massobreloslunes

jueves, 15 de septiembre de 2011

47. Caramelitos



Este post se lo quiero dedicar al señor K. El señor K. es un melenudo adorable y depresivo que escribe como los ángeles. Tiene una gramática seductora, un verbo incisivo y un sentido del humor de alto nivel. Las editoriales no lo reconocen porque son mongolas, pero yo tengo una fe inamovible en que en algún punto se darán cuenta y le publicarán. En ese momento se hará minoritariamente famoso, en plan escritor de culto, y poco a poco irá mudando a bestsellerista de manera respetable, como Murakami. Entonces yo podré decir que le conozco, aunque seguro que se vuelve insoportable y pretencioso, y va por ahí comprando obras de arte caras para luego destrozarlas, como una extraña estrella literaria del rock.

El señor K. y yo nos conocemos desde hace más de tres años ya. Nos vemos en persona con una frecuencia aproximada de una vez cada eclipse solar completo, pero hablamos por facebook bastante a menudo sobre por qué las mujeres guapas están locas y los hombres guapos son unos neuróticos. Son conversaciones infructuosas pero divertidas, porque además el señor K. tiene la pluma ágil y una ortografía exquisita. Es la única persona que conozco que chatea colocando las exclamaciones iniciales y que nunca jamás equivoca una tilde. Es la persona a la que le consulto mis dudas ortográficas, lo que da lugar a conversaciones frikis del tipo de "pues si tú vas a seguir poniéndole la tilde a sólo cuando significa solamente, yo también, y me la suda lo que digan los capullos de la RAE".

Hechas las presentaciones, vamos al lío. Últimamente soy feliz y es raro. Este mayo estaba hecha polvo. Cocinaba pensando en autolesionarme para pedir la baja; a ver, no lo pensaba en serio en serio, pero la idea se me pasaba por la cabeza y me parecía muy deprimente. Supongo que tenía que ver con estar trabajando en el equipo de salud mental, epicentro de la hostilidad gaditana, con hacer tres tardes por semana y no tener vida, con no ser capaz de desengancharme de J., con el acné del Averno y en general con que mi sistema nervioso no es que sea último modelo y se desequilibra facilito.

Entonces decidí cambiar el chip. Verídico. Lo escribí en algún post de aquella época, creo recordar: que vi una peli en la que la protagonista decía que hay que aguantar el tirón, porque nunca se sabe cuándo las cosas están a punto de cambiar. Decidí ver el lado bueno y la botella medio llena. Escribí en mi pizarrita de IKEA, en letras grandes, "Haz esfuerzos positivos por lo bueno", y cada vez que entraba en casa me entraba así como una punzadilla de autocompasión porque pensaba que era un poco triste mi coaching pizarrero. Pero bueno, ahí estaba y me esforcé como buenamente pude.

Desde entonces me han pasado muchas cosas bonitas, y ahora estoy en uno de los mejores momentos de mi vida adulta. No sé exactamente qué ha determinado el cambio. Quizá fue quedar con J. un día, meternos cuello y que fuera como besar a una almeja, y que a partir de ahí sintiera que ese capítulo de mi vida, por fin, ha terminado. Quizá fue empezar a escalar, que me tiene enamorada, divertida y en una sucesión permanente de lavar ropa y echarme trombocid en las rodillas. Quizá fue rotar por primaria y salir a la una todos los días. Quizá la sobredosis de endorfinas de la playa de Cádiz.

Pero mira tú por dónde que yo creo que fue el Michelian Challenge.

Ser medio feliz es raro porque estás suspendido en el vacío, como en una cuerda de estas de equilibrio tendida en mitad de las montañas de Yosemite. Tú aguantas ahí como puedes, y a un lado y a otro hay mucho sufrimiento. Lo veo en el trabajo, porque vaya tela las adicciones, en serio, son más duras de lo que había pensado y me parten el corazón. En la UCI pediátrica se estaba muriendo hoy un niño y había como veinte familiares llorando a coro en la entrada, perdidos en una burbuja inconcebible de pena. Y la gente sufre, en general; mis amigos, mi familia, mis compañeros... sufren mucho. Y en medio estás tú abrazando la fragilidad de tu presente, porque sabes que no eres invulnerable al dolor ni a la penita y que en cualquier momento la aguja puede atravesar el disco y ponerte los pelos de punta.

La cosa es que en medio de esa fragilidad cuesta encontrar algo sólido. Yo digo que en realidad sólido no es nada, porque todo es impermanente y blablabla, pero mira tú por dónde, después de años y años escribiendo y de leer en todas partes eso de "escribe a diario, nulle die sine linea, que la inspiración te pille trabajando" y tal, resulta que tenían razón todos. Que escribir todos los días toca alguna tecla misteriosa relativa al compromiso y al disfrute retorcido y mágico de tener una obligación que te gusta. Por eso cuando vuelvo de escalar y es la una de la mañana, y me duelen los antebrazos y pienso "qué cojones estoy haciendo yo aquí y ahora", el compromiso supone que en realidad no tengo alternativa. Tengo que escribir; sencillamente, no puedo decir que no. Y descubro un lugar de calma y encuentro que es un oasis, y que no me falla porque soy yo misma. Como cuando Momo visita al maestro Hora con sus hermosas flores horarias y después se da cuenta de que ha estado todo el rato en su propio corazón.

Así que gracias, señor K. Escribir todos los días me hace muy feliz. Era tan fácil como eso. Y en cuanto llegue al bestsellerismo será usted mi primer mecenazgo, chispas, y no tendrá que preocuparse más por el tercermundismo literario.

Se le quiere, pelanas. Muchos besitos.

46. Good morning, sunshine

Me gustan mis mañanas del verano tardío y levantarme con la fresquita tapada con la sábana. Últimamente me despierto de buen humor. Camino por mi casa, abro el balcón para que entre la brisa de la mañana, admiro la luna sobre el cielo azul clarito y los tejados blancos y me pregunto si nadie ha patentado todavía la luz de Cádiz. Enciendo el ordenador. Me planteo si aprovechar el café de ayer, pero termino por poner una cafetera nueva para que huela a despertar mi salón-cocina. Reviso el correo, el facebook, el blog, leo chorradas. Me levanto, busco ropa, me siento, le echo más leche al café, lo recaliento, camino descalza por las baldosas frías, pongo algo de música y friego los platos de la cena. Después me ducho y el tiempo se va plegando sobre sí mismo hasta que me doy cuenta de que voy tarde, para variar, y lo tengo que hacer todo deprisa y corriendo: vestirme, curarme la quemadura que me hice la semana pasada con la cuerda, lavarme los dientes, meter a toda leche en el bolso la cartera, el móvil, una libreta, un libro, el ipod. Dejo las cosas del desayuno por medio. Cuelgo mal la toalla en la mampara del baño. Bajo en el ascensor mientras me cambio las gafas de ver por las de sol, me miro al espejo, pienso "no estoy mal" y salgo correteando hacia mi moto, que me espera en la puerta cual fiel corcel. Conduzco hacia el trabajo por el campo del sur, mirando el sol y el mar recién amanecido, las olas batiendo enormes contra el malecón y, en serio, ¿nadie nunca ha querido registrar estas vistas de Cádiz, ponerles copyright, taparlas y cobrar porque la gente las disfrute? Porque es descomunal el amanecer, la catedral sobre el cielo de colores, las olas y el viento de uno u otro lado barriendo esta ciudad-barco tan inconcebible y tan bella. Me aturrullo, los coches van muy despacio y luego me recuerdo que el de delante no tiene la culpa de que yo vaya siempre con la hora pegada al culo. Más vale perder cinco minutos en la vida que la vida en cinco minutos, y siempre hay un momento para mirar las cafeterías, a los niños que van al colegio, que me encantan con sus coletas repeinadas de colonia y sus mochilas de Dora Exploradora... Y después llegar al curro, aparcar, sentir el breve pellizco en el estómago, la incertidumbre, la angustia de tener que estar aquí por huevos, y luego cambiar por agradecimiento: estoy agradecida por tener este trabajo y poder aprender todos los días, por mirar a la gente a las caras y descubrir la historia que hay detrás de la yonqui embarazada que aparca coches en el paseo, y que ahora se sienta frente a mí y me mira con sus ojos grandes, grandes mientras habla de dormir en un cajero y de tener hambre y síndrome de abstinencia y yo pienso que joder, que en realidad quién cojones soy yo para juzgar, y que cómo no voy a madrugar contenta, si soy una privilegiada de la vida, y que bueno, no me hagáis mucho caso, que he estado escalando esta tarde y tengo las endorfinas a tope, y me voy a dormir porque quería hablar de mis mañanas y no sólo me he salido del encuadre sino que, además, con tanta coma parezco Saramago y paso.

martes, 13 de septiembre de 2011

45. El mal vial

Como ya sabéis, queridos lectores, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Así que después de escribir este post sobre mis problemas con la mecánica y demostrar de forma empírica que se solucionan con facilidad haciendo algo tan simple como llamar a la grúa, he vuelto a caer.

El martes pasado mi moto se paró. Simplemente dejó de andar, como un viejecito esquimal en la nieve. La aparqué en la avenida, y como soy zen y había quedado para escalar, ahí que se quedó. El miércoles fui al rocódromo y allí, viéndome rodeada de rudos machos escaladores, pensé que era el momento ideal para hacer una pregunta sencilla:
- ¿Alguno conoce un buen taller en Cádiz? Es que se me ha quedado la moto tirada y no sé dónde llevarla.

Entonces uno de los rudos machos escaladores se giró, me miró y preguntó sagazmente:
- ¿Tiene gasolina?
- Sí - contesté. Si no, te habría preguntado por una gasolinera.
- Pues yo tengo un colega que te la arregla en la calle.

¡Danger! ¡Peligro! Cualquier frase que empieza por "yo tengo un colega que" es garantía de fracaso, a no ser que estemos hablando de trapichear con droga. Pero qué queréis que os diga: el bodorrio me ha dejado a dos velas. Ir guapa, además de ser complicado, sale caro. Total, que llamé a su colega y quedamos en que se pasaba el jueves por donde estaba aparcada la moto para echarle un ojo.

Cádiz, jueves, dos de la tarde. Levante del Averno. Yo esperando en la calle a la solana a que apareciera el colega misterioso. Llega una moto con un chaval que se quita el casco y me saluda. Por azares de la vida, resulta que le conozco de haber hecho barranquismo juntos este verano, y eso al menos me tranquiliza en cuanto a que el tío quiera... bueno, en realidad no se me ocurre nada, porque no me va a secuestrar en scooter, y si pretende sacarle algún rendimiento económico a mi pobre moto va listo.

Anyway, el chaval aparca su moto tal cual, transversal en mitad de un carril de la avenida, y ejecuta los siguientes procedimientos.
1. Pregunta si tiene gasolina. Soy mujer, no retrasada.
2. Le da a la patilla con energía. Soy mujer, no coja.
3. Sopla en el depósito de combustible. Insisto: Sopla.En.El.Depósito.De.Combustible.
4. Pregunta:" ¿A tu moto hace falta acelerarle para arrancar?". Parece una pregunta diagnóstica importante. A lo mejor el tipo es un House de las motos y yo no me estoy dando cuenta.
5. Contesto que no.
6. Dice "ajá".
7. Por fin, sentencia:
- Le falta compresión. Pero mucha mucha, vamos. No tiene nada nada de compresión.

(Apuesto a que todos pensabais que iba a decir que la bujía le hace perlilla)

Otros dos o tres minutos dándole a la patilla, a ver si es capaz de generar compresión de la nada, y después me mira y me dice:
- Yo es que con las motos me pierdo un poco. Con un coche te hago lo que quieras, pero de motos no entiendo mucho...

What the fuck! Entonces ¿qué hacemos? ¿transformamos mi moto en un coche y a ver si así puedes arreglarla?
- Vamos, yo de hecho mi moto ni la toco.

Tranquilo, que si le soplas en el carburador tampoco creo que le pase nada.
- De todas formas, yo tengo un colega que...

¡Alto! ¡Stop! Una y no más, Santo Tomás. Le pregunto el nombre de un taller y le digo que voy a llamar a la grúa, que para eso está y pago mi seguro. Inspirada por la generosidad y la corrección social le pregunto si le debo algo. "No, mujer", contesta, "si eso otro día me invitas a una caña". Menos mal; me llega a cobrar y le estampo una llave de bujía en la cabeza.

Total, que llamo hoy al gruísta, que no, no está bueno. Se ve que el mítico Gruísta Buenorro va a pasar a la categoría de "experiencias que en realidad no sé si me inventé", como la leyenda de Jorjazos. Me pregunta qué le ha pasado a la moto y si tiene fuerza cuando la arranco. A ver, ¿cómo va a tener fuerza? ¿No te estoy diciendo que no arranca?

Obvio decir que lo primero que me pregunta es si tiene gasolina, porque seguro que ya os lo habíais imaginado todos.
- Eso va a ser la batería.

Claro, joder, así también juego yo a entender de mecánica. Pregunto obviedades, compruebo la gasolina y luego digo que eso es la compresión/batería/perlilla de la bujía y después no hago absolutamente nada útil.

Total, que el señor me ha llevado la grúa al taller, no sin antes insinuarme de una manera retorcida y extraña que le tenía que invitar a un cubata (genial, le debo alcohol a medio Cádiz). Los del taller son apañadísimos y han tardado tres horas justas en arreglarme la moto, que ya está durmiendo en mi portal tranquila y orgullosa en su decrepitud.

Conclusión de la existencia: me voy a hacer un cartel plastificado para llevarlo en la guantera en el que ponga:

"Cualquier paso intermedio entre que se te pare la moto y llevarla al taller es inútil".

Menos escalar, claro. Escalar es fundamental.

44. Viajando en el blogotiempo, o blogoviajando en el tiempo, como más os guste

Mi queridísima amiga Elsa propuso hace algún tiempo que hiciera una encuesta para ver cuál es el post favorito de mis lectores. Hoy es tarde y he pensado que sería una buena solución para no tener que comerme la cabeza escribiendo algo. Una estupidez, claro, porque el blog tiene ya casi ochocientas entradas, llevo media hora leyendo post antiguos y habría tardado menos en escribir cualquier chorrada.

Anyway, lectores, haciendo un repaso rápido de los archivos he encontrado algunos post que me gustan especialmente. Os dejo la selección por si queréis echarle un vistazo. Me encantaría que me dijerais si alguno os ha gustado especialmente u os ha llamado la atención, tanto de los que os enlazo ahora como del blog en general. No lo he revisado entero, así que seguramente falten algunos que también me molan.

Por qué la otra tarde fue una tarde cojonuda, septiembre de 2005. Me recuerda un momento muy bonito. Lo leí al año siguiente en las jornadas del Balneario, cuando di mi primer taller de escritura con J.

25 ideas para escritores confusos, septiembre de 2005. Me parecen muy buenas ideas... de hecho, de algunas ni me acordaba y creo que me podrían venir bien incluso ahora. Me encanta la de Hemingway, había olvidado esa frase y es buenísima.

Nociceptores, noviembre de 2005. No vale mucho literariamente hablando, pero el concepto es genial. Debería imprimirlo y colgarlo en un corcho, para que no se me olvide.

Te voy a recordar así siempre, noviembre de 2005. Aún se me pone la carne de gallina al recordar ese momento. De estos momentos en que encuentras realmente las palabras precisas.

Siesta, mayo de 2006. Me hace gracia y me recuerda a alguien a quien quise mucho, mucho.

Siete, junio de 2006. Me encanta este post. Me gusta el ritmo que tiene, la forma en que describe el momento que viví, el final... me parece muy bueno. Me llama la atención la frase de "mientras menos te veo, más ganas me entran de escribir".

Lisboa, marzo de 2007. Me trae muy buenos recuerdos, aunque al final las cosas no salieran como pensaba. Aunque creo que en lo más profundo de mí nunca nos vi volviendo al Lisboa con 50 años, qué queréis que os diga.

Muero de amor, marzo de 2007. Este post me hace gracia, es así como de estar hasta las trancas de amor y lujuria, y es bonito recordar cuando me sentía así.

Excursión, mayo de 2007. Me gusta el momento que atrapa el post y también me recuerda a la época linda en que estuve dibujando el Albayzín en primavera con mi amigo A. Además, sale un dibujo mío, aunque no sea muy bueno.

Sin título, junio de 2007. Este post me parece muy bueno, y cada vez que lo leo me inquieta de verdad.

Otro sin título, marzo de 2008. Así como texto me parece de lo mejorcito que he escrito. Bien construido, original y con un final redondo.

Tiburoncitos, junio de 2008. Por este post se me tachó de cruel, pero qué queréis que os diga, a mí me gusta mucho. Me mola el diálogo, la historia de los tiburoncitos y recordar la carilla de Isaías mientras hablábamos.

Marco, julio de 2008. No tengo claro si me gusta el post o acordarme del italiano. Mi amiga Ana me dijo que como texto era una mierda, pero no sé, fue un momento intenso y eso me mola. Me pasé MESES acordándome de Marco y él ni siquiera contestó a la carta que le escribí. Muy triste.

El amante del círculo polar, agosto de 2008. Es un post muy, muy triste, seguramente de lo más triste que he escrito, pero muy tierno, y me hace toda la gracia acordarme de J. con sus renos y sus cosas. Si yo hubiera sabido que después de escribir ese post volveríamos al menos tres veces más, a lo mejor no me habría puesto tan emotiva.

La suerte de N., marzo de 2009. Otra vez no sé si me gusta el texto o lo que representa, porque me encantó leer ese libro y todavía me acuerdo con cariño del personaje.

Jorjazos: la leyenda, junio de 2009. Me meo con este post y con la historia de Jorjazos.

El día del bacterio, agosto de 2009. También me meo con este post. Junto con el anterior, me recuerda mucho a la época en que vivía con la PK y el Húngaro y eso me pone contenta, porque lo pasé muy bien con ellos.

Voy a parar aquí, porque curiosamente me resulta más difícil juzgar los recientes que los antiguos, y además es más probable que los hayáis leído gracias al LinkWithin. Y ahora me voy a dormir a las mil como la monguer que soy, después de haber pasado más tiempo de la cuenta rememorando pero, qué queréis que os diga, bastante orgullosa de mi blog y feliz de tener dedos y área de Broca para poder escribir como una salvaje toda la vida


domingo, 11 de septiembre de 2011

43. La boda

La boda fue muy bonita y yo estoy triste.

Mi primo iba guapo como un modelo de El Corte Inglés. Cafremente guapo. La novia no llegaba al punto modelo, pero estaba preciosa y feliz. Yo iba normal. El peinado me hacía la cara un poco gorda, en mi opinión.

No lloré, aunque cuando sonó una versión a violín de Loosin my religion y entró mi primo del brazo de mi tía, y vi su cara sonriente y todas las cosas hermosas que hay en él, y vi a mi tía aguantando el tirón a pesar del dolor de piernas, se me saltaron un poco las lágrimas debajo de mi rimmel waterproof. Mi discurso fue un hit. Hice llorar a todos mis primos varones. La otra que leía (la prima de la novia) llevaba un vestido más bonito que el mío, una maravilla roja de espalda descubierta, pero mis zapatos ganaban, aunque casi me caigo de camino a la mesa.

Me puse de gintonics hasta arriba. Hasta me fumé un puro y todo. No es que me guste especialmente beber, pero era como participar de una especie de ritual familiar en el que todos íbamos borrachísimos y contentísimos y dábamos botes sobre la pista de baile. Mis primos son guapos todos y bailan bien todos, y yo me sentía orgullosa sólo de mirarles. Mi hermano parecía Beckam y es el que mejor baila de todos. Nos hicimos millones de fotos vergonzosas y mi padre me hizo jurar que no iba a coger un coche, mientras mi tía me señalaba y me decía "vas más pedo que Alfredo" y yo balbuceaba "es la boda de mi primo y bebo si quiero".

Bailé con Sergio y coincidió que cantaba Muchachito, "Ojalá no te hubiera conocido nunca", y pensé que vaya canción para bailar con él, con lo que yo lo quiero y lo que me alegro de haberle conocido, del amor incondicional que me destina. Y me dijo, todo borracho y feliz también, "ojalá te hubiera conocido siempre". Y luego "eres de lo mejor que me ha pasado, sorda", porque me lo tuvo que repetir siete veces hasta que me enteré, y luego dimos vueltas y nos abrazamos y me agradeció mil veces que le hubiera escrito el texto.

Luego todo se acabó, sin más.

Hoy estoy resacosa y de vuelta en casa. No sé por qué estoy tan triste. No es que quiera tener pareja. Quiero algo sólido, algo estable, quiero cierta seguridad en algo y un rincón primitivo de mi mente cree que tener pareja te lo da, que los anillos o las firmas o el libro de familia te lo dan. Me siento como si pasara la vida caminando sobre agua. No entiendo por qué todo tiene que ser tan complicado. Hace algún tiempo leí una frase acerca de que los hombres y las mujeres se han encontrado a lo largo de todas las épocas, y no teníamos por qué hacer such a big deal de esto. Yo quiero casarme. No sé si a lo grande, porque los bodorrios son una cosa un poco grotesca si uno lo piensa fríamente, pero quiero que alguien apueste por mí. Y no sé si va a pasar. No es pesimismo ni optimismo; realmente no lo sé. Y eso me pone triste porque sé que aunque supiera que va a suceder tampoco estaría segura, que la seguridad no existe, que incluso cuando las cosas me han ido bien con un tío estaba ahí subterráneo el miedo a perderle y la soledad, que no se va nunca. Que tendré que construir la única seguridad que puedo conocer a partir de la nada en mi pobre y cansado corazoncito y que pensarlo me agota.

De todas formas no me hagáis caso. Estoy resacosa y no tengo costumbre. El alcohol es el maligno, por cierto. Pero mañana es lunes y está a punto de empezar el otoño, que en Cádiz es una época acogedora de tiempo suavemente fresco y luces encendidas en las noches azules. Me acostaré y dormiré y despertaré, iré a trabajar, limpiaré mi casa, seguiré escribiendo, nadaré y escalaré, forzaré el corazón como el músculo que es y al que le tienes que exigir cosas grandes para que se haga más fuerte. Me casaré algún día, seguro. Aprenderé a vivir en la impermanencia. Me irá bien, espero.

Y lo dejo aquí, queridos. Sé que esperábais una crónica más alegre, extensa o simplemente coherente, pero es lo que hay.

sábado, 10 de septiembre de 2011

43. En el tren

Tiene más o menos mi edad, es delgada, desgarbada y moderadamente guapa. Lleva el pelo rubio y rizado, shorts verde oscuro, una camiseta negra y sandalias romanas. Se ha subido al tren en la parada de Jerez, ha dejado su bolso en el asiento de al lado y se ha ido a la plataforma del vagón a hablar por teléfono. Ha pasado así un buen rato, mientras yo me concentraba en escribir el texto de la boda y en pensar absurdeces.

Al cabo de unos minutos la chica se ha sentado a mi lado. Yo había terminado con el texto, y escribir a ordenador delante de extraños me pone nerviosa, así que he pasado la siguiente hora vagando por Internet y después he ido a la cafetería a por un bocadillo. Lomo con pimientos, aunque el factor pimientos era un poco como jugar a encontrar a Wally con los dientes.

Una cosa graciosa de los trenes es cuando te levantas y caminas entre los vagones. En un espacio de tiempo muy corto tu cerebro registra las caras de ¿cuántos? ¿cuarenta, sesenta, ochenta pasajeros? De repente tienes una visión muy clara de la variedad de vidas humanas que pueblan el planeta. Ves las expresiones de los rostros, la gente que duerme, que ve películas en el ordenador, que lee o hace sudokus. Cada uno en su historia, cada uno convencidísimo de su propia importancia. Te das cuenta de que están ocupándose al máximo en hacer que ese tiempo pase lo más rápido posible.

La chica rubia simplemente espera. Vuelvo con mi bocadillo caliente entre las manos, me siento a su lado con el mp3 en las orejas y pienso que en un rato intentará dormir o sacará un libro, pero se limita a manosear el móvil y a mirar a su alrededor como un conejo asustado. Espera algo y ese algo está al otro lado de su iPhone. Entonces a mí me entra un cabreo subterráneo e inexplicable, porque creo que esa chica debería estar haciendo lo que todos y tratar de distraer su tiempo. En lugar de poder sentirme a salvo porque ella está en su burbuja de entretenimiento, la percibo muy cerca de mí, atenta a mis movimientos, carente de vida interior. Está esperando, punto, y eso me pone nerviosa.

Entonces tengo un momento rarísimo de pánico, una especie de ataque disociativo en que no sé muy bien quién soy ni qué me pasa, pero siento un miedo helado deslizándose por mi garganta y paralizándome el cuerpo. No sé si estoy preocupada por el texto de la boda o por ver de nuevo a la mujer de mi padre, la única persona en el mundo que es manifiestamente hostil conmigo. No sé si me da miedo la intensidad familiar o si me duele la quemadura de la cuerda que me hice escalando el martes. El caso es que de repente creo que pienso y siento demasiado, que esto es demasiada intensidad para un cuerpo tan pequeño y que algo dentro de mi cabeza va a explotar.

Respiro, respiro, respiro. Cierro los ojos. Intento volver a integrarme, encontrar en mí un espacio de calma. Me quedo medio dormida mientras escucho mi respiración, amplificada por los tapones de los oídos. Entonces la chica de los rizos se levanta y yo tengo que moverme para dejarla pasar, y la veo hablar por el móvil en la plataforma con voz rápida y nerviosa. A lo mejor es por la chica rubia, pienso, este pánico súbito. Por esa chica que no sabe entretener su tiempo y sólo espera una llamada de teléfono durante las cuatro horas de tren Cádiz-Madrid.

La miro cuando vuelve y se sienta de nuevo. Los minutos pasan despacio hasta que llegamos a Madrid. A diez minutos de la hora prevista de llegada, la chica rubia saca el cargador del iPhone y lo enchufa al asiento. Me sorprende que no se le haya ocurrido antes. A los cinco minutos lo quita y me mira pidiéndome disculpas por molestar, y después recoge sus cosas y se marcha.

La veo caminando entre maletas, subiendo deprisa las escaleras mecánicas. Manosea el móvil y casi me parece oírla respirar de alivio cuando suena y se lo puede llevar a la oreja. Pienso en la inutilidad de la espera. Mi pánico parece haber disminuido un poco y me concentro en encontrar el camino a la salida. Y mientras ando por las rampas mecánicas veo a la chica rubia, y me limito a intentar transmitirle un mensaje de forma muda. No es tan importante, seguro. No esperes todo el rato.

jueves, 8 de septiembre de 2011

42. Onicoterapia

Pues hoy estoy cansada y es jueves, así que voy a escribir una entrada mortalmente pueril. Que no todo va a ser abrirse el corazón en canal día sí y día también, hombreyá.

Es de todos sabido que me gusta pintarme las uñas. Hoy llevaba un precioso tono nude que estoy probando para el bodorrio, a juego con los super zapatos peep toe, y me he pasado todo el día sulibeyada por la elegancia de mis manitas. Que tuviera heridas en ellas después de escalar el martes no me preocupa. Tengo que encontrar un nuevo vocablo que mezcle divina, lista y aventurera: ¿divisturera? ¿diviturista? ¿avendivista? Oh, un mundo de posibilidades neologísticas se abre ante mí.

Durante el café, José Luis me ha preguntado que cuántos esmaltes tengo. "No tantos", he dicho, "diez o doce". Luego me he puesto a contar y he tenido que parar en veinticinco porque me daba vergüenza, sobre todo porque la enumeración es del tipo "el morado normal, el morado guinda, el morado fúcsia, el morado con textura de vinilo, el rojo oscuro, el rojo claro, el rojo casi coral", etcétera.



El sector rosa-morado de mis esmaltes. En la imagen no se aprecia, pero son MUY distintos unos de otros.
De fondo, mi cocina-armario


Si os pasa como a mí y estáis fascinadas por la increíble variedad de tonos y texturas que hay en el mundo del esmalte de uñas, puede que os cueste escoger. Pero tranquilas, queridas, que aquí estoy yo para guiaros en el mundo fascinante de la onicoterapia. A mí me sirve, verídico.

Los rojos son para sentirse sexy. Eso está bastante claro. He tenido épocas de pintarme las uñas de los pies de rojo en invierno, con calcetines y sin novio ni posibilidad de amante, sólo porque me sentía guapa y atractiva cuando me quitaba los zapatos por las noches y me miraba los pies. Pero hay que tener cuidado; un rojo inadecuado puede hacer que tus manos recuerden a Drácula y den grimita. Yo prefiero el rojo oscuro. También mola muchísimo para beber vino tinto en elegantes copas; sabe mejor con las uñas rojas, en serio. Lo que pasa es que yo apenas bebo y no le saco rendimiento a ese aspecto de la onicoterapie.

Si quieres sentirte una buena profesional, prueba el negro o el marrón oscuro. El año pasado, cuando temblaba de pánico en la mesa de la consulta, tener las uñas pintadas de oscuro me hacía sentir competente y poderosa. Por supuesto, estamos hablando todo el rato de uñas bien pintadas y cuidadas; las uñas negras deterioradas harán pensar que eres una gótica chunga con mochila en forma de cadáver y quizá te despidan.

Los morados son colores imaginativos, espirituales, artísticos. Escribo mejor con las uñas moradas. Además, tengo tanta ropa morada que es fácil que me haga juego con ella y vaya combinadita y mona. Por cierto, si llevas las uñas pintadas, por dios, combina con ellas la ropa que te pones o mandarás la onicoterapia a tomar viento porque aberrará la combinación de tus uñas rosa con tu camiseta roja.

Verdes y azules. Alegres, complicados, no a todo el mundo le gustan. Pensarán que eres una modernilla trasnochada o un espíritu libre. Pero los verdes y los azules son increíblemente terapéuticos, sobre todo si te los pones poco. Cambian la manera en que estás acostumbrada a verte las manos y, por extensión, tu perspectiva de la vida. Combina uñas verdes y ropa rosa; si todavía estás triste, tienes derecho a que te invite a una caña.

Si quieres sentirte elegante y fashion, lo suyo es el nude o el gris. Si das con el tono adecuado para tu piel, fliparás. Además, pegan con toda la ropa y te harán sentir una persona glamourosa y fina que lo tiene todo controlado. El esmalte que me he comprado para la boda es ma-ra-vi-lloso, una mezcla indescriptible entre color carne y café que va per-fec-to con el vestido, los zapatos, mi piel y la alineación de las estrellas.

Por último, el rosa. El rosa es genial y ya lo sabéis todos. A mí me da ganas de jugar, de no tomarme demasiado en serio, de comer piruletas y comprarme gafas de sol en forma de corazón y ligar con tíos mayores. Por otra parte, a lo mejor estoy talludita ya para esas cosas. El caso es que el rosa, y por extensión el coral y si me apuras ciertos tipos de naranja, están hechos para esos días en los que te das cuenta de que estamos aquí por casualidad para vivir puteados y al final morirnos, pero por alguna razón eso hoy no te importa y todo te hace muchísima gracia.

Píntate las uñas de las manos con tiempo y calma. Dedícate sólo a eso y deja que se sequen bien. No te apresures: las uñas rayadas son el mal. Compra algún acelerador de secado y te desesperarás menos. Las de los pies son más agradecidas. Prueba a pintarlas en invierno y verás cómo te sorprendes cuando te quites los calcetines por la noche y veas tus dedos alineados como alegres soldaditos.

Por último: marcas. Elige a poder ser Mercadona, KIKO y Bourjois. Digan lo que digan, Essence no está tan mal y es baratérrimo. Pero, sobre todo, cúbrelo todo con toneladas de brillo secante Deliplús y olvídate del mundo.

Y recuerda: en este mundo chungo y desalmado las uñas pintadas son uno de los últimos resquicios de imaginación y alegría en los que te podrás refugiar siempre. Es barato, es inofensivo, es verídicamente terapéutico. Así que a disfrutarlo.