ya se va convirtiendo en mediodía, pero tú y yo estamos repletos de café y pan con tomate, reposando felices sobre las sábanas, y no nos importa mucho a qué hora cierran las cocinas de los bares.
Nos levantamos y nos duchamos (juntos siempre, porque cómo eres, que no te hartas nunca de piel), y después nos vestimos de gemelillos cutres: vaqueros, camisetas, Converse. Me enseñas cómo acoplar la carpeta tamaño A3 bajo los tirantes de la mochila para que no moleste al caminar y salimos a la calle. Cae un sol plano de mediodía y recuerdo cuando me explicaste que la luz de la ciudad es dorada porque el aire tiene unas partículas especiales que hacen que brille así; una explicación lo bastante bonita como para que no me preocupe su exactitud.
Callejeamos por el Realejo, cruzamos Plaza Nueva y atacamos el Albayzín por su flanco más débil: la Cuesta del Chapiz, que aunque es larga y a mitad de camino desmoraliza, termina por dejarte arriba del todo, casi en Plaza Larga. Desde allí callejeamos sin mucho desnivel hasta llegar a una placita pequeña. Está tranquila y no ha sido invadida por los turistas, y tú y yo bromeamos sobre los guiris que se pierden en el Albayzín y son devorados por los hippys. Luego me señalas un edificio viejo: verás que bonito queda cuando dibujas los desconchones, me dices, y a mí me encanta que le devuelvas su dignidad a la pared convirtiéndola en modelo.
Nos sentamos separados, porque yo quiero encontrar mi propia perspectiva. Tú dibujas rápido, con las manos estrechas y morenas moviéndose por el papel, sin borrar. Yo miro la pared, trazo un par de líneas, mido con el lápiz y un ojo cerrado, trazo otro par de líneas, borro. Después de un rato te levantas a mirar mi boceto y me enseñas el tuyo. Me doy cuenta de que he elegido mal el ángulo: mi perspectiva es muy plana y la calle parece muerta. Tú te has girado un poco y el volumen de la esquina sale hacia el exterior con gracia. Tu dibujo está centrado y el mío ya se me ha comido la mitad inferior de la hoja. En mi papel se ven borrones; el tuyo está limpio y cruzado por tus trazos delicados. Me quejo.
- Chiquita - me explicas - llevo años dibujando y tú acabas de empezar.
Sonrío. No me extraña que después te burles de mí: "yo más y yo mejor", me dices siempre, y es verdad que ése podría ser mi lema. Yo más, yo mejor, y esta manía idiota que tengo de llevar mi vida estupenda y mi montón de cualidades colgados frente a mí como las insignias de los scouts. Entonces es cuando tú me atacas con tu ternura, con esa forma de reírte de mi manía de querer vivirlo todo siempre bien, y me desarmas por completo. Y ahora, mientras te veo dibujando y veo la clara superioridad de tu versión frente a la mía, disfruto de esta sensación de admirarte sin reservas. Me explicas cómo dibujar hojas de árboles con la mano temblona, y también que no hace falta que las líneas sean continuas; que a veces se insinúan en algunas partes y le dan delicadeza al conjunto.
- Hay dos tipos de dibujantes - me explicas después -, los que dibujan las cosas más finas de lo que son y los que las dibujan más gruesas.
Nos damos cuenta de que tú eres de los finos y yo de los gruesos. Me quejo otra vez; lo fino me parece más elegante. Bromeo acerca de que a ti te conviene que yo vea las cosas más gruesas de lo que son. Nos reímos un poco.
- Entonces, ¿nadie ve la realidad tal y como es?
- Claro que no. Los humanos no vemos: construimos. Hay muchas formas de ver la realidad. Piensa en las serpientes, que tienen visión térmica. No creo que nuestro mundo tenga por qué ser más real que el suyo. En realidad, la visión es más una cuestión de utilidad: vemos lo que nos sirve.
Nos marchamos antes de que me dé tiempo de terminar mi escena plana y emborronada. Tú ya le has dado el toque final a la tuya (un farolillo de forja que te has inventado sobre el marco de la puerta) y planeas hacerle un marquito de cartulina para que la cuelgue en mi habitación. Bajamos el Albayzin charloteando ("¿te gustaría tener termovisión?", "claro, para poder ver a las mujeres desnudas a través de las paredes", "pero sólo a las que estuvieran calientes, ¿no?", "ya me encargaría yo") y me doy cuenta de que es una mañana feliz, uno de esos raros momentos felices que quizá rememore en unos años, cuando me encuentre un poco sola una noche de junio en una ciudad bastante lejos de ésta. Y mientras agarro tu mano y saltamos juntos con las Converse por las baldosas torcidas del Albayzín, pienso que ojalá entre tu manía de ver las cosas más finas y la mía de verlas más gruesas consigamos componer un mundo que se parezca lo más posible al real o, por lo menos, que a nosotros nos sirva.
martes, 19 de junio de 2012
lunes, 18 de junio de 2012
Una entrada demasiado abstracta para mi gusto pero bueno, así se va a quedar
Es jueves por la tarde y estoy sentada en una cafetería de Valladolid, donde llegué ayer para asistir a las jornadas de ANPIR. Hace un rato que han terminado las ponencias del día, así que me he escapado para escribir un rato. No sé muy bien cómo he llegado hasta aquí; de repente mis piernas han empezado a correr por las calles que empiezan a sonarme, y cuando me he querido dar cuenta estaba en este café, el Nueva Orleans, frente a un trozo de tarta de queso, un descafeinado y un puñado de folios.
La ciudad me está sorprendiendo. Me la imaginaba rancia, estática, pero es grande y animada, con zonas verdes y gente amable. Me gusta cuando hablas con alguien en el norte y en seguida te preguntan de dónde eres ("tú no eres de aquí, ¿verdad?"), y empiezan a contarte que ellos estuvieron en Cádiz hace X años y que les encanta, o que su sobrina estudió en Sevilla y que no veas qué calor.
Por la mañana me dedico a dar vueltas réflex en mano mientras espero a que mis compañeros amanezcan de resaca en el hostal, y pienso que últimamente paso mucho tiempo esperando a que la gente se despierte. Me atrapa la luz del cielo despejado de junio. No es como la de Cádiz, blanca y excesiva; ésta es rotunda, y llena de contrastes los objetos de las calles. La busco reflejada en las fuentes y rompiendo la superficie del suelo, e intento que aparezca en la cámara con la misma vibración con la que la estoy viendo yo.
Después reflexiono sobre la luz, sobre lo que es y por qué hoy me está enamorando tanto. El cerebro sólo puede procesar parte de los estímulos que recibe, así que si sólo te fijas en la luz durante un rato verás cómo el mundo cambia. Se te afila el ojo como si estuvieras dibujando a carboncillo y te das cuenta de la sutileza de los matices. Pienso que la luz hace que los objetos aparezcan reflejándose en ellos: sin ella estarían ahí, pero no podríamos verlos.
Trasladémonos a esta mañana de domingo, de vuelta en Cádiz. Sé que es un gran salto. De repente estoy en mitad de Castilla y, cuando me quiero dar cuenta, con siete horas de coche y unos cuantos cientos de mosquitos muertos en el frontal de la Dobloneta, he vuelto a Cádiz. A este universo líquido de aire salado y luz blanca. Por la mañana no sé muy bien qué hacer. Estoy cansada. Así que me acerco a nadar un rato a la piscina municipal, y después me voy a la playa a tomar el sol. Antes me compro un libro, "Bajo la misma estrella", que me llama la atención porque parece fácil y bonito y habla de gente con cáncer. Creo que ya hablé en algún punto de mi filia por los libros sobre cáncer y por lo urgente y preciosa que hacen parecer la vida. Éste me está gustando, aunque quizá no tanto como "Antes de morirme", que me pareció muy bueno.
La cosa es que me llama la atención este párrafo:
- Recuerdo una clase de mates en la facultad, una clase de mates buenísima que daba una mujer mayor muy bajita. Hablaba de la transformada rápida de Fourier cuando de repente se detuvo en mitad de una frase y dijo: "A veces parece que el universo quiere que lo observen. Eso es lo que creo. Creo que, aunque no lo parezca, el universo se posiciona a favor de la conciencia, que recompensa la inteligencia en parte porque disfruta de su elegancia cuando lo observa. ¿Y quién soy yo, que vivo en mitad de la historia, para decirle al universo que algo - o mi observación de algo - es temporal?.
Los libros, los buenos libros, y quizá escribir bien o, por lo menos, escribir a gusto, es en realidad lo único que me salva de la pena. No la distrae temporalmente, ni la transforma en la euforia vacía y falsa de "pero mira la de cosas positivas que tengo". La buena literatura le inyecta otra vez sentido a mi vida. La reanima. La colorea. Y en este domingo post viaje me hace falta algo así. Leo el párrafo de antes y lo conecto conmigo buscando la luz en Castilla. Pienso en el universo colocándose para ser mirado debajo de las vibraciones raras del sol que nos ha tocado, y en mí misma como voyeur infinita, como la persona que infinitamente mira a ese universo como si realmente él quisiera que lo hiciera. Como si esta inteligencia que intento desplegar sirviera para algo.
Y ahora vamos, Marina, busca una conclusión. Llevas un montón de días sin escribir. Tus lectores te odian. Así que piensa rápido en algo que pueda animarles este lunes. Tres conclusiones sobre la luz, rápido:
La primera es que hay que intentar ser luz sobre las cosas. Reflejarse en ellas. Hacerlas aparecer para que los demás las miren. A lo mejor no es muy útil, pero no es una mala forma de entretener el tiempo.
La segunda es que la luz, de hecho, siempre está. No hay que crearla, sino apartarse para dejar que aparezca.
martes, 12 de junio de 2012
VM, mi tipo femenino y el inquietante olor del Varo
Ayer fui al Corte Inglés a lavar la furgo. Resulta que mañana nos vamos de road trip los pires del área y quiero que mis pasajeros vayan cómodos, limpitos y, a ser posible, sin pelos de perro en la ropa.
Llego con la hora justa, como siempre. Me pierdo por el aparcamiento (verídico) y tengo que llamar al centro de lavado para que me guíen. Cuando lo encuentro, la chica que trabaja allí se está descojonando en mi cara; lo que hay que aguantar. Pero me bajo y quedo encantada, porque nada más llegar ya huele a vainillita y a cosas limpias y ricas de lavadero pijo.
La chica que se ha reído de mí me observa bajar de la furgo, que tiene que ser para verme: yo toda mona en modo CI, con mi falda rosa con lunares blancos, una camiseta rosa, sandalias de tacón y las gafas de sol en la cabeza, y luego mi furgo, que en cualquier momento va a ponerse a andar sola transportada sobre los lomos de miles de ácaros del polvo. Me habla de las modalidades de limpieza.
- Y por sólo diez euros más tenemos el especial, con limpieza de huecos, pulido de superficies, cepillado de tapicerías y desodorización del habitáculo.
- ¡Ése, ése quiero yo! ¡El del taco! - exclamo, entusiasmada.
Para que la señorita comprenda mi situación tendría que decirle algo como "verá, señorita, es que le debo dinero al Estado, y por eso en vez de comprarme una furgo nueva del paquete o por lo menos con unos cuantos miles de kilómetros menos, le he comprado la Dobloneta a un notas al que cariñosamente llamaremos el Varo, que a su vez tiene una perra, la Lana. Y resulta que mi coche está lleno de pelos de la Lana y que además, según mi amigo Kpot, el coche huele al Varo. Que sí, Marina, me insiste, que yo cierro los ojos en tu furgo y es como estar con él. Así que por favor, señorita, cóbreme lo que sea, pero haga que mi furgo deje de oler al Varo".
Pero creo que con decir que quiero el lavado caro le basta.
Así que me explica que el ticket de aparcamiento corre de su cuenta (sólo faltaría) y me voy feliz de la vida a matar el tiempo en mi querido CI. Doy vueltas por la parte de ropa y me pruebo vestidos de Desigual. En realidad, estoy siguiendo una política de compra cero por convicción ética. Algo como "si tengo ropa para vestirme todos los días, en realidad no necesito ropa, así que no compro ropa". Pero me gusta probarme cositas monas y taconear por los probadores. Me miro y me veo estupenda. Ligeramente quemada del finde; a lo mejor el rosa no es una buena opción, porque en ciertos puntos de mi piel se fusiona con mi cuerpo, pero estoy mona, en cualquier caso.
Después decido que me voy a probar unos Levi's. Es una decisión así como absurda, porque en mi vida me he comprado unos y, de hecho, ni siquiera sé cómo va el tallaje. Pero recuerdo cuando mi primo Sergio me explicaba el efecto sobrenatural que en los culos femeninos ejercían los Levi's y pienso: pues a ver cómo van en mi culo. Y allá que voy, eligiendo tallas a ojo con cara de entendida y asintiendo mientras murmuro "ajá, con que ésta es la nueva colección de verano". Hay diez millones de modelos en varios colores y curvaturas, así que agarro un par así un poco por azar y enfilo hacia el probador.
No están mal, pero lo del culo es un timo. Los pantalones me lo aplastan y estoy cero sexy. No puede ser, señor Levi o como se llame el dueño de la marca: aún no tengo claro que me vaya a gastar noventa pavos en unos vaqueros, pero si lo hago quiero que me hagan un culo de noventa pavos.
En esto que salgo y me encuentro a un ser a quien a partir de ahora llamaremos el Vendedor Motivado, por razones que quedarán claramente expuestas a lo largo del post.
- ¿Qué tal te queda? - me pregunta, señalando los pantalones.
- Regular - contesto.
Me pienso un rato cómo explicarle mi problema y al final opto por un simple:
- Me hacen el culo raro.
Se ríe.
- Verás - me explica -. Levi's ha hecho un estudio entre miles de mujeres y ha concluido que existen tres tipos de cuerpos femeninos, tres, y ha sacado un modelo para cada uno de esos cuerpos. ¿Me permites que averigüe cuál es tu tipo femenino?
Estoy embelesada. Hace un momento no sabía el tallaje de Levi's y ahora alguien me va a decir mi tipo femenino.
- Claro, claro, averigua, que para eso estamos.
Saca un artilugio medidor con cintas y clips y me lo amarra a la cintura y las caderas con mucho cuidado mientras me pide perdón cada vez que me toca. Es muy adorable; parece un novicio. Yo le animo: "no pasa nada, hombre", mientras espero anhelante que mis Vaqueros Perfectos caminen despacio hasta mi Futuro Culo Glorioso.
- Vale - me dice VM después de muchas mediciones pudorosas -. Resulta que tú tienes un Demi Curve y habías cogido un Bold Curve, ¡¡¡enorme error!!! Los Bold Curve tienen tensores que aplastan tu trasero - juro por Dios que utiliza la palabra "trasero" -. Tú espera aquí, que yo lo arreglo.
Madre mía, qué novata. Mira que no saber mi tipo de curve; menos mal que había acertado con mi talla de cintura. VM me trae unos cuantos vaqueros con distintas perneras y colores y curves y yo entro al probador llena de esperanza.
- ¿Qué tal?
- Me siguen haciendo el culo raro - grito por encima de la puerta -. Pero que no te preocupes, que igual es mi culo.
- No, mujer - me dice VM, encantador y motivado.
- Que sí, que a mí me cuesta mucho encontrar vaqueros, de verdad, que tengo un culo complicado.
Salgo del probador. VM está frustrado. Estudios en miles de mujeres y resulta que no encajo en ninguno de los tres tipos femeninos Levi's. Me propone mirar otras marcas y me trae unos Lee y un par de Salsa Jeans. La parte buena es que son más baratos; la parte mala es que VM está estableciendo una relación comercio-manipuladora conmigo que no me va a dejar más remedio que gastarme en vaqueros el presupuesto para comida del mes. Fantaseo con la devolución posterior y me resigno.
- Estos Lee - me está diciendo entretanto VM - llevan más elastano que cualquier otro vaquero del mercado. Esto quiere decir que permiten un 30% más de libertad de movimientos que los demás vaqueros.
Le miro fijamente sin poder creer que haya dicho algo como "30% más de libertad de movimientos" así, en mi cara, sin parpadear, pero como soy muy educada asiento y entro a probarme los cinco nuevos modelos.
- Regular.
Abro la puerta para que compruebe con sus propios ojos el drama de mi culo aplastado por el abundante elastano del Lee. Los Salsa prometen, pero no me entran. VM va a buscarme Salsa más grandes mientras exclama muy convencido que si hoy no logra encontrarme unos vaqueros se suicidará. Verídico. Y luego soy lo a la que le mola el drama.
Los Salsa de mi talla me hacen el culo más horrible que ningunos pantalones sobre la faz de la tierra me han hecho jamás. Es como si primero lo aplastaran y después lo empujaran hacia el suelo y después me pusieran veinte años encima. El horror. Tengo que mirarme el culo sin vaqueros en el espejo para convencerme de que no es así de feo y no irme a mi casa llorando. Y me da mucho, mucho miedo abrirle la puerta a VM.
- ¿Voy preparando la soga? - pregunta.
- Me temo que sí.
Abro, le enseño el Culo más Horrible Bajo Unos Vaqueros Ever y el pobre hombre se queda sin palabras. En mi opinión, sin embargo, no debería quejarse: él tiene muchos vaqueros que vender, pero yo sólo tengo un culo.
- Déjalo, de verdad, que hoy no está de Dios que me compre unos vaqueros - le digo, mientras le apoyo una mano en el hombro. El hombre parece tan triste que estoy a punto de confesar que soy psicóloga y explorar su intención autolítica, pero me contengo. Acabamos consolándonos mutuamente, algo como "eres un gran vendedor", "y tú tienes un culo estupendo", y salgo de la parte de vaqueros caros inundada de drama. Al menos mi política de gasto cero permanece intacta.
Después voy a por mi furgo, que brilla como el sol desde el fondo del aparcamiento. Abro la puerta, esnifo su aroma y me regocijo en la maravilla de que ya no huela al Varo. Qué estupendo todo, incluso aunque mi culo escape a los tallajes internacionales de los vaqueros de marca. A lo mejor estoy hecha para comprarme los vaqueros en el Lefties; ni tan mal, al fin y al cabo, que allí por veinte euros te los encuentras la mar de apañados.
Moraleja: si alguna vez tenéis verdadero interés por compraros unos vaqueros, id al CI de Cádiz y buscad a VM. Pero antes haced unas cuantas miles de sentadillas, que los tensores de los traseros los carga el diablo.
Llego con la hora justa, como siempre. Me pierdo por el aparcamiento (verídico) y tengo que llamar al centro de lavado para que me guíen. Cuando lo encuentro, la chica que trabaja allí se está descojonando en mi cara; lo que hay que aguantar. Pero me bajo y quedo encantada, porque nada más llegar ya huele a vainillita y a cosas limpias y ricas de lavadero pijo.
La chica que se ha reído de mí me observa bajar de la furgo, que tiene que ser para verme: yo toda mona en modo CI, con mi falda rosa con lunares blancos, una camiseta rosa, sandalias de tacón y las gafas de sol en la cabeza, y luego mi furgo, que en cualquier momento va a ponerse a andar sola transportada sobre los lomos de miles de ácaros del polvo. Me habla de las modalidades de limpieza.
- Y por sólo diez euros más tenemos el especial, con limpieza de huecos, pulido de superficies, cepillado de tapicerías y desodorización del habitáculo.
- ¡Ése, ése quiero yo! ¡El del taco! - exclamo, entusiasmada.
Para que la señorita comprenda mi situación tendría que decirle algo como "verá, señorita, es que le debo dinero al Estado, y por eso en vez de comprarme una furgo nueva del paquete o por lo menos con unos cuantos miles de kilómetros menos, le he comprado la Dobloneta a un notas al que cariñosamente llamaremos el Varo, que a su vez tiene una perra, la Lana. Y resulta que mi coche está lleno de pelos de la Lana y que además, según mi amigo Kpot, el coche huele al Varo. Que sí, Marina, me insiste, que yo cierro los ojos en tu furgo y es como estar con él. Así que por favor, señorita, cóbreme lo que sea, pero haga que mi furgo deje de oler al Varo".
Pero creo que con decir que quiero el lavado caro le basta.
Así que me explica que el ticket de aparcamiento corre de su cuenta (sólo faltaría) y me voy feliz de la vida a matar el tiempo en mi querido CI. Doy vueltas por la parte de ropa y me pruebo vestidos de Desigual. En realidad, estoy siguiendo una política de compra cero por convicción ética. Algo como "si tengo ropa para vestirme todos los días, en realidad no necesito ropa, así que no compro ropa". Pero me gusta probarme cositas monas y taconear por los probadores. Me miro y me veo estupenda. Ligeramente quemada del finde; a lo mejor el rosa no es una buena opción, porque en ciertos puntos de mi piel se fusiona con mi cuerpo, pero estoy mona, en cualquier caso.
Después decido que me voy a probar unos Levi's. Es una decisión así como absurda, porque en mi vida me he comprado unos y, de hecho, ni siquiera sé cómo va el tallaje. Pero recuerdo cuando mi primo Sergio me explicaba el efecto sobrenatural que en los culos femeninos ejercían los Levi's y pienso: pues a ver cómo van en mi culo. Y allá que voy, eligiendo tallas a ojo con cara de entendida y asintiendo mientras murmuro "ajá, con que ésta es la nueva colección de verano". Hay diez millones de modelos en varios colores y curvaturas, así que agarro un par así un poco por azar y enfilo hacia el probador.
No están mal, pero lo del culo es un timo. Los pantalones me lo aplastan y estoy cero sexy. No puede ser, señor Levi o como se llame el dueño de la marca: aún no tengo claro que me vaya a gastar noventa pavos en unos vaqueros, pero si lo hago quiero que me hagan un culo de noventa pavos.
En esto que salgo y me encuentro a un ser a quien a partir de ahora llamaremos el Vendedor Motivado, por razones que quedarán claramente expuestas a lo largo del post.
- ¿Qué tal te queda? - me pregunta, señalando los pantalones.
- Regular - contesto.
Me pienso un rato cómo explicarle mi problema y al final opto por un simple:
- Me hacen el culo raro.
Se ríe.
- Verás - me explica -. Levi's ha hecho un estudio entre miles de mujeres y ha concluido que existen tres tipos de cuerpos femeninos, tres, y ha sacado un modelo para cada uno de esos cuerpos. ¿Me permites que averigüe cuál es tu tipo femenino?
Estoy embelesada. Hace un momento no sabía el tallaje de Levi's y ahora alguien me va a decir mi tipo femenino.
- Claro, claro, averigua, que para eso estamos.
Saca un artilugio medidor con cintas y clips y me lo amarra a la cintura y las caderas con mucho cuidado mientras me pide perdón cada vez que me toca. Es muy adorable; parece un novicio. Yo le animo: "no pasa nada, hombre", mientras espero anhelante que mis Vaqueros Perfectos caminen despacio hasta mi Futuro Culo Glorioso.
- Vale - me dice VM después de muchas mediciones pudorosas -. Resulta que tú tienes un Demi Curve y habías cogido un Bold Curve, ¡¡¡enorme error!!! Los Bold Curve tienen tensores que aplastan tu trasero - juro por Dios que utiliza la palabra "trasero" -. Tú espera aquí, que yo lo arreglo.
Madre mía, qué novata. Mira que no saber mi tipo de curve; menos mal que había acertado con mi talla de cintura. VM me trae unos cuantos vaqueros con distintas perneras y colores y curves y yo entro al probador llena de esperanza.
- ¿Qué tal?
- Me siguen haciendo el culo raro - grito por encima de la puerta -. Pero que no te preocupes, que igual es mi culo.
- No, mujer - me dice VM, encantador y motivado.
- Que sí, que a mí me cuesta mucho encontrar vaqueros, de verdad, que tengo un culo complicado.
Salgo del probador. VM está frustrado. Estudios en miles de mujeres y resulta que no encajo en ninguno de los tres tipos femeninos Levi's. Me propone mirar otras marcas y me trae unos Lee y un par de Salsa Jeans. La parte buena es que son más baratos; la parte mala es que VM está estableciendo una relación comercio-manipuladora conmigo que no me va a dejar más remedio que gastarme en vaqueros el presupuesto para comida del mes. Fantaseo con la devolución posterior y me resigno.
- Estos Lee - me está diciendo entretanto VM - llevan más elastano que cualquier otro vaquero del mercado. Esto quiere decir que permiten un 30% más de libertad de movimientos que los demás vaqueros.
Le miro fijamente sin poder creer que haya dicho algo como "30% más de libertad de movimientos" así, en mi cara, sin parpadear, pero como soy muy educada asiento y entro a probarme los cinco nuevos modelos.
- Regular.
Abro la puerta para que compruebe con sus propios ojos el drama de mi culo aplastado por el abundante elastano del Lee. Los Salsa prometen, pero no me entran. VM va a buscarme Salsa más grandes mientras exclama muy convencido que si hoy no logra encontrarme unos vaqueros se suicidará. Verídico. Y luego soy lo a la que le mola el drama.
Los Salsa de mi talla me hacen el culo más horrible que ningunos pantalones sobre la faz de la tierra me han hecho jamás. Es como si primero lo aplastaran y después lo empujaran hacia el suelo y después me pusieran veinte años encima. El horror. Tengo que mirarme el culo sin vaqueros en el espejo para convencerme de que no es así de feo y no irme a mi casa llorando. Y me da mucho, mucho miedo abrirle la puerta a VM.
- ¿Voy preparando la soga? - pregunta.
- Me temo que sí.
Abro, le enseño el Culo más Horrible Bajo Unos Vaqueros Ever y el pobre hombre se queda sin palabras. En mi opinión, sin embargo, no debería quejarse: él tiene muchos vaqueros que vender, pero yo sólo tengo un culo.
- Déjalo, de verdad, que hoy no está de Dios que me compre unos vaqueros - le digo, mientras le apoyo una mano en el hombro. El hombre parece tan triste que estoy a punto de confesar que soy psicóloga y explorar su intención autolítica, pero me contengo. Acabamos consolándonos mutuamente, algo como "eres un gran vendedor", "y tú tienes un culo estupendo", y salgo de la parte de vaqueros caros inundada de drama. Al menos mi política de gasto cero permanece intacta.
Después voy a por mi furgo, que brilla como el sol desde el fondo del aparcamiento. Abro la puerta, esnifo su aroma y me regocijo en la maravilla de que ya no huela al Varo. Qué estupendo todo, incluso aunque mi culo escape a los tallajes internacionales de los vaqueros de marca. A lo mejor estoy hecha para comprarme los vaqueros en el Lefties; ni tan mal, al fin y al cabo, que allí por veinte euros te los encuentras la mar de apañados.
Moraleja: si alguna vez tenéis verdadero interés por compraros unos vaqueros, id al CI de Cádiz y buscad a VM. Pero antes haced unas cuantas miles de sentadillas, que los tensores de los traseros los carga el diablo.
Largo domingo de verano
Es domingo, son las ocho de la mañana y ya me he aburrido de dormir, así que después de obligarme un rato a permanecer horizontal dentro de la Dobloneta, decido que al carajo todo y que voy a levantarme. Guille está frito a mi lado, y Pablo e Irene también van a tardar en amanecer dentro de su Vito, así que decido vestirme e ir a tomar un café y dar un paseo, por ese orden.
El café me lo ponen en la venta de al lado, que a pesar de la hora ya está dando de desayunar a abuelitos madrugadores. Hay una terraza con mesas de piedra que da al monte y a la duna de Bolonia, y ahí que me siento con un café supercaliente tamaño barreño y una manzana. El sol sale desde detrás del cerro de San Bartolo, y la bruma alrededor de la montaña no tiene claro aún cuánta luz le va a dejar al día.
Le pregunto al camarero cuánto tardo en llegar a la playa de Bolonia andando. En mi mente hippy matutina me doy un paseo hasta allí y me baño en bolas en el Atlántico. O bueno, con bikini, lo mismo da, pero un baño matutino y helado ahora mismo no me sobraría nada. El notas me dice que a cuatro kilómetros, pero que por un caminito lateral se llega a otra playa más cercana y bonita. Visualizo playas vírgenes en mi cerebro y a mí correteando por ellas como Brooke Shields en la peli esa en la que se tiraba a su hermano. El camino no tiene pérdida, me dice el señor.
Echo a andar. Tengo un amigo que dice que él con calcetines podría irse a Laponia, porque todo el frío se le concentra en los pies. Yo es echar a andar y podría llegar a Laponia también, porque me encanta andar y esa certeza de que si te mantienes en movimiento el tiempo suficiente puedes llegar a cualquier parte.
La carretera recorre despacio las colinas amarillas. Me gusta tanto este paisaje, su sólido empeño en permanecer vivo a pesar del levante, de los meses sin agua y del salitre del mar. Veo la playa a lo lejos y las casitas salpicando el monte. A ratos me cruzo con algunas vacas marrones que han empezado a masticar hierba tempranito para ir adelantando trabajo. Camino y pienso, y me acuerdo de la vez que alguien me explicó que andando se piensa mejor porque te llega más sangre al cerebro. Si hasta hay una escuela filosófica griega que hace eso: los peripatéticos, que es un nombre genial para no sé, un grupo popero modernito.
El camino no tiene pérdida, y cuando me quiero dar cuenta me he perdido y estoy saltando una alambrada con precariedad. Se me engancha el pantalón, me escurro, me caigo, pero nadie me ve cargarme el bucolismo matutino con mi torpeza. Que vaya tela yo, aficionarme a escalar con esta capacidad para la coordinación tan limitada. Llego al otro lado y corro como una fugitiva hasta llegar otra vez a la carretera, porque lo de saltar una alambrada que en realidad probablemente esté pensada para que no se escapen las vacas me ha hecho sentir peligrosa. Me lo estoy pasando muy bien y ya escucho el mar. Troto durante unos minutos para acelerar el proceso Brooke Shields, pero el ruido de mis pasos no me deja oír el silencio, así que aminoro.
Llego al Chaparral, un área de pinos cruzada por caminos de tierra. El del bar dijo algo de un camino, creo, y sigo escuchando el mar, pero en realidad ya llevo cuarenta minutos andando y se supone que eran dos kilómetros. Aun así, empiezo a atravesar los pinos como si no hubiera un mañana. El mar ulula desde lejos como las sirenas de Ulises, pero el camino no me acerca lo más mínimo a él. Entonces me suena un whassap, que ya me vale: de paseo, sí, pero con el 3G encendido, y es Pablo que me dice que si tomamos café, y yo le digo que de acuerdo pero que tardo un rato, que me he ido a pasear y me he desviado un poco de la ruta. Aborto el proyecto Brooke Shields con lástima y doy la vuelta.
Entonces decido que voy a hacer un poco de barefooting. Que me voy a quitar los zapatos, vaya, porque desde que vi este vídeo me ronda la idea de probar el barefoot running a ver si lo toleran mis rodillas de anciana. Pero antes parece ser que tienes que hacer callo en las plantas de los pies, y yo pienso con penita que tendré que resignarme a perder el concurso de plantas de los pies suaves cuando seamos viejas que la PK y yo acordamos hace unos años.
(El concurso tiene que ver con que, según la PK, para tener pies suaves hay que usar piedra pómez y, según yo, basta con crema hidratante. Pensábamos cuidar nuestros pies con los respectivos tratamientos y compararlos cuando tuviéramos cincuenta años. Ahora escalo y quiero correr descalza por los campos, así que paso de la crema hidratante y le cedo a la PK con gusto el cetro de la suavidad plantar).
Así que bueno, me quito los zapatos y los calcetines, los amarro a mi minimochila Quechua de cinco euros y echo a andar por los caminitos de tierra. Es curioso. Un poco molesto a ratos, pero nada del otro mundo. Voy pisando con muchísimo cuidado, y de repente mi universo sensorial se amplia y aparece otro montón de sensaciones con las que antes no contaba. Me doy cuenta de que el camino de tierra, que hasta hace un momento era un todo uniforme en mi cabeza, ahora se ha descompuesto en muchos trozos que se diferencian sutilmente en textura, en material, hasta en temperatura. Voy buscando las agujas de los pinos y la tierra húmeda y prensada, evitando las piedrecitas y los trozos rotos de piña seca. Camino despacio y sin hacer ruido mientras sigo escuchando las olas traidoras detrás de mí.
Al cabo de un ratito me vuelvo a poner los zapatos. El café me espera y como siga con esto del walking zen voy a llegar a las tantas. Troto otro poco colina arriba para compensar la tardanza descalcera. Las vacas me miran divertidas, intuyendo que esta vez no me voy a molestar en saltar la alambrada de pinchos.
Y esas son las dos primeras horas de mi domingo, ahí es nada. Todavía me queda un buen baño en el Atlántico (con bikini, snif), una aproximación de media hora bajo el solano al pie de vía del sector que visitaremos hoy, unas cuantas vías de estas de sufrir porque da el sol en la pared y te parece que te van a reventar los pies dentro de los gatos, una hora y pico de conducción de camino a Cádiz con un episodio de casi muerte, porque a la roulotte que llevo delante se le desprende un toldo que se revienta contra el frontal de la Dobloneta. Luego llegar, descargar la furgo, comentar el finde con el Kpot mientras tomamos café en el salón de Villa Fanática, embadurnarme de after sun porque quemada es un eufemismo para el estado de mi piel. Y aún me va a dar tiempo a subir unas cuantas fotos al blog para, como dice Khal Yeleytr, hacerme la sexy (aunque, Khal querido, yo no me hago la sexy; yo soy sexy).
Y cuando me voy a dormir sintiendo cómo me pican los hombros al roce de las sábanas, y pensando que joder conmigo, que parezco nueva quemándome al sol andaluz con veintisiete años, pienso que bueno, que igual no salvo a la Humanidad ni gano el Pulitzer ni nada, pero que la vida me cunde. Otra cosa no, pero me cunde tela.
El café me lo ponen en la venta de al lado, que a pesar de la hora ya está dando de desayunar a abuelitos madrugadores. Hay una terraza con mesas de piedra que da al monte y a la duna de Bolonia, y ahí que me siento con un café supercaliente tamaño barreño y una manzana. El sol sale desde detrás del cerro de San Bartolo, y la bruma alrededor de la montaña no tiene claro aún cuánta luz le va a dejar al día.
Le pregunto al camarero cuánto tardo en llegar a la playa de Bolonia andando. En mi mente hippy matutina me doy un paseo hasta allí y me baño en bolas en el Atlántico. O bueno, con bikini, lo mismo da, pero un baño matutino y helado ahora mismo no me sobraría nada. El notas me dice que a cuatro kilómetros, pero que por un caminito lateral se llega a otra playa más cercana y bonita. Visualizo playas vírgenes en mi cerebro y a mí correteando por ellas como Brooke Shields en la peli esa en la que se tiraba a su hermano. El camino no tiene pérdida, me dice el señor.
Echo a andar. Tengo un amigo que dice que él con calcetines podría irse a Laponia, porque todo el frío se le concentra en los pies. Yo es echar a andar y podría llegar a Laponia también, porque me encanta andar y esa certeza de que si te mantienes en movimiento el tiempo suficiente puedes llegar a cualquier parte.
La carretera recorre despacio las colinas amarillas. Me gusta tanto este paisaje, su sólido empeño en permanecer vivo a pesar del levante, de los meses sin agua y del salitre del mar. Veo la playa a lo lejos y las casitas salpicando el monte. A ratos me cruzo con algunas vacas marrones que han empezado a masticar hierba tempranito para ir adelantando trabajo. Camino y pienso, y me acuerdo de la vez que alguien me explicó que andando se piensa mejor porque te llega más sangre al cerebro. Si hasta hay una escuela filosófica griega que hace eso: los peripatéticos, que es un nombre genial para no sé, un grupo popero modernito.
El camino no tiene pérdida, y cuando me quiero dar cuenta me he perdido y estoy saltando una alambrada con precariedad. Se me engancha el pantalón, me escurro, me caigo, pero nadie me ve cargarme el bucolismo matutino con mi torpeza. Que vaya tela yo, aficionarme a escalar con esta capacidad para la coordinación tan limitada. Llego al otro lado y corro como una fugitiva hasta llegar otra vez a la carretera, porque lo de saltar una alambrada que en realidad probablemente esté pensada para que no se escapen las vacas me ha hecho sentir peligrosa. Me lo estoy pasando muy bien y ya escucho el mar. Troto durante unos minutos para acelerar el proceso Brooke Shields, pero el ruido de mis pasos no me deja oír el silencio, así que aminoro.
Llego al Chaparral, un área de pinos cruzada por caminos de tierra. El del bar dijo algo de un camino, creo, y sigo escuchando el mar, pero en realidad ya llevo cuarenta minutos andando y se supone que eran dos kilómetros. Aun así, empiezo a atravesar los pinos como si no hubiera un mañana. El mar ulula desde lejos como las sirenas de Ulises, pero el camino no me acerca lo más mínimo a él. Entonces me suena un whassap, que ya me vale: de paseo, sí, pero con el 3G encendido, y es Pablo que me dice que si tomamos café, y yo le digo que de acuerdo pero que tardo un rato, que me he ido a pasear y me he desviado un poco de la ruta. Aborto el proyecto Brooke Shields con lástima y doy la vuelta.
Entonces decido que voy a hacer un poco de barefooting. Que me voy a quitar los zapatos, vaya, porque desde que vi este vídeo me ronda la idea de probar el barefoot running a ver si lo toleran mis rodillas de anciana. Pero antes parece ser que tienes que hacer callo en las plantas de los pies, y yo pienso con penita que tendré que resignarme a perder el concurso de plantas de los pies suaves cuando seamos viejas que la PK y yo acordamos hace unos años.
(El concurso tiene que ver con que, según la PK, para tener pies suaves hay que usar piedra pómez y, según yo, basta con crema hidratante. Pensábamos cuidar nuestros pies con los respectivos tratamientos y compararlos cuando tuviéramos cincuenta años. Ahora escalo y quiero correr descalza por los campos, así que paso de la crema hidratante y le cedo a la PK con gusto el cetro de la suavidad plantar).
Así que bueno, me quito los zapatos y los calcetines, los amarro a mi minimochila Quechua de cinco euros y echo a andar por los caminitos de tierra. Es curioso. Un poco molesto a ratos, pero nada del otro mundo. Voy pisando con muchísimo cuidado, y de repente mi universo sensorial se amplia y aparece otro montón de sensaciones con las que antes no contaba. Me doy cuenta de que el camino de tierra, que hasta hace un momento era un todo uniforme en mi cabeza, ahora se ha descompuesto en muchos trozos que se diferencian sutilmente en textura, en material, hasta en temperatura. Voy buscando las agujas de los pinos y la tierra húmeda y prensada, evitando las piedrecitas y los trozos rotos de piña seca. Camino despacio y sin hacer ruido mientras sigo escuchando las olas traidoras detrás de mí.
Al cabo de un ratito me vuelvo a poner los zapatos. El café me espera y como siga con esto del walking zen voy a llegar a las tantas. Troto otro poco colina arriba para compensar la tardanza descalcera. Las vacas me miran divertidas, intuyendo que esta vez no me voy a molestar en saltar la alambrada de pinchos.
Y esas son las dos primeras horas de mi domingo, ahí es nada. Todavía me queda un buen baño en el Atlántico (con bikini, snif), una aproximación de media hora bajo el solano al pie de vía del sector que visitaremos hoy, unas cuantas vías de estas de sufrir porque da el sol en la pared y te parece que te van a reventar los pies dentro de los gatos, una hora y pico de conducción de camino a Cádiz con un episodio de casi muerte, porque a la roulotte que llevo delante se le desprende un toldo que se revienta contra el frontal de la Dobloneta. Luego llegar, descargar la furgo, comentar el finde con el Kpot mientras tomamos café en el salón de Villa Fanática, embadurnarme de after sun porque quemada es un eufemismo para el estado de mi piel. Y aún me va a dar tiempo a subir unas cuantas fotos al blog para, como dice Khal Yeleytr, hacerme la sexy (aunque, Khal querido, yo no me hago la sexy; yo soy sexy).
Y cuando me voy a dormir sintiendo cómo me pican los hombros al roce de las sábanas, y pensando que joder conmigo, que parezco nueva quemándome al sol andaluz con veintisiete años, pienso que bueno, que igual no salvo a la Humanidad ni gano el Pulitzer ni nada, pero que la vida me cunde. Otra cosa no, pero me cunde tela.
domingo, 10 de junio de 2012
viernes, 8 de junio de 2012
Jueves esforzado, post desorganizado
Los jueves siempre quiero escribir mejor que nunca, y a lo mejor es por eso que llevo media hora parada delante del ordenador sin decidirme por nada. Los minutos gotean en el reloj de la pantalla y me dicen que es el tiempo que le estoy quitando al sueño. Debería dormir más. Intento escribir sobre varios temas y veo que voy con prisas y sin ganas. Pienso que a lo mejor hoy la honestidad es no escribir nada, y luego me digo lo que le dije al Kpot hace un par de semanas: si todos los días que creo que no tengo nada que decir no escribiera, no escribiría nunca.
Hoy, por cierto, el Kpot y yo hablamos durante la cena de qué haríamos si nos quedara poco tiempo de vida. Yo le digo que escribiría mucho, seguro. Que me abriría un blog sobre mi propia muerte, algo como memuero.blogspot.com, y que seguro que sería un éxito, porque la gente es muy morbosa. Él piensa que no. Cree que si me quedara poco tiempo por delante, no escribiría; que me dedicaría a hacer cosas. Yo le aseguro que sí, porque para mí escribir es hacer o, por lo menos, asentar lo hecho y darle un sentido. Y porque me encantaría tener un blog que fuera realmente un éxito, y estoy segura de que mi blog moribundo o moriblog lo sería.
Es como una condena, le digo mientras cierro el portátil y me lo coloco bajo el brazo para subir a mi cuarto. Sobre todo cuando atraviesas periodos como éste, así un poco estériles o quiza sólo distraídos o hartos de mi propia voz. No sé qué me pasa últimamente. A lo mejor debería plantearme otro reto, tipo el Michelian Challenge, no sé. Necesito algo que me sacuda.
Los jueves siempre quiero escribir mejor que nunca porque luego me voy el viernes y el sábado y me sabe mal dejar esto aquí solito con un post de mierda. Quiero escribir mejor que nunca porque, aunque penséis que no, yo os tengo presentes. Sé que estáis al otro lado, y os imagino, y de verdad que quiero que esto os haga pasar un buen rato. Es curiosa la conexión entre el autor y el público. Hoy una paciente se ha encerrado en una de las salas de la comunidad a escuchar música. Pensábamos que estaba bailando, pero al abrir para buscar sillas la hemos visto sentada frente al radiocasette mientras sonaba Amaia Montero. La canción era romántica y cursilona, y la paciente estaba muy seria, con la cabeza apoyada en las manos. No he pensado nada concreto; simplemente me ha llegado la intuición del desfase tremendo entre Amaia, tan mona, tan rubia, con su voz tan esplendorosa, y nuestra paciente feúcha y solitaria sentada en una comunidad terapéutica de salud mental. Creo que en su mirada fija hacia los altavoces estaba la conciencia de ese abismo.
Así que bueno, éste es mi esfuerzo de jueves. Mañana por la tarde cargo la Dobloneta y me marcho a la playa y a la roca, no necesariamente por ese orden. Voy a intentar de corazón rellenarme de algo la mente y el cuerpo y contar algo interesante el domingo por la noche. Los domingos también me esfuerzo para compensar las ausencias. Hasta entonces, sed felices. El lunes pasado estuve en el Café con Libros, en Málaga, y había una exposición de este chico. En una de las viñetas se veía a un grupo de gente preocupada y triste detrás de un muro gris. En lo alto del muro, un monigote rubio miraba al sol y al prado que se veían al otro lado y sonreía. Yo me siento así ahora, le dije a Elsa: en la parte bonita de la vida. El muñequito sabía trepar lo suficiente como para intentar ver qué había encima del muro, y resultó que era hermoso. Esos son mis deseos para vosotros hoy: que este viernes en particular y en esta vida en general seáis capaces de subir lo suficiente como para ver la belleza al otro lado.
Besitos y buenas noches.
Hoy, por cierto, el Kpot y yo hablamos durante la cena de qué haríamos si nos quedara poco tiempo de vida. Yo le digo que escribiría mucho, seguro. Que me abriría un blog sobre mi propia muerte, algo como memuero.blogspot.com, y que seguro que sería un éxito, porque la gente es muy morbosa. Él piensa que no. Cree que si me quedara poco tiempo por delante, no escribiría; que me dedicaría a hacer cosas. Yo le aseguro que sí, porque para mí escribir es hacer o, por lo menos, asentar lo hecho y darle un sentido. Y porque me encantaría tener un blog que fuera realmente un éxito, y estoy segura de que mi blog moribundo o moriblog lo sería.
Es como una condena, le digo mientras cierro el portátil y me lo coloco bajo el brazo para subir a mi cuarto. Sobre todo cuando atraviesas periodos como éste, así un poco estériles o quiza sólo distraídos o hartos de mi propia voz. No sé qué me pasa últimamente. A lo mejor debería plantearme otro reto, tipo el Michelian Challenge, no sé. Necesito algo que me sacuda.
Los jueves siempre quiero escribir mejor que nunca porque luego me voy el viernes y el sábado y me sabe mal dejar esto aquí solito con un post de mierda. Quiero escribir mejor que nunca porque, aunque penséis que no, yo os tengo presentes. Sé que estáis al otro lado, y os imagino, y de verdad que quiero que esto os haga pasar un buen rato. Es curiosa la conexión entre el autor y el público. Hoy una paciente se ha encerrado en una de las salas de la comunidad a escuchar música. Pensábamos que estaba bailando, pero al abrir para buscar sillas la hemos visto sentada frente al radiocasette mientras sonaba Amaia Montero. La canción era romántica y cursilona, y la paciente estaba muy seria, con la cabeza apoyada en las manos. No he pensado nada concreto; simplemente me ha llegado la intuición del desfase tremendo entre Amaia, tan mona, tan rubia, con su voz tan esplendorosa, y nuestra paciente feúcha y solitaria sentada en una comunidad terapéutica de salud mental. Creo que en su mirada fija hacia los altavoces estaba la conciencia de ese abismo.
Así que bueno, éste es mi esfuerzo de jueves. Mañana por la tarde cargo la Dobloneta y me marcho a la playa y a la roca, no necesariamente por ese orden. Voy a intentar de corazón rellenarme de algo la mente y el cuerpo y contar algo interesante el domingo por la noche. Los domingos también me esfuerzo para compensar las ausencias. Hasta entonces, sed felices. El lunes pasado estuve en el Café con Libros, en Málaga, y había una exposición de este chico. En una de las viñetas se veía a un grupo de gente preocupada y triste detrás de un muro gris. En lo alto del muro, un monigote rubio miraba al sol y al prado que se veían al otro lado y sonreía. Yo me siento así ahora, le dije a Elsa: en la parte bonita de la vida. El muñequito sabía trepar lo suficiente como para intentar ver qué había encima del muro, y resultó que era hermoso. Esos son mis deseos para vosotros hoy: que este viernes en particular y en esta vida en general seáis capaces de subir lo suficiente como para ver la belleza al otro lado.
Besitos y buenas noches.
miércoles, 6 de junio de 2012
Carta a un MIR de psiquiatría
Hey, MIR:
Hoy te quiero escribir concretamente a ti para contarte una cosa bonita. Hemos estado tomando algo al mediodía y me ha encantado verte, como siempre. Llevo regular este cambio de rotación. Cada vez que te adaptas a un sitio y después tienes que irte es un poco como ser expulsado... no exactamente del paraíso, pero sí de un lugar al que ya te habías acostumbrado. Como minidespidos sucesivos: el PIR es una ETT constante. Así que me consuela verte y que me cuentes cómo van las cosas en la Unidad.
No es fácil esto, ¿eh, MIR? Por eso me gusta charlar contigo desde que te conocí: porque eres objetivo sin perder el optimismo, y porque desde el principio te tomaste este camino como lo que es. Nada perfecto pero sí bastante interesante. Por eso te quiero contar que esta tarde, después de comer y echar una mini siesta, he cogido la furgo y me he ido al centro de salud donde estuve rotando el año pasado. Allí me empeñé en ver pacientes aunque en principio no estuviera previsto, porque me parecía que podía ser útil. Presenté el proyecto, a la directora le pareció bien y me abrieron una agenda los lunes por la tarde.
Ahora imagíname, MIR, todos los lunes de julio y agosto, desde las tres hasta las siete, viendo pacientes nuevos como si no hubiera un mañana. Uno cada media hora. Yo en la consulta, el centro casi en penumbra, la playa a trescientos metros, mis camisetas de tirantes gritando debajo de la bata. De aquellas consultas recuerdo un batiburillo de penas y a mí intentando hacerlo lo mejor que podía. La idea era ver a los pacientes una o como mucho dos veces y luego mandarlos otra vez a su médico de cabecera.
Hoy estaba un poco triste, MIR, porque a veces siento que no llego. Me siento una farsa profesional, verídico: con todo mi desastre a cuestas, creyendo que podría hacer mucho más, que a veces me limito a apagar fuegos. He vuelto a primaria para revisar las consultas que hice el año pasado, porque voy a publicar un poster con los resultados y quería echar cuentas. Cuántos pacientes vi, a cuántos derivé, cuántos mejoraron. El objetivo era evitar que pequeños problemas se conviertan en grandes trastornos. Transmitir un poco eso que tú y yo sabemos: que la vida no es perfecta, que a veces uno está triste, o angustiado, o se siente solo, pero que eso no quiere decir que necesite ir a un centro de salud mental.
He empezado a repasar historias. De la mayoría aún me acordaba: del chico de la alopecia, de la chavala que estaba deprimida porque, después de mucho tiempo pidiéndoselo, su novio francés se había venido a vivir a Cádiz y no sabía qué hacer con él. De la mujer que adelgazaba sin parar y estaba convencida de que nadie podía verla. Del señor con infarto de miocardio que se había quedado asustado para siempre.
En total, veintisiete pacientes, MIR. Que no está mal para menos de dos meses. De esos veintisiete, sólo uno tuvo que ir después a salud mental. Uno. Los demás siguieron con sus vidas, y si miras el resto de la historia la mayoría vuelve a su médico a contar catarros y esguinces de tobillo. Alguno se queja otra vez de ansiedad o de tristeza, pero son los menos.
Y entonces me entra una cosa por dentro que igual se puede llamar orgullo. Porque cuando me fui del centro de salud intenté seguir con las consultas, pero no fue posible. No ahondemos en las razones, que los blogs los carga el diablo. El caso es que a pesar de eso, ahí están esos veintisiete pacientes, ¿sabes? Que son veintisiete personas con veintisiete vidas, y no es que yo se las arreglase, pero se les dio una respuesta, se intentó aliviar su sufrimiento, hubo un cambio.
Por eso estamos aquí, MIR. Igual yo soy un poco farsa como psicóloga a veces, y seguro que podría hacerlo mejor. El sistema también podría ser mejor. Tú y yo podríamos estar más contentos, en general, o por lo menos sentir que estos cuatro años nos están llevando hacia algún puerto medio seguro. No siempre es así. A veces nos balanceamos en lo precario de este extraño presente. Aun así, resistimos. Tenemos que resistir. Por todo: por esos momentos en consulta en los que sientes que estás conectando con alguien y que sólo por eso merece la pena. Por las cocacolas compartidas y el tabaco de liar al sol. Porque nos reímos casi siempre. Y por los pacientes, MIR, sobre todo por eso; porque a veces pasa, a veces hay un cambio, a veces significas algo. Y en ese momento, tú y yo lo sabemos, todo lo demás merece la pena más que de sobra.
Hoy te quiero escribir concretamente a ti para contarte una cosa bonita. Hemos estado tomando algo al mediodía y me ha encantado verte, como siempre. Llevo regular este cambio de rotación. Cada vez que te adaptas a un sitio y después tienes que irte es un poco como ser expulsado... no exactamente del paraíso, pero sí de un lugar al que ya te habías acostumbrado. Como minidespidos sucesivos: el PIR es una ETT constante. Así que me consuela verte y que me cuentes cómo van las cosas en la Unidad.
No es fácil esto, ¿eh, MIR? Por eso me gusta charlar contigo desde que te conocí: porque eres objetivo sin perder el optimismo, y porque desde el principio te tomaste este camino como lo que es. Nada perfecto pero sí bastante interesante. Por eso te quiero contar que esta tarde, después de comer y echar una mini siesta, he cogido la furgo y me he ido al centro de salud donde estuve rotando el año pasado. Allí me empeñé en ver pacientes aunque en principio no estuviera previsto, porque me parecía que podía ser útil. Presenté el proyecto, a la directora le pareció bien y me abrieron una agenda los lunes por la tarde.
Ahora imagíname, MIR, todos los lunes de julio y agosto, desde las tres hasta las siete, viendo pacientes nuevos como si no hubiera un mañana. Uno cada media hora. Yo en la consulta, el centro casi en penumbra, la playa a trescientos metros, mis camisetas de tirantes gritando debajo de la bata. De aquellas consultas recuerdo un batiburillo de penas y a mí intentando hacerlo lo mejor que podía. La idea era ver a los pacientes una o como mucho dos veces y luego mandarlos otra vez a su médico de cabecera.
Hoy estaba un poco triste, MIR, porque a veces siento que no llego. Me siento una farsa profesional, verídico: con todo mi desastre a cuestas, creyendo que podría hacer mucho más, que a veces me limito a apagar fuegos. He vuelto a primaria para revisar las consultas que hice el año pasado, porque voy a publicar un poster con los resultados y quería echar cuentas. Cuántos pacientes vi, a cuántos derivé, cuántos mejoraron. El objetivo era evitar que pequeños problemas se conviertan en grandes trastornos. Transmitir un poco eso que tú y yo sabemos: que la vida no es perfecta, que a veces uno está triste, o angustiado, o se siente solo, pero que eso no quiere decir que necesite ir a un centro de salud mental.
He empezado a repasar historias. De la mayoría aún me acordaba: del chico de la alopecia, de la chavala que estaba deprimida porque, después de mucho tiempo pidiéndoselo, su novio francés se había venido a vivir a Cádiz y no sabía qué hacer con él. De la mujer que adelgazaba sin parar y estaba convencida de que nadie podía verla. Del señor con infarto de miocardio que se había quedado asustado para siempre.
En total, veintisiete pacientes, MIR. Que no está mal para menos de dos meses. De esos veintisiete, sólo uno tuvo que ir después a salud mental. Uno. Los demás siguieron con sus vidas, y si miras el resto de la historia la mayoría vuelve a su médico a contar catarros y esguinces de tobillo. Alguno se queja otra vez de ansiedad o de tristeza, pero son los menos.
Y entonces me entra una cosa por dentro que igual se puede llamar orgullo. Porque cuando me fui del centro de salud intenté seguir con las consultas, pero no fue posible. No ahondemos en las razones, que los blogs los carga el diablo. El caso es que a pesar de eso, ahí están esos veintisiete pacientes, ¿sabes? Que son veintisiete personas con veintisiete vidas, y no es que yo se las arreglase, pero se les dio una respuesta, se intentó aliviar su sufrimiento, hubo un cambio.
Por eso estamos aquí, MIR. Igual yo soy un poco farsa como psicóloga a veces, y seguro que podría hacerlo mejor. El sistema también podría ser mejor. Tú y yo podríamos estar más contentos, en general, o por lo menos sentir que estos cuatro años nos están llevando hacia algún puerto medio seguro. No siempre es así. A veces nos balanceamos en lo precario de este extraño presente. Aun así, resistimos. Tenemos que resistir. Por todo: por esos momentos en consulta en los que sientes que estás conectando con alguien y que sólo por eso merece la pena. Por las cocacolas compartidas y el tabaco de liar al sol. Porque nos reímos casi siempre. Y por los pacientes, MIR, sobre todo por eso; porque a veces pasa, a veces hay un cambio, a veces significas algo. Y en ese momento, tú y yo lo sabemos, todo lo demás merece la pena más que de sobra.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












